En otro lugar (Montgomery, 2002) se ha definido la ingeniería del comportamiento como una "aplicación práctica y precisa de conocimientos científicos para la elaboración, el perfeccionamiento y el manejo de técnicas de establecimiento, mantenimiento o eliminación de conductas humanas" (p. 35), apuntando a que, en este sentido, tanto lo que se denomina "modificación de conducta" o "análisis conductual aplicado", como la "terapia de la conducta" y la "terapia conductual-cognitiva", e inclusive las terapias constructivistas de reciente cuño, son formas diversas de tecnología comportamental (véanse Pantoja, 1986; Labrador, Cruzado y Muñoz, 1997; Martín y Pear, 1996/1999; Santacreu y Frojan, 2002).
El nexo entre estas formas se halla inserto en las clásicas tecnologías de control por el estímulo (estímulo-organismo-respuesta) y de administración de contingencias (respuesta-contingencia-consecuencia), así como en las combinaciones de ambas (Homme, D'Baca, Cottingham y Homme, 1968/1977), abarcando amplios repertorios lingüístico-cognoscitivos, emotivo-motivacionales y sensorial-motores. En obras anteriores (Montgomery, 2002, 2005b) se ha hecho una clasificación tentativa de todas esas técnicas:
- Técnicas de exposición en vivo, que exponen al individuo a una situación estimular vívida frente la cual se inducen conexiones de adquisición, mantenimiento o reducción de conductas respondientes u operantes.
- Técnicas de exposición en fantasía, que plantean algo similar, pero utilizan el recurso de la evocación imaginativa como sustitución de las estimulaciones reales.
- Técnicas de autorregulación, que capacitan al individuo a cambiarse a sí mismo y a su entorno, mediante la enseñanza de uno o varios repertorios de autocontrol o dominio de ciertas destrezas.
- Técnicas "racionales" o de contra-argumentación, que utilizan el lenguaje como instrumento para articular métodos de discusión e información, reestructurando la forma como el individuo percibe el mundo.
- Otros procedimientos globales y auxiliares, que conllevan el uso de todas las tecnologías mencionadas al amparo de enfoques teóricos y evaluativos muy completos y específicos, o sólo servir de apoyo para la realización de tareas.
La tabla 1 resume la clasificación anterior, indicando, sin pretensiones de exhaustividad, qué técnicas pertenecen a qué grupo.
Tabla 1 - Clasificación de las técnicas de ingeniería comportamental (Montgomery, 2005a, p. 142)
Es necesario conocer la proveniencia de la tecnología en su relación directa o indirecta con el paradigma conductual, pues una de las "malas costumbres" del entorno profesional no conductista (o semi-conductista) es tomar o fragmentar los cuantiosos productos de dicho quehacer teórico-empírico, para replantearlas y ensayarlas como si fueran fruto de una lógica puramente cognitiva. Hay muchos casos de tal tergiversación. Por ejemplo, es corriente para algunos psicólogos afirmar que las técnicas autoinstruccionales de control verbal se inspiraron en las investigaciones de Vigotsky y Luria sobre el papel del lenguaje sobre el pensamiento (Meinchembaum, 1999), sin otorgarle crédito alguno a Skinner, quien, sin embargo, en varios capítulos de Ciencia y Conducta Humana (1953/1972) y Conducta Verbal (1957/1981), desarrolla nociones mucho más precisas y operativas sobre ese punto.
Asimismo, en otro ámbito, un reciente libro de intervención en el aula (Gómez, Mir y Serrats, 2005), promocionado entre los educadores de nuestro país (con un tiraje de 40,000 ejemplares), dedica menos de media página a la exposición del "modelo de modificación de conducta" (p. 33), pese a que en sus capítulos de "propuestas prácticas" se vale en gran parte de esa tecnología para concretar sus ejercicios, tanto en términos de organización de contingencias como de habilidades reforzadas. Para terminar con esto, tampoco se dice en la literatura constructivista (entre otras cosas) que los procesos de aplicación del Programa de Enriquecimiento Instrumental (Feuerstein) y del concepto vigotskiano Zona de Desarrollo Próximo a la educación infantil, no serían posible sin el uso de técnicas de Exposición en vivo de modificación de conducta.
El proceso de Evaluación Conductual
Las tareas evaluativas son, desde luego, tan importantes como la tecnología misma para resolver problemas. De nada servirían tantas y tan buenas técnicas sin una apreciación previa de a qué, y en qué forma, deberían aplicarse, así como una apreciación de proceso en la cual se verifique lo que está pasando en el transcurso de esa misma aplicación. Dicha certidumbre sólo puede conseguirse teniendo una idea clara de los repertorios en juego y sus cambios. En tal sentido, en primer lugar se debe proceder lo más escrupulosamente posible a evaluar todos los detalles del caso abordado, sin escatimar modos de información por medio de entrevistas, pruebas y registros. Todos ellos aportan datos acerca de muestras observables de conducta (Fernández-Ballesteros, 2004; Muñiz, 2005). El proceso estándar de evaluación inicial del comportamiento es el siguiente, haciendo la salvedad de que el poco espacio de que se dispone aquí no permite entrar en detalles respecto a cada uno de esos puntos, por lo que se remite a un escrito anterior (Montgomery, 2002; Caps. 6 y 7):
1. Entrevista
a. Descripción del problema y variables de su mantenimiento (qué sucede, qué hace o deja de hacer el cliente, que hacen o dejan de hacer las personas involucradas, cuáles son los contextos espaciotemporal y social, y qué repertorios de aprendizaje y aspectos biológicos podrían estar implicados).
b. Información histórica personal.
c. Averiguación sobre repertorios positivos que puedan ayudar al tratamiento.
2. Operaciones de registro directo
a. Automático (con instrumental bioeléctrico).
b. De productos permanentes (impresos o grabaciones).
c. Observacionales (anecdótico, de frecuencia, duración, intervalos, etc.).
d. Autor registro (por el propio cliente).
3. Operaciones de registro directo
a. Escalas (actitudinales, o de cuestionario exhaustivo sin validar estadísticamente).
b. Listas de chequeo (marcando habilidades presentes en el repertorio).
c. Inventarios.
d. Pruebas no estructuradas (ejercicios sueltos o test proyectivos).
4. Diagnóstico funcional
a. Gráfica de línea base (nivel porcentual de repertorios al momento de comenzar).
b. Análisis de secuencia (resumen de registros).
c. Ordenamiento de la información.
Desde el punto (2) al (4), las operaciones realizadas tendrían que llevarse a cabo permanentemente mientras dure la intervención, e incluso después, si es posible. Por ejemplo, el uso del análisis de secuencia (tabla 2) permite conocer en todo momento la evolución de la conducta bajo tratamiento. Dicho análisis comprende todos los factores que, en un momento dado, o como resultado de una historia individual registrada en el curso de las consultas, dan lugar a un problema particular. Éstos, que pueden ser llamados parámetros del comportamiento, involucran en primer lugar variables de "marco macrocontingencial", como son las aportadas por la cultura, las instituciones y las costumbres sociales de referencia, y a la luz de ese conocimiento el "marco microcontingencial": a) el examen detallado de la actividad realizada (que es socialmente significativa, ya que el mismo desempeño en situaciones distintas es evaluable de manera diferente. Por ejemplo, la actividad de "contar chistes en grupo" puede ser valorada de forma diversa en un velorio que en una reunión social); b) el escenario geográfico (momento y lugar), demográfico (personas significativas y no significativas, presentes o no), y ecológico (entorno físico) que contextúa la interacción; y c) las disposiciones biológicas (estados, enfermedades), afectivas y cognitivas del individuo.
En segundo lugar, hay variables que dimensionan el propio desempeño del individuo en términos de formas describibles de lo que hace, tales como: a) la topografía (movimientos, desplazamientos) y b) la fuerza (el número de veces que suele emitir sus respuestas, su duración, su latencia y su intensidad fisiológica). En tercer lugar, se consideran los efectos que el desempeño bajo estudio produce sobre la propia conducta, las conductas de otros y el entorno. De esa manera, se ve claramente lo que mantiene una interacción desajustada y lo que hay que cambiar en ella. La tabla 2 resume lo dicho.
Tabla 2 - Un modelo estándar de análisis de secuencia
El análisis de secuencia es llamado "el ABC" del análisis conductual (Sulzer-Azaroff y Mayer (1977/1985, p. 121) y, como se ha dicho, es el resumen de los auto registros semanales del usuario del servicio psicológico. Gracias a esta información se toman decisiones de ajuste o reajuste de la estrategia adoptada para la modificación del comportamiento. Es bueno aclarar que el modelo ABC consignado aquí es más completo que el tradicionalmente utilizado por el análisis de tipo skinneriano, ya que incorpora variables no necesariamente explícitas (disposicionales). Por ejemplo, como señalan Fernández Ballesteros y Staats (1993):
"... tomemos el caso de un niño que tiene un rendimiento escolar bajo por varias razones -escasa atención, distracción, se hace el tonto, altera la clase, aprende poco en clase, etcétera. Estas conductas son problemáticas, pero puede que no sean el problema. Esto es, pongamos el caso de que las causas más próximas de las conductas problemáticas residen en el déficit en el repertorio básico cognitivo-lingüístico del niño, un RBC [Repertorio Básico Conductual] que puede en parte ser medido mediante un test de inteligencia estándar. Los déficit de RBC en este caso impiden que el niño aprenda con facilidad. Su fracaso para aprender produce entonces otras condiciones que determinan de forma negativa los problemas comportamentales del niño. Es necesario reconocer que los déficit en los RBCs cognitivo-lingüísticos son diferentes de las conductas problemáticas que surgen en la clase" (pp. 112-113).
En la cita se ha aludido un test de inteligencia. Incluso podría haberse mencionado un test proyectivo. Esto no entra en discordia en modo alguno con la concepción conductual pues, como se ha indicado
ut supra, todos esos instrumentos no hacen sino medir muestras de conducta lingüística, afectiva y motora (Oliva, Vizcarro y Fernández Ballesteros, 2004; Muñiz, 2005). Pueden utilizarse, entonces, como reactivos cuya respuesta por parte del individuo evaluado pone de manifiesto otras formas potenciales de su responder, o bien, como pruebas de medición del rendimiento directo en áreas específicas. En esencia,
"
las personas sintetizamos toda nuestra experiencia mediante dos procedimientos diferentes: mediante tendencias de respuesta que podemos observar y mediante un conjunto de proposiciones lingüísticas que podemos escuchar o leer",
lo que nos permite indagar sobre patrones, estilos o disposiciones idiosincrásicas mediante test ejecutivos y cuestionarios, siempre y cuando éstos se complementen con observaciones en contextos naturales (Santacreu, 2005; p. 5).