Representación mental y consciencia
Neurociencias - Psicobiología


  • Fernando Cárdenas P.
    Universidad de los Andes
    Bogotá D.C., Colombia

Resumen

  • Los datos obtenidos desde la Neuroanatomía, la neurofisiología y la neuropsicología, se utilizan como fundamento experimental para la construcción de una teoría del funcionamiento cerebral, capaz de permitir una mayor comprensión de la consciencia y la mente. Se propone una interpretación diferente de los datos obtenidos en la práctica clínica y en la neurofisiología experimental, buscando con ello crear las bases para el diseño de una teoría de la mente. Dicha teoría brindará mayores posibilidades para la comprensión de la consciencia desde una óptica científica contemporánea.



Fundamentalmente, la diferencia entre los términos “representación mental” y “representación topográfica cerebral” estriba en que el primero, y no el segundo, conlleva implícitas tanto la aceptación de la existencia de una experiencia subjetiva de realidad interior, como la capacidad para saberse poseedor de ella. Experiencia subjetiva de realidad interior, (asimilable a la qualia, tal como fuera propuesta por William James), y capacidad para saberse poseedor de ella (asimilable a consciencia, tal como es entendida por Francis Crick, Christof Koch o Robert Hawkins), se hallan fusionadas tanto espacial como temporalmente en la dinámica de la función cerebral, por lo que su separación en dos elementos corresponde netamente a un afán didáctico y a una necesidad metodológica.

Se hará, en este espacio, una breve presentación de algunas ideas actuales que permitirán arrojar luz sobre este apasionante tema, “Frontera final del conocimiento en neurociencia”, según afirmara en 1992 Eric Kandel, de la Universidad de Columbia (Kandel, E., Schwartz, J., & Jessell, T., 1992). Se iniciará con una rápida contextualización del estado del denominado problema mente-cerebro tanto al interior de la psicología como de la neurociencia. Posteriormente, se esbozarán algunos elementos desde la Neuroanatomía y la Neurofisiología, básicos para la comprensión de la representación topográfica cerebral. Finalmente, se realizará un salto hacia la esfera psicológica (o si se quiere mental), utilizando algunos conceptos contemporáneos, no muy usuales dentro de la interpretación tradicional de los datos experimentales y clínicos. No obstante, deseo hacer énfasis en que esta es una posición hipotética y en que quizá nunca dispongamos de la posibilidad de lograr una explicación real de los fenómenos mentales, tal como propusieran Roger Penrose, físico de la Universidad de Oxford, o David Chalmers, filósofo de la Universidad de Washington, durante el encuentro sobre consciencia, realizado en abril de 1994 en Arizona, EE.UU. (Horgan, J., 1994).

Problema mente-cerebro: Visión 1995

Antes que nada una nota aclaratoria: lo que se esbozará en este apartado corresponde sólo a una brevísima panorámica del estado del problema mente-cerebro. No se pretende profundizar en el tema, pues no es el objetivo de este documento. Si el lector interesado en lograr un mayor detalle, se le sugiere revisar, entre otros, a Bunge, M. (1977; 1980; 1982); Bunge, M., y Ardila, R. (1988); Eccles, J. (1994); Edelman, G. y Mountcastle, V. (1978); Fernández Guardiola, A., (1979); Hebb, D., (1980); Olds, J., 1975; Ornstein, R. (1973); Oakley, D. (1985); Creutzfeldt, O., y Eccles, J. (1990).

Neurociencia y psicología avanzaron por la historia, recorriendo caminos aparentemente divergentes; en esto fue crucial la influencia de la posición kantiana, de acuerdo con la cual, las disciplinas fenomenológicas (o de la experiencia vivencial) no pueden por principio recibir el mismo tratamiento que las disciplinas naturales (o propiamente científicas), permaneciendo, así, al margen del estudio científico. Dado este planteamiento, el estudio de los fenómenos psicológicos o mentales fue guiado preponderantemente por filosofías idealistas en ocasiones monistas, aunque con mayor frecuencia dualistas, las cuales fueron paulatinamente llevando a la psicología hacia una aislamiento teórico-conceptual que culminó en la creación de discursos autosustentados, sin interlocutor y, en ocasiones, fundamentados tan sólo en el sentido común o la imaginación. Otras vertientes del pensamiento en psicología se apoyaron en herramientas matemáticas o en elementos tomados de la física, con el ánimo de buscar una “cientifización” del conocimiento generado, cosa que naturalmente no se logró, pues es obvio que la cientificidad de una disciplina en modo alguno descansa únicamente sobre la metodología con la que se trabaje, por lo que dichas vertientes desembocaron en el desarrollo de complicadas elaboraciones matemáticas que, sin embargo, no pasaban de un nivel descripitvo básico.

Con los primeros trabajos experimentales sobre el funcionamiento del sistema nervioso, desarrollados hacia finales del siglo XVIII por Albrech von Haller, se dio inicio a la actual neurociencia. A diferencia de la psicología, la neurociencia reclamó para sí al cerebro (y al sistema nervioso en general) como objeto de estudio, llegando al poco tiempo a la formulación de problemas relevantes de los denominados procesos superiores (pensamiento, cognición y lenguaje), con lo que se creó la imperiosa necesidad de definir una posición filosófica frente a las características mentales de la función cerebral. Razonablemente, se asumió una óptica materialista-monista, según la cual la mente habría de buscarse en el funcionamiento cerebral, con lo que en esta relación sería dependiente de él. Esta posición cerró inmediatamente las puertas a muchas de las corrientes filosóficas, teológicas, psicológicas, metafísicas, sociológicas, etc., que creían ver a la mente como entidad de naturaleza diferente a la biológica. Dentro de este proceso, fueron cruciales tanto el surgimiento de la neuropsicología en 1861, gracias al trabajo de Paul Broca, como los hitos marcados por Donald Hebb, Wilder Penfield, Brenda Milner, Mijailovich Sechenov, Alexander Luria o Michael Posner, por sólo mencionar algunos. Evidentemente, algunas de las escuelas de pensamiento en psicología aportaron elementos teóricos articulables con el desarrollo en neurociencia. Tal es el caso de la psicología cognoscitiva y hasta cierto punto del análisis experimental del comportamiento, aunque tal articulación fue mucho más favorable para la elaboración teórica dentro de la neurociencia que dentro de la misma psicología.

Nadie dudaría actualmente que la solución al antiguo problema mente-cerebro, consiste en asumir, como sugiere Francis Crick, que “nuestros gozos y nuestras penas, nuestros recuerdos y nuestras ambiciones, nuestro sentido de identidad personal y de libre albedrío, no son en realidad sino el comportamiento de amplias asambleas neuronales y de sus moléculas asociadas” (Crick, F., 1994). Asimismo, al interior de la psicología actual, el florecimiento de los enfoques de corte biológico (Psicobiología, neuropsicología, psiconeuroendocrinología, etc.) ha posibilitado un replanteamiento de los referentes tradicionales. Simultáneamente, el auge de las ideologías basadas en la física cuántica, matizadas por los avances en el conocimiento de las posibilidades interpretativas y explicativas de los modelos matemáticos no lineales (sistemas dinámicos, matemática del caos) y de la geometría fractal, día a día, incrementa las posibilidades de lograr una teoría de la mente más acorde a la realidad (Briggs, J., & Peat, D., 1986).

Anatomía y fisiología de la representación cerebral

Millones de elementos son captados en cada instante gracias a los sistemas perceptuales que, funcionando como filtros, permiten el paso de sólo una infinitésima parte del mundo externo, la parte que a lo largo de la historia evolutiva de la vida en este planeta resultó de importancia crucial para el automantenimiento de los organismos. Además de no corresponder a la totalidad del mundo real, este reflejo de diferentes características de la materia es traducido por los receptores sensoriales en señales nerviosas y como tales se mantiene al interior del sistema biológico, a pesar de que luego de algún tiempo pueda ser transformado en outputs de naturaleza motriz, endocrina, exocrina, cognoscitiva o verbal. Rastreando la anatomofisiología de las diferentes vías sensoriales, se llega a la determinación de un proceso de desintegración de las unidades perceptuales en sus mínimos componentes. Inicialmente, la información ambiental excita a alguna población de receptores los cuales, en su conexión con las terminaciones (o más apropiadamente iniciaciones) nerviosas, traducen tal información en actividad nerviosa, en la forma de una modificación local de las acumulaciones iónicas transmembrana de Na+ y K+. Esta modificación avanza a lo largo del axón a velocidades entre los 20 y los 120 ms/sg y culmina en los pies terminales de la neurona con la liberación de substancias transmisoras, las cuales a su vez actúan como un nuevo estímulo para las neuronas u otras células sobre las que establecen contacto. Este proceso, en el caso de los sistemas sensoriales (excepción hecha del sistema olfatorio), llega hasta una serie de agregados neuronales o núcleos denominados en conjunto tálamo, con una organización tan precisa que es posible determinar mapas de representación somática, visual o auditiva en los núcleos ventral posterolateral, geniculado lateral y geniculado medial, respectivamente. Semejantes mapas del cuerpo, la retina o la cóclea, se mantienen en la corteza cerebral con idéntica precisión, una vez que los impulsos son retransmitidos desde el tálamo.

Obviamente, la información no mantiene un recorrido único en serie. Es decir, los impulsos nerviosos originados en determinados receptores, además de ser transmitidos hacia la corteza cerebral son enviados hacia otros lugares (amígdala, hipocampo, colículos superiores e inferiores, formación reticular, etc.). Este proceso evidencia una organización arquitectónica en paralelo, simultánea con una en serie, basada en los principios de convergencia y divergencia de la conectividad sináptica, con lo que conforma redes o mallas de procesamiento de información. La activación recurrente de los mismos nodos de conexión, establece un proceso que constituye una ganancia evolutiva sin precedentes, pilar del desarrollo de los sistemas biológicos animales: la memoria. Inicialmente, por una simple facilitación electroquímica para el trabajo de determinadas conexiones sinápticas (memoria a corto plazo), y posteriormente como generación de nuevos contactos sinápticos, es decir, modificación física de la estructura misma (memoria a largo plazo o memoria permanente).

La organización en paralelo además posibilita al sistema nervioso para obtener una ganancia en tiempo de procesamiento al descentralizar el trabajo y permitir que algunas regiones se encarguen del análisis de determinadas características, mientras que otras regiones analizan otras. En este punto surgen dos cuestiones principales: ¿es posible lograr una experiencia subjetiva sin utilizar para nada los receptores sensoriales? Y ¿existe algún punto anatómico en el cual se reintegre la desintegración sufrida por los preceptos? Muchos autores responderían si, sin ninguna vacilación ante la primer pregunta, basándose incluso en los pioneros trabajos de Wilder Penfield (Penfield, W., 1937). A raíz de estos últimos se sabe que al estimular diferentes puntos de la corteza cerebral es posible obtener percepciones tales como fosfenos, sonidos, recuerdo de situaciones sociales, así como actividades motrices complejas. Pero, frente a la segunda pregunta existe aún alguna controversia, en la que algunos autores están a favor y algunos en contra; sin embargo, una respuesta completa a esta pregunta requerirá del análisis del binding, o proceso de integración (Llinás, R., & Paré, D., 1993; Koch, C., & Crick, F., 1994).

Anatomía y fisiología de la representación mental

Recientemente se ha suscitado una controversia entre dos posiciones: una clásica, según la cual la representación topográfica espacial bastaría para dar cuenta de los procesos de consciencia, y una contemporánea, según la cual esta representación topográfica es insuficiente en sí misma y ha de ser complementada con un análisis temporal. Esta segunda posición ocupa actualmente un primerísimo lugar en la investigación, y ha dado origen al concepto de binding, que puede traducirse al español como integración (Llinás, R., comunicación personal; Horgan, J., 1994) o coherencia (Cibilis, D., Lorenzo, J., y González, N., 1995). Anatómicamente hablando, los circuitos responsables de este proceso han sido descritos con mucha antelación (Krieg, E., 1968, por ejemplo); corresponden básicamente a proyecciones de tipo tálamo-cortical similares a las relacionadas con los relevos sensoriales, salvo que no se trata en este caso de una proyección específica adscrita a una modalidad específica sino a un trabajo de tipo espontáneo de otras poblaciones neuronales relacionadas con el sistema reticular activador ascendente. Por lo tanto, son circuitos en gran medida paralelos con el trabajo de vigilia y atención. Ha de entenderse espontaneidad como un proceso organizado espaciotemporalmente, de forma que a nivel espacial establece contactos con ciertas ramificaciones dendríticas corticales (fundamentalmente en las capas superficiales), a lo largo de toda la corteza. Igualmente, existe una secuencia temporal de funcionamiento que puede entenderse de forma macroscópica como un efecto de barrido del estado de activación cortical, realizado en sentido rostro-caudal y a una altísima velocidad (uno aproximadamente cada 12,5 ms). Al juzgar el estado momentáneo de activación cortical, estos circuitos permitirían crear un continuo de comparación entre el (los) estado (s) inmediatamente anterior (es) y el estado presente, proceso que correspondería, según algunos autores, al fenómeno mismo de la consciencia; se cuenta con una serie de datos experimentales que apoyan esta hipótesis. De ellos son quizá los de Urs Ribary y su grupo de la Universidad de Nueva York, los más contundentes: en sus experimentos típicos, se pide a un sujeto que escuche un sonido presentado binauralmente, y juzgue si se trata de uno o dos clicks; simultáneamente se va realizando a cabo un registro magnetoencefalográfico en el lóbulo temporal.

Originalmente, existían informes desde la psicofísica, principalmente a raíz de los trabajos de Kristoffersen, según los cuales existiría un tiempo mínimo para el establecimiento de la percepción; sin embargo, sólo hasta los trabajos de Ribary se ha podido establecer un correlato neurofisiológico del proceso responsable. Según los datos obtenidos, si se presenta una serie de dos clicks distanciados temporalmente 12,5 ms o más, el estímulo percibido se juzgará como dos sonidos; por el contrario, si la distancia temporal entre los dos clicks es inferior a 12,5 ms, se juzgará como un sólo sonido. Dicho de otra forma, el cerebro realiza una lectura de quanta temporales de 12,5 ms; todas las informaciones (traducidas en puntos de actividad cortical) presentes en cada uno de estos barridos temporales, serán compiladas como una sola “imagen cognoscitiva”, la cual se integrará con la leída en el siguiente periodo de 12,5 ms, generándose así una representación topográfica espaciotemporal. Esta hipótesis se halla en la frontera entre la representación topográfica cerebral y la representación mental, apoyando las intuiciones de finales del siglo XIX de William James, quien veía a la consciencia como una corriente que fluye o marcha; sin embargo, es claro que esta hipótesis sólo nos permite llegar a otro nivel en el proceso de explicación del fenómeno, pero no nos brinda la posibilidad de desentrañar el misterio del mundo subjetivo.

Simultáneamente, con los datos obtenidos en la experimentación, existe otra inmensa vertiente para la obtención de información sobre la consciencia: la práctica clínica neuropsicológica. Actualmente se define a la neuropsicología como una ciencia interdisciplinaria, confluencia de las disciplinas neurológicas y psicológicas, cuyo objeto de estudio es el análisis de la organización cerebral de los procesos psicológicos (Ardila, A., y Rosselli, M., 1992; Heilman, K., y Valenstein, A., 1993; Kolb, B., y Whishaw, Y., 1990). Tradicionalmente se han considerado atención, memoria, aprendizaje, cognición, motivación y lenguaje como principales procesos psicológicos. Así, el campo de trabajo en neuropsicología ha sido principalmente el análisis de la alteración sufrida en estas funciones como consecuencia de lesiones cerebrales o de envejecimiento.

Naturalmente la lesión cerebral conllevará pérdida general de algunas funciones en mayor o menor grado, dependiendo ante todo del tamaño de la lesión y de su ubicación. Sin embargo, es posible aislar o disociar las manifestaciones de cada uno de estos procesos, realizando lo que Luria propusiera como un análisis factorial (lo cual fue desarrollado posteriormente por Alfredo Ardila).

Al respecto del tema desarrollado en este documento, resulta interesante mencionar la existencia de una categoría sindrómica, conocida como agnosia, que se define como una pérdida del reconocimiento de estímulos, a pesar de hallarse intacta o relativamente intacta la percepción de los mismos (Ardila, A., y Rosselli, M., 1992). Las agnosias pueden clasificarse con relación al canal perceptual afectado (agnosia visual, agnosia auditiva, agnosia táctil, etc.), o con relación a la función perdida (prosopagnosia, agnosia construccional, etc.). Simultagnosia, por ejemplo, hace referencia a la pérdida de la capacidad para integrar en un todo coherente los estímulos visuales presentados, a pesar de existir una visión normal. El caso de la prosopagnosia implica la imposibilidad para reconocer personas por la visión de la cara, a pesar de reconocerlas por otros rasgos (voz, vestimenta, etc.). Referente al reconocimiento de las caras, se ha podido evidenciar la disociación de componentes corticales y subcorticales en el proceso de discriminación: una persona con prosopagnosia es capaz de juzgar el valor emocional asociado con un rostro, a pesar de no poder saber de quién se trata (Cardena, F., y Lamprea, M., 1995). Vinculamos de esta forma procesos corticales con la percepción consciente y subcorticales con una percepción inconsciente.

Igualmente interesante resulta el estudio de la denominada “visión ciega” (blindsight), alteración debida a una lesión de las regiones posteriores de los lóbulos occipitales, y caracterizada por el reporte de ceguera total, hecho por el paciente. Esto es simultáneo con la posibilidad de realizar reflejos de acomodación a la distancia, adaptación a la intensidad lumínica, seguimiento de objetos e incluso identificación de imágenes en tareas de “adivinación forzada” de figuras presentadas, tareas en las que se le solicita al paciente que luego de “ver” un objeto (naturalmente él afirma no poder verlo), señale en un grupo de láminas presentadas cual fue la que vio.

Concomitante a otras pérdidas funcionales, es posible encontrar anosognosia, consistente en la ausencia de una toma de consciencia de la pérdida funcional, acompañada de un encubrimiento de la deficiencia; a continuación se presentan algunas evidencias clínicas de interés para nuestro análisis; un paciente con visión ciega (lesión occipital posterior bilateral), pide ser desplazado en su casa de cuarto en cuarto, pues asegura que en ninguno de ellos hay luz, si se le dice que en realidad está ciego, se ríe y no lo cree; un paciente con paresia superior izquierda (lesión frontal posterior derecha), asegura que puede mover perfectamente su mano, y lo comprueba tomándola con la mano derecha y moviéndola en diferentes direcciones; un paciente con afasia de Wernicke, (lesión temporooccipital izquierda), cree que la gente está jugando a hablar en jerigonza para que él no pueda comprenderlos; una paciente con heminegligencia contralateral (lesión parietooccipital derecha), se asombra al observar su brazo izquierdo pues considera que pertenece a otra persona, posteriormente lo empuja, y le habla en tercera persona, etc.

Inicialmente descrito como una estructura anatómica virtualmente sin ninguna función diferente a sostener los dos hemisferios cerebrales, el cuerpo calloso, es un elemento crucial para el funcionamiento integrado de los dos hemisferios. Básicamente, es apartir de los trabajos de escisión (comisurotomía), realizados por Roger Sperry (Sperry, R., 1961), que se ha venido entendiendo este papel, difundiéndose ampliamente dentro de la neurociencia el estudio del cerebro dividido (split brain); incluso se discute la posibilidad de existencia de una mente dividida análoga. Obviamente, dado que cada hemisferio parece tener sus propias funciones, es posible demostrar la contribución independiente de cada una de ellas a la formación de la mente única; dos mentes en una, e incluso dos consciencias independientes y hasta conflictivas, tal como demostrara Victor Mark, neurólogo de la Universidad de Dakota del Norte, al solicitarle a una paciente comisurotomizada que dijera si sentía una de sus manos. Después de una pausa, la paciente decía “… sí, no …, sí … sí…, no…, espere…, sí…”. En este momento, Mark presentaba una cartulina con un SI y un NO y solicitaba a la paciente que con el dedo señalara su respuesta. La paciente señalaba con una mano el SI y con la otra el NO (Horgan, J., 1994). A primera vista salta que este conflicto residía en el intento de cada hemisferio por lograr una hegemonía total.

Naturalmente, ninguno de estos breves casos ofrece una explicación de la consciencia. Sin embargo, brindan la oportunidad de puntualizar algunos aspectos dignos de ser tomados en consideración:

– En algunas regiones cerebrales, además de poder encontrarse un punto crítico para la ejecución de alguna función, reside la consciencia de esta misma función.

– En algunas otras regiones cerebrales parece hallarse únicamente un punto crucial para la ejecución de alguna función, pero no para la toma de consciencia de la misma función o de otras.

– La consciencia, tal como ha sido definida inicialmente (capacidad para saberse poseedor de un sí mismo), correspondería en general a un proceso no sólo cortical, como tradicionalmente se sostiene, sino más bien a una integración funcional entre procesos corticales y subcorticales.

– Estos procesos corticales y subcorticales están, a su vez, compuestos por subunidades de procesamiento diferencial.

– El concepto de sí mismo (self), no depende de la integridad funcional del sistema.


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Para citar este artículo:

  • Cárdenas, F. (2003, 03 de noviembre). Representación mental y consciencia. Revista PsicologiaCientifica.com, 5(8). Disponible en:http://www.psicologiacientifica.com/representacion-mental-y-consciencia


4 Comentarios para “Representación mental y consciencia

  1. Gonzalo

    Muy buena diferencia entre representación mental (simbólica) y conciencia. No entiendo porque este articulo no tiene comentarios si está buenísimo.

  2. Rosa López

    El artículo me parece muy completo, aunque creo que dentro de los estudios actuales no se incluyen la diferencia entre “Conciencia” y “Consciencia”, ya que un ser humano, por ejemplo un autista, aunque no tenga consciencia existe. ¿Pudiera ser este el punto de resonancia?

  3. PSICOHUGO

    Pienso que al artículo no hay que refutarle nada, realmente excelente, felicitaciones Dr.

  4. Bernardo

    Excelente heurística investigativa, la genealogía de la interdisciplinariedad es sorprendente asi como la sistematicidad.

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