La Modernidad establece la razón como el vehículo de su desarrollo, dando gran preponderancia a las ciencias y a las explicaciones que de ahí emanan. Esta razón genera discursos y explicaciones omnicomprensivas que permiten un sentimiento de seguridad y posibilidad de conseguir este deseado progreso en aras del desarrollo humano. A su vez, la Post-Modernidad "está asociada (...) a la puesta en duda del conjunto de certezas y éxitos de la Modernidad, y en tal sentido, viene a configurar un sentimiento de desencanto, de descreimiento de todo y de todos, una sensación de crisis profunda y radical" (Sandoval, 2002. p. 39). Este sentimiento abre la puerta a la crisis de los metarrelatos, de las grandes explicaciones, de la fundamentación del saber por la razón, generando desde ahí discursos fragmentarios, parciales, que de alguna manera ocupen los lugares vacíos de explicación. Estos vacíos también se encuentran en los espacios culturales y sociales, como parte del proceso de modernización (¿o post-modernización?) de la cultura (globalización, ruptura de las fronteras, cultura de masa), donde esta se transforma mediante fragmentos desarticulados (pastiche, culturas híbridas) que promueven las nuevas formas de expresión de los individuos. En este sentido, la libertad individual, la autonomización de los sujetos, promueve los sentimientos de soledad y de desvinculación social.
Pareciera ser que las propuestas de la Modernidad, y como parte de ésta, la Post-Modernidad, se expresan como el desarrollo ulterior de los grandes proyectos modernos, es decir, expresiones del devenir socio-cultural, político y económico, iniciado por la Modernidad, que estableció el principio de los grandes cambios mundiales. En Chile, los procesos de modernización establecen las lógicas del desarrollo cultural, con el consiguiente impacto sobre los individuos. Sin embargo, parece que las nuevas generaciones, que debieran disfrutar de los progresos de la Modernidad, sufren los embates del desencanto, el descreimiento y la desvinculación, más cercanos a las crisis planteadas como post-modernas.
Socialización y participación política, una aproximación al joven ciudadano
Socialización política en la sociedad moderna
Los procesos sociales relacionados al tránsito desde una sociedad tradicional hacia una sociedad moderna, debieran implicar una transformación de los procesos que se llevan a cabo al interior de aquella sociedad en cambio.
Uno de los procesos fundamentales de las sociedades, por el cual los nuevos individuos se hacen parte de una cultura particular, es el de la socialización. Esta puede ser entendida como "… [el] proceso por el que el niño que nace al mundo se va convirtiendo en persona integrada a la sociedad (...) [y que durante toda su vida] no cesa de adaptarse a las demandas y condicionamientos del entorno; la socialización es un proceso siempre inacabado, siempre quedan potencialidades por desarrollar" (Seoane & Rodríguez, 1988, p. 136).
El concepto de socialización política hace referencia a un ámbito específico del proceso de socialización, en el que se ponen en juego contenidos relacionados con la organización, la administración y la gestión de las cuestiones sociales, así como también, con la adquisición de normas, valores, actitudes y conductas aceptadas y/o practicadas por el sistema (sociopolítico) existente (Sigel 1970, citado en Seoane & Rodríguez, 1988, p. 134). La socialización debe entenderse como una relación constante y crítica entre el individuo y la información social que circunda los espacios de acción de estos (familiar, escolar, grupo de pares, etc.), en el que "las nuevas generaciones son también parte activa y no solo receptores de la educación política; es en realidad una continua renegociación de las cláusulas del contrato social" (Ibíd. P. 136). Esto implica que los actores sociales ejerzan una influencia sobre el sistema político, en razón de su conformidad o disidencia, manteniéndolo, modificándolo o destruyéndolo, pues aquí confluyen tanto los aspectos relacionados con la organización y la gestión de los asuntos públicos, así como también las nuevas formas de entender la vida en sociedad y las relaciones con los demás, las nuevas formas de entenderse el hombre a sí mismo y de vivir su propia vida (Seoane & Rodríguez, 1988).
La socialización política puede ser vista como un proceso comunicativo, en tanto implica una relación entre un individuo naciente y un espacio social particular que lo acoge. En este sentido Greenstein (1965; citado en Seoane y Rodríguez 1988, p. 134-135) aplica el esquema de análisis de la comunicación para describir los elementos que intervienen en el proceso de socialización política: quién aprende qué, de quién, bajo qué condiciones, con qué efectos. El quién son los nuevos individuos, las nuevas generaciones; el qué puede ser un poco más confuso, pues si bien "...cualquier contenido del aprendizaje socializador puede tener carácter político, si no directamente, sí al menos en su origen o en sus consecuencias para el sistema, se tiende a tomar en consideración los valores, actitudes, normas y conductas que están directamente relacionados con la gestión, la administración y el gobierno de los asuntos de la comunidad (polis o república). Tiene que ver con el desarrollo de la conciencia política, orientación e información acerca del sistema político..." (Seoane & Rodríguez, 1988 p.135). Aquí podríamos agregar que existen dos tipos de socialización política, que responden al qué, y que entran en juego: uno manifiesto y uno latente. Los que hacen referencia a la instrucción o transmisión de contenidos explícitamente políticos (manifiestos) versus los contenidos o formas de educación que tengan que ver, que transmitan indirectamente y generen repercusiones sobre las posturas políticas (Greenstein, 1965; en Seoane y Rodríguez 1988 p. 135).
Ahora bien, el de quién, hace referencia a los "agentes socializadores", entre los cuales se encuentran la familia, la escuela, los grupos de pares, los medios de comunicación, etc. El bajo qué condiciones se produce dicho aprendizaje, en cuanto a cómo se modula la adquisición de las predisposiciones a la acción política, en qué situaciones, que variables intervienen (contexto inmediato y entorno social). Y, por último, el con qué efectos, refiere al resultado de un proceso de toma de conciencia (política) de sus obligaciones y derechos, del grado de compromiso político, conformidad o desacuerdo con el sistema, etc.
Las condiciones bajo las cuales se desarrolla la socialización política están dadas por las transformaciones que ha sufrido la sociedad chilena durante los últimos treinta años. Enmarcadas en los procesos de modernización, esta relación entre individuo e información social se ve afectada por la incidencia que tienen los distintos agentes socializadores en la actualidad, y en especial de los medios de comunicación de masas (mass-media).
Las manifestaciones de la cultura de masas, que forman parte constitutiva de la Modernidad, reflejan en la "revolución de las comunicaciones", en el consumo de información, el impacto que tienen sobre la juventud y la sociedad en general, produciéndose una transformación en cómo es aprehendida la realidad política. Brunner (1988; citado en Sandoval, 2002) señala que la cultura nos proporciona los signos con los que nos comunicamos, las diferentes maneras mediante las cuales operamos cada día, la autoridad con que revestimos nuestras opiniones y las de los otros, etc. Es decir, cómo la cultura afecta las concepciones que los individuos tienen sobre la vida y sus manifestaciones.
La mediatización de la información, junto con un cambio acelerado en las tecnologías de comunicación, promueven la creación de un mercado de mensajes inmediatos, fugaces, que instauran una rápida obsolescencia de la producción cultural (Sandoval, 2002), lo que implica que las informaciones que están en la base de las posturas políticas puedan ser reemplazadas rápidamente por otras que generen un cambio en las vivencias y acciones de los individuos en este ámbito. La familia, el grupo de pares, la escuela, etc., pasan a formar parte de los canales por los cuales se discute y procesa la información que se pone en juego en el espacio social. El consumo masivo de la información que proviene de los mass-media, característica central de esta revolución cultural, pasa a ser una influencia determinante en la toma de decisiones sociales.
La participación política y el joven ciudadano
Esta cultura de masa, promueve los procesos de desvinculación de la sociedad, afectando principalmente los modos de vivenciar el espacio social, los proyectos de vida y los ideales de la juventud moderna. La mayor libertad, autonomía e individualización de estos proyectos y los deseos de autorrealización, dificultan la receptividad de los jóvenes frente a lo político, pues las acciones de los que "toman las decisiones" no son consideradas relevantes para sus proyectos personales ni colectivos. "La primera fuente de politización, la cultura, pareciera estar hoy marcada por el individualismo y el materialismo a nivel mundial" (Tenzer, 1991; citado en el Primer Informe Nacional de la Juventud INJUV-MIDEPLAN, 1994).
La individualización de los proyectos de la juventud se plantea como un problema frente a la participación política y a la democracia. La falta de un proyecto común de cambio social y la falta de politización de la juventud de la era del mensaje, y la consiguiente pérdida de democratización social, deslegitiman el régimen político y su institucionalidad (Ibíd.). Se pierde la asociatividad política (convencional), el "voto expresivo" que refleja uno de los elementos centrales por medio del cual se canaliza la participación política en función de los objetivos deseados (la elección de un candidato, la victoria electoral de un partido político). La unión de un grupo de individuos en función de la propia pertenencia, es reemplazada por una acción autónoma, en este caso la no participación.
La juventud tiene que lidiar entonces con el doble vínculo que significa, por un lado, ser individualista y, por el otro, asimilarse al grupo. Aparece entonces el problema de cómo cumplir las demandas de un compromiso individual por parte de las organizaciones de masas (partidos políticos, sindicatos, ciudades y comunas) con las exigencias de participación directa y auto organización. (Beck A., 1997).
La falta de "incentivos colectivos" (causa común, proyecto colectivo), produce que los jóvenes se incorporen con éxito al mercado, en búsqueda de la "autorrealización", de la consecución del proyecto personal. Es en el mercado donde los jóvenes (incluidos) encuentran satisfacción más rápida a sus necesidades, pues siendo éstas fugaces, deben ser satisfechas con celeridad.
La lógica del mercado también promueve procesos de exclusión social. Las oportunidades ofrecidas (poder de consumo, satisfacción de las necesidades, acceso a los servicios sociales, etc.) por el modelo económico no pueden ser satisfechas por las vías de distribución de las riquezas y hacerse extensivas a toda la sociedad. Por esto, surgen jóvenes que se encuentran marginados de las oportunidades del sistema (educación, salud, etc.). Esto produce un sentimiento de desencanto con lo político y, por lo tanto, de la participación política convencional expresada en el voto. Los jóvenes ciudadanos expresan su derecho de "no-opinión", a la vez que expresan su poca confianza en el sistema político como medio para lograr sus metas.
El joven, como ciudadano, deja de actuar (¿o cambia su actuar?) dentro de la esfera "política" de la ciudadanía, manteniendo los aspectos "civiles y sociales" de ésta. Dicha situación tiene que ver con la permanencia de aspectos tales como: la igualdad ante la ley, la libertad de la persona y la palabra, libertad de pensamiento y culto (ciudadanía civil), así como también, con el derecho a un cierto nivel de bienestar, el derecho a compartir plenamente el legado social (ciudadanía social).
La ciudadanía juvenil: percepciones entorno a los jóvenes chilenos de los noventa
La siguiente es una sistematización de datos secundarios obtenidos, prioritariamente, de dos grandes investigaciones realizadas a fines de la década de los noventa. La primera, es un Análisis de la participación política de los jóvenes (1999), realizado por el CIDE a petición del INJUV; la segunda, es una investigación realizada por el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED), titulada ¿Debieron haberse inscrito los jóvenes en los registros electorales? Los jóvenes de los noventa, la democracia que estamos construyendo y la república que estamos edificando (2000). Ambas serán complementadas con datos obtenidos de algunas investigaciones realizadas durante la década de los noventa tales como: Situación, hábitos y opiniones de los jóvenes en Chile, una aproximación estadística (INJUV, 1992), Informe de encuesta. Representaciones de la sociedad chilena volumen I. Resultados generales (FLACSO, 1998), y Los jóvenes chilenos. Perspectivas para el siglo XXI: Cambios culturales (MIDEPLAN / USACH, 2000). Junto con ello, se integraran los resultados de los datos preliminares de la Cuarta Encuesta Nacional de Juventud, realizada durante el año 2003 (INJUV), con el fin de observar la evolución de la participación política juvenil hasta la actualidad.
La elección de dichos estudios tiene la intención de contar con información tanto de entidades gubernamentales (INJUV, MIDEPLAN), como no gubernamentales (CIDE, FLACSO) para, de esta forma, observar de una forma global e imparcial las variables que inciden sobre la participación política de los jóvenes. Del mismo modo, se pretende dar cuenta del desarrollo y evolución que ha tenido el problema de investigación durante la década de los noventa.
Para organizar de mejor forma la generación de datos, se presentarán las investigaciones de mayor alcance Análisis de la participación política de los jóvenes (1999) y ¿Debieron Haberse Inscrito los Jóvenes en los Registros Electorales? Los Jóvenes de los Noventa, la Democracia que Estamos Construyendo y la República que Estamos Edificando (2000) por separado, para luego generar un tercer apartado donde se integraran los datos que sean pertinentes provenientes del conjunto de las investigaciones restantes.
Análisis de la participación olítica de los jóvenes (CIDE-INJUV, 1999)
Con este estudio se intenta recuperar el discurso que tienen los jóvenes, así como también los políticos, sobre la participación juvenil en la década de los noventa.
A partir de estudios con grupos focales, realizados en tres localidades urbanas y tres rurales, se busca establecer generalizaciones sobre el discurso juvenil en relación a la participación política (mirada desde las bases). Se incluyen también entrevistas a políticos e informantes clave (mirada desde arriba), con el fin de complementar la información y establecer relaciones entre estos discursos que emergen desde los distintos actores, que en este caso podríamos llamar "políticos".
Grosso modo, se plantean ciertos tópicos, desde los jóvenes, que parecen relevantes y, por ello han de destacarse. Existe una clara falta de diferenciación entre la política y los políticos. Esto, acompañado de una mala evaluación de los políticos, transforma a la política en un mal necesario, pues si bien reconocen la política y la democracia como la única y mejor forma de organización y administración de las cuestiones de un país, éstas se han desvirtuado por la imagen que mantienen los jóvenes de quienes "hacen política". Éstos son percibidos como centrados en la búsqueda del éxito personal, entes que usufructúan de los cargos que ostentan en función de su propio bienestar. En contraste con los valores que los jóvenes reflejan, deben ser partes constitutivas del hacer en política, tales como: la búsqueda del bien común, la solución de los problemas centrales de la sociedad como la pobreza (percibida como la raíz de la delincuencia, la drogadicción y el alcoholismo), la equidad, etc. Los jóvenes no se sienten representados por los políticos, pues estos son vistos como personas que:
"Nunca cumplen lo que dicen" (menores de 18 años, Las Condes)
"Mucho bla-bla y poca acción" (mayores de 18 años, El Bosque)
"No están ni ahí con la gente pobre" (menores de 18 años, El Bosque)
"No interactúan con la comunidad que representan, no están en la papa misma, donde subsiste el problema" (mayores de 18 años, Melipilla)
"Les importa más competir que hacer algo" (menores de 18 años, Las Condes)
"Se hacen propaganda, solamente para verse en la tele y ser más famosos" (mayores de 18 años, Las Condes)
"Los políticos ya están pasaditos de edad, no hay políticos jóvenes" (mayores de 18 años, Melipilla)
"Tienen comodidades, dinero y facilidades" (mayores de 18 años, El Bosque)
"No se preocupan por la organización, ni por la calidad de vida de los ciudadanos (...) hacen uso de la gente para sus fines propios" (mayores de 18 años, Rengo)
"Ellos se dedican a ver leyes, estudiar las que les convienen a cada partido" (mayores de 18 años, Buin)
Desde
arriba, se podría decir que los jóvenes son vistos como la oportunidad del cambio, pero que, en lo fáctico, no buscan transformaciones macro-sociales o un "proyecto país", sino la búsqueda de logros personales e inmediatos (lo que no se reconoce como un objetivo político), por medio de la formación de espacios de encuentro con sus pares, para la canalización de sus intereses, creando asociaciones informales (grupos de rock, hip-hop, expresiones artísticas y de recreación en general). Por otra parte, los jóvenes alejan de sus discursos, en relación con las acciones asociadas a grupos formales (iglesia, club deportivo, juntas vecinales, recreación comunitaria, entrega de alimentos y abrigo a los más desfavorecidos, etc.) todo apelativo de "político", pues es mal visto por éstos toda acción relacionada con lo político. Sin embargo, logran establecer relación entre estas acciones y los valores que éstas promueven, con los ideales, con lo que debiera ser la política y como debieran ser los políticos (honrados, sencillos, humildes, buscar el bien común, estar en contacto con el pueblo, etc.).
Otros elementos relevantes que plantea dicha investigación, que hacen más clara la inclusión de cada uno de estos en el proceso de participación de los jóvenes en el que hacer político, son: el voto, el contexto, la educación cívica, la apertura de espacios desde la institucionalidad política y los medios de comunicación.
El voto, como expresión de la política tradicional, es considerado como un canal poco efectivo de manifestación de intereses, así como también de consecución de metas u objetivos. Los jóvenes no se ven representados por quienes reciben la votación (los políticos), por lo tanto, no dan legitimidad al acto electoral. Una representación que se maneja en torno a lo anterior es que los políticos se corrompen una vez que llegan al poder.
"El voto no sirve porque los políticos después no ayudan" (menores de 18 años, El Bosque). "Qué saca uno, ahí está haciendo una raya y lo único que puede decir es si o no, nada más. Uno no puede decir si por esto y no por esto otro" (menores de 18 años, Melipilla). "Pero que saca uno con un voto, no hace nada" (menores 18 años, El Bosque). "Porque si uno vota muchas veces, vota en blanco, o vota porque tiene que votar, no es porque realmente le importa esa persona, porque muchas veces los mismos jóvenes, ahora piensan, para qué voy a votar, de qué me va a servir, en qué me beneficia, en nada. La mayoría de las veces no nos pescan a los jóvenes, por eso no me inscribo. Qué saco y además, el hecho de ir a votar, ya estar haciendo la cola, por lo menos a los jóvenes eso ya chorea, da lata (todos repiten) sí da lata" (mayores de 18 años, Buin).
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El contexto, encierra varias aristas. Por un lado está la imagen que el régimen militar impone a propósito de la política, como un mal que no consigue fines comunes, sino sólo el enriquecimiento de los propios políticos. Por otra parte, con la llegada de la democracia se plantean ciertas promesas (más participación, mejoría en la calidad de vida, mayores oportunidades, etc.) que no son cumplidas, pues existe un continuo de la
situación social, expresada en la liberación de la economía, lo que mantiene "el juego" dentro de las
leyes del mercado. Esto promueve y mantiene acciones individuales en función de la pérdida del asociacionismo político.
No existen canales formales de educación cívica en los que se pongan en juego los temas de la política contingente. Los políticos señalan que el estilo educacional formal en que se imparte la educación cívica en Chile, entrega una visión sesgada y parcial de la política y que refuerza la deslegitimación de la misma. En el caso de los jóvenes, expresan una molestia por la falta de espacios en donde poder conversar sobre política y las escasas o nulas herramientas que entrega la escuela para la formación de opiniones respecto de estos temas.
| "Falta en cierta forma una educación política, una forma de entender por lo menos saber de qué se trata y luego intentar dar una opinión" (mayores de 18 años, El Bosque). |
Según algunos políticos, a la crisis de la educación se agrega también la de los otros órganos socializadores, como la familia o los mismos partidos políticos, quienes no estarían apoyando la formación de ciudadanos jóvenes.
Desde la institucionalidad política (partidos políticos, gobierno, etc.), no existe una apertura específica de espacios de participación juvenil, salvo la permanencia de las entidades de juventud partidaria. El discurso de los actores políticos refiere a la población en general y no hacia segmentos o categorías sociales. Algunos creen que el generar un discurso particular para los jóvenes sería un acto de discriminación. Esto genera espacios de participación informales (antes mencionados), que de alguna manera reflejan el interés de los jóvenes en los ámbitos de acción social (incluyendo lo político) desde una perspectiva más cercana a lo comunitario. Esto es manifestación del desencanto que tienen los jóvenes de los canales formales de participación política (el voto y la militancia).
Los medios de comunicación de masa (en particular la televisión) son considerados agentes socializadores muy potentes a la hora de la formación de opiniones y expectativas. Éstos han sido asociados a la mala imagen que tienen los jóvenes de los políticos (por ende de la política), en tanto la mediación de la información promueve una visión negativa de los políticos. Sumado a la inmersión en un modelo que promueve las conductas individualistas y a la falta de renovación de los partidos políticos (por lo tanto falta de atractivo para los jóvenes), genera y mantiene el alejamiento de los jóvenes de la política. El contexto socializador no ayuda a la integración ni a la imagen de los políticos (desvirtuación de la actividad política por parte del régimen militar, mala imagen de los políticos en los medios de comunicación, falta de educación cívica, etc.).
Desde 1988 hasta 1999, se visualiza una marcada tendencia hacia la ausencia de inscripción en los registros electorales. Los datos que se presentan a continuación son la expresión numérica de esta tendencia, reflejo de las variables que se expusieron anteriormente. Es así como, en el período del plebiscito de 1988, la inscripción asciende a 2.676.185 jóvenes, es decir, el 35,99% del electorado; ya en 1992 el porcentaje llega al 29,94% ; en 1997, al 19,88% (1.604.241 jóvenes inscritos). Esto, asociado con el creciente número de electores (7.435.913 en 1988 y de 8.069.624 en 1997), refleja un creciente desligamiento por parte de los jóvenes de la actividad política tradicional (el voto). Ya en 1999 el porcentaje de jóvenes inscritos en los registros electorales llega al 6% (se inscribieron cerca de 85 mil jóvenes de un total de 1.400.000 jóvenes en posibilidad de hacerlo). Por otra parte, la abstención de los jóvenes a la hora de las elecciones también aumenta con el tiempo, y va de un 5,3% en 1989 a un 12,7% en 1997.