Criminalidad y Psicología Forense: Rescatando Ideas Adlerianas y Glasserianas
Psicología Jurídica - Forense


  • Angie Vázquez Rosado
    San Juan, Puerto Rico

Resumen

  • Alfred Adler y William Glasser, dos reconocidos teóricos de la Psicología del siglo XX, se caracterizaron por coincidir con la corriente humanista de esta ciencia, y a través de ella formular postulados teóricos sobre las conductas criminales. A propósito del aumento de los índices internacionales de criminalidad, se retoman las propuestas teóricas de Adler y Glasser sobre las explicaciones de la conducta criminal y los aspectos a tener cuenta por los psicólogos y otros investigadores con el fin de comprender esta amenaza mundial.



Al comienzo de cada nuevo año se peticionan los mismos deseos y esperanzas del año anterior: que la violencia criminal disminuya en nuestra sociedad para que podamos contar con una vida más segura y feliz, libre del asecho criminal. Pero la realidad es otra. La criminalidad continúa en ascenso. La humanidad sigue en asecho de sí misma. Pareciera perderse entre las inmensas, escalofriantes y frías estadísticas del crimen cada vez más morboso, impúdico y frecuente. Multivariado y multicausal, complejo y creciente, no se puede menos que responder con algún grado de desesperanza cuando se observa que tantos seres humanos siguen siendo victimizados por estilos de vida donde la trasgresión asecha intensa y despiadamente.

¿Qué deben hacer los antropólogos, sociólogos, criminólogos y psicólogos? Una posible solución inmediata es trabajar en la creación de nuevos modelos criminológicos que puedan ayudar a comprender mejor las motivaciones de la comisión del delito, si es que los presentes modelos no están funcionado o han demostrado ser totalmente inútiles (premisa que aunque suena hipotética en realidad es afirmativa). De otra parte, tal vez no sea necesario saltar con prisa a crear nuevos modelos sin antes dar espacio para evaluar y rescatar los que ya se tienen hechos pero que se ha optado por olvidar, ignorar o desechar.

Esta búsqueda, en cualquiera de las dos direcciones mencionadas, tiene que incluir el re-descubrimiento de viejas, pero buenas ideas, que no se han maximizado y que, tal vez, se dejen al aire como proyectos inconclusos. El proyecto de rebuscar en el pasado es algo que debe realizarse concienzudamente y a propósito con nuevas miradas y actitudes. Esto es, mediante nuevas lecturas sobre los clásicos en donde se reconozcan, primero, las condiciones espacio-temporales de estos escritos, procediendo luego a un análisis desde la contemporaneidad que actualice e inserte los nuevos retos en las sociedades modernas y posmodernas.

Tales son las ideas de teóricos como Alfred Adler (1870-1937), psicoanalista austríaco neo-freudiano, conocido por su enfoque de la Psicología Individual y William Glasser (1925-), psiquiatra norteamericano, humanista creador de la Terapia de Realidad y la Terapia de la Elección. Muchos de los jóvenes estudiantes en Puerto Rico parecen no conocer ni estar familiarizados con las aportaciones sobre la criminalidad de estos dos teóricos que comparten, entre otras cosas, raíces judías. Esta amnesia o ignorancia, en gran medida, contribuyó a la decisión de la autora para realizar este ensayo.

Una mirada al fenómeno de la criminalidad desde una re-lectura de viejas ideas es requisito obligado del proceso investigativo activo y competente cuyo norte debe ser la apertura crítica integradora y abarcadora ante los problemas científicos-sociales. En otras palabras, sería peligroso pensar que ya se sabe todo sobre criminalidad, o lo suficiente, cuando la realidad social demuestra otra cosa. Sería mejor andar de la mano con la actitud socrática de comprender que solo sabemos que no sabemos nada. Se coincide con la sabia advertencia de Adler sobre la necesidad de este tipo de actitud de apertura permanente: “Si al oír la palabra criminal o neurosis de angustia o esquizofrenia cree que ha comprendido algo acerca del caso individual, entonces no sólo arruinará todas sus posibilidades de una investigación personal, sino que jamás podrá verse ya libre de los malentendidos que surjan entre él y el enfermo en tratamiento” (Adler, 2000).

Tanto Adler como Glasser realizaron observaciones psicológicas directas en dos ambientes a los que usualmente se le encuentran múltiples características compartidas: las cárceles y los hospitales mentales. Aunque en épocas, países y modelos psicológicos distintos, en ambos teóricos encontramos una sensibilidad humanista muy fuerte en su abordaje sobre la criminalidad y la locura. El humanismo es una de tres corrientes paradigmáticas dentro de la Psicología, y aunque siempre ha sido calibrada como la más débil de las tres, no por esto es de menor importancia en su precepto cardinal de mantenernos humanizando al ser humano. Adler ha sido considerado como precursor del humanismo en la Psicología Europea de principios del siglo XX (años treinta); en tanto, Glasser ha sido ubicado dentro de este movimiento desde el momento mismo en que se hizo famoso con sus controversiales planteamientos sobre la personalidad criminal en su obra Reality Therapy (Terapia de la Realidad) para finales de la década sesenta. Estas clasificaciones han sido hechas respecto a lo que los teóricos pudieron pensar de sí mismos y de sus ideas.

A ambos teóricos no les interesaba criminalizar sino comprender. La criminalización es un proceso marcado por lo jurídico-legal como punto de partida referencial. Se apoya en la reproducción social de estereotipos que culpabilizan al individuo, justificando el castigo casi como la única solución o respuesta de manejo al delincuente. La comprensión, en cambio, dirige hacia la observación en sus méritos, no a la estereotipificación sino hacia la descripción particularizante y contextualizada de la cual pueden surgir nuevas perspectivas, soluciones o enfoques. Comprender, escuchar, observar, etc., todas son destrezas y aptitudes básicas que caracterizan al investigador comprometido con el propósito de deshilar la realidad social, no para cosificarla sino para exponerla en su continuo proceso de cambio entre construcción, reproducción, deconstrucción y transformación.

Teoría adleriana sobre la criminalidad

Alfred Adler fue uno de los más prodigiosos, inteligentes e interesantes discípulos de Sigmund Freud cuando este organizaba y difundía su propuesta del psicoanálisis en Europa, considerada, en aquel entonces, como una teoría radical y controversial. Su apoyo, convencimiento y solidaridad con las ideas del maestro Freud lo llevaron a participar activamente de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, fundada también por Freud. El apoyo de Adler fue muy positivo para que Freud avanzara en la difusión de su teoría y, sin duda, se identifica entre los más importantes recursos con los que Freud contó en su proyecto personal. Sin embargo, en 1911, Alfred Adler fue expulsado de esa sociedad por desavenencias intelectuales y personales que fueron surgiendo alrededor de algunos conceptos en la teoría psicoanalítica, disidencias que Freud no pareció tolerar bien de ninguno de sus allegados y que tampoco perdonó a Adler. Como respuesta, Adler formó la Sociedad Vienesa de la Psicología Individual, una organización desde la cual podía desarrollar su visión revisada y particular al modelo freudiano.

La diferencia esencial entre Adler y Freud radica, de forma sencilla, en cuanto al valor que se les da a las estructuras y niveles de actividad en la personalidad, así como a la fuente de motivación de la misma. Mientras Freud creía en el poder inmenso y determinante de los procesos inconscientes, Adler habría de dar mayor fuerza y posibilidades, al ego y la conciencia. Por esto, Adler es clasificado como un teórico neo-freudiano queriendo decir que aunque no abandonó las ideas fundamentales propuestas por Freud (por ejemplo, aceptando su esquema tipológico de la personalidad) revisó y modificó las relaciones entre el id, ego y superego, así como el juego de fuerzas entre la conciencia e inconsciencia.

Adler es uno de los primeros teóricos en plantear la capacidad de decisión conciente del yo y en postular la responsabilidad conciente de las decisiones. Para Adler, los procesos psíquicos concientes ocurrían con más fuerza y frecuencia de lo que Freud planteaba. Creía que las personas podían tomar decisiones racionales y concientes sobre los asuntos de sus vidas. Mientras Freud defendía que toda la conducta estaba fundamentalmente dirigida por las pulsiones del id a nivel inconsciente, juego de fuerzas donde el ego y la conciencia no eran sino árbitros reactivos de las demandas y vaivenes entre el id (las fuerzas primitivas) y el superego (la sociedad internalizada). La visión de Adler era de una personalidad compuesta pero funcionalmente unitaria, muy similar al enfoque sistémico y hermenéutico que usamos a partir de la segunda mitad del Siglo XX (pero que no existía para su época), en tanto que la opinión de Freud era una de conflicto y antagonismo entre las estructuras de la personalidad, ofreciendo una visión de un ser fragmentado y en inevitables crisis neuróticas.

Alfred Adler, además, otorgó gran importancia a los procesos sociales de la persona, rompiendo con el esquema intrapsíquico-mentalista de Freud, quien elaboró una teoría de desarrollo emocional y de la personalidad fundamentada en la maduración hereditaria mediante el paso por cinco etapas pre-determinadas (oral, anal, edipal, latencia y genital). Probablemente influenciado por sus propias experiencias y enfermedades al crecer, Adler, sin negar el papel de la herencia, planteaba que el ser humano nace con un gran sentimiento de inferioridad que le motiva conciente e inconscientemente a luchar por su superación creando un sentimiento opuesto de superioridad, con el que puede levantarse de su inferioridad orgánica y psicológica. A nivel conciente, ese ser humano busca satisfacer los retos sociales como trabajo, amor y sexo, todos indicando la necesidad de buenas relaciones con otras personas. A esto, Adler le llamó el sentido de la comunidad (llamado originalmente Gemeinschaftsgefuhl que traducido libremente significa sentimiento comunitario) y lo estableció como una de las grandes necesidades concientes de la persona individual para lograr un estilo de vida con salud mental.

El sentido de comunidad se desarrolla emocionalmente siempre con las otras personas (dimensión social). La dinámica evolutiva de este sentido se trabaja desde el yo con la madre, el padre, la familia, la comunidad, la nación y el mundo, en ese orden específico. De no lograrse apropiadamente, Adler indica que la persona puede enfermarse (neurósis) o convertirse en un criminal (delincuencia). En palabras propias de Adler y explicándolo desde la conducta en la niñez, “La sensación de que la vida les es hostil no falta nunca en estos individuos que exigen y esperan siempre, según ellos de manera justificada, la inmediata satisfacción de sus demandas. Aún más, este estado mental está estrechamente ligado a un sentimiento de frustración, que aguijonea continuamente la envidia, los celos, la avidez y la propensión a dominar a quienes escogen por víctimas” (Adler, 2000). El sentido de inferioridad, según Adler, es innato pero a su vez es alimentado por la sociedad, como bien se desprende de sus propias afirmaciones cuando dijo: “También la creciente civilización que nos rodea acusa idéntica tendencia a la seguridad y nos muestra al hombre en un continuo estado afectivo de sentimiento de inferioridad que estimula incesantemente su actividad para alcanzar una mayor seguridad” (Adler, 2000).

Dentro de esta gran fuerza de la influencia social, Adler enfatiza en la importancia de las buenas relaciones con la escuela. “La mitad de los sujetos que llegan a cometer un delito son trabajadores sin una profesión determinada, que fracasaron ya en la escuela” (Adler, 2000) nos dice; una sorprendente similar afirmación que se hace continuamente hoy día, relacionando estadísticamente la deserción escolar con el aumento de riesgo hacia conductas criminales o trasgresoras; y a su vez, un recordatorio de lo que Vygotski diría desde otro foro, en la Unión Soviética, en su teoría genética socio-cultural sobre el valor de la escuela y el maestro como mediadores fundamentales para el desarrollo de la inteligencia y la conciencia.

Feist y Feist (2007) citan un estudio longitudinal realizado por Douglas Daugherty, Michael Murphy y Justin Paugh (2001) que comprueba la relación entre bajos niveles de interés social y la conducta delictiva. Aunque los investigadores diferencian entre dos tipos de delincuentes encontrados en las cárceles que estudiaron, los de bajo interés social y los de normal interés social, encontraron que los de bajo interés social, al ser puestos en libertad, tendían a reincidir con mayor frecuencia en tanto que los que mostraron buen nivel de interés social mostraron mejores tendencias adaptativas, reintegrándose a la sociedad (trabajo, familia, comunidad) y evitando caer de nuevo en las cárceles. El nivel de interés social fue obtenido, en este estudio, mediante resultados de la administración de la Escala de Interés Social de Sulliman, SSSI de 1973.

Un interesante y minucioso estudio sobre la criminalidad de los años setenta en Guadalajara, México (Jiménez, 2006), coincide con las características demográficas señaladas por Adler relacionadas al efecto del fallido sentido de comunidad. Se encontró que la mayor parte de las personas encarceladas residían en áreas de pocos recursos y servicios, muchos de ellos provenían de otros Estados y estaban viviendo temporalmente (avecinados, migrantes) en Guadalajara con dificultades de integración comunitaria, y la mayor parte tenían muy baja escolaridad (el 48% no rebasaba la educación primaria, sólo el 16% inició, pero no terminó, estudios de educación media básica, 20% no tenía nada de escolaridad, y solo 8% tenía licenciatura)

De otra parte, el Dr. Bernardo Kliksberg (2001) en su artículo titulado El crecimiento de la criminalidad en América Latina: Un tema urgente, indica otra condición social, también señalada por Adler como un factor de predisposición a la criminalidad y al neuroticismo, referido a las condiciones de trabajo. Señala Kliksberg que “.. se han elevado las tasas de desocupación abierta que hoy promedian el 11%. Los análisis del PREALC de la OIT (1999), subrayan que otro desarrollo muy preocupante es la degradación de la calidad de los trabajos disponibles. Cerca del 60% de la mano de obra activa trabaja hoy en el sector informal, la gran mayoría en tareas autogeneradas para sobrevivir, con pocas posibilidades de futuro, sin apoyo tecnológico ni crediticio. Como consecuencia de todo ello, la productividad de estas ocupaciones es de un cuarto a un tercio de la productividad de los puestos de trabajo en la economía formal. Los ingresos de los informales han tendido a reducirse. Ganan cada vez menos en poder adquisitivo, y trabajan más horas”. Resumiendo múltiples estudios realizados sobre las causas de la criminalidad, Kliksberg identifica tres factores generales que aumentan la incidencia criminal en América Latina:

– La ociosidad por desocupación de la gente joven.

– El deterioro y descomposición familiar.


Califique este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (1 votos, promedio: 4,00 de 5)
Cargando…

Para citar este artículo:

  • Vázquez, A. (2008, 17 de abril).Criminalidad y Psicología Forense: Rescatando Ideas Adlerianas y Glasserianas. Revista PsicologiaCientifica.com, 10(18). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/criminalidad-y-psicologia-forense-adler-glasser


2 Comentarios para “Criminalidad y Psicología Forense: Rescatando Ideas Adlerianas y Glasserianas

  1. joe rodz

    Excelente escrito, al igual que otros anteriores. Le felicito y es un auténtico honor que ponga a Puerto Rico a los niveles intelectuales a los cuales podemos y tenemos el derecho de llegar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *