Desarrollo del vínculo del apego en situaciones de adopción: Revisión bibliográfica
Psicología Social - Comunitaria


  • Cristina Junquera Berzal
    Universidad de Valladolid
    Valladolid, España

    López Alonso, J.J.
    García Serrano, P.,
    García Cortes, A.
    Universidad de Valladolid
    Valladolid, España

Resumen

  • El vínculo del apego (Bowbly, 1969) ha demostrado ser de gran importancia para el establecimiento de relaciones sociales y afectivas en la vida adulta, así como el afrontamiento general del mundo (Melero, 2001). Por este motivo, promover el desarrollo de una vinculación segura parece es para garantizar un desarrollo afectivo y social óptimo en los seres humanos.

    En las investigaciones de los últimos años se ha puesto de manifiesto que la adopción constituye un factor de riesgo que promueve el desarrollo de vínculos de apego ambivalentes (Borders, 2000). En esta revisión se analizan algunas de las causas subyacentes más estudiadas, como la falta de estimulación afectiva temprana (Ames & Chisholm, 2001) o la conciencia de ser adoptado (Lee, 2010).

    A pesar de los datos aportados por las investigaciones actuales, es necesario trabajar en la búsqueda de factores protectores ante este hecho, tales como la interacción con la familia adoptiva, y de esta forma, establecer pautas promotoras de vínculos seguros que hagan posible prevenir problemas afectivos en este colectivo.

    Palabras clave: Apego, Adopción, factores de riesgo, estimulación temprana, conciencia de ser adoptado, experiencias primera infancia.



La importancia de afectividad en el ser humano: El vínculo del apego

El estudio del desarrollo de los vínculos afectivos ha atraído la atención de muchas corrientes teóricas en psicología, aunque es probable que la corriente más influyente haya sido la psicoanalítica cuyos planteamientos supusieron una ruptura con las concepciones previas y un importante avance hacia la actual. Siguiendo la línea planteada por esta corriente, Harlow y Harlow (1958) encontraron importantes hallazgos en un estudio realizado con primates, demostrando la importancia del contacto físico en el establecimiento de los vínculos afectivos tempranos, frente a variables de tipo biológico como la alimentación.

Años después, Bowlby (1969) observó la existencia de una importante correspondencia entre la relación temprana que mantienen los padres con sus hijos y la personalidad y comportamiento posterior de dichos hijos. Basándose en estas observaciones, define el apego como “toda conducta que tiene como objetivo mantener el contacto y la proximidad con otro sujeto de la misma especie que es considerado más fuerte o sabio”. En su trilogía, Attachment and Loss: Attachment (1969), Anxiety and Anger (1973) y Loss (1980), Bowlby sienta las bases teóricas del apego, haciendo referencia a la existencia de una base genética ligada a la supervivencia de la especie, al mismo tiempo que admite que estas conductas pueden modificarse en base a la interacción con el entorno, la interiorización de pautas de interacción con los cuidadores y la percepción de seguridad que ellos nos ofrecen. Además, pone de manifiesto la importancia de este vínculo como reductor del estrés ante conductas de exploración y búsqueda de información. Así, el apego no solo cumple funciones biológicas sino también psicológicas.

Las investigaciones de Mary Ainsworth sobre el comportamiento de los bebés ante “la situación extraña” (Ainsworth & Wittig, 1969) arrojaron luz sobre la existencia de diferentes tipos de vínculos de apego. Los resultados de sus investigaciones revelaron la importancia de la sensibilidad de los cuidadores ante las señales y comunicaciones del bebé, asociadas a la seguridad del mismo en la calidad del establecimiento del vínculo. Con base en los resultados de estas investigaciones Ainsworth (1978) define tres tipos de apegos diferentes, que se relacionaban directamente con los comportamientos que manifestaban los cuidadores con los niños.

- Podemos definir el apego seguro como un vínculo basando en la confianza básica en sí mismo y en los demás que permite afrontar el mundo de un modo relajado y positivo. El desarrollo de este vínculo esta marcado por la capacidad del cuidador para percibir, interpretar y responder adecuada y puntualmente a las demandas del niño (Ainsworth et al., 1978).

- El apego inseguro se caracteriza por sentimientos de ambivalencia e inseguridad respecto a las figuras de apego. Los cuidadores presentan una interacción caracterizada por baja disponibilidad, indiferencia, baja implicación conductual (Ainsworth et al., 1978), infraestimulación, inaccesibilidad (Belsky et al., 1984, Isabella, 1993, Isabella & Belsky, 1991; Smith & Pederson, 1988) e inconsistencia concurrente (Isabella, 1993; Isabella & Belsky, 1991) y longitudinal (Cantero, 1996; Isabella, 1993).

- Por último, el apego evitativo consiste en ocultar y/o controlar las emociones tanto positivas como negativas. Los cuidadores se caracterizaban por la falta de implicación emocional, el rechazo del contacto corporal, la disposición irritable y de reproche y por su intrusividad. Por otro lado, el control y la sobreestimulación han sido también asociadas al desarrollo de la evitación infantil (Belsky et al., 1984; Isabella & Belsky, 1991; Smith & Pederson, 1988).

Basándose en un metanálisis realizado por Main con los datos de 2000 niños se incluyó la categoría “apego desorganizado” debido a que las categorías descritas por Ainsworth (1978) no resultaban exhaustivas y son mutuamente excluyentes (Main & Solomon, 1986). En este estudio se comprobó que las conductas de apego ambivalente y evitativo, en ocasiones se dan de manera indiscriminada en niños que han sufrido situaciones como maltrato, abandono o abuso.

El apego como un vínculo estable a lo largo de la vida

La concepción de apego de Bowlby (1969) implica la existencia de un vínculo vital para la supervivencia, que perdura a lo largo del desarrollo humano. Esto no quiere decir que este vínculo no evolucione a lo largo del desarrollo, así, durante la infancia, las figuras de apego fundamentales son los padres pero a partir de la adolescencia esta jerarquía comienza a cambiar y los padres comienzan a perder su situación aventajada frente a los pares. Hazan y Zeifman (1994, 1999) señalaron que las funciones principales del apego (seguridad y protección) permanecen en las relaciones íntimas a lo largo de la edad adulta, siendo la pareja quien cumple las funciones de figura de apego principal.

Es necesario destacar que las diferentes tipologías del apego tienen una influencia importante en la actividad y el comportamiento de los sujetos en la vida adulta. Es frecuente que el estilo de apego adquirido en la primera infancia se mantenga más o menos estable y marque las relaciones afectivas de los sujetos en la vida adulta. Esto tiene relevancia, no solo a nivel afectivo, ya que puede tener repercusiones laborales, sociales, entre otras. Así, los adultos con apego seguro son autónomos en las diferentes áreas de su vida (como el trabajo, la familia, los amigos, los retos personales, etc.) pero también buscan apoyo emocional en sus figuras de apego cuando lo necesitan. Los adultos con apego ambivalente están constantemente buscando confirmación de que son queridos y además creen ser ineficaces socialmente e incapaces de hacerse querer de modo estable, mostrando siempre temor al abandono o rechazo (Melero, 2001). Por último, los adultos con apego evitativo, minimizan las conductas afectivas, se muestran evasivos y conceden más relevancia a la valoración de logro porque estas actividades sí fueron reforzadas en la etapa infantil, en comparación con a las conductas afectivas.

La adopción y el desarrollo del apego

La estabilidad de este vínculo, y las repercusiones de la misma en la vida adulta, hacen que la formación del vínculo del apego sea de suma importancia para un desarrollo óptimo en términos afectivo, social y sexual. Sin embargo, se ha detallado cómo la formación de este vínculo es un proceso complejo en el que es necesario tener en cuenta múltiples factores e interacciones. En general, Bowbly (1961) afirma que esta relación comienza a forjarse entorno a los 6 meses de vida a través de las interacciones reciprocas entre los cuidadores y el bebé, así como los sentimientos de seguridad y cariño incondicional que los cuidadores le brindan y la disposición que muestran para responder a sus demandas. Esto no quiere decir que, si un cuidador no responde a una demanda del bebé, su vínculo afectivo este abocado a ser ambivalente. El proceso de formación del vínculo es más complejo que esto, ya que, a través de las actuaciones de los cuidadores el bebé se va formando una representación interna de la relación que les une y las consecuencias de esta relación, esto le permite anticiparse al comportamiento de sus padres y actuar en consecuencia.

Sin embargo, algunas circunstancias pueden dar lugar a problemas en la generación del vínculo, esta revisión pretende realizar un análisis exhaustivo de una de ellas, las situaciones de adopción.

A pesar de que las situaciones de adopción se constituyen por el interés superior del menor y tienen como objetivo dotar de una familia a aquellos niños que, por múltiples circunstancias, no disponen de una propia, la importancia de las interacciones tempranas hace que, en muchas ocasiones, surjan problemas tras la adopción. Parece ser que la permanencia desde edades tempranas en instituciones en las que no existe una figura de apego estable pueda ser una de estas circunstancias que ponen en peligro el desarrollo afectivo temprano.

En las últimas décadas, los procesos de adopción, especialmente la adopción internacional, están aumentando de forma vertiginosa. Por ello, creemos relevante estudiar las complicaciones que pueden derivarse del mismo con el fin de determinar aquellos factores protectores que puedan beneficiar el desarrollo adecuado de estos niños y contribuir al bienestar familiar general.

Tras la adopción pueden producirse múltiples problemas, Palacios (2007) ha descrito algunos de los más frecuentes:

1. Problemas de salud y crecimiento: De buena recuperación en los dos primeros años tras la llegada.

2. Desarrollo psicológico: Pese a que el 44% de los adoptados mostraba un promedio de 16 meses de retraso para la edad cronológica, pasados tres años después de su llegada, se observan importantes mejoras en el desarrollo psicológico, aunque no tan completas y generalizadas como ocurre con el desarrollo físico.

3. Problemas de conducta: Quizá, son los que con mayor frecuencia llevan a los adoptantes a pedir ayuda en los servicios post-adopción. Los padres adoptivos refieren problemas relacionados con la hiperactividad y los problemas de atención (impulsividad, dificultad de concentración, conductas molestas para los demás). Los problemas en esas áreas tienden a mantenerse en el tiempo y se traducen fácilmente en dificultades en el rendimiento académico (problemas de atención) y en problemas en las relaciones con compañeros (impulsividad, dificultad para el auto-control). Otros problemas de conducta importantes son conductas desafiantes, mentiras, agresividad (verbal y/o física), rabietas, robo, escapes de casa, etcétera.

4. Problemas en la vinculación afectiva con los padres adoptivos.

Dado que el proceso de la adopción es muy complejo, vamos a centrarnos en analizar las posibles causas de los problemas de vinculación afectiva, ya que, como hemos justificado, las experiencias afectivas infantiles forman modos de comportarse más o menos estables que pueden tener repercusiones de amplio espectro. La finalidad de esta revisión es extraer datos acertados y necesarios que permitan generar soluciones o evitar aquellos factores de riesgo que pueden contribuir a la mala formación del vínculo del apego.

El apego como factor de riesgo en la generación de apego ambivalente y ansiedad

Dada la historia de estos niños en situación de abandono, negligencia, malos tratos, institucionalización, etc., es poco sorprendente que los problemas de apego formen parte del cuadro de dificultades que se encuentran entre los niños adoptados con más frecuencia que entre los no adoptados. A pesar de esto, el estudio de la relación entre la adopción y el establecimiento del apego es relativamente reciente. Uno de los primeros estudios al respecto, realizado por Borders et al. (2000), pone de manifiesto que el porcentaje de niños con estilo de apego inseguro era mayor en el grupo de niños adoptados, concretamente el 15% de los niños adoptados frente al 4% de los no adoptados. Resultados similares encontraron Fenney et al. (2007) utilizando Relationships Questionnaire para estudiar el vínculo del apego.

Una de las evidencias más robustas sobre este hecho proviene de un metanálisis realizado recientemente con información recogida en 39 estudios, con una muestra de casi 3000 sujetos. En él, se puso de manifiesto la predominancia del apego inseguro en situaciones de adopción frente a una muestra control (Van den Dries, Juffer, Van Ijzendoorn & Bakermans-Kranenburg, 2009). En nuestro país contamos con datos de una investigación realizada por Palacios (Palacios y Sánchez-Sandoval, 2003) sobre adopción internacional. En ella, el 55% de los niños presentaban indicios de sociabilidad indiscriminada al momento de su llegada.

Con estos datos, parece que la vinculación ambivalente en los primeros años de adopción son evidentes, esto produce un exceso de ansiedad a la separación e inseguridad de la disposición incondicional de los padres. Estos hallazgos parecen consistentes con las situaciones previas que han vivido, en las que no tenían una figura de apego estable y en las que era frecuente la sensación de abandono e inseguridad (cambian frecuentemente de cuidadores o educadores, suelen esta en acogida unos meses, etc.). Sin embargo, que manifiesten estas conductas en los primeros meses de su llegada, no significa que esto no pueda modificarse. Con respecto a las repercusiones a largo plazo, no existen muchos datos al respecto, dado que la adopción es un hecho relativamente reciente, no obstante, según una investigación actual sobre los efectos a largo plazo de la adopción internacional (Storsbergen, Juffer, van Son & Hart, 2010) realizada con una muestra de 53 adultos (M = 29 años de edad) que fueron adoptados a los 9 meses de vida, no parecen existir diferencias en las puntuaciones obtenidas en la escala clínica SCL-90 entre los sujetos adoptados y un grupo control. De este estudio podemos deducir que la adopción no parece un factor de riesgo a la hora de padecer problemas de ansiedad, de estado de ánimo, etcétera. Esto quiere decir que han conseguido un ajuste emocional adecuado. En cualquier caso, estos resultados no son generalizables debido, entre otros factores, a que la muestra que participó en este fue adoptada antes de cumplir el año, momento en el que el vínculo del apego esta todavía en formación. En la actualidad, es frecuente encontrarse con niños adoptados a los 4 ó 5 años. ¿Será la edad de adopción un factor de riesgo?

A pesar de este último estudio, la mayoría de los datos sobre el estado de la vinculación afectiva temprana de los niños adoptados parece indicar que la adopción es un factor que incrementa las probabilidades de generar un vínculo de apego inseguro. No podemos afirmar que la relación entre estos dos factores sea directa, sino que la adopción propicia una serie de situaciones específicas que favorecen la generación de este vínculo. Algunas situaciones estudiadas al respecto son: la falta de estimulación afectiva temprana, la conciencia de ser adoptados que tengan estos niños o las experiencias de la primera infancia. A continuación se detallan algunos hallazgos relacionados con estas hipótesis.

La falta de estimulación afectiva temprana

La sensibilidad de los bebés a las muestras de afectividad y a los cambios o reacciones emocionales de sus cuidadores ha sido ampliamente descrita (Trevarthen, 1978, Hobson 1993, Tomasello, 1995, Rochat, 1999), pero actualmente no existe una posición clara y bien definida que determine cuándo comienza esta sensibilidad, a qué factores se debe y si guarda relación o no con el desarrollo del apego.

Esta sensibilidad temprana se pone de manifiesto a través de datos como los obtenidos por de DeCasper, quien afirma que los niños de 3 días de vida diferencian la voz de sus madres frente a las de otros seres humanos en su entorno (DeCasper & Fifer, 1980). Además, este hecho podría tener una base neurológica, Braun et. al demostraron que tras sólo 24 horas de separación maternal en ratas se producen alteraciones en los sistemas de neurotransmisores aumentando la respuesta de estrés (Braun, Lange, Metzger, & Poeggel, 2000; Poeggel, Lange, Hase, Metzger, Gulyaeva, & Braun, 2000; Ziabreva, Schnabel & Braun, 2000).

Según Stern (1985), el uso de la intersubjetividad para compartir afectos es crucial en el desarrollo de un apego seguro. Para estos intercambios, desde las primera semanas de vida se utilizan el contacto visual y las expresiones faciales (Grossman, Grossman & Schwan, 1986; Schore, 2003, 2001), las modificaciones del tono y la prosodia (Jaffe, Beebe, Feldstein, Crown & Jasnow, 2001), el movimiento, los gestos (Goldin-Meadow, 2000), la sincronización (Trevarthen, 2001), las caricias (Field, 1996), y el juego interactivo (Panksepp, 2001), como medio principal de comunicación y expresión interés mutuo en un contexto marcado por el afecto (Bowlby, 1969).

En cualquier caso, la carencia de estimulación afectiva en la primera infancia es una situación nefasta para el desarrollo social y emocional (también cognitivo, desde luego) pero la relación entre la falta de estimulación y la presencia de problemas afectivos no parece ser de causa-efecto, ya que, en ocasiones, los seres humanos damos respuestas asombrosas ante situaciones de estimulación tardía.

Diferentes estudios plantean que la adopción tardía (posterior a los 6 primeros meses de vida) es una experiencia altamente perjudicial para el desarrollo afectivo posterior de los niños. En este sentido Singer, Brodzinsky y Ramsay (1985) describen en una investigación longitudinal de niños adoptados más tarde de los 6 ó 7 meses, que mostraban evidencia de desajuste socioemocional. En el seguimiento, se observó la persistencia de problemas en el establecimiento de relaciones socioemocionales seguras con sus cuidadores y otras figuras significativas en sus vidas. Otras investigaciones realizadas en el contexto de la adopción internacional (Ames & Chisholm, 2001; Chisholm, Carter, Ames, & Morison, 1995; MacLean, 2003; Marcovitch et al., 1997; O’Connor et al., 2003) muestran que los niños adoptados antes de cumplir un año no manifestaban problemas emocionales. Por otro lado, se ha descrito la posibilidad de presentar apego seguro en adopciones tardías, aunque el proceso de desarrollo de este vínculo es más lento y costoso en estos casos (Ames & Chisholm, 2001). Además de los problemas de vinculación afectiva, se ha encontrado evidencia de dificultades en la selección de amistades y muestras de afecto indiscriminadas (Chisholm, 1998), comportamientos que se incluyen como criterios diagnósticos del “trastorno reactivo de la vinculación” (DSM- IV-TR) (APA, 2002).

También se han descrito problemas de conducta y ansiedad relacionados con situaciones de adopción tardía (Habersaat et al. 2010). En el estudio realizado por Habersaat se describen dos momentos críticos en la adopción: entre los 6-12 meses (formación del vínculo) y después de los 24 meses (estabilización del vínculo). Si las experiencias durante estos periodos son negativas o de privación los problemas emocionales y cognitivos son difíciles de recuperar.

En contra de estos datos, Verissimo y Salvaterra (2006) realizaron una investigación en la que participaron 106 madres con sus hijos, adoptados entre las 3 semanas y los 47 meses de vida. Utilizando The Attachment Behavior Q-Set (AQS; Waters, 1995) se puso de manifiesto que la variable que mejor predecía la puntuación en esta escala era el comportamiento que la madre adoptiva tenía con su hijo. En esta línea, un estudio longitudinal (Pugliese, Cohen, Farnia & Lojkasek, 2010) en el que participaron 32 niños que fueron adoptados tras el primer año de vida, puso de manifiesto que durante los 6 meses siguientes a la adopción el nivel de ansiedad disminuía y la seguridad del vínculo con los padres se fue incrementando de forma progresiva. Resultados similares obtuvieron Feenney, Passmore y Peterson (2007) tras entrevistar a una muestra de 144 adultos que habían sido adoptados y 131 que no lo habían sido, llegando a concluir que sus experiencias recientes eran más determinantes en el sentimiento actual de inseguridad que la experiencia de la adopción.

Estos últimos hallazgos son congruentes con las afirmaciones de Bowbly (1969) sobre la formación del vínculo que se inicia a los 6 meses, pero que puede ser pospuesto hasta el primer año de vida, si no se ha tenido oportunidad de establecerlo antes. Es más, las experiencias afectivas adecuadas, aunque tardías (hasta los 5 años de edad), pueden compensar la privación de los primeros meses de vida (Bowbly, 1988).

Por lo tanto, la edad avanzada en el momento de la adopción parece constituir un factor de riesgo, sin embargo, no es un factor determinante y los datos, tanto teóricos como empíricos, apoyan la posibilidad de recuperación del desfase en el desarrollo emocional. En tanto que, encontrar los factores protectores en estos casos es, quizá, un asunto aún por definir.

La conciencia de ser adoptados

Según Brodzinsky (2007), durante los años preescolares, los niños que fueron adoptados de bebés suelen tener una visión neutra o positiva de la adopción, ya que durante esos años el concepto infantil de familia es el de “un grupo de personas que viven juntas y se quieren mucho”. Sin embargo, en algún momento, entre los 6 y 7 años, los niños descubren que una familia es un grupo de personas biológicamente relacionadas. Es entonces cuando el niño adoptado entiende las implicaciones de la historia de adopción, que hasta ese momento no producía inquietud alguna, “si ahora tiene esta familia es porque antes tuvo otra que le abandono”. No es extraño que en torno a estas edades los niños se muestren preocupados o tristes respecto a su historia, al hecho de ser adoptados y a sus orígenes.

En un estudio sobre adopción nacional (Palacios y Sánchez-Sandoval, 2005), se constató que los niños adoptados, a los 6-7 años de edad, manifiestan una mayor susceptibilidad emocional, mayor tendencia al retraimiento o la tristeza, que puede estar relacionada con el descubrimiento de la pérdida. Y es que, a pesar de que la adopción es el camino para ofrecer una nueva familia a aquellos niños que han perdido la suya y esto sea una actividad de ganancia, la experiencia de pérdida es particularmente importante en la historia de los niños adoptados.

Una situación similar fue descrita en un estudio realizado por McWey (2004), quien encontró que en grupo de niños de 6 años institucionalizados (el 49% había estado en más de dos hogares de acogida) mostraban niveles más altos de ansiedad que un grupo control, debido, según la autora, a la percepción de abandono y ruptura del hogar que tienen estos niños. Lo interesante de este estudio es la muestra elegida. Los niños que participaron tenían dos factores de riesgo: por un lado la avanzada edad y por otro el haber sufrido varías situaciones de abandono y rechazo. Sin duda, el haber sido integrados en una familia para posteriormente ser devueltos al sistema genera en los menores una falta de seguridad en sí mismos y en la posibilidad de ser queridos y protegidos de forma incondicional; recordemos que estas percepciones son la base que fundamenta el apego seguro. En estos niños la experiencia les ha demostrado que el afecto es transitorio e instrumental, por tanto, actúan en consecuencia.

Lee, Ok-Seol, Sung y Miller (2010) estudiaron a un conjunto de 382 niños surcoreanos de los cuales 152 fueron adoptados y 230 permanecieron en una institución. Establecieron como posibles factores de riesgo de padecer problemas de ansiedad o de conducta: la edad de adopción o institucionalización, el que los padres hubieran muerto o no, la ruptura del hogar familiar y la existencia de contacto con los padres biológicos cuando éstos estaban vivos y los niños estaban en el mismo país. Los resultados mostraron que los niños cuyos padres habían fallecido manifiestan un mejor ajuste emocional. Esto se puede explicar porque integran la pérdida de forma más coherente, “no es que mi familia me haya abandonado, es que fallecieron”. Bajo esta explicación no pueden culparse o culpar a su familia del abandono, ya que, ha sido una situación impredecible. Por otro lado, en este mismo estudio, no se hallaron diferencias significativas en los niveles de ansiedad mostrada por los niños que mantenían contacto con su familia biológica frente a los que no lo hacían.

La búsqueda de la familia biológica por parte de personas que han sido adoptadas, a pesar de que las familias adoptivas hayan satisfecho sus necesidades y exista una buena relación, marcada por el cariño, entre padres e hijos, es un hecho bastante frecuente. Las personas parecen necesitar saber por qué fueron abandonados. Es posible que detrás de esta necesidad existan vivencias y atribuciones internas de culpa que puedan estar dificultando el desarrollo afectivo correcto.

Las experiencias de la primera infancia

Conocer la situación a la que han estado expuestos los niños antes de la adopción es complicado, especialmente en el caso de las adopciones internacionales. En nuestro país, para que la guarda y custodia de un menor quede a cargo del las autoridades pertinentes puede deberse a una renuncia por parte de los padres o a una decisión judicial. En ambos casos (aunque especialmente en el segundo), debemos suponer que la situación de cuidados que ha recibido el menor no ha sido suficiente. Sufrir maltrato o negligencia de forma continuada se ha relacionado con establecer vínculos afectivos desorganizados, ambivalentes o evitativos (Lyons-Ruth & Jacobvitz, 1999; Zeanah, 2000). Además, estos niños suelen padecer ansiedad, miedos, experimentación de situaciones traumáticas y/o fobias generalizadas.

En un estudio longitudinal realizado por Hodges, Steele, Hillman, Henderson y Kaniuk (2005) se puso de manifiesto que, desde el punto de vista de las representaciones internas, la percepción de seguridad afectiva no deja de aumentar con el paso del tiempo. Sin embargo, la inseguridad no presenta un decremento proporcional al incremento de la seguridad. Esto implicaría que los esfuerzos realizados por la familia adoptiva para que el niño se sienta protegido y seguro no tendrían los efectos esperados, debido a que las experiencias previas han dejado una huella demasiado profunda.

Fonagy et al. (2002) plantean que una crianza insensible y prolongada en el tiempo, como es el caso de la institucionalización, en la que se experimenta internamente la falta de comprensión por sus cuidadores, puede dar lugar a un déficit en la percepción de las contingencias de las respuestas hacia los gestos de sus cuidadores que, a partir de los nueve meses de edad, se configura como un sistema capaz de detectar e interpretar las intenciones de los demás. Según estas investigaciones, el niño intentaría inhibir defensivamente su capacidad de mentalizar para evitar captar la hostilidad que le trasmiten sus cuidadores.

En esta línea de investigación, Stern (1998) comprobó que la falta de respuestas contingentes a las necesidades infantiles hace que los niños tengan una forma anormal de comportarse ante los adultos, debido a las expectativas que tienen hacia ellos. Esta forma anormal de comportamiento puede repercutir en la personalidad de estas personas, que de hecho son más sensibles a padecer problemas disociativos y trastornos de personalidad del grupo B (Lyons-Ruth, 2005, 2006).

Otras explicaciones posibles

Las situaciones en las que se producen adopciones son muy heterogéneas, sin embargo, se ha descrito una circunstancia relativamente frecuente relacionada con la adopción, especialmente la de edades avanzadas. Cuando los niños adoptados han pasado tiempo institucionalizados, pueden haber aprendido esquemas de actuación y esquemas afectivos inadecuados debido a la situación de múltiples cuidadores en la que han vivido. Estas actuaciones dejan perplejos a los padres, que se sienten frustrados en sus expectativas de brindar amor y cuidados a ese niño que los rechaza. Los padres se cuestionan su capacidad de ser padres, llegando a plantearse devolver al niño al sistema. La ambivalencia afectiva hacia ese hijo puede tornarse cada vez más evidente y el niño puede llegar a percibir la amenaza de abandono. Para evitar estas circunstancias, muchas Comunidades Autónomas obligan a los padres a realizar una serie de programas preparatorios para la adopción en los que, además de aprender sobre estilos educativos y pautas de crianza, aprenden que los sentimientos ambivalentes son frecuentes en los procesos de adopción.

En esta línea, Juffer y Hoksbergen (1997) diseñaron dos programas de intervención temprana para apoyar a las familias que habían adoptado a niños menores de 5 meses. Estos programas buscaban promover la respuesta sensitiva maternal, la relación de apego seguro madre-hijo y facilitar una conducta exploratoria en los niños. El primer grupo de intervención recibió un libro cuya finalidad era sensibilizar a los padres ante las demandas del bebé. El segundo grupo, además del libro, recibió 3 sesiones de video en sus casas. Los resultados mostraron una mejora significativa del segundo grupo de intervención con respecto al primero y a un grupo control, en cuanto a la sensibilidad de la madre ante las respuestas de los niños y la mejora del comportamiento cooperativo entre ambos.

Otra circunstancia descrita es la separación de hermanos que han vivido la primera infancia juntos. Esto puede constituir un factor de riesgo para presentar conductas desadaptativas durante la adolescencia y dificultar la relación con los padres adoptivos (Leathers, 2005).

También se ha descrito como factor de riesgo el país de procedencia del niño adoptado. Por ejemplo Quarles y Brodie (1998) determinaron que el 33% de los niños procedentes de Rusia y de países de Europa del Este mostraban retraso en el desarrollo motor y el 16% sufrían retraso en desarrollo cognitivo y del lenguaje, además (Remkus, 1991) estos niños son más propensos a manifestar apego inseguro. Esto puede deberse a los diferentes sistemas de atención a los menores en desamparo que existen en estos países (ambientes poco estimulantes, pocos cuidadores, etcétera)

Discusión

El establecimiento del vínculo del apego en situaciones de adopción es un tema muy estudiado, dada la preocupación que genera tanto en los adoptantes como en los investigadores. La importancia de este vínculo hace que sea necesario tomar las medidas pertinentes para favorecer su buena aparición.

Las investigaciones realizadas hasta el momento se encuentran con dos problemas fundamentales: la selección de la muestra y el tipo de estudio elegido. Sobre la muestra tenemos que decir que, en la mayoría de las investigaciones actuales (Ames & Chisholm, 2001; Chisholm, Carter, Ames, & Morison, 1995; MacLean, 2003; Marcovitch et al., 1997; O’Connor et al., 2003, Habersaat et al., 2010), se pone de manifiesto que la edad en la que se adopta al niño es un factor de riesgo para la formación del vínculo; sin embargo, los datos en contra (Verissimo & Salvaterra, 2006) apuntan a que, aunque la edad avanzada puede constituir un factor de riesgo, no es un factor determinante. La falta de estimulación en la primera infancia puede suplirse con la estimulación tardía. La pregunta que cabría al respecto es acerca de qué medidas son necesarias para favorecer el desarrollo del apego seguro ante situaciones de riesgo. La generación de un vínculo seguro será más complicada cuanto más avanzada sea la edad del sujeto, por lo que se debe investigar qué patrones de interacción y qué actitudes en los cuidadores es necesario promover para poder entrenar a los padres adoptantes que eligen niños mayores de dos años. Por otro lado, sería interesante evaluar si es necesaria la ayuda profesional, ya que algunas investigaciones (Huges, 2004) han conseguido buenos resultados con el uso de psicoterapia o terapia familiar en estos casos.

El problema en el estudio de estas variables es que sería necesario realizar estudios longitudinales exploratorios previos para estudiar las características de la interacción reciproca haciendo referencia a características propias de los padres pero también de los niños, tales como la iniciativa, el tiempo de latencia de respuesta a peticiones, etcétera.

En cuanto al tipo de estudio, la realización de estudios longitudinales siempre es problemática por la alta mortandad experimental y la dificultad de seguimiento, pero es interesante, como los pocos estudios longitudinales que existen hasta el momento (Pugliese, Cohen, Farnia & Lojkasek, 2010), ya que muestran una mejora a largo plazo en el desarrollo afectivo de las personas que fueron adoptadas. Esto podría indicar que, si bien el desarrollo afectivo se ve retrasado, puede llegar a desarrollarse hasta parámetros normales.

Con respecto a las experiencias previas que los niños han sufrido, sin duda pueden constituir un factor de riesgo. Quizá sea necesario conocer las consecuencias de una intervención familiar orientada a ayudar a estos niños a integrar en su historia personal el posible rechazo, abuso o maltratado, sufrido por su familia biológica y sobretodo lograr una atribución causal adecuada (Heider, 1958; Kelley, 1972 & Weiner, 1974, 1986). Los problemas vivenciados por estas personas, según estas teorías, podrían deberse a la atribución interna de responsabilidad de las situaciones negativas que han vivido. La percepción de estas situaciones como incontrolables puede ayudar a la integración de las mismas en la historia personal del sujeto.

Queda mucho por conocer sobre los factores promotores de la generación de un vínculo seguro en situaciones de adopción y las repercusiones en la vida afectiva y social adulta. Moss (1997 citado en Levy & Orleáns, 2000) identificó siete factores que podrían promover el apego seguro. Lo novedoso de su propuesta es que en lugar de centrarse en las características de los niños adoptados (normalmente relacionadas con su pasado), como hacen la mayoría de las investigaciones, se centra en aspectos relacionados con la dinámica de la nueva familia como proporcionar el apoyo adecuado al hijo adoptivo, la flexibilidad emocional y comunicación entre los cuidadores, la flexibilidad de los roles parentales, el buen manejo de situaciones conflictivas y búsqueda de ayuda adecuada, el conocimiento sobre desarrollo infantil y dinámica afectiva.

El estudio de estos factores es complicado, ya que la observación directa de la interacción familiar da lugar a muchos sesgos pero es posible la creación de encuestas o entrevistas regladas que examinen algunos de estos factores. Si se comprobase que predicen realmente la mejora en el establecimiento del apego y que esto tiene repercusiones positivas a largo plazo podrían idearse intervenciones, cursos de preparación u otros medios orientados a la mejora de la competencia de los adoptantes.

Por otro lado, no se ha estudiado de forma exhaustiva el efecto que tiene la dinámica familiar en la creación del vínculo de apego en casos de adopción cuando existen hermanos. Con el proceso de adopción se incorpora un nuevo miembro a la unidad familiar ya existente. Esta unidad familiar puede estar constituida sólo por los cuidadores, o bien por otros hijos. Existen diferentes tipos de familias adoptantes, cada una con unas características particulares, pero a todas ellas les une la preocupación de no crear diferencias entre los hijos propios y los adoptados, y de poder reajustarse correctamente a la nueva situación y a los nuevos roles. Es posible que, en la adopción de hermanos, exista una ambivalencia de sentimientos similar a la reacción que ocurre ante la llegada de un hermano biológico, ya que el sentimiento de hermanos no depende de la relación sanguínea sino del vínculo que se construye entre ellos. Esta relación, conlleva un aprendizaje y una identificación recíproca: se sienten celos, rivalidad, envidia, secretos, resentimientos pero también apoyo y ayuda.

En este sentido, el papel de los hermanos puede precipitar los sentimientos de ambivalencia, por ello, sus sentimientos, reacciones y creencias sobre la adopción deben ser tenidos en cuenta y deben ser objeto de intervención, en caso de ser necesario.

En resumen, hasta ahora, la mayoría de los estudios sobre la vinculación afectiva se han centrado en la descripción de una realidad, constatándose el riesgo que supone la adopción bajo determinados factores (edad del niño, experiencias previas, etc.) para el buen desarrollo afectivo y social. Sin embargo, pocos estudios han investigado la relevancia de la dinámica familiar como determinante de la formación del apego y quizás esto sea más interesante, en tanto nos permite intervenir para promover el desarrollo afectivo óptimo de estos niños y conseguir que la adopción deje de ser considerada como un factor de riesgo.

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Para citar este artículo:

  • Junquera, C., López, J.J., García, P. & García, A.  (2011, 17 de junio). Desarrollo del vínculo del apego en situaciones de adopción: Revisión bibliográfica. Revista PsicologiaCientifica.com, 13(7). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/vinculo-apego-adopcion

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