Untitled Document

Psicologia CientificaSuscribase

Correo:


Inicio      Libros de Psicología      Cursos de Psicología      Enviar un Artículo    ¿Quiénes somos?     Contáctenos

              














Síguenos en las Redes Sociales


 

 



 

 

 

 

 

Revista » Psicología Social y Comunitaria » el maltrato familiar y el escenario mental del agresor

El maltrato familiar y el escenario mental del agresor


 

José Alonso Andrade Salazar
Psicólogo Clínico
Esp. Gestión de proyectos de desarrollo
Universidad de San Buenaventura
Armenia, Colombia


Ver perfil del autor
Contactar al autor

 

Califique este trabajo:

« 1 »
« 2 »
« 3 »
« 4 »
« 5 »


Recomendar       Imprimir       Guardar pdf      Valorar y Comentar




 








 

 

Dinámica psicológica de la VIF. Una mirada al agresor


La VIF se explica desde la disposición de personalidades psicopatológicas, a menudo con rasgos paranoides, inmersas en estructuras de poder y dominación patriarcal, cuya praxis violenta complejiza las relaciones al interior de familias, que culturalmente reproducen un modelo excluyente de masculinidad, "esa misma cultura les exige a los hombres no sólo cumplir con determinados roles en cada uno de los ámbitos sociales, sino que les fomenta unos comportamientos y les reprime otros como estrategia efectiva para sostener, tanto social como individualmente, la importancia de ser varón" (Palacio, M y Valencia, J. 2001:214).

Otro factor que impacta las dinámicas de los agresores, tiene que ver con una especie de sistema defensivo interno que se dispara de acuerdo a dos puntos básicos: 1. la legitimación a través del "derecho maniqueista" de la condición de abuso del otro, el cual es justificado por el agresor, a través del recurso del legado generacional y, 2., por motivos de compensación de intensas heridas del pasado, que se anudan al precario manejo de la culpa después del acto de violencia; en este sentido el cuidador primario es casi siempre el generador teleológico de la agresión, pues se escuda en relaciones de poder cuyas premisas defensivas, le imposibilitan reconocer el origen particular del maltrato del que fue víctima en alguna época de su desarrollo.

"La VIF permite observar en la intimidad de la agresión, a hombres, mujeres, adultos/as y jóvenes, divididos en una lucha violenta por la adquisición y preservación de un espacio de poder, por una  oportunidad para el ejercicio de la autoridad", (Gómez, 2003:4), la lucha por el poder termina maltratándolos a todos, generando una reproducción constante de dolor, abuso y maltrato que persiste en la familia y a menudo se reproduce en otros contextos. "En el caso de la violencia contra los niños/as, las consecuencias del acto violento son generacionales, pues el patrón de conducta agresiva tiende a repetirse como un modo de vida aprendida; así, el espiral violento se retroalimenta e incrementa" (ICBF. Girardota-Antioquia, 2004: 22).


Ésta dinámica maltratado-maltratador no es una condición sine qua non de reproducción del ultraje, sin embargo, se encuentra que la gran mayoría de padres o cuidadores agresivos, alguna vez fueron violentados, por lo que los entornos familiares se ven dinamizados negativamente por uno o más miembros de la familia que sienten estos espacios inseguros y amenazantes. A razón de lo anterior, la complejidad de los lugares desde los que se hace la lectura de la VIF, exige una mirada interdisciplinaria que agrupe la multicausalidad del fenómeno, "una visión que de cuenta de los factores culturales y sociales, de las determinaciones económicas que hacen parte del entorno familiar, pero también, de las dimensiones individuales que definen la personalidad tanto del agresor como del agredido" (Rico de Alonso, 1999: 11; citado por Caicedo, 2005:12) .



La personalidad del agresor es voluble y está determinada por una dicotomía afectiva (amor y odio) que se carga de contenidos ansiosos y de frustraciones, por ello, la poca tolerancia al reconocimiento de las causas de esos sentimientos, permite que esos contenidos logren descargarse de forma inmediata en el otro, que actúa en representación de sí mismo a modo de "doble", lo que denota un salto instantáneo, desde la agresividad natural del impulso, hasta a la instrumentalización de la violencia. La puesta en marcha de mecanismos defensivos paranoides  motiva la anulación real y simbólica del otro (esposa y/o hijos etc.) que al existir amenaza su existencia, así, la agresión es retroactiva (de allí la defensa) y se da con base en la búsqueda de castigo, más que en la anulación objetiva del otro, "escribe Freud el 24 de enero de 1895 (…) la paranoia crónica, en su forma clásica, es un modo patológico de defensa, lo mismo que la histeria, la neurosis obsesiva y los estados de confusión alucinatoria" (Kaufmann, Pierre, 1996).

Se puede afirmar que esta persona, al no soportar una antigua culpa, "emergente de sus sentimientos de frustración e impotencia ante el maltrato recibido" la suprime, levantando una plataforma de protección en la que se siente seguro, ya que el acto de violencia es la representación de una vivencia insoportable para el agresor, al tiempo que el agredido se transforma en la negación de su propia representación, lo que evidencia el autocastigo y la emergencia de sentimientos de culpa, que requieren de actos violentos para justificar su presencia en el aparato psíquico, siendo esta condición psicológica un arma de doble filo, pues, mientras lo protege también, lo lastima internamente.

A causa de lo anterior, la mente del agresor se escuda tras una coraza perversa en la que se convierte en la ley misma, que compensa sus propias faltas en el espacio corporal y dialéctico, de un otro que no es reconocido como legítimo, otro en la relación, porque el agresor sólo registra como efectivo su propio valor; por eso la noción de respeto parte de las relaciones al interior de las familias, y debe fortalecerse en la convivencia, primero reconociendo el respeto por sí mismo para reconocer el respeto del otro, pero "para que eso pase el niño pequeño debe crecer de tal manera que adquiera conciencia de sí y conciencia del otro en la legitimidad de la relación social" (Maturana, H. Bogotá, 1991: 52), así, tanto las madres como los menores violentados generan una baja autoestima, además de una noción de convivencia y democracia deformada.
 
La gran mayoría de estas personas proviene de hogares en los que uno de sus padres abandonó el hogar, no reconoció el embarazo o se desconoce su procedencia y/o paradero, lo que en la actualidad es de alguna manera, una constante en muchas relaciones afectivas, "esta ausencia del padre, está culturalmente afirmada. Parece 'natural' que a la madre le corresponda la crianza de los hijos" (Henao, 1989:19), a razón de lo anterior regularmente es a la madre a quien se le encomiendan las mayores responsabilidades del hogar, por lo que a razón de algunas fallas de los hijos, recae también sobre ella el castigo, mientras, el padre se acomoda a esta situación, se convierte en observador participante, es excluido o se autoexcluye del proceso de crianza, así, la familia instaura como regla básica de comunicación y contención, el castigo físico en la figura paterna, asentando el maltrato como condición cultural y de control familiar a través del rol.
   
En la psique de esta persona flota una ansiedad con tres connotaciones básicas: es de tipo paroxística, episódica y acumulativa, como consecuencia el agresor en su embestida se ve expuesto a las demandas de satisfacción inmediata de estos "tres amos"; por una parte lo paroxístico guarda relación con la falta de control y la extrema urgencia del sujeto de perpetrar una descarga inmediata y descontrolada, lo episódico se refiere a la reproducción de la violencia en el escenario familiar, la continuidad y focalización de la agresividad en personas y ambientes específicos, mientras, lo acumulativo es la producción de violencia en estos lugares; de alguna manera, la producción de violencia sería el punto extremo de la perversidad y la crueldad, que actúa en un espacio y contexto en el que se dan los usos y medios, para cultivar y recrear negativamente las diversas estrategias de sometimiento.

La construcción simbólica del agresor no le permite resignificar la relación conflictiva a través del diálogo que acoge, ni establecer un lenguaje con base en el encuentro tolerante y fraternal, en consecuencia, el ambiente familiar le posibilita una atmósfera de permisividad, sumisión y alienación, en la que su motilidad impulsiva define la descarga de su frustración recidivante, espacio en el que tanto hombres como mujeres, niños, niñas, adolescentes y adultos mayores son violentados; "durante el 2008, el Instituto valoró a 1.175 personas mayores de 60 años que fueron agredidas físicamente por parte de familiares (…) los victimarios más frecuentes son los hijos, seguido por otros familiares y consanguíneos" (FORENSIS, 2008: 115).

En este ambiente de intolerancia, especialmente son las niñas, niños y adolescentes, los más propensos de hallarse triangulados en las relaciones de alteridad, agresividad y violencia de sus padres, en las proyecciones ansiosas de un miembro familiar (padres, cuidador, hermanos, etc.), o siendo víctimas de las descargas afectivas de cualquiera de sus cuidadores, "los papás son las personas que más lastiman físicamente a niños, niñas y adolescentes. Esta situación se repite todos los años, las personas que más cerca está de ellos son los principales victimarios. En 2008, entre ambos totalizaron 61,5%" (FORENSIS: 112).

El agresor encuentra en las relaciones con cierto nivel de continuidad conflictiva, el espacio ideal para reproducir los diversos estados del obediencia y humillación, ya que, ve en las reacciones de quienes agrede, indicadores afectivos de respuesta que pueden presentarse ante sí como seductores, retaliativos o que en su defecto se presentan como amenazas ante su poder; en los casos de VIF "desde la violencia psicológica, la evidencia clínica muestra que una vez iniciado el conflicto, y a medida que se va incrementando, tanto el hombre como la mujer pueden ser expertos en lanzar golpes psicológicos intensos y muy precisos", aunque respecto a la  visibilización sean las mujeres quienes más acudan a denunciar el hecho. (Corsi. J, citado por ICBF, Girardota-Antioquia, 2004:17).

La poca denuncia del sexo masculino confirma que los hombres temen acercarse a la comisaría, no se atreven a decirle a ninguno de los miembros de su familia la situación por la que están pasando y dan las explicaciones más increíbles de sus lesiones, temen la humillación y el estigma, incluso cuando el abuso de la violencia es peligroso para su vida (ICBF. Girardota-Antioquia, 2004:32).

La violencia intrafamiliar en la actualidad no conoce género ni edades, se evidencia que "en Colombia cada seis días muere una mujer en manos de su pareja o ex pareja" (ONU, 2006, p. 1) y "el 39% de las mujeres (casadas o unidas), ha sufrido agresiones físicas por parte del esposo o compañero" (Profamilia, Cap. XIII, Bogotá, 2005), mismas que dejan secuelas permanentes en la biografía psicológica y somática de los afectados. A menudo, en muchas familias, la necesidad de invisibilización de la VIF por motivos de presión del agresor, vínculos afectivos, dependencia económica y/o temores del agredido, son mociones de aislamiento para la víctima, apartándolo-a de redes sociales que pueden constituirse en un apoyo y acompañamiento para denunciar el hecho y tomar decisiones. A pesar de lo anterior, las mujeres denuncian o cuentan lo sucedido, aunque aun persista en nuestra sociedad el silenciamiento como medida de hecho y demostración del poder coercitivo por parte del agresor.

"La violencia de pareja representa el 67% del total de las agresiones al interior de los hogares (…) el rango de casos está comprendido entre los 25 a 29 años (23,4%) (…) nivel en el que se esperaría que por la edad temprana, sean parejas de reciente constitución donde prime la afectividad sobre la conflictividad; respecto la razón de la violencia, los primeros lugares argumentan problemas que no tienen que ver con la economía, ubicándose estas en el octavo lugar. La intolerancia (23,7%), los celos (16,9%) y el alcoholismo (11,2%) ocuparon los tres primeros lugares" (FORENSIS, 2008:112-120).


La VIF desde el escenario mental del agresor, también tiene que ver con aprendizajes insigths conexos a experiencias previas de indefensión, con base en  una demanda de amparo, que fue silenciada en repetidas agresiones a través de rechazos, abandonos y descuidos familiares; lo anterior no se explica mejor, por su representación proyectiva en el espacio familiar, sino también, por el nivel de incidencia que aún tienen estos elementos en su estructura de personalidad y su repercusión en la calidad de sus relaciones psicoafectivas, las cuales, se ven influenciadas por la falta de gratificación de necesidades psicosociales y emocionales de la infancia.

Así, para las y los agresores, el desamparo más que un proceso de recapitulación de un aprendizaje, es un recurso que debe ser descargado en la víctima como medio de aliviar la carga emocional no elaborada; esta prerrogativa tiene como fin ulterior, compensar la insoportable indefensión interna a través de la seguridad patológica que brinda la dominación externa del otro, sujeto al que se le disemina a partir de la mirada, luego en su cuerpo, y de suyo, a través de la vulneración de sus derechos fundamentales.

Es importante aclarar que la dominación y el acto de maltrato, son experiencias extremas que los niños, niñas, adolescentes y, en general todas las víctimas sólo pueden vivir como humillación. Para el grupo o la persona que reproduce estos esquemas de autoridad, la agresión y la humillación selectiva, son actos de legitimidad en su intrínseca disfuncionalidad psíquica y familiar, por consiguiente, existe a priori un proceso de validación y normalización de estas conductas, que más tarde se admiten como criterios educativos, reafirmados por imaginarios sociales y conductas de aprobación del patriarcalismo desde la infancia; lo anterior se da a través de la estigmatización de roles, la intolerancia frente a los actos de ternura o de solidaridad, la falta de una comunicación asertiva y de acercamientos afectivos, además de la agresión física y psicológica sobre el cuerpo y la mente de las víctimas, como muestra perversa de cuidado, amparo, odio e incluso de una especie de "amor maltratante", que deforma en la víctima el sentido de la protección, el afecto y el derecho.

 

Página 1  -  Página 2  -  Página 3  -  Referencias








Comentarios a este trabajo



Los comentarios están ordenados desde el más reciente al más antiguo:


 

PATRICIA MENA: En estos tiempos, en donde el concepto de familia, está un poco relegado y sus miembros desconocen su verdadero rol en la sociedad, se hace verdaderamente necesario este tipo de documentos que contextualizan al estudiante y/o profesional, para redimensionar conceptos, frente al tema de familia.

 

Luz Karime: Esta parte me llamó la atención creo que es totalmente cierto: "De acuerdo con lo anterior, es innegable la relación entre vulnerabilidad, necesidades básicas insatisfechas, y VIF, la cual es trasmitida a través de complejos patrones conductuales al igual que la pobreza, así, "cuando una familia experimenta una situación permanente de pobreza ésta puede ser transmitida"... la pobreza es un elemento que aumenta la vulnerabilidad y de suyo, lascondiciones psicológicas de las poblaciones vulneradas.

 

Jesus Alvarez C: A estas alturas de siglo XXI no nos extrañe que en numerosos lugares latinoamericanos se siga ejerciendo la violencia intrafamiliar en todas sus modalidades, mucho menos susto tengamos que es "aceptada" o mejor dicho la incapacidad para desprenderse de la agresión, todavía por los agredidos, la incursión de la sociedad matrimonial en nuevas concepciones de familia no exime de causar y sufrir violencia a los mas débiles por sus "jefes" de familia con mentalidad enferma, destructiva, sin amor ni respeto no solo al prójimo sino al consanguíneo.

 

diana carolina ramirez: Es excelente porque valora desde varias perspectivas psicológicas la problemática vivenciada por las víctimas de la vif.

 

mario alejandro restrepo patarroyo: ante el fenómeno inminente por el cual pasa nuestra sociedad es necesario atreverse a dar una mirada mas allá del sentimentalismo que acompaña tan deplorable situación, y situarnos en las mentes de aquellos que perpetuán la situación de agresión, dando la posibilidad de hacer algo que realmente valga la pena. Así mismo la posibilidad de acallar a aquellos incrédulos que no ven más allá de su interés personal. Mil felicidades y espero con ansias la próxima publicación.

 

MARIA FLORES : Muy buen artículo analizado desde todos los puntos de vista, buena investigación pero sería bueno que el próximo artículo tope las posibles soluciones que el estado la sociedad y la familia podrían impulsar para que no exista violencia intrafamiliar.

 



Valorar y opinar sobre este trabajo:


Este trabajo es:


Nombre:   
  

Correo:

Notas:
Su correo no será revelado al público, sólo es un requisito en caso tal que el autor desee responderle personalmente. La valoración es estrictamente privada y no tiene relación con su correo, ni con su nombre.

Comentarios:





Recomendar este trabajo »

 

Su nombre:
Su correo:

Nombre de su amigo/a:

Correo de su amigo/a:


El enlace al trabajo se añadirá automáticamente.


Si la cuenta de correo de su amigo tiene filtros muy estrictos, el mensaje puede ser colocado en correo no deseado.

Le agradecemos por compartir la información de la Revista.

 

 

 


 

Contactar al autor: X
Su nombre:
Su correo:
Pais:
Ciudad:
Mensaje:

El mensaje irá a la administración de la Revista.
Si es autorizado se enviará al autor.

Revista PsicologiaCientifica.com

    -    Nuestras políticas     -    Mapa del sitio       

Grupo PSICOM - Hosting y Diseño Web: OlimpoWeb.com


Creative Commons License