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El ámbito de lo social en las doctrinas psicológicas esencialistas
Marco Alexis Salcedo Serna
Fecha publicación: 18/marzo/2010
Palabras clave: Psicología, Esencialismo, Lo social, Revolución contextual.
Introducción
Se podría afirmar que dos premisas han sido las que han determinado a la psicología, una aplicable a toda psicología posible, y otra característica de la psicología moderna, clásicamente naturalista, ambas relacionadas con el aspecto de lo social en la reflexión psicológica: - El ser humano es la única entidad viviente conocida que depende absolutamente de la llamada segunda naturaleza (la cultura) para sobrevivir, debido a que el saber que orienta su acción no se transmite de generación en generación a través de mecanismos biológicos, sino a través de procesos sociales. - El hombre posee una estructura cognitiva que aunque es la encargada de absorber lo ideológico, aunque está preparada para recibir la civilización, no está culturalmente determinada, no es ella misma social, pues las facultades que la componen son elementos que la naturaleza origina. La primera premisa significa que los seres humanos requieren de fuentes simbólicas exsomaticas para organizar su conducta en el mundo, ya que el saber que los orienta no está constitucionalmente inserto en sus cuerpos. Los esquemas de conducta de los animales inferiores, por lo menos en mucha mayor medida que en el hombre, les son dados con su estructura física; las fuentes genéticas de información ordenan sus acciones dentro de márgenes de variación mucho más estrechos y que son más estrechos cuanto más inferior es el animal. En el caso del hombre, lo que le está dado innatamente son facultades de respuesta en extremo generales que, si bien hacen posible mayor plasticidad, mayor complejidad y, en las dispersas ocasiones en que todo funciona como debería, mayor efectividad de conducta, están mucho menos precisamente reguladas "... si no estuviera dirigida por estructuras culturales -por sistemas organizados de símbolos significativos-, la conducta del hombre sería virtualmente ingobernable, sería un puro caos de casos sin finalidad y de estallidos de emociones" (Kroeber, 1995: 52). El mero estudio de las características morfológicas y fisiológicas del ser humano, tal como lo realizó en los años veinte del siglo XX el anatomista holandés Louis Bolk, muestra que somos seres biológicamente dependientes de estructuras exsomaticas. La teoría de la fetalización o de la neotenia de Bolk indica que aspectos como ausencia de pelaje, sistema muscular y esquelético relativamente frágil, albinismo, carencia de sistemas naturales de defensa, y otros rasgos como pérdida de una orientación natural hacia lo real, prematuración biológica, largo periodo de dependencia hacia otros, carencia de un hábitat, llevan a concluir que desde el momento del nacimiento la cría humana necesita de artefactos culturales para sobrevivir; su misma biología lo obliga a ello. La segunda premisa, que Jerome Bruner llama esencialismo (Bruner, 1991), designa la creencia de que en el hombre hay una esencia que preexiste a su existencia, una sustancia presocial, prelingüística, virgen de todo contacto con lo social, que sólo luego, conforme el bebé se hace niño, y después hombre, recibe la influencia de lo social bajo la forma de contenidos, contenidos que son los que caracterizan al contexto cultural en el cual nació el sujeto. Lo anterior implica que la calidad de ser pensante lo otorga la naturaleza, ya sea que se crea que la mente preexiste a toda construcción social y cultural, o ya sea que se sostenga, como Jean Piaget lo hizo, que ella se construye; en ambos casos se considera que los fundamentos que las originan provienen de la biología y conllevan a la instauración de una estructura mental que es igual para todos, no relativa o supeditada al contexto social en que se encuentra el sujeto. Desde esta perspectiva, el papel que cumple lo social en el desarrollo psíquico del sujeto es la de proporcionar quien cuide y alimente el niño, quien permita el conocimiento de la cultura en la cual nació el individuo, y quien estimule su desarrollo cognitivo. Es decir, "el medio social es a todas luces fundamental... El desarrollo de la inteligencia implica que haya intereses y curiosidades en el sujeto. Si el medio social es entonces rico en incitaciones, y el niño vive en una familia en el que siempre se está trabajando sobre ideas nuevas, y se plantean nuevos problemas, seguramente que se tendrá un desarrollo más avanzado; pero si, por el contrario, el medio social es extranjero a todo eso, entonces inevitablemente habrá cierto retraso" (Piaget, Citado por Puche. 1992: 22). Sin embargo, "el medio social...es menos importante que el proceso biológico, porque esta sucesión de estadios necesarios en la formación de los estadios posteriores, nos hace pensar muy de cerca en la embriología" (Piaget, Citado por Puche. 1992: 23). En resumidas cuentas, la existencia de la mente humana en su forma esencialmente moderna es un requisito previo para la adquisición de cultura, y además el crecimiento de la cultura no tuvo ninguna acción significativa en la evolución mental. O mejor, en el hombre, algunos factores importantes de su constitución proceden de la naturaleza, la mente y el cuerpo, y otros llegan a través de agentes sociales, el saber para vivir, porque, en palabras de uno de los padres de la antropología moderna, A. L. Kroeber, "una mente social es una inindentidad tan absurda como un cuerpo social" (Kroeber, 1995: 69). Estas últimas consideraciones son las que hacen pensar que la psicología no ha sido una ciencia social. Aún cuando el conocimiento psicológico moderno sostiene una visión de la mente como una estructura epigenética, no genética, esto es, que se construye después del nacimiento, no obstante, otorga un lugar secundario a lo social en favor de lo biológico. Ahora bien, con respecto a la primera premisa, poco cabe mencionar aquí. Es la segunda premisa la que resulta de interés, pues algunas consideraciones son necesarias de indicar. De la crítica contemporánea a la postura tradicional adoptada con lo social Si hay algo muy de moda en las escuelas de psicología del mundo son los cuestionamientos que lanzan en contra del esencialismo o la idea de que lo psíquico emerge en el hombre a partir de un núcleo pre- y a-social. De acuerdo con Bruner, especialmente en la última década del siglo XX operó en la antropología, la lingüística, la filosofía, la teoría literaria y la psicología una revolución que al parecer ha querido recuperar "el impulso original de la primera revolución cognitiva" (Bruner, 1991). Dicho impulso la ha llevado precisamente a recuperar el universo del lenguaje, que es también el universo de los contextos, de los significados y de las relaciones, y que perdieron los primeros promotores de la revolución cognitiva, en la década de los años 50. A esta segunda revolución cognitiva, Bruner la denomina "la revolución contextual", una revolución acorde con "el estilo filosófico de nuestro tiempo" (Vitiello, 1994: 211). Esta revolución lo que reclama es volver a considerar al hombre como un ser social y cultural que aprende a negociar los significados de forma congruente con las demandas de la cultura. Señala, por consiguiente, la necesidad de comprender los procesos sociales y las redes simbólicas que teje toda cultura para comprender los procesos mentales. La realidad psíquica y social, podría ser una construcción efecto de los usos del lenguaje, y del intercambio de significados que establecemos con los otros. Por tanto, las propiedades de los sujetos, sentimientos, habilidades cognitivas, etc, irreductiblemente relacionales, podrían estar reproduciendo en gran medida la estructura social y simbólica en la cual se hallan insertos. Por ejemplo, cada cultura aporta instrumentos distintos (tecnologías, situaciones de interacción, agentes de intercambio), instrumentos que están claramente relacionados con los valores que se promueven en su interior, y que pueden conllevar a diferencias notables en los procesos cognitivos, dado que tecnologías distintas demandarían habilidades diferentes. El reconocimiento del hecho de que el pensamiento siempre es moldeado culturalmente e imbuido de sentimientos, los cuales, a su vez, reflejan un pasado culturalmente ordenado y no existe aislado de la vida afectiva, sugiere que, así como el pensamiento no existe aislado de la vida afectiva, así también el afecto está culturalmente ordenado y no existe separado del pensamiento. En lugar de considerar la cultura como una fuente arbitraria de "contenidos" que son procesados por nuestras mentes universales, se hace necesario preguntar como pueden los "contenidos" mismos afectar la "forma" del proceso mental. Y luego, en lugar de considerar a los sentimientos como un dominio privado (a menudo animal y presocial) que es -irónicamente- lo más universal y, al mismo tiempo, lo más particular del si mismo, sería más sensato pensar las emociones no como algo opuesto al pensamiento, sino como cogniciones, esto es, como pensamientos encarnados "... Los sentimientos no son substancias que puedan ser descubiertas en nuestra sangre, sino prácticas sociales organizadas en narraciones que efectuamos y que relatamos: son estructurados por nuestras formas de entendimiento" (Rosaldo: Citado por A. Sampson 1999).
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