La cooperación internacional en la ayuda contra el terrorismo
Psicología Jurídica - Forense


  • Fernando Díaz Colorado
    Universidad Javeriana
    Bogotá, Colombia



El terrorismo como acción humana se ha venido presentado durante todo el devenir de su historia. Los actos humanos dirigidos a producir en otros seres humanos terror, pavor, miedo, temor, angustia y desesperación, han formado parte de su realidad permanente. Aunque su origen se remonta a la época de la Francia revolucionaria para denotar a aquel Estado que ejercía sus acciones mediante la intimidación, sólo hasta 1948, el alemán Kart Heinzen comenzó a utilizar la palabra “terrorismo” como categoría de análisis, para señalar que todos los medios, incluido el atentado suicida, eran buenos para acelerar el advenimiento de la democracia (Mendoza, 2004). Es importante anotar que desde esta perspectiva, el concepto de terrorismo se asocia al concepto de defensa y consolidación de la democracia. Sin embargo, el 11 de septiembre de 2001 será, sin duda,  el momento más importante en el acontecer del debate por alcanzar una definición del terrorismo.

Para Habermas, lo ocurrido en esta fecha  fue un acontecimiento mundial histórico, ya que el mundo global  fue testigo ocular universal directo del acto terrorista perpetrado (Borradori, 2003). Para este filósofo alemán, el terrorismo es un acto de destrucción indiscriminado de enemigos, mujeres y de niños, de vida por vida. Es un acto de terror global que comporta las características de una revuelta impotente en la medida en que se dirige contra un enemigo que no puede ser derrotado de acuerdo con los conceptos de la acción orientada a fines. El terrorismo global ejerce la falta de metas realistas y la utilización cínica de la vulnerabilidad a la que están expuestos los sistemas complejos (Ibid, pág. 65). Por su parte, Noam Chomsky plantea que las atrocidades del 11 de septiembre sirven como un dramático recuerdo de lo que ya es un lugar común desde hace tiempo: con la tecnología contemporánea, los ricos y poderosos ya no tienen asegurado el casi monopolio de la violencia que ha prevalecido durante mucho tiempo en la historia (Chomsky, 2003).

De esta manera, el terrorismo es visto como el conjunto de acciones ejecutadas por grupos individuales minoritarios, extremistas, de regímenes autoritarios o totalitarios, que pretende ahogar toda oposición y toda resistencia mediante el ejercicio del miedo, así como mantener el poder mediante el uso de la violencia. Desde esta perspectiva, el uso calculado de la violencia o la amenaza para alcanzar fines políticos, religiosos o ideológicos mediante la intimidación, la coerción o la inculcación del miedo, presenta ciertas dificultades, ya que, como lo señaló Chomsky, implica de cierta manera la eventual legitimidad de acciones violentas con el fin de lograr el derecho de autodeterminación, la libertad o la independencia, según lo establecido en la carta de las Naciones Unidas, de los pueblos privados por la fuerza de esos derechos, en particular de los pueblos bajo regímenes coloniales y racistas o una ocupación extranjera (Chomsky, 2003, pág. 1).

Esta concepción de terrorismo ha permitido que para pensadores como Habermas se plantee la aparición de nuevas categorías de análisis que permitan la aparición de un nuevo orden cosmopolita, que permita pensar no ya en Estados Nacionales sino en un nuevo Supraestado. Esta posición ha generado oposición por parte de aquellos que plantean que la idea de un Supraestado implica la  tolerancia de un poder hegemónico del imperio que en esta época está representado por los Estados Unidos, y que es una de las razones que alimentan el terrorismo, por considerarlo incapaz de permitir la autodeterminación y autonomía de los pueblos en la tarea por imponer el modelo político y económico neoliberal globalizado, que desconoce la diversidad y alteridad del complejo mundo de lo humano.

Para Ralf Dahrendorf (2006),  cinco años después de los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, y al Pentágono en Washington, en los Estados Unidos,se implementó la denominada “Ley Patriot”, que produjo un efecto general erosionando los grandes pilares de la libertad como el Habeas Corpus, el derecho a acudir a un tribunal independiente cuando el Estado priva a un individuo de su libertad.  Desde el principio, la cárcel en la bahía de Guantánamo se convirtió en el símbolo de algo insólito: el encarcelamiento sin juicio de combatientes ilegales a quienes se les ha privado de todos los derechos humanos. Esto ocasionó que la libertad no fuera ya el derecho de las personas a definir sus propias vidas, sino el derecho del Estado a restringir la libertad personal en nombre de una seguridad que sólo el Estado puede definir, lo que genera una nueva forma de autoritarismo de Estado. Es esto lo que ha permitido que países como Alemania consideren que el involucramiento en la lucha contra el terrorismo permite el aumento de la amenaza de padecer actos terroristas. Incluso, se ha planteado un debate en relación a si el ataque terrorista a los Estados Unidos es realmente un ataque a toda la humanidad. En términos generales, la consideración de estos planteamientos implica que desde el atentado terrorista, las libertades se han visto menguadas y el lema de la lucha “la defensa de la democracia” ha recibido un daño muy grave y de tal magnitud, que ha sido mucho más fuerte el golpe dado por  los defensores de la democracia, que el impacto alcanzado por los terroristas.

Para lograr un entendimiento del terrorismo, es indispensable, entonces, indagar por sus raíces antes de analizar e intentar comprender sus manifestaciones y emprender una lucha con la colaboración internacional. Uno de los aspectos del estudio actual del terrorismo es que lo horroroso de sus consecuencias ha impedido ahondar en las causas profundas de su surgimiento y su significado. La muerte, la destrucción, el caos y la desesperanza, han opacado la búsqueda de explicación que subyace a este fenómeno cruel y despiadado pero, paradójicamente, muy humano. El mundo gira asombrado hacia una fórmula que permita acabar con el terrorismo, como si éste fuera producto de la naturaleza malvada de pocos extremistas locos y despiadados y que, por lo tanto, hay que eliminar de la faz de la tierra. De esta manera, la invasión  de Afganistán e Irak y las prisiones de Abú Graib y Guantánamo, son daños colaterales sin importancia, ya que el fin justifica los medios, además, porque se está haciendo uso de la legítima defensa frente a un ataque descomunal y malvado. El hombre está intentando por todos los medios acabar con el terror y los terroristas pero se ha olvidado de indagar por su razón de existencia, por su razón de ser. El acto terrorista no es más que la expresión profunda de unas condiciones que lo posibilitan y alimentan.

El hombre inició en la Modernidad un camino con la ilusión de alcanzar el dominio del universo, apoyado por la ciencia y la tecnología, intentando alcanzar la felicidad y la armonía. No hay duda que este proyecto ha hecho crisis y parece ser que el camino lo hemos perdido o hemos estado perdidos todo el tiempo. Estamos en una carrera impresionante frente a la tecnologización y mecanización de la vida humana. Sin embargo, sí hubo un momento en que el hombre ha tomado conciencia de su inseguridad,  justo en los actuales momentos. No ha existido una época más crítica que la actual. Ha surgido el terror de no saber dónde está el horizonte para salir del caos que el mundo actual presenta. Esto, sin duda, debe permitirnos reflexionar acerca de si estamos en el camino correcto o debemos iniciar de nuevo el camino.

La lucha contra el terrorismo, como estrategia global, implica el reconocimiento de las condiciones del proyecto hegemónico dominante que intenta perpetuarse sin revisarse y criticarse. Si bien es cierto que, como  lo señala Laqueur (2003), hay muchos terroristas y su talante ha cambiado con el tiempo y de un país a otro, y que la empresa de formular una teoría general del terrorismo, una explicación global de sus raíces, es para él inútil e insensata,  no hay duda que hay factores inherentes de gran importancia que ameritan ser analizados, no para formular una teoría completa y acabada frente al fenómeno, pero sí como un intento por comprender las razones del surgimiento de esta abominable amenaza para la humanidad. En el texto La guerra sin fin, Laqueur (1) hace un pormenorizado estudio de los factores inherentes al terrorismo, pero enfocado fundamentalmente en la concepción del fanatismo religioso y nacionalista, que es el comportamiento que hace la diferencia frente a grupos terroristas que tuvieron su origen en la época de la guerra fría en la lucha por alcanzar el poder.

Desde otro punto de vista, el concepto de terrorismo no es necesariamente una categoría reducida al campo de la lucha armada o de la ejecución de muertes violentas y estallidos de aviones y bombas en ciudades del mundo, que producen víctimas inocentes. Es necesario mirar en qué mundo nos encontramos, qué conquistas hemos alcanzado en el campo del bienestar y la dignidad humana, es decir, en la tarea de logara la civilización como aquel proyecto dirigido, encaminado a que la humanidad alcance la mayor felicidad posible, donde la igualdad esté dada por el reconocimiento de la diferencia y la autonomía.

Para Mendoza (2004, pág. 35), las acciones terroristas nacen de la consecuencia de un mundo donde el mercado pretende dominar toda la cultura, la religión, la política, la educación, es decir, el imperio de la racionalidad del mercado. Tenemos un nuevo fundamentalismo que se convierte en enemigo de la vida humana, el fundamentalismo del mercado que ha dividido y polarizado al mundo entre los que tienen y los que no tienen. Este fundamentalismo significa que nos guiamos como sociedad por la vía de la maximización de la ganancia para beneficio de mínimos sectores de la población mundial, sin considerar las consecuencias que producen sus efectos intencionales y no intencionales. En su opinión, estamos ante la presencia de una de las formas de terrorismo más radicales en la historia de la humanidad. Para este autor (Mendoza, 2004, pág. 44), la pedagogía del terrorismo es una pedagogía del castigo al culpable, pero en el caso de un mundo globalizado su objetivo es toda la humanidad, todo aquel que atente contra sus principios. Castigar para reparar, pero también castigar para prevenir, propagando de esta manera el terror universal como estrategia que se usa como arma el miedo que es imposible eliminar.

El modelo económico dominante  no ha permitido a la mayoría de la humanidad llevar una forma de existencia digna. Nos encontramos en una época donde paradójicamente se tiene vida, pero no se puede vivir. El proyecto humano falla desde su esencia, ya que no garantiza la supervivencia de la humanidad. Es por esto que, para Dussel, la vida es de su interés porque la gente muere. El ser humano es una corporalidad vigente, que debe comer que debe beber, ya que el cuerpo es el que tiene el sentido, por lo tanto, el criterio de peligro es conservar la vida. Por ello señala (Dussel, 1998): “se equivocan completamente quienes dicen que hay derecho a la vida. Permítanme, ¿cómo va a haber derecho a la vida? Habría que estar vivo para tener derecho a la vida después. La vida es el fundamento de todos los derechos, que es muy distinto. Yo no tengo derecho a la vida, yo soy viviente y porque vivo tengo derecho a la sobrevivencia y tengo derecho a comer y a trabajar, o a tener una visión mística del absoluto. Nadie me lo puede negar porque soy viviente humano”.

El mundo se está dividiendo en múltiples partes y se está victimizando, ya que no está respondiendo a las necesidades del hombre en la actualidad. El tejido social y su relación con la economía están fragmentándose, así como las relaciones tradicionales se están rompiendo. Lo que se está logrando es que los sectores privilegiados en el campo de lo económico adquieran nuevas formas de interacción al nivel de la velocidad con que se apropia y consume la información, para intentar así reducir el riesgo de la incertidumbre. La pérdida del control estatal por la fragmentación del Estado es vivenciada por el terrorismo, como si asistiera a un declive de todo el ámbito de lo político, donde lo político es sólo un espectáculo que corresponde a una metamorfosis de los partidos políticos y de la conversión de estos en vehículos mercadológicos de distribución de cargos y maquinarias electorales para la obtención del financiamiento público (Mendoza, 2004, pág. 63).

(1) El autor hace un pormenorizado análisis de los factores políticos, económicos, ideológicos y religiosos del terrorismo, intentando rebatir muchas de las afirmaciones tradicionales frente a las causas del terrorismo, como el antiamericanismo y las condiciones de pobreza y exclusión. Intenta relacionar las formas de lucha partisana y reivindicativa con la aparición de grupos nacionalistas radicales. Considera que el terrorismo actual se debe principalmente al fundamentalismo religioso. Se apoya en estudios de corte psicológico y sociológico realizados a prisioneros y a terroristas árabes y palestinos.

Por esta razón, la concepción de las víctimas como dolor y sufrimiento producto de la injusticia del crimen, se amplía y eleva a una condición de comprensión aún mayor. Las víctimas son, entonces,  los desplazados, los refugiados, los pobres, los excluidos; los exiliados, y los errantes; la periferia, en donde una forma totalitaria de racionalidad (racionalidad centro-europea-americana) genera la división de los territorios quedando demarcados geográficamente por el reconocimiento “de lo mismo” y por el rechazo de “lo otro”.

El mundo actual está bajo el dominio del imperio liderado por los Estados Unidos, desde donde surge el discurso homogeneizante y dominador, donde todo aquello que es bueno para el imperio es bueno para todo el mundo, es decir, la teoría del destino manifiesto que todo el universo debe acatar, con la pretensión de que seguir el proyecto americano es la mejor alternativa para alcanzar el proyecto comunitario. Desde esta perspectiva, todo aquel que se oponga debe ser enrumbado de cualquier manera en el proyecto planteado. De esta manera, la periferia queda sometida bajo el discurso hegemónico y dominante que no admite discusión. La perspectiva multiétnica y multicultural es vista como una alternativa viable, opuesta a la pretensión dominante y de exclusión. Como  lo recordara Dussel: “la pretensión de universalidad de cada cultura (desde la esquimal) o bantú, hasta la azteca náhuatl o moderna europea postconvencional) indica la presencia del principio material universal dentro de toda cultura, lo que se opone al etnocentrismo. Etnocentrismo o fundamentalismo cultural es el intento de imponer a otras culturas la pretensión de universalidad que mi (nuestra) cultura posee, antes de haber sido discursiva e interculturalmente probada. La pretensión seria de cada cultura a la universalidad debe probarse por el diálogo racional cuando hay confrontación entre culturas. Y cuando se confrontan históricamente las culturas, el diálogo es posible desde la pretensión de universalidad de cada una, y materialmente desde el principio contenido, de la reproducción y desarrollo de la vida de todo sujeto cultural que alienta a cada cultura y a todas, por dentro, y que permite materialmente descubrir articulaciones reales al comenzar a dialogar sobre el cómo cada cultura reproduce o desarrolla la vida humana en concreto. El momento intersubjetivo discursivo es exactamente el momento procedimental que permite formalmente dicho diálogo, pero que no niega la lógica del contenido material del cual los dialogantes deben partir. Todo esto lo hizo fracasar el eurocentrismo de la Modernidad ante las culturas periféricas desde finales del siglo XV hasta el presente” (Dussel, 1998).

Para Isaac Enrique Pérez (2003), economista mexicano, la globalización suele presentarse como un proceso “novedoso, prometedor y salvador de los maleficios de la humanidad”. Desde la perspectiva de la sociología del conocimiento, el estudio de la globalización como ideología permite encarar el extremismo del discurso globalista sintetizado en una sabiduría convencional cimentada y fomentada por poderosas fuerzas e intereses, habiéndosele instalado entonces como un paradigma montado sobre varias falacias, mitos o slogan, como que es un fenómeno nuevo, homogéneo y homogeneizante que conduce a la democracia, el progreso y el bienestar universal, que acarrea la desaparición progresiva del Estado y que los actuales procesos de regionalización, tipo Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), o son consecuencia de la globalización, o inevitablemente conducen a ella.

Para Pérez (2003), la globalización es un proceso de dominación y apropiación del mundo. La dominación de Estados y mercados, de sociedades y pueblos se ejerce en términos político-militares, financiero-tecnológicos y socio-culturales. La apropiación de los recursos naturales, la apropiación de las riquezas y la apropiación del excedente producido se realizan desde la segunda mitad del siglo XX de una manera especial en que el desarrollo tecnológico y científico más avanzado se combina con formas muy antiguas, incluso de origen animal, de depredación, reparto y parasitismo, que hoy aparecen como fenómenos de privatización, desnacionalización, desregulación, con transferencias, subsidios, exenciones, concesiones y su revés, hecho de privaciones, marginaciones, exclusiones, depauperaciones que facilitan procesos macrosociales de explotación de trabajadores y artesanos, hombres y mujeres, niños y niñas. La globalización se entiende de una manera superficial, es decir, engañosa, si no se le vincula a los procesos de dominación y de apropiación.

En opinión de James Petra (2004), la  globalización, como la hegemonía y el concepto de centro-periferia no son adecuados. En primer lugar, es necesario comprender que lo que ejerce los Estados Unidos sobre el mundo no es hegemonía, ya que entonces no tiene sentido el uso de la fuerza, por esta razón lo que realmente ejerce es la dominación, que a su vez sí puede ser explicada por el uso que hace de la fuerza en los países del mundo donde hace presencia.

En cuanto a la globalización, es bueno analizar que si bien es cierto que  las barreras económicas se están flexibilizando y existen multinacionales, éstas no tienen nacionalidad; el Estado está desapareciendo. El término globalización no explica las relaciones de poderes entre los Estados, no explica por qué hay multiplicación de la violencia, no explica la conquista y la resistencia. El capital no está flotando en todas partes, hay modelos de acumulación dirigidos a capitalizar en los Estados Unidos, hay trasferencias en gran escala de dineros lavados que van a Londres, Suiza e Israel. Por ende, estos capitales no son autónomos, tienen una ubicación concreta y mantienen mecanismos de colaboración con las actividades del Estado imperial que facilita la expansión de las multinacionales. Por ello, las multinacionales no son autónomas. El Estado no es autónomo. El Estado es esencial para el imperialismo, para la política de expansión y conquista y la protección de los intereses de las multinacionales. Se debe rechazar el concepto de globalización por el de uno más riguroso como es el de imperialismo. Por esta razón, la política militarista sólo se puede entender en el contexto del imperio económico.

Para Enrique Dussel, la lógica de la globalización en su fase actual parte de la concepción del sistema-mundo, es decir, del sistema interregional (si por región se entiende una alta cultura o sistema civilizatorio, por ejemplo: China, India, Mesopotámia, etc.) en su fase actual, mundial,  global o planetaria, resultado de un proceso de cuatro estadios. En el primer estadio el sistema interregional estaba conformado por la estructura de las relaciones de la región egipcio-mesopotámica, mientras la India, China y América aún no estaban directamente conectadas. En el segundo estadio, el sistema interregional creció, comprendiendo desde el mar Mediterráneo y el norte del África hasta el Medio Oriente, la India y la China a través de las estepas euroasiáticas, hegemonizando o teniendo por centro conector el mundo persa o el helenístico. En el tercer estadio, el mundo cristiano, el bizantino primero y el musulmán después, reemplazaron al helenístico y jugaron el papel de enganche en todo el sistema (desde la China y la India hasta el mar Mediterráneo). Por último, en el cuarto estadio, la Europa periférica reemplazó al mundo musulmán-turco y conformó el primer sistema-mundo, colocando a América como su primera periferia al colonizarla. Por centro entendemos a los países o regiones con horizontes culturales determinados por su posición hegemónica dentro del sistema-mundo, mientras el resto de los países y regiones son marginados y explotados, por lo tanto, son periféricos. Hoy en día el centro del sistema-mundo o fase actual de la globalización lo constituyen la Europa Occidental, Estados Unidos y Japón, mientras que continentes como África, regiones como América Latina y países como México son periferia (Petra, 2004, pág. 54).

La aguda crisis que ha vivido el modo de producción capitalista en los últimos treinta años hace pensar que como organización y formación social se encamina al desfiladero de la disolución; sin embargo, la globalización en su fase actual como proyecto representa un respiro y una aspiración para fomentar la gestión cotidiana de la crisis. Es decir, la mundialización de las mercancías y su inserción hasta en los lugares más recónditos del planeta, no sólo en cuanto a su consumo sino también en cuanto a su producción, sustentada en relaciones casi de tipo esclavista como en el caso de las maquiladoras, y su ensanchamiento en la fábrica global retardan la agonía del capitalismo. Su principal fracaso como formación social se centra no tanto en lo económico, sino en el plano de lo político, al no actualizar la promesa de asegurar la reproducción social de la vida humana en el plano de la libertad y en la imposibilidad de impulsar un discurso democrático, una sociedad incluyente y una prosperidad económica. La constante violencia que impulsa se hace más que evidente día a día, y ante ello el proceso de des-socialización y su reducción a la nada del medio ambiente y de la vida humana acelera sus ritmos y tendencias. Este caos generalizado y apocalíptico del mundo se presenta sin mediación alguna del poder político, debido a la redefinición que han sufrido las instituciones del Estado Liberal.

El Estado, como forma de organización de lo social bajo el ejercicio del poder fundado en la relación mandato-obediencia, ha tendido a la desatención de esos fines en nombre del mercado; si bien toda sociedad requiere de mecanismos “naturales” de poder basados en esta relación, en la realidad nos encontramos con una sociedad desagregada, colapsada y asediada por la catástrofe política de la ausencia de poder. El descrédito del Estado como conjunto de instituciones que impulsan el orden de las sociedades se ha profundizado ante la reconversión de la política en objeto comercial y ante la mercantilización y privatización de la cosa pública por parte de los gobiernos y las cúpulas dirigentes de estas instituciones.

El mercado como un poder real en la sociedad ejerce su dominación de manera despótica, excluyente y represiva, extendiéndose de manera imperial sin cesar a todas las relaciones humanas, reproduciendo los estándares del miedo, la inseguridad, la competencia despiadada y la violencia entre los individuos. Conjuntamente con el aparato gubernamental-guardián-policíaco-militar buscan legitimarse y disfrazar sus intereses al tratar de contener los bolsones de pobreza, a los enfermos, a los “bárbaros”, a las etnias y a todos aquellos grupos sociales que rechazan las mercancías capitalistas. Sin embargo, esta contención es impulsada por el miedo inculcado y del cual se alimenta todo poder, miedo que se instala como ley, como ley del más fuerte y sin esencia jurídica.

El neoliberalismo, según Valenzuela Feijóo (1997), es un desarrollo económico distinto al propuesto por los grandes economistas clásicos. Estos tenían una visión macro, dinámica y estructuralista, concebían al mercado libre como uno de autentica libre competencia, con movilidad de capitales y tendencia a la igualación de las cuotas de ganancia; atacaban a los grandes monopolios, su postura en general fue radical y revolucionaria. Por su parte, los neoclásicos como Milton Friedman, Hayek, Lucas, etc., tienen una visión micro, estática y no estructural, defienden los mercados oligopólicos y los monopolios, y su postura es conservadora y reaccionaria. Pregonan también que el progreso económico solo se logra con la apertura de los mercados y con la postura de los Estados a dejar libres a los individuos para que compitan. Se promete un aumento de la productividad y una generación de riqueza sin poner trabas al mercado. En términos políticos, el neoliberalismo como doctrina se basa en la democracia, en el respeto por la libertad privada de los ciudadanos; tiene nula consideración en la igualdad de los aspectos sociales de los individuos, una tendencia a que el Estado no debe preocuparse por la asistencia social, la igualdad de oportunidades, además de considerar  que el acceso a los bienes y servicios sociales se logra sólo con el aumento de la riqueza.

El neoliberalismo como doctrina se ha impuesto tras la generación de una mentalidad individualista que debe entrarle a la competencia rapaz que impera en la sociedad. Todo debe medirse en torno al dinero, a los propios intereses, luchando unos contra otros sin contemplar la situación de las víctimas. En este proceso se cuenta “con el eficacísimo apoyo de la aplastante mayoría de los medios de comunicación, con la relativa debilidad orgánica y política de las fuerzas populares, y por último con el recurso de la violencia o coacción estatal” (Valenzuela, 1997, pág.). En la dimensión de política económica, el neoliberalismo se ha presentado como un proceso de desnacionalización tras una desregulación estatal y una privatización económica en las que la intervención del Estado y la actitud a favor de la “espontaneidad del mercado”, supuestamente para favorecer la libre competencia que en la realidad no existe. Ha influido también la regulación de los salarios, las políticas de relación externa y el predominio del capital dinero de préstamo que consiste en la apropiación hecha por el sector del capital de la masa de plusvalía global generada por el sistema (Valenzuela, 1997, págs. 15-17).

Para Yocelevzky (1996), algunas ideologizaciones que se presentan en torno al fenómeno de la privatización y que no permiten la confrontación teórica, pues se basan en la descalificación del “otro”, son las siguientes:

Se dice que el gobierno dejó de intervenir en la economía, pero en la realidad lo que se dio fue una refuncionalización, un cambio en sus actividades económicas; en muchos de los casos ahora funge como el Mesías, el salvador, el socializador de las pérdidas y quiebras privadas. La privatización aparece como una necesidad del progreso económico y social y su correlato es el retiro del Estado de ciertas actividades, lo que permite su adelgazamiento, como una meta ideológica indiscutible, pero fundada en las evidentes deficiencias de la acción del Estado como elemento definitorio de la etapa anterior del desarrollo. Esta es una visión polar que a la luz de la práctica se ha ido relativizando en los últimos años, pero que sigue siendo importante en el trasfondo liberal de la ideología hoy dominante. Se piensa que el sector privado será el satisfactor de todas las necesidades sociales, sin tomar en cuenta a las víctimas producidas por el sistema y mucho menos los desequilibrios que éstas puedan causar. Se piensa que este proceso como práctica dominante debe tener un carácter “natural” y que debe ser aceptado por todos así sin más, por lo que no se toman en cuenta las divergencias al respecto; es un proceso llevado a acabo para contrarrestar la corrupción gubernamental y la ineficiencia de sus bienes y servicios.

Según Marx, el verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital (Marx, 1985),  pero la vida es el límite absoluto del capital. Al destruirse la vida humana tal como está sucediendo hoy en día, se destruirá el mismo capital. La destrucción ecológica y la destrucción de la vida humana es la destrucción de la misma sociedad, al ser destruida esta no existirá el capital. Se da una contradicción entre la misión histórica del capitalismo (aumento de la producción y de la ganancia) y las relaciones sociales de producción que de él emanan (expropiación y empobrecimiento de la masa de productores directos). Es decir, el modo de producción capitalista tras su ceguera que persigue sólo la obtención de la ganancia por la ganancia no se ha dado cuenta de que la vida humana es la condición absoluta del capital, por lo que su aniquilación destruye el capital; entonces, surge como limitante el hecho de que la muerte de la vida humana es la liquidación del mismo capital, y peor aun, de la misma humanidad. El desgarramiento de la vida humana en la miseria y en el hambre de la mayoría de la humanidad, así como la privatización de los bienes y servicios públicos, además de la conciencia de los sujetos proporcionan clara constancia de ello.

Sin embargo,  es bueno recordar que hace más de sesenta años  las Naciones Unidas prometieron liberar a las futuras generaciones del flagelo de la guerra, proteger los derechos humanos esenciales y promover el progreso social y mejores niveles de vida en un entorno de mayor libertad. La Declaración del Milenio adoptada en el año 2000 prometía reducir la pobreza extrema y ampliar los derechos universales de aquí al 2015. Pero, si el mundo continúa con la tendencia actual, no se reducirá la mortalidad de los niños menores de 5 años y el déficit equivalente a 4,4 millones de muertes evitables en el 2015. Más de 41 millones de niños morirán antes de cumplir los 5 años, por causa de la pobreza, que es la enfermedad más grave del momento actual, para este mismo año, 308 millones de personas tendrán un ingreso inferior a 1 dólar al día; 47 millones de niños de los países en desarrollo seguirán sin poder estudiar (ONU, 2005).

La era de la globalización se ha caracterizado por enormes avances en el campo de la tecnología, el comercio y las inversiones, así como por un impresionante aumento de la prosperidad. El progreso en desarrollo humano va quedando a la zaga. Las diferencias entre ricos y pobres se encuentran en aumento. La brecha en la mortalidad infantil entre ricos y pobres muestra los mismos índices. A pesar de sus logros, la globalización y el progreso científico están muy lejos de terminar con el sufrimiento innecesario, las enfermedades debilitadoras y la muerte por causa de enfermedades evitables que siegan la vida de los pobres.

Vivir una vida larga y saludable es un indicador básico de las capacidades humanas y las desigualdades en esta área están ampliándose. Partiendo de una perspectiva global, desde 1960 a la fecha, la esperanza de vida aumento en más de 16 años en lo países en desarrollo y apenas 6 en los países desarrollados. Sin embargo, la brecha media de la esperanza de vida se ha ampliado entre países de ingreso alto y bajo y es de 19 años actualmente. De esta manera, alguien nacido en la India puede esperar vivir 14 años menos que aquel que ha nacido en los Estados Unidos.

En cuanto a la democracia en América Latina, según el informe de Desarrollo humano (ONU, 2005, pág. 58), la participación electoral el irregular, la representación de pueblos originarios y afro-descendientes en el parlamento es, en general, muy reducida. Los partidos políticos atraviesan una crisis muy severa, y no son reconocidos por la mayoría de los pueblos como confiables. A pesar de los avances normativos la no discriminación no está aun suficientemente garantizada. Se mantienen fuertes desigualdades en el trato a  personas pertenecientes a distintos grupos, las leyes que protegen a los niños en el trabajo son frecuentemente desconocidas y los trabajadores han visto disminuir su protección social. Los grupos más excluidos del ejercicio pleno de la ciudadanía social son los mismos que sufren carencias en las otras dimensiones de la ciudadanía. Los problemas centrales en este plano son la pobreza y la desigualdad, que no permiten que los individuos se expresen como ciudadanos con plenos derechos y de manera igualitaria en el ámbito público, y erosionan la inclusión social.

Los indicadores muestran que todos los países son más desiguales que el promedio mundial. En 15 de los 18 países estudiados más del 25% de la población vive bajo la línea de la pobreza y en 7 de ellos más de la mitad de la población vive en esas condiciones; ello a pesar de que en 12 de los países la pobreza disminuyó. El alza en los índices de desocupación durante la década de los 90, es una de las más grandes carencias de América Latina. La protección social de las trabajadoras disminuyó y aumentó el empleo informal, en general, de baja calidad  y escasa utilidad social e insuficiente para generar una integración social que garantice un mínimo de bienestar.

La crisis política se expresa en el divorcio entre los problemas que los ciudadanos reclaman resolver y la capacidad política para enfrentarlos (ONU, 2005, pág. 150). Para algunos, la democracia será inviable mientras no se resuelvan los problemas de la pobreza y se logre un mínimo aceptable de igualdad. Sin embargo, el informe sostiene que sólo con más y mejor democracia las sociedades latinoamericanas podrán ser más igualitarias y desarrolladas, ya que sólo en las democracias los que carecen de niveles mínimos de bienestar y sufren las injusticias de las desigualdades, pueden reclamar movilizarse y elegir en defensa de sus derechos. Como lo señala Pierre Rosanvallon en el mismo informe, la ciudadanía caracteriza una condición de inclusión en una ciudadanía de ciudadano. Pero esta última no puede ser definida simplemente por el derecho al voto y la garantía de ver protegido cierto número de libertades individuales. La ciudadanía se caracteriza también por la existencia de un mundo común. Tiene necesariamente en otros términos una dimensión societal. La democracia es más que un conjunto de instituciones y principios políticos. Para alcanzar su plena realización, la democracia  requiere de personas capaces de decidir y argumentar, pero una vez sus condiciones materiales de existencia le proporcionen una vida digna, que le posibiliten vivir de acuerdo con el proyecto que ésta establezca.

La democracia, como lo señala el informe de la ONU, implica el  acceso sustantivo al poder del Estado, es decir, que no haya otra organización, formal o no con poder igual o superior al Estado, atributo que implica el monopolio del uso efectivo y legítimo de la fuerza, la capacidad para impartir justicia de modo efectivo y definitivo. En los actuales momentos asistimos a la presencia del crimen organizado con estrechos vínculos con los políticos, que ha dado origen al fenómeno mafioso en el poder (Belikow, 2004). El Estado en América Latina no garantiza la seguridad de sus ciudadanos, hasta el punto de que la tasa de homicidios es de 25,1 por 100.000 habitantes la más alta del mundo. No ha habido avances significativos en relación con el respeto a los derechos de la vida, la integridad, la discriminación y la seguridad. La magnitud de las deficiencias de los aparatos de justicia en América Latina emerge con mayor contundencia cuando se observan indicadores sobre población carcelaria, presos sin condena y capacidad carcelaria existente. La cantidad de presos sin condena o procesados es de 54, 8 % del total de la población carcelaria, que comparada con el 18% que muestra para los Estados Unidos es una cifra escandalosa (ONU, 2005, pág. 168).

Es por esto que amar la democracia es vivir y reproducir la vida en comunidad. La comunidad de vida es una condición de una comunidad de trabajo que a su vez puede ser la única base sólida sobre la que se construya una comunidad de diálogo y  argumentación apenas acorde con el estilo democrático. El discurso, por lo tanto, no se circunscribe a una polarización entre el norte y el sur, ni entre el centro y la periferia, como contraargumentos que permitan dar la razón a uno de los dos polos. Por esto, se invoca el principio ético universal que es negado por el sistema vigente que se globaliza: el deber de la producción y reproducción de la vida, específicamente perentorio en las víctimas de este sistema que excluye a los sujetos éticos y sólo incluye el aumento del valor de cambio. La ética se construye sobre juicios de hecho y el hecho masivo al  que estamos refiriéndonos, es el de la exclusión de la mayoría de la humanidad del proceso de la Modernidad y del capitalismo, que son los que monopolizan para sus agentes la reproducción y el desarrollo de la vida, la  riqueza como bienes de uso y la participación discursiva en las decisiones que los beneficia como el grupo de los 7 y que excluye a sus víctimas. La ética deviene así como el último recurso de una humanidad en peligro de autoextinción. Sólo la corresponsabilidad solidaria, desde el criterio de verdad, vida-muerte puede ayudarnos a salir airosos de esta encrucijada (Yori, 2002).

Ante este panorama es importante señalar las conclusiones a las que se ha llegado en los diferentes foros internacionales sobre como enfrentar el terrorismo desde una estrategia global. En la cumbre Internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad, celebrada en el mes de marzo de 2005 en Madrid, la cooperación internacional  recomendaba mucha democracia, educación y ayuda al desarrollo económico de los países más desfavorecidos como los mejores instrumentos para derrotar el terrorismo. Con la asistencia de Hamid Karzai, Presidente de Afganistán, Miguel Ángel Moratinos, Ministro de Asuntos Exteriores de España, Kjell Magne Bondevik, Primer Ministro de Noruega, Javier Solana, alto representante de la política exterior europea, Enrique Iglesias, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y el financista Jorge Soros, Presidente de la Sociedad Abierta, las conclusiones del encuentro plantearon las siguientes recomendaciones para una acción conjunta de cooperación internacional:

1. Realizar una concertación global contra el terrorismo.

2. Avanzar en la construcción de una definición de terrorismo que facilite una acción más eficaz.

3. Elaborar una agenda de lucha contra el terrorismo que combine la eficacia con respecto de los valores democráticos.

4. Reforzar el sistema multilateral por medio de las resoluciones 1.373 y 1.377 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que permiten que el Comité contra el terrorismo, dependiente del Consejo sea un instrumento útil, para apoyar e incluso forzar la lucha contra el terrorismo por parte de todos los estados miembros.

Sin embargo, esto no alcanza a satisfacer la creación de un entorno global favorable a esta lucha. Para Von Hippel, investigadora del King’s Collage de Londres (En: Cumbre Internacional sobre Democracia y Terrorismo, febrero, 2005), lo ideal sería un enfoque multidimensional coordinado que contenga una combinación de medidas militares, policiales, legales, de servicios de inteligencia y de control financiero, y una visión y voluntad claras de combatir la ideología y el entorno favorable en el que nace el apoyo a las redes terroristas. Este tipo de respuestas presentan un problema obvio si el interés es una confrontación universal frente al terrorismo, quien define a los excluidos del acuerdo, por ser considerados nichos o lugares de afianzamiento del terrorismo. Se retorna a la misma lógica es el imperio el que determina quien es o quien no es terrorista. Un aspecto interesante es que la incapacidad de formar un frente común multilateral y con la participación de todas las naciones es debida a:

1. La ausencia de voluntad de los Estados Unidos de buscar la creación de una plataforma para consensuar una estrategia y un plan de acción globales a través de la ONU, sino que ha tomado la iniciativa desde su propia y particular posición, sin lograr un apoyo unánime y, en la mayoría de los casos, ha producido un rechazo a sus acciones como las ocurridas recientemente en Afganistán e Irak.

2. La enorme brecha creada entre partidarios y detractores de la guerra de Irak, que ha generado un impacto negativo en la comunidad internacional y que ha impedido una adecuada colaboración.

3. La diversidad de opiniones y reacciones frente a las causas profundas de la violencia terrorista, donde los intereses y las alianzas de los países que los valoran son difíciles de concertar.

4. Diferencias en la concepción del terrorismo musulmán frente a otro tipo de terrorismo y al uso legítimo de la violencia.

5. Los diferentes matices frente a la consideración del terrorismo como la gran amenaza o como un problema más.

6. La necesidad de reformar o no el marco legal internacional para luchar contra el terrorismo, incluyendo la modificación del artículo 51 de la Carta de la ONU, para incorporar una noción más amplia de la autodefensa y más flexible del ataque preventivo.

Estas consideraciones no hacen más que confirmar que, mientras no haya una meridiana claridad sobre la definición de terrorismo y sus implicaciones políticas,  la cooperación contra esta amenaza está muy distante. Pero uno de los aspectos de mayor debate consiste en que para algunos hay una necesidad de adoptar una ley internacional  más fuerte, mientras defienden la legalidad de la guerra de Irak, las detenciones extrajudiciales en Guantánamo y  las altas cifras de víctimas civiles en operaciones de combate, ya que si todo esto es legal, en qué otros aspectos se pueden rebajar, entonces, las salvaguardas actuales. De igual manera, se propone reformar el Consejo de Seguridad para darle la capacidad y representatividad necesarias para generar una respuesta global al terrorismo.

Esto nos hace pensar que no es posible un acuerdo global internacional desde las Naciones Unidas tal como están constituidas. El poder omnímodo de los Estados Unidos y su uso discrecional de acudir o no, cuando lo consideren útil a sus intereses, impide la conformación de este bloque. Se hace necesario entonces una búsqueda desde otra perspectiva que considere una nueva forma de aceptar la diversidad de la humanidad. Hay que considerar que no hay un universo único que hay es un multiverso, y que la tarea es permitir que cada sociedad establecida construya su horizonte de sentido, donde el valor ético universal sea la defensa del vivir con dignidad. Se hace necesario rehacer el contrato para permitir la participación de los excluidos, de los sin voz y de los olvidados.

Es imprescindible construir una nueva racionalidad que contemple otras formas de conducirnos y de soñar el mundo. Otras formas de trabajar y de gobernarnos. Otras formas más cercanas a los sueños y a las utopías. Un mundo donde todos tengamos la oportunidad de participar y de disentir. Un mundo donde la diferencia no la haga el capital, sino donde la unidad sea la diversidad y la alteridad, donde la disyuntiva no sea vida-muerte. La actual racionalidad ha permitido la proliferación del odio, el resentimiento y la humillación, que son el alimento formidable del terrorismo. Se podrá eliminar físicamente a muchos terroristas, arrasar gran cantidad de países, destruir ciudades enteras pero mientras en el sentimiento de los hombres se almacene el odio y la humillación, la posibilidad de una acción terrorista siempre estará presente.

Referencias

Belikow, J. (2004). Las nuevas amenazas. Conferencia en las XXV Jornadas Internacionales de Confrontación en Seguridad. Bogotá.

Borradori, G. (2003). La filosofía en una época de terrorismo. México: Universidad de La Salle.

Chomsky, Noam. (2003). Terrorismo y respuesta justa. Artículo tomado de la Web. Traducción de Juan Mari Madarriaga Znet, 18 de enero de 2003.

Cumbre Internacional sobre Democracia y Terrorismo. Madrid, febrero 2 de 2005. Documento tomado de la página Web del evento.

Dahrendorf, R. (2006). El 9/11 y el nuevo autoritarismo. Artículo publicado en el diario El Tiempo, Bogotá, septiembre 10 de 2006, p. 1-27.

Dussel, E. (1998).  Ética de la liberación. Madrid: Trotta.

Dussel, E. (1998). La verdad consensual o hermenéutica y la no-verdad de las víctimas. Conferencia Universidad Autónoma de México, México.

Laquear, W. (2003).  La guerra sin fin. Bogotá: Ed. Planeta.

Marx, C. (1985). El Capital. Tomo III. México: Fondo de Cultura Económica, 2da Edición.

Mendoza, M. V. (2004). Pedagogía de la esperanza en una época de terrorismo. México: Universidad de la Salle.

ONU. (2005). Informe de Desarrollo Humano 2005.

Pérez, I. E. (2003). Globalización y privatización: dos procesos de desnacionalización. Conferencia. México.

Petra, J. (2004). Globalización, ¿imperio o imperialismo? Un debate contemporáneo. Conferencia en la Inauguración de la cátedra de la Formación: Política Ernesto Che Guevara. Abril 13. En www.lospobresdelatierra.org.

Valenzuela, J. F. (1997). Cinco dimensiones del modelo neoliberal. En: Revista Política y Cultura. Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, Nº 8.

Yocelevzky, R. (1996). Privatizaciones, ideología y modelo de desarrollo. En: Revista Iztapalapa, Nº 38.

Yori, P. (2002). La interpretación de Dussel a la globalización. En: Revista Sosiego, Nº 6, Montevideo.


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Para citar este artículo:

  • Díaz, F. (2007, 15 de febrero).La cooperación internacional en la ayuda contra el terrorismo. Revista PsicologiaCientifica.com, 9(6). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/cooperacion-internacional-contra-el-terrorismo

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