Representación mental y consciencia
Neurociencias - Psicobiología


  • Fernando Cárdenas P.
    Universidad de los Andes
    Bogotá D.C., Colombia

Resumen

  • Los datos obtenidos desde la Neuroanatomía, la neurofisiología y la neuropsicología, se utilizan como fundamento experimental para la construcción de una teoría del funcionamiento cerebral, capaz de permitir una mayor comprensión de la consciencia y la mente. Se propone una interpretación diferente de los datos obtenidos en la práctica clínica y en la neurofisiología experimental, buscando con ello crear las bases para el diseño de una teoría de la mente. Dicha teoría brindará mayores posibilidades para la comprensión de la consciencia desde una óptica científica contemporánea.



Fundamentalmente, la diferencia entre los términos “representación mental” y “representación topográfica cerebral” estriba en que el primero, y no el segundo, conlleva implícitas tanto la aceptación de la existencia de una experiencia subjetiva de realidad interior, como la capacidad para saberse poseedor de ella. Experiencia subjetiva de realidad interior, (asimilable a la qualia, tal como fuera propuesta por William James), y capacidad para saberse poseedor de ella (asimilable a consciencia, tal como es entendida por Francis Crick, Christof Koch o Robert Hawkins), se hallan fusionadas tanto espacial como temporalmente en la dinámica de la función cerebral, por lo que su separación en dos elementos corresponde netamente a un afán didáctico y a una necesidad metodológica.

Se hará, en este espacio, una breve presentación de algunas ideas actuales que permitirán arrojar luz sobre este apasionante tema, “Frontera final del conocimiento en neurociencia”, según afirmara en 1992 Eric Kandel, de la Universidad de Columbia (Kandel, E., Schwartz, J., & Jessell, T., 1992). Se iniciará con una rápida contextualización del estado del denominado problema mente-cerebro tanto al interior de la psicología como de la neurociencia. Posteriormente, se esbozarán algunos elementos desde la Neuroanatomía y la Neurofisiología, básicos para la comprensión de la representación topográfica cerebral. Finalmente, se realizará un salto hacia la esfera psicológica (o si se quiere mental), utilizando algunos conceptos contemporáneos, no muy usuales dentro de la interpretación tradicional de los datos experimentales y clínicos. No obstante, deseo hacer énfasis en que esta es una posición hipotética y en que quizá nunca dispongamos de la posibilidad de lograr una explicación real de los fenómenos mentales, tal como propusieran Roger Penrose, físico de la Universidad de Oxford, o David Chalmers, filósofo de la Universidad de Washington, durante el encuentro sobre consciencia, realizado en abril de 1994 en Arizona, EE.UU. (Horgan, J., 1994).

Problema mente-cerebro: Visión 1995

Antes que nada una nota aclaratoria: lo que se esbozará en este apartado corresponde sólo a una brevísima panorámica del estado del problema mente-cerebro. No se pretende profundizar en el tema, pues no es el objetivo de este documento. Si el lector interesado en lograr un mayor detalle, se le sugiere revisar, entre otros, a Bunge, M. (1977; 1980; 1982); Bunge, M., y Ardila, R. (1988); Eccles, J. (1994); Edelman, G. y Mountcastle, V. (1978); Fernández Guardiola, A., (1979); Hebb, D., (1980); Olds, J., 1975; Ornstein, R. (1973); Oakley, D. (1985); Creutzfeldt, O., y Eccles, J. (1990).

Neurociencia y psicología avanzaron por la historia, recorriendo caminos aparentemente divergentes; en esto fue crucial la influencia de la posición kantiana, de acuerdo con la cual, las disciplinas fenomenológicas (o de la experiencia vivencial) no pueden por principio recibir el mismo tratamiento que las disciplinas naturales (o propiamente científicas), permaneciendo, así, al margen del estudio científico. Dado este planteamiento, el estudio de los fenómenos psicológicos o mentales fue guiado preponderantemente por filosofías idealistas en ocasiones monistas, aunque con mayor frecuencia dualistas, las cuales fueron paulatinamente llevando a la psicología hacia una aislamiento teórico-conceptual que culminó en la creación de discursos autosustentados, sin interlocutor y, en ocasiones, fundamentados tan sólo en el sentido común o la imaginación. Otras vertientes del pensamiento en psicología se apoyaron en herramientas matemáticas o en elementos tomados de la física, con el ánimo de buscar una “cientifización” del conocimiento generado, cosa que naturalmente no se logró, pues es obvio que la cientificidad de una disciplina en modo alguno descansa únicamente sobre la metodología con la que se trabaje, por lo que dichas vertientes desembocaron en el desarrollo de complicadas elaboraciones matemáticas que, sin embargo, no pasaban de un nivel descripitvo básico.

Con los primeros trabajos experimentales sobre el funcionamiento del sistema nervioso, desarrollados hacia finales del siglo XVIII por Albrech von Haller, se dio inicio a la actual neurociencia. A diferencia de la psicología, la neurociencia reclamó para sí al cerebro (y al sistema nervioso en general) como objeto de estudio, llegando al poco tiempo a la formulación de problemas relevantes de los denominados procesos superiores (pensamiento, cognición y lenguaje), con lo que se creó la imperiosa necesidad de definir una posición filosófica frente a las características mentales de la función cerebral. Razonablemente, se asumió una óptica materialista-monista, según la cual la mente habría de buscarse en el funcionamiento cerebral, con lo que en esta relación sería dependiente de él. Esta posición cerró inmediatamente las puertas a muchas de las corrientes filosóficas, teológicas, psicológicas, metafísicas, sociológicas, etc., que creían ver a la mente como entidad de naturaleza diferente a la biológica. Dentro de este proceso, fueron cruciales tanto el surgimiento de la neuropsicología en 1861, gracias al trabajo de Paul Broca, como los hitos marcados por Donald Hebb, Wilder Penfield, Brenda Milner, Mijailovich Sechenov, Alexander Luria o Michael Posner, por sólo mencionar algunos. Evidentemente, algunas de las escuelas de pensamiento en psicología aportaron elementos teóricos articulables con el desarrollo en neurociencia. Tal es el caso de la psicología cognoscitiva y hasta cierto punto del análisis experimental del comportamiento, aunque tal articulación fue mucho más favorable para la elaboración teórica dentro de la neurociencia que dentro de la misma psicología.

Nadie dudaría actualmente que la solución al antiguo problema mente-cerebro, consiste en asumir, como sugiere Francis Crick, que “nuestros gozos y nuestras penas, nuestros recuerdos y nuestras ambiciones, nuestro sentido de identidad personal y de libre albedrío, no son en realidad sino el comportamiento de amplias asambleas neuronales y de sus moléculas asociadas” (Crick, F., 1994). Asimismo, al interior de la psicología actual, el florecimiento de los enfoques de corte biológico (Psicobiología, neuropsicología, psiconeuroendocrinología, etc.) ha posibilitado un replanteamiento de los referentes tradicionales. Simultáneamente, el auge de las ideologías basadas en la física cuántica, matizadas por los avances en el conocimiento de las posibilidades interpretativas y explicativas de los modelos matemáticos no lineales (sistemas dinámicos, matemática del caos) y de la geometría fractal, día a día, incrementa las posibilidades de lograr una teoría de la mente más acorde a la realidad (Briggs, J., & Peat, D., 1986).

Anatomía y fisiología de la representación cerebral

Millones de elementos son captados en cada instante gracias a los sistemas perceptuales que, funcionando como filtros, permiten el paso de sólo una infinitésima parte del mundo externo, la parte que a lo largo de la historia evolutiva de la vida en este planeta resultó de importancia crucial para el automantenimiento de los organismos. Además de no corresponder a la totalidad del mundo real, este reflejo de diferentes características de la materia es traducido por los receptores sensoriales en señales nerviosas y como tales se mantiene al interior del sistema biológico, a pesar de que luego de algún tiempo pueda ser transformado en outputs de naturaleza motriz, endocrina, exocrina, cognoscitiva o verbal. Rastreando la anatomofisiología de las diferentes vías sensoriales, se llega a la determinación de un proceso de desintegración de las unidades perceptuales en sus mínimos componentes. Inicialmente, la información ambiental excita a alguna población de receptores los cuales, en su conexión con las terminaciones (o más apropiadamente iniciaciones) nerviosas, traducen tal información en actividad nerviosa, en la forma de una modificación local de las acumulaciones iónicas transmembrana de Na+ y K+. Esta modificación avanza a lo largo del axón a velocidades entre los 20 y los 120 ms/sg y culmina en los pies terminales de la neurona con la liberación de substancias transmisoras, las cuales a su vez actúan como un nuevo estímulo para las neuronas u otras células sobre las que establecen contacto. Este proceso, en el caso de los sistemas sensoriales (excepción hecha del sistema olfatorio), llega hasta una serie de agregados neuronales o núcleos denominados en conjunto tálamo, con una organización tan precisa que es posible determinar mapas de representación somática, visual o auditiva en los núcleos ventral posterolateral, geniculado lateral y geniculado medial, respectivamente. Semejantes mapas del cuerpo, la retina o la cóclea, se mantienen en la corteza cerebral con idéntica precisión, una vez que los impulsos son retransmitidos desde el tálamo.

Obviamente, la información no mantiene un recorrido único en serie. Es decir, los impulsos nerviosos originados en determinados receptores, además de ser transmitidos hacia la corteza cerebral son enviados hacia otros lugares (amígdala, hipocampo, colículos superiores e inferiores, formación reticular, etc.). Este proceso evidencia una organización arquitectónica en paralelo, simultánea con una en serie, basada en los principios de convergencia y divergencia de la conectividad sináptica, con lo que conforma redes o mallas de procesamiento de información. La activación recurrente de los mismos nodos de conexión, establece un proceso que constituye una ganancia evolutiva sin precedentes, pilar del desarrollo de los sistemas biológicos animales: la memoria. Inicialmente, por una simple facilitación electroquímica para el trabajo de determinadas conexiones sinápticas (memoria a corto plazo), y posteriormente como generación de nuevos contactos sinápticos, es decir, modificación física de la estructura misma (memoria a largo plazo o memoria permanente).

La organización en paralelo además posibilita al sistema nervioso para obtener una ganancia en tiempo de procesamiento al descentralizar el trabajo y permitir que algunas regiones se encarguen del análisis de determinadas características, mientras que otras regiones analizan otras. En este punto surgen dos cuestiones principales: ¿es posible lograr una experiencia subjetiva sin utilizar para nada los receptores sensoriales? Y ¿existe algún punto anatómico en el cual se reintegre la desintegración sufrida por los preceptos? Muchos autores responderían si, sin ninguna vacilación ante la primer pregunta, basándose incluso en los pioneros trabajos de Wilder Penfield (Penfield, W., 1937). A raíz de estos últimos se sabe que al estimular diferentes puntos de la corteza cerebral es posible obtener percepciones tales como fosfenos, sonidos, recuerdo de situaciones sociales, así como actividades motrices complejas. Pero, frente a la segunda pregunta existe aún alguna controversia, en la que algunos autores están a favor y algunos en contra; sin embargo, una respuesta completa a esta pregunta requerirá del análisis del binding, o proceso de integración (Llinás, R., & Paré, D., 1993; Koch, C., & Crick, F., 1994).

Anatomía y fisiología de la representación mental

Recientemente se ha suscitado una controversia entre dos posiciones: una clásica, según la cual la representación topográfica espacial bastaría para dar cuenta de los procesos de consciencia, y una contemporánea, según la cual esta representación topográfica es insuficiente en sí misma y ha de ser complementada con un análisis temporal. Esta segunda posición ocupa actualmente un primerísimo lugar en la investigación, y ha dado origen al concepto de binding, que puede traducirse al español como integración (Llinás, R., comunicación personal; Horgan, J., 1994) o coherencia (Cibilis, D., Lorenzo, J., y González, N., 1995). Anatómicamente hablando, los circuitos responsables de este proceso han sido descritos con mucha antelación (Krieg, E., 1968, por ejemplo); corresponden básicamente a proyecciones de tipo tálamo-cortical similares a las relacionadas con los relevos sensoriales, salvo que no se trata en este caso de una proyección específica adscrita a una modalidad específica sino a un trabajo de tipo espontáneo de otras poblaciones neuronales relacionadas con el sistema reticular activador ascendente. Por lo tanto, son circuitos en gran medida paralelos con el trabajo de vigilia y atención. Ha de entenderse espontaneidad como un proceso organizado espaciotemporalmente, de forma que a nivel espacial establece contactos con ciertas ramificaciones dendríticas corticales (fundamentalmente en las capas superficiales), a lo largo de toda la corteza. Igualmente, existe una secuencia temporal de funcionamiento que puede entenderse de forma macroscópica como un efecto de barrido del estado de activación cortical, realizado en sentido rostro-caudal y a una altísima velocidad (uno aproximadamente cada 12,5 ms). Al juzgar el estado momentáneo de activación cortical, estos circuitos permitirían crear un continuo de comparación entre el (los) estado (s) inmediatamente anterior (es) y el estado presente, proceso que correspondería, según algunos autores, al fenómeno mismo de la consciencia; se cuenta con una serie de datos experimentales que apoyan esta hipótesis. De ellos son quizá los de Urs Ribary y su grupo de la Universidad de Nueva York, los más contundentes: en sus experimentos típicos, se pide a un sujeto que escuche un sonido presentado binauralmente, y juzgue si se trata de uno o dos clicks; simultáneamente se va realizando a cabo un registro magnetoencefalográfico en el lóbulo temporal.

Originalmente, existían informes desde la psicofísica, principalmente a raíz de los trabajos de Kristoffersen, según los cuales existiría un tiempo mínimo para el establecimiento de la percepción; sin embargo, sólo hasta los trabajos de Ribary se ha podido establecer un correlato neurofisiológico del proceso responsable. Según los datos obtenidos, si se presenta una serie de dos clicks distanciados temporalmente 12,5 ms o más, el estímulo percibido se juzgará como dos sonidos; por el contrario, si la distancia temporal entre los dos clicks es inferior a 12,5 ms, se juzgará como un sólo sonido. Dicho de otra forma, el cerebro realiza una lectura de quanta temporales de 12,5 ms; todas las informaciones (traducidas en puntos de actividad cortical) presentes en cada uno de estos barridos temporales, serán compiladas como una sola “imagen cognoscitiva”, la cual se integrará con la leída en el siguiente periodo de 12,5 ms, generándose así una representación topográfica espaciotemporal. Esta hipótesis se halla en la frontera entre la representación topográfica cerebral y la representación mental, apoyando las intuiciones de finales del siglo XIX de William James, quien veía a la consciencia como una corriente que fluye o marcha; sin embargo, es claro que esta hipótesis sólo nos permite llegar a otro nivel en el proceso de explicación del fenómeno, pero no nos brinda la posibilidad de desentrañar el misterio del mundo subjetivo.

Simultáneamente, con los datos obtenidos en la experimentación, existe otra inmensa vertiente para la obtención de información sobre la consciencia: la práctica clínica neuropsicológica. Actualmente se define a la neuropsicología como una ciencia interdisciplinaria, confluencia de las disciplinas neurológicas y psicológicas, cuyo objeto de estudio es el análisis de la organización cerebral de los procesos psicológicos (Ardila, A., y Rosselli, M., 1992; Heilman, K., y Valenstein, A., 1993; Kolb, B., y Whishaw, Y., 1990). Tradicionalmente se han considerado atención, memoria, aprendizaje, cognición, motivación y lenguaje como principales procesos psicológicos. Así, el campo de trabajo en neuropsicología ha sido principalmente el análisis de la alteración sufrida en estas funciones como consecuencia de lesiones cerebrales o de envejecimiento.

Naturalmente la lesión cerebral conllevará pérdida general de algunas funciones en mayor o menor grado, dependiendo ante todo del tamaño de la lesión y de su ubicación. Sin embargo, es posible aislar o disociar las manifestaciones de cada uno de estos procesos, realizando lo que Luria propusiera como un análisis factorial (lo cual fue desarrollado posteriormente por Alfredo Ardila).

Al respecto del tema desarrollado en este documento, resulta interesante mencionar la existencia de una categoría sindrómica, conocida como agnosia, que se define como una pérdida del reconocimiento de estímulos, a pesar de hallarse intacta o relativamente intacta la percepción de los mismos (Ardila, A., y Rosselli, M., 1992). Las agnosias pueden clasificarse con relación al canal perceptual afectado (agnosia visual, agnosia auditiva, agnosia táctil, etc.), o con relación a la función perdida (prosopagnosia, agnosia construccional, etc.). Simultagnosia, por ejemplo, hace referencia a la pérdida de la capacidad para integrar en un todo coherente los estímulos visuales presentados, a pesar de existir una visión normal. El caso de la prosopagnosia implica la imposibilidad para reconocer personas por la visión de la cara, a pesar de reconocerlas por otros rasgos (voz, vestimenta, etc.). Referente al reconocimiento de las caras, se ha podido evidenciar la disociación de componentes corticales y subcorticales en el proceso de discriminación: una persona con prosopagnosia es capaz de juzgar el valor emocional asociado con un rostro, a pesar de no poder saber de quién se trata (Cardena, F., y Lamprea, M., 1995). Vinculamos de esta forma procesos corticales con la percepción consciente y subcorticales con una percepción inconsciente.

Igualmente interesante resulta el estudio de la denominada “visión ciega” (blindsight), alteración debida a una lesión de las regiones posteriores de los lóbulos occipitales, y caracterizada por el reporte de ceguera total, hecho por el paciente. Esto es simultáneo con la posibilidad de realizar reflejos de acomodación a la distancia, adaptación a la intensidad lumínica, seguimiento de objetos e incluso identificación de imágenes en tareas de “adivinación forzada” de figuras presentadas, tareas en las que se le solicita al paciente que luego de “ver” un objeto (naturalmente él afirma no poder verlo), señale en un grupo de láminas presentadas cual fue la que vio.

Concomitante a otras pérdidas funcionales, es posible encontrar anosognosia, consistente en la ausencia de una toma de consciencia de la pérdida funcional, acompañada de un encubrimiento de la deficiencia; a continuación se presentan algunas evidencias clínicas de interés para nuestro análisis; un paciente con visión ciega (lesión occipital posterior bilateral), pide ser desplazado en su casa de cuarto en cuarto, pues asegura que en ninguno de ellos hay luz, si se le dice que en realidad está ciego, se ríe y no lo cree; un paciente con paresia superior izquierda (lesión frontal posterior derecha), asegura que puede mover perfectamente su mano, y lo comprueba tomándola con la mano derecha y moviéndola en diferentes direcciones; un paciente con afasia de Wernicke, (lesión temporooccipital izquierda), cree que la gente está jugando a hablar en jerigonza para que él no pueda comprenderlos; una paciente con heminegligencia contralateral (lesión parietooccipital derecha), se asombra al observar su brazo izquierdo pues considera que pertenece a otra persona, posteriormente lo empuja, y le habla en tercera persona, etc.

Inicialmente descrito como una estructura anatómica virtualmente sin ninguna función diferente a sostener los dos hemisferios cerebrales, el cuerpo calloso, es un elemento crucial para el funcionamiento integrado de los dos hemisferios. Básicamente, es apartir de los trabajos de escisión (comisurotomía), realizados por Roger Sperry (Sperry, R., 1961), que se ha venido entendiendo este papel, difundiéndose ampliamente dentro de la neurociencia el estudio del cerebro dividido (split brain); incluso se discute la posibilidad de existencia de una mente dividida análoga. Obviamente, dado que cada hemisferio parece tener sus propias funciones, es posible demostrar la contribución independiente de cada una de ellas a la formación de la mente única; dos mentes en una, e incluso dos consciencias independientes y hasta conflictivas, tal como demostrara Victor Mark, neurólogo de la Universidad de Dakota del Norte, al solicitarle a una paciente comisurotomizada que dijera si sentía una de sus manos. Después de una pausa, la paciente decía “… sí, no …, sí … sí…, no…, espere…, sí…”. En este momento, Mark presentaba una cartulina con un SI y un NO y solicitaba a la paciente que con el dedo señalara su respuesta. La paciente señalaba con una mano el SI y con la otra el NO (Horgan, J., 1994). A primera vista salta que este conflicto residía en el intento de cada hemisferio por lograr una hegemonía total.

Naturalmente, ninguno de estos breves casos ofrece una explicación de la consciencia. Sin embargo, brindan la oportunidad de puntualizar algunos aspectos dignos de ser tomados en consideración:

– En algunas regiones cerebrales, además de poder encontrarse un punto crítico para la ejecución de alguna función, reside la consciencia de esta misma función.

– En algunas otras regiones cerebrales parece hallarse únicamente un punto crucial para la ejecución de alguna función, pero no para la toma de consciencia de la misma función o de otras.

– La consciencia, tal como ha sido definida inicialmente (capacidad para saberse poseedor de un sí mismo), correspondería en general a un proceso no sólo cortical, como tradicionalmente se sostiene, sino más bien a una integración funcional entre procesos corticales y subcorticales.

– Estos procesos corticales y subcorticales están, a su vez, compuestos por subunidades de procesamiento diferencial.

– El concepto de sí mismo (self), no depende de la integridad funcional del sistema.[sociallocker]

Conclusiones parciales

Evidentemente la consciencia, a pesar de ser un proceso cerebral, no puede ser localizada puntualmente en ninguna región restringida, lo cual corresponde, entonces, más a un trabajo temporal de los circuitos anatómicos excitados externa e intrínsecamente; “… la anatomía como espacio y la fisiología como dinámica temporal” (Jaramillo, D., en prensa).

Uno de los puntos más impactantes que surge de lo hasta aquí presentado, hace referencia a que la modificación fisiológica (en ritmos de actividad, patrones de pulsos, o trenes de potenciales evocados en determinadas poblaciones neuronales tanto talámicas como corticales), ocasionada al interior del sistema por la estimulación recibida, es mínima; esto es, existe un telón de fondo (la actividad espontánea del sistema), sobre el cual la información recibida establece una pequeña alteración. Rápidamente se pueden extraer al menos tres consecuencias importantes de esta afirmación:

1. Mínimas variaciones de la actividad espontánea conducen a percepciones subjetivas ampliamente diferentes, con lo cual la variabilidad potencial de situaciones subjetivas diferentes es infinita, tal como lo es la variabilidad potencial de estados fisiológicos diferentes.

2. La experiencia subjetiva, en cuanto tal, existe ya al interior del sistema y la información sensorial externa sólo afinaría esta experiencia, exaltando algunos rasgos y difuminando otros.

3. La diferencia entre la consciencia subjetiva experimentada por los organismos dependería, únicamente, de la diferenciación relativa de su organización anatomofisiológica; sin embargo, la similitud de los estados subjetivos de consciencia es, en virtud de la similitud genética del diseño de los organismos pertenecientes a la misma especie, inmensa: esto es: nuestros mundos subjetivos son mucho más parecidos de lo que desearíamos, de ahí que podamos compartir consensos o lograr empatía (entendida como ponerse en la posición de otro).

Al relacionar los datos obtenidos por Mountcastle V., y Edelman, G., en torno a la organización funcional de la corteza cerebral en columnas corticales o módulos, con los conceptos discutidos, se hace posible introducir ciertas ideas sobre las cuales hilar los fenómenos experimental y clínicamente hallados, y con ello encontrar una mayor coherencia a las conclusiones mencionadas en el anterior párrafo. Los módulos de funcionamiento cortical, detectados originalmente en el sistema visual (que de hecho ha sido el sistema escogido por excelencia para el análisis de la consciencia), capacitarían al cerebro para el procesamiento simultáneo de todos los diferentes rasgos constitutivos de cualquier precepto. Cada uno de estos módulos de funcionamiento está en capacidad de reaccionar ante calidades perceptuales cercanas. Es decir, el procesamiento en cada uno de ellos no es específico para una sola característica del precepto, sino que es preferencial o más eficiente para ella que para otras. Igualmente, encontraremos actividad en cada módulo ante una gran gama de atributos del precepto; lo cual se acerca mucho al concepto de memoria holográfica, propuesto por Karl Pribram en 1971; en este caso hablaríamos más bien de una percepción holográfica, para referirnos a la posibilidad de cada columna cortical para responder ante diferentes ángulos del precepto, a pesar de hacerlo más eficientemente ante sólo uno de ellos. Esto puede ser visto desde la perspectiva del análisis factorial, mencionado anteriormente, para distinguir tanto funcional como anatómicamente todos los factores corticales componentes de las áreas corticales primarias, secundarias, y de asociación; podría también pensarse en la determinación de los factores talámicos y subcorticales asociados a cada modalidad sensorial o motriz; este trabajo es posible de momento sólo a un nivel teórico, pues las limitaciones tecnológicas impiden un acercamiento práctico. Se requeriría del diseño de un arreglo de electrodos tan cercanos unos a otros, que resulta virtualmente imposible. Dado el caso de que fuera posible realizar tal aparato, el implante de tal cantidad de electrodos haría que el tejido mismo dejara de funcionar, (recuérdese que cada uno de estos módulos tiene un diámetro aproximado de entre 0,2 y 1 mm.). Actualmente se trabaja en el diseño de bobinas de altísima precisión para la amplificación de los campos magnéticos creados por el funcionamiento electroquímico del tejido nervioso. No obstante, mientras la técnica lo impida, tal análisis quedará truncado.

Con lo anterior, la conclusión extraída anteriormente, frente a que la consciencia no reside en ningún lugar exacto, halla fácilmente un asidero anatomofisiológico. Igual que en el caso de la percepción o la motricidad, la realidad subjetiva estaría potencialmente distribuida por todo el cerebro, correspondiendo cada módulo funcional a sólo una mínima parte de ella; esto explicaría perfectamente (en virtud de la variabilidad fisiológica ya discutida), la fluctuación temporal del proceso subjetivo denominado yo, evidenciada por el recuerdo cotidiano de su propia identidad a pesar de saberse diferente en cada instante y a mantener una cierta consciencia del deterioro permanente del sistema (léase envejecimiento). Actualmente nadie está en capacidad para afirmar o negar a ciencia cierta la existencia de tipos de consciencia diferentes a la aquí referida; sin embargo, podríamos apoyarnos en un cierto análisis de este problema, con el fin de extraer ideas útiles para la comprensión de la siguiente idea. Haciendo un poco de ciencia ficción, se podría indagar acerca sobre qué características diferencian a algunos sistemas (una colonia de células hepáticas, un bosque tropical y un encéfalo), y de ellas, cuáles son las vitales para la génesis de la consciencia. Una primer aproximación permitiría dilucidar las siguientes características diferenciales: una comunicación altamente organizada entre los elementos constitutivos; una relación física estrecha con todas las partes constitutivas del sistema; un trabajo espontáneo de cada uno de los elementos, fundamentado en características funcionales idénticas y, hasta cierto punto, una diversificación del trabajo desarrollado por cada elemento. Iguales pautas se evidencian en, por ejemplo, el comportamiento de los empleados en una empresa, sin que por ello se asuma que la empresa tiene una consciencia de sí misma, (insisto en que no es posible saber si en realidad la tiene o no; simplemente damos por supuesto que no, ya que hasta el momento no ha existido ningún reporte de la existencia de tal constructo). Dado el caso de restringirnos al sistema biológico, es el encéfalo el epicentro para la búsqueda de la consciencia, a pesar de que como tal todo el sistema nervioso comparte las mismas características. La médula espinal, sistema nervioso autónomo, o sistema nervioso periférico jamás han sido propuestos como posible residencia de la consciencia, a pesar de compartir, en muy buena medida, con el encéfalo sus características anatómicas y funcionales. Inicialmente, parecería obvio centrar el estudio en el encéfalo y principalmente en el córtex cerebral; sin embargo, nada nos asegura la no existencia de algún tipo posible de consciencia medular de la cual viviéramos absolutamente desenterados no sólo como individuos, sino posiblemente como especie. Esto, que parece una broma de mal gusto, o una pesadilla de H. P. Lovecraft, nos ilustra un interesante punto en relación con nuestra visión de la consciencia. Ningún paciente, luego de presentar una anosognosia, es consciente de que poseía en su historial premórbido la función perdida. De hecho, les es imposible imaginar cómo sería esa función (Heilman, K., 1994) o cómo podrían utilizarla. Tomando esto en consideración, es factible suponer, simultáneamente con la distribución regional de la consciencia, una coexistencia entre mente y consciencia.

Realmente correspondería la localización topográfica cerebral de las funciones perceptuales y motrices con la mente (identificada aquí con el proceso de la imaginación, la fantasía o el automonitoreo funcional), pero la correspondencia de la mente con la consciencia sería mucho menos precisa, a pesar de no poder ser independiente de ella. Es decir, la consciencia podría entenderse como la funcionalidad de la mente en ausencia de actividad perceptual o motriz primaria, lo cual no implica la inexistencia de la consciencia durante los periodos en que haya actividad perceptual o motriz. Así vista, la consciencia sería un espacio virtual de ejecución de la función mental, coordinado por la velocidad de realización del barrido tálamo-cortical. La simultaneidad del funcionamiento de las columnas corticales y secuencialidad en su lectura por parte de la actividad intrínseca de los sistemas tálamo-corticales, parecen ser, pues, los elementos cruciales en el surgimiento de la mente y de la consciencia, lo que permite comprender la existencia de tiempos mínimos de ejecución. Problemas del aprendizaje, tales como la dislexia (Ribary, U., 1994), e incluso psicopatologías como la depresión, la cual parece estar asociada con el enlentecimiento en los ritmos del barrido tálamo-cortical.

Prioritariamente, sin embargo, ha de considerarse el hecho ya mencionado de que el efecto ocasionado por la pequeña parte de la realidad percibida, es mínimo sobre el sistema. Obviamente, existe mucha discusión sobre el particular, pero la conclusión a la que se quiere hacer referencia en este momento, se relaciona con la función de resonador, asumida por el sistema nervioso frente a la información percibida. Dicho en otros términos: el sistema nervioso, al recibir la información proveniente de los sistemas sensoriales modifica su ritmo intrínseco de actividad (que para el caso puede ser considerada como ruido de fondo), y hace un efecto de reinicialización (reset), permitiendo que ciertas poblaciones (talámicas inicialmente y corticales posteriormente) se ubiquen funcionalmente en una frecuencia de 40 Hz; este es el máximo efecto posible que se ha logrado por la información retransmitida hacia el tálamo, y que como se vio anteriormente, se transforma en la llamada mente.

Anteriormente se hizo una breve mención a la contribución hecha por la genética, en el diseño de los sistemas anatómicos de la consciencia. No obstante, es necesario mencionar algunos elementos que no han sido aún muy difundidos. Inicialmente se ha de comenzar por concebir al código genético como una serie de instrucciones parciales; la complejidad de la sola conectividad sináptica de un encéfalo (1×10-18 aproximadamente) sobrepasa la potencialidad de definición génica. Se sabe actualmente de la existencia de ciertos mecanismos neurobiotáxicos, encargados de la marcación química de ciertas sendas para el crecimiento neuronal. Obviamente, este mecanismo por sí solo resultaría igualmente ineficiente. Se propone entonces un proceso de afinamiento de las conexiones sinápticas que inicia, en primera instancia, por un trabajo espontáneo de activación (incluso presente en la vida fetal), y se complementa posteriormente con los contactos realizados por el organismo con el medio ambiente en el cual se desarrolla. Esto es, el organismo al relacionarse dinámicamente con su medio aprende cuáles redes neurales fortalecer, y cuales deshacer. Dada esta relación bidireccional, el organismo depende en igual medida de su relación con el entorno que de su carga genética para lograr su madurez y opitmización funcional. No obstante, esta aparente coherencia explicativa, existen otras posiciones que afirman un proceso bastante diferente. Una de estas posiciones se relaciona con la comprensión de los sistemas como simplemente la forma en que se expresan las condiciones conformantes de un sistema. Dicho con ejemplos, una neurona sería simplemente vista como la forma en que pudo expresarse una serie de agregados proteicos y lipídicos que conforman una cierta estructura de membrana. Esto, llevado a nuestro campo de estudio haría ver a la consciencia como un producto resultante del funcionamiento electrofisiológico del sistema nervioso, lo cual naturalmente no tiene ningún problema, hasta tanto no se llegue a pensar que como tal, la consciencia sería no más que un simple producto agregado secundario y en pleno sentido, sin importancia, consecuencia de una organización molecular determinada, lo que a modo de ver del autor de este trabajo, tampoco representa mayor peligro. Sin embargo, las implicaciones que a nivel social, antropológico, ético, moral, etc., tendrían tal vuelco en la concepción de consciencia, serían enormes (sería para la humanidad tradicional perder una de sus últimas batallas).

Se ha tratado de realizar una presentación abierta de los elementos que a juicio del autor han de ser tenidos en cuenta en una disección de la consciencia. Se trató dentro de lo posible de no cerrar ninguna de las ideas expuestas, con la finalidad de permitir al lector una libertad total de pensamiento y, ante todo, por carecer del recorrido teórico necesario para tan siquiera atreverse a esbozar cualquier conclusión, hipótesis o idea que pueda de alguna forma polarizar la visión del problema de mayor antigüedad en la historia de la raza humana. No obstante, si debiera manifestarse una posible ruta de navegación para el futuro, el autor cree que tendería a aproximarme a un punto a medio camino entre las capacidades de resonancia del sistema cerebro-ambiente y la obligada reestructuración continua del sistema nervioso como mecanismo de adaptación frente a la muerte diaria, utilizando quizá como herramienta metodológica, modelos de funcionamiento no lineales, tanto para la comprensión de la normalidad como de la patología. Rápidamente, es necesario advertir que esta breve revisión de algunos elementos actuales sobre el problema de la consciencia, carente de una conclusión final, en ninguna medida habrá de justificar la especulación sin fundamento, o la discusión sin argumentación. Obviamente, muchos conceptos igualmente necesarios para la comprensión de la consciencia fueron dejados al margen, bien por no dar lugar a polémicas ajenas o tangenciales al tema, bien por no corresponder a los objetivos particulares de este documento, o bien, en la mayor parte de los casos, por un desconocimiento total o conocimiento parcial de tales elementos, por parte del autor. Se espera que el avance en la carrera tecnológica permita en un futuro determinar cuales ideas han de ser desechadas y cuales conservadas, naturalmente todo esto en consonancia con la realidad empírica del mundo material.

Referencias

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Para citar este artículo:

  • Cárdenas, F. (2003, 03 de noviembre). Representación mental y consciencia. Revista PsicologiaCientifica.com, 5(8). Disponible en:http://www.psicologiacientifica.com/representacion-mental-y-consciencia


4 Comentarios para “Representación mental y consciencia

  1. Gonzalo

    Muy buena diferencia entre representación mental (simbólica) y conciencia. No entiendo porque este articulo no tiene comentarios si está buenísimo.

  2. Rosa López

    El artículo me parece muy completo, aunque creo que dentro de los estudios actuales no se incluyen la diferencia entre “Conciencia” y “Consciencia”, ya que un ser humano, por ejemplo un autista, aunque no tenga consciencia existe. ¿Pudiera ser este el punto de resonancia?

  3. PSICOHUGO

    Pienso que al artículo no hay que refutarle nada, realmente excelente, felicitaciones Dr.

  4. Bernardo

    Excelente heurística investigativa, la genealogía de la interdisciplinariedad es sorprendente asi como la sistematicidad.

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