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Divorcio y salud en hombres. Análisis de género
Rocío Soria Trujano
Fecha publicación: 15/marzo/2010
Palabras clave: Depresión, Estrés, Apoyo social, Género.
Introducción Hay algunas investigaciones (Ciranowsky, Frank, Young & Shear, 2000; Gaytán, 1997; Matud, Guerrero y Matías, 2006; Sweeting & West, 2003) que indican que las mujeres tradicionalmente han sido diagnosticadas con mayor frecuencia con problemas de salud mental que los hombres; que son ellas las que presentan por ejemplo, más síntomas de depresión, los cuales pueden reportar a lo largo de toda su vida. La Organización Mundial de la Salud (2005) indica que el género determina el control que tienen los hombres y las mujeres sobre los determinantes socioeconómicos de sus vidas y su salud mental; que hay diferencias de género en trastornos mentales como la depresión, predominando en las mujeres, lo que convierte a este síntoma en un serio problema de salud pública, esperándose que en el año 2020 la depresión sea la segunda causa de discapacidad mundial, siendo dos veces más común en el sexo femenino. Esta misma organización resalta el hecho de que la presión ejercida por las múltiples funciones que deben desempeñar las mujeres, la discriminación de género y los factores asociados con la pobreza, el hambre, la malnutrición, el exceso de trabajo, la violencia doméstica y los abusos sexuales, explican la deficiente salud mental de las mujeres. Matud, Guerrero y Matías (2006) hacen hincapié en que la mujer tiene mayor vulnerabilidad a la depresión por su menor estatus social y menor poder, así como por la interiorización de las expectativas asociadas a los roles femeninos tradicionales; porque aprenden a ser indefensas y generan imágenes de sí mismas y expectativas negativas que limitan sus repertorios para afrontar las situaciones estresantes, todo ello apuntando a una escasa relevancia de factores biológicos como indicadores de las diferencias de género. Además, señalan que, aunque el matrimonio y la crianza y educación de los hijos implican más carga de trabajo para las mujeres que para los hombres y que ello tiene efectos sobre la salud psicológica de aquéllas, hay que reconocer los factores que se asocian con la doble carga de trabajo femenina: tipo y condiciones de trabajo, número de hijos, relación con el cónyuge y el reparto de carga doméstica. García (2005) opina que los roles sociales asignados socialmente a los hombres y a las mujeres pueden repercutir de manera diferente en la salud de ambos géneros, los cuales se ven sometidos a fuentes de estrés diferentes tanto en el ámbito laboral como en el familiar, puesto que las mujeres pueden desempeñar tareas similares a las de los hombres en el campo de trabajo; sin embargo, además, deben cubrir responsabilidades maternales y hogareñas. No obstante, no habrá que reducir importancia a los problemas de salud mental de los hombres. El hecho de que muchos de ellos muestren irritabilidad, problemas para conciliar el sueño, desinterés por el trabajo y/o actividades recreativas, no significa que se deba sólo a fatiga. Pueden tener problemas de salud debidos a altos niveles de estrés y presentar depresión. En algunos estudios (Bernal, Varas, Bonilla, Santos y Maldonado, 2006; Galletano, 2001) se han obtenido datos que indican que los hombres manifiestan depresión con desinterés sexual, incapacidad laboral, insomnio, menor funcionalidad, siendo que esta sintomatología apunta hacia externar sus conflictos, mientras que las mujeres presentan sintomatología con dirección interna: problemas psicosomáticos. Los hombres, por cuestiones culturales, tienden a hablar más sobre los síntomas físicos de su depresión como el sentirse cansados, en vez de hablar de aquellos relacionados con sus emociones. Matud, Guerrero y Matías (2006) mencionan que los varones tienden a abusar del alcohol y de otras drogas cuando están deprimidos, negando que padecen este trastorno debido a que a ellos se les fomenta a no expresar sentimientos de vulnerabilidad, a requerir más reconocimiento social y a ser más competentes que las mujeres, así como a demostrar constantemente su virilidad. No obstante, esto no significa que no se depriman, lo que sucede es que experimentan, afrontan y expresan el malestar emocional de manera diferente a como lo hacen las mujeres. Este hecho puede explicar por qué las estadísticas muestran mayor incidencia de depresión en mujeres. Sandín (2003) resalta la importancia de las amenazas de la sociedad moderna para la salud: competitividad laboral, el tránsito, el ruido, las relaciones de pareja, la educación de los hijos, etcétera. Todo ello afectando no sólo a las mujeres sino también a los hombres, pues, si el organismo es incapaz de controlar los estresores sociales y psicológicos, puede desarrollar alteraciones cardiovasculares, hipertensión, úlceras, dolores musculares, jaquecas, depresión, y otros problemas de salud. Por otro lado, hay estudios (Berenzon, Tiburcio y Medina (2005); Clemente, Córdoba y Gimeno, 2003; Matud, Guerrero y Matías, 2006) que revelan que el estado civil es un factor importante para la presencia de sintomatología depresiva, pues se ha encontrado que los hombres solteros se deprimen más que los casados, y que los que no tienen hijos manifiestan más problemas emocionales que los que sí los tienen. Sin embargo, para el caso de los varones, una variable que tiene más efectos sobre su estado de ánimo es la de tipo económico: un bajo nivel socioeconómico afecta más a los varones que a las mujeres. A ellos les afectan mucho más los problemas económicos y laborales y a ellas los de tipo afectivo que implican relación con otras personas (muertes, enfermedades o sucesos adversos que les ocurren a individuos dentro de sus redes sociales). El estado civil puede tener más ventajas para un género que para otro. Los hombres se benefician del matrimonio puesto que éste tiene un efecto protector, en el sentido de que son atendidos y por esta razón se ven muy afectados por un divorcio. En lo que respecta a las mujeres, este efecto protector no se percibe debido a que el matrimonio puede implicar una sobrecarga, sobre todo en aquellos hogares en los que hay problemas económicos y no se cuenta con la ayuda de alguna trabajadora doméstica y/o con aparatos electrodomésticos y con una persona que cuide a los hijos, todo lo cual puede ayudar a hacer menos pesadas las responsabilidades del hogar (Matud, Guerrero y Matías, 2006). Berenzon, Tiburcio y Medina-Mora (2005) han reportado datos obtenidos con población mexicana (555 hombres y 600 mujeres) que señalan que se observó mayor incidencia de depresión en hombres viudos, separados o divorciados, que en los solteros y casados. En el caso de las mujeres, los datos indicaron que hubo mayor incidencia de depresión que en los hombres, si ellas eran separadas, divorciadas o viudas, afectándoles mucho la ruptura familiar. Los varones casados y los que nunca se habían casado no mostraron diferencias significativas. Sin embargo, en los solteros se encontraron tasas más bajas del trastorno que en las mujeres solteras y en éstas se observaron tasas más altas que en las mujeres casadas. En general, se confirmó que hay mayor incidencia de depresión entre las mujeres. En el caso específico del divorcio, la ruptura familiar separa a los adultos y modifica la estructura de la familia. Muchas veces, esta ruptura no se lleva a cabo de manera pacífica y existe entonces un proceso que De la Cruz (2008) menciona como "alienador", por medio del cual un progenitor transforma la conciencia de sus hijos para no permitir un vínculo con el otro progenitor. El padre que es alejado de sus hijos en este proceso, presenta el Síndrome de Alienación Parental (SAP) que en casos de daño moderado le provoca sentimiento de desarraigo, soledad, frustración, angustia, irritabilidad, bajo rendimiento laboral, estrés y depresión. En los casos de daño grave, hay manifestaciones de marcada angustia, crisis de llanto, ideas suicidas, enojo, impotencia, inseguridad, desorientación, insomnio, trastornos físicos crónicos, bajo rendimiento laboral y depresión que puede llegar a ser severa. Ahora bien, el impacto acumulativo de los sucesos estresantes tiene efectos sobre la salud de las personas, pero éstos dependerán de como perciba el individuo al evento estresor, de su capacidad para controlar la situación, de su preparación para afrontarla, y de la influencia de los patrones de conducta aprobados por la sociedad. Los individuos emplean diferentes habilidades, capacidades y recursos personales y sociales (familiares, amigos, etcétera) para afrontar las situaciones que los estresan (Lazarus y Folkman, 1986; Sandín, 2003) y el apoyo social adquiere importancia en esta tarea. Sarason, Shearin, Pierce y Sarason (1987; citados en Gómez, Pérez y Vila, 2001) refieren que una relación de apoyo implica una relación de aceptación y amor en la que los individuos perciben que son valorados, que alguien se preocupa por su bienestar. Gómez, Pérez y Vila (2001) resaltan la importancia de que los individuos estén integrados socialmente, de que perciban que son valorados y que podrán recibir ayuda en caso necesario. Mencionan que la disminución o ausencia de recursos de apoyo social se han vinculado con enfermedades, depresión y suicidio. Hay datos que indican que el sentimiento de pertenencia a un grupo que tiene un individuo, le ayuda a disminuir la vulnerabilidad tanto física como psicológica, al estrés (Berkman, 1984; Berkman, 1995; Taylor y Repetti, 1997; citados en Gómez, Pérez y Vila, 2001).
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