Indicadores de Codependencia en 60 familiares de consumidores de sustancias psicoactivas en el municipio de Armenia – Quindío
Psicología de la Salud


  • José Alonso Andrade Salazar
    Universidad de San Buenaventura
    Armenia, Colombia

    Marcela Duque Rodríguez
    Jorge Jhelsaer Cerón
    Christian Rodríguez Orjuela
    Carlos Andrés Rojas Chacón

    Universidad de San Buenaventura
    Armenia, Colombia

Resumen

  • En el departamento del Quindío, Colombia, el consumo de sustancias psicoactivas afecta cada vez más a más  jóvenes y adolescentes, condición que en gran medida se ve determinada por factores sociales y la situación emocional del adicto y su familia. Esta investigación tiene como objetivo describir los indicadores de codependencia en 60 familiares de personas consumidoras de sustancias psicoactivas en el municipio de Armenia (Quindío) en el  año 2011, para lo cual se aplicó una ficha de caracterización psicosocial y un cuestionario tipo “Escalograma de Guttman”. Los resultados indican que las áreas más afectadas son las emociones (33%) y conductas (33%),  igualmente, se identificó que los familiares presentan una codependencia efectiva (62%) y un alto riesgo de padecerla (15%).

    Palabras Clave: Codependencia, familia, sustancias psicoactivas, spa, adicciones, dependencia, consumo spa.



El consumo de sustancias psicoactivas (SPA) es uno de los problemas de salud relevantes en Colombia, porque al menos el 7% de la población se encuentra afectada (MPS. 2008) por algún tipo de consumo de droga (legal o ilegal): lo anterior trae consigo un deterioro importante en el desarrollo social e individual del consumidor y su familia, al afectar el modo en que los jóvenes determinan los parámetros de su interacción social en escenarios educativos, afectivos, recreativos, laborales y familiares. Los grupos de pares y la sociedad de consumo influyen para que la adicción se instaure como estrategia que refuerza otras necesidades de consumo o, en su defecto, los supla temporalmente, asimismo las familias se ven impactados de manera directa por estos comportamientos, especialmente aquellas con algún tipo de disfuncionalidad previa pues “se encuentra que las poblaciones en situación de vulnerabilidad y conflictos socioculturales presentan mayores posibilidades de caer en el consumo” (Andrade, J. 2010, p. 21), condición presente en el departamento del Quindío donde las tasas de consumo se elevan presentándose a edades cada vez más tempranas, generalmente a razón de la disfuncionalidad familiar, la influencia de grupos de pares consumidores, la facilidad de acceso a las sustancias y el imaginario de consumo como criterio de participación, poder y estatus social entre niños, niñas y adolescentes especialmente.

De acuerdo con la UNICEF (2011) entre los adolescentes y los  jóvenes, el fumar es un hábito que casi siempre se adquiere en la adolescencia, por lo que la entidad estima que la mitad de los 150 millones de adolescentes en el mundo que siguen fumando morirán por motivos relacionados con el consumo de tabaco. Para la UNICEF (2010) los adolescentes que fuman “tienen tres veces más probabilidades de consumir alcohol regularmente y ocho veces más probabilidades de usar cannabis” (p. 21), situación que se agrava cuando se asocia a infracciones a la ley penal, por lo que aquellos que consumen tienen un riesgo mayor de ingresar a la actividad delictiva, peligro que “es notablemente mayor que en la población general (…) que entre los jóvenes escolarizados” (MPS, 2010, p. 13). De acuerdo con Andrade (2010), en el último estudio de la Red Latinoamericana de Investigadores en Drogas (REDLA) acerca del consumo de SPA, en Latinoamérica se descubrió un aumento considerable del consumo de drogas en casi todos los países, especialmente de marihuana y de cocaína, situación en la que se evidencia una disminución importante en la percepción del riesgo respecto a la ingesta de SPA, como también la utilización de nuevos patrones de consumo de sustancias (REDLA, 2007). Es importante mencionar que el consumo de drogas ha aumentado en los países de Latinoamérica y del mundo, pero que dicho consumo “varía en función de la sustancia de la que se esté hablando, como bien lo demuestran los resultados de los últimos informes mundiales de drogas (ONUDC 2004, 2005, 2006,2007)” (Pérez, A. 2007, p. 10).

En el departamento del Quindío se estima que aproximadamente un 80% de consumidores efectivos de sustancias psicoactivas (SPA) está entre los 14 y 24 años de edad (ISSQ. 2006); dicha ingesta presenta un patrón disfuncional en cuanto fines “recreativos” y búsqueda de aceptación-inclusión social, además de la existencia de una condición de vulnerabilidad económica, familiar, afectiva y social que propicia en el adolescente y el joven, el deseo de vincularse tempranamente a grupos consumidores de sustancias psicoactivas (SPA) al tiempo que, se expone  a situaciones de riesgo que agravan dicho consumo. Al respecto se debe tener en cuenta que no sólo los adolescentes y jóvenes se ven implicados emocionalmente por las drogas, estadísticamente se identifica que por cada adicto activo, como mínimo siete personas en su entorno familiar y social resultan afectadas en mayor o menor grado (Villanueva, E. 2004. p.1), pues no solo se ve involucrado el consumidor sino también su familia, y la forma cómo ésta afronta la situación conflictiva así, cuando uno de los miembros de la familia tiene una adicción, existe la posibilidad de que otro familiar desarrolle una “adicción psicológica” hacia el adicto, la cual lleva el nombre de codependencia.

Es importante mencionar que en un inicio no se habló de codependencia como palabra o trastorno independiente sino del concepto de  “co-alcoholismo”, condición en la cual se resalta la importancia de la intervención familiar en el tratamiento de rehabilitación de consumidores de alcohol (Johnson, V. 1973, citado en Guevara, 2003, p.13). Es alrededor de los de los años 80 que se comienza a utilizar el término codependencia para describir la cercanía que desarrolla una persona respecto al consumidor (Guevara, W. 2003. p.13). Hacia 1991 la investigadora Melody Beattie publica el libro Ya no seas codependiente y en él propone que la preocupación exagerada por otras personas, especialmente las que no están en capacidad o no desean ayudarse a sí mismas, es un fenómeno innegable que tiene sus bases en los primeros años de vida, por ello sugirió crear una definición conceptual independiente con énfasis en el trabajo individual con personas que carecen de limites propios, ya que los familiares de consumidores presentan una notable dificultad para distinguir sus necesidades de las de otros.

A partir de estos aportes, Leticia Fallick (1990) propone la codependencia como condición de morbilidad psicosocial, que puede ser definida como una enfermedad cuya característica principal es la falta de identidad propia, así el codependiente pierde conexión con lo que siente, necesita o desea, y por tal motivo invierte toda su energía e intereses en los problemas del familiar consumidor antes que en “sí mismo”, condición que los lleva a postergar los proyectos de vida personal y sociofamiliares. En este sentido, el individuo consumidor se convierte en el centro de atención familiar, por lo que las actividades sociales del codependiente y gran parte de su vida pasan a segundo plano, estableciendo comportamientos que tornan cada vez más disfuncional la relación entre el adicto y la sustancia, entre el adicto consigo mismo y con la familia, y también con sus pares consumidores y la comunidad en general. Lo anterior dificulta el proceso de rehabilitación causando una adherencia a la conflictividad de la relación disfuncional con el cuidador codependiente, antes que a los tratamientos y medidas asistenciales propuestas.

La propuesta de Leticia Fallick (1990) y Melody Beattie (1991) y el planteamiento de Bradshaw (1990) indican que las personas codependientes operan bajo el siguiente criterio: “te necesito, pero te necesito mal; si estás bien no te necesito”; esta contradicción en el bienestar y las necesidades de contención respecto al adicto, genera un territorio emocional propicio para el desarrollo de relaciones afectivas dañinas con individuos adictos a alguna sustancia psicoactiva; regularmente los farmacodependientes se enganchan a las necesidades de reparación de otros estableciendo relaciones complicadas que fortalecen los motivos precipitantes del consumo. Una persona codependiente es la que permite que la actitud disfuncional de otra persona le afecte negativamente, buscando controlar o remediar la actitud de consumo del otro, factor que favorece la conflictividad en muchas de las áreas del codependiente porque toda su vida gira en función del familiar adicto (Sirvent, C. Villa, M. 2007). Lo anterior hace que su propia existencia se opaque y, en consecuencia, emerjan complicaciones en las diferentes esferas vitales, por ello la codependencia no puede ser una condición médica, pero puede hacer que la persona o su núcleo familiar y social enfermen a nivel somatomorfo especialmente.

De acuerdo a lo expuesto, la definición del codependiente al afirmar que frecuentemente aquellos que son codependientes se educan dentro de hogares que no son sanos, rodeados de alcoholismo, adicción a las drogas o a los malos tratos físicos, emocionales o sexuales, por lo que se puede observar un círculo vicioso presente en la relación familiar; así uno de ellos sea farmacodependiente mientras que el otro sea un codependiente que “sin darse cuenta” anula su propia vida por la necesidad imperiosa de salvarlo de las sustancias psicoactivas (Sirvent, C. Villa, M. 2007). Por tanto, una de las circunstancias que puede presentarse en la relación codependiente es la culpa que delega el consumidor en la familia por su situación de consumo, condición reiterativa que aumenta la relación conflictiva con el cuidador, al igual que la codependencia, el consumo de una o varias sustancias y la dependencia a las SPA.

Metodología

Esta es una investigación cuantitativa de tipo empírico-analítica, con un diseño descriptivo transversal que busca la comprensión de la situación emocional de personas cuya relación patológica en el plano afectivo con los consumidores resulta dañina para su salud mental y física; asimismo, la descripción de esta situación procede de la recolección de datos mediante la aplicación de un escalograma con el fin de analizarlos transversalmente y encontrar las relaciones de causa-efecto entre una o más variables (indicadores de codependencia físicos, emocionales, conductuales y otros; edad, género, género, parentesco), de tal manera que se pueda describir la situación comportamental de los implicados (consumidor y codependiente).

Participantes

La muestra utilizada fue no representativa, pues incluyó 60 personas (30 mujeres y 30 hombres) que participaron voluntariamente en el estudio, y que no representan al total de familiares de consumidores de sustancias psicoactivas de la región, sino al total de personas que acuden a dos centros de rehabilitación de la región; dicha muestra fue seleccionada  a través de una muestra aleatoria simple bajo los siguientes criterios: a) ser residentes de la ciudad de Armenia (Quindío), b) ser familiar de una persona consumidora de sustancias psicoactivas, c) que el consumidor se encuentre entre los 14 y 24 años de edad y d) que el consumidor se encuentre o haya participado en un proceso de rehabilitación. En el análisis posterior se tuvieron en cuenta criterios como sexo, estrato socioeconómico y edades de los familiares, para explorar si la codependencia se asocia a alguna de estas condiciones. Los participantes tienen una edad entre 20 y 50 años de ambos géneros y diferentes estratos socioeconómicos. La mayoría del grupo entrevistado fueron madres y hermanos de los consumidores.

Instrumentos

En la investigación se implementó una ficha de caracterización, diseñada con el fin de identificar las condiciones psicosociales de los participantes, tales como el nivel de escolarización, parentesco con el consumidor y sí ha existido algún consumo o relación anterior con alguna persona consumidora; el segundo instrumento fue un cuestionario para identificar la codependencia en los familiares de consumidores de SPA; la puntuación para indicar riesgo de codependencia debe puntuar entre los ≥4 y ≤6, y para medir la  codependencia efectiva, se requiere un puntaje de ≥7  y ≤27. Estos síntomas deben aparecer de forma constante y se incrementan durante el periodo de convivencia con el adicto. El cuestionario abarca cuatro áreas: señales físicas, señales emocionales, patrones de conducta y, por último, “otros indicadores” tales como: problemas de pareja, escolares y/o laborales, necesidad de aparentar que “todo está bien” o la justificación de consumo del familiar. El cuestionario (ver anexo. 1) se elaboró a partir de la revisión bibliográfica de investigaciones acerca de la codependencia.

El coeficiente de reproductividad (CR) es de 0,98 e indica el “grado de ajuste de los datos al modelo el cual es óptimo para este estudio; asimismo, el Coeficiente de es escalabilidad (CS) es de CS= 0,6. De acuerdo al análisis de la escala de Gutman acumulativa y valida, tanto el coeficiente de reproducibilidad (>= a 0,9) como el de escalabilidad (>= a 0,6) pueden ser usados como base para aceptar la existencia de dicha escala. Es importante mencionar que todavía falta incluir la confiabilidad del test-retest, y su validación posterior, por lo que el instrumento se presenta como un cuestionario que sirve para establecer una línea base respecto a la prevalencia de indicadores de codependencia en familiares de consumidores de SPA. Este cuestionario fue aplicado en una muestra no-representativa (60 personas) por lo que los datos son aproximativos y aunque evidencian en la muestra la permanencia del fenómeno, no constituyen un criterio de generalización de la conducta codependiente de todas las personas vinculadas a un consumidor de SPA en la ciudad de Armenia (Colombia).

Procedimiento

Después del diseño metodológico de la investigación se hizo un acercamiento a instituciones de rehabilitación para farmacodependientes con el fin de aplicar a adictos y familiares el cuestionario en los horarios de visita, este proceso tuvo su respectivo consentimiento informado en el cual se les explicaba el objetivo de dicha investigación y su autonomía frente a ésta, la información correspondiente a la codependencia se obtuvo a partir de la aplicación del cuestionario anteriormente nombrado. El equipo encargado del proceso debía seleccionar las personas de acuerdo a los criterios de inclusión y exclusión. Como agradecimiento y retroalimentación a las instituciones por facilitar el proceso de investigación se entregó un informe de los resultados obtenidos al finalizar la investigación.

 Resultados

De acuerdo a los resultados del estudio en 60 personas con familiares consumidoras de SPA, a las cuales se les aplicó un cuestionario de indicadores de codependencia, encontrándose que el 18% presenta “señales emocionales” importantes compuestas de los siguientes síntomas: sentimientos de culpa (13%), dificultad para pensar (9%), sensación de fracaso (14%), aislamiento social por concentrar gran parte de su atención a la actividad y vida del consumidor (13%), un patrón o indicio de dependencia afectiva (13%), concentración e interés en la conducta de la persona consumidora (14%), justificaciones acerca de la conducta de consumo (8%) y actividad defensiva (16%) compuesta por negación, proyección, regresión, racionalización y conversión reactiva. Otra manifestación fue el “patrón conductual” el cual se evidencia en el 33% de los casos, y está connotado por los siguientes síntomas: necesidad de controlar a otros (11%), tener  parejas, amigos o familiares consumidores de SPA (8%), sentirse culpado por el adicto de su consumo (4%), negación o evasión de la realidad de la relación conflictiva (8%), cambio en rituales y actividades (15%), problemas para desapegarse de la persona y circunstancias del consumidor (11%), preocupaciones exageradas de la conducta del consumidor (15%), resentimientos sin causa o justificación (11%), necesidad imperiosa de contención del adicto (17%).

El porcentaje restante se encuentra entre “señales físicas” (18%) con síntomas tales como: alteraciones nerviosas (28%), depresión (26%) y ansiedad frecuente (29%); el ítem de “otros indicadores” estuvo compuesto por la justificación  y la minimización del concepto de consumo de la sustancia (15%), condición comórbida a  síntomas tales como: Identificación con las justificaciones del dependiente (24%), minimización del consumo “eso no están grave” (5%), reincidencia en relaciones conflictivas referidas al consumo de SPA (11%), abnegación y autocompasión (21%), problemas académicos, pareja  y /o laborales por el consumo del familiar (17%), y necesidad de aparentar que “las cosas están bien” (22%). Como conclusión se puede identificar que los 60 familiares de personas consumidoras de SPA presentan una codependencia efectiva en un 62% y un alto riesgo de codependencia en un 15%, asimismo la división en cuanto género ubica a la mujer en una situación de vulnerabilidad, puesto que en el género femenino la codependencia efectiva es del 85% y el riesgo del 75%, mientras los hombres codependientes corresponden al 15% y en riesgo 25%. Es importante mencionar que estos resultados no son concluyentes y representan una aproximación al fenómeno, pues no se ha validado aún el instrumento y la muestra de personas es pequeña, per se los resultados constituyen un aporte académico que se aproxima al tema de la codependencia bajo la condición de quienes la padecen directamente.

Discusión

El estudio encontró que los indicadores de los patrones conductuales, al igual que las señales emocionales, son las manifestaciones con mayor grado de identificación por parte de los familiares de los consumidores de sustancias psicoactivas (SPA); sin embargo, a pesar de que la prevalencia de patrones de conducta tenga un valor considerable, no existe un valor significativo que supere la mitad del porcentaje en los indicadores, lo cual está representado por la influencia que ejerce la relación particular con el adicto sobre las expresiones de la codependencia; igualmente, dichos indicadores no son percibidos como una dificultad del propio ser, sino como un resultado de la circunstancia de consumo, así el codependiente toma como referencia el consumo de su familiar, lo responsabiliza de las acciones que él debe asumir y evita reconocer su error por temor a cambiar “la necesidad de ser necesitado”, por tanto, la vinculación positiva con otros implica que las emociones conflictivas que genera dicha situación y la manera como se experimentan, propicien cambios disfuncionalmente significativos en las relaciones consigo mismo, su familia, la comunidad y la sociedad.

Correlativamente la dimensión social es un factor que influye sobre las acciones que realizan los seres humanos, por lo que los acontecimientos de la persona afectada en la esfera psicológica pueden llegar a generar ligeros o profundos cambios en el pensamiento, las emociones y su conducta así, “el control, el poder, la toma de decisiones, los permisos, incluso los negocios familiares están ahora bajo la dirección del codependiente, que se vuelve la cabeza de la familia” (Villanueva, 2004, p.5); es decir, aquel que tiene la obligación de dar sentido a la realidad del adicto, para lo cual anhela ser necesitado. La investigación evidencia la existencia de personas que ante la situación conflictiva del farmacodependiente experimentan cambios importantes en sus actividades habituales a los cuales llaman “sacrificios”, estos cambios se dan con el fin de asumir los comportamientos que consideran necesarios para equilibrar la salud mental del consumidor. Los codependientes son dominados por emociones ambivalentes en las que prima el deseo de racionalización para justificar su ideal de salvación; sin embargo “la aceptación a priori de las premisas que constituyen un dominio racional pertenece al dominio de la emoción y no al dominio de la razón” (Maturana, H. 1990, p. 48), por lo que al intentar controlar la situación desde lo racional siempre responden desde un dominio emocional.

La necesidad de control los hace suponer que pueden vigilar lo que sucede a su alrededor, en este sentido codependiente y adicto confluyen pues, mientras que el familiar implicado busca controlar la conducta problémica del adicto para hallar sentido a su propia necesidad de autocontrol; el adicto busca controlar la sustancia y sus efectos con el fin de tramitar los problemas y las personas asociadas a la ingesta, entonces se modifica el sentido social y afectivo de las relaciones familiares y se instaura una incongruencia entre estilo de vida y medio ambiente porque “un ser vivo está vivo solo mientras conserva su congruencia con el medio y el vivir se da sólo mientras organismo y medio se transforman de manera congruente bajo condiciones de conservación de la organización de lo vivo” (Maturana, H. 1990, p.58). En estas familias y entornos, el consumidor crea el imaginario de ser él “el malo del grupo”, lo cual no permite que la familia  se acerque a un ideal de convivencia y tolerancia. A menudo esta persona asume el rol de “chivo expiatorio” al volverse el blanco de las agresiones de sus familiares, convirtiéndose en la persona que activa el síntoma en el grupo en este sentido, “el chivo expiatorio está destinado a convertirse en un desecho con el que el grupo goza” (Carmona y Col. 2007, p. 63) y descarga sus ansiedades, frustraciones y proyectos inconclusos.

La manifestación de una necesidad imperiosa de “contención”, se presenta como uno de los indicadores relevantes dentro de la población de estudio, porque “el codependiente tiene un comportamiento salvador-rescatador y se considera la única y muchas veces la mejor persona que puede sacar al adicto del problema en que se halla” (Guevara, W. 2003, p.15), esta condición es una variable relacionada con la prevalencia de rasgos de dependencia emocional en la población evaluada; cabe resaltar que un elevado número de personas está representada por las madres de los consumidores, y puesto que en la región persiste una estructura patriarcal donde el rol materno es culturalmente responsable de gran parte del cuidado y protección de los hijos; al parecer es también responsable de su recuperación o culpable de su reincidencia, situación que coloca a las madres en una condición de vulnerabilidad mayor frente al consumo del familiar y  a la codependencia efectiva. Igualmente, dentro de los hallazgos se encuentra la activación de una “exagerada preocupación” por parte del familiar o de los familiares, que ven al adicto como una persona que se aparta de la norma del hogar y de la sociedad como consecuencia, él o los codependientes buscan culpables y al no hallar un otro definido a quién culpar, cuestionan su sistema de creencias, los patrones de crianza y su vida emocional, además de generar comportamientos obsesivos y demandantes de afecto en cuanto a reclamos acerca de la actividad de la persona implicada en el consumo.

Respecto al tipo de vínculo, se encuentra que los lazos de parentesco son madres, hermanos, parejas y padres, quienes presentan una fuerte relación de apoyo al tiempo que dificultad para tomar distancia emocional del consumidor; así, la población que vive y coexiste con la circunstancia de consumo en el hogar está directamente vinculada con dicha situación, al sentirse con la responsabilidad del consumo, abuso, intoxicación, recaídas y de las causas de la ingesta de SPA. Por ello se afirma que el término codependencia implica un vínculo de subordinación, en el que hay alguien que siempre cede y se siente víctima y responsable de la actividad de otro. Es importante mencionar que para hacer referencia a los familiares de los consumidores se utiliza el prefijo latino “co”  que significa “simultaneidad y coincidencia temporal en este tipo de relación funcional” (Pérez y Delgado, 2002. p. 2), es decir, que tanto adicto como codependiente experimentan síntomas similares de tan elevada magnitud sintomática que son desplazados hacia diferentes objetos, personas y relaciones; en este orden de ideas se puede decir que mientras el adicto evita sentimientos frustrantes al consumir, el codependiente esquiva sentimientos dolorosos al centrarse en el adicto y su conducta; asimismo, el codependiente despliega mucha tolerancia al comportamiento del adicto y lo que antes le resultaba chocante ahora le parece normal y tolerable.

Los resentimientos que pueden ser irracionales, sin causa o justificación, son una señal experimentada por la población entrevistada, estos afectos pueden ser muy dolorosos en especial porque “el rencor tiene que ver con el deseo de venganza y cólera hacia el ofensor. Este proceso debilita al codependiente, ya que implica una suerte de victimización que trae aparejadas emociones dolorosas tales como: vergüenza, cólera, frustración y depresión” (SADA. 2007, p. 6); en consecuencia, el codependiente despierta su cólera y la exhibe como una forma de intimidar al consumidor, llegando a reprimir patológicamente el dolor que le produce esta actividad a sus propios principios y valores, estas personas son tan “crónicamente tensas, que a menudo se convierten cada vez más en víctimas de la acumulación de resentimientos mal formulados -otra compleja tensión que contribuye específicamente al sentimiento de fatiga abrumadora- incurren fácilmente en las formas inmaduras de relación interpersonal” (Sullivan, H. 1963, p. 455), que en el caso de la codependencia retrasan la rehabilitación del adicto.[sociallocker]

Por otra parte, las señales emocionales abarcan gran parte de los resultados porque la familia sufre frente a la toxicomanía del adicto y en la mayoría de los casos se siente culpable, lo cual es un patrón identificado en la población evaluada, puesto que los sentimientos de culpa comprenden una de las señales emocionales más significativas; igualmente, respecto al mal manejo de los sentimientos, Beattie y col. (1978) afirman que el codependiente siente que merece sufrir porque se percibe como culpable y merecedor de la agresión del adicto, llegando a equiparar amar con sufrir, buscando constantemente proteger y disculpar al adicto lo que indica una señal emocional de conflicto importante. La actividad defensiva desarrollada por los codependientes, integran estrategias neuróticas creadas para evitar el sufrimiento y se activan a través de la negación, la cual se produce al no aceptar una realidad familiar que los convoca a confrontar una relación disfuncional innegable; análogamente, la proyección se muestra al atribuir hacia los demás sus propios conflictos, y la racionalización al buscar justificaciones para el consumo del adicto. Estos patrones defensivos permiten y motivan la emergencia de patologías orgánicas y mentales que de acuerdo a su fluctuación, intensidad y cronicidad pueden convertirse en trastornos psicológicos específicos.

La sensación de fracaso y el interés que muestra la familia por las conductas de la persona adicta son señales emocionales importantes, manifiestas por varios familiares de los consumidores a razón de que los codependientes focalizan su atención en el otro y se vuelven negligentes consigo mismos (Delgado & Pérez. 2004, p. 1). De acuerdo con lo que plantea Cantú (2010), el sistema de pensamiento del codependiente se encuentra dirigido a controlar o manejar el exterior para sentirse mejor consigo mismo, haciendo que se le dificulte enfocar sus propias necesidades, lo que propicia una actitud de hipervigilancia del adicto y sus necesidades afectivas. El codependiente distorsiona su concepto de amor y narcisismo pensando que sus acciones están dirigidas por una especie de “puro” sentimiento amoroso, llegando a renunciar a sí mismo para vivir completamente por y para el otro, y en función de una necesidad imperiosa e incontrolable de “salvarlo” a través del ejercicio de un altruismo desbordado y contraproducente para su salud y la del consumidor de SPA.

En las personas afectadas por la codependencia aparecen de manera notable  “manifestaciones físicas” de tipo somatomorfo, que guardan relación directa entre el inicio de una enfermedad física de tipo psicosomático y las dificultades emocionales individuales derivadas de la actitud codependiente, prueba de esto es que casi un tercio de la población evaluada manifiesta alteraciones nerviosas como gastritis, cefalea tensional, tensión muscular, taquicardia e insomnio; en el caso de los codependientes, esta tendencia se ve reforzada por una considerable incapacidad de diferenciar los límites propios, así en repetidas ocasiones la adicción impide que el desarrollo de su propia identidad, sirva para la protección ante el hecho de llegar a ser víctima de malos tratos por los demás (Bullying, sexting, grooming), por ello, “si el codependiente desea resolver los problemas en su familia, necesariamente debe estar en recuperación para estar bien y poder lograrlo” (Cantú, A. 2010, p.2). A nivel físico las personas presentan dolores de cabeza, migrañas, dolor de estómago, trastornos de sueño y de la alimentación, al tiempo que también presentan elevados porcentajes de síntomas depresivos asociados a sentimientos de desesperanza ante el consumo de SPA del familiar, anhedonia y en algunos casos abulia.

Las manifestaciones físicas también son derivadas de la carga de ansiedad poco elaborada, en este sentido, John Bowlby (1998) afirma que “la ansiedad es la reacción provocada por el peligro de la pérdida de objeto, el dolor o aflicción ante la pérdida en sí” (p. 5), por lo que mientras el adicto continúa en un su ciclo de consumo, el codependiente se encuentra amenazado por la posible pérdida del ser amado, lo que provoca en el cuidador-codependiente la aparición de comportamientos ansioso-depresivos, angustia y obsesiones-compulsiones, síntomas que se estructuran a modo de correlato de la frustración y culpa que sienten ante la crianza dada al adicto además, del deseo imperioso de reparar los errores y los patrones de relación emocional considerados como inadecuados. Teniendo en cuenta el postulado de Kellogg (2009), la codependencia no se trata de una relación con el adicto, sino de la ausencia de la relación consigo mismo, en estas personas se produce una relación directa entre el estado mental y la condición fisiológica, la cual se altera provocando una afectación importante de la salud mental e induciendo enfermedades a corto, mediano y largo plazo. Lo anterior es evidente en codependientes que al presentar cierta desconexión personal permiten que su vida íntima pase a un plano donde las sensaciones físicas y los procesos mentales desajustados no reciben la atención necesaria y, en consecuencia, con el tiempo la persona aumente su morbilidad hasta manifestarla de forma evidente y sin aparente causa.

En el análisis de la persona codependiente se debe tener en cuenta indicadores de disfuncionalidad que muestren sí los codependientes presentan problemas académicos, de pareja y laborales debido al consumo de su familiar o si, por otro lado, buscan “aparentar” que la situación familiar se encuentra normal. Tal como se ha expuesto al ser el adicto el centro de la vida del codependiente, éste pierde interés en su propia vida, lo que influye en la aparición de problemas en las áreas sociales y de relación con su pareja, amigos, compañeros de trabajo, entre otros. La situación emocional puede ser tan grave que “al principio el codependiente está tan obsesionado con ayudar al adicto, que necesita apoyo para poder enfocarse en sí mismo y comenzar su proceso de recuperación” (Torres, L. 2007. p. 19), pero si no encuentra apoyo para enfocarse en su situación, a menudo gastará su energía y vitalidad en el intento de recuperar a su familiar de la adicción, colocando su recuperación en un segundo plano, lo cual constituye una cadena sin fin de intentos, recaídas y sentimientos de culpa en ambos sujetos.

Los indicadores de codependencia son raramente identificados por los familiares a razón de la confusión entre el amor natural de la familia con una necesidad imperiosa de justificar el consumo y la adicción de su familiar, inclusive llegando a negar la existencia de la adicción. Hemfelt y col (1989) indican que existe una falacia al intentar controlar sentimientos interiores mediante el control de otras personas, cosas, situaciones y eventos en el exterior, lo cual hace que el codependiente asuma una minimización del consumo de su familiar, es decir, que adquiera actitudes y comportamientos que además de justificar el consumo lo minimizan, expresando  que, “esto no es tan grave como parece”. Por ello la mayoría de las personas encuestadas expresaron contar con la necesidad de aparentar que “las cosas están bien” y aunque esta apariencia comparte “abnegación y autocompasión” por parte del codependiente, asegura un alivio temporal sintomático, al tiempo que limita la participación de redes de apoyo que pueden ayudar en el tratamiento del adicto y la identificación de la codependencia en el familiar implicado. Los indicadores de codependencia identificados en la población encuestada apuntan a una pérdida de conexión del codependiente consigo mismo a través de la necesidad de rescatar o salvar a su familiar adicto, lo que termina en una adicción con un familiar, generando un círculo vicioso en el que ambas partes se necesitan patológicamente.

Conclusiones y recomendaciones

La codependencia referencia la conducta de personas que se encargan de cuidar, corregir y “salvar” al consumidor de SPA de su adicción, llegando a conformar un patrón doloroso de dependencia hacia los otros, presentando comportamientos compulsivos con el fin de buscar aprobación y encontrar la seguridad, autoestima e identidad propia (Treadway, 1990. p. 39). La investigación encontró que la codependencia instaura un vínculo que se manifiesta a través de la excesiva tendencia a encargarse o de asumir las responsabilidades de otros, logrando que el codependiente se vuelva negligente consigo mismo y debilitando su propia identidad. Asimismo,  se identificó que la codependencia propicia que uno o varios familiares se involucren de forma obsesiva en los problemas del adicto, hasta el punto de vivir por y para él, lo cual desequilibra su propia vida en las áreas personal, familiar, laboral y social; de este modo “el codependiente pierde el control de su propia vida y de sus límites, invirtiendo toda su energía en el adicto por su (…) necesidad de pertenecer y ser útil” (Gómez y Col. 2000, pp.42-43), en las personas encuestadas el comportamiento hipervigilante cargado de angustia y frustración, se convierten en problemas físicos y en una gran insatisfacción consigo mismo, su familia y la sociedad.

Lo anterior ocurre porque el sistema de pensamiento del codependiente va dirigido a controlar o manejar el exterior para sentirse “mejor”, por lo que le resulta complejo enfocarse en sí mismo, poniendo mayor énfasis en el adicto. Debido a estas creencias y motivaciones emerge en él la necesidad de tener un enfermo dentro de la familia porque esto brinda seguridad emocional a todos los demás miembros del grupo y actúa como referente de la salud (familia) y la enfermedad (adicto), y puesto que el adicto depende emocionalmente de la familia, sus miembros se sienten “bien” ayudándolo, es decir, se reafirman como necesitados por el adicto, lo que les ratifica su impulso de reparación del otro. Villanueva (2004) asevera que el adicto sabe de esto y se confabula con la necesidad de ser salvado porque cada miembro de la familia lo ha rescatado, justificado, auxiliado, protegido, lo ha rescatado de las consecuencias de la enfermedad. De acuerdo a lo anterior, “la principal finalidad de la recuperación en la codependencia, es atenderse a sí mismo en toda la extensión de la palabra. Esto significa que pueda retomar el control de su vida (no la de los otros), sus emociones y sus necesidades para ser más objetivo; fortalecerse y poder tomar decisiones más sanas en su vida” (Cantú. A. 2010, p. 2)

Para que lo anterior ocurra es necesario establecer un programa de rehabilitación, tal como lo propone Fernando Mansilla (2002) con base en la psicoterapia interpersonal, buscando reconstruir la identidad dañada del codependiente a través del aumento de la autoestima, el reconocimiento de sus sentimientos y mejorar las relaciones interpersonales. Éste programa de rehabilitación posee tres fases: en la primera fase la familia debe reconocer la existencia de un problema, en el que se experimentan emociones negativas perturbadoras que les impiden dejar la relación disfuncional. Otro aspecto que se debe trabajar con el familiar codependiente es el desprendimiento emocional de los problemas ajenos, sugiriéndole que esto no es motivo para ser abandonado o abandonar al otro; de igual manera, la persona debe responder con acciones sanas y no únicamente con preocupación y dolor, lo que implica una renuncia a su rol de “sufridor”, centrando la atención y energía en su propia vida y no en otras relaciones disfuncionales, porque sólo desde ese lugar es posible ayudar al otro.

Análogamente, el codependiente debe asumir su responsabilidad no viviendo la situación a través de sentimiento de culpa que proyecta en su familiar, por ello una de las principales características es sentirse culpable y responsable del consumo del adicto. El codependiente debe ser capaz de comenzar a salir del ambiente familiar y de disfrutar de otros ambientes y de actividades con amigos, grupos de apoyo, voluntariados y de trabajo, entre otros. Durante la segunda fase del proceso de rehabilitación, es necesario trabajar cuatro áreas problema que posiblemente presente el codependiente por las características de su situación patológica; la primera es la elaboración del duelo, explorando sentimientos asociados a las pérdidas de relaciones anteriores y a la codependencia, analizando las ventajas y desventajas de dicha relación. La segunda, son las disputas personales donde se deben abordar las relaciones alteradas, ya que pueden encontrarse situaciones interpersonales en las que se den expectativas no recíprocas. En este sentido se renegocian las diferencias y actitudes de la relación con el adicto y con otros miembros de la familia además, de su red social de apoyo, intentando recobrar la libertad de formar nuevos vínculos y realizar cambios activamente,  aunque estos en un principio no tengan éxito.

Continuando este proceso, la tercera “área problema a trabajar” se basa en el “déficit interpersonal”, donde se busca quebrar la relación de la codependencia y la resignificación de aislamiento social, explorando posibilidades de ampliar el círculo social del codependiente. Finalizando esta fase, se debe atender la transición del rol de la persona,  el mismo que debe ir de madre dependiente a cuidadora, pasar de lo normal a lo patológico en su conducta de apego y no estancarse en la solución al problema a través de un sistema de refuerzo continuo de lo aprendido, puesto que su rol se ha enfoca principalmente en ser la “víctima” de la situación conflictiva, sentirse culpable del consumo del adicto y perder el sentido de la libertad al centrar toda su atención en éste, razón por la cual la intervención busca la creación de un rol más autónomo con habilidades de independencia y estrategias de afrontamiento, que le ayuden a superar nuevas situaciones como las que atraviesa  actualmente. Por último, en la tercera fase del proceso, es recomendable abordar la finalización de la relación terapéutica, en ella la persona debe reconocer que comienza un proceso de separación y despedida, para lo cual se refuerzan los sentimientos de independencia, los aprendizajes, el Insight y capacidad de estar dispuesto a abandonar (desapegarse) y a ser abandonado por el otro (terapeuta, adicto, condición ontológica pasada etc.).

Referencias

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Villanueva, E. (2004). Familia y adicciones.Barcelona:  Universidad Autónoma de Barcelona.



 ANEXO 

Indicadores de codependencia a las SPA

    Indicadores                                                                              Marcar

                                                                                                          (x)

1. Señales físicas

Marque “X” para 1 o más de las siguientes alteraciones:
Alteraciones nerviosas: Gastritis, taquicardia, colitis nerviosa, alteraciones del tracto intestinal, sudoración, rubicundez, ahogamiento, petaquias. ( )
Tensión muscular, neuritis, nerviosismo, cefalea tensional, hiperactividad. ( )
Depresión reactiva, llanto fácil, dolor muscular; otros síntomas conversivos. ( )
Anorexia o bulimia nerviosa. Inapetencia o ansiedad bulímica. ( )

2. Señales emocionales (tomados de: Melody Beatty, 1987).

Sentimientos de culpa frecuentes. ( )
Dificultad para pensar con claridad. ( )
Aislamiento social. ( )
Dependencia afectiva. ( )
Sensación de fracaso. ( )
Aumento de la concentración en la conducta del adicto. ( )
Justificaciones acerca de la conducta de consumo del adicto.
Sintomatología emocional compartida “nerviosa o inhibida” similar a la del adicto. ( )
Uso frecuente de 1 o más mecanismos de defensa: negación, proyección, desplazamiento, regresión, racionalización y conversión reactiva. ( )

3. Patrón de conducta

Imperiosa necesidad de controlar a otros. ( )
Tener parejas, amigos o familiares consumidores de SPA (patrón repetitivo) ( )
Sentirse culpado/a por el adicto a razón de su propio consumo. ( )
Negación de la realidad de la relación conflictiva con el adicto. ( )
Pérdida de intereses sociales y/o cambio en el sistema de rituales. ( )
Problemas para desapegarse de la persona y circunstancias del consumidor ( )
Preocupaciones exageradas de la conducta del consumidor ( )
Resentimientos irracionales consigo mismo, con el adicto y con otros familiares. ( )
Necesidad imperiosa de “contención” de otro y complejo mesiánico “quiero salvarte a toda costa”. ( )

4. Otros indicadores

Exagerada sintonía o identificación con las justificaciones del consumidor ( )
Minimización del consumo “eso no están grave” ( )
Reincidencia en relaciones conflictivas permeadas por situaciones de consumo de SPA. ( )
Problemas de pareja, escolares y/o laborales. ( )
Necesidad de aparentar que “todo está bien” ( )
Abnegación y autocompasión. ( )

Totales
Valores de puntuación: Riesgo de codependencia 4 y 6. Codependencia efectiva, se requiere un puntaje de 7 y 27.


Elaboración: Andrade, JA. (2011).[/sociallocker]


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Para citar este artículo:

  • Andrade, J. A., Duque, M., Jhelsaer, J., Rodríguez, C. & Rojas, C. A. (2013,  28 de mayo). Indicadores de codependencia en 60 familiares de consumidores de sustancias psicoactivas en el municipio de Armenia - Quindío. Revista PsicologiaCientifica.com, 15(7). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/indicadores-codependencia-familiares-consumidores-spa/

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