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Emociones y salud: algunas consideraciones
Ma. de Lourdes Rodríguez Campuzano
Trabajo publicado el 09 de enero de 2008
Resumen
En la actualidad han surgido diversas modalidades disciplinarias interesadas en los factores psicológicos vinculados a la salud, entre ellas, la medicina conductual, la psicología de la salud, la epidemiología conductual, la inmunología conductual y la neuropsicología. Estas disciplinas suponen que las emociones desempeñan un papel en el desarrollo de la enfermedad. En este trabajo se llevará a cabo un análisis conceptual del término emoción, en un intento por esclarecer su pertinencia y funciones en el campo de la salud.
El interés de la Psicología por el campo de la salud viene de tiempo atrás. Son diversos los enfoques teóricos que han tratado de explicar la participación del comportamiento en el origen, el desarrollo y la cronicidad de las enfermedades. Así, por ejemplo, en la aproximación psicoanalítica se postulan las emociones negativas, ciertos tipos de personalidad y los sentimientos inconscientes como factores importantes que afectan la salud (Alexander, 1950; Wolf, 1953; Dunbar, 1954; Freud, 1920-1955; Cameron, 1982). Además de la perspectiva psicoanalítica, en otras aproximaciones se ha planteado que las emociones son fundamentales para el estado de salud. Los teóricos conductuales consideran que la conducta observable es la base para analizar la emoción. Bajo el término "conducta emocional" se incluyen: 1) acciones físicas y verbales de tipo deliberado o voluntario, como gritar de gozo y abrazar afectuosamente a un amigo; 2) respuestas innatas como llorar o sobresaltarse por un sonido inesperado; 3) los pensamientos no expresados y 4) los cambios fisiológicos obvios como el rubor de la vergüenza. Muchos autores reconocen además una disposición a exhibir la conducta emocional. De este modo, argumentan que la conducta observable no es la expresión de otro fenómeno, sino que la conducta y la disposición a comportarse así constituyen la propia emoción (Calhoun y Solomon, 1989). Actualmente la mayoría de los análisis psicológicos de la salud se hacen desde una aproximación cognoscitiva, ya se trate del enfoque psicodinámico, la medicina conductual, la psicología de la salud, o la psicología clínica de la salud, entre otros. En dichas aproximaciones se retoma el enfoque psicodinámico sobre el papel de las emociones en el proceso de la salud/enfermedad. El enfoque cognoscitivo parte de que las enfermedades o malestares son provocados por un trastorno "mental", es decir, un desorden de pensamiento por el que el individuo distorsiona la realidad. Se dice que tales procesos de pensamiento afectan de modo adverso a la forma que se tiene de ver el mundo y conducen a desarrollar emociones disfuncionales y dificultades conductuales. Una de las premisas fundamentales de los enfoques cognoscitivos es que cada persona construye su propia realidad, que la interpretación que hace de la realidad le genera algún tipo de emoción, y que la conducta ocurrirá en consecuencia, es decir, que el significado determina la respuesta emocional a una situación y ésta, a su vez, a la conducta, como acciones "observables" (Zumaya, 1993). Dentro de este enfoque, las emociones son consideradas total o parcialmente como cogniciones o como algo que depende causalmente de ellas, especialmente de las creencias o interpretaciones que las personas hacen de una cosa o una situación. Para los seguidores de esta perspectiva no es suficiente un estado de excitación fisiológica, sino que es necesaria una conciencia e interpretación de la propia situación. Uno de los rasgos distintivos de esta teoría es que realiza un análisis de la racionalidad de las emociones. El supuesto básico es que lo racional de una emoción está vinculado con la creencia de la que proviene. La emoción puede ser irracional para una situación particular, pero sólo lo es porque se tienen creencias erróneas o injustificadas sobre la situación (Calhoun y Solomon, 1989). Se plantea que las creencias positivas producen emociones "positivas", ya que en otro extremo se ubican las emociones "negativas". Se dice que los efectos de las segundas son devastadores para el funcionamiento orgánico, o que la ausencia de una emoción positiva deteriora el resultado de un tratamiento médico. Las emociones positivas están asociadas con cierta inmunidad a la enfermedad física y con las recuperaciones rápidas y sin complicaciones. En el lado opuesto existe un efecto de las emociones negativas sobre la aparición y desenlace de una enfermedad. (Coleman, Butchuer y Carson, 1988). Por ejemplo, Beck (1967) afirma que las cogniciones negativas se desarrollan como resultado de un procesamiento distorsionado de la información. Desde su punto de vista, la organización cognoscitiva está compuesta de estructuras y procesos y considera que, como resultado de estados emocionales tales como la depresión o la ansiedad, algunos de estos sistemas llegan a hiperactivarse y sobrepasan las concepciones realistas. En el terreno de la salud se enfatiza el papel de las emociones negativas como la ansiedad, el estrés y la ira, que se conciben como factores de riesgo desencadenantes de la enfermedad. Desde Selye (1936), pionero en la investigación de los efectos del estrés en la etiología de numerosas enfermedades, hasta Lazarus y Folkman (1991), se considera que las variables cognoscitivas (como la forma de interpretar y afrontar las situaciones problemáticas) son básicas en el desarrollo de las enfermedades y destacan la importancia del estado emocional como factor de riesgo. El papel de las emociones no se restringe al de un factor precipitante o causante, sino que también influye en el desarrollo, agravamiento y cronicidad de la enfermedad. Actualmente se cree que la clave para resolver muchos de los problemas de salud reside en la comprensión de las disfunciones cognoscitivas, el procesamiento cognoscitivo y la dificultad para expresar emociones. Es reciente el interés por conceptos como el de ira-interna (Spielberger, 1994), o el más amplio de alexitimia o dificultad para procesar, reconocer y expresar emociones. Este planteamiento ha generado un gran número de investigaciones para relacionar causalmente diversas emociones con la presentación de enfermedades. Como ejemplo de ello se han examinado pacientes con cáncer comparándolos con individuos sanos en términos de procesos emocionales perturbados, revelaciones emocionales, expresiones emocionales, asertividad, depresión y distrés (Servaes, Vingerhoets, Vreugdenhil, Keuning, y Broekhuijse, 1999). También se ha estudiado la cronicidad de la excitación emocional negativa (agravación, irritación, furia e impaciencia) como una variable mediadora de la relación entre factores psicosociales (cogniciones, ambientes y conductas) y enfermedad cardíaca isquémica, encontrando una relación entre las emociones negativas y la enfermedad cardiaca (Ketterer, Lovallo, y Lumley, 1993). Igualmente, se ha evaluado el papel de la depresión como predictor de distintas consecuencias de la diabetes (Hampson, Glasgow y Stricker, 2002). La metodología empleada consiste generalmente en aplicar diversas herramientas para medir emociones, cogniciones e indicadores biológicos de enfermedad en poblaciones sanas y enfermas. La mayor parte de las herramientas de medición consiste en reportes verbales. Se ha invertido un enorme esfuerzo para diseñar instrumentos en la forma de escalas, inventarios, cuestionarios y estudios para determinar su veracidad y validez. Se han correlacionado o contrastado los puntajes obtenidos en alguna escala con los de otra, o se han correlacionado las medidas obtenidas con algún instrumento de auto-reporte con otro tipo de medidas, como las fisiológicas (López, Pastor y Marín, 1993). Entre las emociones más estudiadas se encuentran la ira, el estrés, la depresión y la ansiedad (Ivancevich y Matteson, 1992). Tomando, por ejemplo, el estudio de la ansiedad, se ha planteado que equivale a una forma de estrés potencialmente dañino, resultado de un sentimiento persistente de fracaso o de frustración que genera diversos tipos de sentimientos de infortunio y, en sus formas agudas y crónicas, enfermedades orgánicas. Se habla del pentágono de la ansiedad que incluye depresión, desorganización (dificultad para tomar decisiones), dependencia, defensa y desafío (ansias de autoridad) (Ivancevich y Matteson, 1992). En terapia de la conducta se entiende la ansiedad como un síndrome general, el síndrome de activación biológica, que se caracteriza por la presentación de un conjunto de respuestas como la taquicardia, el incremento en la frecuencia respiratoria o sudoración y en el que participan respuestas operantes de escape o evitación. Uno de los investigadores pioneros, todavía vigente en este tema, es Wolpe, quien, con procedimientos de estimulación aversiva, produjo lo que llamó perturbaciones neuróticas en gatos. Partiendo de estas observaciones, formuló un modelo para explicar el condicionamiento de la ansiedad en humanos (Rachman, 2000). Su teoría de la inhibición recíproca trata la ansiedad como un síndrome de respuestas fisiológicas de activación reguladas fisiológicamente por el sistema nervioso, sujetas a condicionamiento (Wolpe, 1973, 1977). A partir de sus planteamientos, se concibió a la ansiedad como un estado emocional cuya función es preparar para la acción, y que es condicional a estímulos, tanto interoceptivos como exteroceptivos. Se trata de un aprendizaje emocional susceptible de ser explicado con los principios del condicionamiento clásico (Bouton, Mark, Mineka y Barlow, 2001). Por su parte, los modelos cognoscitivos hacen también diversos señalamientos. De acuerdo con Ellis (1980) y Mahoney (1983), la ansiedad se compone de respuestas cognoscitivas en la forma de creencias y "pensamientos negativos", relacionados con temor o expectativas de fracaso y amenaza que, a su vez, provocan respuestas emocionales. En esta aproximación las emociones se entienden como procesos complejos y se plantean controversias respecto a ponderar sentimientos o cogniciones. Se ha dicho que existe una relación entre sentimientos (considerados como "concientización subjetiva"), cambios corporales (concebidos como una dimensión fisiológica), manifestaciones conductuales externas (entendidas como dimensión expresiva/motora) y cogniciones, y se asume que cada una de las dimensiones relacionadas alude a los distintos momentos, pasos o variables del proceso emocional. Así, por ejemplo, Schachter (1964) plantea que los cambios fisiológicos por sí solos no son suficientes para iniciar la experiencia de una emoción, sino que estos deben ser explicados e interpretados, y cuando ello ocurre el sujeto experimenta una emoción particular. Este autor explica la emoción con una secuencia causal que incluye: estímulo, cambios corporales, percepción de los cambios corporales, interpretación de los cambios corporales y emoción. Señala, además, que es necesario evaluar previamente la situación en que el sujeto experimenta la emoción, por lo que el primer paso en la secuencia emocional es la valoración cognoscitiva de la situación (Lazarus, 1994). La actividad cognoscitiva se asume como una precondición necesaria para la emoción, pues para experimentar una emoción se debe saber que el bienestar está implicado en una transacción hacia una condición mejor o a peor. La evaluación-valoración no sólo se refiere a los cambios fisiológicos que están ocurriendo, sino que incluye un análisis de dichos cambios considerando los estímulos o situaciones que desencadenaron el proceso emocional. Esta valoración cognoscitiva consiste en el análisis de las demandas y los recursos para determinar las posibilidades de responder satisfactoriamente, evitando daños. Se afirma que cuando las demandas se valoran como elevadas o excesivas para los propios recursos disponibles, se produce la reacción de estrés. El estrés se convierte en estado de ansiedad cuando la valoración conlleva la anticipación de peligro, con un componente de experiencia subjetiva y otro de activación vegetativa y endocrina (Palmero, 1997). Bajo esta lógica se piensa que la ansiedad es la emoción más representativa del proceso de estrés (v.g., Bolger, 1990). Según Lazarus (1994, p. 239), "la ansiedad es casi un sinónimo de estrés psicológico". La razón de ello es que el elemento más característico de la ansiedad es la percepción de amenaza y, precisamente, la valoración de amenaza en la relación demandas-recursos es central en la concepción del estrés. Aun cuando desde la perspectiva cognoscitiva se entiende la ansiedad como un proceso, se plantea, además, que tiene propiedades de estado y de rasgo. Gutiérrez y García (1997) comentan "...En este proceso la ansiedad interviene de dos maneras. Por un lado, en cuanto estado emocional de preocupación, formando parte de la reacción, con un poder de interferencia a nivel cognitivo, pero también con un poder motivador sobre la acción de afrontamiento. Por otro, en cuanto rasgo, la ansiedad interviene moderando la probabilidad o intensidad de desencadenamiento del proceso. Probablemente esta función se debe a que el rasgo de ansiedad actúa como filtro mediador en la propia percepción o valoración de amenaza" (p.5). Estos autores comentan que la función de la ansiedad es detectar peligros anticipatoriamente, por lo que facilita los procesos de percepción de los estímulos (atención e interpretación) antes de la ocurrencia de los posibles daños, a fin de poder evitarlos. Señalan también que, a diferencia de la ansiedad, la depresión es una emoción retrospectiva que facilita el análisis de las causas de un daño que ya ha ocurrido. A pesar de no haber revisado exhaustivamente el tema, lo descrito es un ejemplo que permite entender que, a pesar de que se plantea a las emociones como factor central en la comprensión del estado de salud/enfermedad, no existe una concepción unificada respecto de ellas. En la actualidad, los modelos con mayor influencia a nivel terapéutico son los cognoscitivos, cuyas premisas giran alrededor del concepto de representación. La aproximación tradicional a la emoción Las diversas aproximaciones psicológicas a la salud emplean el término 'emoción' para designar distintas cosas. Las emociones se conciben como acciones físicas y verbales, respuestas innatas, pensamientos, cambios fisiológicos susceptibles de condicionamiento o estímulos internos. Específicamente, las aproximaciones cognoscitivas las consideran como cogniciones o resultados de éstas, aunque también como procesos complejos constituidos por pasos, variables o momentos, en donde se da una relación entre pensamientos, sentimientos, cambios corporales, emociones y acciones, y en donde las cogniciones funcionan como precondición para la emoción. Se ha afirmado también que su función es preparar al individuo para la acción. Con estas bases se pondera la importancia de las emociones "negativas" en la generación de patologías biológicas y de las "positivas", en estados de bienestar físico. Las diversas maneras de concebir las emociones se basan en argumentos confusos de naturaleza mentalista: a) se emplea el término emoción para abordar una gran variedad de fenómenos, confundiéndolo, las más de las veces, con sentimientos; b) se soslayan las situaciones ambientales y se emplean criterios morfológicos en su estudio; c) se asume que todos los fenómenos agrupados en el término emoción se pueden considerar equivalentes en términos de complejidad, postulando la existencia de procesos mentales o cognoscitivos previos; d) se abordan de manera dualista y, e) se les atribuyen funciones causales al excluir su posible identificación en términos de categorías disposicionales.
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