En el estudio de Al-Halabi
Díaz, Secades-Villa, Pérez, Fernández-Hermida, Crespo y
García-Rodríguez (2006), en el que se pretende identificar cuales eran
las variables que predicen la participación en un programa de
prevención juvenil de abuso de drogas, se encontró que estas variables
fueron: el número de hijos, el nivel educativo de los padres, el uso de
drogas por los hijos, el conflicto familiar y el estilo de crianza
paternal. Las variables que más relacionadas estaban con el constructo
de EE fueron el conflicto familiar, las relaciones entre padres-hijos y
la comunicación entre los miembros de la familia. Así, este estudio
mostró que se hace necesario identificar estas variables para aumentar
la participación en estos programas y así poder influir sobre el riesgo
de consumir sustancias, en consonancia con lo propuesto por otros
autores para la recaída en sujetos toxicómanos (García, 1999a y 1999b).
En
otro de estos trabajos (Schwartz, Dorer, Beardslee, Lavori y Keller,
1990), se evaluó la relación entre el nivel de EE maternal y la
incidencia de trastornos afectivos, el abuso de sustancias y de
trastornos de conducta en niños, encontrándose que niveles más altos de
EE maternal se asociaba con el aumento del riesgo del niño de sufrir
cualquiera de estas tres entidades, específicamente aumentaba el riesgo
de que el niño fuera diagnosticado de: trastorno depresivo y de abuso
de sustancias.
En pacientes alcohólicos también se ha estudiado
la influencia de la EE en el curso de la patología. O'Farrell, Hooley,
Fals-Stewart y Cutter (1998), encontraron que los pacientes alcohólicos
con esposos de alta EE, tenían más probabilidad de recaer, mostraban un
menor tiempo para recaer y bebieron en un porcentaje mayor de días en
los 12 meses después de empezar una terapia matrimonial. La EE se
asociaba con la recaída, independientemente de la educación de los
pacientes y de la severidad de los problemas que estos presentaban con
el alcohol. En cuanto a la disminución de recaídas en estos pacientes
con esposos de alta EE, un mayor uso de Antabús y un mayor número de
sesiones de terapia matrimonial se asoció con reducciones en la recaída.
Otras
investigaciones en relación con pacientes alcohólicos han buscado la
relación entre los diferentes componentes del constructo EE y las
recaídas en estos pacientes. En el estudio de Fichter, Glynn, Weyerer,
Liberman y Frick (1997) se estudia la relación entre los diferentes
componentes de la EE y las recaídas a los 6 y 18 meses. Estos autores
encontraron que los comentarios críticos hechos por los familiares al
paciente (medido mediante la CFI) tienen un impacto estadísticamente
significativo en la abstinencia y contribuyen a predecir el curso del
alcoholismo, además de una relación entre la posterior recaída y el
rechazo del paciente por el familiar. Un número bajo de Comentarios
Críticos y un alto nivel en Calor era asociado con más bajo riesgo de
recaída; sin embargo, contrario a las expectativas de los autores, la
sobreimplicación emocional (SIE) significativa de los familiares era
asociada con más abstinencia, y lo que se esperaba obtener era que los
altos niveles de SIE se relacionaran con una mayor tasa de recaída.
2. Otras en las que, aunque no se relaciona específicamente el constructo
con la drogodependencia, se puede observar una influencia de los
componentes de la EE.
Otros
estudios no relacionan directamente el constructo de EE con la
drogadicción, pero si se observa en ellos que los componentes de la EE
son importantes en cuanto a la relación de los familiares con el curso
y prevención de la drogodependencia. Principalmente, estos trabajos
hablan de las Críticas, la Hostilidad y la Sobreimplicación por parte
de los familiares (lo que serían los principales componentes de la EE),
lo cual está en consonancia con los componentes de este constructo que
han mostrado un mejor valor predictivo. Algunos de estos estudios son
los que se comentan a continuación.
Maravall (2006), dice que
para mantener hábitos positivos dentro de la familia, que influyan en
la prevención de la drogodependencia hay que, ser claros y precisos
ante un posible conflicto, tanto al expresar preocupación y enfado,
explicar como esperan que se comporten, tratar solo un tema cada vez y
no mezclar cosas. Hay que evitar otros hábitos negativos en la
comunicación familiar como son generalizar, criticar a la persona en
vez de la conducta, culpar, amenazar, reprochar (Hostilidad),
interrumpir a la otra persona, etc., lo que muestra la importancia de
dos componentes directamente relacionados con la EE en la prevención de
la drogadicción, en este caso las críticas y la hostilidad.
En
cuanto al consumo de drogas por parte de los hijos y el clima familiar,
diferentes estudios (Herman y McHale, 1993; Otero, Mirón y Luengo,
1989) confirman la relación entre el uso de drogas en los hijos y un
ambiente familiar conflictivo y hostil, y de forma genérica se sostiene
que la crianza de niños de familias con alto nivel de conflicto es un
factor de riesgo para el desarrollo de trastornos de conducta en
general (Bragado, Bersabé y Carrasco, 1999).
En cuanto al clima
familiar y comunicación familiar, Misitu (2006), comenta que no es el
tipo de familia lo que se relaciona con el consumo, sino las variables
de calidad del funcionamiento y el clima familiar asociados. Por ello,
resalta que la capacidad para la comunicación y la discusión de los
conflictos en la familia cumple funciones protectoras frente al consumo
de drogas, mientras que la ausencia de comunicación paterno-filial o
pautas negativas de comunicación inadecuadas como dobles mensajes y
críticas, así como un clima familiar conflictivo, se consideran
factores de riesgo para la conducta de consumo de sustancias. Al
relacionar esto con lo obtenido por Misitu (2006), dos estudios
muestran resultados similares en cuanto a la importancia del clima
familiar:
a. El primero, un estudio europeo anterior (realizado
en diferentes ciudades, con adolescentes de 14-15 años), obtuvo que el
vivir con ambos padres era una variable de menos importancia en el uso
de sustancias en comparación con los aspectos cualitativos de la vida
familiar (buen clima familiar, bajos niveles de conflicto familiar y en
especial la unión que se establecía con la madre). La unión con la
madre era un inhibidor importante de sustancias independientemente de
las diferencias regionales y de la disponibilidad de la droga y solo
era debilitado por problemas más generales de conducta. Estos
resultados subrayan el papel de familias, pero sobre todo el de madres,
en regular las conductas relacionadas con el consumo de sustancias en
personas jóvenes (McArdle, Wiegersma Gilvarry, Kolte, McCarthy,
Fitzgerald, Brinkley, Blom, Stoeckel, Pierolini, Michels, Quensel y
Johnson, 2002).
b. El segundo estudio encontró que la violencia
y el conflicto familiar se asociaban con la conducta de uso de alcohol
y otras drogas, siendo el clima familiar una variable de mayor
influencia que el estado conyugal de los padres en el desarrollo de la
conducta de uso de drogas en el hijo. Así, cuando el clima familiar era
favorable, no había violencia ni conflicto familiar y los padres
estaban viviendo juntos, los jóvenes tenían significativamente una
menor probabilidad del uso de alcohol y otras drogas. Pero cuando estas
condiciones eran desfavorables, el mismo hecho era asociado a una
probabilidad mayor de consumo (Carvalho, Pinsky, De Souza e Silva &
Carlini-Cotrim, 1995).
Otros trabajos corroboran la importancia
de los factores familiares relacionados con el clima familiar y pautas
de comunicación, entre los que se incluyen, como ya se ha comentado,
los componentes principales de la EE como factores de
riesgo-protección. Bellosta y Múgica (2003) destacan como factores de
riesgo en relación al clima familiar: la sobreprotección, clima
familiar negativo, inseguridad, incomunicación; y como factores de
protección en relación a esto destacan: los modelos de comportamiento
adecuados: como la seguridad y comunicación con los padres, el
bienestar y la calidad de la vida familiar. En un trabajo para analizar
la situación del consumo de drogas de síntesis entre la población
juvenil del Principado de Asturias, y para identificar las variables
relacionadas con el uso de estas sustancias en estudiantes de educación
secundaria, se encontró que las variables relacionadas con el consumo
son, entre otras, pobre rendimiento académico, actitudes tolerantes
hacia las drogas, vivir solo con uno de los padres, tener mala relación
con la familia, hostilidad familiar y consumo de drogas de los amigos y
la familia (Fernández, Álvarez, Jiménez, Fernández, Secades, Cañada,
Donate y Vallejo, 2003).
Otros muestran la relación entre un
clima familiar hostil y el consumo de drogas. Un estudio que examinó
esto es el realizado en 218 jóvenes de entre 10 y 18 años (116 de ellos
eran usuarios habituales de y 102 de estos sujetos eran dependientes de
drogas ilícitas, según criterios del DSM IV), donde se encontró que las
principales drogas utilizadas por los sujetos fueron la marihuana, los
solventes inhalables, la cocaína y los tranquilizantes. Se encontró
mayor disfuncionalidad asociada con el abuso y la dependencia. Los
datos que se obtuvieron apoyan la noción del uso de drogas como una
forma inadaptativa de afrontamiento, y corroboran igualmente la
relación del consumo con el estrés, la depresión y factores familiares
como el conflicto, la existencia de pautas rígidas de interacción y la
falta de vínculos de apoyo y afectivos (Díaz, Pérez, Wagner Arellanez,
2004).
En relación a estos estudios anteriores Pons, Berjano y
García (1996), comentan que la mayoría de los estudios coinciden en que
las interacciones padres-hijo caracterizadas por la ausencia de
conexión y por la sobreimplicación maternal en las actividades con los
hijos parecen estar relacionadas con la iniciación de los jóvenes
adolescentes en el uso de drogas. De forma contraria, las relaciones
familiares positivas basadas en un profundo vínculo afectivo entre
padres e hijo correlacionan con una menor probabilidad de que la
juventud presente problemas de conducta y se inicie en el consumo de
sustancias (Selnow, 1987).
En resumen, los estudios anteriores
muestran de nuevo la importancia de los componentes principales de la
EE. Aunque no se midan específicamente, los componentes relacionados
con el clima familiar negativo (Hostil, Crítico y Sobreprotector) son
considerados factores de riesgo para el consumo de sustancias, pudiendo
incidir tanto en el curso como en el inicio de la drogodependencia.
3. Estudios que indican la importancia de tener en cuenta la percepción
que de este clima familiar negativo, hostil, crítico o sobreprotector,
tiene la persona consumidora.
Además de medir la EE que presenta el familiar del consumidor, sería de
importancia tener en cuenta la percepción que de este clima familiar
negativo, hostil, crítico o sobreprotector tiene la persona
consumidora, lo que mostraría que la persona percibe este clima
disfuncional como negativo, como una relación o evento estresante que
incidiría en la patología. Así estos familiares de alta EE se
percibirían por el drogodependiente como más rechazantes, hostiles,
posesivos, etc.
Teniendo en cuenta lo anterior, y de acuerdo con
Booth, Russell, Soucek y Laughlin (1992), un drogodependiente puede
tener una relación familiar orientada hacia dos extremos: la
sobreimplicación de la madre y la baja implicación del padre, pero
ninguno de los dos casos necesariamente conlleva afecto y aceptación
paterna. Por lo tanto, parece que la implicación familiar no conlleva
necesariamente afecto, siendo entonces la percepción del
drogodependiente de la ausencia de aceptación y amor por parte de los
padres, más que los extremos de implicación, el factor que contribuye
al inicio y al mantenimiento del abuso de drogas.
En otro
estudio, el de Iraurgi, Sanz y Martínez-Pampliega (2004), en personas
con diagnóstico por trastorno adictivo a sustancias (no alcohólicas)
que inician tratamiento, se explora el funcionamiento familiar y su
relación con los problemas derivados o asociados a esta situación, y se
observa como una peor situación médica y psiquiátrica. Se asocia
positivamente con un mayor estrés familiar y el uso de drogas se asocia
con un mayor estrés familiar y una más baja satisfacción familiar y una
peor comunicación y recursos familiares. Por tanto, se constata la
relación entre la severidad de la adicción y el funcionamiento
familiar, tanto desde la apreciación del clínico como desde la del
propio paciente. Aunque hay diferencias en la valoración que realizan
del consumo de sustancias y de la situación psiquiátrica y
socio-familiar, en esta valoración el clínico atribuye una mayor
severidad al consumo de sustancias, mientras que el paciente expresa
una mayor severidad en relación al clínico en la valoración de la
situación psiquiátrica y socio-familiar (Iraurgi, Sanz &
Martínez-Pampliega, 2004).
Así, en relación a la percepción
del drogodependiente sobre sus padres, diferentes estudios han
encontrado que la percepción y relación que estos tienen de sus
familiares es negativa. Algunos estudios que muestran lo comentado
anteriormente serían:
a. El trabajo de Rees & Wilborn
(1983), que encontró que los sujetos con trastornos adictivos perciben
a sus padres como más rechazantes, irritables, negligentes, intrusivos,
posesivos, sobreprotectores, manipuladores de sentimientos y sin una
dirección y criterio precisos en las reglas.
b. Stoker y Swadi
(1990) quienes encontraron que los consumidores de alcohol y drogas
describen la relación entre sus padres como distante y aislada, con
frecuentes discusiones y conflictos, con dificultades de comunicación
entre ambos padres; que tienden a ser desconfiados, verbalmente
punitivos y críticos respecto al hijo. Además, las madres son
percibidas por sus hijos drogodependientes como más punitivas, con
relaciones frecuentes, pero más negativas.
c. En su estudio,
Johnson y Pandina (1991), encontraron que los sujetos consumidores de
alcohol y/o drogas describían las relaciones parentales como aversivas
frente a los no consumidores que las describían como afectivas.
También
se ha mostrado que padres con características relacionadas con
componentes de EE se consideraban más ineficaces para manejar las
conductas problema del familiar drogodependiente. Así, los padres
sobreprotectores se consideran más ineficaces para manejar las
conductas adictivas de sus hijos, mostrando además que la familia del
drogodependiente presenta déficit en la comunicación, característica
encontrada en muchos otros estudios comentados anteriormente
(López-Torrecillas, Bulas, León-Arroyo y Ramírez, 2005). De acuerdo con
lo que se halló encontrado en estos estudios, la percepción que el
paciente tiene sobre su consumo y su situación socio-familiar se
muestra como una variable a tener en cuenta en el estudio de relaciones
familiares y drogodependencia en familias que cuentan con un miembro
consumidor, ya que, como se ha ,visto es de suma importancia la
satisfacción y el nivel de estrés que informa el paciente pues esto es
relacionado con la severidad de la adicción y el funcionamiento
familiar (Iraurgi, Sanz y Martínez-Pampliega, 2004).