Nueva mirada hacia la construcción de la paternidad
Ciclo vital


  • Liliana Nieri
    Universidad de Palermo-CONICET
    Buenos Aires, Argentina

Resumen

  • El presente trabajo tiene como propósito demostrar qué le ocurre al padre en el momento de la gestación, parto y puerperio de su mujer. Se propone un recorrido por diferentes teorías e investigaciones acerca de la paternidad, los cambios que se generan a partir de esta y la manera en que repercute en el desarrollo del vínculo temprano.

    Durante décadas, diversas investigaciones centraron su interés en la maternidad y en todo lo que le ocurra a la madre, llegando a la conclusión que el concepto de maternidad no solo implica cambios biológicos, sino que también provoca cambios a nivel social, cultural y psicológico. Es decir, la maternidad implica una sucesión de secuencias complejas: pubertad, fecundación, parto, lactancia, crianza, educación y separación. Por consiguiente, se considera a la maternidad como un fenómeno psico-biológico, y como tal es una crisis evolutiva y vital, que reactiva los problemas del pasado y potencia los problemas del presente -afectando, en su mayoría, los vínculos con los otros-.

    A modo de conclusión final, el trabajo permite demostrar que la función del padre va más allá de una tarea social y sostén económico, es ser el "gran proveedor" de: sostener emocionalmente a su pareja e hijo, acompañar a su pareja en el proceso de gestación y acompañar a su hijo durante toda su vida, dándole identidad dentro de la familia, amor, cuidado, seguridad, entre otras.

    Palabras clave: Paternidad, vínculo, nuevo padre.



Transición hacia la paternidad

Tal como sostiene Lebovici (1997), el concepto de paternidad no solo significa ser padre en el sentido biológico del término, sino también poder imaginarse su descendencia.

Es decir que la paternidad no solo representa un desarrollo en el adulto y un movimiento para una nueva posición social. Implica un: “proceso psicoafectivo por el cual un hombre realiza una serie de actividades en lo concerniente a concebir, proteger, aprovisionar y criar a cada uno de sus hijos jugando un importante y único rol en el desarrollo del mismo, distinto al de la madre”(Oiberman, 1998).

Como se mencionó anteriormente, dicho proceso está atravesado por el hombre en función de su historia personal, su actualidad y las vivencias en relación a su hijo por nacer o recién nacido. La forma en que se unan dichos atravesamientos se expresará en las conductas que asuma en relación a su pareja e hijo.

El futuro padre atraviesa por un proceso de transición hacia la paternidad, en tanto la misma provoca cambios en el estado de salud, en las relaciones, en las expectativas y las habilidades y en la identidad personal y social (Schumacher y Meleis, 1994).

Bibring (1959) define la transición a la paternidad como una crisis, marcada por momentos decisivos específicos en la vida del individuo, que da un paso hacia las nuevas funciones, es decir, es un fenómeno para el desarrollo, es un punto sin retorno entre una fase y la siguiente.

Dicha transición genera nuevos significados que comprenden: las expectativas, los niveles de habilidad y conocimiento, el ambiente alrededor de los padres, el bienestar emocional y físico (Schumacher y Meleis, 1994).

Newman y Newman (1988) sostienen que las habilidades cognitivas y emocionales que se desarrollan en el proceso de la paternidad, llevan a los hombres a poner en su orden vida, haciendo varias cosas en un solo tiempo, en donde es necesaria la preparación para el futuro, el aprecio de diferencias individuales y el logro de una relación simétrica con su pareja. Dicho desarrollo lleva implícito un contacto con nuevos niveles emocionales y nuevas formas de expresar esos sentimientos.

Asimismo, estos cambios se ven reflejados en diferentes aspectos de la persona, los cuales contribuyen a su desarrollo personal, social, laboral y familiar. Según Cowan (1988), cuando los varones llegan a ser padres ocurren tres cambios: incorporan la paternidad a su identidad, tienen la sensación de que han perdido el control de sus vidas y sus aspiraciones personales tienden a desarrollarse exponencialmente.

Ante estos cambios, es normal pensar que los padres, durante el embarazo, reevalúen sus experiencias con su padre y generan un sentido de conexión con ellos, esto les permite estar emocionalmente involucrado con sus niños (Herzog, 1982).

Según Stoleru (1995), el proceso de transición a la parentalidad -el cual comienza durante el embarazo y los primeros meses de vida de su hijo- “es el reconocimiento del niño como tal, lo que induce al desarrollo del sentimiento de ser padre: es el reconocimiento de la dependencia y de la imposibilidad del niño de satisfacer sus propias necesidades” (p. 94).

Se ha comprobado que esta transición no solo concierne a la mujer sino que también incluye al padre, ya que, como plantea Federico (2003), el embarazo no se da solo en la esfera física sino, también, en las esferas mental, emocional y espiritual.

Cupa y Riazuelo-Deschamps (2001) postulan que, en torno al nacimiento de su hijo, los padres pueden desarrollar una profunda reorganización subjetiva, denominada constelación paternal, la cual estaría caracterizada por preocupaciones paternales primarias, tales como: asegurar el crecimiento de la vida del bebé, su desarrollo psíquico y la capacidad de comprometerse con él, además de ser una red de apoyo con la madre o ciertas figuras masculinas o femeninas, destacando la importancia de las interacciones con el bebé antes del nacimiento, así como las nuevas identificaciones paternas. Sin embargo, a diferencia de lo que plantea Stern (1997), quien propone que en la constelación maternal el complejo de Edipo no juega un rol estructurante, para estos autores la problemática edípica en estas reorganizaciones es un componente central de la constelación paternal, ya que el hijo es percibido por el padre como un rival o competidor por el afecto de la cónyuge (Cupa y Riazuelo-Deschamps, 2001).

En un estudio realizado a padres cuyas parejas tenían siete meses de embarazo se encontró que dentro de los factores que inciden en el desarrollo de la constelación paternal está la percepción de los movimientos del hijo, lo cual es clave para sentirlo real y presente. A su vez, los padres mostraron una preferencia marcada por los niños varones, lo que relacionaron con que llevará su apellido y será su sucesor en la transmisión de este.

Otro estudio que profundiza sobre la experiencia de padres durante el embarazo y primeros meses de su hijo concluye que, al participar en la confirmación del embarazo, los padres acceden a la dimensión física de este, lo que les permite sentirse más comprometidos con su hijo por nacer (Draper, 2002).

Investigaciones realizas por Olavarría (2001) y Fuller (2000) en poblaciones chilenas y latinoamericanas sobre la relación padre-hijo, hallaron que el sexo del bebé y la llegada del primer hijo influían en el establecimiento del vínculo temprano. En relación al sexo del bebé, dichos autores sostienen que la paternidad se consagra al tener un hijo varón, ya que permite que el apellido de la familia se trasmita y sobreviva en el tiempo, aunque el vínculo amoroso sea con la madre.

En relación a los cambios en la identidad del padre con la llegada del primer hijo, la paternidad puede ser vivida como una experiencia de entrega total por el hijo, es decir, como una experiencia de entrega gratificante y de autotrascendencia; o vivida como una pérdida de libertad asociada a sentimientos de tristeza e inadecuación. Según Fuller (2000), la paternidad como entrega total se manifiesta a través de la presencia disponible para entregar afecto y cuidado al hijo, como de brindar las condiciones materiales necesarias para que el hijo se desarrolle.

Asimismo, los estudios concluyen que el hecho de ser padre, implica el cierre de la etapa juvenil y el comienzo de la vida adulta (Fuller, 2000). De acuerdo con esta investigación, esto ocurre cuando hay efectos positivos en la identidad de los padres y adquieren una visión trascendente de la vida. Dicha visión implica adquirir mayor madurez, aumentar la autoestima y sentirse más acompañado.

Herzog y Lebovici (1995) enfatizan la relación de apoyo mutuo que debe existir en la pareja, señalando que uno de los procesos más importantes de la transición a la paternidad tiene que ver con la redefinición de la identidad de hombre y esposo hacia padre. Entre los procesos psicológicos que esta tarea implica, además de crear un lazo con el bebé, el padre también debe lograr la convicción interna de que puede cuidar de él. Los autores señalan que el padre puede ayudar a la madre en el proceso de transición a la parentalidad, pero él también tiene necesidad de sostén para paternalizarse. Además de necesitar del apoyo afectivo de la madre para volverse un padre interesado, el proceso de paternalización estaría facilitado por la participación del padre en el deseo de tener un hijo, por la preparación para el parto y por su presencia en la sala de parto.

Los resultados de la presente investigación son consistentes con los de Cupa y Riazuelo-Deschamps (2001) y Draper (2002) respecto a la importancia para la experiencia vincular de las interacciones padre-bebé durante el embarazo y su consecuente anticipación de la relación futura. Respecto al período del embarazo, los hallazgos concuerdan con los planteamientos de Federico (2003), ya que los padres reconocen la importancia de hablar al hijo durante el embarazo para el establecimiento del conocimiento mutuo.

Participación paterna durante el embarazo y el parto

Lebovici (1997) sostiene que, durante el embarazo, el padre se encuentra primero en la mente de la madre, lo que es muy importante, pero el padre está también al lado de la madre. Él asume un rol continente y protector, y más tarde el de catalizador que permitirá a su joven esposa ser madre. En este contexto, son las palabras las que regirán el nacimiento de la parentalidad: la madre nombra al padre “tú eres el padre” y el padre nombra al hijo quien, gracias a este hecho, es inscripto en el linaje paterno.

Es por eso que llegada de un hijo se vive como uno de los acontecimientos más importantes en la vida que transforma las relaciones de pareja, generando mucha felicidad pero también ansiedad y conflictos que deben ser superados a través del diálogo.

El tener a su primer hijo provoca a los padres bastantes sentimientos dentro de ellos, siendo el orgullo el más recurrente, que también experimenta el resto de la familia que con emoción disfruta a su nuevo miembro. Todos estos sentimientos alegres florecen y perduran por un tiempo (Fuller, 2000).

Sin embargo, los sentimientos que produce la llegada de un hijo no siempre son de alegría y felicidad. Los sentimientos que desencadene la llegada de un hijo en cada persona dependen de la situación emocional en la que el nuevo padre se encuentre, de si deseaba tener un hijo y de muchos otros factores (Loyacono, 2003).

Asimismo, Brazelton (1993) sostiene que el padre puede percibir al hijo que está por nacer como a un rival que lo despoja de su mujer, tal como su padre o un hermano lo despojaron de su madre en la infancia.

Herzog (1982) señala que los futuros padres se pueden calificar en dos grupos, los del grupo que reconocían sus sentimientos respecto a la llegada del primer hijo mostrándose compresivos y solícitos con sus esposas, mientras que los del otro grupo estaba compuesto por futuros padres que demostraban tener poca conciencia de sus sentimientos.

Este autor llego a la conclusión de que los futuros padres se dividían entre los que nutrían a sus esposas y los que se sentían decepcionados por no ser nutridos ellos mismos y que estaban celosos de su mujer y sus hijos.

Según May Ka (1982b), Obrzut (1976) y Sherwen (1986), en los futuros padres se pueden encontrar tres factores que contribuyen al desarrollo emocional durante el embarazo: la seguridad financiera, el deseo de ser padre y, por último, la estabilidad dentro de la relación.

Igualmente, May Ka (1982a) descubrió que los padres atraviesan por tres fases desde que se enteran del anuncio de la llegada de su hijo hasta el parto. La primera fase comienza con la noticia del embarazo y se caracteriza por la reacción ante el anuncio del embarazo, la misma depende si el mismo fue buscado o no. Seguido de esta, se encuentra la fase de moratoria, lo cual ocurre entre la semana 12 y 25, y se caracteriza por un de distanciamiento emocional consciente acerca del embarazo, lo cual se caracteriza por la ambivalencia hacia el embarazo y finaliza cuando emergen los signos visibles del embarazo. Por último, la fase final -la cual ocurre entre la semana 25 a la 30- consiste en la preparación para la paternidad y el rol que van a ejercer, es decir, que el hombre se tiene que redefinir a sí mismo como el padre del niño. Sin embargo, a excepción de las clases de preparación de parto, los padres tienen pocas oportunidades para aprender a ser una pareja involucrada y activa en el pasaje hacia la paternidad. Saunders (1999) sostiene que las tensiones y las aprensiones del padre no preparado, no comprensivo son fácilmente transmitidas a la madre y pueden aumentar sus miedos. Sus desconfianzas en sí mismo y su miedo de falta de adecuación, pueden presentarse si él no es contenido y acompañado.

May Ka también describió tres estilos de comportamiento del padre ante el embarazo:

El primero de ellos es el observador, aquí el futuro padre se queda en la periferia respecto al embarazo -esto no significa que no le importe-, está presente pero no realiza acciones que indiquen su interés, se encuentra expectante. Tiene alto grado de control de sí mismo, de sus emociones y sobre su envolvimiento emocional. Puede que esté contento con la gestación pero prefiere ser observador y no actuar.

El segundo, es el hombre reactivo y participante o expresivo, el cual quiere ser parte activa del embarazo y estar presente en todos los momentos importantes, por lo que tomará un interés en el proceso de la gestación. A su vez, hay una respuesta fuertemente emocional, en donde los síntomas psicosomáticos similares a los síntomas físicos de la madre, conocido como los síntomas del couvade, pueden estar presentes (Klein, 1991).

Por último, la reacción instrumental es la de los compañeros que son más protectores y comprensivos y que se ven a sí mismos como la persona que ayuda a que todo salga bien: hace arreglos para las consultas prenatales y más tarde, para el momento del parto, ayuda en muchas formas, prefiere entrar en acción y demuestra sus emociones..

Según Rivadero (2002), que el hombre participe durante el proceso gestacional podría tener beneficios tales como: mejor comunicación, mayor compenetración con la pareja y la familia, mejores modelos para los niños, más apoyo durante el embarazo y menos violencia en el hogar.

Sin embargo, muchas veces los padres no pueden asistir a todos los controles prenatales, pero basta con que acuda a dos o tres para involucrarse en el proceso y establecer su rol correctamente (Carrillo, 2007).

En relación a la presencia o ausencia del padre en el parto, antiguamente, el parto era sólo una cuestión de mujeres, donde asistían la matrona, la madre, la suegra o la hermana de la parturienta, mientras el padre esperaba el primer llanto del recién nacido al otro lado de la puerta. En la actualidad, el hombre es protagonista de esta situación y puede acompañar a su pareja en el momento del parto.

Se ha comprobado que el papel del padre en el momento del parto es fundamental y necesario tanto para la mujer como para el recién nacido, debido a que ella necesita la seguridad que le aporta su apoyo y compañía, y es el primer contacto con el hijo, lo que favorecerá la creación de un vínculo temprano de apego.

Parke (1996) comprobó que el apoyo emocional del marido durante el embarazo contribuye a que su esposa se adapte satisfactoriamente a su condición y su presencia durante el parto y el alumbramiento se asocia con una menor necesidad de recibir medicamentos analgésicos y con una experiencia de parto más positiva.

Una investigación llevada a cabo por Carrillo (2007) demostró que la ausencia de modelos parentales fue más referida en el grupo de varones que no asistió al parto de su hijo/a, a diferencia de los varones que si presenciaron el parto, quienes en su mayoría, refirieron una relación positiva con sus padres lo que pudo haber influido en su comportamiento y disposición para participar en el proceso gestacional. Los padres de ambos grupos manifiestan que los modelos parentales percibidos influyen en la adopción del rol.

En relación a las funciones que los padres atribuyen como propias de la paternidad pudieron determinarse diferencias en ambos grupos, para los padres que no participaron en el parto su función principal está relacionada con otorgar sustento económico a sus hijos, mientras que para los padres que sí participaron en el parto su función principal está relacionada con la entrega de afecto y valores a sus hijos/as.

En lo que se refiere a los sentimientos que generó la llegada del hijo/a, pudo observarse que esto está estrechamente relacionado con la planificación de la paternidad, sin haber diferencias entre ambos grupos de padres. Los que, junto con su pareja, planificaron la paternidad refirieron sentimientos positivos frente a la llegada del hijo, al contrario de los que no lo hicieron; estos últimos revelaron sentimientos negativos tales como temor, preocupación, entre otros (Arez-Delucchi y Herrera, 2010).

Greenberg y Morris (1982) investigaron qué siente el padre a partir del momento del nacimiento, lo que denominaron “engrossement“, el mismo se trataría de un potencial innato que tiene el padre y se desarrolla en el momento del nacimiento. Esta expresión implica varias cosas para el padre en el momento del nacimiento del hijo :

– Estar totalmente absorbido por la presencia del bebé

– Manifestar preocupación e interés ante el nacimiento del hijo.

– Expresar una emoción intensa ante el nacimiento.

– Sentir una intensa y característica emoción al verse convertidos en padres.

Estos autores, llegaron a la conclusión de que aquellos padres que habían participado en el parto manifestaban tener un sentimiento paterno alto, estaban conformes con el sexo del bebé, podían distinguir a su hijo de los otros bebés y manifestaban querer compartir con sus parejas el cuidado del pequeño y estaban dispuestos a tomarlo en brazos. Sin embargo, la diferencia entre los padres que asisten al parto de aquellos que no asisten, no era significativa. Esto demuestra que el padre puede ser tan sensible y reaccionar adecuadamente como la madre a las señales del bebé.

Cambios físicos del padre durante el embarazo

Muchas investigaciones encontraron que los padres atraviesan por modificaciones físicas durante el embarazo de su esposa; según Maldonado (2005), estos cambios pueden deberse por: envidia del hombre hacia la mujer en cuanto a su capacidad de tener embarazos, identificación con la compañera, así como sentimientos de ansiedad, ambivalencia respecto al embarazo y hostilidad inconsciente.

Cyrunick (1998) plantea que, pese a la diferencia de nueve meses de relación con la mujer, ya que el hombre no lleva al bebé en su cuerpo, acompaña y protege a la madre y se identifica con ella en su embarazo y comparte algunos síntomas como un “útero afuera del cuerpo materno”.

Conner y Denson (1990) sostienen que el que algunos compañeros presenten síntomas comunes del embarazo, tales como aumento de peso, nausea matutina, etc, puede deberse a un síndrome por empatía con la situación de la mujer.

En muchas culturas del tercer mundo se manifiesta el Couvade -couver: incubar, empollar-, donde los hombres simulan el proceso de parto, pasando por diversas fases y manifestaciones. Esto demuestra el deseo del hombre por estar embarazado.

El couvade es un ritual que tiene el propósito de establecer, frente a la comunidad, quién es el padre de la criatura y atraer a todos los espíritus malos a la cabaña del padre, para que descarguen su ira sobre una falsa madre, dejando que la auténtica dé a luz a su hijo sin complicaciones (Oiberman, 1999).

La versión occidental del Couvade se caracteriza por una serie de síntomas físicos que son experimentados por el futuro padre y que desaparecen inmediatamente después del alumbramiento (Maldonado, 2008).

En la mayoría de los padres, los síntomas que más se presentan son: problemas gastrointestinales -náusea, vómito, acedías, dolor abdominal y sentir el abdomen distendido-, dolores -de piernas, de espalda, dentales, irritación vesical- y conductuales -cambios de apetito, “antojos” y aumento de peso, cambios en los hábitos de dormir, ansiedad, inquietud y reducción de la libido-.

Buist, Morse y Durkin (2003) investigaron la transición a la paternidad, este estudio incluyó cuatro momentos de entrevistas con hombres: a la mitad del embarazo, hacia el final de éste, en la etapa post-parto temprana y a los cuatro meses post-parto.

Los resultados demostraron que el nivel de estrés más alto ocurrió a la mitad del embarazo, sobre todo en casos en que la relación con la mujer había sido corta.

Sin embargo, en la etapa de post-parto la ansiedad disminuyó, es decir, cuanto mayor sea el nivel de estrés menor es la satisfacción matrimonial, lo que, a su vez, puede tener un impacto negativo en los sentimientos hacia el bebé.

Otro estudio realizado por Clinton (1987) comparó a un grupo control con uno de padres cuyas mujeres estaban embarazadas, demostró que los padres del segundo grupo tuvieron mayor incidencia de resfriados y que éstos se prolongaron por más tiempo, además, presentaron mayor irritabilidad, en el tercer trimestre hubo mayor aumento de peso -no intencional-, mayor frecuencia de insomnio y sentimientos de ansiedad. En la etapa post-natal los síntomas más frecuentes fueron: fatiga, irritabilidad, cefalea, dificultades para concentrarse, insomnio y ansiedad.

En un estudio similar al anterior, Strickland (1987) evaluó los síntomas de los “hombres expectantes” pero tomando en cuenta también la etnicidad, clase socioeconómica, si el embarazo fue planeado y si se tenía experiencia previa como padre. Los síntomas y las molestias más frecuentes fueron: dolores de espalda, insomnio, irritabilidad, aumento del apetito, fatiga e inquietud, los cuales fueron reportados desde el segundo trimestre, pero con mayor frecuencia fue en el tercero.

Investigadores de la Universidad de Saint John de Terranova, en Canadá (2000), han encontrado que en los hombres, durante el embarazo de su pareja, se modificaban los niveles de cortisol, prolactina y testosterona, llegando conclusión de que es la mujer embarazada quien prepara con sus feromonas al padre.[sociallocker]

Fleming, Corter, Stallings y Steiner (2002) han observado que parte de las conductas paternas, tales como mostrar ternura hacia el bebé y cargarlo cuando llora, tienen un substrato hormonal. En los hombres, durante el embarazo de su compañera, existe una disminución en el nivel sérico de la testosterona, así como un aumento de prolactina y cortisol. La baja de testosterona se cree que está relacionada con un mayor interés y ternura hacia el hijo o hija, lo cual se ha demostrado en estudios de varios países.

El cortisol sérico en el futuro padre aumenta antes del parto y disminuye después del mismo. El cortisol influye en la concentración del padre en el parto y en el interés en el bebé.

La prolactina se asocia con una conducta más sensible y tierna hacia el neonato, tal como arrullarlo cuando está llorando o responder a su llanto. Según Delahunty, McKay, Noseworthy y Storey (2007), los hombres que por primera vez son padres exhiben un incremento en los niveles de prolactina durante las últimas semanas de embarazo de su pareja y en respuesta al llanto de bebés, así como una corta disminución en los mismos cuando son sometidos a estímulos infantiles. Dicha disminución no se encuentra presente en padres experimentados y en padres que informan sentirse preocupados por el llanto del bebé y manifiestan interés en calmarlos.

Los padres con mayor experiencia en cuidados de lactantes tienen más marcada la disminución de testosterona y el aumento de prolactina séricas, es decir, los niveles inferiores de testosterona pueden estar asociados con un estado de sensibilidad paternal (Holliday, 2009). Es decir, cuanto menor sea el nivel de testosterona mayor es la respuesta de cuidados sensibles hacia el lactante.

Los hallazgos de Holliday (2009) concluyen que las concentraciones de prolactina y cortisol fueron superiores en hombres que atravesaban por las últimas 3 semanas del embarazo de su esposa que en hombres que estaban en una etapa más temprana. Asimismo, el cortisol aumenta 3 semanas antes del nacimiento.

Estos descubrimientos dan soporte a la hipótesis de que los síntomas del couvade, es decir, los cambios físicos, influyen en la preparación del hombre para la paternidad, asimismo, estos cambios influencian el involucramiento emocional paterno con el nuevo bebé (Elwood y Mason, 1994).

Vínculo padre-hijo en la infancia temprana

Solis (2004) sostiene que los términos maternitud y paternitud se refieren a la calidad de la percepción y la sensibilidad, las cuales designan la sensación afectiva sentida por un individuo cuando expresa ser completa y profundamente padre o madre. Es decir, el padre y la madre que poseen una sensibilidad adecuada son capaces de ver las cosas desde el punto de vista de su niño, perciben las señales del bebé, las interpretan correctamente y responden de manera apropiada e inmediata. Estas respuestas son temporalmente contingentes a las señales del lactante; por otra parte, el padre insensible se conduce casi exclusivamente según sus propios estados, deseos y actividades. De modo que puede tanto distorsionar el mensaje del bebé -al interpretarlo según sus propias necesidades y defensas- como no responder. Estas dos formas extremas de insensibilidad son la intrusión y la carencia.

Figueroa (1996) ha definido la paternidad como un proceso de relación en el que la identidad de los participantes se va construyendo y reconstruyendo, donde se aprende bilateralmente replanteando continuamente nuevas maneras de ver y vivir la realidad. Es decir, la paternidad involucra un conjunto de relaciones posibles en diversas áreas o aspectos tales como relaciones de amor, de cuidado, de conducción, educación y dirección, de juego y diversión, de autoridad, de aprendizaje recíproco, formadores de identidades, competencias sociales, valores y creencias. Según Torres (2002), una paternidad eficaz sería la que combinara, de forma armoniosa, todas estas áreas en la crianza.

Rodrigo y Palacios (1998) mencionan que ser padre y madre significa poner en marcha un proyecto vital educativo e introducirse en una intensa relación personal y emocional con los hijos. Estos autores señalan que las funciones primordiales que cumple la familia con relación a los hijos son: asegurar su supervivencia, brindar un clima de afecto y apoyo, estimular para que se relacionen competentemente y decidir en cuanto a otros contextos educativos.

Litton, Bruce y Combs (2000) definen a un buen padre como aquél que es proveedor, protector y cuidador junto con la madre. Antes se esperaba fundamentalmente que el padre fuera proveedor económico, ahora también se espera que provea cuidado físico y emocional al niño y que sea un compañero activo de la madre en la crianza. Por otro lado Cabrera, Tamis-La Monda, Bradley, Hofferth y Lamb (2000) señalan que, para que el varón se porte de esta manera, es necesario que esté motivado, que tenga las habilidades adecuadas, que cuente con el apoyo social e institucional para llevar a cabo su paternidad.

Según recientes investigaciones (Araújo y Lodetti, 2005; Orlandi, 2006), hay un mayor involucramiento de los padres con sus hijos, destacando como una función paterna dar cariño y amor. Es decir, además de protector y proveedor, el padre cumple la función de formar y educar de sus hijos, habiendo, por lo tanto, una ampliación de las prácticas atribuidas al campo de la paternidad.

Según Benedek (1983), el padre desarrolla una “cualidad paternal”, caracterizada por una tendencia instintiva en donde el padre actúa frente a su hijo con una sensibilidad de respuesta empática, esta se inicia con la primera sonrisa que el padre dirige a su bebé, la misma se expresa con la capacidad de alzarlo, acunarlo, darle el biberón, entre otras.

El modelo de “nuevo padre” (new father) define al padre como aquel que se compromete con los cuidados y la crianza de sus hijos biológicos. En 1997, Lamb identifico tres áreas principales de comportamientos donde actúan los nuevos padres:

La interacción: se caracteriza por ser el tiempo que el padre comparte con su hijo realizando actividades conjunta.

La accesibilidad: es la posibilidad que tiene el hijo de contar con el padre para interactuar.

La responsabilidad: hace referencia a la función que asume el padre en lo referente a las actividades de los niños.

Jain, Belsky y Crnic (1996), por medio de narrativas de los propios padres y observaciones de sus conductas con los niños, encontraron cuatro estilos diferentes de ser padres:

1. Padres compañeros de juegos centrados en ser compañeros de juegos para sus hijos puntuaban bajo en cuidados básicos y en instrucción al niño.

2. Padres disciplinarios puntuaban alto en disciplina, y bajo en juego, cuidados básicos e instrucción.

3. Padres desimplicados que puntuaban bajo en todas las medidas.

4. Padres para todo-cuidadores cuya puntuación era alta en cuidados básicos, juego e instrucción, pero baja en disciplina.

Es decir, que esta nueva paternidad se caracteriza por un padre cuidador más involucrado afectivamente, más participativo en la esfera privada, con una nueva distribución de las tareas y responsabilidades, desde el nacimiento de su hijo.

Asimismo, esta necesidad de una mayor participación del hombre en el cuidado de los hijos es ejercida con base en dos aspectos: el primero, como un deber donde la exigencia de la participación del padre aparece con la intención de dividir las responsabilidades con las mujeres; y como un derecho, partiendo de la reivindicación de los propios hombres en tener una mayor cercanía con sus hijos (Costa, 1998).

En relación al vínculo padre-hijo, Lamb (1997) encontró que durante el primer año los comportamientos de apego no variaban significativamente entre la madre y el padre. Halló que los niños se relacionaban con ambos padres en formas diferentes. Por ejemplo, para lograr protección, ellos buscan primero a la madre que al padre, pero en situaciones tranquilas, desde los 13 meses en adelante, se apegan a ambos padres indistintamente. Debido a que dichas interacciones padre-hijo tienen un carácter más físico, más estimulante que la interacción madre-hijo. Para este autor, los padres realizan con sus hijos juegos más de índole física que las madres.

La investigación de Parke (1996), realizada con padres y bebés de ocho meses, concluyó que las madres juegan con sus hijos mostrándoles un juguete, hablándoles o moviéndoles algún objeto, mientras que los padres realizaban juegos físicos con sus hijos.

El autor concluye que los padres juegan, evidentemente, roles diferentes a los de las madres en el desarrollo de la personalidad de los hijos. Los padres no pueden ser considerados sustitutos maternos ocasionales; ellos interactúan con sus hijos en un camino único e indiferenciable.

Otro estudio realizado por Kazura (2000) sobre las interacciones del padre y la madre con el bebé encontró que los padres tienden a interactuar más por medio del juego con el bebé, mientras que las madres lo hacen interactuando de otras maneras. Este puede ser uno de los mecanismos por los cuales se desarrolla el apego entre el bebé y su padre, sobre todo cuando el padre no está tan directamente involucrado en los cuidados del niño pequeño.

Los primeros contactos con el hijo permiten el desarrollo de este sentimiento, que se intensifica ante la actividad del recién nacido. Para finalizar, se puede pensar que el padre es una presencia vital, desde la cual el niño extrae los elementos necesarios para articular su propia identidad y que, a pesar que el hombre tiene un equipo psicobiológico innato menos dotado que la mujer en relación a la crianza del hijo/a, ello no impide cumplir un rol en el cuidado del mismo.

Las diferencias en el estilo paternal y maternal tienen que ver con las contribuciones biológicas diferentes. La madre y el padre se complementan y posibilitan mayores efectos en la sociabilización y desarrollo del niño.

Varios estudios sobre esta temática hallaron que los padres tienden a interactuar más por medio del juego con el bebé, mientras que la madre usa otras estrategias -interacción verbal, tacto, etc.-. Los mismos pueden ser uno de los mecanismos por los cuales se desarrolla el apego entre el lactante y su padre. Se ha observado que los niños con apego seguro tenían una mejor calidad evolutiva de juego con su padre en comparación con los niños con apego inseguro.

Berman y Pedersen (1987) comprobaron que aquellos bebés que alrededor de los cinco meses de edad mantenían un estrecho contacto con el padre, podían llegar a gozar de la presencia de otro adulto sin mayores dificultades.

Los trabajos de Kotelchuk (1976) comparando tres grupos de niños, un grupo muy apegado al padre, el segundo con una relación no tan estrecha y un tercer grupo con padres desinteresados, comprobaron que aquellos niños con estrecho contacto con su padre aceptaban mejor las situaciones y las personas extrañas.

Otras investigaciones han encontrado que el juego de naturaleza física -corretear, jugar a luchar, etc.- entre padre e hijo/hija promueve la capacidad de regulación de las emociones del pequeño y les ayuda a mejorar sus habilidades para más tarde establecer relaciones interpersonales (Maldonado y Duran, 2008).

Según estos autores, cuando los hijos crecen sin sus padres hay mayor riesgo de tener actividad sexual temprana y embarazo durante la adolescencia, así como de incurrir en actos de delincuencia juvenil. Por ejemplo, un estudio realizado en familias de República Dominicana demuestra que el niño que crece sin su padre tiene un nivel alto de cortisol, lo que provoca un índice de mayor estrés psicosocial y mayor vulnerabilidad a algunas enfermedades.

Kazura (2000) agrega que, aunque los padres no estaban tan involucrados como las madres en el cuidado de los niños, estos desarrollaban mejores interacciones lúdicas con sus hijos. En relación al involucramiento responsable del padre con su bebé, Volling y Belsky (1991) señalan que hay múltiples factores determinantes, entre los que están la autoestima y empatía paterna, el temperamento del hijo, la posibilidad de complementar trabajo y familia, junto con la relación marital. Este último factor influye en mayor medida en el involucramiento de los padres que de las madres con sus bebés (Belsky, Yungblade, Robin & Volling, 1991).

Conclusión

El trabajo tuvo como objetivo demostrar, a través de una extensa búsqueda bibliográfica, que la paternidad no es solo un hecho biológico sino que intervienen diversos factores que se ponen en juego en el padre, ya que, al igual que en la madre, en él también se presenta una crisis vital y evolutiva donde se ponen en juego el desarrollo de su identidad, su historia personal, su estructura de personalidad, la situación presente, las características del bebé y sus vínculos pasados y presentes.

Esta conjunción va a generar en el futuro padre una nueva identidad y, a partir de la misma, va establecer el vínculo con su futuro hijo desde el nacimiento, puesto que se ha comprobado que la relación paterno filial comienza a gestarse antes del nacimiento y que se presenta en él un estado de sensibilidad que le va a permitir comunicarse con su hijo e identificarse -a través de los síntomas físicos- con su mujer (Cyrunick, 1998).

Sin embargo, para que esto se pueda llevar a cabo es necesario que la situación de pareja sea estable y con buena comunicación, es decir, que haya una esposa y madre dispuesta a incluir al padre desde el comienzo del embarazo, dejando que este la sostenga y la acompañe.

A modo de conclusión final, el trabajo permite demostrar que la función del padre va más allá que una tarea social y de sostén económico, es ser el “gran proveedor” de: el sustento emocional de su pareja e hijo, compañía en el proceso de gestación y desarrollo de su hijo, dándole identidad dentro de la familia, amor, cuidado, seguridad, entre otras.

Referencias

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Para citar este artículo:

  • Nieri, L. (2012, 17 de mayo). Nueva mirada hacia la construcción de la paternidad. Revista PsicologiaCientifica.com, 14(10). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/paternidad-responsable

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