Actitudes y prejuicios hacia la inmigración
La técnica de encuestas aplicada periódicamente por agencias especializadas en la población general, es uno de los procedimientos habituales para evaluar las actitudes de la población receptora hacia el fenómeno migratorio. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y el Observatorio Europeo sobre Racismo y Xenofobia, proporcionan periódicamente datos en relación a estas cuestiones. Sin embargo, el primer análisis de interés sobre las actitudes de los españoles hacia la inmigración proviene de la explotación de las encuestas realizadas por el CIRES de 1991 a 1997 y que dio lugar a una publicación del IMSERSO (1998) en su colección Observatorio Permanente de la Inmigración. En este estudio se abordaba la opinión de los españoles sobre la repercusión que los inmigrantes tienen en la vida social española (paro, cultura, racismo y xenofobia) y la importancia de su integración en nuestra sociedad. Utilizando un índice de xenofobia elaborado ad hoc, se constató que desde 1991 hasta 1997 los españoles mostraban un nivel bastante bajo de xenofobia y/o racismo hacia los inmigrantes. Sin embargo, ya se presumía un enmascaramiento de las actitudes negativas de los españoles hacia la inmigración y los inmigrantes, que se explicaba con base en el escaso número de inmigrantes que había en España y el nulo apoyo a las opiniones o comportamientos xenófobos y racistas por parte de los medios de comunicación y de los líderes de opinión en general.
En febrero de 2000, el CIS informaba que casi al 20% de las personas entrevistadas les importaría tener como vecinos o compañeros de trabajo a un inmigrante, y que el 24,1% consideraba la inmigración un fenómeno negativo. Dos años más tarde, en el barómetro de junio (CIS, 2002), al 25, 5 % de los entrevistados no le gustaría nada que sus hijos compartieran colegio con niños inmigrantes y el 28,9% seguía viendo la inmigración como negativa. Sin embargo, la negatividad perceptiva respecto de la inmigración deviene sobre todo de que cerca del 49% de los españoles encuentra relación entre inseguridad, ciudadana e inmigración y a que de 1991 a 2004 se ha pasado de un 29% a un 53, 3% en relación con los españoles que perciben como demasiado el número de personas procedentes de otros países que viven en España.
Desde otra perspectiva metodológica, Martínez et al. (1996) evaluaron las actitudes sociales de los andaluces hacia los inmigrantes, utilizando como método exploratorio el discurso social en varios grupos de discusión en función de la edad, el área geográfica, el género y el rol social. Algunos de los resultados más importantes fueron: (1) sentimientos ambivalentes en los empresarios almerienses (beneficios vs. problemas); (2) para las trabajadoras y amas de casa de Almería, el exceso de inmigrantes era la causa de los problemas de vivienda y delincuencia, y no percibían beneficio alguno; (3) para las amas de casa de Sevilla el inmigrante era un necesitado, aunque no tenían una buena imagen de los marroquíes; (4) algunos pescadores percibían competencia en el mercado de trabajo, mientras que otros reclamaban solidaridad de clase; (5) los jóvenes percibieron consecuencias sociales negativas en el área de la seguridad ciudadana y en la competencia por el trabajo.
Rebolloso et al. (2001), aplicando la misma técnica de recogida de datos, comprobaron la utilidad de analizar las actitudes racistas mediante el sistema conceptual del nuevo racismo descrito anteriormente. Destacan la presencia en Almería tanto de racismo manifiesto, percepción de amenaza e invasión, historia de conflictos con Marruecos, etc., junto con manifestaciones de prejuicio encubierto: negación de la discriminación, falta de integración a nuestras normas y valores, y expresión de sentimientos moderadamente negativos hacia los inmigrantes. Los autores interpretan estos resultados como una forma de legitimar las situaciones de desigualdad existentes (vivienda, condiciones laborales, etc.) y conservar el status quo y privilegios por parte de la población autóctona.
Navas (1998), al aplicar la Escala de Racismo Moderno (McConahay, Hardee y Batts, 1981) a una muestra de residentes en Almería, encontró percepción de amenaza a los principios de igualdad y justicia, y negación del problema del prejuicio y discriminación. Sin embargo, en contradicción con los estudios anteriores, encontró niveles relativamente bajos o moderados de prejuicio hacia los inmigrantes magrebíes. La diferente composición de las muestras puede explicar estas divergencias. En esta misma línea metodológica, Moya & Rodríguez Bailón (2002) constataron en dos muestras de estudiantes (bachillerato y universidad) prevalencia general del prejuicio simbólico frente al prejuicio clásico hacia los magrebíes respecto de los sudamericanos. Los autores lo justifican también con base en la percepción de amenaza hacia los valores y la cultura en general, más que a intereses materiales concretos, y a que existen diferencias sustanciales entre su propio sistema de valores y el que atribuyen a los inmigrantes.
Dada la importancia que tienen estas nuevas formas de percibir, sentir y comportarse de la población autóctona respecto de los inmigrantes, y teniendo en cuenta que la situación (localidad, tipo y número de inmigrantes, experiencia previa, mercado laboral local, etc.) matiza la forma y la intensidad del prejuicio, se hace indispensable un conocimiento preciso de las mismas al plantearnos acciones para la integración comunitaria de esta población.
Aculturación
La aculturación es un constructo psicosocial que fue definido por primera vez por Redfield, Linton & Herskovits (1936) como aquellos cambios que se producen en los grupos humanos con diferentes culturas cuando entran en contacto. Es, por tanto, un indicador del necesario esfuerzo adaptativo que deben hacer los miembros de ambos grupos para lograr relaciones intergrupales satisfactorias. Sin embargo, y dado que los grupos que entran en contacto suelen ser asimétricos -respecto del número, el poder y los recursos - la aculturación se convierte en un punto de general desencuentro en las relaciones intergrupales, pues posiciona a las personas acerca de qué grupo (inmigrantes vs. sociedad de acogida) tiene que hacer el mayor esfuerzo adaptativo.
Si bien es cierto que algunos cambios se hacen indispensables en los inmigrantes por el hecho asentarse en un nuevo contexto, otros son más discutibles por estar ligados a distintas manifestaciones culturales de satisfacer ciertas necesidades. Es en este punto donde puede aparecer el conflicto por creencias, valores o prácticas de la sociedad de acogida, y a veces, incluso, con la propia legislación. Un buen ejemplo de lo que estamos diciendo son los acontecimientos ocurridos hace unos años en el Colegio de las Concepcionistas de San Lorenzo del Escorial, cuando las religiosas, basadas en las supuestas normas del centro, prohibieron a Fátima cubrir su cabeza con el chador de su cultura. La familia se opuso a esta decisión y quiso ejercer su derecho a la educación y a sus costumbres. La polémica, que trascendió de forma importante a los medios de comunicación, estaba servida.
Berry (1997) formula un primer modelo de aculturación basado en que los inmigrantes asentados en la nueva sociedad deben enfrentarse a dos decisiones cruciales en sus vidas: (1) decidir si su propia cultura es un valor a mantener en el nuevo contexto y (2) si van a establecer relaciones con los miembros de la sociedad de acogida. La combinación de estos dos elementos da lugar a cuatro posibles estrategias de aculturación: (1) asimilación, en la que los individuos rechazan su cultura de origen y tratan de llegar a ser un miembro más de la nueva cultura; (2) separación, la cual implica que los individuos desean mantener la cultura original y al mismo tiempo evitan la interacción con el otro grupo cultural; (3) marginación, esto es, al poco interés de los inmigrantes por mantener su propia cultura o establecer relaciones con el exogrupo se añade un contexto adverso que favorece procesos de discriminación y/o exclusión social; y (5) integración, en la que los individuos desean tanto mantener su cultura original como establecer contactos y aprender acerca de la nueva cultura. Más tarde, Berry (2001) ha incorporado al modelo la perspectiva de los miembros de la sociedad de acogida como elemento revelante para comprender el proceso de aculturación. (Gráfico 2).
Gráfico 2 - Modelo bidimensional de la orientación de la aculturación (Berry, 2001).
Teniendo como punto de partida este modelo, Navas et al. (2002, 2004) han realizado un estudio en autóctonos e inmigrantes en seis poblaciones de alta recepción de inmigrantes en Almería sobre actitudes generales de aculturación y su relación con el nivel de prejuicio. Entre otros resultados encuentran que la intensidad del prejuicio experimentado por los autóctonos independientemente de cómo se presente (manifiesto o sutil) se relaciona con el tipo de actitud hacia el proceso de aculturación de los inmigrantes: puntuaciones altas en prejuicio se asocian a exclusión y segregación, mientras que las más bajas con integración y en algunos casos con asimilación. Además, los inmigrantes eligen estrategias de aculturación diferente dependiendo del ámbito de la vida de que se trate.
Los medios de comunicación han reflejado también los aspectos más polémicos de la necesaria adaptación mutua para la coexistencia en armonía de diversas culturas. Díaz (2002), por ejemplo, se refiere al polémico debate que surgió sobre el concepto de multiculturalismo a raíz de una publicación de Azurmendi -que llegó a ser presidente del Foro para la Inmigración sobre los acontecimientos del Ejido, o de un artículo aparecido en El País a comienzos del 2002 -. Pensar que el multiculturalismo es en la actualidad una confusión teórica y entenderlo como la coexistencia en un estado democrático de culturas no democráticas, le lleva a categorizarlo como una gangrena fatal para la sociedad democrática. En esa misma línea, Giovanni Sartori tuvo también una fuerte entrada en la polémica (Díaz, 2002), pues en su sociedad multiétnica pone de relieve la paradoja del multiculturalismo: ¿cómo puede una sociedad acoger sin disolverse a enemigos culturales que la rechazan? Igualmente, Herman Tertsch, en un artículo de El País publicado en febrero de 2003, apoya las tesis de Azurmendi al entender como una bomba de relojería a medio plazo, la falta de voluntad de adaptación de los inmigrantes a las leyes, reglas y normas de la sociedad anfitriona. Como reflejo en la sociedad española de esta polémica podemos referenciar que en la encuesta periódica del CIS sobre inmigración, cuyos resultados aparecieron en junio de 2002, el porcentaje de españoles que opinaba que los inmigrantes debían olvidar su lengua y sus costumbres alcanzaba un 28%.
Sobre las políticas migratorias
Los derechos de los inmigrantes en la sociedad de acogida es otro de los temas calientes vinculado a los procesos migratorios. Las políticas públicas no sólo se definen en relación con el control de flujos, sino también sobre al acceso de los inmigrantes a la ciudadanía, a la nacionalidad y, por tanto, a los derechos que de ello se derivan. Las actitudes y prejuicios de los autóctonos que se han descrito en párrafos anteriores pueden estar condicionando sus actitudes hacia las políticas públicas sobre inmigración, ya que el significado social de las mismas viene determinado por la naturaleza de las relaciones intergrupales más que por el contenido de las mismas.
De acuerdo con las encuestas del CIS de 2002 y 2003, cerca del 87% de los españoles creía que toda persona debería tener libertad para vivir y trabajar en cualquier país, aunque no fuera el suyo. Sin embargo, cuando ese criterio se plasma en una pregunta concreta sobre política de flujos, es aproximadamente ese mismo porcentaje (85%) de españoles el que limita esa libertad al apoyar para España una política de acceso condicionado a aquellos extranjeros que tengan contrato de trabajo. Por su parte, el porcentaje de españoles que apoya la opción de facilitar la entrada a los inmigrantes sin poner restricciones ha descendido del 20% en 1996 al 7,2% en mayo de 2004. Comparando estos resultados con los ofrecidos por el eurobarómetro, Valles, Cea & Izquierdo (1999) observaron que existe una tendencia a la convergencia en las opiniones de los miembros de la Unión Europea sobre las políticas migratorias, aunque los sentimientos de xenofobia están más amortiguados y las políticas de control de flujos cuentan con menos apoyo entre la población autóctona de los países que tiene una menor tradición inmigratoria.
Algunas investigaciones han analizado los predictores de las actitudes de la población autóctona hacia las políticas migratorias dirigidas a incentivar el regreso de los inmigrantes a sus países de origen. Según Jackson et al. (2001), estas políticas se empezaron a adoptar por la mayoría de los gobiernos del oeste europeo para afrontar la crisis económica que comenzó a mediados de los setenta. En ellas se favorecen los derechos y privilegios de los miembros de las sociedades receptoras, grupo racial y étnico dominante, frente a los derechos humanos y privilegios de los inmigrantes, casi siempre miembros de exogrupos racial y étnicamente subordinados.
A partir de un estudio transnacional sobre las políticas migratorias en Europa, Jackson et al (2001) proponen un modelo comprensivo que predice las actitudes de los autóctonos hacia las políticas que favorecen el retorno de los inmigrantes. El modelo establece como predictores actitudinales los intereses personales y grupales en relación a los recursos percibidos y tangibles, la amenaza percibida derivada de las creencias y estereotipos sobre los inmigrantes, y los sentimientos grupales vinculados al prejuicio y racismo. De acuerdo con los autores, estarían a favor de medidas que favorecen el retorno de los inmigrantes: (1) los sujetos casados, de menos ingresos, de ideología conservadora, que puntúan alto en orgullo nacional y los que no tienen familiares en los exogrupos; (2) los sujetos que puntúan alto en percepción de invasión y limitaciones a la aceptación de inmigrantes, conciencia de las dificultades por las que atraviesan los inmigrantes y en la valoración de su contribución a la sociedad y (3) los sujetos que puntúan más alto en la escala de racismo. Además, estos resultados fueron similares en los 15 países en los que se llevó a cabo el estudio. Las diferencias entre los mimos pueden ser explicadas por el contexto social, cultural y político de cada país y la historia específica de interacciones entre grupos dominantes y subordinados.
En resumen, la aceptación o el rechazo por parte de los miembros de la sociedad de acogida de las políticas migratorias institucionales depende de la acción conjunta de la propensión individual hacia el prejuicio grupal y de los significados socialmente compartidos sobre la inmigración.