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Ciencia, cientificismo y psicología científica. Una evaluación crítica de la historia y epistemología en la construcción de la psicología como ciencia
Luís Dante Bobadilla Ramírez
Fecha publicación: 15/abril/2010
f) Dispersión teórica
La ciencia avanza gracias a los descubrimientos que permiten ir aclarando el panorama. En la ciencia las teorías se suman o se restan, no hay más opción. Esto quiere decir que una teoría, o bien amplía y mejora el entendimiento de un fenómeno ya explicado por una teoría previa, o bien la reemplaza completamente probando su falsedad. Finalmente, siempre hay una sola explicación del fenómeno. En cambio en el cientificismo ocurre todo lo contrario: las teorías sólo se multiplican y se dividen, generando profusión teórica y caos en la disciplina. Al final de todo, las teorías que ganan hegemonía, lo hacen por cuestiones ajenas a su valor epistémico. Se requiere una investigación sociológica, antropológica o histórico-cultural, para saber qué hace que una de estas teorías sea la predominante en un segmento social. Esto es lo que se pudo observar en el psicoanálisis, que al final acabó dinamitada por docenas de versiones. Cada discípulo de Freud tenía su propia versión y lograba alguna aceptación, conformando su propia secta de seguidores. Y esto es exactamente lo que ocurre con el conductismo. Aunque la gran mayoría se congregó alrededor de Skinner, lo cierto es que siempre han existido distintas versiones. Algunos autores pretendieron ver en esta profusión caótica de versiones, una prueba de vida del conductismo, pero ha sido más bien la muestra de su descomposición. "Un manual de conductismo (O´Donohue y Kitchener, 1999) presenta catorce variedades, unas dadas ya en su época hegemónica y otras desarrolladas en pleno cognitivismo, y no son todas, pues el etnocentrismo de los autores parece que les ha impedido ir más allá de los Estados Unidos. Las variedades incluidas en dicho manual son: el conductismo watsoniano, el interconductismo de Kantor, el conductismo propositivo de Tolman, el conductismo hulliano, el conductismo radical de Skinner, el conductismo empírico de Bijou, el conductismo teleológico de Rachlin, el conductismo teorético de Staddon, el conductismo biológico de Timberlake, el contextualismo funcional de Hayes y, dentro de la versión filosófica, el conductismo de Wittgenstein, el conductismo de Ryle, el conductismo lógico y el conductismo de Quine. Entre otras variantes que se podrían añadir, además de citar a H. J. Eysenck siquiera a propósito del conductismo hulliano, figurarían el conductismo pionero de H. Pieron, el conductismo psicológico de A. W. Staats, la teoría de la conducta de E. Ribes y el conductismo social de H. G. Mead (inmerecidamente propagado como interacionismo simbólico)" (Pérez Álvarez, 1996). A pesar de que no están todos en esta pequeña cita, una generalización tan amplia puede resultar injusta. Por ejemplo, parece excesivo considerar a Ryle como conductista, solo porque se opuso al mentalismo de su tiempo. Lo mismo podemos decir de Wittgenstein. El mismo Kantor nunca se consideró un conductista. Lo cierto es que hoy los conductistas han incorporado en su grey a todos ellos. Una mención aparte merece E. Tolman (1886-1959) quien, pese a ser considerado como un conductista, hizo descubrimientos reales y valiosos en el campo del aprendizaje, y que fueron torpemente acallados por la irracional posición de Skinner, quien impuso la idea de centrarse en la mera conducta exterior y vacía de todo contenido. Por entonces Skinner publicó su tristemente célebre artículo ¿Son necesarias las teorías del aprendizaje? Corresponde preguntarnos ahora si un científico puede plantearse semejante interrogante. Algún día la propia psicología tendrá que explicar de qué manera se afecta la racionalidad de una comunidad, para que unas corrientes ideológicas puedan lograr aceptación a pesar de su abierta irracionalidad. Un fenómeno que ocurre a menudo en la política, pero que no ha estado ausente en el escenario académico, como vemos. Una prueba de que los estudios de Tolman estuvieron encaminados por la senda de la verdadera ciencia psicológica, es que dichos estudios pudieron ser proseguidos, profundizados y ampliados hasta llegar a las modernas teorías de la decisión, de cuyos resultados pudo la psicología cognitiva obtener su primer Premio Nóbel en el 2002, como reconocimiento cabal de la comunidad científica. Sin embargo, E. Tolman nunca recibió ni la fama ni la aceptación académica de la que en cambio gozó Skinner con su conductismo radical, aunque nunca haya logrado explicar nada. Incluso Tolman nos advierte de esta gran variedad de conductismos antes de presentar el suyo: "La posición general que adoptaremos en este ensayo será la del conductismo, pero será un conductismo de una variedad bastante especial, ya que hay conductismos y conductismos. Watson, el archiconductista, propuso una marca. Pero otros, particularmente Holt, Perry, Singer, de Laguna, Hunter, Weiss, Lashley y Frost, han ofrecido desde entonces, otras variedades bastante diferentes. No puede intentarse ningún análisis y comparación completos de todas ellas. Presentaremos aquí meramente ciertos rasgos distintivos, como un modo de introducir nuestra propia variedad" (Tolman, 1959). Pese a la preponderancia de Skinner, el conductismo se distinguió realmente por la proliferación de versiones. Hoy son objeto de diversos compendios, clasificaciones y sistematizaciones. Se trata de un cúmulo de teorías hablando su propio lenguaje particular, manejando sus propios conceptos y sus propias definiciones de sus propios escenarios. De hecho, nadie se entiende entre sí. Lo único que tienen en común es su convicción de estudiar algo llamado conducta (o interconducta) y sus diferencias empiezan apenas en la definición de su objeto o campo. Es decir, ni siquiera queda claro qué es exactamente lo que se supone que estudian. Pérez-Acosta, Guerrero y López (2002), en su artículo Siete conductismos contemporáneos, nos ofrecen una síntesis de las principales versiones: Skinner, Staddon, Rachlin, Hayes, Donahoe, Staats y Ribes. Todavía podríamos añadir a otros, como Josep Roca i Balasch, por ejemplo. Pero en la síntesis ofrecida observamos la dispersión de concepciones. Como se advirtió al inicio, no se trata de teorías que convergen alrededor de un objeto concreto clarificando su entendimiento. Muy por el contrario, lo que se aprecia es la dispersión teórica y la incomunicación. Aunque algunos pueden dar nociones de conducta similares, partiendo de Skinner, como acción del organismo en función del ambiente, se distinguen en otros conceptos como el de cognición y su relación con los procesos mentales y las neurociencias. En resumen, todas las versiones conductistas (clásicas o modernas, de primera, segunda o tercera generación, reactivas o interactivas) se abren como un caótico abanico de enfoques diversos, hermanados tan sólo por un mismo cientificismo, es decir, su especialización en un reducido y artificial objeto de estudio llamado "conducta", su apego y dependencia de las tradicionales doctrinas metodologistas (objetivismo y empirismo), su frondosa tecnología interesada en el control, y su total incomunicación con las demás ciencias. Uno de los principales problemas de esta dispersión es que resulta sumamente difícil establecer una misma crítica homogénea al cientificismo conductista. Toda crítica es casi siempre susceptible de ser respondida colocando como ejemplo a algún representante de esta logia, cuya versión, en efecto, no calza con la crítica expuesta, lo cual es asumido como una garantía de intangibilidad. En otras palabras, siempre habrá una versión conductista que se pueda sacar bajo la manga para dar respuesta a una crítica. Si bien esto puede ser útil para salvarse de las críticas, resulta en realidad la consecuencia de una caótica dispersión teórica generada por la carencia de un objeto de estudio real y la necesidad de fabricar un objeto teórico y una teoría que la sustente, tal como ocurre con las numerosas e individualistas teorías de la personalidad y de la inteligencia. g) Lenguaje abstruso La historia se repite. Y se repite muchas veces. Ya en el siglo XIV Guillermo de Ockham criticaba a los tomistas por los mismos defectos que hoy achacamos al cientificismo psicológico: - Plantear problemas inútiles o ajenos al tema central - Proponer soluciones demasiado complejas, generando una maraña de especies - Y utilizar un lenguaje abstruso, es decir, ininteligible y oscuro Una de las consecuencias directas e inmediatas de extraviarse en los desvaríos teóricos, es que el lenguaje empieza a volverse denso, a hacer referencia a conjuros abstractos que sólo son capaces de entender aquellos que han logrado edificar el castillo ideológico. Esto es lo que observamos fundamentalmente en el psicoanálisis y en el conductismo de campo. El lenguaje se torna viscoso y altamente especializado, atravesado por constantes vallas conceptuales que hacen referencia a constructos complejos, vagamente explicados por la teoría, por lo que la mayoría de la gente se maneja apenas con aproximaciones abstractas, que obliga a entrar en precisiones recargadas. La comunicación se hace mediante un metalenguaje repleto de consignas y contraseñas, accesible sólo para los iniciados y sumos sacerdotes de la logia. Una extensa variedad de denominaciones curiosas y términos técnicos invade el vocabulario, como por ejemplo, estímulos de muestra (EM), estímulos discriminativos (ED), estímulos de segundo orden (ESOs), estímulos de comparación (ECO), estímulos contextuales, etc. Llegando en muchos casos a mezclarse y hasta a confundirse entre los mismos autores. Mario Bunge sostiene que la comunicabilidad y la apertura son dos características de la ciencia. El uso de un lenguaje común al alcance de la comunidad científica en su totalidad es un rasgo que diferencia a la ciencia de otras prácticas sociales; por ello, nada más ajeno a la ciencia que el uso de un lenguaje hermético, reservado para una reducida logia de parlantes muy especializados; lo que no impide que una especialidad científica pueda hacer uso de sus propios términos reservados a los elementos de su campo de estudio, siempre que dicho campo, sea un campo del mundo real y tales elementos sean objetos reales, cuya identificación no requiera apelar a teorías que definan su arquitectura conceptual. Ni siquiera en la física de partículas sub atómicas se necesita ser tan oscuro en el idioma, pese a que sus elementos apenas pueden ser imaginados. Se puede ser muy oscuro en el psicoanálisis, tal como lo ha demostrado Lacan, pero también se llega a ser muy hermético en la psicología interconductual. En este caso, el lenguaje abstruso deviene como una consecuencia inevitable de ese universo teórico definido conceptualmente como campo. h) Aislamiento e incomunicación El síndrome de la "religión verdadera" ha sido quizá el más generalizado en la psicología del siglo XX, habida cuenta de la proliferación de escuelas que, en muchos casos, adoptaron las formas de comunidades religiosas que profesaban una creencia, asumida como la única correcta por ser la única "científica"; hablaban su propio lenguaje, idolatraban a su propio profeta, y realizaban sus prácticas rituales en la forma de técnicas; pero fundamentalmente mostraban un enérgico rechazo a mezclarse con los demás, a los que consideraban paganos y pecadores, impropios de su ciencia. Desde luego, el cientificismo psicológico no fue ninguna excepción. Todo lo contrario, desplegaron los mayores esfuerzos para distinguirse. Incluso se apropiaron de la marca "psicología científica", y nunca dejaron de repetirla obsesivamente en sus escritos, así como el título de "científico de la conducta" para autodenominarse. Todas estas son conductas muy atípicas en los escenarios de la ciencia, pues nadie que haga ciencia necesita reafirmar el carácter científico de su tarea, ni es algo que le corresponda a uno mismo hacer. Por otro lado, nada hay menos científico que el aislamiento y la postura tautológica y autónoma frente a los hechos que se intenta explicar. El cientificismo rechazó nada menos que las vinculaciones con la biología, la fisiología y las neurociencias, en la tarea de entender la conducta animal. Skinner cubrió su "ciencia" con una esfera de cristal en la que permanecía inmune a toda crítica y a toda comunicación con las demás ciencias, configurando una "ciencia autista". El conductismo de campo no ha cambiado en nada esta circunstancia. Parapetados en su trinchera de la verdad, desarrollan su propia disciplina al margen de toda la psicología, a la que miran por sobre el hombro, sintiéndose orgullosamente parientes cercanos de la física, aunque esa física en la que basaron sus enfoques, hoy ya no existe. Afortunadamente, la psicología real ha podido aprovechar los avances de las neurociencias, la genética de la conducta, la antropología y hasta de la cibernética y la informática, ofreciendo por su parte, sus contribuciones a la economía, la sociología, la educación, la inteligencia artificial y otras disciplinas, tal como ocurre en el escenario de las ciencias. Incluso se ha declarado que nuestros campos de estudio deben ser abordados interdisciplinariamente. Se espera -y se ha declarado así en el ambiente científico- que este será el "siglo de la mente", del mismo modo en que el siglo XX fue declarado el "siglo de la genética". Los esfuerzos de muchas disciplinas están depositados en este empeño, incluyendo a la filosofía, desde luego. Obviamente nadie espera que esta vaya a ser una labor sencilla, pero eso no debe arredrarnos y, mucho menos, llevarnos a cambiar nuestro objeto de estudio hacia una técnica simplificada para el manejo de un objeto teórico complicado e imposible de definir con certeza. i) Culto a la persona El culto a la persona es un fenómeno social muy común en la historia de la humanidad. Se ha dado generalmente en el ambiente político y religioso, pero nunca en la ciencia. No debemos confundir la fama de un personaje con el culto a la personalidad. Probablemente Freud haya sido el personaje más famoso del siglo XX vinculado a la psicología, pero su fama al igual que la de Marx y Einstein, es merecida por cuanto propuso una teoría original, muy amplia y ambiciosa, que fue desde los estratos profundos de la conciencia hasta la cultura y la historia, cambiando la forma de pensar de la humanidad. Pero nada de esto es comparable con el aporte de Skinner, por más que el cientificismo psicológico lo haya puesto en un pedestal junto a Darwin. Es muy común leer frases adulonas referidas a Skinner y Kantor que los proclaman "el Darwin de la psicología" o "el titán de la psicología". Una visión panorámica en retrospectiva de la historia de la psicología no puede más que desvirtuar semejantes consideraciones extravagantes. La fama de Skinner y su endiosamiento, se produjo en el escenario de los EEUU de principios de los años 50, en una sociedad muy proclive al sobredimensionamiento de su propia cultura, y en un momento en que se sentían no sólo triunfadores en el mundo, sino el único "mundo". No era del todo falsa esta impresión, pues la mayor parte del mundo occidental se hallaba en ruinas, además de la URSS y Japón. El resto del planeta no contaba. El trabajo de Skinner fue una propuesta desafiante, pero sobre todo, proporcionaba técnicas en una cultura adicta a la tecnología, y una salida efectista a una disciplina atormentada por sus problemas y sus compromisos sociales. Skinner recibió por eso todas las medallas otorgables por entidades científicas y psicológicas, y apareció además en la portada de la revista Times, aunque lo presentaron con el elocuente título: Behavior. Skinner's Utopia: Panacea or Path to Hell? En realidad nunca le faltaron los críticos de todo calibre, pero Skinner parecía inmune a todo. Siempre decía de ellos que no habían entendido nada del asunto. El caso es que se volvió una celebridad al estilo de una estrella de Hollywood y, bajo su influencia, los psicólogos norteamericanos se volcaron a la experimentación con animales, al punto en que los congresos de la APA ya parecían un circo, a decir de Lee J. Cronbach (1957), quien se preguntaba si eso era psicología. Frente a todo esto, el libro que la APA produjo tempranamente por el aniversario de la fundación del laboratorio de Wundt, titulado A Century of Psychology as Science, a cargo de Sigmund Koch, fue duramente crítico con el cientificismo psicológico, lo que puede resumirse en una sola frase: "The entire subsequent history of psychology can be seen as a ritualistic endeavor to emulate the forms of science in order to sustain the delusion that it already is a science" (Koch, 1985). Pero pese a todo, ya sus fieles habían puesto a Skinner en urna de cristal, a salvo de toda crítica. Su imagen pública estaba vinculada a una caja con una rata adentro, y esa era la imagen que se daba de la "psicología científica", convertida a su vez en ícono del cientificismo. Hoy circula un mito acerca de Skinner según el cual fue catalogado en una encuesta como el más influyente psicólogo del siglo XX. Esta idea generalizada y errada surgió de la encuesta que en 1991 realizaron James H. Korn y Roger Davis de la Saint Louis University y Stephen F. Davis del Emporia State University, y publicado en julio de 1991 en el American Psychologist. Esta encuesta interrogó a 29 historiadores de la APA y 93 profesores de psicología acerca de dos puntos: cuál era el psicólogo más importante de todos los tiempos y cuál era el más importante del momento actual. Entre los más influyentes del momento actual, el promedio de profesores ubicó a Skinner en primer lugar, luego y, por poco, a Albert Bandura y en tercer lugar a Neal Miller, como es lógico esperar en los EEUU de 1990. Hay que tomar en cuenta que esta encuesta se hizo a profesores norteamericanos a dos meses de la muerte de Skinner. Aun así, en la otra encuesta, acerca del psicólogo más influyente de todos los tiempos, los historiadores de la APA ubicaron en primer lugar a W. Wundt, seguido de Williams James y Sigmund Freud. En esta lista Skinner figura en octavo lugar. Hace falta pues analizar la información completa desde una perspectiva adecuada antes de fabricar mitos. Si uno hiciera una encuesta en Barcelona acerca de cuál es el mejor equipo de fútbol, sería sumamente ingenuo y deshonesto proclamar luego que "en una encuesta se calificó al 'Barcelona FC' como el mejor equipo de fútbol del mundo". j) Victimización Como no puede ser de otra manera, las posturas equivocadas suelen ser el blanco de críticas muy variadas. Sin embargo, hay que advertir nuevamente, que esto no ocurre en la ciencia. En toda la ciencia, las teorías se confirman o se rechazan. No caben discusiones. Hoy nadie discrepa con las leyes del movimiento de Newton ni se están revisando los principios de la Tabla Periódica de los elementos. Sin embargo, nunca se ha dejado de discutir el carácter científico de la "ciencia de la conducta" y sus pretensiones psicológicas. Aunque el cientificismo se ufana de haber convertido a la psicología en una ciencia, al dejar atrás aquel asunto metafísico de la mente, lo que observamos es un claro repunte del interés científico por el estudio de la mente, la conciencia, los fenómenos cognitivos o los procesos mentales. Esta circunstancia actual nos tiene que indicar algo: o bien la ciencia está completamente equivocada y el cientificismo es el camino correcto, o bien estos han estado siempre equivocados, dentro de sus creencias ideológicas sobre lo científico. No debe sorprendernos si el cientificismo se mantiene en sus trece y declara que toda la ciencia que hoy se ocupa de la mente está equivocada. No sólo eso, es muy común leer, tanto a Skinner como a sus defensores, rechazar a sus críticos llamándolos ignorantes, acusándolos de no haber leído o no haber entendido la teoría conductual. En su libro "Sobre el conductismo", Skinner reúne 20 críticas típicas hacia su "ciencia de la conducta", desde las más relevantes hasta las más triviales, pero igualmente válidas. Y las presenta de este modo: "He aquí, por ejemplo, algunas de las cosas que usualmente se dicen del conductismo, o que se dicen de la ciencia del comportamiento. Yo creo que están erradas". Y luego añade: "Estos argumentos representan, en mi opinión, un extraordinario malentendimiento de los alcances y de la importancia de una empresa científica… Todos los malentendidos mencionados antes se pueden encontrar en publicaciones actuales de filósofos, teólogos, científicos sociales, historiadores, hombres y mujeres de letras, y muchos otros" (Skinner, 1974, p. 7, 8, 10). Es decir, todas las críticas no pasaban de ser más que "malentendidos". Y los críticos tan sólo eran personas incapaces de comprender la "ciencia de la conducta". Aseguraba que su "ciencia" no era entendida, y se preguntaba por qué. Y se respondía que "la ciencia era siempre mal entendida". Pero esto no es verdad, por el contrario, la ciencia se distingue por ser clara y definitiva. Incluso teorías complejas como la Relatividad son perfectamente comprensibles. Y el conductismo no es ni la sombra de esta teoría, pues se trata de un modelo simple, y en grado extremo. Lo cierto es que al final Skinner nunca dio respuesta a ninguna de las 20 críticas reseñadas por él mismo. Tanto él como sus seguidores, impusieron siempre la tesis de la "ciencia mal comprendida" como la mejor estrategia defensiva del conductismo. Conclusiones El cientificismo es una realidad humana. Sin embargo nunca ha sido suficientemente estudiada. Los efectos del cientificismo en la psicología se sintieron con el cambio de su objeto de estudio y de su formato científico, al imponerle la "conducta observada" como campo de estudio, y el control de la conducta como ocupación. La prédica del cientificismo respecto del poder de la ciencia concebida como un dogma del saber y una práctica empírica bajo un método estandarizado, llevaron al fracaso a numerosos proyectos científicos emprendidos al amparo de su retórica. Uno de ellos fue la autodenominada "psicología científica", conocida como conductismo e interconductismo; pero también a otros que no llegaron a adquirir las dimensiones de "escuela", sino de especialidad, como los estudios de la inteligencia y la personalidad. Aunque últimamente el tema de la inteligencia parece haber sido correctamente encauzado, gracias a enfoques como el de Sternberg. Tanto por el fracaso del cientificismo como por el avance de la propia ciencia, la psicología ha recuperado finalmente a la mente, la conciencia y los procesos mentales, como sus verdaderos objetos de estudio. Se trata de escenarios muy amplios y complejos en los que aún queda mucho trabajo por hacer. Afortunadamente los avances de la ciencia cognitiva y las neurociencias, así como otros frentes científicos paralelos, permite ser optimistas en la construcción de una psicología sólidamente edificada, sin los fantasmas que hace cien años la llevaron a desprenderse de sus campos de estudio, y sin los prejuicios del cientificismo naturalista afectando su desarrollo epistemológico y metodológico. Queda pues claro que la psicología es todavía una ciencia joven y una ciencia en plena construcción. No tengo la menor duda de que pronto dejará de ser la "ciencia en crisis" que siempre fue, para convertirse en una de las ciencias más sólidas del futuro. Pero como decía el extraordinario César Vallejo: "hay, hermanos, mucho por hacer". Y lo primero que hay que hacer, creo yo, es empezar a limpiar la casa.
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