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Ciencia, cientificismo y psicología científica. Una evaluación crítica de la historia y epistemología en la construcción de la psicología como ciencia
Luís Dante Bobadilla Ramírez Psicólogo Facultad de Medicina Humana de la Universidad de San Martín de Porres
Lima, Perú
La verdadera gran estrella del conductismo (la "psicología científica" para el cientificismo),
sería Skinner, quien después de estudiar algunas ratas y palomas en experimentos muy concretos y simples, estableció que toda conducta, incluida la del hombre, podía explicarse como meras acciones reactivas al ambiente, reforzadas por sus contingencias, y postuló que las causas de la conducta no le pertenecían al organismo sino al ambiente. De esta curiosa manera, el foco de atención salió del animal y se dirigió al ambiente. Era una psicología sin psique y sin organismo, ya que no se requerían explicaciones fisiológicas ni biológicas, ni ninguna conexión con ellas. Esta "psicología científica" resultó ser singularmente distinta y opuesta a cualquier otra clase de ciencia, pues Skinner no tuvo ningún reparo en declarar -con su típica altivez- que no estaba interesado en desarrollar grandiosas teorías, ni en proporcionar explicaciones satisfactorias, ni en establecer enlaces entre la psicología y las demás ciencias, ni mucho menos en desenterrar mecanismos para llegar a la mente. No. Nada de eso. Todas ellas serían empresas fracasadas. En vez de eso, Skinner proponía una "ciencia descriptiva del comportamiento" que fuera útil para la predicción y el control de las acciones de los organismos, cualquiera que ellos fueran, desde una rata a un niño.
"Por lo que respecta al método científico, el sistema establecido en el capítulo precedente puede caracterizarse de la siguiente manera: es positivista. Se limita a la descripción en lugar de la explicación. Sus conceptos se definen en términos de observaciones inmediatas, y no se les confiere propiedades fisiológicas o locales. Un reflejo no es un arco, un impulso no es el estado de un organismo, la extinción no es el agotamiento de sustancias ni de estados fisiológicos" (Skinner, 1939, p. 35).
En última instancia, esta "psicología científica" se redujo a una mera técnica utilitaria que abandonó el reto de dar explicaciones del comportamiento humano y de los fenómenos propios del hombre. Ninguna ciencia ha tenido el desplante de imponer sus propias condiciones normativas y luego presentarse como "ciencia". Y en añadidura, ninguna ciencia ha cosechado tantos y tan variados y severos críticos. Nada se convierte en ciencia tan sólo por copiar un método y un credo positivista. ¿Era sostenible una "ciencia de la conducta" que abandona el reto de dar explicaciones, y se funda en la búsqueda de condiciones en el ambiente, como fundamento del análisis conductual de un organismo, teniendo como única meta el control de la conducta, y asumiendo la ignorancia de los eventos internos así como la incomunicación con otras disciplinas, como condición de su técnica?
Podríamos asegurar que, ya para los años 70, Skinner era consciente de las tremendas limitaciones y contradicciones de su ciencia, pero nunca dio su brazo a torcer. Al contrario, perseveró confiado en que no había otra manera de lograr el control, que era según él la meta final de toda ciencia, exhibiendo de este modo su confusión entre ciencia y tecnología (una confusión muy común en el cientificismo). Ante la incontenible ola de cuestionamientos y rechazos que provocó esta "ciencia de la conducta", Skinner se sintió obligado a escribir en defensa de sus concepciones. Primero fue "Más allá de la libertad y de la dignidad", donde presentó su tecnología como una herramienta para diseñar culturas, nada menos. Estaba convencido de que la misma técnica con la que amaestraba a una rata, podría ser usada en el moldeamiento de toda una cultura. De este modo se lograría el mundo feliz anhelado por el cientificismo desde los días de Comte. Aunque presentaba esto como la posibilidad de hacer una sociedad más humana, no indicaba quiénes serían los arquitectos del nuevo diseño social ni sobre qué criterios; por el contrario, ya había renegado de los criterios éticos de la sociedad. Tan sólo trató de responder a los humanistas, presentándose a sí mismo como el más humanista de todos. Poco después escribió "Sobre el conductismo", donde reitera su visión mecánica del mundo pero tratando de abordar aquellas cuestiones que le eran más criticadas. Se trata de un libro atormentado por contradicciones, y empieza justo con una reflexión sin sentido: "El conductismo no es la ciencia del comportamiento humano. Es la filosofía de esa ciencia. Estas son algunas de las preguntas que se plantea: ¿Es realmente posible tal ciencia?" (Skinner, 1974). Se planteaba esta pregunta treinta años después de haber publicado "Ciencia y conducta humana". A decir verdad, las contradicciones son parte consustancial del pensamiento de Skinner. Y esto era inevitable por cuanto la mecánica fisicalista de su técnica descansaba en una posición incómoda: el refuerzo le pertenecía al organismo. Así que, pese a su modelo físico del tipo causa-efecto y a su obsesión por dedicarle al ambiente la responsabilidad total de la conducta, le resultaba imposible desprenderse de la embarazosa referencia al organismo como el poseedor del refuerzo, y a este como algo vinculado a distintas clases de expectativas del propio organismo.
Lo que no se le puede negar a Skinner es osadía. Si antes propuso su técnica como mecanismo para diseñar culturas, ahora presentaba su técnica como una filosofía. Sin embargo, más adelante persevera discordantemente en su concepción original de que el conductismo "se liberó" para trabajar sin disquisiciones filosóficas. Si bien parecía intentar responder a los cuestionamientos, al final no se atrevió a aclarar ninguna de las críticas; todo lo contrario: este libro es una joya de la contradicción y de la ambigüedad mediante juegos de palabras. Dice por ejemplo: "El conductismo radical… tiene en consideración los hechos que se dan en el mundo privado dentro de la piel. No denomina inobservables a estos hechos, y no los desecha por subjetivos. Simplemente cuestiona la naturaleza del objeto observado y la confiabilidad de las observaciones" (Ibíd.). Pero una de las observaciones básicas de su modelo es que existe un refuerzo de la conducta, lo cual es una condición interna del organismo. Se recubre además con una serie de afirmaciones temerarias sin sustento alguno. Asegura, por ejemplo, que lo que se observa en la introspección no es la mente sino el propio cuerpo del observador. Su disquisición lleva un rumbo errático desde que se ocupa meramente de lo que hace una persona; cuando ese no es el interés de la psicología, y mucho menos de ninguna filosofía. Finalmente, no responde una sola de las críticas, sólo propone crear una "filosofía de la conducta". Pero esto ya era demasiado.
El hecho es que la estrella de Skinner se fue apagando a lo largo de los 80, cuando las limitaciones de su modelo llevaron a los conductistas a buscarle un reemplazo. Ya antes habían surgido los "cognitivo-conductuales", una especie de híbrido ecléctico que criticó a Skinner por su dogmatismo, al permanecer anclado en un antimentalismo intransigente. A despecho de los planteamientos de Skinner, aparecieron diversos conductistas que crearon sus propios modelos teóricos incorporando aspectos cognitivos. Por su parte, en México, Emilio Ribes y sus amigos decidieron resucitar a Kantor, paseándolo como el cadáver del Cid, para demostrar que el conductismo seguía vivo y que, además, "progresaba". Con ese fin empezaron a actualizar rápidamente la ya vieja teoría del "campo interconductual", con el mismo antimentalismo original, pero con el moderno objetivo de abordar la complejidad de la vida humana aunque bajo el mismo esquema fisicalista y experimental, y con el mismo interés depositado en las técnicas de control.
De todas estas variantes conductistas, sólo parece sobrevivir, por ahora, el interconductismo -en una versión que no terminan de modificar- promocionado por Ribes y otros, a la que unos llaman pomposamente "conductismo de tercera generación", cuando es parte, en realidad, de la primera oleada del cientificismo psicológico fisicalista del primer cuarto del siglo XX, tanto así que incluso Skinner lo menciona ya en su primer libro. Algo curioso es que Kantor jamás se consideró un conductista. La rivalidad entre Skinner y Kantor fue intensa, pero Skinner logró mayor fama por dos razones básicas: primero porque era un excelente escritor y un exagerado promotor de su teoría; y segundo, porque su modelo era infinitamente más simple. Pero la fortuna le sonrió finalmente a Kantor debido al agotamiento del modelo de Skinner, pese a toda su grandilocuencia y ambición. Actualmente son varios los que han intentado la reconstrucción de este "conductismo de campo", al punto que ha empezado a crecer y bifurcarse como una enredadera. Las mutaciones de la autodenominada "psicología científica", cualquier cosa que se entienda hoy por esto, han sido muchas. Ahora se habla de la "ingeniería de la conducta" con la misma pasión desbordante depositada en las de técnicas de control conductual, que conciben a los humanos como máquinas estandarizadas cuyo funcionamiento es universal, estable, permanente y repetitivo.
Debemos admitir que el conductismo, en todas sus expresiones, tiene todo el derecho a existir hoy como una propuesta tecnológica, pues realmente no es más que una técnica recubierta con una excesiva y pretensiosa retórica cientificista. Pero lo que no puede seguir haciendo es confundirse con la psicología y mucho menos tratar de reemplazarla. Cuando el cientificismo decidió evitar los escenarios del psiquismo para establecer su objeto de estudio ya sea en el ambiente, en la situación o en cualquier otra cosa fuera del organismo, debió señalar con claridad que eso ya no era una psicología. Nos hubiéramos ahorrado muchísimos debates estériles si el conductismo se hubiese configurado como una disciplina independiente, tal como lo hizo la semiótica, por ejemplo. En tal sentido resulta sensata la propuesta de Ardila (1998), quien plantea una "ciencia de la conducta" como una disciplina al margen de la psicología; aunque él lo plantea "porque esta no tiene un objeto claro de estudio". Como si los conductismos lo tuvieran. Veamos.
La precisión del nuevo objeto de estudio del cientificismo psicológico fue todo un conflicto, pues los debates en torno a lo que es la "conducta" existieron desde el principio y nunca hubo un acuerdo. Para algunos, como Watson, incluía "acciones" como la de pensar, mientras que para otros implicaba el señalamiento de acciones específicas, observables y medibles (Bayés, 1978). La discusión sobre este concepto ha sido tan amplia como inútil, aunque ciertamente a menudo se le ha soslayado. En el conductismo de habla española el asunto ha sido todavía peor, por cuanto han pasado a los intentos por diferenciar conducta de comportamiento, ampliando el debate a dos conceptos. El mismo Skinner no pudo ser muy específico respecto de lo que consideraba como conducta, pues fiel a su estilo se conformó con decir: "es lo que un organismo ve que el otro hace" (Skinner, 1939, p.42). Pero lo que todo organismo hace, en última instancia, es vivir; y esa vida se despliega en una serie de actividades que conllevan determinadas acciones. ¿A qué exactamente se refiere? De hecho esta no es la perspectiva de Skinner. Para él la conducta se reduce a meros movimientos ejecutados por unos "objetos" (en eso se convierten los organismos despojados de contenido interior) en un espacio. La ciencia de la conducta consiste en explicar estos movimientos mediante relaciones de causalidad, al estilo de la mecánica de Newton. En otras palabras, es una forma de física adaptada a la psicología por un cientificismo que no concibe otra forma de ciencia. El problema es que, pese a todo esto, Skinner nunca dejó de emplear términos como organismo, hambre, aprendizaje, búsqueda, satisfacción, etc. Tenía la pretensión de explicar el mundo interior mediante el mundo exterior y "corregir el daño producido por el mentalismo" (Skinner, 1974, p. 24).
La confusión generada por Skinner con su lenguaje contradictorio y ambiguo, que rechazaba el contenido interior mientras dedicaba la mayor parte de su literatura a hablar de ella, produjo el rechazo de varios sectores conductistas. Esto queda más que en evidencia leyendo a un neo conductista como Josep Roca i Balasch (2007), quien ha intervenido para "aclarar" el enredo respecto del objeto de estudio de la ciencia conductual, con un profuso análisis en el que, para variar, descalifica todo lo actuado por los conductismos, antes de mostrar su propia perspectiva, fundada en un fisicalismo todavía más recalcitrante, si cabe:
"El conductismo radical… debería haberse dado cuenta de que la ciencia trata de relaciones causales más allá de los prejuicios de las representaciones corpóreas. Pero, lamentablemente, la llamada ciencia de la conducta, ha sido víctima de ese hablar corporeizante al decir que la conducta es acción, ya que como se ha dicho, la acción lo es de alguien y ese alguien no puede ser sino algo corpóreo. Por decirlo así: el hablar científico de relación no debería admitir conceptos tales como organismo, cerebro, sujeto, individuo, o respuesta, medio, estímulo, objetos, medio de contacto ni otros anclados en el mismo criterio de extensión. Son rechazables.
Es criticable, además, la representación espacial de la conducta o de la interconducta -ver, por ejemplo, el esquema del campo interconductual- porque es fácil caer víctima de la metáfora corpórea al hablar de relación entre elementos descritos en términos de extensión o corpóreos" (Roca i Balsch, 2007, p. 4).
Queda, pues, en evidencia que nunca hubo ningún consenso en el cientificismo psicológico, en torno a lo que sería su objeto de estudio. Y obviamente no hay ciencia sin objeto de estudio. El único consenso estaba en el método y la doctrina, es decir, en el afán por copiar el formato de la física y los conceptos de las ciencias naturales, y en reducirse a una práctica experimental generadora de técnicas; lo que no se llega a comprender es la necesidad de disfrazar semejante disciplina como psicología, cuando es evidente que no era ni ciencia ni psicología. También resulta evidente que aún permanecen vivos los antiguos prejuicios por los que se atacó a la psicología a principios del siglo XX. Prejuicios renovados y aumentados, pues, como vemos, Roca i Balasch abomina de los "prejuicios de representación corpórea". ¿Pero acaso los organismos no poseen, en efecto, una representación corpórea? ¿Es eso un prejuicio o una realidad llana? Lo que ocurre es que el cientificismo no considera sus prejuicios como prejuicios. Sin embargo, sus prejuicios están presentes, incluso en relación a lo que "la ciencia es", y han pasado sin rubor, de negar la mente a negar los cuerpos. Ya en la psicología de Kantor podíamos advertir que los hombres-sin-mente de Skinner habían pasado a convertirse en hombres-sin-cerebro. Pero ahora han avanzado más y han patentado el organismo-sin-cuerpo. De este modo, se logra la transmutación final de los sujetos en objetos, eliminando definitivamente a los sujetos de la realidad, tan sólo para la comodidad del "método científico" y felicidad del cientificismo.
Hasta cierto punto se entiende que en los inicios del siglo XX se estigmatizara a la psicología por ocuparse del psiquismo, pues esta venía precedida de una aureola de espiritualidad muy inapropiada para el enfoque científico. Para entonces, el psiquismo era tan poco entendible como lo era la mecánica cuántica. Ni aun el átomo pudo ser entendido a la sazón, hasta que Niels Bohr lo dibujó como un pequeño sistema planetario con los electrones girando alrededor del núcleo, y medio mundo quedó feliz con esa falsa imagen. Por desgracia, en aquellos días no había analogía posible para el psiquismo, las computadoras tardarían aun algunas décadas en aparecer y en hacer evidente un procesamiento de información mediante reglas y objetivos. A falta de analogías permanecieron anclados en la falsa imagen de la mente, heredada de la psicología escolástica. En consecuencia, intentaron eliminar ese rastro indeseable de espiritualidad idealista, pero también a la disciplina que se ocupaba de ella. Afectados por sus prejuicios y anhelos, el cientificismo ubicó al hombre como un objeto más, en un mundo natural poblado de una misma clase de objetos, estudiados por una única ciencia naturalista que usaba un único método, basado en causas naturales y leyes universales. Bajo su visión, el mundo era de una sola forma y la ciencia también, la conducta era un fenómeno más de la naturaleza, al igual que la lluvia, el viento o la caída de las hojas, y había que estudiarla de ese modo. Todo quedó reducido a simples hechos naturales que debían explicarse mediante relaciones causales, siguiendo los principios de la física mecánica de Newton, quien -bajo estas consideraciones- tendría que ser declarado el verdadero fundador de la "psicología científica". El comportamiento humano era parte de esos hechos naturales, objetivos y externos, ajenos a toda forma del ser, y cuyas acciones debían ser registradas minuciosamente sin interpretación alguna, sólo registradas hasta descubrir una relación de causalidad, que saltaría por sí sola como una liebre acosada por el escrutinio científico.
La respuesta a tales pretensiones absurdas provino de la psicología rusa, cuya ciencia se edificaba sobre las bases del materialismo dialéctico, y cuya psicología carecía de los apuros comerciales, los compromisos político-sociales y las afectaciones cientificistas y tecnológicas que perturbaban a la psicología americana:
"La psique, la conciencia y el inconsciente representan no sólo tres cuestiones psicológicas centrales y fundamentales sino que son, en mucho mayor grado, cuestiones metodológicas, es decir, cuestiones relativas a los principios de estructuración de la propia psicología como ciencia… Es sólo a partir de la introducción de estos conceptos cuando se hace posible en todo su sentido la psicología como una ciencia independiente, capaz de unir y coordinar los hechos de la experiencia en un determinado sistema… El destino de nuestra ciencia depende de cómo se resuelva esta cuestión fundamental para ella" (Vygotski, 1930, p. 95).
"Estamos ante una cuestión filosófica que es preciso resolver teóricamente antes de que podamos ocuparnos de explicar hechos concretos" (Vygotski, 1930, p. 96).
Pero debemos entender lo que ocurría. Además de lo ya indicado, la psicología rusa tampoco tenía los compromisos ideológicos con la religión, como los que existían en Norteamérica. Las ciencias naturales fueron una vieja herencia dejada por la filosofía positivista, cuyos principales propulsores, con la sola excepción de Hume, fueron todos fervientes creyentes en el orden celestial creado por Dios, bajo el imperio absoluto de su voluntad en el cosmos y sobre la vida de este mundo. Ya desde el siglo XIII, Guillermo de Ockham postulaba que el conocimiento humano debía ocuparse sólo de lo objetivo y material, dejando todo lo demás a la fe. Descartes dio la pauta para la ley de la conservación de la energía y la materia cuando afirmó que Dios había infundido una cierta cantidad de movimiento al universo y que este continuaba inalterado, ya que no podía ser creado ni destruido. Newton llegó a afirmar que las fallas de los cálculos se debían a los ajustes que Dios realiza para mantener el perfecto orden universal. Así trató de explicar porqué su física no lograba definir la órbita de Mercurio. De modo que detrás de los principios del positivismo y del cientificismo reposaban en realidad las mismas visiones religiosas arcaicas sobre el mundo y el conocimiento. Tales principios no surgieron de la sola observación de la realidad, sino de los prejuicios con que se observaba y se entendía esta realidad, pues bajo dicha visión existían regularidades perfectas y leyes propias de un orden implícito universal, y un acatamiento estricto por parte de la naturaleza. En consecuencia, el hombre no podía escapar a este mismo destino, por lo tanto no podía gozar de libre albedrío, como lo aseguraba Skinner. Simplemente había que ir al descubrimiento de sus leyes causales y ellas lo explicarían todo. Estas leyes estaban en el ambiente y para esto se contaba ya con el inefable "método científico". Una vez logrado el acopio de todas las leyes del mundo, este sería un lugar de felicidad, pues ya se podría predecir y controlar toda la conducta. Sin embargo, el escenario feliz del cientificismo no duraría mucho, pues antes de finalizar el siglo XX, la realidad puso en la picota las creencias más caras y absurdas del cientificismo, no sólo en la psicología, sino en todas las disciplinas edificadas con este disparatado andamiaje teórico.
A decir verdad, la influencia del cientificismo en la psicología empezó modestamente mucho antes que Pavlov, en el estudio de un concepto extraído del lenguaje ordinario, al cual se le fabricó una explicación científica mediante la aplicación del método. Nos referimos al trabajo de uno de los personajes más pintorescos y desequilibrados de la historia científica, Sir Francis Galton (1822 - 1911) creador de la "inteligencia" como objeto de estudio científico. Comprometió en su empresa al estadístico Karl Pearson, cuyo trabajo influyó en su colega Charles Spearman, y al final de esto emergió la primera teoría de la inteligencia fundada esencialmente en el tratamiento estadístico de datos, lo que a la larga constituyó el trágico salto de la psicología hacia la lógica matemática y su dependencia de la estadística. Este fue el inicio de la psicología diferencial y la psicometría. Lo que en realidad pretendía probar este estudio era el carácter hereditario de la inteligencia, entendida como un don que Dios le habría otorgado sólo a cierta clase de personas, para lo cual se inventó el concepto de regresión. En verdad no hay nada de malo en que una larga empresa científica se inicie con un proyecto disparatado, a menos que el disparate se instituya como concepto y "campo científico", y determine una línea de acción a seguir. Precisamente este ha sido uno de los defectos del cientificismo en psicología: inventar sus propios campos de estudio, lo que en otros términos se conoce como la construcción ideal de un objeto de estudio. Basta con que sea factible aplicar las técnicas del supuesto "método científico" para que cualquier cosa se transmute en objeto científico. Y esto es posible gracias a la invención de artilugios que generan datos cuantitativos. Si es posible (y casi siempre lo es) obtener algunos datos numéricos a través de un instrumento ideado, aquello cobra vida como un "objeto conceptual" y, en consecuencia, ya se le puede aplicar el método. Así es como surgieron la inteligencia, la personalidad, la conducta, la interconducta, y la gran mayoría de "objetos conceptuales" que le han hecho perder el tiempo y el rumbo a la psicología, dando pie a una interminable saga de curiosas teorías y escuelas sobre la nada. Así es: sobre la nada. El problema de generar "objetos conceptuales" es que se derriten a la luz de un análisis ontológico, lo que lleva a una crisis en la epistemología de la ciencia que se ocupa de eso. Aunque, claro, aparentemente la metodología sigue funcionando, lo cual basta para reconfortar al cientificismo. Lo malo de todo esto es que una vez instituido el concepto, la teoría y la comunidad de creyentes en torno a una práctica, resulta casi imposible desmontar todo este andamiaje artificial, ni siquiera a la luz de los nuevos conocimientos que dejan al descubierto la precariedad y falsedad de sus estructuras. Por desgracia, los errores histórico-sociales nunca se corrigen, sólo van quedando y acumulándose, aunque sea en la forma de pequeños guetos automarginados, que de tiempo en tiempo procuran reaparecer renovados.
Los comentarios están ordenados desde el más reciente al más antiguo:
Ana Díaz: Felicitaciones...ya era hora de que alguien defendiera a la joven psicología. Lo único que falta, según mi opinión, es hacer conciencia, aclararle el panorama al "sector docente" en las universidades, si pudiera ser a nivel latinoamericano sería ideal, ya que, al menos en mi universidad, se siguen enseñando cantidad de teorías que solo confunden al nuevo estudiantado. Como marco teórico, este artículo ayuda en la comprensión histórica de la psicología, pero creo conveniente que la "enseñanza" de la ciencia psicológica regrese al punto de su verdad y encuentre el método de mantenerse en ella, para evitar que los jóvenes aprendices se extravíen y veneren falsas o ajenas doctrinas de la seudopsicología, cayendo en el cientificismo psicológico y continuando, en cierta forma/medida, en la ignorancia del conocimiento verdadero.
Magnolia Abadillo: Estimados Señores de Psicología Científica y especialmente al Licenciado Luis Bobadilla ¡¡Felicitaciones por este magnífico trabajo!! Soy estudiante del 5º grado y en cuarto cuando recibí el curso de sistemas de psicoterapia, empecé a sentirme confundida con respecto a la psicología. Sentí precisamente es pérdida de sentido en cuanto a mis estudios, pero este artículo me ha ayudado a comprender qué fue lo que pasó. Por favor, manténgannos informados sobre el curso de la "psicología pura" para que no perdamos nuestro norte. Gracias de nuevo.
evelyn arrieta ochoa: Buenas tardes Ps.Luis D.Bobadilla me parece genial el trabajo que realizó me interese mucho porque es un tema de polémica de que hay muchas criticas con esto de que la psicología es ciencia o no? yo personalmente creo que es una ciencia joven como menciona y para esto necesitamos demostrar cada dia mas .
Estudiante de Psicología .V ciclo