|
|
Revista » Psicología de la Salud / Hospitalaria / ocupacional » anorexia y bulimia en varones adolescentes: factores de riesgo
Anorexia y bulimia en varones adolescentes: factores de riesgo
Clara García Sandoval
Trabajo publicado el 06 de agosto de 2009
Resumen
Introducción La anorexia y la bulimia nerviosas se definen como Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) y suponen alteraciones en los comportamientos con la comida que repercuten sobre la salud de quienes los padecen. (Armas,2007) Son un estilo de vida, una decisión de "cómo ser", una posición que ocupan muchas mujeres y cada vez más hombres de nuestra sociedad al intentar obtener una identidad mediante la apariencia corporal. El incremento actual de los trastornos de la conducta alimentaria se considera reflejo de al menos dos factores socioculturales: la ambigüedad en la identidad de los sexos, cuyo cambio está generando una gran confusión de roles, y la competitividad social y su correspondencia en una imagen física y psíquica "perfecta" (Calvo, 2002). Ambos sexos tienen abolido, por mandato de la, digamos, "moda imperante", poseer un aspecto corporal medio, límites e imperfecciones, cansancio, dudas, sentimientos solidarios o de compañerismo. Las cualidades humanas han enmudecido ante las exigencias dictadas por la apariencia. Las relaciones están impregnadas de comparaciones continuas con el aspecto o los rendimientos del otro y más que el alimento de una relación interpersonal positiva, lo que producen son sensaciones de soledad y vacío. Los cambios han cobrado una aceleración tal que han revolucionado la vida cotidiana. Hemos entrado en la era de la transitoriedad. Nada es lo que era. La familia ha entrado en crisis, los medios de comunicación se visten de mensajes focalizados en la apariencia y ausencia de valores humanos, y la sociedad camina al compás de estos cambios destinados al encuentro de individuos sin identidad personal. Esta característica, asociada a muchas otras, incrementa los sentimientos de inseguridad del sujeto, de carencia en el ser, empaña la creencia en uno mismo (Pundik, 2003; Toro 1997). La aparente obediencia de el/la paciente con anorexia nerviosa es un acto de conformidad a lo que la familia y la sociedad le piden. Su negación a comer es el único acto de máxima rebeldía. Al no aceptar ingerir la comida, protestan, hablan sin palabras, se oponen a la opresión y encuentran un alivio. Estos pacientes buscan desesperadamente una espiritualidad y solidaridad que les hagan sentirse algo más humanos, sin embargo, en esta sociedad materialista no encuentran el verdadero camino para conseguirlo, y enferman (Calvo, 2002; Cervera, 2005).Las/los pacientes con bulimia nerviosa, al perder el control, resumen en su forma de comer y en sus metas la ambición de una sociedad volcada al logro y al éxito por encima de todo. La anorexia y la bulimia nerviosas no son fenómenos aislados de la persona que los padece. Como en cualquier otro trastorno mental o emocional, en los pacientes con trastornos alimentarios se encuentran conflictos psicológicos subyacentes que deberán ser tratados para lograr una recuperación auténtica y estable. El sentimiento permanente de falta de valía personal, la eliminación o control de las emociones, una baja autoestima, la incapacidad para establecer unas relaciones interpersonales maduras, la ausencia de identidad propia, son los más frecuentes (Calvo, 2002; Cervera, 2005). Los trastornos de la conducta alimentaria ha pasado a ser una de las enfermedades crónicas más frecuentes de los adolescentes con una prevalencia del 1 al 3% para la anorexia nerviosa y del 0,6 al 13% para la bulimia nerviosa, ambas con una proporción de 1 hombre por cada 9 mujeres, y una media de iniciación de los trastornos hacia los 15 años (León y Castillo, 2005). Si bien los trastornos de la alimentación se dan predominantemente en mujeres jóvenes, están apareciendo también en hombres jóvenes cada vez más. Esto ratifica que no hay nada en la anatomía o fisiología femenina que haga que las mujeres tengan el uso privativo de estas patologías. A su vez, refuerza la hipótesis de la fuerte influencia que ejerce la presión del contexto sociocultural en la aparición de estos fenómenos (Crispo, Figueroa y Guelar, 1998; Ray, 2004; Rosen, 2003). La diferencia entre sexos es debida a la distinta socialización de las mujeres y hombres en relación especialmente con su imagen corporal. Pero los datos recientes alertan del aumento de la patología entre varones, como consecuencia de su deseo por controlar la imagen o el rendimiento corporal. También los chicos se sienten corporal y psíquicamente inseguros en el tránsito de la infancia a la juventud (Cervera, 2005; Olivardia, Pope, Mangweth y Hudson, 1995; Toro, 1997). Las ideas preconcebidas propician que los varones sean diagnosticados muy tardíamente, cuando el trastorno está plenamente instaurado, con lo que se puede haber perdido un tiempo precioso para ayudarle a remontar su patología (Calvo, 2002). El incremento de los trastornos de la conducta alimentaria en los últimos años ha conducido a que durante la última década se haya producido una gran proliferación de investigaciones a fin de poder determinar, por una parte, los principales factores implicados en la adquisición y mantenimiento de estos trastornos y, de otra, desarrollar instrumentos de evaluación y procedimientos terapéuticos potentes para poder tratar dichos trastornos y potenciar las vías para su prevención (León y Castillo, 2005). Se plantea, por tanto, la necesidad de estudio de los factores de riesgo de los trastornos de la conducta alimentaria en ambos sexos, la mayoría vinculados a la estructura familiar, entorno y tipo de personalidad premórbida, focalizando nuestro interés en varones adolescentes, debido al incremento de este género en los últimos años, a través de los datos obtenidos en las revisiones bibliográficas más recientes, con el fin de establecer diferencias y semejanzas de factores entre géneros en dichos trastornos, que justifiquen la llamada de atención hacia este nuevo incremento, y aportar un abordaje psicológico adecuado a estos pacientes con el fin de reducir el riesgo, ya sea suprimiendo las causas que provocan estos trastornos o logrando que el individuo sea menos vulnerable a ellas. Antecedentes Históricos La primera descripción clínica de esta problemática se atribuye a un médico inglés: Richard Morton, que describió en 1694 cuadros similares a los actuales (León y Castillo, 2005; Rosen 2003). Morton prescribió, a un joven de 16 años de edad, una cura de descanso, paseos a caballo e interrumpir los estudios. Más de 300 años después, la información sobre los trastornos alimentarios en varones sigue limitada a informes de casos eventuales (Carlat, Camargo y Herzog, 1997; Rosen, 2003; Woodside, Garfinkel, Lin y Goering, 2001). Durante todo este periodo de tiempo sólo nos encontramos con unos pocos ejemplos de pacientes varones, que datan del siglo XVIII, entre ellos el de un joven inglés con un ayuno persistente que le llevó a la muerte, descrito por Willan (León y Castillo, 2005; Rosen, 2003). Parece por tanto que, después del estudio de Morton, se produce un periodo de silencio en el que la patología alimentaria en varones no aparece en las publicaciones especializadas. Unos atribuyen este silencio a la repercusión de las teorías psicoanalíticas, que veían la patología como un miedo a la "fecundación oral" (la comida ingerida simbolizaría el elemento invasor que se introduce en el cuerpo y lo coloniza) y/o al énfasis que puso el DSM-III en la ausencia de menstruación para realizar el diagnóstico de anorexia (Carlat et al., 1997; Pundik, 2003; Toro, 1997). En cualquier caso, se creó un estereotipo sobre qué sujetos eran susceptibles de padecer una anorexia nerviosa, lo que ha provocado que la sintomatología masculina pasara más desapercibida de lo que sería deseable (Calvo, 2002; Herrero, del Río y López-Ibor, 2003). Actualidad Los trastornos de la conducta alimentaria tienen una menor prevalencia en los varones que en las mujeres, sin embargo, el aumento de la frecuencia de estos trastornos en pacientes varones resulta llamativo (Ray, 2004; Velilla, 2001; Woodside et al., 2001). Los criterios diagnósticos son similares a los de las mujeres aunque los factores ambientales y socioculturales son diferentes para ambos sexos desde el nacimiento. Hombres y mujeres perciben el volumen corporal de manera diferente, tienen otros valores en relación a la forma y figura corporal y valoran de distinta manera la delgadez (Herrero et al., 2003; Olivardia et al., 1995). Las dificultades para percibir y aceptar que un varón tiene un trastorno alimentario siguen siendo aún frecuentes y esto entorpece el diagnóstico precoz todavía más que en el caso de las chicas. Si el paciente es el chico de la casa, será muy difícil que los padres acepten que tiene una anorexia o una bulimia nerviosas y tenderán a atribuir a otros motivos su estado físico o su conducta. Si la patología es tan llamativa que se acaba llevando al chico a consulta, muy pocos profesionales se plantearán que sus problemas físicos o su delgadez proceden de un trastorno alimentario (Cervera, 2005; Rosen 2003). Al problema de diagnóstico se le añade el estigma con que los varones viven sus conductas alimentarias patológicas y la humillación que les suele suponer acudir a una consulta especializada en "problemas de chicas". Por razones culturales, si un muchacho está preocupado por su cuerpo lo expresa menos que las mujeres (Calvo, 2002; Cervera, 2005; Olivardia et al., 1995). Los familiares, educadores y allegados de adolescentes varones deben tomar conciencia de que esta inseguridad del tránsito de la infancia a la juventud también es experimentada por los chicos aunque, por los condicionamientos sociales, les cueste decirse a sí mismos o a los demás que les obsesiona su aspecto. Si expresaran abiertamente sus preocupaciones correrían el riesgo de que los otros pusieran en duda su hombría. Mirarse al espejo, preocuparse por la apariencia o mostrarse débil, ha sido considerado por la sociedad un signo de poca virilidad (Hospers y Jansen, 2005; Woodside et al., 2001). Diversos estudios, especialmente aquellos de orientación psicoanalítica, relacionan una prevalencia mayor de varones homosexuales entre los varones vulnerables a padecer un trastorno de la conducta alimentaria (Manley, Rickson y Standeven, 2000; Pundik, 2003; Ray, 2004). Y, a su vez, los modelos de perfección de belleza difieren entre sexos, pues mientras que las mujeres persiguen un modelo corporal basado en la delgadez, los varones buscan el "no estar gordo" y, en la mayoría de las ocasiones, poseer una musculatura apreciable (Hospers y Jansen, 2005; Yelland y Tiggemann, 2003). El varón adolescente con un trastorno alimentario sufrirá, en un silencio mucho más opresivo que el de las chicas, todo el sufrimiento que acompaña a estas patologías y, por tanto, tardará más en pedir ayuda (Olivardia et al., 1995; Rosen, 2003). Afortunadamente, ya existen varones capaces de reivindicar que la masculinidad no viene determinada por unas características corporales específicas y que no necesitan dejar de ser hombres ni dejar de sentirse atraídos por las mujeres para tener un aspecto corporal atractivo, sentir emociones o expresar ternura hacia sus hijos. El problema surge, como en el caso de las mujeres, cuando esta preocupación sirve para evitar todos los conflictos que le plantea la vida. Entonces el aspecto físico se convierte en obsesión y los trastornos se instauran (Calvo, 2002; León y Castillo, 2005). Diferencias con los trastornos de la conducta alimentaria en mujeres adolescentes: características Es evidente la existencia de similitudes y diferencias entre personas de sexo diferente en cualquier ámbito que tengamos intención de estudiar o investigar, ya sea a nivel individual, ambiental, de relaciones interpersonales, biológico o de los trastornos mentales. Este último ámbito es el que nos compete en esta ocasión, más concretamente, el de los trastornos de la conducta alimentaria, patologías siempre referidas al sexo femenino pero que, con el paso del tiempo, han logrado ocupar un lugar considerable dentro del sexo masculino. Presentamos, a continuación, una serie de aspectos que permitirán al lector comparar dichos trastornos entre géneros con la intención de comprender mejor cómo actúan dichas patologías en función de cada persona. Al igual que las mujeres que padecen trastornos de la alimentación, los varones que desarrollan estos trastornos también presentan: - Antecedentes de obesidad que los han convertido en objeto de burlas en algún momento (Cervera, 2005; Crispo et al., 1998; Ray, 2004; Toro, 1997). - Disminución del deseo sexual, relacionado con el descenso de la actividad hormonal (Calvo, 2002; Carlat et al., 1997; Rosen, 2003). - Necesidad de afrontar su crisis de maduración y aumentar la sensación de eficacia ante la vida (Poyato, Sánchez, Cañete y Poyato, 2004; Santo-Domingo, Baca, Carrasco y García-Camba, 2002). - La fuerte creencia de que si adelgazan o consiguen el volumen corporal deseado serán más atractivos o más queridos por los demás (Crispo et al., 1998; Santo-Domingo et al., 2002; Toro, 1997). - Baja autoestima, deseo de aceptación, tendencia al perfeccionismo, depresión, ansiedad y grandes dificultades para afrontar las emociones (Lakkis, Ricciardelli y Williams, 1999; Ranson, Kaye, Weltzin, Rao y Matsunage, 1999; Ray, 2004). - La obligación de mantener un peso o figura específicos debida a alguna ocupación personal o profesional (Baum, 2006; Crispo et al., 1998; Rosen, 2003). Las características de la anorexia y bulimia en pacientes varones se acomodan bastante bien a las que presentan las mujeres, pero aunque las similitudes sean muchas, también existen diferencias como las que presentamos a continuación:
Los comentarios están ordenados desde el más reciente al más antiguo:
|
|
Revista Electrónica PsicologiaCientifica.com:
Grupo PSICOM - Hosting y Diseño Web: OlimpoWeb.com
|
|