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Revista » Psicología Jurídica y Forense » la violencia, aproximaciones biopsicológicas
La violencia, aproximaciones biopsicológicas
Augusto V. Rhamírez
Trabajo publicado el 15 de mayo de 2009
Resumen
Esbozo histórico Desde Aristóteles a la fecha, miles de autores han abordado el tema de la violencia, tanto en el plano ontológico como en la arena social. De la violencia como fardo a la violencia como derecho, las líneas argumentales han explorado muchos caminos y han arribado a múltiples conclusiones. Desde nuestro enfoque, toda fuerza o condición que impida, limite o distorsione la actividad de un organismo en pos de la satisfacción de sus necesidades, es violencia. Tanto en plano físico, como psicológico, cualquier acto o manipulación sobre una persona o un grupo para limitar o impedir la satisfacción de sus necesidades, es violencia. Mientras la violencia es individual y esporádica no altera los perfiles sociales ni alarma a nadie. Pero cuando la violencia se hace endémica, todo el mundo se siente amenazado y la sociedad entra en crisis. En 1908 al calor de la fracasada insurrección rusa de 1905, Georges Sorel, un teórico del Sindicalismo Revolucionario, publicó un libro que encendió la polémica en todo occidente. "Reflexiones sobre la violencia", intentaba diferenciar entre la violencia del represor y la violencia del oprimido; justificando la violencia revolucionaria del pueblo frente a la violencia represiva de los dominadores. Esta obra dio justificaciones al terrorismo anarquista y convirtió la bomba y los atentados en instrumentos válidos de la emancipación proletaria. La "carnicería" de la Primera Guerra Mundial demostró que, en nombre de la patria y la defensa nacional, podían asesinarse a miles de personas y, además, ser condecorado como un héroe. Los mismos que condenaron la obra de Sorel, por inmoral y blasfema, aplaudieron la aventura bélica para apoyar los intereses de los grupos dominantes. En 1947, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, Aimë Cesair, un poeta martiniquence, diputado a la Asamblea Francesa, por el departamento de Martinica, dio lectura a un análisis de las causas históricas del fascismo y de la Guerra. El discurso sobre el colonialismo no sólo conmovió a la Asamblea Francesa sino a todo el mundo progresista. La tesis de Cesair era, aparentemente simple, pero en realidad muy profunda. Pasando revista a todas las masacres y genocidios del colonialismo, llevados a cabo por las potencias occidentales, contra todos los pueblos y culturas no europeas. Concluía, que el horror y la indignación de los Aliados, ante la barbarie alemana, era pura hipocresía. Todos esos horrores los había practicado Europa para imponerles la dominación colonial a otros pueblos. Y solo cuando se vieron víctimas, cuando padecieron la barbarie en sus propias tierras, se cubrieron la cabeza de cenizas y denunciaron iracundos los crímenes de Alemania. Para Aimë Cesair, la barbarie nazi, era sólo el bumerán de odio, que se volvía contra aquellos que, negando sus propios principios, habían masacrado pueblos y culturas en nombre de la civilización occidental. Según este poeta, la exportación de la barbarie, corrompe, irremediablemente, a sus autores. A partir de la década de los cincuenta, el proceso de descolonización se profundizó, entre otras razones, porque la experiencia norteamericana en América Latina, había demostrado que era más rentable, dominar y explotar económicamente un pueblo, permitiéndoles una soberanía formal, que invadirlos colonialmente. Pero Francia, en Indochina y Argelia se negó a escuchar la voz de la historia, empeñándose en una guerra perdida de antemano. Frank Fanom, un psicoanalista argelino, realizó el primer análisis psicosocial de los efectos de la colonización en la personalidad del colonizado."Los Condenados de la Tierra" y "Piel Negra, Máscara Blanca" (Libros publicados en Cuba) son las primeras aproximaciones científico-humanísticas a las consecuencias de la dominación político-cultural de un pueblo. Pero la guerra de Argelia, en la cual Cuba hizo su debut internacionalista (1), puso sobre el terreno otra de las terribles consecuencias de la violencia colonial. La ferocidad de la represión francesa, con la tortura institucionalizada y los asesi-natos y las desapariciones como práctica cotidiana, tuvieron la réplica brutal de los colonizados. El terrorismo argelino no se detuvo ante nada. Discotecas, hospitales, teatros, ómnibuses escolares. No había excepciones, ningún francés, ningún colabo-racionista era respetado. París, fue castigado, el terrorismo argelino ensangrentó las plazas y las calles de la Ciudad Luz. La consigna fue: mientras haya represión en Argelia los franceses no podrán vivir tranquilos. La brutalidad colonial desató la brutalidad de las víctimas. Francia perdió la guerra, pero Argelia no recuperó la paz. Podrían citarse muchos ejemplos que ratifican, una y otra vez, que la violencia sólo engendra violencia. Que la barbarie, tarde o temprano, bestializa a los agresores y deshumaniza a las víctimas. En estos momentos en que la sociedad norteamericana tiembla de miedo y de rabia y que toda Europa se siente vulnerable e insegura, es oportuno recordar que la catástrofe del 11 de Septiembre no fue un rayo en un mar en calma. Y que el genocidio de los iraquíes es consecuencia de la descomposición social norteamericana y no un producto del 11 de Septiembre. La ola de violencia venía creciendo en todo el mundo desde el desmoronamiento de la Unión Soviética: masacres étnicas en África y los Balcanes; expediciones punitivas contra Somalia; terrorismo checheno en Moscú; bombardeos indiscriminados sobre las ciudades chechenas; guerra petrolera en el Golfo; bombardeos de castigo sobre Irak; agresión de la OTAN contra Yugoslavia. Genocidio norteamericano en Irak. Del millón setecientos mil víctimas mortales de la violencia en el año 2000 (según datos de la OMS), la mitad se debió a suicidios, una tercera parte a homicidios y sólo la quinta parte a conflictos armados. Esto nos indica que son la desesperación y la desesperanza engendradas por el sistema la gran genocida. Como marco interno de todas estas carnicerías internacionales, en cada sociedad occidental la violencia aumentaba en las calles y en los hogares. Los índices de criminalidad, delincuencia juvenil, abuso infantil y violencia doméstica superan todas las predicciones de la INTERPOL para Europa. En Estados Unidos la brutalidad policial tuvo su apoteosis en la matanza de Wayco, Texas, donde el FBI, toma por asalto armado la sede de una secta religiosa norteamericana y asesina a decenas de personas, después de haber allanado el lugar. El bumerán no se hizo esperar. Dos años después, en 1995, Timothy Mc Veeigh un sargento, condecorado en la Guerra del Golfo, revienta el edificio federal de Oklahoma City, donde mueren decenas de niños y cientos de personas. Ya detenido declara, que, la masacre realizada, era para castigar al gobierno por la matanza de Wayco. Antes de morir, por inyección letal, reitera que no se arrepiente de nada y que está satisfecho por haber realizado un acto de justicia. Pero la violencia en Norteamérica tiene expresiones mucho más aterradoras que los hechos de Wayco y Oklahoma. Los casos de niños asesinos venían sucediéndose, desde el 98, antes de culminar en la matanza de la secundaria Columbie, donde dos adolescentes planifican y ejecutan el ametrallamiento indiscriminado de sus compañeros. Niños asesinando a sus padres; niños matando a otros niños; madres matando a sus hijos, miles de criaturas muertas a consecuencia de golpes propinados por sus padres. Llenando las salas de urgencia de los hospitales a todo lo largo y ancho del país, cientos de miles de mujeres y niños, son atendidos diariamente a consecuencia de golpes y maltratos recibidos dentro sus propios hogares. La violencia escolar obligó a las autoridades a llenar de policías y detectores de metal todas las escuelas públicas de Estados Unidos. El consumo de drogas entre la población escolar ha impulsado la proliferación de pandillas de niños narcotraficantes que, en sus luchas territoriales, han convertido las calles y las plazas norteamericanas en lugares inseguros y peligrosos. Los índices de delincuencia y violencia juvenil han superado los tradicionales parámetros delictivos de este y otros países. Frente a esta ola de violencia infantil, juvenil y familiar que viene creciendo desde hace veinticinco años en las ciudades norteamericanas y Europeas, no agrega mucho, que E.U. tenga los índices de homicidios, criminalidad, violencia y población penal más altos de planeta. Lo que sí nos obliga a pensar, es el hecho que en la nación más opulenta de la tierra, la desintegración familiar, drogadicción y violencia hayan crecido, incesantemente, a medida que el país se hace más y más rico y el mundo se hace más y más pobre. Esto debe ser explicado. Hay otras secuencias de hechos aterradores, casi subterráneos, que al desarrollarse fuera de la atención de la media, sólo asoman a la luz pública, de vez en cuando, en Asambleas y Foros Internacionales. El tráfico internacional de esclavos; la compra y el secuestro creciente de niños en países pobres, para surtir la demanda de órganos en las metrópolis; el reclutamiento forzoso de niños para usarlos como combatientes en las guerras étnicas; el secuestro de mujeres para explotarlas sexualmente en los serrallos y prostíbulos del mundo. Sabemos que algunas de estas monstruosidades han ocurrido siempre, pero en los últimos veinte años estas prácticas se han hecho masivas y cotidianas. Otro aspecto de la deshumanización global es la agudización de la miseria en toda la Tierra. Según las estadísticas de la ONU, a pesar de los esfuerzos realizados por los organismos internacionales y las ONG en todo el mundo, mueren, diariamente, 50 mil niños menores de cinco años, por hambre o falta de asistencia médica. Sólo, el pensar que cada minuto mueren 34 niños, por culpa de la codicia de unos pocos, es algo, verdaderamente anonadante. Aproximadamente 1000 millones de personas agonizan con menos de un dólar diario. Una de cada ocho personas en el mundo, no puede obtener suficientes alimentos. Pero el proceso de globalización no sólo está depauperando a los países pobres. Treinta y cuatro millones de personas, en los países industrializados, pasan hambre. El desempleo, la inseguridad, la desnutrición y la falta de asistencia médica no sólo son endemias de los países subdesarrollados. Los cinturones de miseria y marginalidad crecen día a día en todas las ciudades de los países ricos de occidente. Todas estas tristes realidades son expresiones del aumento incesante de la violencia. Porque esta miseria no se debe a catástrofes naturales, esta miseria es impuesta por las metrópolis que dirigen la economía mundial. Según la FAO, la sobre producción mundial de alimentos rebasa las necesidades alimentarias de toda la población del planeta. Si mil millones de persona pasan hambre, se debe, únicamente, a la criminal distribución impuesta por la violencia. La miseria mata más gentes que todas las guerras y todas las fuerzas represivas del mundo. La miseria es la gran corruptora, el gran tirano de la humanidad, y como todos los tiranos sólo se impone por la violencia.
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