Evidentemente la consciencia, a pesar de ser un proceso cerebral, no puede ser localizada puntualmente en ninguna región restringida, lo cual corresponde, entonces, más a un trabajo temporal de los circuitos anatómicos excitados externa e intrínsecamente; "... la anatomía como espacio y la fisiología como dinámica temporal" (Jaramillo, D., en prensa).
Uno de los puntos más impactantes que surge de lo hasta aquí presentado, hace referencia a que la modificación fisiológica (en ritmos de actividad, patrones de pulsos, o trenes de potenciales evocados en determinadas poblaciones neuronales tanto talámicas como corticales), ocasionada al interior del sistema por la estimulación recibida, es mínima; esto es, existe un telón de fondo (la actividad espontánea del sistema), sobre el cual la información recibida establece una pequeña alteración. Rápidamente se pueden extraer al menos tres consecuencias importantes de esta afirmación:
1. Mínimas variaciones de la actividad espontánea conducen a percepciones subjetivas ampliamente diferentes, con lo cual la variabilidad potencial de situaciones subjetivas diferentes es infinita, tal como lo es la variabilidad potencial de estados fisiológicos diferentes.
2. La experiencia subjetiva, en cuanto tal, existe ya al interior del sistema y la información sensorial externa sólo afinaría esta experiencia, exaltando algunos rasgos y difuminando otros.
3. La diferencia entre la consciencia subjetiva experimentada por los organismos dependería, únicamente, de la diferenciación relativa de su organización anatomofisiológica; sin embargo, la similitud de los estados subjetivos de consciencia es, en virtud de la similitud genética del diseño de los organismos pertenecientes a la misma especie, inmensa: esto es: nuestros mundos subjetivos son mucho más parecidos de lo que desearíamos, de ahí que podamos compartir consensos o lograr empatía (entendida como ponerse en la posición de otro).
Al relacionar los datos obtenidos por Mountcastle V., y Edelman, G., en torno a la organización funcional de la corteza cerebral en columnas corticales o módulos, con los conceptos discutidos, se hace posible introducir ciertas ideas sobre las cuales hilar los fenómenos experimental y clínicamente hallados, y con ello encontrar una mayor coherencia a las conclusiones mencionadas en el anterior párrafo. Los módulos de funcionamiento cortical, detectados originalmente en el sistema visual (que de hecho ha sido el sistema escogido por excelencia para el análisis de la consciencia), capacitarían al cerebro para el procesamiento simultáneo de todos los diferentes rasgos constitutivos de cualquier precepto. Cada uno de estos módulos de funcionamiento está en capacidad de reaccionar ante calidades perceptuales cercanas. Es decir, el procesamiento en cada uno de ellos no es específico para una sola característica del precepto, sino que es preferencial o más eficiente para ella que para otras. Igualmente, encontraremos actividad en cada módulo ante una gran gama de atributos del precepto; lo cual se acerca mucho al concepto de memoria holográfica, propuesto por Karl Pribram en 1971; en este caso hablaríamos más bien de una percepción holográfica, para referirnos a la posibilidad de cada columna cortical para responder ante diferentes ángulos del precepto, a pesar de hacerlo más eficientemente ante sólo uno de ellos. Esto puede ser visto desde la perspectiva del análisis factorial, mencionado anteriormente, para distinguir tanto funcional como anatómicamente todos los factores corticales componentes de las áreas corticales primarias, secundarias, y de asociación; podría también pensarse en la determinación de los factores talámicos y subcorticales asociados a cada modalidad sensorial o motriz; este trabajo es posible de momento sólo a un nivel teórico, pues las limitaciones tecnológicas impiden un acercamiento práctico. Se requeriría del diseño de un arreglo de electrodos tan cercanos unos a otros, que resulta virtualmente imposible. Dado el caso de que fuera posible realizar tal aparato, el implante de tal cantidad de electrodos haría que el tejido mismo dejara de funcionar, (recuérdese que cada uno de estos módulos tiene un diámetro aproximado de entre 0,2 y 1 mm.). Actualmente se trabaja en el diseño de bobinas de altísima precisión para la amplificación de los campos magnéticos creados por el funcionamiento electroquímico del tejido nervioso. No obstante, mientras la técnica lo impida, tal análisis quedará truncado.
Con lo anterior, la conclusión extraída anteriormente, frente a que la consciencia no reside en ningún lugar exacto, halla fácilmente un asidero anatomofisiológico. Igual que en el caso de la percepción o la motricidad, la realidad subjetiva estaría potencialmente distribuida por todo el cerebro, correspondiendo cada módulo funcional a sólo una mínima parte de ella; esto explicaría perfectamente (en virtud de la variabilidad fisiológica ya discutida), la fluctuación temporal del proceso subjetivo denominado yo, evidenciada por el recuerdo cotidiano de su propia identidad a pesar de saberse diferente en cada instante y a mantener una cierta consciencia del deterioro permanente del sistema (léase envejecimiento). Actualmente nadie está en capacidad para afirmar o negar a ciencia cierta la existencia de tipos de consciencia diferentes a la aquí referida; sin embargo, podríamos apoyarnos en un cierto análisis de este problema, con el fin de extraer ideas útiles para la comprensión de la siguiente idea. Haciendo un poco de ciencia ficción, se podría indagar acerca sobre qué características diferencian a algunos sistemas (una colonia de células hepáticas, un bosque tropical y un encéfalo), y de ellas, cuáles son las vitales para la génesis de la consciencia. Una primer aproximación permitiría dilucidar las siguientes características diferenciales: una comunicación altamente organizada entre los elementos constitutivos; una relación física estrecha con todas las partes constitutivas del sistema; un trabajo espontáneo de cada uno de los elementos, fundamentado en características funcionales idénticas y, hasta cierto punto, una diversificación del trabajo desarrollado por cada elemento. Iguales pautas se evidencian en, por ejemplo, el comportamiento de los empleados en una empresa, sin que por ello se asuma que la empresa tiene una consciencia de sí misma, (insisto en que no es posible saber si en realidad la tiene o no; simplemente damos por supuesto que no, ya que hasta el momento no ha existido ningún reporte de la existencia de tal constructo). Dado el caso de restringirnos al sistema biológico, es el encéfalo el epicentro para la búsqueda de la consciencia, a pesar de que como tal todo el sistema nervioso comparte las mismas características. La médula espinal, sistema nervioso autónomo, o sistema nervioso periférico jamás han sido propuestos como posible residencia de la consciencia, a pesar de compartir, en muy buena medida, con el encéfalo sus características anatómicas y funcionales. Inicialmente, parecería obvio centrar el estudio en el encéfalo y principalmente en el córtex cerebral; sin embargo, nada nos asegura la no existencia de algún tipo posible de consciencia medular de la cual viviéramos absolutamente desenterados no sólo como individuos, sino posiblemente como especie. Esto, que parece una broma de mal gusto, o una pesadilla de H. P. Lovecraft, nos ilustra un interesante punto en relación con nuestra visión de la consciencia. Ningún paciente, luego de presentar una anosognosia, es consciente de que poseía en su historial premórbido la función perdida. De hecho, les es imposible imaginar cómo sería esa función (Heilman, K., 1994) o cómo podrían utilizarla. Tomando esto en consideración, es factible suponer, simultáneamente con la distribución regional de la consciencia, una coexistencia entre mente y consciencia.
Realmente correspondería la localización topográfica cerebral de las funciones perceptuales y motrices con la mente (identificada aquí con el proceso de la imaginación, la fantasía o el automonitoreo funcional), pero la correspondencia de la mente con la consciencia sería mucho menos precisa, a pesar de no poder ser independiente de ella. Es decir, la consciencia podría entenderse como la funcionalidad de la mente en ausencia de actividad perceptual o motriz primaria, lo cual no implica la inexistencia de la consciencia durante los periodos en que haya actividad perceptual o motriz. Así vista, la consciencia sería un espacio virtual de ejecución de la función mental, coordinado por la velocidad de realización del barrido tálamo-cortical. La simultaneidad del funcionamiento de las columnas corticales y secuencialidad en su lectura por parte de la actividad intrínseca de los sistemas tálamo-corticales, parecen ser, pues, los elementos cruciales en el surgimiento de la mente y de la consciencia, lo que permite comprender la existencia de tiempos mínimos de ejecución. Problemas del aprendizaje, tales como la dislexia (Ribary, U., 1994), e incluso psicopatologías como la depresión, la cual parece estar asociada con el enlentecimiento en los ritmos del barrido tálamo-cortical.
Prioritariamente, sin embargo, ha de considerarse el hecho ya mencionado de que el efecto ocasionado por la pequeña parte de la realidad percibida, es mínimo sobre el sistema. Obviamente, existe mucha discusión sobre el particular, pero la conclusión a la que se quiere hacer referencia en este momento, se relaciona con la función de resonador, asumida por el sistema nervioso frente a la información percibida. Dicho en otros términos: el sistema nervioso, al recibir la información proveniente de los sistemas sensoriales modifica su ritmo intrínseco de actividad (que para el caso puede ser considerada como ruido de fondo), y hace un efecto de reinicialización (reset), permitiendo que ciertas poblaciones (talámicas inicialmente y corticales posteriormente) se ubiquen funcionalmente en una frecuencia de 40 Hz; este es el máximo efecto posible que se ha logrado por la información retransmitida hacia el tálamo, y que como se vio anteriormente, se transforma en la llamada mente.
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Bernardo: Excelente heurística investigativa, la genealogía de la interdisciplinariedad es sorprendente asi como la sistematicidad.
PSICOHUGO: Pienso que al artículo no hay que refutarle nada, realmente excelente, felicitaciones Dr.
Rosa López: El artículo me parece muy completo, aunque creo que dentro de los estudios actuales no se incluyen la diferencia entre "Conciencia" y "Consciencia", ya que un ser humano, por ejemplo un autista, aunque no tenga consciencia existe. ¿Pudiera ser este el punto de resonancia?
Gonzalo: Muy buena diferencia entre representación mental (simbólica) y conciencia. No entiendo porque este articulo no tiene comentarios si está buenísimo.