Neuropsicología de la violencia
Neurociencias - Psicobiología


  • Carlos Alberto Hurtado González
    Universidad de Salamanca
    Salamanca, España

    Adriana Juliet Serna Jaramillo
    Universidad de Salamanca
    Salamanca, España

Resumen

  • La violencia es un flagelo que ha logrado desestructurar la dinámica familiar, social e individual de los sujetos que la padecen y ejercen, situaciones que han llevado a que las personas se encuentren en estados disociativos de su personalidad, los cuales vienen acompañados de alteraciones cerebrales que desmejoran su calidad de vida. Este artículo tiene como objetivo mostrar una revisión actual de las alteraciones neuropsicológicas que genera la violencia, también con el propósito de ampliar las pocas investigaciones que se encuentran sobre esta temática.

    Los datos muestran que la corteza prefrontal, sustancia gris, hipocampo, amígdala, tálamo, corteza límbica sistema dopaminérgico y serotoninérgico se encuentran alterados, disfunciones que conllevan a que los sujetos que se encuentran inmersos en estados de violencia tengan incapacidad para tomar decisiones, planificar y organizar su conducta inmediata; asimismo, la memoria y la capacidad de aprendizaje se encuentran alterados, disfunciones que en lo posible llevan a que los sujetos respondan de manera inadecuada ante estímulos que perciben como aversivos. Es necesario que las nuevas líneas de investigación se centren en las áreas cerebrales que se encuentran afectadas, pero también es vital que las líneas futuras se aventuren en crear planes de neurorehabilitación funcional. Al final del artículo se presenta una propuesta de intervención integral con el objetivo de mejorar la calidad de vida y la salud mental de los sujetos.

    Palabras clave: Neuropsicología de la violencia, amígdala, corteza prefrontal, corteza orbitofrontal, hipocampo.



La violencia se ha instaurado como un posible estado de disociación de la personalidad, las contantes crisis personales, familiares y mundiales han llevado a que los sujetos no tengan una adecuada capacidad de sublimar los instintos violentos que albergan en lo más recóndito de su mente, de hecho, son muchas las investigaciones que se dirigen a estudiar la mente violenta de un sujeto, pero son pocas las que se han atrevido a aventurar respecto de lo que ocurre a nivel cerebral cuando un sujeto se convierte en víctima o victimario de un suceso que desequilibra el modus operandi de su vida. Este artículo tiene como objetivo proporcionar una revisión selectiva y detallada sobre la neuropsicología de la violencia, ya que este flagelo se ha convertido en objeto de estudio debido a la desestructuración de la dinámica individual, familiar y social de los contextos y personas que la padecen.

Investigaciones recientes demuestran que los sujetos que se encuentran inmersos en contextos de violencia suelen presentar alteraciones cerebrales en la sobre-activación de la amígdala, centro de la memoria emocional que tiene como función principal albergar los instintos más primitivos del ser humano. Para Blair (2010), los sujetos con tendencia a la psicopatía y comportamiento antisocial se caracterizan por presentar problemas en el procesamiento emocional, situación que Blair define como una reducción de la culpa, insensibilidad y carencia de emociones, lo que en psicología clínica se traduce como afecto plano, asimismo, los sujetos con rasgos psicopáticos tienden a mostrar una reducción considerable de la amígdala y la corteza orbitofrontal, esta última relacionada con la conducta/comportamiento y adaptación a los contextos inmediatos.

A diferencia de Blair (2010), Gil Verona et al. (2002) manifiestan que las conductas agresivas se encuentran relacionadas con una alteración o inhibición de síntesis de la serotonina, los autores argumentan que un número de agentes sociales estresantes como el maltrato y el abuso sexual suelen disminuir los umbrales biológicos de la violencia, los cuales se encuentran relacionados con disfunciones del sistema de serotonina y dopamina.

Lo anterior lleva a inferir, sin necesidad de generalizar, que el ambiente en el que se desenvuelve el sujeto tiende a ser un factor predisponente o de influencia para adquirir ciertos comportamientos agresivos.

De esta manera, es necesario que las futuras líneas de investigación no solamente se centren en aspectos del porqué de las alteraciones cerebrales generadas por la violencia, es vital que las investigaciones se centren en aspectos de tratamiento integrales para aquellas personas que se encuentran en contextos violentos, con el objetivo de mejorar su calidad de vida.

Neuropsicología de la violencia

Hablar de violencia es referirse a un estado de dominancia y sumisión, un estado que conlleva a infringir dolor de tipo físico, emocional, familiar, sexual y todas las variables que conlleven a desmejorar la calidad de vida de aquellas personas que están sometidas a estos eventos desestabilizadores de su realidad, no obstante, detrás de esas agresiones comienzan a prevalecer un número de alteraciones cerebrales que inhiben un adecuado afrontamiento ante una diversidad de estímulos amenazantes. Blair (2010) argumenta que la sobre-activación de la amígdala conlleva a que sujetos inmersos en estados de violencia presenten un riesgo mayor de inadaptabilidad social, situación que suele generar un estado de agresión proactiva, característica que se enmarca en el comportamiento antisocial que viene precedido por una alteración en la amígdala y el hipotálamo, generando, de esta manera, una reducción en la actividad reguladora frontal que conlleva a que estos sujetos no presenten un adecuado procesamiento de la información y que su toma de decisiones esté sujeta a los estímulos amenazantes.

Por otro lado, Rudebeck, Bannerman y Rushworth (2008) manifiestan que un daño en la corteza frontal ventromedial (VMFC) va a generar cambios a nivel emocional, así como en el comportamiento social; daño que se encuentra relacionado con la violencia e inadaptación en diversidad de contextos. Los autores argumentan que los sujetos con este tipo de daño no procesan de manera asertiva los estímulos que están en su ambiente, asociando una posible disfunción en la corteza orbitofrontal, la cual también se encuentra relacionada con la agresión y la emoción, sin embargo, los autores manifiestan la necesidad de tomar estos datos con precaución, ya que no hay un papel claro de la corteza orbitofrontal en el procesamiento de la información emocional.

En un estudio de investigación realizado por Atenea, Mattew, Fulwiler y Gansler (2011) sobre los correlatos neurales de los factores de impulsividad en pacientes psiquiátricos y en voluntarios sanos, encontraron que la materia gris posiblemente está correlacionada con la impulsividad y la falta de planificación, los autores examinaron a 35 pacientes psiquiátricos caracterizados por presentar problemas de autocontrol, sus resultados muestran alteraciones en la corteza prefrontal, la corteza cingulada anterior, los lóbulos temporales y ganglios basales, relacionados con la incapacidad para planificar, toma de decisiones y manifestación de una impulsividad atencional que conlleva a un comportamiento agresivo.

Kramer, Kopyciok, Richter y Munte (2009), en su estudio de investigación sobre la actividad cerebral oscilatoria con los mecanismos de control de laboratorio inducido por la agresión reactiva, encontraron un deterioro de las funciones prefrontales en un grupo de 231 sujetos. Los autores manifiestan que los sujetos que presentan cambios en la actividad prefrontal son susceptibles a comportamientos agresivos o violentos, al parecer la toma de decisiones y las funciones ejecutivas se encuentran comprometidas en el momento de planificar, organizar y direccionar un comportamiento dado en determinado contexto. Asimismo, Alcázar, Verdejo y Bouso (2008) muestran en su revisión que las técnicas de neuroimágen han logrado mostrar los sustratos anatómicos subyacentes al comportamiento psicopático, datos que develan diferencias estructurales y funcionales vinculadas al lóbulo frontal y la corteza ventromedial como se ha mencionado anteriormente, las cuales se encuentran relacionadas, para estos autores, con el manejo de la cognición y la emoción del comportamiento violento.

De igual manera, los autores expresan que los sujetos violentos, especialmente los psicópatas, presentan un déficit en la integración del mundo emocional con el razonamiento y la conducta, esto lleva a inferir que los sujetos con tendencia a la violencia tienden a sumergirse en una realidad que es diferente a los contextos o ambientes donde se desenvuelven. Los autores expresan que los sujetos con tendencia a comportamientos agresivos suelen presentar una reducción del 11% de la sustancia gris de la corteza prefrontal, argumentan que esta disfunción puede estar relacionada por una deficiencia estructural prefrontal, lo que llevaría a que este tipo de sujetos presenten un pobre condicionamiento al miedo, falta de conciencia y problemas de autocontrol.

Tatjana et al. (2007), en una investigación con 97 personas con diagnóstico de Trastorno de Estrés Postraumático, encontraron que las experiencias traumáticas como la tortura y la guerra llevan a cambios cerebrales funcionales y estructurales que son detectables en la dinámica cortical. Los autores manifiestan que hay un compromiso de la ínsula, implicada en la percepción del dolor, la atención, y emoción; esto lleva a inferir que los sujetos con diagnóstico de Trastorno de Estrés Postraumático no presentan la capacidad o estrategias de afrontamiento necesarias para responder ante diversos estímulos amenazantes, posiblemente sus respuestas ante el ambiente que perciben como aversivo no sea la más asertiva posible, situación que deja entrever la necesidad de un tratamiento que permita mejorar su calidad de vida, con el objetivo de prevenir conductas violentas o que no estén adaptadas en sus contextos inmediatos.

A diferencia de otros autores que se han centrado en la amígdala y la corteza prefrontal como procesos claves de disfunción de la conducta violenta, Yang, Raine, Han Chen, Schug, Toga y Narr (2010), en su investigación sobre la reducción del volumen del hipocampo en asesinos con esquizofrenia, encontraron que esta estructura se encuentra comprometida, corroborando de esta manera la hipótesis de Alcázar, Verdejo y Bouso (2008), quienes manifiestan que hay una reducción del 11% de sustancia gris. Asimismo, los investigadores encontraron que la afectación del hipocampo puede conllevar a generar conductas violentas, debido a que hay un mecanismo de inhibición que no procesa la información de manera adecuada, generando de esta manera una disregulación en el control de impulsos, manejo de las emociones y el razonamiento moral. No obstante, a pesar de que estos resultados tienden a tomar una línea diferente de otros autores, estos investigadores no dejan de lado el compromiso de la corteza prefrontal por la reducción de la sustancia gris en esta área, y la relevancia de las disfunciones que las áreas fronto-límbicas tienen para generar conductas agresivas.

Alcázar, Verdejo Bouso y Bezos (2010), en una revisión más actualizada sobre neuropsicología de la agresión impulsiva, manifiestan que la alteración estructural y funcional de los circuitos cerebrales implicados en la modulación emocional está asociada con conductas violentas. Según los autores, lo anterior es debido a la hipofunción del córtex prefrontal y a la hiperactividad de estructuras subcorticales como el sistema límbico.

Los investigadores plantean que los sujetos con tendencia a comportamiento hostil o agresivo presentan dificultades de tipo cognitivo (mencionadas anteriormente), a diferencia de otros autores que le dan relevancia al córtex orbitofrontal, ya que este se encuentra relacionado con la impulsividad, la emoción y la adaptación al contexto. En esa misma línea, los autores dan importancia al córtex prefrontal izquierdo por su posible relación con el comportamiento violento, anudado esto a una posible hipótesis de las neuronas espejo que, según los autores, se encuentran relacionadas con el lóbulo de la ínsula, corroborando de esta manera los resultados de la investigación de Tatjana (2007) sobre la alexitimia postraumática, disfunciones que van a generar en los sujetos deficiencias en el aprendizaje, la memoria, atención y amígdala, estructuras disfuncionales que caracterizan a un sujeto violento y que se encuentra relacionado con la falta de inhibición que el córtex orbitofrontal tiene sobre la amígdala.

Alcázar, Verdejo Bouso y Bezos (2010) manifiestan también una disminución de la actividad de la serotonina, la cual puede estar relacionada con comportamientos de agresión impulsiva.

Para Bonilla y Fernández Guinea (2006) los bajos niveles de serotonina se encuentran asociados a problemas del control de impulsos y conductas agresivas, asimismo los autores expresan que la disfunción en el sistema de la noradrenalina va a causar una predisposición para conductas antisociales, ya que el sistema de la serotonina y noradrenalina generan estados sinápticos hacia la amígdala, el hipocampo, hipotálamo, septum estriado y áreas de la neocorteza, estructuras descritas anteriormente por su compromiso en estados violentos de la conducta.

Bonilla y Fernández Guinea (2006) manifiestan que los sujetos con tendencias a conducta antisocial presentarán alteraciones neuropsicológicas para planear, organizar, dirigir y controlar aspectos de su vida cotidiana, es decir, las funciones ejecutivas en estos sujetos se encuentran alteradas por el compromiso prevalente de la corteza prefrontal y estructuras límbicas, ambas relacionadas con la planificación, motivación y emoción.

Para Rodríguez Biezma y Fernández Guinea (2006), en su revisión sobre disfunción neuropsicológica en maltratadores, encontraron que este tipo de accionar violento se encuentra relacionado con las investigaciones de otros autores. La disminución del sistema serotoninergico se encuentra asociada al desarrollo de conductas violentas. Asimismo, los investigadores, apoyados en estudios de neuroimágen como el SPECT, PET y MRI, demuestran que sujetos agresores presentan actividades bajas en la corteza orbitofrontal y frontomedial; de igual manera, la reducción de la materia gris en áreas frontales se hace evidente para una predisposición a la violencia. Por lo tanto, los sujetos con esta predisposición van a tener dificultades en el control de impulsos o en la expresión de sus emociones, inadecuada planificación de su entorno e incorrecta toma de decisiones.

Para Bresan et al. (2009), en su investigación sobre un grupo de personas diagnosticadas con Trastorno de Estrés Postraumático en contextos de violencia urbana, encontraron que estos sujetos se encuentran afectados en aspectos neuropsicológicos en memoria y atención, sus estudios de neuroimágen develan los posibles mecanismos que subyacen a la fisiopatología del estrés postraumático, especialmente cuando se está inmerso en un contexto de violencia, los autores manifiestan un fracaso en la actividad reguladora de la corteza prefrontal, amígdala e hipocampo que llevan a inferir que sucesos violentos desestabilizan el estilo de vida de las personas a nivel familiar, social y por supuesto cerebral.

Miczek y Fish (2005), en su trabajo de investigación sobre dopamina, glutamato y agresión, encontraron que la alteración del sistema dopaminérgico conlleva a que los sujetos presenten un estado de exagerada defensa como reacción a un estímulo que clasifiquen como aversivo; posiblemente debido a que, según los autores, las proyecciones ascendentes dopaminergicas del área tegmental ventral, especialmente el cuerpo estriado ventral, junto con el núcleo accumbens y la corteza prefrontal, son factores clave para el inicio de comportamientos agresivos. Igualmente, y a diferencia de otras investigaciones, Miczek and Fish (2005) manifiestan la importancia del neurotransmisor glutamato relacionado con comportamientos violentos, los autores expresan que una posible disregulación en el glutamato puede generar un estado o síndrome de descontrol que conlleva a generar la excitabilidad de los sistemas neurales, responsables de las conductas agresivas.[sociallocker]

Volavka (2002) revela que las lesiones y disfunciones que ocurren en el lóbulo frontal y temporal suelen generar un comportamiento agresivo, datos que son soportados por estudios de neuroimágen como la resonancia magnética y PET. Los resultados señalan que la presencia de alteraciones en la estructura y función de la corteza prefrontal, afectación de la amígdala, el tálamo y el hipotálamo, se correlacionan con una conducta que se encuentra fuera del contexto de la “normalidad”. Asimismo, estos autores manifiestan la importancia de la aplicabilidad de baterías neuropsicológicas y neurológicas, las cuales han mostrado que sujetos con tendencia violenta suelen presentar puntuaciones bajas en inteligencia e inteligencia verbal, no obstante, es necesario que estos hallazgos se sigan replicando con el propósito de objetivar el perfil neuropsicológico de un sujeto con características violentas.

Son muchas las observaciones y apreciaciones que se han hecho sobre el comportamiento violento, no obstante, no se debe pasar por alto el contexto escolar, que a pesar de su acepción de educabilidad, enseñanza y moralidad, no está exento del fenómeno de la violencia. Para Miller y Kraus (2008), la violencia en la escuela no solamente debe interpretarse a la relación insana docente-estudiante,  es necesario observar los detalles que están afectando la libre educabilidad como la agresión entre grupo de pares, el uso de armas, maltrato verbal y psicológico, variables que han mostrado gran interés en el momento de investigar el fenómeno de la violencia en la escuela, debido a que el desenlace o continuidad de esta tiende a generar secuelas a nivel cerebral que, para French (2005), se van a ver reflejadas en alteraciones a nivel de la disregulación de los neurotransmisores, afectando de esta manera estructuras nerviosas como el hipocampo, disfunción que conlleva a que los sujetos no puedan regular las respuestas ante diversidad de estímulos amenazantes, debido a que los sujetos que se encuentran implícitos en el contexto escolar se encuentran en etapa plena de desarrollo, y al parecer son más vulnerables a generar respuestas condicionadas por el miedo.

En estudios de regulación de afecto, French (2005) manifiesta que los sujetos que han sido maltratados presentan incapacidad para reconocer los estados emocionales, propios y de los demás. Alteraciones que sugieren que el hipocampo se ha visto comprometido por el trastorno de estrés postraumático que presentan algunos de los sujetos, afectando de manera notable su memoria autobiográfica y una incapacidad para regular los diferentes estados afectivos, asimismo, estos sujetos presentan déficits cognitivos en habilidades de lenguaje receptivo/expresivo, problemas de aprendizaje, memoria y déficit en las funciones ejecutivas.

Lo anterior lleva a plantear estrategias de neurorehabilitación funcional que permita a las víctimas y victimarios mejorar su calidad de vida, con el objetivo de que tengan las estrategias suficientes para responder ante la diversidad de estímulos aversivos.

Propuesta de Intervención Integral

A lo largo de este artículo hemos tratado de mostrar de manera detallada y descriptiva lo que ocurre en el cerebro de una persona que bien ha sido víctima de la violencia o es protagonista agresor de la misma. No obstante, la mayor parte de la literatura apenas comienza a dilucidar este tema sobre las alteraciones o disfunciones cerebrales que deja el flagelo de la conducta agresiva, sin embargo, es necesario que las futuras líneas de investigación no solamente se centren en identificar aquellas áreas vulnerables a este fenómeno. Es vital que los proyectos de investigación estén encaminados a generar planes de tratamiento que permitan mejorar la calidad de vida de estas personas; para ello, como profesionales de la Educación y la Psicología, vemos la importancia de implementar estrategias pedagógicas y de intervención que logren redundar en la estabilidad psíquica, física, emocional y social de cada uno de estos sujetos.

Con base a lo anteriormente descrito se proponen los siguientes aspectos a tener en cuenta en los procesos de intervención integral, con el fin de minimizar los daños generados a nivel familiar, social e individual:

1. Proceso de educabilidad–enseñabilidad desde la familia: La familia como ente regulador primario de la conducta humana debe comenzar a apersonarse de los procesos o patrones de crianza de cada uno sus miembros. Este paso va a generar, en lo posible, un estado de sinergia que va a permitir conocer al otro en un plano sano de convivencia, esperando que lo recibido en su nicho familiar se proyecte en los contextos inmediatos de escuela, trabajo y grupo de pares.

2. La escuela como ente de formación de convivencia sana y saludable: La escuela es sin duda alguna el ente que refuerza la educación que se da en casa, por ello es necesario que los directivos, personal administrativo, docentes, estudiantes y familia comiencen a liderar espacios saludables de convivencia, esto va a generar estados de excitabilidad emocional que va a llevar a cada uno de los integrantes a mejorar su estado de convivencia con los otros. De igual forma, no se puede dejar de lado la figura del Psicólogo, que debe estar en capacidad óptima para resolver los conflictos que por momentos amenacen la convivencia de cada una de las partes involucradas en este proceso.

3. Centros de salud y asistencia social: Estos centros deben estar en capacidad de fomentar un dialogo receptivo entre las partes que se encuentren involucradas en el conflicto, de hecho, el manejo adecuado de la palabra va a llevar a que cada una de las personas genere un estado de catarsis emocional que, por ende, conllevará a la activación de su corteza prefrontal y de esta manera tomar adecuadas decisiones que comprometan el mejoramiento de la calidad de vida.

4. Grupos resilientes y/o apoyo: Para aquellas personas que han sido víctimas de la violencia se debe realizar un proceso psicoterapéutico en grupo que incluya los grupos resilientes, con el objetivo de que estas personas puedan observar a aquellas que han pasado por una situación más o menos similar, pero que presentan estrategias de afrontamiento asertivas que les han permitido mejorar su calidad de vida.

5. El neuropsicólogo como figura de neurorehabilitación funcional: Las entidades públicas y privadas deben comenzar a ver al neuropsicólogo como un especialista que está en capacidad de generar planes de tratamiento de tipo integral, este profesional está en capacidad de adelantarse para reparar los daños que puede ocasionar un suceso violento, el trastorno de estrés postraumático y variables que desmejoran el modus vivendi de los sujetos inmersos en contextos de violencia.

6. Los pasos anteriores van a generar un proceso de acondicionamiento social a la vida cotidiana, con el objetivo de que todo conflicto presente pueda ser resuelto por la vía de la convivencia, y para aquellos que ya han vivido el daño, el proceso de intervención busca que se adapten nuevamente a su contexto.

A lo largo de este artículo se ha detallado cómo se encuentra el cerebro de cada uno de estos sujetos, y cómo estas disfunciones conllevan a generar alteraciones neuropsicológicas que ni los mismos sujetos se han dado cuenta, hasta que han sido diagnosticados por un especialista, en este caso el neuropsicólogo. Para mayor retroalimentación objetiva, en la Figura 1 se presentan cada uno de los pasos anteriormente mencionados.

Figura 1.Propuesta de tratamiento integral para la violencia

Conclusiones

La violencia es un fenómeno que no solamente deja secuelas físicas y psicológicas. Detrás de ese enmarañamiento grotesco y pusilánime del hombre por hacerse fuerte ante los más vulnerables, prevalece un número de alteraciones cerebrales que repercuten en el desmejoramiento de la calidad de vida de las personas que la padecen, incluso de quienes la ejercen.

Los sujetos que han sido víctimas de actos bélicos, trastorno de estrés postraumático, maltrato, violencia intrafamiliar y otras variables que desmejoran su estado de salud mental, van a presentar alteraciones neuroanatómicas (ver Figura 2) a nivel de la corteza prefrontal, sustancia gris, corteza orbitofrontal, sistema límbico, hipocampo, amígdala, disfunciones en la serotonina, dopamina, glutamato y tálamo.

Figura 2. Alteraciones Neuroanatómicas que genera la violencia

Lo anterior lleva a que estas personas presenten alteraciones neuropsicológicas (ver Figura 3) para planificar, dirigir, organizar y controlar su conducta inmediata, relacionado con la disfunción que presenta en el córtex orbitofrontal, alteración que no le permiten a los sujetos adaptarse en el contexto en que se encuentren, ya que el córtex está relacionado con la conducta y los lineamientos sociales establecidos. Se puede inferir que los sujetos con comportamientos violentos no están en capacidad de asimilar la norma o reglas que les impone la sociedad. Asimismo, las personas que han sido víctimas de estos sucesos no van a presentar flexibilidad ante estos lineamientos, al parecer todo esto, como lo han manifestado los autores anteriormente mencionados, puede ser producto de la disfunción que sufre el lóbulo de la ínsula, incapacidad que lleva a los sujetos a un estado de alexitimia postraumática que no les permite responder adecuadamente a los estímulos amenazantes.

Figura 3. Alteraciones neuropsicológicas que genera la violencia

Se encontró que la disminución de serotonina y dopamina está relacionada con el comportamiento violento; al igual que el glutamato que, a pesar de que las investigaciones aún no son muy consistentes, muestran que la alteración de este neurotransmisor genera un síndrome de descontrol en los sujetos, ya que no están en capacidad de recepcionar las aferencias y eferencias que van hasta la corteza cerebral, es decir, los sujetos con estas tendencias no toman correctamente sus decisiones, sus funciones ejecutivas se encuentran totalmente desestructuradas. En esa misma línea, estos sujetos presentan déficits en el manejo de las emociones. Al parecer, las disfunciones que presenta el sistema límbico conllevan a que no procesen adecuadamente la información que viene del exterior, afectando de manera notable la capacidad de aprendizaje, deteriorando de esta manera su memoria autobiográfica, alteraciones que en lo posible los han llevado a que no manejen de manera eficaz sus emociones y, así, pueda aflorarse los instintos más primitivos que albergan en la “perversidad” de su amígdala.

Finalmente, es necesario que las investigaciones no solamente se centren en detallar y especificar cuáles estructuras corticales y subcorticales se encuentran afectadas. Es de vital importancia que las líneas futuras de investigación también se centren en fomentar o crear planes de neurorehabilitación funcional que mejoren la calidad de vida de estas personas y de la sociedad.

Lo anterior no puede ser visto como una utopía, la violencia es una enfermedad que no diferencia estratos sociales, se infiltra en las esferas más altas y bajas de lo que llamamos “sociedad”.

Referencias

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Bressan, R.A., Quarantini, L.C., Andredi, S.B., Araujo, C., Breen, G., Guindalini, C., Hoexter, M., Jackowski, A.P., Jorge, M.R., Lacerda, A., Lara, D.R., Malta, S., Moriyama, T.S., Quintana, M.I., Ribeiro, W.S., Ruiz, J., Schoedl, A.F., Shih, M.C., Figueira, I., Koenen, K.C., Mello, M.F. & Mari, J.J. (2009). The Posttraumatic Stress Disorder Project in Brazil: Neuropsychological, Structural and molecular Neuroimaging Studies in Victims of Urban Violence. Bmc. Psychiatry, 9, 1 – 12. doi: 10.1186/1471-244X-9-30

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Gil Verona, J.A, Pastor, J.F, De Paz, F, Barbosa, M, Macías, J.A, Maniega, M.A, González, L.R, Boget, T e Peicornell, I. (2002). Psicobiología de las Conductas Agresivas. Anales de Psicología, 18, 293 – 303.

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Rodríguez Biezma, M.J y Fernández Guínea, S. (2006). Disfunción Neuropsicológica en Maltratadores. Psicopatología Clínica, Legal y Forense, 6, 83 – 101.

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Para citar este artículo:

  • Hurtado, C. A. & Serna A. J. (2012, 24 de julio). Neuropsicología de la violencia. Revista PsicologiaCientifica.com, 14(14). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/neuropsicologia-de-la-violencia


7 Comentarios para “Neuropsicología de la violencia

  1. Lucia Ochoa

    Felicitaciones. Interesante aporte. En cuanto a la violencia es cierto que se debe educar para evitar esto. Sin embargo cabe resaltar que en los centros educativos a veces donde mayor violencia se observa. Por tanto invito a profesionales e salud y docentes a prevenir efectivamente dichas situaciones.

  2. Oscar Melgar

    Interesante documento. Espero contar con sus aportes continuamente
    Soy médico general muy interesado en estos temas de violencia, porque me dedico a escribir novela y poesía que considera mucho estos aspectos. Gracias

  3. ever bernal

    Gracias por abordar y realizar aportes en esta temática, no alarmada y poco investigada.

  4. Alejandro Girón

    Este artículo se podría decir que se refiere a como la violencia afecta a nuestro cerebro ya que si crecemos en un ambiente de violencia esa persona puede ser o será violenta y que la violencia no se da sólo física si no también Psicológica.

  5. Manuel

    Hola, cómo puedo citar la información de la revista bajo las normas APA?
    Gracias

    • EditorPs

      Hola Manuel,
      La forma de citar los artículos, la encuentra al final de cada artículo.

  6. Luis Perosio

    Muy interesante artículo… Entré para leerlo porque viendo tantos actos violentos y desalmados en el mundo últimamente, uno no puede dejar de preocuparse por este delicado tema social… Viendo la evolución y cómo parece cada vez mayor la cantidad de gente con conductas violentas parece que fuera en buena medida genético por defectos físicos más que educacionales… Al fin y al cabo el cerebro es algo físico y los procesos internos del mismo están en buenas parte sujetos a eso. Me preguntaba si pueden controlarse las velocidades de respuesta de los actos empáticos y de los violentos de una misma persona con problemas de control, ya que podría ser que si el centro que procesa la empatía en estos casos está un poco más alejado del centro de exteriorización del cerebro que la parte que libera la violencia, y la velocidad de los impulsos eléctricos con que este se comunica es igual para ambos procesos, sería como si un policía (la empatía) saliera a perseguir a un ladrón ( la violencia) que corre a la misma velocidad que él pero que tiene algunos pasos de ventaja hasta alcanzar la salida ( cuando se exterioriza el acto)… En ese caso el policía nunca llegaría a alcanzarlo por más veces que lo intente… Soy consciente de mi ignorancia en este asunto y posiblemente el centro de la empatía y el de la violencia no estén tan claramente puntualizados ni divididos dentro de la mente, pero por eso mismo pregunto…

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