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La representación social de la parentalidad. Una revisión del marco teórico en ciencias sociales
Tomasa Luengo Rodríguez
Fecha publicación: 15/diciembre/2009
Palabras clave: Parentalidad, Familia, Representaciones sociales.
Introducción La ley española de divorcio de 1981 que viene a poner en cuestión la indisolubilidad del matrimonio en nombre de la libertad del individuo y de la igualdad entre la pareja, representa para la institución familiar el punto de partida del debate sobre la representación que los sujetos elaboran en relación al hecho de convertirse en padres o en madres, el sentido subjetivo que atribuyen a los hijos, y el vínculo que establecen con ellos. Desde el ámbito jurídico Lacruz define el divorcio como "la institución legal que permite la disolución vincular del matrimonio en vida de ambos cónyuges" (Lacruz, 1991: 205). El divorcio, aún cuando se produzca de mutuo acuerdo entre las partes, se producirá como consecuencia de una decisión judicial, materializada en una sentencia basada y alguna de las causas legalmente establecidas en el artículo 86 del Código Civil español. De esta manera, la legislación representa un cambio de paradigama que marca simbólicamente la gestión social: el de la referencia al individuo como elemento base de la sociedad, la laicidad de la institución familiar y el renocimiento a las madres de la misma autoridad sobre sus hijos. Si estas leyes subrayan simbólicamente el declive de la era patriarcal, se entiende que la controversia que se ha mantenido desde hace dos siglos y que se ha precipitado en los primeros años del XXI haya dado lugar a los interrogantes sobre la parentalidad y sobre la familia, respecto al lugar adquirido por las mujeres y su relación en calidad de madres, a la nueva posición mantenida por los hombres y la ausencia de la verdadera redefinición de su papel paterno. Frente a estos interrogantes, el conocimiento elaborado por las Ciencias Sociales no es un conocimiento neutro; diríamos incluso que es un conocimiento constitutivo de la representación social, del imaginario social que la coletividad tiene de su papel como padres y madres, en síntesis de la construcción intersubjetiva que cada individuo hace del papel de "padre". En las siguientes páginas nos proponemos mostrar como los escritos de las ciencias sociales han discutido, teorizado y convalidado o invalidado estas evoluciones en relación al orden familiar y la manera como se interpreta este cuerpo teórico en la actualidad. Las aportaciones del psicoanálisis Si hay una teoría que trastocó el campo del saber constituido y que fundamenta muchas cocepciones modernas sobre la parentaldiad, es, sin duda, el psicoanálisis. A pesar de las críticas, el aporte de Freud fue fundamental al introducir la idea de la importancia decisiva de la primera infancia en la constitución del psiquismo humano, la del inconsciente como campo en el cual se trasponen y se inscriben la complejidad de las relaciones humanas, y las de la sexualidad como motor primero del dispositivo psíquico así definido. No obstante, la aparición del psicoanálisis a finales del siglo XIX, sus desarrollos hasta la muerte de Freud, durante la segunda guerra mundial, y las aproximaciones psicoanalíticas del psiquismo infantil desarrollado por Mélaine Klein en Inglaterra, no han tenido una resonancia social considerable. Sólo bajo la presión de los acontecimientos dramáticos de la época este saber se difunde al seno del cuerpo médico y de la sociedad. En un primer momento se fue confirmando la imagen patriarcal de la familia, pero introduciendo elementos nuevos que la dinamizaron. La representación social particular que constituye un modelo familiar dominante, organiza la representación de la familia haciéndola aparecer natural. En la obra de Klein (1978) este modelo, articulado en una estructuración familiar hierática determina las relaciones entre el padre, la madre y el hijo, dando a cada uno un lugar específico y definido. A finales de la Segunda Guerra Mundial, este modelo articula la organización familiar burguesa (Habermas, 1978) y se encuentra valorizado y convertido en norma por el desarrollo teórico del psicoanálisis y la sociología. A finales de los años treinta, Lacan (1984), respondiendo a aquello que identifica como el declinar de la imagen paterna, comenzó a elaborar la teoría de la función simbólica del padre o, resumiendo, del padre simbólico, cuyas formulaciones sucesivas desembocarán en el concepto de "Nombre-del-padre". Lo que pretenderá el discurso social en sus formulaciones mediáticas es que la presencia paterna no es forzosamente necesaria si su función simbólica es preservada . De ahí a pensar que es superflua hay un paso que ciertos autores no dudarán en franquear. Así, la teoría de la carencia efectiva va a reafirmar la preponderancia materna. Paralelamente, la sociología americana representada por Talcott Parsons (1955) analiza este modelo como la confirmación del progreso social. El hombre es investido de una función instrumental: la de proveer las necesidades de la familia, asegurar la relación de esta con la sociedad y representar el orden social; y la mujer tiene una "función expresiva" cerca de sus hijos y su marido, generando los afectos y las relaciones al mismo tiempo que el dominio doméstico. En el centro de gravedad social se mantiene el padre, a la imagen de una tradición patriarcal que perdura, y en el centro de gravedad psicológica se encuentra la mujer, investida de la responsabilidad de gestión de la afectividad familiar. El lazo parental se encuentra, sin duda, aún más hierático en la representación teórica que en las prácticas parentales afectivas, que aboca en la inversión de los padres en la relación precoz con el hijo y una tímida inversión de las madres con el empleo asalariado, incluso bajo la forma de un trabajo de sueldo discontinuo. Es en este contexto donde la influencia de los acontecimientos sociales en la producción de teorías y su resonancia va a ser particularmente evidente. Para Neyrand (2001), el impacto de los acontecimientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial es la base de las concepciones psicoanáliticas sobre el hijo. La idealización de la relación materna La preponderancia afectiva de la díada madre-hijo, vivida como irreemplazable, llega a ser impuesta totalmente cuando se descubre el efecto negativo de la hospitalización precoz. La obligación de internar en instituciones a un número considerable de bebés privados, un tiempo más o menos duradero, de sus padres como consecuencia de la guerra, provocó en muchos niños graves deficiencias psíquicas. Spitz (1965) los ha descrito con el término "hospitalización". Otro autor, Bowlby (1969), confirma que es consecuencia de carencias afectivas precoces, consideradas casi automáticamente como carencias maternas. El lazo establecido fuera del embarazo, y que se prolonga en lo que Winnicott (1971) llamará la "preocupación materna primaria", se halla cada vez más apoyado teóricamente (Musitu, Clemente y Román, 1990). La relación concreta del padre con el bebé se encuentra considerablemente disminuida, ya que en esta época funciona la idea que el padre es incapaz de sacar placer alguno del papel que debe jugar e incapaz de compartir la gran responsabilidad que un bebé representa siempre para alguien (Winnicott, 1971). De esta manera, para los pediatras de la época, el papel concreto del padre en la relación con el hijo consiste en ocuparse del medio que envuelve a la madre. El lazo familiar en esta época es grupal y articula individuos específicos que juegan papeles y se ocupan de las funciones que les son propias. La familia funcional es, para la teoría dominante, la constituida por un padre que trabaja en el exterior y por una madre que se ocupa del niño y del hogar, en interés del hijo y de la familia. Todo ello responde al modelo ideal de la indisolubilidad del matrimonio. El lazo con el hijo, fruto de la unión, no está disociado del lazo conyugal, pero en su naturaleza y en su función aparecen enormes divergencias según el sexo del padre. Así, la noción de parentalidad no es significativa de esa diferenciación estructural del lazo paterno, que privilegia por un lado lo materno y, por el otro, simboliza la paternidad en una estructura familiar que aparece universal e inmutable (Neyrand, 2001a).
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