Quisiera ante todo agradecer la invitación que me ha hecho el comité organizador de este Congreso para participar en el mismo, y hacerlo con un tema complejo y polémico, pero de rabiosa actualidad. El título que le he dado a mi intervención se justifica porque, si bien la diversidad cultural nos ofrece una oportunidad para el enriquecimiento mutuo en las relaciones humanas, también es protagonista en problemas muy diversos en todas las regiones del mundo tales como: los trágicos sucesos de Cortegana contra la comunidad gitana; la incorporación a la legislación francesa de la prohibición del velo y otros símbolos religiosos en las escuelas públicas; las representación chiíta o kurda en la Constitución iraquí, o la política lingüística en la Comunidad Autónoma Catalana.
En la Tierra existen alrededor de 6000 grupos étnicos con características espirituales, materiales y emocionales distintivas, tales como un sistema de valores, de creencias, o un estilo de vida con el cual afrontar las vicisitudes de la vida. Ello determina una particular forma de ver e interpretar el mundo, que es transmitida, a su vez, de una generación a otra. La diversidad cultural es, por tanto, un hecho irrefutable, y el Mediterráneo, un buen ejemplo de esa confluencia de culturas y nudo de civilizaciones que intenta convivir y sobrevivir en el tiempo, tal y como se recoge en los textos programáticos de este Congreso.
La diversidad cultural, que ha adquirido una notable relevancia en la actual sociedad del conocimiento, es sólo una forma más de manifestarse una diversidad más amplia, la ecológica, a la que hoy se le atribuye un papel fundamental en el funcionamiento general de los ecosistemas. La diversidad suele expresarse en términos de variación taxonómica: de modos de vida, de valoración y utilización de los recursos naturales, etc., y es una característica definitoria de los ecosistemas maduros. Enmarcada en estos principios ecológicos, la cultura necesariamente ha de entenderse como una estructura dinámica, condicionada por el conjunto de los múltiples factores contextuales donde se inserta, y en permanente proceso de transformación. En este sentido, la cultura y su expresión diversa tienen una dimensión como proceso (evolutivo), y otra como resultado, es decir, como fuente de expresión, creación e innovación.
Si bien la diversidad cultural ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad, en la actualidad se manifiesta asociada a una serie de fenómenos como la política de la identidad, el proceso de globalización o los flujos migratorios. Como se recoge en el último informe sobre el Desarrollo Humano (2004), en contextos muy diversos de todo el mundo los grupos humanos vuelven a movilizarse en torno a antiguos resentimientos étnicos, religiosos, raciales o culturales y exigen, por una parte, el reconocimiento y la valoración de su identidad, y por otra, justicia social. Ello determina que, tanto a nivel nacional como internacional, la diversidad se sitúe en el centro de una serie de debates en torno a tópicos como la cohesión social, el desarrollo sostenible, las relaciones intergrupales, o los procesos de opresión.
La importancia de estos temas para una convivencia en paz, justa y solidaria, y la presencia de movimientos que amenazan la libertad cultural, viene generando en la comunidad internacional una mayor sensibilidad en torno al respeto por la diversidad, la tolerancia y el diálogo. Uno de los frutos de este proceso de concienciación fue la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural (1), en la que se la considera patrimonio común de la humanidad y su defensa un imperativo ético, inseparable del respeto de la dignidad de la persona humana. Hacer frente a la diversidad cultural será, por ello, uno de los desafíos más importantes del presente siglo.
Esta puesta en valor de la diversidad cultural se está consolidando en los distintos niveles y sistemas sociales tales como la política, la educación, el trabajo, el arte, el ocio, etc. En el ámbito educativo, por ejemplo, la educación intercultural (2) es ya un instrumento de primer orden en la construcción de nuevos modos de relación entre los diversos grupos humanos y sus culturas, en un mundo donde primen la cohesión, la solidaridad y la cooperación. En esa misma línea, la UNESCO, a su vez, atribuye a la formación superior un papel fundamental para comprender, interpretar, preservar, reforzar, fomentar y difundir las culturas nacionales y regionales, internacionales e históricas, en un contexto de pluralismo y diversidad cultural (3). Hablamos, por tanto, de un sistema educativo que responda simultáneamente a las exigencias de la integración mundial y nacional y a las necesidades concretas de comunidades culturalmente distintas, lo que favorecerá una conciencia de la diversidad y el respeto a los demás.
La Unión Europea ha hecho también de la diversidad cultural un referente programático que se ha plasmado desde hace unas décadas en distintas iniciativas. En 1985 se inició el programa Capitales Culturales, con el objeto de destacar la enorme diversidad de la cultura europea, sin olvidar la fuente común de la que emana gran parte de ella. En el Tratado de Maastricht (4) de 1992, se dio por primera vez reconocimiento oficial a la dimensión cultural de la integración europea y se definieron dos objetivos principales: preservar y fomentar la diversidad cultural (lenguas, literatura, artes escénicas, artes visuales, arquitectura, artesanía, cine, etc.) y hacerla accesible a todos. Otros programas europeos de interés por la diversidad cultural son: El don de lenguas, sobre el aprendizaje de idiomas; el Programa Media, para consolidar la competitividad del sector audiovisual; o el Programa Cultura 2000, sobre el establecimiento de un espacio cultural europeo y estimular el diálogo intercultural y la integración social. En la actualidad existe una Propuesta de Decisión del Parlamento Europeo y el Consejo para declarar el 2008 año europeo del diálogo intercultural.
Diversidad cultural y globalización
Ya hemos indicado que uno de los aspectos que hoy distingue esencialmente a la diversidad cultural es que se da en un contexto de globalización cada vez mayor. Vivimos un momento en que el mundo se integra y se diversifica simultáneamente: al tiempo que se dan procesos homogenizadores (en creencias, prácticas conductuales, etc.), se constata también una mayor conciencia y sensibilidad hacia el pluralismo. Se lucha por reafirmar una identidad propia a partir de tradiciones autóctonas (reencontradas y/o inventadas) en que basar y legitimar el sentimiento de diferencia respecto a otros exogrupos. En general, el avance de la globalización ha contribuido al progreso humano a pesar de la polémica instaurada sobre los posibles efectos negativos en áreas como la economía, el medio ambiente, etc. Sin embargo, el debate es tanto o más encendido cuando nos referimos a los efectos de este fenómeno sobre la cultura y la identidad, ya que en el mismo están implicados no sólo políticos o profesionales, sino la ciudadanía en general.
Berger & Huntington (5) dirigieron hace unos años una investigación en la que se analizaban los procesos de cambio y transformación de los sistemas culturales en una serie de países de todas las regiones del mundo. Los análisis de los investigadores que participaban en la obra ponen en entredichos algunos tópicos y estereotipos dominantes en torno a los efectos de la globalización. Sólo unos pocos trabajos constatan aspectos positivos en la misma, y la mayoría de ellos se posicionan críticamente ante la globalización, tanto en su dimensión económica como cultural. Algunos investigadores sostienen la hipótesis de la existencia de una cultura global incipiente -de corte occidental, de habla inglesa y elitista, pero que no irradia desde un único centro emisor, ni se manifiesta simplemente como un mero proceso metastático. Las sociedades destinatarias, como receptoras de esta cultura global, juegan en este proceso un papel activo en un espectro que va desde la aceptación al rechazo, pasando por la coexistencia o por una síntesis de hibridación.
El debate sobre globalización versus diversidad posiciona a los intelectuales entre una defensa acérrima de las mixturas culturales que surgen como consecuencia de este fenómeno, y el pesimismo de aquellos que vislumbran indicadores de corrupción de la pureza original de unas culturas destinadas a perecer. Sin embargo, si por un lado la mundialización puede constituir un peligro para la diversidad cultural, por otro, la mejora del transporte y las nuevas TICs posibilita oportunidades para que surja un diálogo permanente, o para que se formen nuevas redes de alianzas para el cambio social.
Lo que tenemos que cuidar son precisamente las condiciones en las que se da el contacto cultural, evitando o amortiguando situaciones de denigrante asimetría de poder, estatus y recursos. Si estas condiciones de interacción son adecuadas hay que ser optimistas en la valoración de la capacidad que tenemos los seres humanos de ser creativos e innovadores cuando nos vemos confrontados con desafíos culturales. Sin embargo, la realidad nos muestra que en un número importante de situaciones este optimismo no deja de ser un voluntarioso desideratum. Ante los desequilibrios que actualmente se producen en los flujos e intercambios de bienes culturales a escala mundial, se hace cada vez más necesario implementar las directrices de la UNESCO (6): reforzar la cooperación y la solidaridad internacionales, de manera que se permita a todos los países, en particular los países en desarrollo y los países en transición, establecer industrias culturales viables y competitivas en los planos nacional e internacional.
Este es el sentido que tiene la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (7) que fue aprobada por la UNESCO el pasado 20 de octubre de 2005. Por primera vez la comunidad internacional dispone de un instrumento jurídico-normativo para la defensa de la creatividad humana y la salvaguarda y promoción de la diversidad cultural. Reafirmar los vínculos que unen cultura, desarrollo y diálogo intercultural, y crear una plataforma innovadora de cooperación cultural serán las mejores garantías de desarrollo y de paz. Los estados tienen, además, el derecho (y deber) de crear las condiciones para que las culturas puedan prosperar y mantener interacciones libremente y de forma mutuamente provechosa.
En esa línea viene actuando la Red Internacional para la Diversidad Cultural (RIDC), red mundial de artistas y grupos culturales dedicados a contrarrestar los efectos homogeneizadores de la mundialización sobre la cultura. En su hoja de ruta se plantean, entre otros objetivos, el desarrollo de industrias creativas locales para promover el empleo y aliviar la pobreza, el incremento de recursos para proyectos culturales por las instituciones para el desarrollo, y la integración de los estudios de impacto cultural en los marcos y procesos de dichas instituciones.
En definitiva, si la globalización puede amenazar las identidades nacionales y locales, la solución no es volver al conservadurismo o al nacionalismo aislacionista, sino diseñar políticas multiculturales que promuevan la diversidad y el pluralismo.
Diversidad cultural y procesos migratorios
Pero también hemos asociado la diversidad cultural con la actual dinámica de los flujos migratorios. En efecto, si la civilización humana sólo es posible por medio del movimiento, es decir, la transmisión y el intercambio de saberes, de valores o de formas de hacer, los flujos migratorios se convierten un referente de primer de orden cuando se aborda la diversidad cultural.
De acuerdo con el International Migration Report (8) de 2002, el número de inmigrantes se ha duplicado desde la década de los 70. Aproximadamente 175 millones de personas residían fuera del país en que nacieron; esto equivale a que una de cada diez personas en las regiones desarrolladas es inmigrante, y cada vez un mayor número de ellos proceden de países cada vez más lejanos. De los 200 países que hay aproximadamente en el mundo, dos tercios de los mismos cuentan con al menos un grupo minoritario, étnico o religioso que constituye al menos el 10% de la población. Según la última revisión del Padrón Municipal, de los 3.730.610 extranjeros que vivían en España hasta el 1º de enero de 2005, el 11,26% lo hacía en la Comunidad Autónoma Andaluza y procedían de más de 100 países de todas las regiones del mundo.
Mientras que las causas de esa migración son múltiples (económicas, políticas, personales, etc.) un hecho es cierto: vivimos en sociedades cada vez más heterogéneas y complejas. Esta nueva conformación de las sociedades trae como consecuencia que la diversidad cultural esté presente en nuestra realidad de todos los días: personas de distinta raza, etnia, religión, etc. se están viendo implicadas en relaciones de interacción y convivencia cotidiana. Sin embargo, debemos recordar que las sociedades (receptoras) no son, en forma alguna, homogéneas, y se fundamentan en la diversidad cultural. Los flujos migratorios lo que hacen es introducir nuevos elementos de variación en contextos netamente pluriculturales, lo que según Arunabha Ghosh (9) convierte sencillamente en una falacia el llamado choque de civilizaciones, hipótesis defendida por Huntintong (10) en su polémica publicación sobre la nueva conformación del orden mundial después de la guerra fría.
Si uno de los desafíos tienen planteados muchos estados es el compatibilizar la idea de pluralidad cultural con la idea de unidad nacional, la inmigración puede ayudar a enriquecer el debate, a amortiguar las tensiones en relación con los nacionalismos tradicionales, y a responder a los numerosos interrogantes que se entremezclan en torno a la diversidad cultural (11): ¿Es posible conformar sociedades que compartan un sentimiento de pertenencia común y sean realmente pluralistas?, ¿cómo compatibilizar la promoción de comunidades culturales con una comunidad nacional?, ¿qué tipo de políticas y prácticas sociales son las más adecuadas y eficaces para preservar la diversidad cultural al tiempo que promueven actitudes y valores que alientan el respeto mutuo?, o ¿cómo crear las condiciones que garanticen una armoniosa interacción y una voluntad de convivir de personas y grupos con identidades culturales plurales y dinámicas?
Por desgracia, pocas veces se dan los prerrequisitos contextuales necesarios para superar con éxito dichos retos, y frecuentemente desempleo, desamparo, economía sumergida, precariedad laboral, hacinamiento o inseguridad ciudadana se asocian con el fenómeno migratorio y, por ende, con los inmigrantes. Estos factores de riesgo al unirse a imágenes simplistas de emigrantes marginados, especialmente en momentos de recesión social, pueden agravar y fomentar la exclusión social y el sentimiento de rechazo por parte de la sociedad de acogida. Barreras, en fin, para la convivencia en paz y el mutuo enriquecimiento.
Por ello, el pluralismo cultural sólo será posible si se implementan políticas que favorezcan la inclusión (social, laboral, cultural, etc.) y la participación activa de los inmigrantes, es decir dotarles de empowerment comunitario y estatus de ciudadano. Inseparable de un contexto democrático, ese pluralismo favorecerá los intercambios culturales y el desarrollo de las capacidades creadoras que enriquecen la vida pública.
Por el contrario, si los gobiernos no desarrollan políticas de integración apropiadas, los inmigrantes pueden quedar aislados en comunidades que sólo practican sus tradiciones y costumbres respectivas en lugar de participar activamente en la sociedad de acogida. Y ello conlleva el peligro del desafecto, la ausencia de intercambios culturales y los más que probables conflictos sociales.
El valor de las migraciones, ahora y en el futuro, depende en gran medida de esas actuaciones y del clima político que sean capaces de generar los gobiernos. Cuando se dan las condiciones propicias, el impacto de los sistemas migratorios consolidados en las sociedades receptoras es muy significativo en todos los ámbitos del desempeño humano. En el contexto social y cultural, los emigrantes pueden establecer puentes multiculturales al ir y venir entre el lugar de origen y el de residencia, alentando la creatividad en el arte y la literatura, batiendo marcas en el deporte, aportando innovaciones gastronómicas, organizacionales y en toda una multitud de otras esferas.
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(1) UNESCO (2001). Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural. París.
(2) Muñoz Sedano, Antonio. (2001). Enfoques y modelos de Educación multicultural e intercultural. Universidad Complutense de Madrid.
(3) UNESCO (1998). Declaración Mundial sobre la Educación Superior. En: El Siglo XXI: Visión y Acción.
(4) UNIÓN EUROPEA. (1992). Tratado de la Unión Europea. Maastricht, 7 de febrero.
(5) Berger, Peter y Huntington, Samuel. (2002). Globalizaciones múltiples. Diversidad cultural en el mundo. Barcelona: Paidós.
(6) UNESCO (2001). Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural. París. Artículo 10.
(7) UNESCO (2005). Convención sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales. París.
(8) ONU (2002). International migration report. Department of Economic and Social Affairs. Population Division. United Nations.
(9) Arunabha Ghosh es Consultant, United Nations Development Programme. Human Development Report.
(10) Huntintong, S. P. (1997). El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Barcelona: Paidós.
(11) La problemática de la diversidad cultural. En: http://www.prodiversitas.bioetica.org/nota52.htm