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Diversidad cultural: una oportunidad y un desafío para la convivencia
Manuel Francisco Martínez García
En el nivel macro-social, por ejemplo, son evidentes y bien conocidos los beneficios para las economías locales y nacionales, y para contrarrestar los efectos negativos previstos por el envejecimiento de la población y el declive demográfico. En el nivel organizacional, cuando se establece una adecuada política de gestión de la diversidad, la investigación constata mejores rendimientos y decisiones más adecuadas en aquellos equipos de trabajo en los que la perspectiva de la diversa identidad cultural de sus miembros es un recurso para el aprendizaje y el crecimiento grupal (Foldy; Ely & Thomas) (12 y 13).
Las sociedades multiculturales son más creativas, dinámicas, vitales y sostenibles, ya que la propia diversidad las sitúa en mejores condiciones para adaptarse con respuestas innovadoras a un mundo en constante cambio. Goitisolo (15), desde una perspectiva claramente ecológica, se refería no hace mucho a cómo "el espacio cambia con el movimiento de las poblaciones. Las migraciones que han llegado, llegan y llegarán a nuestra Península polinizarán nuestro suelo con los musgos, líquenes y helechos de sus lenguas, costumbres, música, condimentos, guisos (...). Las semillas y esporas de las autopistas del viento fecundan el espacio urbano y crean nuevas formas de vida".
Sin que esta fuera su intención, Caviedes nos acaba de describir uno de los procesos psicosociales más críticos que se dan en los miembros de dos grupos culturalmente distintos cuando estos entran en contacto: la aculturación, es decir, los cambios (cognitivos, actitudinales y conductuales) que necesariamente se producen en las personas como consecuencia de las relaciones intergrupales. El problema surge cuando esa interacción se produce en una situación de asimetría (como en el caso de la inmigración), y es el grupo dominante (la sociedad de acogida) el que determina quién, cómo, en que dirección y con qué intensidad debe producirse ese cambio. A pesar de que en el proceso de aculturación están implicados inmigrantes y sociedades receptoras, estas últimas están muy poco dispuestas al cambio y prefieren que la prevención del conflicto cultural se haga desde el abandono o modificación sustancial de las costumbres e incluso de la propia identidad del grupo minoritario, es decir, el inmigrante. Integración, asimilación, marginación o segregación son, siguiendo a Berry (1996), las formas que puede adoptar el fenómeno de aculturación, con consecuencias bien distintas tanto para los autóctonos como para los propios inmigrantes. En Francia, por ejemplo, la clásica política de asimilación del Gobierno, al no ser acompañada por las medidas de integración social necesarias para las minorías, ha traído como consecuencia las reacciones de violencia juvenil que tuvieron lugar en Francia hace unos meses. Los jóvenes inmigrantes de tercera generación (curiosa y prejuiciosa descripción que se hace en la ciencia social de esos ciudadanos franceses de pleno derecho) reaccionaron reafirmando y exacerbando frente al exogrupo la identidad étnica de sus progenitores. Al mismo tiempo desplegaron toda una serie de comportamientos violentos como respuesta a su situación de exclusión social y desesperanza en una sociedad en las que no son aceptados del todo y que no ha conseguido (probablemente porque nunca puso el empeño necesario) ofrecerles igualdad de oportunidades de integración en comparación con el resto de sus compatriotas. En España, de acuerdo con los datos del CIS, un 30% de los españoles piensan que los inmigrantes deben olvidar su identidad y cultura de origen. Un buen ejemplo de de esto son los acontecimientos ocurridos hace unos años en el Colegio de las Concepcionistas de San Lorenzo del Escorial, donde las monjas, con base en supuestas normas del centro (prejuicio simbólico), prohibieron a una estudiante, Fátima cubrir su cabeza con el chador. La familia se opuso a esta decisión y quiso ejercer su derecho a la educación y a sus costumbres. La polémica estaba servida y trascendió de forma importante a los medios de comunicación. Pero mientras El PAÍS nacional se refería a "Una niña marroquí está sin escolarizar porque el padre la obliga a llevar el chador", culpando al padre por su negativa de asimilación. El PAÍS, en su edición vasca hablaba de "Una familia musulmana se niega a escolarizar a una niña porque el colegio rechaza el velo islámico", poniendo en este caso el énfasis en la sociedad receptora que se resiste al cambio. Ya es hora de que la ciudadanía y los gobiernos que las representan reconozcan con total nitidez la contribución positiva que hacen los emigrantes y el valor que tiene la migración en este mundo cada vez más globalizado. Y procuremos situarnos en un relativismo dialéctico y abandonar las visiones utópicas de la convivencia multiétnica y multicultural, ya que los procesos identitarios y de socialización implicadas en esa convivencia no tiene un punto final sino que están envueltos en un movimiento perpetuo (17).
Diversidad cultural, opresión y relaciones intergrupales
Estos últimos, que ya se cuestionaban la relevancia social de sus estudios, comenzaron a convertir los problemas de esos ciudadanos en sus propios problemas, en objeto de sus investigaciones e intervenciones. Las minorías (étnicas, culturales, los pobres, etc.) se convirtieron así en un referente de primer orden, y se comienza a analizar los mecanismos (latentes o manifiestos, conscientes o inconscientes) a través de los cuales estos grupos son privados de recursos y derechos por parte de la cultura (o grupo) dominante. El debate instaurado en las ciencias sociales en torno a este tema produjo, entre otros efectos, un giro fundamental en el abordaje y comprensión de los problemas de las minorías culturales, y supuso en su momento un profundo cambio en el concepto de diversidad que ha llegado a nuestros días. La nueva concepción de diversidad, y por tanto de cultura, irá más allá de lo étnico y/o racial e incluirá otras dimensiones del ser humano como la opción sexual, creencia religiosa, edad, género, estatus socioeconómico, etc., y su naturaleza se extenderá a los grupos discriminados que se resultan indefectiblemente de tales dimensiones. Desde esta perspectiva: 1) todas las poblaciones y visiones del mundo (es decir todas las culturas) son objeto de análisis, y no solo las dominantes; 2) se empieza a de mirar de manera positiva las diferencias culturales; y 3) se tiene la convicción de que realzar y promover la diversidad incrementa la calidad de las sociedades. De acuerdo con Jones (19), la diversidad cultural queda vinculada de esta forma a la acción afirmativa que se ocupa de cuestiones de justicia social y reconoce la contribución a la ciencia de las diferencias culturales, con la esperanza de rentabilizar socialmente las implicaciones que estas diferencias tienen. Así, por ejemplo, en el campo de la Psicología, el interés por la resiliencia - capacidad de algunos individuos de vivir, desarrollarse positivamente y salir fortalecidos a pesar de las difíciles condiciones de vida soportadas - surge como consecuencia de los estudios realizados en minorías étnicas y/o culturalmente oprimidas. Los procesos y estrategias de adaptación a través los cuales estos individuos consiguen no sucumbir, se han incluido ya en programas de entrenamiento para individuos que pasan o pueden pasar por situaciones similares. Esta experiencia opresiva la sufrimos en mayor o menor medida la mayoría de los individuos, ya que pertenecemos a múltiples grupos referenciales (varones, marroquíes, parados, ateos, universitarios, homosexuales, etc.) y no todos ellos son dominantes o privilegiados. Una mujer blanca puede ser oprimida por el machismo y privilegiada por el racismo; por el contrario un hombre musulmán es privilegiado por el machismo y puede ser oprimido por el racismo. Por desgracia diversidad cultural y opresión están muy relacionadas y son múltiples las formas y niveles a través de los cuales se manifiesta esta relación. Los reforzadores sociales son impuestos en base a los del grupo dominante quien también perpetúa muchos de los mitos sociales opresivos como, por ejemplo, la correlación ilusoria que se establece entre inmigración y delincuencia. La escasa representatividad de ciertos colectivos en instituciones públicas y privadas, o las barreras que encuentran muchos inmigrantes en el acceso a la vivienda, serían ejemplos de manifestación de la opresión en los niveles institucional y comunitario, respectivamente. Esta nueva forma de concebir la diversidad humana supone un nuevo paradigma en las ciencias sociales, ya que implica el desarrollo de formas de pensamiento en las que la diversidad juega un papel esencial en la vida psicológica y sociopolítica de las personas. Pedersen (22) se refiere al multiculturalismo como cuarta fuerza para reflejar el rápido crecimiento de la perspectiva centrada en la cultura en la Psicología y que podemos extender al resto de las ciencias sociales. Este autor defiende que el cambio paradigmático que representa esta perspectiva en Psicología, es del mismo calibre que anteriormente lo fue el psicoanálisis o el conductismo. A modo de síntesis, quiero concluir mi intervención refiriéndome al último informe sobre desarrollo humano de las Naciones Unidas (24). En el prefacio de esta publicación se plantea que en una época en la que el choque de civilizaciones y/o culturas resurge con fuerza y de forma preocupante, debemos esforzarnos en erradicar definitivamente la pobreza y hacer de nuestras sociedades pluriculturales sociedades inclusivas que minimicen, si no superen, los conflictos en torno al idioma, la religión, la cultura y la etnia, etc. Permitir la expresión cultural plena de todas las personas, y dotarles de herramientas y oportunidades para que la puedan materializar, es en sí mismo un importante objetivo del desarrollo. (12) Foldy, E. G. (2004). Learning from diversity: A theoretical exploration. Public Administration Review, 64 (5), 529538.
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