Estructura familiar de una adolescente consumidora en conflicto con la ley penal e interacciones psicojurídicas
Psicología Jurídica - Forense


  • Claudia Alejandra Parra
    Psicóloga
    Maestría en Psicología Clínica y de la Familia
    Universidad Antonio Nariño
    Bogotá, Colombia

Resumen

  • Se establece la relación entre los aspectos estructurales familiares y el consumo de sustancias psicoactivas en un adolescente mujer institucionalizada infractora de la ley penal. Se realizó un estudio de caso, en el que participó una adolescente de 17 años, en una entrevista abierta acerca de la estructura familiar y de las razones por las cuales ella fue institucionalizada. El estudio se basó en el enfoque sistémico para explicar las interacciones que se presentaron en el microsistema, como entre éste, el sexo y el macrosistema, y a su vez en relación con el consumo de sustancias psicoactivas y el comportamiento criminal. Se concluye que la estructura de la familia puede influir directamente en el consumo de sustancias psicoactivas y en el comportamiento criminal.

    Palabras clave: Estructura familiar, consumo de sustancias psicoactivas, adolescente, institucionalización, infractores ley penal, enfoque sistémico, psicología jurídica y forense.



Los objetivos del último Estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en los adolescentes en conflicto con la ley en Colombia llevado a cabo en el año 2008, el tercero a nivel nacional, fueron los de establecer la magnitud y las características del consumo de psicoactivos según variables sociodemográficas, conocer la percepción social de riesgo asociado a las distintas sustancias de abuso, y determinar la disponibilidad y la oferta de las sustancias ilícitas más conocidas.

El estudio mostró que cerca de la mitad de la población colombiana usa ordinariamente sustancias legales como el alcohol y el cigarrillo, y no menos de la quinta parte se halla en situación de riesgo o con problemas relacionados con el abuso. Asimismo, se evidenció que el 10% ha usado sustancias ilícitas alguna vez en la vida, y aproximadamente 540.000 personas, es decir, el 3%, lo hicieron en el último año. Pero lo más alarmante que se reveló fue que el consumo reciente de sustancias ilícitas es tres veces mayor entre los hombres que entre las mujeres, y que la mayor prevalencia de edad en el uso de psicoactivos ilícitos es de 18 a 24 años (6%). Sigue el grupo de 25 a 34 años (3,9%) y de 12 a 17 años (3,4%). El estudio expuso que en una muestra de 29.164 personas, 4.281 tenían entre 12 y 17 años; y uno de cada cinco había consumido alcohol durante el último mes (19,55%). De ellos casi una tercera parte pueden ser considerados consumidores de riesgo.

Estos datos resultan alarmantes a la hora de conectarlos con el ciclo vital de las familias, el cual es entendido por Sánchez, M. & Valencia, S. (2007), como los “cambios tanto en las reglas y normas de comportamiento y de relaciones establecidas como en las funciones y los roles que asume cada uno de los miembros en el grupo familiar”, mostrando sus vínculos, la adaptabilidad, la comunicación y los recursos para responder ante la situación de consumo y a la vez su interconexión con el macrosistema.

En este mismo sentido, el estudio ya citado evidenció que existen “Investigaciones realizadas en otros países, y algunos estudios exploratorios cualitativos o estadísticos en pequeña escala en Colombia, que sugieren que el consumo de psicoactivos en los adolescentes infractores de la ley penal es notablemente mayor que el de la población general y el de los jóvenes escolarizados. Se ha detectado que en muchas ocasiones el consumo de drogas precede o acompaña la comisión de actos delictivos entre los adolescentes, y que factores de riesgo para el abuso de drogas han sido reconocidos también como factores causales de delitos en este segmento de la población”.

Todo lo cual muestra la convergencia entre los factores de riesgo para el abuso y los factores causales de delitos, entre los que se destacan los relacionados con aspectos estructurales de la familia.

El Instituto de Sociología de la Pontificia Universidad Católica y El Servicio Nacional de Menores (SENAME) de Chile realizaron un estudio de prevalencia y de factores asociados en los adolescentes infractores de la ley en el año 2006, y un estudio sobre consumo de alcohol y drogas y factores asociados en jóvenes en conflicto con la ley, con 4.800 adolescentes hombres y mujeres, en el que encontraron que entre los principales factores relacionados con el abuso y la dependencia a las drogas estaba la edad, la influencia de los pares, la reincidencia delictiva y también los trastornos parentales; explican como los padres poco involucrados o con problemas de alcohol u otras drogas se relacionan con el consumo.

Se destaca que parte de la población infractora no está involucrada con el consumo de droga; son adolescentes que no han dejado la escuela, no tienen trastornos significativos de salud mental, sus familias tienen menos comportamientos desviados que le sirven de apoyo a su tratamiento.

Desde el punto de vista estructural es sugestivo el estudio, pues aunque no destaca aspectos directamente relacionados con el enfoque sistémico, se vale de situaciones vividas en la familia para explicar su conexión con el consumo, identificando bajo la categoría “expresiones de amor”, calificaciones dadas por los adolescentes con apenas un total de 66.7%. Este porcentaje desciende con respecto a la calificación que dan los adolescentes al interés de los padres por la educación de los hijos, que cuenta con un total de 87,2 o variables que también caen como diálogo, reduciéndose también la del saber por parte de la familia dónde y con quién está, obedecer las normas y establecer los límites o ver los insultos que cuentan con casi la mitad del porcentaje.

Se conocen tres tipos de asociación entre alcohol/drogas y delito, la primera hace referencia a los delitos cometidos para tener drogas o para conseguir los recursos a fin de obtenerlas, lo cual es común en abusadores o dependientes quienes en el escenario forense pueden informar sobre cierta pauta de compulsión al consumo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que puede constituirse en un pretexto y por consiguiente en un atenuante. Lo que hace que se determine con evidencia complementaria respecto de la dependencia o al abuso.

Por último, la relación sistémica envuelve los delitos de las redes de producción y distribución en las que muchas veces se encuentran involucrados los adolescentes.

Con la presentación de este artículo se pretende mostrar el análisis realizado a una entrevista desde la postura sistémica, a la estructura familiar, sus interacciones con el mesosistema y posteriormente enlazarlo con aspectos de la Psicología Jurídica y Forense, generando algunas reflexiones de las implicaciones del consumo en el sistema de responsabilidad penal en adolescentes.

Metodología

La investigación corresponde a un estudio de caso en el cual, mediante encuentros para adelantar una entrevista abierta, se recogió información suficiente, a fin de describir los aspectos estructurales de la familia de una adolescente consumidora de sustancias psicoactivas, que se encuentra institucionalizada bajo el sistema de responsabilidad penal por haber transgredido la ley. De la información que se obtuvo se realizó un análisis desde la perspectiva de la psicología jurídica.

El diseño de la entrevista se estableció de tal manera que permitiera recoger información acerca de la estructura de la familia con relación al consumo. Para llevarla a cabo, y por tratarse de una adolescente, fue necesario establecer contacto y obtener autorización de la Defensora de Familia, teniendo en cuenta, previamente, la aprobación de la entrevistada y de la institución, con la cual se realizó una reunión.

El abordaje se efectuó en la institución, en un lugar adecuado, a solas con la adolescente, se grabó y se transcribió a fin de procesar la información y se adelantó una revisión bibliográfica para apoyar la investigación.

Descripción del caso

La familia de K, como se denominará a partir de ahora a la adolescente entrevistada, es una familia monoparental, con presencia de figura paterna, quien presenta antecedentes de consumo de sustancias psicoactivas e ingesta de alcohol; los padres se encuentran separados civil y geográficamente.

En el sistema también se evidencia institucionalización de otro miembro de la familia desde los 13 años, siendo un preadolescente, con un recorrido de siete años en este proceso, ya que en la actualidad tiene 20 años.

Se devela en el subsistema conyugal vivencia de violencia intrafamiliar aduciéndose razones domésticas, como la falta de cuidado en el hogar por parte de la madre con respecto al aseo. Dichas razones obran como justificaciones para que se diera el maltrato. Igualmente se devela que la pareja ha intentado varias formas o varios recursos para la solución del conflicto o para la resolución del problema.

La madre es descrita en unión con varias parejas, por tanto K ha vivenciado el abandono hacia el padre, así mismo el abandono de una de las parejas a la madre, quien además presenta sintomatología psicosomática y diabetes, que implicó la amputación de una de sus piernas.

K atribuye su consumo a la exposición a una situación caótica durante mucho tiempo. Paradójicamente, es una adolescente. Lo caótico está conformado por: consumo parental, violencia intrafamiliar, principalmente del sistema conyugal, cuando cesa al parecer por la salida del padre que representa conflicto para el hijo, se da entonces violencia parentofilial, parentalización, desligue del holón fraterno, abuso sexual al interior del hogar, la sensación de disconfort en el ambiente familiar, bajo rendimiento académico con repetición de grados, ansiedad, consumo de diferentes sustancias como alcohol, “perico” [cocaína] y la institucionalización prolongada.

También hay un significado desde la percepción. Lo ” visto”, es decir “ver” el caos, se asume ver el caos en una edad temprana al punto de interpretar como crítico el acercamiento de sus padres, o preferir que los padres se separen o percibir que la dinámica familiar empeora con un acercamiento del holón parental. El espacio relacionado como el hogar se traduce en “ahogo” y por ello hay la necesidad de salir de él. Se evidencia ansiedad e intolerancia hacia los miembros de la familia, inclusive del holón fraternal.

El subsistema fraterno se caracteriza porque en él se realiza la función parentalizada, que por algunas razones, como el consumo, se maneja indebidamente, dando como resultante su separación por la intervención del estado o del macrosistema a través de figuras jurídicas como las medidas de protección que, a la postre, como ya se ha mencionado, distancian el vínculo fraterno.

El subsistema fraterno se moviliza hacia el consumo cuando vivencia a nivel parental o cuando se percibe la familia como un caos, por vivenciarse su consumo.

Una de las primeras soluciones intentadas para comprender el “caos” en el que participa, es establecer comunicación con sus padres para entender “el caos “.

Para el caso que nos ocupa no se recibe explicación, no hay terminación, modificación o cambios en las interacciones familiares, lo que promueve en la adolescente el alejamiento y a la vez la interrelación con pares. Vale la pena decir que esta lectura para la adolescente resulta tan dramática que no sopesa lo vincular, que es precisamente lo que se transforma; también se transforma lo espacial, en el sentido de encontrar que se inicia una mayor destinación de tiempo en compartir espacios con pares.

Stanton y Todd (1982) observaron que “el abuso de drogas suele iniciarse en la adolescencia. Está vinculado con la crisis de separación, que involucra cambios más o menos rápidos e importantes en la vida familiar. El joven tiene nuevas conductas, busca la autoafirmación, el desarrollo de relaciones sexuales y abandona el hogar“. Es como si hubiera una transferencia de lo que conforma lo cohesivo, del ámbito familiar al ámbito social. En esta interacción se marca el pasar por alto el rol de los padres como autoridad, siguiendo con la manifestación de transiciones por la entrada y salida de personas significativas para su convivencia.

Otras de las soluciones intentadas para resolver o eliminar el consumo, son alejarse de sus amistades, haciendo contacto con el metacontexto, el cual hace referencia a los espacios en que se enmarcan los contextos de cambio, favoreciendo condiciones y dificultando otras: también es la construcción social que hacen las instituciones y el discurso circundante, posibilitando “entregarse” muchas veces a lugares como el Bienestar Familiar, pidiendo ayuda o asistiendo a la iglesia, abandonando precisamente la ingesta de sustancias en las que se ha iniciado como el pegante y la marihuana, pero manteniéndose en otras como la adicción en el “perico” y el alcohol. Desde esta perspectiva, el consumo concomitantemente se relaciona con el tiempo, con un ciclo vital.

No hay un orden en la aparición de esta forma de relación del adolescente consumidor, no se puede decir que un hábito esté primero que otro, es tal y como plantea el principio de equifinalidad: una misma situación podría tener diferentes resultados. Entonces la adhesión con pares, pares negativos, posibilita el consumo de cigarrillo, hay una escalada interaccional como la evasión escolar, la alteración de la conducta consistente en dar golpes a los coetáneos y también baja tolerancia a la frustración.

El significado que se da al consumo es relacional, dado que los adolescentes interrelacionan y establecen otra serie de actividades como el baile, la ingesta de cerveza, el consumo de cigarrillo, otras actividades como asistir a minitecas, establecer contacto con pares o amistades de mayor edad, conocer varios muchachos de ambos sexos y consumir con ellos sustancias que causan mayores efectos, resulta atractivo. A lo cual se suma establecer vínculos afectivos, asociados a la ingesta de licor y al inicio en la vida sexual, sin claridad de parte y parte, lo que produce frustración en las relaciones.

La adolescente K reconoce que requiere contención, que sus tiempos en el hogar demandan la realización de tareas y la fijación de reglas, pues se observa que como no se le destina a realizarlas y que estas a la vez son ejecutadas, en este caso por el padre, es interpretado finalmente como que “alguien hará lo que yo deje de hacer”.

La escalada en la adición involucra la deserción escolar y el mal rendimiento académico, que marcan el inicio en el consumo. Estas acciones hacen que entre su grupo sea vista bajo la denominación de “chiquitas”. Iniciar con la deserción significa estar “chiquitas” en su carrera del consumo, es como la forma de iniciarse. “Capar” es iniciar, significa ser chiquita ante el hecho del consumo.

Para hacer énfasis en lo relacional se debe dar una mirada a la conexión entre la iniciación en el consumo y la preocupación del significado atribuido por la familia, específicamente el nivel parental. No hay consumo sin cambio, sin el establecimiento de una relación. La escalada hacia el consumo incluye, por ejemplo, relación con comandos o barristas.

La disfuncionalidad en la autoridad es reconocida a través del ausentismo escolar, en estar en la calle hasta avanzadas horas de la noche, en pasarla en casa de una amiga. Igualmente, estas interacciones son significantes de consumo. Reconoce el momento en que se ” van saliendo de las manos de sus padres ” y por tanto la autoridad se va tornando difusa.

Las complejidades en las relaciones estructurales, como el consumo mismo, movilizan otros mensajes como la oposición a la autoridad, el robo, la inclusión en ambientes críticos en los que se moviliza el consumo de otros, el manejo de armas y enfrentamiento entre pares. Estas vivencias dan paso a una especie de progresión, en la que como se dijo, se inician con peleas físicas, robo a personas indefensas como adultos de la tercera edad, a mujeres, muchachos y hasta niños; robos de celulares e incluso con ingreso a cabinas telefónicas.

Los momentos críticos del consumo y de la actividad delictual, se acompañan de “alteración de la conciencia y de la sensopercepción”, se describen vivencias de abuso sexual, que bien podrían considerarse como una alucinación. Entonces, la relación positiva con el consumo se da es precisamente porque la experiencia tiene un significado gratificante a través de la alteración de la conciencia.

Los cambios que se producen en esta transición van desde el cambio en su forma de vestir, que generalmente se acompaña de ropa ancha, hasta comprometer su vida, luego de establecer peleas con uso de las armas blancas. El significado que se le da a esta interacción es el miedo ante la pérdida de la vida. Este hace que se retire de alguna manera de estas conductas, al verse el significado de la pérdida de la vida, frenando su relación con el ambiente al que se ha estado expuesto.

La auto descripción que realiza K está sujeta a la manera que como hijos suelen mostrarse: más inhibidos, en contraposición con la actitud desplegada por el padre facilitando fumar en la casa, orientándolos en que el consumo no es malo, habilitando el hogar como un lugar para realizarlo, incluyendo mitos como considerar el consumo un asunto de juventud, compartiéndoles sus experiencias en instituciones y sus consiguientes recaídas. Con lo cual derrumban aún más los límites, tornándose obnijustificativos, situación que causa desconcierto en los adolescentes.

Se evidencian estresores por la vivencia de cambios y transiciones dados en la entrada y salida de personas significativas en su convivencia, el cambio de colegio y con este, con el grupo de coetáneos, de barrio y de amigos, siendo ocasionalmente parentalizados.; acción que ocasiona que los hermanos bajo su cuidado sean puestos en protección.

Bajo el consumo K incluyó otras sustancias: el alcohol, la cerveza o el vino. También entabló relaciones sexuales, posterior al uso del cigarrillo consumió otras sustancias como “pegante , bareta , bazuco “. En el pegante se inició y este es consumido hasta lograr la alteración sensoperceptiva. Entre los elementos que manejó para la agresión o para la defensa de amigos, se encuentran chapas, cuchillos, piedra, botella y armas de fuego.

Hay una demanda como adolescente a la sociedad o a la institucionalidad , en el que el subsistema, los hijos, esperan que “alguien”, en este caso el Estado haga algo para defenderlos del caos familiar, situación que resulta paradójica teniendo en cuenta que constitucionalmente la familia es por esencia el núcleo fundamental de la sociedad y se privilegia su protección.

Se considera que dentro de la ayuda que puede recibir de la institución está la de prepararla, ayudarla en su cambio de estilo de vida, no desvincularla y en caso de sentirse “mal”, poder tener contacto con la institución o si presentara sintomatología ansiosa ser atendida, no ser desconectada, que la institución esté presente con apoyo, que haga presencia.


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Para citar este artículo:

  • Parra, C. (2013,  22 de julio). Estructura familiar de una adolescente consumidora en conflicto con la ley penal e interacciones psicojurídicas Revista PsicologiaCientifica.com, 15(10). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/estructura-familiar-adolescente-consumidora-conflicto-la-ley

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