El maltrato familiar y el escenario mental del agresor
Psicología Social - Comunitaria


  • José Alonso Andrade Salazar
    Universidad de San Buenaventura
    Armenia, Colombia

Resumen

  • Todas las manifestaciones de violencia tienen un denominador común: la reproducción de esquemas de maltrato, con base en la búsqueda de estrategias generadoras de carácter, que inversamente producen humillación, castigo y anulación sistemática de la víctima. El estudio de la violencia intrafamiliar (VIF) implica el análisis del daño en el afectado, además, de una aproximación a la estructura psicológica del agresor/a, lo que significa ver el fenómeno desde el lugar del victimario, espacio en el que se construye la relación violenta y paranoide con otros. El modelo de familia en Colombia ha sufrido cambios en su dinámica estructural, a raíz la interrelación entre violencia por conflicto armado, legado generacional de patriarcalismo, inequidad, impunidad, e intolerancia, entre otros, lo cual afecta directamente el desarrollo físico, social y psicológico de las víctimas, además, de los modos de comunicación de la familia con sus miembros y el entorno suyo; si estos mecanismos de comunicación y ajuste patológico se mantienen, las familias se convierten en "reproductoras" de una pluralidad de comportamientos orientados al maltrato psicológico y físico.

    Palabras clave: Violencia intrafamiliar, maltrato físico, maltrato infantil, maltrato psicológico, paranoia, familia, patriarcalismo, psicología, Infancia, adolescencia.



En Colombia, “las subyacentes dificultades estructurales, la inequitativa distribución de la riqueza, la discriminación y estigmatización de grupos vulnerables, la impunidad y las dificultades para el acceso efectivo a la justicia siguen condicionando el goce integral de los derechos humanos” (ONU, 2009:6), así, la violencia se hace parte de la cotidianidad, convirtiendo su praxis en un discurso donde la muerte paulatinamente ha perdido su sentido de naturalidad, para convertirse en una condición de facto, producto de la crueldad del otro que ostenta el poder destructivo.

En este marco de acciones violentas, las mujeres, niños, niñas y adolescentes conforman la tasa representativa más elevada. En Colombia, los casos de VIF conocidos por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INMLCF) “pasaron de 77.745 en 2007 a 89.803 en 2008, mostrando un incremento de 12.058 casos. La mayoría de los hechos se registraron en la vivienda con un total de 55.677 casos (…) así mismo, durante el 2008 el INMLCF realizó 13.523 valoraciones por maltrato infantil (…) la tasa se calculó en 69 niños maltratados por 100.000 habitantes, cifra que representa una disminución del 3,5% con respecto al 2007” (FORENSIS, 2008:112), el informe indica que los niños, niñas y adolescentes violentados está entre los 10 y 14 años, y que la tasa por 100.000 habitantes es mayor en el grupo de 15 a 17 años de edad, lo puede significar que: “las personas en transición de la niñez a la adultez incrementan su riesgo de agresión física por parte de un adulto con el que tienen un vínculo o probablemente son más conocedores de sus derechos y denuncian la violencia de la que son víctimas, (…) se evidencia que el padre aparece golpeando a sus víctimas con mayor frecuencia los domingos entre las 18:00 y las 23:59 horas” (FORENSIS:112-113)

Cambios en el modelo de familia en Colombia

El modelo de familia en Colombia desde los años 40 “ha sufrido cambios en su composición, funciones y estructura, por el incremento de familias monoparentales, se ha modificado la participación de la familia extensa en el cuidado de los niños, generalizándose el uso de jardines infantiles, lo que (…) aumentó el número de madres con responsabilidades laborales por fuera, sometiendo a los niños a diferentes formas de cuidado dentro o fuera del hogar” (Lago, G. Barney, 2002: 26).

Estas modificaciones dependen de diversos factores socioculturales, ya que “en Colombia existe gran heterogeneidad en la conformación de las unidades familiares, determinada por factores históricos, demográficos, económicos y culturales, los cuales están enmarcados en un contexto de diversidad cultural y de desequilibrio y desigualdades en el desarrollo” (Patiño, 1988:441), mismas que afectan el nivel de relación interno y externo del núcleo familiar, como también, sus disposiciones psicológicas. A razón de lo anterior, muchos de sus miembros se vieron así mismos cada vez más inmaduros para afrontar la responsabilidad del embarazo, del hogar y dar continuidad a la institución del matrimonio, por consiguiente, la moderna familia nuclear dejó de ser un “refugio en un mundo sin corazón (…) sino un lugar de cálculo egocéntrico, estratégico e instrumental así, como un lugar de intercambios generalmente explotadores de servicios, trabajo, dinero y sexo, (…) y frecuentemente, de coerción y violencia” (Benhabib, Cornella, 1990: 17).

En este escenario el conflicto familiar y la violencia emergen de modo arbitrario, como mecanismos de elaboración de la angustia generada en la insatisfacción de las siguientes variables: pobreza, abandono, modelos patriarcales de agresividad legitimada, crianza delegada y descuidos en la misma, además, de fluctuaciones en los sentidos de seguridad y estabilidad (psíquica y orgánica) familiar e individual; actualmente las cifras sobre VIF en Colombia se incrementan, sin embargo, aparecen como una aproximación a la verdadera magnitud del fenómeno, pues es una constante que las víctimas de actos violentos no denuncien lo sucedido, debido a factores relacionados, con: “la vergüenza a hacer pública una conducta tan degradante, las convicciones religiosas, el miedo a las posibles consecuencias negativas derivadas de la separación (precariedad económica, problemas de vivienda, futuro incierto de los hijos, etc.), el temor a la desaprobación y la carencia de apoyo por parte de la familia” (Agustina A. España, 2007:4) como también, la naturalización del acto violento y el desconocimiento de los procesos para la defensa de sus derechos.

Llama la atención que el 76% de las mujeres maltratadas físicamente no haya acudido a ninguna parte para denunciar la agresión de la que fue objeto. Los sitios a donde más frecuentemente acuden las mujeres que denuncian son: inspecciones de policía (9%), comisaría de familia (8%), ICBF (4%), Fiscalía (5%) y juzgados (2%) (Profamilia, Cap. XIII, Bogotá, 2005).

Es importante entender la VIF como “el abuso que ejercen unos miembros de la familia sobre otros. Puede ser física, sexual o psicológica, y causar daño, sufrimiento físico, sexual y psicológico” (Lemaitre, 2000:25), así, la violencia intrafamiliar, es todo acto en el cual hay uso y abuso de la fuerza y la autoridad, en un escenario donde se viola la condición psicosocial del otro a través del mal manejo del poder, mismo que puede desembocar en maltrato por negligencia, violencia verbal, física, sexual, psicológica y hasta en la muerte; éste fenómeno afecta la sana convivencia, además de los niveles de adaptación de las familias y sus miembros con los entornos directos de socialización, ya que, al tener vínculos afectivos internos ligados a diversas vivencias como alegrías, crisis, sufrimientos, etc., a menudo la VIF se toma como un recurso más, de comunicación y ajuste de la ansiedad contenida en la insatisfacción de necesidades afectivas, morales y materiales.

De acuerdo a lo anterior, la VIF se produce a razón de la imposición radical de la norma en medio de relaciones de verticalidad, dónde se dictan también, los modos de respuesta y acomodación ante el maltrato mismo. El impacto del maltrato sobre el desarrollo emocional e intelectual de los hijos e hijas es significativo, por ello las “formas de comportamiento negligente” (Tenorio, María. CISALVA – 1997), además de la violencia física y psicológica-verbal, son también, una puesta en escena de esquemas defensivos en el agresor, que le impiden reconocer y aceptar su condición de vulnerabilidad.

Conflicto, violencia intrafamiliar y reproducción de la violencia

Cada familia tiene un ciclo de conformación o etapas, en las que aparecen de forma inherente los conflictos, a través de tres dimensiones: roces, choques y crisis; estos niveles de encuentro son determinantes para el análisis de las manifestaciones del conflicto y las condiciones psicoafectivas en las que se genera y reproduce el acto de VIF, así, al hablar de VIF se aduce más una cronicidad y permanencia del acto violento, antes que a un proceso episódico, éste último aspecto es categórico para señalar el conflicto intrafamiliar, el cual puede ser abordado por los miembros de la familia, bajo habilidades de resolución de problemas, logradas a través de la comunicación asertiva y la tolerancia, mientras la VIF requiere de atención especializada; respecto a lo anterior,

“Se entenderá por acto de violencia intrafamiliar todo maltrato que afecte la salud física o psíquica de quien, aun siendo mayor de edad, tenga respecto del ofensor la calidad de ascendiente, cónyuge o conviviente o, siendo menor de edad o discapacitado, tenga a su respecto la calidad de descendiente, adoptado, pupilo, colateral consanguíneo hasta el cuarto grado inclusive, o esté bajo el cuidado o dependencia de cualquiera de los integrantes del grupo familiar que vive bajo un mismo techo” (Ley 294 de 1996).

Estanislao Zuleta expresa la inevitabilidad del conflicto y la responsabilidad social que tenemos con el mismo respecto a su comprensión y elaboración, ya que somos generadores y reproductores, tanto de los motivos emocionales de opresión como de los elementos y escenarios de los que se valen los actores sociales para legitimarlo como válido; desde éste orden de acciones el compromiso ético y moral, en cuanto intervención primaria, secundaria y reparación, es elevado para todos y todas, pues: “… una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos, de reconocerlos y de contenerlos, de vivir no a pesar de ellos sino productiva e inteligentemente en ellos, que sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz” (Zuleta, E. Bogotá, 1990: 112).

El espacio familiar es al tiempo productor, reproductor y retroalimentador constante de diversas prácticas violentas, cuya manifestación se refleja principalmente en actitudes de abuso de autoridad, rechazo, silenciamiento, exclusión, preferencias, maltrato físico y psicológico, abuso sexual e irrespeto a la intimidad de los niños, niñas y adolescentes, desconociendo y/o evitando el reconocimiento de los derechos de la infancia y adolescencia, como modus operandis o justificativo personal frente al abuso.

Llama la atención que los padres en nuestra cultura “tienen un menor contacto con los hijos debido a su rol prioritario de proveedor económico de la familia y no desarrollan otro tipo de relaciones vinculantes que les permita manejar los conflictos en los pocos momentos que comparten con mayor intensidad los espacios vitales” (FORENSIS 2008, p. 113), quizá por esto, en las víctimas de maltrato, los grados extremos de ultraje repercuten negativamente en el nivel de seguridad, confianza y estabilidad de cada miembro, llevando a que muchos se replieguen en su mundo interno y establezcan una resistencia pasiva, como medida de protección frente a eventuales agresiones mayores.

Puede suceder, también, que el menor maltratado busque refugio en conductas criminales, reconocimiento en grupos armados, protección en el consumo de sustancias psicoactivas, o que otros piensen en el suicidio como una válvula de escape ante la alienación progresiva de su entorno familiar. Diversos estudios e investigaciones han demostrado que la gran mayoría de menores contraventores o infractores, pertenecen a familias en las que existe violencia familiar, relaciones poco solidarias, una pobreza en aumento, y donde reinan sentimientos de odio, agresividad, resentimiento y rivalidad, además de necesidades básicas poco cubiertas; “en Colombia, el 27,7% de hogares presentan Necesidades Básicas Insatisfechas NBI, (…) y de ellas el 10,3% de las personas viven en hogares con dos o más NBI” (DANE, Boletín NBI, 2005:1) lo que aumenta los grados de vulnerabilidad familiar ante la satisfacción de sus necesidades y el óptimo desarrollo de sus miembros.

De acuerdo con lo anterior, es innegable la relación entre vulnerabilidad, necesidades básicas insatisfechas, y VIF, la cual es trasmitida a través de complejos patrones conductuales al igual que la pobreza, así, “cuando una familia experimenta una situación permanente de pobreza ésta puede ser transmitida a la siguiente generación (…) produciendo una relación directa entre las restricciones económicas y sociales de los padres y el nivel de pobreza de sus hijos” (Moran, 2003, citado por CEPAL, 2005:12), éste efecto generacional es factible en la VIF, aunque no es una condición sine qua non de todas la relaciones de alteridad y conflicto.

“La pobreza hace a las personas vulnerables a una serie de situaciones que disminuyen su calidad de vida. Cuando la pobreza afecta una familia se aumenta su probabilidad de sufrir circunstancias negativas como el hambre, la deserción escolar, el consumo de drogas y alcohol, la maternidad en la edad adolescente, la delincuencia, etc.” (Litcher, Sananhan y Garder, 1999, citado por CEPAL: 11).

La violencia suele generar otro tipo de problemáticas que dificultan al individuo integrarse adecuadamente a la sociedad. Las personalidades antisociales suelen manifestar su motilidad y condición psicológica, a través de delitos contra la vida, los derechos y la integridad de las personas, tales conductas pueden incluir el abuso sexual, la agresión física y verbal, el irrespeto a la propiedad pública y/o privada, matoneo, deserción y desinterés escolar, además, del consumo de sustancias psicoactivas, “la violencia y la adicción a las drogas hace poco posible despertar el interés de los jóvenes en los salones de clase” (CEPAL:39).

Todos los factores anteriores confluyen en la estructura psicológica de los miembros del hogar, y son el sustrato del que parten las acciones de poder, tanto de muchos padres de familia como de sus hijos, quienes a menudo reproducen por fuera de casa lo que viven en su hogar, factor que representa un riesgo importante para la cohesión y estabilidad familiar; ergo, “la extremada rigidez y severidad y, su extremo opuesto, la negligencia y el abandono, pueden llevar a la necesidad de huida del hogar a temprana edad, generar prostitución y delincuencia en cualquiera de las clases o estilos” (ICBF. Girardota-Antioquia, 2004:23).

Dinámica psicológica de la VIF. Una mirada al agresor

La VIF se explica desde la disposición de personalidades psicopatológicas, a menudo con rasgos paranoides, inmersas en estructuras de poder y dominación patriarcal, cuya praxis violenta complejiza las relaciones al interior de familias, que culturalmente reproducen un modelo excluyente de masculinidad, “esa misma cultura les exige a los hombres no sólo cumplir con determinados roles en cada uno de los ámbitos sociales, sino que les fomenta unos comportamientos y les reprime otros como estrategia efectiva para sostener, tanto social como individualmente, la importancia de ser varón” (Palacio, M y Valencia, J. 2001:214).

Otro factor que impacta las dinámicas de los agresores, tiene que ver con una especie de sistema defensivo interno que se dispara de acuerdo a dos puntos básicos: 1. la legitimación a través del “derecho maniqueista” de la condición de abuso del otro, el cual es justificado por el agresor, a través del recurso del legado generacional y, 2., por motivos de compensación de intensas heridas del pasado, que se anudan al precario manejo de la culpa después del acto de violencia; en este sentido el cuidador primario es casi siempre el generador teleológico de la agresión, pues se escuda en relaciones de poder cuyas premisas defensivas, le imposibilitan reconocer el origen particular del maltrato del que fue víctima en alguna época de su desarrollo.

“La VIF permite observar en la intimidad de la agresión, a hombres, mujeres, adultos/as y jóvenes, divididos en una lucha violenta por la adquisición y preservación de un espacio de poder, por una oportunidad para el ejercicio de la autoridad”, (Gómez, 2003:4), la lucha por el poder termina maltratándolos a todos, generando una reproducción constante de dolor, abuso y maltrato que persiste en la familia y a menudo se reproduce en otros contextos. “En el caso de la violencia contra los niños/as, las consecuencias del acto violento son generacionales, pues el patrón de conducta agresiva tiende a repetirse como un modo de vida aprendida; así, el espiral violento se retroalimenta e incrementa” (ICBF. Girardota-Antioquia, 2004: 22).

Ésta dinámica maltratado-maltratador no es una condición sine qua non de reproducción del ultraje, sin embargo, se encuentra que la gran mayoría de padres o cuidadores agresivos, alguna vez fueron violentados, por lo que los entornos familiares se ven dinamizados negativamente por uno o más miembros de la familia que sienten estos espacios inseguros y amenazantes. A razón de lo anterior, la complejidad de los lugares desde los que se hace la lectura de la VIF, exige una mirada interdisciplinaria que agrupe la multicausalidad del fenómeno, “una visión que de cuenta de los factores culturales y sociales, de las determinaciones económicas que hacen parte del entorno familiar, pero también, de las dimensiones individuales que definen la personalidad tanto del agresor como del agredido” (Rico de Alonso, 1999: 11; citado por Caicedo, 2005:12) .

La personalidad del agresor es voluble y está determinada por una dicotomía afectiva (amor y odio) que se carga de contenidos ansiosos y de frustraciones, por ello, la poca tolerancia al reconocimiento de las causas de esos sentimientos, permite que esos contenidos logren descargarse de forma inmediata en el otro, que actúa en representación de sí mismo a modo de “doble”, lo que denota un salto instantáneo, desde la agresividad natural del impulso, hasta a la instrumentalización de la violencia. La puesta en marcha de mecanismos defensivos paranoides motiva la anulación real y simbólica del otro (esposa y/o hijos etc.) que al existir amenaza su existencia, así, la agresión es retroactiva (de allí la defensa) y se da con base en la búsqueda de castigo, más que en la anulación objetiva del otro, “escribe Freud el 24 de enero de 1895 (…) la paranoia crónica, en su forma clásica, es un modo patológico de defensa, lo mismo que la histeria, la neurosis obsesiva y los estados de confusión alucinatoria” (Kaufmann, Pierre, 1996).

Se puede afirmar que esta persona, al no soportar una antigua culpa, “emergente de sus sentimientos de frustración e impotencia ante el maltrato recibido” la suprime, levantando una plataforma de protección en la que se siente seguro, ya que el acto de violencia es la representación de una vivencia insoportable para el agresor, al tiempo que el agredido se transforma en la negación de su propia representación, lo que evidencia el autocastigo y la emergencia de sentimientos de culpa, que requieren de actos violentos para justificar su presencia en el aparato psíquico, siendo esta condición psicológica un arma de doble filo, pues, mientras lo protege también, lo lastima internamente.

A causa de lo anterior, la mente del agresor se escuda tras una coraza perversa en la que se convierte en la ley misma, que compensa sus propias faltas en el espacio corporal y dialéctico, de un otro que no es reconocido como legítimo, otro en la relación, porque el agresor sólo registra como efectivo su propio valor; por eso la noción de respeto parte de las relaciones al interior de las familias, y debe fortalecerse en la convivencia, primero reconociendo el respeto por sí mismo para reconocer el respeto del otro, pero “para que eso pase el niño pequeño debe crecer de tal manera que adquiera conciencia de sí y conciencia del otro en la legitimidad de la relación social” (Maturana, H. Bogotá, 1991: 52), así, tanto las madres como los menores violentados generan una baja autoestima, además de una noción de convivencia y democracia deformada.

La gran mayoría de estas personas proviene de hogares en los que uno de sus padres abandonó el hogar, no reconoció el embarazo o se desconoce su procedencia y/o paradero, lo que en la actualidad es de alguna manera, una constante en muchas relaciones afectivas, “esta ausencia del padre, está culturalmente afirmada. Parece ‘natural’ que a la madre le corresponda la crianza de los hijos” (Henao, 1989:19), a razón de lo anterior regularmente es a la madre a quien se le encomiendan las mayores responsabilidades del hogar, por lo que a razón de algunas fallas de los hijos, recae también sobre ella el castigo, mientras, el padre se acomoda a esta situación, se convierte en observador participante, es excluido o se autoexcluye del proceso de crianza, así, la familia instaura como regla básica de comunicación y contención, el castigo físico en la figura paterna, asentando el maltrato como condición cultural y de control familiar a través del rol.

En la psique de esta persona flota una ansiedad con tres connotaciones básicas: es de tipo paroxística, episódica y acumulativa, como consecuencia el agresor en su embestida se ve expuesto a las demandas de satisfacción inmediata de estos “tres amos”; por una parte lo paroxístico guarda relación con la falta de control y la extrema urgencia del sujeto de perpetrar una descarga inmediata y descontrolada, lo episódico se refiere a la reproducción de la violencia en el escenario familiar, la continuidad y focalización de la agresividad en personas y ambientes específicos, mientras, lo acumulativo es la producción de violencia en estos lugares; de alguna manera, la producción de violencia sería el punto extremo de la perversidad y la crueldad, que actúa en un espacio y contexto en el que se dan los usos y medios, para cultivar y recrear negativamente las diversas estrategias de sometimiento.

La construcción simbólica del agresor no le permite resignificar la relación conflictiva a través del diálogo que acoge, ni establecer un lenguaje con base en el encuentro tolerante y fraternal, en consecuencia, el ambiente familiar le posibilita una atmósfera de permisividad, sumisión y alienación, en la que su motilidad impulsiva define la descarga de su frustración recidivante, espacio en el que tanto hombres como mujeres, niños, niñas, adolescentes y adultos mayores son violentados; “durante el 2008, el Instituto valoró a 1.175 personas mayores de 60 años que fueron agredidas físicamente por parte de familiares (…) los victimarios más frecuentes son los hijos, seguido por otros familiares y consanguíneos” (FORENSIS, 2008: 115).

En este ambiente de intolerancia, especialmente son las niñas, niños y adolescentes, los más propensos de hallarse triangulados en las relaciones de alteridad, agresividad y violencia de sus padres, en las proyecciones ansiosas de un miembro familiar (padres, cuidador, hermanos, etc.), o siendo víctimas de las descargas afectivas de cualquiera de sus cuidadores, “los papás son las personas que más lastiman físicamente a niños, niñas y adolescentes. Esta situación se repite todos los años, las personas que más cerca está de ellos son los principales victimarios. En 2008, entre ambos totalizaron 61,5%” (FORENSIS: 112).

El agresor encuentra en las relaciones con cierto nivel de continuidad conflictiva, el espacio ideal para reproducir los diversos estados del obediencia y humillación, ya que, ve en las reacciones de quienes agrede, indicadores afectivos de respuesta que pueden presentarse ante sí como seductores, retaliativos o que en su defecto se presentan como amenazas ante su poder; en los casos de VIF “desde la violencia psicológica, la evidencia clínica muestra que una vez iniciado el conflicto, y a medida que se va incrementando, tanto el hombre como la mujer pueden ser expertos en lanzar golpes psicológicos intensos y muy precisos”, aunque respecto a la visibilización sean las mujeres quienes más acudan a denunciar el hecho. (Corsi. J, citado por ICBF, Girardota-Antioquia, 2004:17).[sociallocker]

La poca denuncia del sexo masculino confirma que los hombres temen acercarse a la comisaría, no se atreven a decirle a ninguno de los miembros de su familia la situación por la que están pasando y dan las explicaciones más increíbles de sus lesiones, temen la humillación y el estigma, incluso cuando el abuso de la violencia es peligroso para su vida (ICBF. Girardota-Antioquia, 2004:32).

La violencia intrafamiliar en la actualidad no conoce género ni edades, se evidencia que “en Colombia cada seis días muere una mujer en manos de su pareja o ex pareja” (ONU, 2006, p. 1) y “el 39% de las mujeres (casadas o unidas), ha sufrido agresiones físicas por parte del esposo o compañero” (Profamilia, Cap. XIII, Bogotá, 2005), mismas que dejan secuelas permanentes en la biografía psicológica y somática de los afectados. A menudo, en muchas familias, la necesidad de invisibilización de la VIF por motivos de presión del agresor, vínculos afectivos, dependencia económica y/o temores del agredido, son mociones de aislamiento para la víctima, apartándolo-a de redes sociales que pueden constituirse en un apoyo y acompañamiento para denunciar el hecho y tomar decisiones. A pesar de lo anterior, las mujeres denuncian o cuentan lo sucedido, aunque aun persista en nuestra sociedad el silenciamiento como medida de hecho y demostración del poder coercitivo por parte del agresor.

“La violencia de pareja representa el 67% del total de las agresiones al interior de los hogares (…) el rango de casos está comprendido entre los 25 a 29 años (23,4%) (…) nivel en el que se esperaría que por la edad temprana, sean parejas de reciente constitución donde prime la afectividad sobre la conflictividad; respecto la razón de la violencia, los primeros lugares argumentan problemas que no tienen que ver con la economía, ubicándose estas en el octavo lugar. La intolerancia (23,7%), los celos (16,9%) y el alcoholismo (11,2%) ocuparon los tres primeros lugares” (FORENSIS, 2008:112-120).

La VIF desde el escenario mental del agresor, también tiene que ver con aprendizajes insigths conexos a experiencias previas de indefensión, con base en una demanda de amparo, que fue silenciada en repetidas agresiones a través de rechazos, abandonos y descuidos familiares; lo anterior no se explica mejor, por su representación proyectiva en el espacio familiar, sino también, por el nivel de incidencia que aún tienen estos elementos en su estructura de personalidad y su repercusión en la calidad de sus relaciones psicoafectivas, las cuales, se ven influenciadas por la falta de gratificación de necesidades psicosociales y emocionales de la infancia.

Así, para las y los agresores, el desamparo más que un proceso de recapitulación de un aprendizaje, es un recurso que debe ser descargado en la víctima como medio de aliviar la carga emocional no elaborada; esta prerrogativa tiene como fin ulterior, compensar la insoportable indefensión interna a través de la seguridad patológica que brinda la dominación externa del otro, sujeto al que se le disemina a partir de la mirada, luego en su cuerpo, y de suyo, a través de la vulneración de sus derechos fundamentales.

Es importante aclarar que la dominación y el acto de maltrato, son experiencias extremas que los niños, niñas, adolescentes y, en general todas las víctimas sólo pueden vivir como humillación. Para el grupo o la persona que reproduce estos esquemas de autoridad, la agresión y la humillación selectiva, son actos de legitimidad en su intrínseca disfuncionalidad psíquica y familiar, por consiguiente, existe a priori un proceso de validación y normalización de estas conductas, que más tarde se admiten como criterios educativos, reafirmados por imaginarios sociales y conductas de aprobación del patriarcalismo desde la infancia; lo anterior se da a través de la estigmatización de roles, la intolerancia frente a los actos de ternura o de solidaridad, la falta de una comunicación asertiva y de acercamientos afectivos, además de la agresión física y psicológica sobre el cuerpo y la mente de las víctimas, como muestra perversa de cuidado, amparo, odio e incluso de una especie de “amor maltratante”, que deforma en la víctima el sentido de la protección, el afecto y el derecho.

El fenómeno de la VIF no está disociado de otros escenarios de violencia, se exacerba a consecuencia del conflicto armado, prueba de ello es que “el 44.3% de mujeres desplazadas por el conflicto armado manifestaron haber sido víctimas de violencia física por parte del esposo o compañero” (Profamilia, Cap. XIII, Bogotá, 2005), adicionalmente, “el porcentaje de mujeres desplazadas por el conflicto armado que experimentaron algún tipo de violencia física durante el embarazo es del 18.5%” (Periódico El Espectador, Bogotá 2006).

La VIF, como efecto de la paranoia, se potencializa en los espacios de mayor estrés y presión ambiental, donde la ejecución del poder se ve embestida por pulsiones de dominio y contrectación severamente alteradas, “la pulsión de dominio tiene como fin (…) dominar al objeto por la fuerza y la pulsión de contrectación constituye una especie de pulsión social que nos lleva a contactar los unos con los otros” (Alizade, A. 2002: 3); así, el fin ulterior de éste avasallamiento, es la alienación o dominio de la voluntad y posteriormente su destrucción por la fuerza, precisamente porque el punto máximo de la opresión, precisa una dominación absoluta que sólo es dable a través de la muerte (real o simbólica) de quien se lastima.

Se puede afirmar que, en pocas ocasiones, la víctima se revela o toma una posición defensiva, sin embargo, esta “respuesta pasiva” no es en ningún momento acomodación al castigo o asimilación de las condiciones de opresión, ya que, la tendencia natural del ser humano es oponerse a la dominación absoluta, lo que reafirma el grado de libertad originario característico de la dignidad y los DDHH. Debe considerarse éste lugar psíquico de libertad, como un punto referencial interno, desde el que las víctimas pueden llegar a elaborar sus construcciones imaginarias y afectivas respecto a la posibilidad de cambiar su condición social.

Cabe anotar que la agresividad proyectada a nivel intrafamiliar, puede ser interpretada como la consecuencia asidua y acumulativa de la ansiedad no elaborada en los diversos escenarios generadores de estrés, espacios donde la persona y/o la familia que se agrede, no siente legitimidad ni poder para desencadenar su violencia, por lo que la familia se convierte en la canalizadora “de mano” de una frustración insoportable, intensa y descontrolada, trilogía devastadora que se convierte a posteriori, en un factor de riesgo para la vida de las víctimas que son agredidas y agredidos constantemente.

A modo de corolario

De acuerdo a lo expuesto, es viable pensar que las diversas “mutaciones de las relaciones familiares” son el producto de cambios biopsicosociales que impactan los modos de ver, sentir e intuir el mundo y las diversas relaciones de autoridad; así, estas metamorfosis emergen en el espacio fecundante de la alteridad en la violencia y el conflicto sociopolítico; las diversas problemáticas externas al grupo familiar, a menudo se “trasladan y escenifican al interior de la familia”, y provocan que cada uno de sus miembros responda de forma defensiva a las modificaciones consecutivas de su entorno; lo anterior suscita que la precaria simbolización y elaboración del acto violento, motive la reproducción de posturas verticales, imaginarios y actos de exclusión, violencia y/o coerción social.

También tienen influencia en las relaciones familiares las características del tejido social familiar, el número de hijos, las condiciones en que se concibieron, la preferencia por uno de ellos, la parentela, las amistades, el acceso a los servicios sociales e institucionales, el trabajo y empleo, las deudas, el nivel de aislamiento, las amenazas y la intensidad, frecuencia y calidad de las posibilidades de comunicación que confieren condiciones de seguridad (Lago, G. Barney: 29).

Quizá por ello “los actos violentos son más dañinos que las catástrofes naturales (…) porque las víctimas de la violencia sienten que han sido intencionalmente seleccionados como blancos de maldad” (Goleman, D, 2004:237); ésta teleología de la crueldad es selectiva y dirigida con el fin de anular y cosificar al otro, ya que, al ser previamente planificada se convierte en un acto de lesa humanidad, en el que al igual que las víctimas, el victimario tiene la intuición sentida de que algo anda mal, pero con la diferencia que el agresor se esconde en su racionalización paranoide, con lo que estratégicamente se defiende de aceptar su vulnerabilidad ante su núcleo de socialización primaria.

Estas defensas son tan programadas y específicas, que en el espacio de relación intrafamiliar aparecen de modo implícito en las dinámicas comunicacionales “más digitales en el agresor – muy analógicas en el agredido”. La defensa del agresor es pues, una posición de resistencia y rechazo total a la amenaza de perder poder, así, en la dinámica de la agresión, estos “lugares” tienden a imprimirse de forma individual en el sentir y actuar de cada miembro; por consiguiente, el agresor buscará reproducirse en el otro “en su cuerpo, mente y en sus relaciones” a través de las instituciones de socialización básicas (familia, matrimonio, escuela, trabajo, partidos políticos (Estado) y religión), aun cuando algunas de ellas hayan perdido legitimidad en el imaginario colectivo:

Para muchos la iglesia ya no es la institución “monolítica” y omnipresente que era antes; sus sacerdotes ya no representan el poder incuestionable de Dios, sus preceptos y mandatos son puestos en tela de juicio, e inclusive, para algunos el ir a misa (o al culto) se ha convertido en algo mecánico que está perdiendo gran parte de su antigua importancia (ICBF. Antioquia, Entrerríos, 2003: 38).

Igualmente los mass media y las TICs (tecnologías de información y comunicación) tienden a reforzar su ambivalencia (amor-odio, elación-culpa, agitación-inhibición) siendo en gran medida, potenciadores de los modelos de reproducción de la alteridad y lo absurdo, es decir, agentes emisores de la violencia en todas sus manifestaciones. La televisión y otros medios se insertan a las dinámicas de la VIF cuando escenifican condiciones de vulnerabilidad en espacios que deben ser prestos para el aprendizaje de los modos de evitación de la violencia y el procesamiento del conflicto, quizá por esto,

“… la guerra es la continuación de la televisión por otros medios, diría Karl von Clausewitz, (…) la realidad real imita la realidad virtual que imita la realidad real, en un mundo que transpira violencia por todos los poros. La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también, engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo” (Galeano, E. 1998, p: 2).

La verdadera conciencia y toma de posición sobre el fenómeno de la VIF, no se logra a partir de la sobredimensión de los agentes agresores o en la comercialización de la historia vital de sufrimiento con fines de enseñanza-aprendizaje, se hace en un proceso gradual de introyección de la sana convivencia comunitaria, bajo condiciones de seguridad democrática, económica, psicológica y social, también, en la estabilidad o continuidad de la seguridad a todo nivel en los colectivos y, a través de la exclusividad de la memoria histórica, en su recuperación y la reconstrucción de una identidad de protección y amparo frente a las víctimas de la VIF.

Siempre va a existir una dificultad para convivir con los semejantes, respetar sus derechos y soportar que sean diferentes, o que se opongan a nuestros deseos y puntos de vista; por esta razón, la convivencia en sí misma es conflictiva en cualquiera de los ámbitos o espacios en los que se relacionan los sujetos ya sea la relacionan de pareja, de familia o de escuela (Colorado López, 1998:112).

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Para citar este artículo:

  • Andrade, J. A. (2010, 05 de febrero). El maltrato familiar y el escenario mental del agresor. Revista PsicologiaCientifica.com, 12(3). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/maltrato-familiar-escenario-mental-agresor


7 Comentarios para “El maltrato familiar y el escenario mental del agresor

  1. MARIA FLORES

    Muy buen artículo analizado desde todos los puntos de vista, buena investigación pero sería bueno que el próximo artículo tope las posibles soluciones que el estado la sociedad y la familia podrían impulsar para que no exista violencia intrafamiliar.

  2. mario alejandro restrepo patarroyo

    ante el fenómeno inminente por el cual pasa nuestra sociedad es necesario atreverse a dar una mirada mas allá del sentimentalismo que acompaña tan deplorable situación, y situarnos en las mentes de aquellos que perpetuán la situación de agresión, dando la posibilidad de hacer algo que realmente valga la pena. Así mismo la posibilidad de acallar a aquellos incrédulos que no ven más allá de su interés personal. Mil felicidades y espero con ansias la próxima publicación.

  3. Jesus Alvarez C

    A estas alturas de siglo XXI no nos extrañe que en numerosos lugares latinoamericanos se siga ejerciendo la violencia intrafamiliar en todas sus modalidades, mucho menos susto tengamos que es “aceptada” o mejor dicho la incapacidad para desprenderse de la agresión, todavía por los agredidos, la incursión de la sociedad matrimonial en nuevas concepciones de familia no exime de causar y sufrir violencia a los mas débiles por sus “jefes” de familia con mentalidad enferma, destructiva, sin amor ni respeto no solo al prójimo sino al consanguíneo.

  4. Luz Karime

    Esta parte me llamó la atención creo que es totalmente cierto: “De acuerdo con lo anterior, es innegable la relación entre vulnerabilidad, necesidades básicas insatisfechas, y VIF, la cual es trasmitida a través de complejos patrones conductuales al igual que la pobreza, así, “cuando una familia experimenta una situación permanente de pobreza ésta puede ser transmitida”… la pobreza es un elemento que aumenta la vulnerabilidad y de suyo, lascondiciones psicológicas de las poblaciones vulneradas.

  5. PATRICIA MENA

    En estos tiempos, en donde el concepto de familia, está un poco relegado y sus miembros desconocen su verdadero rol en la sociedad, se hace verdaderamente necesario este tipo de documentos que contextualizan al estudiante y/o profesional, para redimensionar conceptos, frente al tema de familia.

  6. ligia gongora

    Es importante que prevalezcan las buenas relaciones, como manifestación del buen trato y la sana convivencia a pesar de encontrarnos rodeados con personas agresivas. El artículo es claro y disipa dudas sobre el maltrato y la agresividad.

  7. María Sorany Zapata Aguirre

    Excelente el tema de la VIF y los diversos factores que se asocian esta problemática tan grave y a la cual las familias no solo en el contexto Colombiano sino en el mundo se han ido acomodando.

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