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Diversidad cultural: una oportunidad y un desafío para la convivencia


 

Manuel Francisco Martínez García
Psicólogo
Profesor de Psicología Social
Universidad de Sevilla
Sevilla, España




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En el nivel macro-social, por ejemplo, son evidentes y bien conocidos los beneficios para las economías locales y nacionales, y para contrarrestar los efectos negativos previstos por el envejecimiento de la población y el declive demográfico. En el nivel organizacional, cuando se establece una adecuada política de gestión de la diversidad, la investigación constata mejores rendimientos y decisiones más adecuadas en aquellos equipos de trabajo en los que la perspectiva de la diversa identidad cultural de sus miembros es un recurso para el aprendizaje y el crecimiento grupal (Foldy; Ely & Thomas) (12 y 13).

 

 
El dominio de las artes ha sido tradicionalmente resaltado como uno de los más beneficiados como consecuencia de la diversidad cultural generada por las migraciones. La actividad creadora, que tiene sus orígenes y fundamentos en las tradiciones culturales, sólo se desarrolla plenamente cuando entra en contacto con otras culturas distintas. Los flujos migratorios posibilitan que las culturas tengan la oportunidad de influirse mutuamente, enriqueciendo la expresión artística y ampliando sus alternativas (14).


Las sociedades multiculturales son más creativas, dinámicas, vitales y sostenibles, ya que la propia diversidad las sitúa en mejores condiciones para adaptarse con respuestas innovadoras a un mundo en constante cambio. Goitisolo (15), desde una perspectiva claramente ecológica, se refería no hace mucho a cómo "el espacio cambia con el movimiento de las poblaciones. Las migraciones que han llegado, llegan y llegarán a nuestra Península polinizarán nuestro suelo con los musgos, líquenes y helechos de sus lenguas, costumbres, música, condimentos, guisos (...). Las semillas y  esporas de las autopistas del viento fecundan el espacio urbano y crean nuevas formas de vida".

 

 
Pero la inmigración, como parte de la vida misma, es también referente para la creación artística. Para Pablo Caviedes (16), pintor ecuatoriano residente en España, la inmigración es, de momento, monocromática, "(...) tenemos que plasmarlo con color oscuro, de sombras y cenizas, de miedos y esperanzas. En este primer sentido la monocromía aporta sugestiva y entrañablemente el silencio, la soledad, evoca las ausencias y, por qué no, expresa el dolor". Entiende este creador que la dinámica de la gente moviéndose de un lado al otro del planeta da color, y el mestizaje no es otra cosa que una serie de veladuras raciales que consiguen el color de la vida: (…)  yo soy pintor con unas raíces americanas que me alimento de estas nuevas propuestas que encuentro aquí para intentar crecer. Me da nuevas perspectivas (...) esto, a mi criterio, genera y regenera el arte".


Sin que esta fuera su intención, Caviedes nos acaba de describir uno de los procesos psicosociales más críticos que se dan en los miembros de dos grupos culturalmente distintos cuando estos entran en contacto: la aculturación, es decir,  los cambios (cognitivos, actitudinales y conductuales) que necesariamente se producen en las personas como consecuencia de las relaciones intergrupales. El problema surge cuando esa interacción se produce en una situación de asimetría (como en el caso de la inmigración), y es el grupo dominante (la sociedad de acogida) el que determina quién, cómo, en que dirección y con qué intensidad debe producirse ese cambio.



A pesar de que en el proceso de aculturación están implicados inmigrantes y sociedades receptoras, estas últimas están muy poco dispuestas al cambio y prefieren que la prevención del conflicto cultural se haga desde el abandono o modificación sustancial de las costumbres e incluso de la propia identidad del grupo minoritario, es decir, el inmigrante. Integración, asimilación, marginación o segregación son, siguiendo a Berry (1996), las formas que puede adoptar el fenómeno de aculturación, con consecuencias bien distintas tanto para los autóctonos como para los propios inmigrantes.



En Francia, por ejemplo, la clásica política de asimilación del Gobierno, al no ser acompañada por las medidas de integración social necesarias para las minorías, ha traído como consecuencia las reacciones de violencia juvenil que tuvieron lugar en Francia hace unos meses. Los jóvenes inmigrantes de tercera generación (curiosa y prejuiciosa descripción que se hace en la ciencia social de esos ciudadanos franceses de pleno derecho) reaccionaron reafirmando y exacerbando frente al exogrupo la identidad étnica de sus progenitores. Al mismo tiempo desplegaron toda una serie de comportamientos violentos como respuesta a su situación de exclusión social y desesperanza en una sociedad en las que no son aceptados del todo y que no ha conseguido (probablemente porque nunca puso el empeño necesario) ofrecerles igualdad de oportunidades de integración en comparación con el resto de sus compatriotas.



En España, de acuerdo con los datos del CIS, un 30% de los españoles piensan que los inmigrantes deben olvidar su identidad y cultura de origen. Un buen ejemplo de de esto son los acontecimientos ocurridos hace unos años en el Colegio de las Concepcionistas de San Lorenzo del Escorial, donde las monjas, con base en supuestas normas del centro (prejuicio simbólico), prohibieron a una estudiante,  Fátima cubrir su cabeza con el chador. La familia se opuso a esta decisión y quiso ejercer su derecho a la educación y a sus costumbres. La polémica estaba servida y trascendió de forma importante a los medios de comunicación. Pero mientras El PAÍS nacional se refería a "Una niña marroquí está sin escolarizar porque el padre la obliga a llevar el chador", culpando al padre por su negativa de asimilación. El PAÍS, en su edición vasca hablaba de "Una familia musulmana se niega a escolarizar a una niña porque el colegio rechaza el velo islámico", poniendo en este caso el énfasis en la sociedad receptora que se resiste al cambio.



Ya es hora de que la ciudadanía y los gobiernos que las representan reconozcan con total nitidez la contribución positiva que hacen los emigrantes y el valor que tiene la migración en este mundo cada vez más globalizado. Y procuremos situarnos en un relativismo dialéctico y abandonar las visiones utópicas de la convivencia multiétnica y multicultural, ya que los procesos identitarios y de socialización implicadas en esa convivencia no tiene un punto final sino que están envueltos en un movimiento perpetuo (17).


 

Diversidad cultural, opresión y relaciones intergrupales



Los ejemplos que acabamos de poner no llevan, por último, a relacionar la diversidad cultural con los procesos de opresión que se dan en las relaciones intergrupales. En efecto, la emergencia de la diversidad cultural como tópico saliente en las ciencias sociales no se ha debido únicamente al impacto que esos nuevos ciudadanos procedentes de la inmigración han tenido en las estructuras y contextos comunitarios. También es heredera de los movimientos por los derechos civiles en la Norteamérica de la década de los sesenta. Estos movimientos de activismo reforma reclamaban para las minorías étnicas y demás desheredados de la sociedad mayores cotas de justicia social Como ya señalara Sarason (18) , aquella realidad tremendamente injusta con una parte de la población no podía seguir siendo ignorada por más tiempo ya que había calado profundamente en la sociedad general y en los científicos sociales.


Estos últimos, que ya se cuestionaban la relevancia social de sus estudios, comenzaron a convertir los problemas de esos ciudadanos en sus propios problemas, en objeto de sus investigaciones e intervenciones. Las minorías (étnicas, culturales, los pobres, etc.) se convirtieron así en un referente de primer orden, y se comienza a analizar los mecanismos (latentes o manifiestos, conscientes o inconscientes) a través de los cuales estos grupos son privados de recursos y derechos por parte de la cultura (o grupo) dominante. El debate instaurado en las ciencias sociales en torno a este tema produjo, entre otros efectos, un giro fundamental en el abordaje y comprensión de los problemas de las minorías culturales, y supuso en su momento un profundo cambio en el concepto de diversidad que ha llegado a nuestros días.


La nueva concepción de diversidad, y por tanto de cultura, irá más allá de lo étnico y/o racial e incluirá otras dimensiones del ser humano como la opción sexual, creencia religiosa, edad, género, estatus socioeconómico, etc., y su naturaleza se extenderá a los grupos discriminados que se resultan indefectiblemente de tales dimensiones. Desde esta perspectiva: 1) todas las poblaciones y visiones del mundo (es decir todas las culturas) son objeto de análisis, y no solo las dominantes; 2) se empieza a de mirar de manera positiva las diferencias culturales; y 3) se tiene la convicción de que realzar y promover la diversidad incrementa la calidad de las sociedades.


De acuerdo con Jones (19), la diversidad cultural queda vinculada de esta forma a la acción afirmativa que se ocupa de cuestiones de justicia social y reconoce la contribución a la ciencia de las diferencias culturales, con la esperanza de rentabilizar socialmente las implicaciones que estas diferencias tienen. Así, por ejemplo, en el campo de la Psicología, el interés por la resiliencia -  capacidad de algunos individuos de vivir, desarrollarse positivamente y salir fortalecidos a pesar de las difíciles condiciones de vida soportadas -  surge como consecuencia de los estudios realizados en minorías étnicas y/o culturalmente oprimidas. Los procesos y estrategias de adaptación a través los cuales estos individuos consiguen no sucumbir, se han incluido ya en programas de entrenamiento para individuos que pasan o pueden pasar por situaciones similares.

 

 
En consecuencia, la diversidad humana deja de vincularse indefectiblemente a una situación de déficit y/o inferioridad de los miembros de los grupos minoritarios para centrarse en las fortalezas y en esa capacidad de recuperación que proporciona la experiencia de la opresión. La situación de precariedad y/o privación que padecen estos grupos ya no se explica en base a una carencia de genes, estilos de vida, o de características de personalidad para vivir con éxito la vida social. Por el contrario, se debate sobre la relación de poder que el grupo (cultura) dominante ejerce de manera insidiosa sobre los no dominantes, privándoles de derechos y recursos.


De esta forma se entiende que la opresión ocurre cuando una relación asimétrica (inmigrantes vs. autóctonos, varones vs. mujeres; heterosexuales vs. homosexuales, etc.) es usada injustamente para conceder poder y recursos a un grupo y no a otro. Los recursos a los que nos referimos son económicos, de status e influencia, poder político, poder para definir problemas sociales relevantes, representación en las instituciones, etc. Estos recursos controlados por la cultura dominante son utilizados de manera insidiosa para convencer a los miembros de los otros grupos de su inferioridad y, por ello, que no deben ser tratados como iguales al grupo dominante.


Esta experiencia opresiva la sufrimos en mayor o menor medida la mayoría de los individuos, ya que pertenecemos a múltiples grupos referenciales (varones,  marroquíes, parados, ateos, universitarios, homosexuales, etc.) y no todos ellos son dominantes o privilegiados. Una mujer blanca puede ser oprimida por el machismo y privilegiada por el racismo; por el contrario un hombre musulmán es privilegiado por el machismo y puede ser oprimido por el racismo.


Por desgracia diversidad cultural y opresión están muy relacionadas y son múltiples las formas y niveles a través de los cuales se manifiesta esta relación. Los reforzadores sociales son impuestos en base a los del grupo dominante quien también perpetúa muchos de los mitos sociales opresivos como, por ejemplo, la correlación ilusoria que se establece entre inmigración y delincuencia. La escasa representatividad de ciertos colectivos en instituciones públicas y privadas, o las barreras que encuentran muchos inmigrantes en el acceso a la vivienda, serían ejemplos de manifestación de la opresión en los niveles institucional y comunitario, respectivamente.


Pero quizás sea el prejuicio (y la correspondiente discriminación en la que suele derivar) una de las formas más insidiosas de la opresión de la cultura (ideología) dominante respecto de los exogrupos étnicos y/o minoritarios. Nos referimos en especial a los procesos de evaluación y categorización cognitiva que desarrollan los miembros de las sociedades receptoras como consecuencia de su contacto con otros grupos culturalmente distintos. Algunas teorías como la del conflicto realista (Sherif) (20), de la identidad social (Tajfel & Turner) (21) y en general aquellas que asignan un papel central a la amenaza percibida o al deseo de mantener el status de grupo cultural privilegiado en las relaciones intergrupales, explican -que no legitiman- los comportamientos xenófobos y los discursos racistas cargados de estereotipos y prejuicios negativos hacia los inmigrantes. Los datos sobre las actitudes de los españoles hacia la inmigración y los inmigrantes que periódicamente nos muestra el CIS, son un buen ejemplo de lo que estamos diciendo.


Esta nueva forma de concebir la diversidad humana supone un nuevo paradigma en las ciencias sociales, ya que implica el desarrollo de formas de pensamiento en las que la diversidad juega un papel esencial en la vida psicológica y sociopolítica de las personas. Pedersen (22) se refiere al multiculturalismo como cuarta fuerza para reflejar el rápido crecimiento de la perspectiva centrada en la cultura en la Psicología y que podemos extender al resto de las ciencias sociales. Este autor defiende que el cambio paradigmático que representa esta perspectiva en Psicología, es del mismo calibre que anteriormente lo fue el psicoanálisis o el conductismo.


Este cambio en el concepto de diversidad que se ha venido consolidando con el tiempo tiene, desde un punto pragmático, dos consecuencias importantes para investigadores e interventores: la necesidad de establecer unos códigos éticos y de adecuar su competencia profesional para valorar y atender adecuadamente todos los rangos que implica esa nueva concepción de la diversidad humana (Vaughn) (23). Sólo con ello contribuiremos a una más adecuada gestión de la diversidad cultural, encauzando de forma creativa las tensiones propias del contacto intercultural para que no derive sólo en conflictos de convivencia. Los Estados deben apostar por políticas decididamente multiculturales, en las que la educación para la diversidad (de ciudadanos, políticos y profesionales) constituya su eje transversal. Con ello se apuesta por la construcción activa de un mundo más solidario y más rico en sus formas cotidianas de intercambio cultural.


A modo de síntesis, quiero concluir mi intervención refiriéndome al último informe sobre desarrollo humano de las Naciones Unidas (24).  En el prefacio de esta publicación se plantea que en una época en la que el choque de civilizaciones y/o culturas resurge con fuerza y de forma preocupante, debemos esforzarnos en erradicar definitivamente la pobreza y hacer de nuestras sociedades pluriculturales sociedades inclusivas que minimicen, si no superen, los conflictos en torno al idioma, la religión, la cultura y la etnia, etc. Permitir la expresión cultural plena de todas las personas, y dotarles de herramientas y oportunidades para que la puedan materializar, es en sí mismo un importante objetivo del desarrollo.


Estos objetivos no se alcanzarán únicamente con cambios políticos y/o legislativos, sino también en el modo en que los ciudadanos piensan, sienten y actúan para dar genuina cabida a las necesidades y las aspiraciones de los demás.


Y es que, como indicaba no hace mucho John Hume, Parlamentario Europeo y Premio Nóbel de la Paz, 1998, la diferencia no constituye una amenaza, sino la simiente de múltiples ventajas.   

 
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(12) Foldy, E. G. (2004). Learning from diversity: A theoretical exploration. Public Administration Review, 64 (5), 529538.


(13) Ely, R. J. & Thomas, D. A. (2001). Cultural diversity at work: The effects of diversity perspectives on work group processes and outcomes. Administrative Science Quaterly, 46 (22), 229273.


(14) An Internacional Agreement on Cultural Diversity. A Model of Discussion. The Cultural Industries  Sectorial. Advisory Group on International Trade (SAGIT).


(15) Goytisolo, J. (2004). Metáforas de la migración. Fórum de las Migraciones. Barcelona.


(16) Caviedes, Pablo (2002). La relación Arte - Migración existe pero es monocromática. Entrevista de Óscar Jarea. Baba.com. 


(17) Stallaert, CH. (2004). Perpetuum Mobile entre la Balcanizacion y la Aldea Global. Barcelona. Antrhopos.


(18) Sarason, S.B. (1974). The psychological sense of community: Prospects for a community psychology. San Francisco. JosseyBass.


(19) Jones, J. M. (1990). Invitational address: Who is training our ethnic minority psychologists, and are they doing it right?


(20) Sherif, M. (1996). Group conflict to co-operation. Their social psychology. Londres, Routledge y Keagan Paul.


(21) Tajfel, H. y Turner, J. C. (1979). An integrative theory of intergroup conflict. En: Austin, W. E. y Worchel (Eds.). The social psychology of intergroup relations. Monterrey. Brooks/Cole, p. p. 33 - 47.


(22) Pedersen, P. J. (1990): The multicultural perspective as a fourth force in counseling. Journal of Mental Health, 12, 93110.


(23) Vaughn, B. E. (Eds.). Toward ethnic diversification in psychology education and training. Washington, D. C.: American Psychological Association.


(24) Malloch, M. (2004). Prefacio. En: Resumen del Informe sobre Desarrollo Humano 2004. La Libertad cultural en el mundo diverso. New York. P.N.U.D.






 

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Ricardo Rojas: Este artículo ayudó mucho en una investigación en la que estoy trabajando ¡sigamos luchando por el respeto a la diversidad cultural!

 

veronica arzate: Me gusta mucho este artículo. Quiero decirle que me encuentro trabajando en un proyecto para niños sobre diversidad, y justamente pienso integrar estos contenidos sobre la tolerancia, pues me gustaron mucho. Felicidades.

 

Estefania: ¡Esta grandioso este artículo! ¡Cómo nos afecta tanto no respetarnos unos a otros! Y la diversidad cultural lo es todo, porque el mundo lo forman los humanos y sin humanos no hay mundo; por eso necesitamos respetarnos para poder trabajar juntos y en paz

 

juan rafael: Es un excelente artículo sobre el tema, ya que el mundo globalizado tenemos que enfrentar la diversidad como un todo.

 

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