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Ciencia, cientificismo y psicología científica. Una evaluación crítica de la historia y epistemología en la construcción de la psicología como ciencia
Luís Dante Bobadilla Ramírez
Obviamente, el cientificismo, si quisiera, bien podría inventar un instrumento de medición que le proporcione datos cuantitativos de la mente, como lo han hecho con casi todo, incluyendo el amor. Así podrían incorporar a la mente en su estructura de objetos conceptuales, y superar sus viejas críticas hacia la insustancialidad de la mente. Salvo sus propios prejuicios, nada les impide proceder de este modo. Y, por supuesto, ya podrían aplicarle el "método científico" a la mente, y así quedar satisfechos. Esto es posible debido a que el cientificismo ha instaurado la creencia generalizada de que un modelo estadístico de procesamiento de datos es "el método científico". Y esta es una de las aberraciones conceptuales que más daño han causado a las ciencias sociales y, en particular, a la psicología. De esto ya nos hemos ocupado antes (Bobadilla, 2008, 2009).
El hecho fue que el cientificismo eligió "la conducta observada" como su objeto de estudio o, mejor dicho, como su objeto de trabajo. Además de las explicaciones ofrecidas por Danziger y otros, podríamos entender este giro tan radical en la psicología americana, apelando a tres factores explicativos: primero, el surgimiento del cientificismo que puso por delante los preceptos del saber científico; segundo, la ceguera mental que impidió diferenciar sujetos de objetos, sumada a la carencia de un concepto real del ser humano como especie diferenciada, lo que impidió ver las facultades mentales, vinculándolas equivocadamente al espiritualismo escolástico; tercero, una noción equivocada del conocimiento científico como aquel se obtiene directamente mediante la aplicación de un método, lo que condujo a una confianza y dependencia excesiva de él. Se puede apelar a explicaciones más complejas desde los escenarios socioeconómicos y políticos, como lo hace Danziger. Pero sólo vamos considerar el análisis de los personajes involucrados en la revolución tecnocrática-cientificista, principalmente de Skinner. Como ha quedado de manifiesto, se trataba de un personaje arrogante e intransigente. Su personalidad es muy similar a la de los revolucionarios políticos que desprecian el sistema vigente y proponen la creación de un mundo nuevo sobre las cenizas del anterior. Así fue que toda la psicología edificada desde los filósofos presocráticos no servía para nada a su entender. Hubo que fundar una nueva psicología ignorando todo lo discutido en 2,500 años de historia. Como ocurre con los líderes políticos revolucionarios que pretenden refundar la patria desde una nueva Constitución, con sus propios conceptos de justicia y libertad, el cientificismo psicológico pretendió borrar toda la historia y empezar una nueva "psicología científica" a partir de sus propias concepciones. Al igual que ellos, Skinner enviaba el mismo mensaje: "la historia comienza conmigo". Y del mismo modo, el fundador de esta "nueva ciencia", fue objeto de culto a la personalidad por parte de sus fieles y fanáticos seguidores, quienes no tardaron en venerarlo y en inventar mitos alrededor suyo. Trataremos de entender algo de este curioso fenómeno histórico. Aparición del cientificismo psicológico Las dos guerras mundiales no sólo devastaron Alemania sino casi toda Europa y redujeron gran parte de su actividad científica y cultural desde los años 40, dejando a los EEUU en el predominio exclusivo de su enfoque conductista en pleno apogeo. Otra fuente de incidencias fue la llamada "Cortina de Hierro" que mantuvo aislada la psicología rusa y de toda Europa del Este. Si a esto le sumamos el hecho de que la industria editorial de EEUU fue prácticamente la única que quedó en pie luego de la guerra, y que, además, era fielmente replicada por la naciente industria editorial mexicana, convertida luego en la mayor de Latinoamérica, tenemos los ingredientes que ayudan a explicar en parte el boom del conductismo en América. Ya hace mucho tiempo que los sociólogos se dieron cuenta de que algunas ideas se imponen -o se acallan- no tanto por su veracidad o falsedad sino por las extrañas y caprichosas circunstancias históricas que las rodean. En tal sentido, uno de los más interesantes -y quizá más acertados- estudios acerca del origen de esta forma de "psicología científica", se da fuera del contexto de la psicología, y está a cargo de Kurt Danziger. La perspectiva sociológica de Danziger es importante en este debate porque se trata de un autor externo, que ve las cosas al margen de nuestras discrepancias profesionales. Es un investigador preocupado ya no de los aspectos normativos de la psicología sino de la aparición de una nueva comunidad de psicólogos, que adoptaron una novedosa visión del formato disciplinar como de sus compromisos científicos y sociales. No era -obviamente- la continuidad de la ciencia psicológica fundada por Wundt, sino la ruptura con esa tradición. Fue una especie de revolución tecnocrática que pregonaba un nuevo propósito para la labor psicológica. Los ayatolas del conductismo rechazaron toda concepción previa de la psicología, desde la que se originó en la época griega. El estudio de Danziger lo explica de este modo: "Lo que emergió en Alemania, entonces, fue una psicología cuyos problemas, metodologías y formas de conceptualización, permanecieron dominados muy directamente por las preocupaciones de la filosofía, que jugaba el rol del Hermano Mayor. En los Estados Unidos, en cambio, los psicólogos tuvieron que justificarse a sí mismos frente a un tribunal muy diferente. El control de los nombramientos universitarios, los fondos para investigación y las oportunidades profesionales, o se encontraban en las manos de hombres de negocios y sus ejecutivos, o en las de los políticos que representaban sus intereses. Si la psicología debía emerger como una disciplina independiente viable, debía serlo en una forma aceptable para esas fuerzas sociales. Las inclinaciones de aquellos de cuyas decisiones dependía la suerte de la psicología americana eran claras. Ellos eran hombres ubicados en posiciones de genuino poder social que estaban ansiosos en usar sus posiciones para controlar las acciones de los demás. Estaban interesados en técnicas de control social y desempeño tangible" (Danziger, 1979). Desde luego, los norteamericanos son herederos del espíritu pragmático inglés, y amantes de las herramientas y técnicas. Por algo EEUU tiene el record mundial de patentes. Los norteamericanos han inventado una herramienta para cada tarea de la vida cotidiana, incluso para las más simples y banales, como el cepillado de los dientes. Sus gigantescos hardware stores rebosan de herramientas de toda clase. Ya desde fines del siglo XVIII habían incrementado la productividad agrícola gracias a sus herramientas. En los EEUU, una nueva técnica es siempre bien recibida, y mejor aun si es bien vendida. No es nada raro entonces que los norteamericanos se hayan desentendido de "los molestos problemas filosóficos", a decir de Skinner, para preferir técnicas de control conductual y glorificar a la escuela que los produce, llamando a eso "psicología científica". Fue a partir de los compromisos adoptados con los estamentos del poder, como se va a gestar el modelo de esta nueva "psicología científica", que iba en busca de un nuevo objetivo: la predicción y el control de la conducta. Al contrario de lo que han terminado creyendo y repitiendo los seguidores del conductismo, este no es un objetivo que define lo científico, sino un fin concreto impuesto para una práctica concreta. Y fue esta situación la que, consecuentemente, impuso a la "conducta" como el nuevo objeto de trabajo de esta tecnología, pues se trataba de eso: una praxis tecnológica disfrazada de psicología y de ciencia. "Poco tiempo después, el objetivo de la nueva ciencia vino a ser anunciado a través de un slogan, que aún se hallaba en sus libros de textos introductorios: "la predicción y el control de la conducta". Este objetivo es totalmente discordante con los objetivos que Wundt tenía en mente para la psicología: sus fines no estaban relacionados ni con la predicción, ni con el control, ni con la conducta. Tampoco los sucesores alemanes de Wundt desarrollaron jamás tales objetivos para su disciplina. Si lo hubieran hecho, sus oportunidades de lograr el respeto del establishment académico hubieran sido aún más escasas" (Danziger, 1979). "Lo que Watson había hecho, era colocar el sello retórico final, en el establecimiento de la psicología como una ciencia administrativa, como una tecnología a ser manejada por los gestores de la sociedad con la finalidad de dirigir las acciones de aquellos a su cargo hacia los canales deseados" (Danziger, 1979). El mundo había ingresado a una nueva etapa histórica de producción. El incremento cuantitativo de la población generó cambios cualitativos en las sociedades modernas conformadas por millones de personas que se convirtieron en consumidores, clientes y electores. Se necesitaban nuevas y urgentes técnicas de control masivo. Todos estos cambios impusieron claras exigencias prácticas a las disciplinas que se desarrollaban al interior de las costosas universidades norteamericanas. El hombre corriente fue simplemente transformado en una pieza estandarizada para una cultura de la masificación que, apelando a criterios cientificistas, modelaba a la sociedad para acomodarla a las grandes cadenas de producción industrial, a las técnicas de control y a la medición estadística. No era de extrañar entonces la aparición de una disciplina que hablaba el mismo idioma y defendía los mismos propósitos. Tampoco sorprende que recibiera tanta atención y aceptación, más allá de sus graves deficiencias epistémicas en tanto psicología fallida, ciencia precaria y filosofía nula. Así fue que de un momento a otro, sin haber llegado aún a explicar el fenómeno humano, ya se ofrecían programas de control muy específicos. La psicoterapia al fin se sumaba a la vieja actividad del ser humano: la venta de panaceas. El mercado de productos psicoterapéuticos nunca dejó de crecer desde los años 50, competencia en la que el conductismo pretendió sacar ventajas gracias a sus altos índices de eficiencia. El relativo éxito alcanzado por las escuelas terapéuticas en una buena cantidad de casos, era empleado a menudo como "prueba" de la certeza de la teoría de fondo, incluso cuando no existiese ninguna teoría de fondo, como eran los casos de Rogers y Skinner, por ejemplo. Por otro lado, nadie se ocupaba de explicar los casos fallidos o la ineficacia en ciertos escenarios. En resumen, la carencia de explicaciones teóricas trató de ser compensada con la eficacia de las técnicas terapéuticas y de control conductual. Muchas escuelas psicológicas, especialmente la llamada "científica", no eran más que un mercado de técnicas en medio de una gran ignorancia en relación a los fenómenos que pretendían manejar o controlar. "A la mitad del siglo XX la psicología dejó de ser una ocupación puramente académica y empezó a comerciar sus productos en el mundo exterior. Esto significa que los requerimientos de ese mercado potencial empezaron a influenciar directamente en las tendencias de investigación de los psicólogos. Las versiones que lograban productos negociables en el mercado, recibían un gran impulso, mientras que aquellas que carecían de tales virtudes eran postergadas" (Danziger, 1994). Tampoco es nada extraño que en Latinoamérica, y especialmente en México, el conductismo norteamericano haya tenido tanta aceptación, pues por todos es conocida la gran influencia que ejercen los EEUU en Latinoamérica y, particularmente, en México, país que tiene muchas cosas copiadas literalmente de los EEUU. Los análisis políticos y económicos de México han concluido en que el recurso natural más importante de México es su frontera con los EEUU. Numerosos personajes del ambiente académico cruzaban la frontera en una y otra dirección, bien a formarse o enseñar, generándose en la práctica un mismo ambiente. Adicionalmente, la gran industria editorial mexicana que traducía todos los libros producidos en EEUU, fue la fuente bibliográfica de toda Latinoamérica, salvo Argentina, con lo que la habitual influencia ideológica y tecnológica de los EEUU creció hasta el extremo de la alienación de muchas sociedades, que adoptaron fielmente sus esquemas, aun cuando su realidad era totalmente distinta. Recusación del cientificismo psicológico La tesis central del cientificismo asumía que toda la realidad era igual, que estaba constituida por elementos homogéneos y por eventos repetitivos que reaccionaban a causas específicas, y por lo tanto, sólo había que desarmar las piezas para revelar su constitución más elemental, descubrir sus relaciones causa-efecto mediante experimentos, y señalar las leyes que lo rigen. En eso consistía todo el trabajo científico. El cientificismo psicológico acogió plenamente estas ideas y estableció el empleo del método cuantitativo como el instrumento ideal para ir al descubrimiento de las relaciones causa-efecto que regían hasta en los rincones más angostos y secretos de la vida humana, pública o privada. La estadística determinaría si había casualidad o causalidad, y por este camino se llegaría a descubrir, tarde o temprano, todas las leyes que rigen la vida humana y, luego, estaríamos en condiciones de controlar a la sociedad, predecir los hechos de la historia y crear un mundo feliz, totalmente dirigido por la ciencia. Ese era el sueño anunciado y prometido por el cientificismo, desde Comte hasta Skinner. Pero el mundo feliz del cientificismo empezó a desmoronarse cuando la Teoría de la Relatividad y, luego, la Teoría Cuántica, hicieron tambalear las más firmes creencias de la física mecánica y de la ciencia clásica. En otro ámbito, una larga cadena de filósofos demostró que los conocimientos no son los mismos cuando se trata del mundo natural que cuando se trata del mundo cultural de los humanos. Incluso la filosofía de la ciencia confrontó el metodologismo empirista, demostrando que resulta perfectamente factible acogerse a un marco teórico errado para producir hipótesis y experimentos cuyos resultados, analizados al amparo de la teoría generadora, pueden llevar a conclusiones lógicas pero igualmente erradas. Quedó claro que los experimentos nunca pueden ser concluyentes, y que tan sólo una prueba de falsasión es definitiva. Además se señaló el "sesgo de confirmación" que es una tendencia a preferir con más facilidad las hipótesis y los experimentos que confirman las ideas prevalecientes. Así fue como se inició el cientificismo en psicología, copiando a las ciencias naturales cuyos enfoques era los que estaban en boga. También fue así como, generación tras generación, seguimos creyendo en la conducta, y elaborando teorías de la inteligencia y de la personalidad sin que nos acerquemos nunca al meollo de estos temas; por el contrario, a más teorías, mayor dispersión y confusión. Lo que se hizo finalmente fue preferir lo último asumiendo que era lo mejor, o porque sencillamente estaba de moda. En el caso del conductismo ni siquiera se elaboraron teorías, simplemente se procedió a la generación de técnicas de control, mediante los diversos procedimientos establecidos por esta disciplina. Ni el caos teórico ni la orfandad epistémica detuvo al cientificismo psicológico que siguió midiendo todo lo que podía medir. Prácticamente no quedó nada que no se pudiera medir de alguna curiosa manera. La fabricación de instrumentos de medición marcó toda una moda en los EEUU. El sueño de todo estudiante de psicología era desarrollar su propia escala de medición, que llevaría su nombre o el del equipo creador. Estos instrumentos eran apetecidos con ansiedad por la estructura social de dominación, ya que eran empleados en los procesos de selección y discriminación, con una justificación supuestamente científica; pero también por el cientificismo académico, para la fabricación de los datos numéricos requeridos por las técnicas estadísticas que eran usadas para descubrir las famosas relaciones causa-efecto. Y todo esto se hacía asumiendo marcos teóricos que carecían de respaldo científico. Nadie sabía qué era eso que se medía ¡pero se medía! Tal como lo demostró Boring (1950) y muchos otros investigadores que hicieron estudios en diversas épocas, nunca existió un concepto uniforme de inteligencia. Tanto así que Boring admitió con ironía que "inteligencia es eso que miden los test de inteligencia". Pero lo mismo se podía decir de todos los demás constructos medidos, desde la personalidad hasta el estrés. Era simplemente la fiebre cultural de la medición estadística. La psicología se convirtió en una rama de la estadística. Toda la "ciencia psicológica" se construía con el método estadístico, alimentado con mediciones que provenían de instrumentos sustentados a su vez, estadísticamente. Y no había ningún tipo de inquietud ni recelo acerca de la clase de conocimientos que se obtenían mediante tal proceder. Se trataba simplemente de una racionalidad culturalmente establecida. Y como ocurre con cualquier otra conducta típica, nadie se preguntó nunca ¿por qué hacemos esto? Simplemente actuaban convencidos de que era lo correcto. Al cabo de medio siglo de mediciones, había muchos ladrillos dispersos en el terreno de la psicología, y algunos bloques, pero el edificio de la ciencia psicológica seguía sin tener forma alguna. Peor, aun, estaba sin vecindario. El comportamiento de estas comunidades psicológicas debe ser explicado desde la perspectiva de la psicología cultural, ya que epistemológicamente no tiene ningún sentido. La racionalidad que rige en una comunidad resulta como producto de sus propias actividades, y se explica a partir de los intereses de grupo, compromisos institucionales, tradiciones culturales, expectativas de sus miembros, etc. Dicha racionalidad adquiere una forma que no obedece a ningún diseño lógico ni epistémico sino a situaciones sociales y condiciones históricas; al igual que el túmulo de un termitero, simplemente aparece como está, producto de la actividad y no de un diseño. No se le puede exigir consistencia epistemológica a la racionalidad de estas comunidades psicológicas que tan sólo siguen una moda cultural y un ritmo social. A esto se suma la exportación de los productos culturales que son asumidos por otras comunidades en un proceso de aculturación, o de simple alienación, al copiar modelos de las sociedades que admiran, aunque su propia realidad sea muy distinta. Es el esnobismo típico de los sectores intelectuales en los países subdesarrollados. El empleo del enfoque naturalista y su afán por descubrir causas externas de la conducta, nunca le proporcionó mayor consistencia a la psicología sino mayores limitaciones, pues dicho enfoque no atendía las peculiaridades del hombre como sujeto, ni como organismo complejo de naturaleza cognitiva y cultural. Simplemente lo estudiaba como un objeto más bajo los conceptos de la física. Toda ciencia es el estudio de la realidad, y empieza por el reconocimiento cabal de su realidad y la discriminación de las diferencias que hay en su escenario. La física, por ejemplo, no es la misma cuando aborda los campos subatómicos o los astronómicos. Una ciencia psicológica no puede ignorar la diferencia notable entre objetos y sujetos, ni las diferencias evolutivas existentes entre las especies para explicar el comportamiento de los organismos, ni dejar de advertir los saltos cualitativos que se dan en la evolución, y en particular los que se observan en el ser humano. No podemos explicar ninguna conducta animal con la misma lógica epistémica con que se explica el movimiento de los árboles o la caída de las rocas. Las relaciones causa-efecto pertenecen a una dimensión y escala de la realidad, pero no a toda, y mucho menos al escenario de los organismos autónomos e inteligentes. La realidad física ha estado transformándose, primero a base de las propiedades de la materia y los eventos físicos, y luego por las propiedades de los organismos. A partir del hombre la historia evolutiva cambia y aparece un nuevo proceso, totalmente diferenciado, que tiene al conocimiento y al pensamiento humano como sus fundamentos propulsores. La cuestión de la selección natural queda totalmente al margen de este tipo de transformación evolutiva. No se trata más de un proceso natural sino de un proceso cultural. El hombre es quien determina su propia evolución, por tanto va más allá de lo puramente natural, pues él ha creado su propio ambiente cultural. Esto cambia radicalmente el enfoque pues el ambiente que se estudia no es ya un ambiente de tipo físico-natural sino otro que es de naturaleza socio-cognitivo-cultural. Los hechos humanos no obedecen a causas naturales; es decir, a relaciones causa-efecto. Nadie va a la iglesia por causas naturales, ni sigue una profesión por causas naturales. Y de hecho, nadie se suicida por causas naturales. Incluso los actos más naturales del hombre en tanto animal, han sido ideologizados y dependen de condicionamientos culturales. Así ocurre con el sexo, la alimentación, el sueño, etc. De modo pues que los hechos humanos obedecen a razones y no a causas naturales. El hombre incluso puede contravenir las leyes naturales, pues es capaz de controlar sus procesos biológicos y fisiológicos. Puede escamotear las leyes de la física y volar, crear elementos artificiales, etc. Precisamente por el hecho de que el mundo de los humanos se desenvuelve regido por procesos cognitivos (individuales y sociales) y no por leyes naturales, es que el mundo perfecto y feliz del cientificismo naturalista se vino abajo como un castillo de naipes. Una noticia que parece no haber llegado aún a todos los rincones de la psicología.
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