La dominación tradicional a la que apela Weber, remite a la desigualdad
social, que se asienta sobre la división de los seres humanos en dos
categorías inamovibles: los que mandan y quienes obedecen. Como
ejemplos de dominación tradicional Weber (1997) señala el
patriarcalismo, que se refiere a asociaciones de índole económica o
familiar, donde una sola persona detenta la autoridad de acuerdo con
determinadas reglas fijas. En el patriarcalismo, tanto quien manda,
como los dominados, consideran que la dominación es un derecho de quien
la ostenta y que lo hace por el bien de todos. En este modo de
organización socio cultural, predominan la asimetría y la desigualdad,
la estructura vertical, la jerarquía, el orden, la disciplina, el
monopolio legitimo del poder y de la violencia, por el
patriarca-jefe-"cabeza de la familia" y una precisa división de los
roles "masculinos" y "femeninos". Es también un sistema androcéntrico,
en el que los hombres desempeñan los roles "superiores" y ocupan los
estatus sociales más elevados y en el que además la perspectiva
masculina domina el modo de percibir y de construir la realidad social
(Cantera, 2004).
Desde una óptica distinta, Foucault rechaza la base de las concepciones tradicionales del poder y rechaza cualquier noción de verticalidad o totalidad (Torres, s.f.). Para éste autor el sujeto humano está inmerso en relaciones de producción y de significación, así como en relaciones de poder muy complejas, en donde el poder no viene a significar un asunto meramente teórico, sino también un elemento que forma parte de la experiencia. Por tanto, la dominación vendría a ser una estructura global de poder cuyas ramificaciones y consecuencias pueden encontrarse en cualquier grupo de la sociedad, por muy "débil" que parezca
Foucault sostiene que las personas experimentamos sobre todo los aspectos constitutivos del poder, que estamos sujetos al poder por medio de "verdades" normalizadoras que configuran nuestras vidas y nuestras relaciones. Estas "verdades", a su vez, se construyen o producen en el funcionamiento del poder (White, 1994).
Pensando en la senda de Michael Foucault (Elkaim, 1996, White, 1994), que los dominios de conocimiento son dominios de poder, Michael White adhiere a la definición foucaultiana de la exclusión como consecuencia de la aceptación de una identidad socialmente atribuida: tanto para las personas como para los grupos, sería la identidad impuesta al individuo marginalizado la que crearía la exclusión, más que la no-pertenencia a tal o cual colectividad.
Terapia Narrativa
La terapia narrativa se enmarca dentro de la epistemología socioconstruccionista, que afirma la idea de que las personas moldeamos el mundo en el que vivimos y creamos nuestra propia "realidad", dentro del contexto de una comunidad con otros individuos; comunidad que por medio de sus posibilidades y restricciones económicas, políticas, sociales y culturales fija los límites de nuestras narraciones y limita nuestra posibilidad de elección a determinados contextos (Rozo, 2002).
Siguiendo a White (1993) la perspectiva narrativa en terapia cuestiona las prácticas terapéuticas modernas, que se encuentran marcadamente influidas por discursos estructuralistas sobre la vida y la identidad de las personas, proponiendo desde la metáfora del texto una aproximación a la vida de las personas como historias, y un conjunto de prácticas terapéuticas que van en la búsqueda de los eventos marginados por los relatos dominantes en la experiencia de vida de las personas, para favorecer la generación de relatos alternativos que validen los conocimientos y habilidades que las personas tienen para hacer que su vida marche más acorde a sus preferencias personales. De esta manera, se presenta como un modelo resiliente que difiere con la inmensa mayoría de las terapias psicológicas tradicionales que operan bajo un modelo de déficit.
El énfasis sobre la narración vincula a las terapias socioconstruccionistas, como la terapia narrativa, con las teorías de desconstrucción, dentro de la cual uno de sus principales exponentes es el filósofo francés Jacques Derrida (Rozo, 2002, White, 1994). La propuesta del análisis desconstruccionista nos exige mantener cierta distancia y escepticisismo frente a las creencias concernientes a la verdad, el poder, el yo y el lenguaje, creencias que casi siempre se dan por sentadas o naturalizadas pero que no son absolutas sino completamente relativas.
Según Bourdieu (White, 1994), la deconstrucción tiene que ver con procedimientos que subvierten realidades y prácticas que se dan por descontadas, esas llamadas "verdades" divorciadas de las condiciones y del contexto de su producción, esas maneras desencarnadas de hablar que ocultan sus prejuicios y esas familiares prácticas del yo y de su relación a que están sujetas las vidas de las personas. Cuando las prácticas de poder subyacentes a esas "verdades" quedan desenmascaradas, las personas pueden asumir una posición respecto de ellas y contrarrestar la influencia que tienen en sus vidas y relaciones (White, 1994).
Una de las herramientas principales de la terapia narrativa, para poder subvertir los discursos dominantes, es un abordaje terapéutico conocido como "externalización del problema", que consiste en un proceso en que se que insta a las personas a cosificar y, a veces a personificar; los problemas que las oprimen. En este proceso, el problema se convierte en una entidad separada, externa, tanto a la persona o a la relación a la que atribuía. Los problemas considerados inherentes y las cualidades relativamente fijas que se atribuyen a personas o relaciones se hacen así menos constantes y restrictivos (White, 1993).
Esa externalización se inicia pidiendo a las personas que den cuenta de los efectos que dichas prácticas tienen en sus vidas. En el diálogo debe hacerse hincapié especial en lo que las prácticas de poder han dictado a las personas tocante a su relación con su propio yo y con los demás (White, 1994).
Por obra de esta externalización de vivencias, las personas ya no experimentan tales prácticas como algo que represente auténticos modos de ser consigo mismas y con los demás. Ya no las experimentan como algo que les pertenezca y comienzan a sentir cierta alienación en relación con dichas prácticas.