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La violencia: Aproximaciones biopsicológicas
Augusto V. Ramírez
Biología y agresividad
La vieja polémica teórica sobre la naturaleza de la agresividad humana fue superada, en gran parte, por las investigaciones realizadas por varios antropólogos que, decidieron investigar sobre el terreno, el comportamiento humano, en vez de seguir elucubrando sobre la naturaleza biológica o reactiva de la agresividad. Estas investigaciones señalaron la íntima relación entre el tipo de cultura y los niveles de agresividad del grupo. Todos los antropoides tienen patrones de reacción agresivos que se ponen en marcha cuando el animal se siente amenazado. Los gorilas riñen entre sí por la jefatura del grupo, pero estas riñas no ocasionan, casi nunca, la muerte del adversario. La agresividad homicida sólo es usada contra agresores de otra especie. El único animal que asesina a su propia especie es el hombre: Homus lupus homini, afirma el proverbio latino. Es evidente que la agresividad está inscripta en la naturaleza biológica del homosapiens. Todos los animales se defienden cuando son atacados. Pero la conducta agresiva sin finalidad biológica sólo se encuentra en los humanos. Este hecho ha llevado a muchos investigadores a afirmar que el hombre es un animal gratuitamente agresivo. Freud, en El Malestar de la cultura, especuló sobre la existencia de un instinto de muerte. Si aceptamos esto, tendríamos que ver la violencia como algo consuetudinario e inevitable. Sin embargo, la experiencia nos enseña que ni todo el mundo es agresivo, ni la agresividad es una constante en la conducta humana. Si bien es cierto que en el hombre las reacciones o la conducta agresiva está desvinculada en forma directa de finalidades biológicas, también lo es que todo acto agresivo está condicionado y desencadenado por las presiones del entorno. Desde nuestro enfoque, la agresividad en los seres humanos es también un patrón de reacción eminentemente defensivo. La diferencia con el resto de los antropoides es que las personas reaccionan en función de valores adquiridos, impresos en su psiquis por el medio social en que se han desarrollado. Sus filias y sus fobias han sido creadas por su vida. Los patrones de acción e inhibición son también condicionados por sus experiencias. La naturaleza humana es psicosocial. Toda la base biológica del animal humano está psicosocializada. La agresividad no es una necesidad en el hombre, es sólo un patrón de reacción en función de la preservación de su vida. Y este patrón está totalmente diseñado por sus experiencias primarias. Psicodinámica de la violencia Como se pretende comprender la sociodinámica de la violencia, es imprescindible conocer, aunque sea sumariamente, los mecanismos psicológicos que subyacen a una acción violenta. Aunque se hable de violencia colectiva no se debe olvidar que siempre es el individuo el sujeto de la violencia. El ejecutor de la violencia siempre es una persona. En solitario o en grupo, en pareja o en multitudes siempre es un individuo el que concreta y realiza la acción violenta, aunque esté condicionado por el Sistema que lo manipula. Este hecho, aunque es innegable, muchas veces es olvidado. Si como se afirma, la agresividad siempre es reactiva, siempre es una respuesta a una estimulación interna o externa, debemos ver el acto o la conducta violenta de la misma manera. Pero como se sabe en la psicología, las energías afectivas son desplazadas de una motivación a otra, para comprender la psicodinámica de la violencia, debemos categorizar estas cargas emocionales. Todos estamos familiarizados con las reacciones exageradas. Es del común saber popular, que cuando las personas están tensas, molestas o frustradas, ante una mínima provocación, reaccionan como si las hubieran golpeado. En muchas ocasiones, recibimos una respuesta brusca o grosera, que es consecuencia de una descarga en nosotros, rabias que otro provocó. Esto es posible por el desplazamiento de cargas afectivas. La tensión emocional que no es descargada en actos se acumula. Todos hemos oído la frase: estoy que exploto. Cuando la tensión sobrepasa determinados niveles, las personas experimentan molestias en su sistema cardiovascular y respiratorio. El estrés es, precisamente, una acumulación crónica de tensiones cotidianas. A mayor acumulación de tensiones mayores potenciales de respuestas violentas. Los mecanismos fisiológicos que capacitan el cuerpo para la actividad muscular son iguales, si vamos a bailar, nadar o pelear. Las diferencias emocionales e intelectivas, que son las que van a dirigir la acción, son las que dan connotaciones y sentido distinto a los movimientos corporales. Son estos valores psicológicos los que dan sentidos diferentes al abrazo amoroso y al apretón estrangulador. Una vez más, se debe tomar conciencia de la capital importancia de los procesos significantes. Los actos y las cosas tienen el sentido, según el valor que nosotros les damos, porque así lo gravaron en nosotros. Los procesos codificadores que clasifican todas nuestras experiencias, que marcan las cosas y las gentes como buenas o malas, agradables o molestas, dañinas o beneficiosas, comienzan desde el momento mismo que nacemos. Y es el medio, las gentes que nos rodean, las circunstancias concretas en que crecemos, nos desarrollamos y vivimos las que determinan los signos y los valores que condicionarán todos nuestros sentimientos y nuestra conducta. Nuestros códigos genéticos, nuestra herencia, determinan nuestras potencialidades y nuestras deficiencias. Pero es el medio en que nos criamos el que decide como valoramos nuestro entorno y como actuamos en el. Las devociones y los prejuicios, las fobias y las adicciones, los odios raciales y los fanatismos religiosos, son gravados en la psiquis de los niños durante sus primeros 12 años de vida. A partir de ese momento, la sociedad refuerza o debilita estas huellas, estas predisposiciones en cada uno de los integrantes de la colectividad. Estos patrones de reacción primarios (PRP) son los que permiten la manipulación colectiva. Son los que permiten, a las élites que dirigen los Estados, empujar a las masas hacia la carnicería o la inmolación. Los seres humanos no nacemos odiando símbolos, ni amando banderas. Es la sociedad la que nos enseña que los extranjeros son peligrosos; que unos seres humanos son superiores a otros; que la fuerza da derechos y la riqueza privilegios. La violencia es necesaria sólo para defender la vida. La violencia que hoy enluta al mundo es producto de la opulencia represiva, que condena a la humanidad al desperdicio inicuo de unos pocos y a la miseria de la mayoría. Carencias y satisfacciones Las necesidades reclaman ser satisfechas. Tanto las necesidades básicas (NB), como las necesidades derivadas (ND), crean tensiones internas que impulsan al individuo a buscar satisfacción a la demanda. Podemos afirmar que toda la actividad humana es producto de estas pulsiones que fuerzan al individuo a buscar la satisfacción. El monje anacoreta que busca la satisfacción de sus necesidades místicas y el caníbal que devora el corazón de su víctima están impulsados por necesidades culturalmente creadas por su medio. En los niños, vemos que sus demandas sólo son de carácter biológico: alimento, aire y calor. Estos son los objetos de satisfacción de sus necesidades básicas (NB), a medida que pasan los meses, veremos como sus demandas van creciendo y complejizándose. En los demás animales, el hambre sólo se impulsa a buscar comestibles con sustancias nutricias. Sus preferencias sólo se basan en los nutrientes y en la disponibilidad de los mismos en su hábitat. Las personas atienden, además de los nutrientes, a una serie de características condicionadas culturalmente, estos acondicionamientos culturales llegan a ser determinantes de la satisfacción. Una persona en una situación de penuria llega, también, a comer cualquier cosa que le alimente y le calme el hambre. Pero este alimento que satisface la necesidad nutricional, llena la necesidad básica pero no satisface la necesidad psicológica, que sólo se satisface si come lo que le gusta que es, en definitiva, lo que le enseñaron que debía comer. Este acondicionamiento cultural es la base del proceso de humanización del homosapiens, pero, también abre la posibilidad de la enajenación de los seres humanos, si la sociedad extravía el camino, llevándolos hacia formas de vida destructivas. Estas categorías de carencia y satisfacción son insuficientes para permitirnos comprender la psicodinámica de las tensiones individuales y de grupo. Veamos los conceptos de gratificación y frustración que nos permitirán comprender un poco mejor los sufrimientos y las alegrías de la gente y los grupos en las sociedades globalizadas. Gratificación y frustración Llamamos gratificación al placer emocional que produce cualquier actividad mental o físicomental que, llenando las expectativas, provoca una relajación tensional. Un placer físico no es necesariamente gratificante. Una fantasía puede serlo o no, dependiendo de varios factores. La gratificación depende más del sujeto que se gratifica que del objeto gratificante. Una comida puede satisfacer la necesidad de alimento y no gratificar al que come. Un acto sexual puede producir una eyaculación sin brindar gratificación alguna, aunque alivie la tensión sexual. La gratificación es una experiencia genuinamente humana y es la meta universal de todos los quehaceres del individuo. Aunque muchas gratificaciones están ligadas a la satisfacción de necesidades básicas, comunes a todos los seres humanos, el tipo y las formas de la gratificación están condicionadas socialmente y varían de cultura a cultura y de individuo a individuo. El nivel de la gratificación siempre depende de las expectativas del individuo. Si la satisfacción alcanzada está por debajo de las expectativas del sujeto la gratificación no será plena. Si las exigencias de una persona son muy elevadas le será muy difícil lograr gratificaciones adecuadas. Como es la sociedad la que modela las metas de los individuos y de los grupos, las formas y los objetos de gratificación estarán siempre diseñados por el sistema económico-social imperante. Este sistema es el que determina no sólo las metas a alcanzar sino, también, las formas, las vías y los objetos que se pueden y se deben alcanzar. Gratificaciones y frustraciones son las experiencias cotidianas del vivir. Del equilibrio entre unas y otras depende, en gran parte, la estabilidad emocional de las personas. La frustración es la certeza del fracaso en alcanzar lo deseado. Es el sentimiento de contrariedad y displacer al no poder satisfacer los propósitos, las expectativas. La frustración siempre es deprimente, da sensación de agobio, desaliento, fracaso. La frustración nos quita energías, menoscaba la seguridad personal y rebaja nuestra autoestima. Las satisfacciones y las carencias están directamente relacionadas con nuestras necesidades básicas pero, como ya analizamos, estas necesidades básicas siempre están psicosocializadas. Sus formas y sus modos de satisfacción están totalmente diseñados por la sociedad. Por ello, los conceptos de gratificación y frustración reflejan mejor la dinámica psicosocial del comportamiento. En muchos casos las formas y los modos de satisfacción diseñados por la sociedad se apartan de los objetivos psicobiológicos de las necesidades básicas. Las necesidades derivadas que la sociedad crea en los individuos, entran en contradicción con su salud psicobiológica. El cigarrillo, el alcohol y las dietas son ejemplos de cómo determinadas gratificaciones socialmente diseñadas dañan a los que las buscan. En estos casos, vemos como determinadas gratificaciones no producen satisfacciones genuinas. Por el contrario, dañan a los que las disfrutan y a través de ellos, a la larga, dañan a todo el grupo. Estas contradicciones entre satisfacciones sanas y gratificaciones negativas, nos permiten comprender claramente por qué la deformación de los valores sociales, puede conducir a la frustración colectiva, generando tensiones que aumentan los niveles de violencia. Podemos resumir todo lo anterior, diciendo que las falsas metas, los erróneos valores que un sistema social diseña, puede conducir a la colectividad hacia frustraciones crecientes y gratificaciones dañinas, que eleven los niveles de tensión y desesperanzas, más allá de lo soportable. Así, el aumento de la violencia social es el resultado de los altos niveles frustracionales, del descenso de la autoestima de la mayoría de los invididuos, que produce la pérdida de vigencia de los valores convivenciales de la sociedad. Desde nuestro enfoque, las relaciones entre corrupción y violencia son múltiples. También la corrupción se extiende por la pérdida de vigencia de los valores, por la desmoralización generalizada. Pero no debemos olvidar que esta desmoralización social es producto de los falsos valores, de las erróneas metas que el sistema ha impuesto a la colectividad. Si el sistema que estamos analizando es el capitalismo de consumo, vamos a observar de cerca sus características para pasar después a estudiar su dinámica. Dentro del sistema mercantil capitalista, la oferta es sólo de bienes y servicios. Pero estos bienes y servicios encierran todos los medios, modos y objetos de satisfacción posibles: todo es convertido en mercancía. Aquí, las diferencias de precios son las que marcan las posibilidades de adquisición de toda la población. El mercado del trabajo, por una parte y el mercado del consumo por otra, determinan las actividades y las aspiraciones de todos los integrantes de la sociedad. ¿Pero qué pasa cuando el mercado del trabajo se reduce y el mercado de mercancías se amplía incesantemente? ¿Qué pasa cuando la inducción a la compra se mantiene y la capacidad adquisitiva de la sociedad desciende? Un próximo artículo que hable del consumo tratará de encontrar respuestas a estas preguntas.
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