
Mayra Brea de Cabral
Psicóloga
Ph.D. en Psicología
Universidad Autónoma de Santo Domingo
Santo Domingo, República Dominicana
Dr. Edylberto Cabral
Economista
Exrector Universidad Autónoma de Santo Domingo
República Dominicana
Para citar este artículo:
________________________
Brea de Cabral, M. (2010, 24 de junio). Factores de riesgo y violencia juvenil en República Dominicana. Revista PsicologiaCientifica.com, 12(30). Disponible en:
http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-458-1-factores-de-riesgo-y-violencia-juvenil-en-republica-dominica.html
________________________
RESUMEN
Mediante un estudio estadístico, exploratorio y comparativo, desde una perspectiva integral y multidimensional, se analizan los factores de riesgo asociados a la comisión de delitos juveniles en República Dominicana. Para esos fines, se describe la panorámica social, examinan las estadísticas criminales juveniles y se comparan dos grupos en una muestra no probabilística de 100 jóvenes de 13-30 años de edad; 71 del sexo masculino y 29 féminas; 50 estaban recluidos por cometer delitos, elegidos por conveniencia de un centro carcelario y de tres centros de reeducación de menores, 5 de ellos viviendo momentáneamente en "la calle". El segundo grupo de 50 jóvenes y adolescentes "de la comunidad", escogidos de zonas heterogéneas del Distrito Nacional, San Cristóbal y del entorno turístico de Boca Chica, y que habitaban con sus respectivas familias. Se aplica una encuesta con preguntas abiertas y cerradas de 101 variables: Sociodemográficas, económicas e individuales, de la dinámica familiar, de la socialización y la socioculturalidad del barrio. Se usa el SPSS versión 15, en español, para el análisis de los datos. Se obtiene como resultado, que muy a pesar de que las drogas están fuertemente asociadas al mundo delictivo juvenil, existen otros factores intrínsecos y estructurales mucho más predictores de la violencia y de los delitos en los jóvenes estudiados, entre ellos: las condiciones socioeconómicas desfavorables, causantes del fracaso escolar y la exclusión social; la desesperanza por la falta de oportunidades que se origina, sobre todo, por los altos niveles de desempleo juvenil y el predominio del empleo informal poco remunerado. Estos últimos factores promueven la actividad ilegal entre los jóvenes como modo de supervivencia o de ascenso social, siendo muchas veces el tráfico y venta de drogas una respuesta natural ante la anomia social en que cohabitan. Las variables individuales consideradas de riesgo fueron: La autoimagen negativa, el consumo de drogas y el "sentirse acorralado". Los grupos mostraron diferencias significativas de acuerdo a estas variables. Otros factores de riesgo delictivo proviene del entorno y los procesos de socialización: La percepción de peligrosidad del barrio, la sociabilidad individualizada y la participación en pandillas. Una combinación de factores induce a jóvenes y adolescentes a afiliarse a pandillas y enrolarse en las actividades delictivas en la búsqueda de identidad y de protección frente a la "desafiliación institucional" y la exclusión social. Finalmente, los autores recomiendan algunas medidas profilácticas frente a la problemática juvenil, sobre todo enfatizando más en las políticas preventivas que en las represivas.
Para fines del presente estudio, se adopta la definición operacional de jóvenes para todas aquellas personas con edades entre los 12 y los 35 años. Se incluye tanto al grupo etario que comúnmente se le denomina "adolescentes", es decir, individuos situados entre los 12-18 años caracterizados por la búsqueda de identidad , así como también a los que comúnmente se les llama "jóvenes", de los 19 a 35 años de edad. La Ley de Juventud vigente en República Dominicana establece como intervalo desde los 15 hasta los 35 años de edad, a la etapa juvenil. Para el estudio de campo se escogió la muestra desde los 12 hasta la edad de 30 años cumplidos.
El término pandilla, banda o nación, en ocasiones, se presta a confusión y controversia por su indebida igualación con las organizaciones del crimen organizado. Aquí, sin embargo, se le considera una expresión grupal, cuya principal actividad, no parece ser motivada por el afán de lucro económico como objetivo primordial, sino más bien por estar estructurada en torno a criterios como el poder ejercido sin limitaciones, la pertenencia territorial y el honor grupal (tomado de Flacso-Solis Rivera, 2007).
Violencia juvenil: Se define como la conducta intencional que origina daño a los demás o a la misma persona, ejercida por/a los "jóvenes", pudiendo manifestarse de diferentes maneras y con propósitos diversos. Es el ejercicio del poder o de la supremacía sobre las personas a través de la fuerza física, psíquica, sexual o privativa (OPS/OMS, 2003 y 2006).
Homicidios: Son las muertes intencionales ocasionadas a otra persona.
Tasa de homicidio: El indicador internacional que mejor expresa la criminalidad de un país y representa el número de homicidios por cada cien mil habitantes.
Delito juvenil: El acto de transgredir la Ley por parte de los jóvenes, término relacionado estrechamente con el término de violencia.
Drogas: Substancias químicas que introducidas en el organismo por cualquier vía de administración, producen una alteración del natural funcionamiento del sistema nervioso central y son susceptibles de crear dependencia, ya sea psicológica, física o ambas a la vez. Generalmente son substancias prohibidas, con efectos estimulantes, sedantes o alucinógenos.
Narcotráfico: Negocio del crimen internacional organizado de venta y distribución de drogas.



Fuente: Elaboración propia en base a datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (INACIF), 2006 al 2008.

Fuente: Datos de la Oficina Nacional de Estadísticas y de la Policía Nacional del 2001 al 2009. Sólo incluye el Distrito Nacional y la provincia de Santo Domingo.
*Otros: Mala conducta, declinados, extraviados, operativo e investigación, banda o nación, polizonte, ritos satánicos, asociación de malhechores.
Para mayo del 2006, el 18 % de los presidiarios del país estaban recluidos por drogas de un total de 12.708 internos en diferentes centros de reclusión, y para finales del 2009 esta cifra se elevó a 30% de los 19.151 reclusos existentes en dichos centros, de los cuales el 71% tenía entre 18 a 35 años de edad, el 97% eran varones y mujeres el 3%. El 52% de las mujeres estuvieron recluidas por drogas. (Censo Penitenciario de la Procuraduría General de la República del 2006 y Estadísticas de la Dirección General de Prisiones de la Procuraduría General de la República, 2009).
Es evidente, que el narcotráfico ha sabido socavar y corromper ampliamente las instituciones del país y penetrar en el tejido social juvenil.
En el 2005, en un estudio realizado en República Dominicana por Lilian Bobea, Vielka Polanco, auspiciado por el Newlink Political en 10 barrios pobres del Distrito Nacional y de Santiago, se encontró que en esos barrios la percepción de seguridad había empeorado respecto a los años anteriores, existiendo una "sensación de vulnerabilidad y desempoderamiento", debido a la delincuencia callejera asociada a la prevalencia de pandillas, el creciente microtráfico de drogas, y los enfrentamientos armados entre grupos. El nuevo perfil del delincuente se describe como un individuo más joven, que porta armas, más despiadado que antes, y que se asocia comúnmente a bandas o naciones (corporación cuasi militar), con deseo de poder, control grupal y territorial, y quienes provienen mayoritariamente de sectores empobrecidos o excluidos.
En República Dominicana son muy escasas las investigaciones realizadas para dar a conocer los factores de riesgo en la juventud desde un enfoque integral, y mucho menos estudios que analicen los motivos que estimulan a los jóvenes a afiliarse a las naciones y pandillas. Hoy en día, sin embargo, se requiere multiplicar esfuerzos investigativos en aras de elaborar políticas efectivas, partiendo de la comprensión real de esta problemática, que permita contrarrestar el flagelo de la violencia en que quedan atrapados una gran parte de nuestros jóvenes, fenómeno que ha crecido desmesuradamente en los últimos nueve años.
Es en ese mismo sentido, y frente a la problemática de la violencia juvenil, la CEPAL en su Panorama Social de América Latina 2008, obra que ya hemos citado en el presente trabajo, plantea que "… todo apunta a la urgencia por contar con políticas de juventud que aborden este problema" y debido a la creciente preocupación de los organismos internacionales, de los gobernantes y de la sociedad civil por el aumento de la violencia juvenil en América Latina, se decide realizar estudios diagnósticos durante el 2008, el cual fueron presentados como documento final en la Cumbre Iberoamericana de Presidentes y Jefes de Estado sobre Juventud y Desarrollo, celebrada en El Salvador en octubre del 2008. Lamentablemente, luego de la misma, no se ha visto cambiar el trágico panorama al que se refirió esa cumbre, más bien suponemos que con la crisis financiera y económica mundial se recrudece este fenómeno y por ende la desesperanza en que viven los jóvenes en la región.
Investigaciones relevantes sobre la violencia juvenil como antecedentes del estudio realizado
Factores estructurales-socioeconómicos
Analizar la violencia juvenil es tratar de interpretar la dinámica a la que se enfrentan los jóvenes en Latinoamérica, los factores que originan y los factores que protegen contra la violencia, así como las razones que inducen a muchos jóvenes a integrarse a pandillas y a transgredir la Ley.
Lo primero que se revela abiertamente en los estudios realizados es el carácter masculino de la violencia, observándose altas tasas de homicidios y la comisión de mayor cantidad de delitos en los varones respecto a las del sexo femenino, aun a pesar de que las estadísticas podrían ocultar el hecho de que en América Latina una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia física, psicológica o sexual por parte de la propia familia, de acuerdo a la OPS/OMS (2003). Las marcadas diferencias de género en relación al predominio de la agresión son atribuidas generalmente a razones de tipo biológico (hormonales y fisiológicas), y a otras de índole económicas y de socialización cultural (Organización Mundial de la Salud, 2003; CEPAL, 2008).
Pero, en relación a la violencia juvenil, en sentido general, siempre se destacan en la literatura internacional la importancia de los factores estructurales de tipo socioeconómicos para desentrañar al fenómeno de la violencia, tales como la pobreza o el incremento de la pobreza, la desigualdad que conlleva a la exclusión y la marginalidad, y sobre todo al efecto que la privación-frustración desencadena en el comportamiento individual y grupal. Se encuentra una relación muy estrecha entre violencia y desigualdad. A mayor desigualdad social, mayor tasa de violencia y viceversa (Fanjzylber, 1997 y Fajnzylber et al., 2000). Se atribuye además una fuerte asociación entre el ciclo económico, el desempleo, el subempleo, la baja remuneración, el nivel educativo o la ausencia casi total de oportunidades económicas y sociales con el fenómeno de la frustración-violencia (por la insatisfacción de las necesidades) en los grupos excluidos o menos favorecidos de la sociedad.
América Latina es la región de mayor desigualdad de ingresos en el mundo y esta profunda desigualdad genera, sin lugar a dudas, tensión social. Se ha demostrado que los incentivos económicos son uno de los factores más importantes para el robo, el asalto callejero, el secuestro y el robo a mano armada. (Buvinic; Morrison y Orlando, 2002). La pobreza en sí misma, cuando se le interpreta en sentido clásico como una simple falta de oportunidades, quizás no cause directamente violencia (Arriagada y Godoy, 2000 y Fajnzylber, Lederman y Loayza, 2001), sin embargo, origina sentimientos de frustración, estrés que en combinación con otros factores pueden desencadenar comportamientos violentos, por ejemplo, si además del desempleo (exclusión económica), se suma el hacinamiento en los barrios urbanos recién conformados con intensa ruptura del capital social (Buvinic, Morrison y Shifter, 1999), la influencia de los medios de comunicación y la presencia de los factores facilitadores del crimen organizado, la droga, el alcohol y las armas de fuego.
En Latinoamérica, en los barrios más pobres y en algunos casos de reciente formación en las ciudades, se registran altos niveles y tipos de violencia superiores al resto del área urbana (Organización Panamericana de la Salud, 1996; McAlister, 2000, citado por Buvinic, Morrison, y Orlando, 2002).
Estudios comparativos realizados por Cabral y Brea (1999, 2003 y más recientemente en 2009) en relación a las tasas de homicidio de varios países, muestran una fuerte asociación entre el lugar que la mayoría de las naciones (desarrolladas y en desarrollo de América y de Europa) ocupaban en cuanto a su tasa de homicidio y la posición según su nivel de ingreso, la distribución del ingreso, los niveles de pobreza, el crecimiento del ingreso per cápita, el gasto social en relación al PIB, el gasto social per cápita, la tasa de analfabetismo y el desempleo. Por otro lado, dichos autores también relacionan algunas variables socioeconómicas en República Dominicana (el incremento porcentual promedio del PIB/Cápita Real, la tasa de inflación y de desempleo) con las tasas de homicidio durante el período del 1981 al 2008, encontrándose que en las fases de expansión a mayor crecimiento del Producto Interno Bruto per Cápita Real menor es la tasa de crecimiento de los homicidios, siendo esta última incluso negativa en periodos prolongados de alto crecimiento económico. En cambio, aumenta estrepitosamente la violencia en los períodos de bajo crecimiento económico, caracterizados por la elevación de las tasas de desempleo e inflación y el rápido crecimiento de los niveles de pobreza (Brea y Cabral, 2006 y 2009).
La socialización de los jóvenes. Factores familiares, sociales e individuales y el proceso de identidad
La familia
En los estudios efectuados por Thornton et al. (2000) se señalan algunos factores de riesgo provenientes de los padres, entre ellos: La conducta delictiva y violenta, el uso indebido del alcohol y drogas, el maltrato y abandono infantil, la disciplina severa o incoherente, la falta de interacción emocional entre padres y niños, y la falta de supervisión por parte de los padres (Patterson, Reid, y Dishion 1992; Buka y Earls 1993, Widom 1992, cit.: Thornton et al., 2000). Muchas otras conductas están asociadas también con la conducta infantil violenta, aunque no están relacionadas directamente con la crianza, entre las que se citan: la falta de comunicación entre los cónyuges, los conflictos maritales, el divorcio, el aislamiento social, la depresión o el estrés padecido por los padres (Buka y Earls 1993; Tolan y Guerra 1994, cit.: Thornton et al., 2000). Un alto porcentaje de delincuentes sexuales juveniles pudieron haber sido víctimas de violencia durante su infancia (Feindler y Becker 1994, cit.: Thornton et al., 2000). Es bien conocido, que los estilos autocráticos de crianza fomentan de igual manera la agresividad en los hijos y desestimulan la creatividad cognitiva.
Niños criados en familias monoparentales son propensos a tener mayor riesgo de violencia (Henry et al, 1996). Thornton y colegas (2000) refieren además, que en el estudio de Patterson, Reid, y Dishion (1992) se determinó que las madres solteras pobres, quienes enfrentan numerosos desafíos y situaciones de estrés, tienen mayores posibilidades de desarrollar patrones de comportamiento que pueden ocasionar conductas violentas en sus hijos.
Agrupaciones e identidad
A medida que el niño crece e interactúa con su entorno social, desarrolla sus capacidades cognitivas y sociales, va asimilando experiencias en su relación con el medio que le rodea. De esa interacción adquiere los valores, creencias y conductas durante su propio proceso de aprendizaje.
Se ha encontrado que la influencia de los amigos delincuentes está relacionada con la violencia en los jóvenes (Thornberry, Huizinga, Loeber, en: Howell et al, 1995).
Muchos autores coinciden al señalar, que el fenómeno de las pandillas juveniles no es nuevo, sino que lo novedoso es la complejidad que adopta, cuya preocupación radica en que un problema urbano se convierte en redes de afiliación y violencia sistemática, ya que el abandono social y la falta de referentes de socialización terminan convirtiéndola en organizaciones transgresora de la Ley (Cruz, 2004, citado por Wielandt, 2005). La socialización de los jóvenes puede estar determinada por la construcción de una identidad forjada en las pandillas, las cuales se originan en espacios, barrios o comunidades de precariedad socioeconómica con violencia social y criminal como elemento de potenciación (Wielandt, op. cit.).
Wielandt (2005) considera que la aparición de pandillas se relaciona con la desconfianza institucional y la carencia de espacios de participación que orienta hacia la vida criminal, lo que equivale a decir que "… la fragmentación y la segregación social, así como la ruptura de la estructura familiar, son un caldo de cultivo para la generación de las pandillas e inserción de los jóvenes a ellas, ya que los miembros de pandillas son personas que no contaron con los recursos ni las atenciones sociales necesarias para que sus vidas se orientaran por las vías productivas y de desarrollo para ellos mismos y para su comunidad". Dentro de este enfoque, Wielandt destaca el escenario de la socialización a través de la cultura de la violencia, al señalar que "la participación de muchos jóvenes en la violencia criminal y el tráfico de drogas, está orientado por la intensa presión cultural de obtener ganancias económicas para satisfacer altos patrones de consumo". Por otra parte, menciona los bajos niveles de educación que llevan consigo mismo la escasa posibilidad de obtener empleo y oportunidades en general, lo que potencia aún más la violencia juvenil.
Otros expertos señalan a la cultura de la violencia como el modelo social predominante, cuyos únicos repertorios de respuestas son posibles a través de ciertos estilos de comportamiento, permisividad hacia las armas y el aprendizaje del uso de la violencia, siendo este el patrón de socialización de nuestros jóvenes. Asimismo, Wielandt alude que los procesos de exclusión, de abandono social de las comunidades y la carencia de servicios básicos de educación, de formación técnica y profesional, de empleo adecuado, de prestaciones y seguridad social contribuyen a crear subculturas, dada la misma fragmentación social. Esas subculturas se desenvuelven en función de las identidades que tienen un impacto en el control del espacio público, o la apropiación de un territorio. Todo esto asociado a los efectos del crecimiento urbano desordenado y en condiciones de profunda pobreza, que caracteriza a una gran mayoría de países en Latinoamérica.
En una investigación realizada por Brea y De Moya (1983) con una muestra de 287 jóvenes y adolescentes de 12-21 años de edad en República Dominicana, 137 institucionalizados por delitos y 150 de un grupo control (no institucionalizados), se describió el perfil de los jóvenes institucionalizados de la siguiente manera: tenían baja escolaridad, más frecuentemente desertores de la escuela a temprana edad, quienes tenían que trabajar, ya que sus familias no podían mantenerlos económicamente y cuyas aspiraciones eran más elevadas que las que sus propios recursos podían proporcionarles; poseían, además, baja autoestima y ligeramente peores relaciones familiares que la muestra control (no institucionalizada); además, se caracterizaron por el ausentismo de la figura paterna en el hogar. Dicha población se distinguía por su constante asistencia a fiestas, discotecas y barras como principal forma de diversión y recreación, a lo que hoy día generalmente se le llama "vacilar".
Por otro lado, Castillo, Godoy y Álvarez (2006) refieren que en Guatemala las actitudes agresivas de los miembros de pandillas se debe a la débil construcción de la autoestima e identidad y a la necesidad de pertenecer a grupos, y al mismo tiempo a las frustraciones por la falta de oportunidades (educativas, sociales, laborales, etc.), por lo que pertenecer a pandillas les llena un vacío existencial, que no es suplido ni por la familia ni por las políticas Estatales. En ese mismo sentido, Luís Barrios (2004) considera a las naciones como una forma de resistencia de los sectores oprimidos frente a las clases dominantes, lo que implica un proceso de desconstrucción, construcción y reconstrucción de una identidad colectiva.
Por otra parte, Santamaría (2006) apunta que "La pandilla ofrece sin duda un espacio potencial para la generación de capital social: genera un sentido de pertenencia, crea reglas o normas de convivencia que derivan en beneficios para el grupo y establece redes de solidaridad entre sus miembros. La pandilla (llámese mara, parche, barrio o banda) representa el lugar de socialización de cientos de jóvenes que han perdido los conectores "tradicionales" como la familia, la escuela o el espacio de trabajo".
José Miguel Cruz (2004, 2006) refiere que los jóvenes buscan en las pandillas "… un espacio de interacción y ejercicio de poder…"; de igual manera, buscan "lo que la sociedad, a través de su comunidad inmediata y la familia, ha sido incapaz de proveerles". Se penetra a las pandillas, porque éstas ofrecen apoyo en un contexto de exclusión, abandono e inseguridad; de ahí, la importancia de estudiar el capital social, sus exclusiones y factores microsociales de socialización y la construcción de la identidad en los jóvenes.
En investigaciones realizadas en República Dominicana por Miric (2008) y De Moya et al. (2008) con jóvenes de 15-24 años, miembros de naciones, gangas y pandillas de sectores marginados, se encontró ciertas características de origen familiar y un alto índice de deserción escolar, cuyas principales razones para pertenecer a esas organizaciones fueron las variables económicas (39%) y los problemas judiciales (16%); además de que los jóvenes invertían tiempo y recursos en prepararse en áreas en las que no suelen conseguir trabajo, y laboran en empleos de muy baja remuneración para lo que no están capacitados, mostrándose las propias deficiencias del sistema educativo y las pocas oportunidades de inserción laboral como algunos de los obstáculos que mayormente interfieren con la realización de las aspiraciones de prestigio y poder social de estos/as jóvenes en el contexto de las estructuras sociales establecidas y aceptadas, y quienes deciden involucrarse a la vida delictiva como una alternativa de subsistencia; y sobre todo de negación o inconformidad por ser entes marginados. No obstante, estos investigadores descubrieron el impacto positivo y "a favor de la vida" que produjo en esos mismos jóvenes, un programa piloto de animación sociocultural relacionado al VIH/SIDA que se ejecutó durante dos años consecutivos con muy buenos resultados, logrando transformar las actitudes agresivas de esos jóvenes en prosociales y procomunitarias, y que lamentablemente, por la falta de visión y de políticas de apoyo institucional, ese programa juvenil tan significativo fue eliminado.
En otro estudio, efectuado en 1998 por la Defensoría del Pueblo en Centros Juveniles del Perú (citado por Morales Córdova, 2004), se encontró que el 85% de los 467 adolescentes internos bajo cargos penales, provenían de condiciones socioeconómicas muy desfavorables y extrema pobreza, padecían de grandes deficiencias educativas, con baja o nula instrucción formal, índices de retrasos y significativa deserción escolar. Al mismo tiempo, el 62% procedían de familias incompletas (falta del padre) y con una desintegración familiar incapaz de garantizar los mecanismos de control; se caracterizaron por el alto consumo de drogas, una inadecuada y precoz sexualidad, poseían, además, dificultades para reconocer y respetar las normas y un bajo control emocional.
Los estudios arriba mencionados ponen al descubierto que las precarias condiciones socioeconómicas, generalmente acompañadas por un déficit educativo, familiar, sociocultural y cognitivo, emotivo-personal, pueden considerarse en todo su conjunto y multicausalidad como reales y potenciales factores de riesgo y de vulnerabilidad delictiva en los jóvenes.
Un investigador en Norteamérica, John Hagedorn (2006, citado por ASDI, 2007), al referirse a los factores que contribuyen a la globalización de las pandillas, señala, entre otros tantos: Al fenómeno de la urbanización desorganizada; a la retirada del Estado como consecuencia de políticas neoliberales y el recorte de políticas asistenciales que han fomentando una serie de vacíos ocupados por las pandillas delictivas que cuestionan el monopolio de la violencia del Estado; al fortalecimiento de identidades culturales alternativas que se ha convertido en un método de resistencia a la marginalización en los jóvenes; a la polarización económica y los crecientes grados de desigualdad y marginalización de esos sectores, para finalmente considerar a los flujos migratorios y minorías étnicas y de inmigrantes marginados y geográficamente segregados como factor importante en la aparición de las pandillas.
Contrario a lo que plantea la gran mayoría de estudiosos del tema de violencia y pandillas juveniles, Mauricio Rubio (2003, 2006) en sus estudios realizados en Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana, muestra en una población de 8,500 adolescentes de 13 a 19 años de edad, escolarizados y no escolarizados de diferentes estratos sociales que fueron encuestados entre el 2002 al 2005, que la falta de disciplina y autocontrol son los principales factores que inducen a iniciarse en dinámicas violentas y no la situación económica o la pobreza, y que el infringir normas y leyes producía una fuente de excitación y aventura en dichos jóvenes. Al respecto, Claudio Beato (2007) observó que más que la falta de autocontrol en los jóvenes, la aparición de las maras está determinada por la "falta de organización y control comunitario", señalando que la desorganización social propia de un crecimiento urbano descontrolado y acelerado es uno de los factores determinantes en la aparición de estas agrupaciones juveniles (Discusión efectuada en el Seminario Crimen y Violencia en el Istmo Centroamericano, celebrado por el BID en mayo del 2007).
El ingreso a pandillas es comúnmente asociado a la existencia de familias conflictivas, de poca supervisión de adultos, el haberse fugado de la casa, el no estar escolarizado, haber iniciado su actividad sexual precozmente, proceder de barrios con presencia de pandillas, carecer de oportunidades de trabajo y de movilización social y estar cercano a un grupo que ofrece "incentivos negativos", como drogas y alcohol (Thornberry, Huizinga & Loeber, 1995; Gore y Eckenrode, 1994; Buvinic y Morrison, 2000; Krieg; Dahlberg, Mercy, Zwi y Lozano, 2003; Castillo, 2004; Flacso-Solis Rivera, 2007; Banco Mundial, 2007). No obstante, es necesario resaltar, que de acuerdo a las cifras ofrecidas por los organismos internacionales, solamente cerca de un 5% de los jóvenes latinoamericanos pertenece a bandas o pandillas antisociales, cifras que estarían muy por debajo en relación a la población total y el porcentaje de jóvenes que viven en la extrema pobreza y marginalidad.
Estudios con jóvenes de Nicaragua y Costa Rica muestran algunas cualidades de los miembros de pandillas que pueden ser modificadas en beneficio de la colectividad, como su amor por el territorio, su capacidad para actuar organizadamente, su dedicación y disciplina para llevar a cabo tareas asignadas, su creatividad artística y su voluntad frente a la adversidad. Se ha comprobado que parte de las tareas pendientes con los jóvenes de pandillas, es reforzar el trabajo en la construcción de la identidad a partir de una visión de futuro, mejorar las condiciones de bienestar de la comunidad y aumentar los niveles de relaciones interpersonales, dado que éstos en última instancia, son causales de violencia. (Flacso- Solis Rivera, 2007)
Otros estudiosos del tema han reportado el rol que juega la pandilla, uno, para atemorizar hacia el exterior y otro de protección hacia lo interno. Por lo general, la pandilla ofrece a sus miembros protección y seguridad, tanto en lo material como en lo psicoemotivo, y precisamente, lo que la sociedad no les brinda en particular. Por ejemplo, Ranum (2006) en Guatemala encontró entre las principales motivaciones para entrar a las pandillas, a: Los problemas familiares (40%), seguido por lo que identifican como el "vacil" (33.8%); en un 7.7% por la influencia de los amigos, otro 4.6% dijo ingresar por necesidad de protección o de respeto; 1.5% por las dificultades económicas, mencionando el resto otras razones.
En cambio, Cruz y Portillo (1998) en El Salvador, señalan que alrededor de la mitad de los jóvenes que entrevistaron en su estudio se afiliaron a las pandillas por "vacilar", término que significa búsqueda de distracción o actividad impetuosa; el 10% por problemas familiares; 10.3% por la influencia de los amigos y el 9.3% por la falta de comprensión familiar [Citado por Santacruz, Concha-Eastman y Cruz (2001)].
Marco teórico conceptual y variables del estudio de campo
Se parte de un enfoque integral y sistémico de los factores biopsicosociales responsables del comportamiento humano (Cuadros No. 5 y 6) y se asume en esencia el enfoque de salud pública con algunas modificaciones, adoptándose el modelo ecológico y multifactorial de la violencia, definido por la OPS/OMS (1999 y 2003), que sugiere que la violencia es el resultado de la interacción recíproca y compleja de los factores individuales, familiares, de la socialización comunitaria, y de los factores sociales globales (socioeconómicos, culturales y ambientales). Este modelo, es a nuestro juicio, con sus limitaciones, el más útil para explicar la problemática de la violencia juvenil y para el diseño de políticas efectivas para contrarrestarla.
Gráfico No. 5 - Enfoque ecológico-integral y sistémico del comportamiento juvenil



Fuente: Banco Interamericano de Desarrollo, Buvinic y Morrison Editores (2000), Nota Técnica 3, con algunas adaptaciones propias.

Instrumento utilizado y determinación de variables
La encuesta se aplica individualmente mediante una entrevista o en forma autoaplicada por cada participante, marcando por escrito con una X en los casos de opciones con preguntas cerradas o respondiendo las preguntas abiertas. Se les leía previamente las instrucciones, aseguraba el anonimato y completa confidencialidad, motivándolos a responder con la mayor veracidad posible, ya que se trataba de un estudio científico. El tiempo de duración del llenado de la encuesta oscilaba entre 30 minutos y 1 hora.
El cuestionario fue sometido previamente a una validación de tres expertos (análisis de las preguntas y su relación con los objetivos) efectuándose una prueba piloto de 20 encuestas antes de su aplicación definitiva, lo que permitió readecuar algunos términos usados y reconsiderar algunos ítems de la encuesta original, tratando siempre de buscar claridad y sencillez en el lenguaje.
La encuesta consta de 101 preguntas, diseñadas a los fines del estudio con variables demográficas, socioeconómicas y educativas, familiares, personales (emotivo-cognitivo-vivenciales) y de socialización comunitaria.
Se consideró como variables demográficas-socioeconómicas y educativas: La edad, el género, el estado civil, la migración, el ingreso familiar o per cápita, la condición de la vivienda, la escolaridad y nivel educativo de los padres; la deserción escolar; la ocupación, la condición laboral, etc.
Entre las variables familiares: La conformación familiar, la dinámica de comunicación y manejo de conflictos; la violencia doméstica y el abuso sexual en la familia; los malos ejemplos, estilos de crianza familiar y patrones disciplinarios; las formas de castigo; la relación y percepción (opinión) entre los miembros, el modelo de preferencia familiar.
Como variables personales o individuales (emotivo-cognitivo-vivenciales) se consideró: La religión, ser víctima de abuso, el uso de drogas y alcohol, la emotividad (percepción de ser agresivo o violento, el gustarle y buscar conflictos, la percepción de su control personal y bajo nivel de tolerancia, etc.); la autoestima (sentirse valioso, volvería a ser igual si volviese a nacer y considerarse dichoso); las causas de reclusión y reincidencias; tolerancia, sentimiento de temor, de acorralamiento e inseguridad; el padecimiento de enfermedades, la visión de futuro y planes de vida a 10 años, y su personaje de imitación.
Y como variables socioculturales y de la socialización: Actividades más frecuentes en el barrio de crianza, el nivel de peligrosidad del barrio (pleitos, armas y drogas, gente violenta); el capital social (confianza en las instituciones), las formas culturales de solución de conflictos; el tener amigos de confianza, las actividades en tiempo libre, las afiliación a grupos y a pandillas (relación con los miembros y motivaciones para su pertenencia).
Procesamiento estadístico de los datos
El análisis de datos se realiza electrónicamente con el programa computarizado del SPSS, versión 15 en español. Se utilizó la prueba X2, el análisis de varianza para variables numéricas para analizar las relaciones entre las variables en los dos grupos estudiados; el análisis de regresión lineal para determinar la existencia y el peso de asociaciones entre las variables.
Proposiciones hipotéticas
I. Entre las variables sociodemográficas, socioeconómicas e individuales-personales que están más fuertemente asociadas a la comisión de delitos juveniles se encuentran: el género, el fracaso escolar, la deserción a temprana edad, el empleo de baja remuneración, el ser víctima de abuso, el usar drogas y alcohol, la baja autoestima y el bajo nivel de autocontrol emocional.
II. La conflictiva en la dinámica familiar (familias incompletas, la falta de comunicación y malas relaciones familiares; la violencia doméstica y el maltrato físico; los malos ejemplos, el estilo educativo o patrón disciplinario autoritario; la opinión familiar desfavorable) son predictores del desarrollo de la violencia y delitos en los jóvenes.
III. Los factores socioculturales y de socialización (el alto nivel de peligrosidad del barrio: los pleitos, armas y drogas y los patrones culturales violentos para la solución de conflictos; las afiliaciones a grupos de pandillas) constituyen un riesgo elevado en jóvenes y adolescentes para elegir el camino de la transgresión de la Ley.
IV. Factores combinados, entre ellos: el deterioro del capital social y desconfianza en las organizaciones barriales e institucionales; la sensación de frustración (acorralamiento) y baja autoestima que genera la exclusión social por la falta de oportunidades; la carencia de modelos familiares estables; la búsqueda de identidad y de protección inducen generalmente a jóvenes y adolescentes a afiliarse a pandillas y a enrolarse en actividades delictivas como medio de supervivencia personal y grupal.
Para analizar los factores asociados a la delincuencia y la violencia juvenil, es decir, la vulnerabilidad en adolescentes y jóvenes, se describen las diferencias encontradas entre los dos grupos de jóvenes seleccionados: "internos" por algún delito, y "comunitarios" que convivían con sus familiares, de acuerdo a cada una de las variables que fueron estudiadas. Para ello se utilizó la prueba Chi-cuadrada de Pearson (X2), el Análisis de Varianza para variables numéricas, y el Análisis de Regresión Lineal, corridos mediante el programa estadístico SPSS. A continuación se presentan los resultados por variables.
I. Variables socioeconómicas, demográficas e individuales-personales.
a. Variables socioeconómicas
El ingreso familiar y la condición de vivienda
En el análisis de varianza simple se encontró que no existían diferencias significativas entre los dos grupos respecto a la media del ingreso familiar, lo que en promedio rondó los RD$17,860 (pesos dominicanos) equivalente a US$496 (dólares) al momento de la encuesta; tampoco se diferenciaron en el ingreso per cápita, cuyo promedio de la media fue de RD$4,274 = US$119; de igual manera en el número de personas que habitaban en el hogar (nivel de hacinamiento), que en promedio fue de 5 personas. La mediana del ingreso familiar fue de RD$10,000 (US$278) para ambos grupos. La mediana del ingreso familiar percápita en el grupo de internos por delitos fue de RD$ 2,667 (US$74) y la del grupo comunitario de RD$2,500 (US$70), siendo un poco más bajo en los 5 sujetos que vivían en condiciones de calle y que estaban incluidos dentro del grupo de internos.

La condición de la vivienda
Aunque no se encontró diferencias significativas entre los dos grupos en relación a la condición de sus viviendas, los jóvenes de la comunidad tenían ligeramente mejores condiciones en su hábitat que los internos, tal como puede ser observado en el gráfico siguiente.

Escolaridad
Los dos grupos se diferenciaron significativamente según el nivel de escolaridad, X2 = 19.869, gl = 3, P < 0.001. El 39% de los jóvenes de la comunidad tenía un nivel de escolaridad técnico superior-universitario, versus los internos que habían alcanzado ese nivel superior en sólo un 4%;
Nivel de escolaridad alcanzado
Gráfico No. 10 - Nivel de escolaridad en los dos grupos
En relación a la escolaridad de los padres de los participantes, los grupos no se diferenciaron estadísticamente.
Asistencia y deserción escolar
Al momento de la encuesta, los jóvenes de la comunidad estudiaban en mayor proporción que los recluidos, encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos; solamente 7 (15%) de la comunidad no estaba estudiando versus 19 (39%) de los institucionalizados que no asistían a un centro de estudio, X2 = 7.233, gl = 1, P < 0.05. 
Gráfico No. 11 - Asistencia y deserción escolar en los dos grupos 
Ambos grupos se diferenciaron significativamente por que habían tenido algún problema que los alejó de la escuela (X2 = 6.139, gl = 1, P < 0.05). El 39% de los internos reportó tener problemas que los hizo desertar versus el 15% de los jóvenes de la comunidad que así lo afirmó. Los principales problemas señalados por los internos, fueron: Las dificultades o carencias económicas, la falta de padres o sus trastornos familiares; los pleitos con amigos o profesores, entre otros. Las causas de deserción escolar de los jóvenes de la comunidad fueron atribuidas a pleitos, a la necesidad de trabajar como consecuencia de sus carencias económicas; al estar solos en la casa y por padecer de alguna enfermedad.
La deserción escolar fue mucho menor en los jóvenes de la comunidad que en los internos, y el período crítico de deserción para ambos grupos osciló entre los 13 y 18 años de edad, es decir, durante la adolescencia.
Empleo estable
Los internos se dedicaron a trabajar con mayor frecuencia que los jóvenes de la comunidad (X2 = 6.64, gl = 1, P = 0.009), encontrándose diferencias estadísticamente significativas entre ambos grupos, y que estuvo acompañado de una alta inasistencia escolar en los internos. 
El trabajo que desempeñaban tanto los internos como los comunitarios era en el área de servicios y más bien de tipo informal, desde ser vendedores en los colmados, hasta realizar labores en peluquerías, sastrerías, el servicio militar y como operarios, entre otros. El 72% de la totalidad de la muestra había laborado temporalmente en empleos de la construcción, como "chiriperos", ebanistas, electricistas, lavador de vehículos, enfermeras, etc. Por lo general, reportaron recibir muy bajos salarios por desempeñar las funciones de trabajo.
b. Variables sociodemográficas
Sexo
A pesar de que se encontró diferencias significativas según la razón de la masculinidad (X2= 3.934, gl = 1, P < 0.05), el diseño del estudio pudo haber sesgado los resultados contra los varones (la proporción entre los institucionalizados fue 4:1; y la de los comunitarios 1.5:1). Por lo tanto, no se podría inferir que el género necesariamente predice en nuestro caso la delincuencia, ya que eso sería verdadero por el propio diseño muestral; no obstante, la proporcionalidad de géneros en la muestra de los institucionalizados no se hubiese podido igualar de ninguna manera, debido a la escasa población femenina existente en los centros de reclusión del país, que es apenas de un 3.5% de toda la población carcelaria.
Edad
La edad no fue motivo de diferenciación alguna entre los dos grupos, no encontrándose diferencias intergrupales según la edad (X2 = 6.464, gl = 4, P > 0.05). El 57% de la muestra general tenía entre 13 y 18 años y el 43% de 19 a 30 años, para una media de 19 años.
Al reagrupar en tres grupos de edades a la muestra, el 57% caen en el período de la adolescencia, el 30% pertenecía a la clasificación de jóvenes de temprana edad (19-24 años) y el 13% restante a jóvenes adultos. 
Estado civil
El estado civil fue una variable de diferenciación significativa entre los grupos (X2 = 6.485, gl =2, P < 0.05), los internos con una mayor frecuencia (24%) ya habían formado parejas, estando casados legalmente solo 2 de ellos y 10 vivían en condición de libre unión, a diferencia del estado civil de los jóvenes de la comunidad que en su gran mayoría eran solteros, en un 94%. 
Migración-urbanización
No se pudo analizar el factor migración como factor de riesgo, debido a que el 87% de la población encuestada era de origen urbano y sólo 13% provenían de la zona rural del país.
c. Variables individuales- cognitivo personales y actitudinales-vivenciales
Consumo de alcohol
En promedio, alrededor del 92% de la muestra reporta consumir alcohol y aunque no se encontró diferencias estadísticamente significativas entre los dos grupos, los internos fueron más proclives a consumirlo.
* Se reagrupan dos respuestas en una sola categoría (Si y más o menos)
Respecto a la frecuencia de consumo de alcohol se observa una mínima tendencia a la diferenciación de los grupos (X2=5.697, gl = 2, P = 0.058); el 31% de los institucionalizados bebían "muchas veces" o con mayor frecuencia versus solamente el 10% de los participantes de la comunidad que también lo hacía de esa manera.
Frecuencia del consumo de alcohol 

Consumo de drogas ilícitas
En la variable consumo de drogas se encontró diferencias estadísticamente significativas entre los dos grupos; los institucionalizados consumían drogas ilegales en mayor proporción que los comunitarios (45% versus 14%), (X2 = 10.767; gl. = 1; P = 0.001). 
Frecuencia: Preso o detenido
Las diferencias entre los dos grupos en cuanto al número de veces que estuvieron presos o detenidos fueron muy notables. Los institucionalizados estuvieron presos con mayor frecuencia que los comunitarios (en promedio 2.7 veces versus 0.9 veces respectivamente), (F = 5.034; gl. = 1, 78; P < 0.05). Más aun, se diferenciaron de acuerdo a las razones para estarlo. Tal como se observa en la tabla y el gráfico siguiente, el 57% de los internos señaló que estuvo preso por lo menos en una sola ocasión y el 43% restante se declaró como reincidente. En cambio, solamente 12 jóvenes del total de los encuestados de la comunidad dijo haber estado detenido o preso en alguna u otra ocasión y sólo 1 de ellos, más de 10 veces. 

Causas de prisión o detención
Al cuestionárseles las causas de su detención, se puso de manifiesto que de los 14 participantes de la comunidad que dijeron haber estado detenido o preso, casi la mitad (43%) lo estuvo por las famosas "redadas policiales" que muy frecuentemente se realizan en los barrios populares en forma indiscriminada y en franca violación a los Derechos Humanos del libre tránsito; otros 3 jóvenes de la comunidad (22%) estuvo detenido por motivos de drogas; y por motivos realmente delictivos (robo y atraco) apenas sólo 2 personas y los restantes por causas más triviales como conducir vehículos sin poseer licencia, reñir y tirar un tiro. En cambio, las causas primordiales de reclusión en los internos, fueron: el robo y atraco (35%), el homicidio (23%), y por lo que llamaron "incendio y estupideces" (15%), un 13% por violación sexual, un 10% por riñas, y por drogas 4%.
Se puede observar en el cuadro siguiente y el gráfico No. 15, que mientras los jóvenes comunitarios fueron recluidos por las famosas redadas policiales y por motivos de drogas, en los internos la causa principal de prisión fueron los robos, atracos y los homicidios.

Ser víctima de abuso sexual
Sólo una mínima parte de la totalidad de los encuestados dijo haber sido víctima de abusos sexuales, 3 de los internos y 4 de la comunidad, no encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos en ese aspecto.
Autoimagen
Los indicadores de autoestima fueron medidos a través de la percepción de "considerarse o no de mucho valor" y en base a la respuesta a la pregunta del supuesto de que si "naciera nuevamente volvería o no a ser igual a lo que era actualmente".
Como habría de suponerse, no se encontró diferenciación notable entre los grupos al preguntárseles directamente si se consideraban personas de mucho valor; en cambio, los institucionalizados respondieron en mayor proporción que los comunitarios en la segunda pregunta, que si nacieran de nuevo, "no volverían" a ser como son (53% versus 28%, respectivamente) (X2 = 10.465; gl. = 2; P = 0.005), mostrándose los internos con un mayor autorechazo hacia su persona o a lo que ellos representaban en ese momento, tal como se muestra en las tablas y el gráfico No. 16 siguiente. 


Controlar sus emociones y ser violento
Más del 65% de la totalidad de la muestra afirmó poder controlar sus emociones; apenas un 8% señaló que no poseía autocontrol emocional y un 27% respondió que más o menos tenía control de sus emociones, no encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos. En la percepción de "considerarse violento" tampoco se encontró notables diferencias, no obstante, que alrededor de la mitad de los internos consideró no ser violento versus casi la tercera cuarta parte de los comunitarios que sostuvo no serlo, tal como se puede observar en el cuadro siguiente.
Considerarse violento
*Se reagrupan dos respuestas en una sola categoría de Si (Si y más o menos)
Tampoco los grupos se diferenciaron al percibirse como "pocos tolerantes".
Sentirse acorralado
Este fue un factor de diferenciación importante, sintiéndose los institucionalizados personas más acorraladas en mayor proporción que los comunitarios (52% versus 16%, respectivamente) (X2 = 18.048; gl. = 2; P < 0.001), siendo ésta la variable que mejor hizo distinguir o diferenciar a los dos grupos.
* Reagrupado dos respuestas en una sola categoría Si (Si y más o menos)
Los grupos no se diferenciaron entre sí por "ser temerosos". Los principales temores reportados por los internos fueron a la muerte, a caer preso y a Dios. Los temores de los jóvenes de la comunidad se circunscribían a "no ser feliz" y a "la desintegración familiar", denotando abiertamente los orígenes de sus angustias y que identifica sus realidades y vivencias.
En ambos grupos dijeron preferir "no buscar conflictos", observándose que el 60% de la totalidad de la muestra reportó sentirse deprimido, aunque en ese sentido no hubo diferenciación significativa intergrupalmente.
Sociabilidad individualizada
Los dos grupos señalaron poseer amigos de confianza, pero se diferenciaron estadísticamente en cuanto a su capacidad de relacionarse con los demás (X2 = 7.875, gl =1, P < 0.05), teniendo los internos más bajo nivel de buena sociabilidad que los de la comunidad (58% versus 84% respectivamente). Esto se corrobora con la marcada actitud en los internos de preferir estar alejados de la gente, lo que también los hizo diferenciar significativamente del grupo de la comunidad (X2 =6.82, gl = 2, P < 0.05), observándose, que el 28% de los internos prefería alejarse siempre de la gente versus apenas el 8% de los participantes de la comunidad que reportó esas mismas preferencias.

Tiempo libre
Las principales actividades realizadas por los internos en el tiempo libre fueron: beber y festejar, las que prefieren más que los de la comunidad, aunque no se evidenció diferencias significativas entre ambos. Reportan los internos preferir ver televisión y visitar menos a los amigos, entre otras cosas, lo que de alguna manera refleja su estado actual de interno o de persona recluida.
Planes futuros
Entre los planes futuros de los internos figuran, mayormente: Trabajar, cambiar de vida y estudiar; en cambio, los participantes de la comunidad aspiraron a ser profesionales y asegurar un futuro mejor y más provechoso, pudiendo afirmarse que los internos tienden a ser más cortoplacistas que los de la comunidad, quienes miran el futuro más de largo plazo. 
Imagen de sí en 10 años
La visión del futuro para los próximos 10 años de los internos estuvo más enfocada en ser una persona diferente o renovada (34%), en formar una familia (18%) y en tener un negocio o trabajo propio (16%) mientras que los jóvenes y adolescentes de la comunidad se percibían en los próximos 10 años como profesionales realizados (30%), dueños de negocios o con un trabajo propio (26%) y en tercer lugar, tener una vida familiar (22%). 
II. Variables familiares
Estructura, relación y estilo educativo familiar
El 47% de la muestra total se crió solamente con la madre, jóvenes que provienen de una familia monoparental. Se observa que una mayor proporción de adolescentes y jóvenes de la comunidad se criaron con ambos padres y en menor frecuencia con otros familiares (tíos, abuelos, padrastros y hermanos); los dos grupos no se diferenciaron en cuanto a la estructura familiar, sino que mostraron mucha similitud.
Tampoco se evidenció diferencias significativas entre los dos grupos según el estilo educativo familiar, aunque los participantes de la comunidad dijeron tener familias más democráticas, menos autoritarias que la reportada por los internos. El 65% de la muestra general señaló que sus familias eran muy rigurosas, un 26% que eran democráticas y un 10% que ejercían muy poco control sobre ellos.

El manejo de los conflictos en la familia de los internos aparentemente fue un poco más desfavorable en comparación con los jóvenes de la comunidad, ya que conversan menos sus problemas (50% en los internos versus 38% en los de la comunidad); se golpean en mayor proporción (29%) versus 12% en los de la comunidad; no obstante, no se encontraron diferencias importantes entre los dos grupos (X2 = 8.239, gl =4, P > 0.05).
En los institucionalizados la relación estrecha y positiva con el padre y la madre fueron ligeramente más escasas que en los de la comunidad, aunque los dos grupos no se diferenciaron significativamente (en el caso del padre: X2 = 1.415, gl =2, P > 0.05) y en la relación con la madre (X2 = 1.539, gl =2, P > 0.05). Tampoco en ninguno de los dos grupos se mostró preferencia por tener otro tipo de familia.

*Diferencias significativas P < 0.05
Formas de castigo
El castigo más aplicado en la población encuestada fue el físico en un 55%, entre estos, castigos muy severos como golpizas, correazos, hincarse en el guayo, etc. En segundo lugar, el 30% señaló que lo castigaban con privaciones. Un 9% dijo no recibir castigo alguno. Se demostró que los familiares de los internos aplicaban más el castigo físico (63%) que en el grupo de la comunidad (48%).
Percepción de la opinión familiar sobre el encuestado
En la única variable familiar que se encontró diferencias significativas entre los dos grupos fue en la percepción que ellos tenían acerca de la opinión de su familia sobre su persona, siendo más negativa en los internos (25%) que en la del grupo de la comunidad (6%) (X2 = 10.096, gl = 2, P < 0.01).

III. Factores de la socialización
Existencia de discotecas, colmadones y prostíbulos en el barrio
Una mayor cantidad de internos (dos terceras partes) versus una tercera parte de los comunitarios consideró que habían muchas discotecas en los barrios donde habitaban, encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos al respecto (X2 = 8.486, gl = 1, P < 0.005). Reportaron igualmente los internos en una mayor proporción que los jóvenes de la comunidad, que en sus barrios tenían colmadones (colmados donde se consume bebidas alcohólicas) y prostíbulos.


Gente violenta en el barrio
Los internos dijeron cohabitar más en barrios con gente violenta que los de la comunidad, encontrándose diferencias significativas entre los grupos (X2 = 6.53, gl = 2, P < 0.05). 
Barrio inseguro
Los internos, en mayor cantidad, dijeron vivir en barrios inseguros, encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos (X2 = 7.699, gl = 2, P < 0.05). Sin embargo, los pleitos y riñas fueron frecuentes en sus barrios y muy comunes para ambos grupos (76% en los internos y 62% en los de la comunidad).
En general, un alto porcentaje de participantes de los dos grupos reportaron simultáneamente que en su barrio era fácil adquirir drogas y armas de fuego, solamente el 12% de la población encuestada señaló que no se usaba drogas en su barrio.

* Diferencias estadísticamente significativas a 0.05
+ Con reagrupación de respuestas "Si" y "Más o menos" en una sola categoría
IV. Factores combinados: individuales y de la socialización (capital social y afiliación a pandillas)
a. Sociabilidad y afiliaciones
La sociabilidad de los jóvenes de la comunidad fue mucho más favorable que la de los internos, encontrándose diferencias significativas entre ambos grupos de acuerdo a: Relacionarse bien con los demás (X2 = 7.875, gl = 1, P < 0.005) 84% versus 58%; y en preferir estar alejados de la gente (X2 = 6.826, gl = 2, P < 0.05), 34% versus 50% respectivamente. El 92% de los participantes de la comunidad tenía amigos de confianza y no estaba afiliado a pandillas, solamente un 20% de éstos pertenecía a pandillas versus el 47% de los institucionalizados que se había afiliado a pandillas.

+ Se reagrupó las respuestas "Si" y "Más o menos" en una sola categoría
* Diferenciación significativa a 0.05.
** Significación a 0.005
No se encontró diferencias significativas entre los grupos respecto a pertenecer a un partido político ni a un club deportivo, aunque al parecer, los internos tienden a participar más que los de la comunidad en clubes deportivos y mucho menos en los partidos políticos.
b. Capital social
La existencia de instituciones en los barrios
Los dos grupos en igual proporción reportaron que en sus barrios existían iglesias, escuelas, clubes deportivos y culturales, centros médicos, etc. no mostrándose diferencias en ese aspecto.
Confianza en las organizaciones
Tampoco los grupos se diferenciaron estadísticamente entre sí de acuerdo a la confianza que dijeron tener en las organizaciones barriales existentes; los internos afirmaron tener mayor confianza que los de la comunidad, pero al parecer, el 35% de la totalidad de los encuestados no comprendió bien la pregunta, ya que un alto porcentaje respondió con la opción "no saber", mostrándose mucho más indecisos los participantes de la comunidad (41%). 
Las organizaciones de mayor confianza en los dos grupos fueron las religiosas, seguidas de las Juntas de Vecino.
Organizaciones de menor confianza
Aunque, en general, alrededor de la mitad no contestaron la pregunta, los encuestados confían menos en los clubes, sindicatos y organizaciones barriales, y en algunos negocios como los colmados, lugares de apuestas y discotecas, y en tercer lugar, desconfían de los miembros de la Policía Nacional, hecho común en muchos países de Latinoamérica, debido a los abusos de poder que son cometidos y al nivel de corrupción que permea la institución del orden público (por sus bajos salarios, el estilo autoritario y represivo de su formación y desarrollo tradicional, etc.). No obstante, en este aspecto no se encontró diferencias significativas entre los dos grupos estudiados, lo que significa que la desconfianza y la falta de credibilidad institucional es un mal común para ambos grupos. 
Pertenecer a pandillas
Casi la mitad de los jóvenes institucionalizados pertenecían a pandillas juveniles (47%) versus el 20% de los comunitarios, encontrándose diferencias significativas entre los dos grupos (X2 = 7.876; gl. = 1; P = 0.005). 
Gráfico No. 23 - Pertenencia a pandillas en los dos grupos 
Del grupo de los internos, 21 jóvenes dijeron pertenecer a "los Ñetas", "Amor al Cuchillo", "los Patuces", "Amor de Hermano", "los Compa", "los 42", "Monitores de Bayona", entre otros más, y sólo 7 de los jóvenes de la comunidad señalaron que participaban en las pandillas "los 40", "los coritas de la K", "Mara Salvatrucha", "los Metálicos", "los Menores", "Blood", "los Kings".
Principales actividades de la pandilla de pertenencia 
La pregunta de cuáles eran las principales actividades de la pandilla de pertenencia fue respondida sólo por 9 participantes de la comunidad (18% del grupo), en cambio, la respondieron 23 de los internos (46% de dicho grupo). Los internos dijeron que se dedicaban a actividades de desórdenes ("buscar líos") y a drogas; en segundo lugar, a acciones de tipo delictivas; y paradójicamente 4 de los internos dijeron brindaban ayuda, que hacían el bien y evitaban los abusos; uno señaló no saber qué hacían, lo que resultaría interesante analizar con mayor detenimiento y profundidad esta percepción en los propios miembros de pandillas.
Los datos señalan que los jóvenes de la comunidad al parecer, están más conscientes del tipo de actividad desempeñada por su pandilla, entre las que mencionan las acciones delictivas en primer lugar, también buscar líos y el tráfico de drogas, los ritos y a todo lo que se presente.
Motivos para pertenecer a pandillas
El principal motivo de afiliación a una pandilla fue la propia pertenencia al grupo, o lo que mejor se podría denominar como el grupismo (cercanía al grupo, a sus normas y a los propios beneficios que representa para estos jóvenes). El 66% de los miembros de pandillas encuestados externó que ese fue su principal motivo para afiliarse, resaltando entre sus respuestas, el aprecio por las normas del grupo, el evitar la soledad y la búsqueda de protección. Tres jóvenes afiliados reportaron su inmadurez e ignorancia como motivo primordial; dos de los internos aducen el deseo de beber y robar, otros dos la supervivencia económica y dos jóvenes de la comunidad, la incomprensión familiar y la curiosidad.
Por otro lado, no se encontró diferencias importantes entre los grupos respecto a tener o no problemas con los miembros de la pandilla.
Razones de sentirse bien con la pandilla
Las razones más apreciadas de sentirse bien con las pandillas lo constituyó la unión, el espacio para compartir y sentirse comprendido en casi la dos tercera parte de los afiliados; señalaron también la protección y ayuda que dijeron recibir en estos grupos. 
Lo que más le gustó de las pandillas
Ambos grupos, en más de la mitad de los afiliados a pandillas les agradaba la unión de sus integrantes y las formas gregarias y de protección.
Menos le gustó de las pandillas
Lo que menos le gustó de las pandillas a los internos fueron los abusos y otros delitos que se cometían en estas. Los jóvenes de la comunidad afiliados mencionaron que todo le gustó; a algunos no les agradaba las normas, los castigos y leyes y el peligro que conllevaba verse envueltos en las periódicas trifulcas.
Personaje de imitación
Cerca del 29% reportó no tener predilección por imitar a algún personaje en particular; otros en cambio, prefirieron no contestar la pregunta. Algunos se identificaron con los padres, un artista o un político (con el Presidente de la República, mayormente). Un aspecto diferenciante de los dos grupos consistió en que los internos dijeron con mayor frecuencia imitar a otro familiar cercano (hermanos y tíos).

*: P<0.05; **: P<0.005; ***: P<0.01; ****P<0.001

Luego de comparar los resultados estadísticos, obtenidos mediante la aplicación de una encuesta sobre el comportamiento en dos grupos de jóvenes y adolescentes (uno, recluido por delitos y el otro en condiciones de libertad, "de la comunidad"), y pretendiendo analizar los factores de riesgo asociados a la delincuencia juvenil y la violencia, se procede a discutir los hallazgos encontrados a partir de las cuatro presunciones hipotéticas planteadas.
I. Los datos obtenidos en el presente estudio confirman parcialmente la primera hipótesis en cuanto relaciona algunas variables sociodemográficas, económicas e individuales-cognitivo-personales con la comisión de delitos en los jóvenes y adolescentes estudiados. Se partió de la presunción de que un conjunto extenso de variables, tales como el género, el hacinamiento, el fracaso escolar y la deserción a temprana edad, el desempleo y empleo de baja remuneración, el ser víctima de abuso, el uso y abuso de drogas y alcohol, la baja autoestima y el poco control emocional, tienen un valor predictivo para la delincuencia y la violencia interpersonal en los entrevistados, pudiendo definirse éstos como factores de riesgo.
Mediante el análisis univariado se verificaron notables diferencias entre los dos grupos en el nivel educativo (X2 = 19.869, gl = 3, P < 0.001), al encontrarse que los institucionalizados poseían un nivel de escolaridad inferior al de los jóvenes de la comunidad, y más del 60% no alcanzaban superar el nivel medio escolar, desertando desde muy temprana edad de la escuela en un 39%, entre cuyas razones señaladas por ellos mismos, se encuentran: la precariedad económica, "dejar de estudiar por tener que trabajar"; estos resultados concuerdan con los señalamientos del PNUD (2008) en torno a esta problemática tan frecuente en muchos países de América Latina, y sobre todo las altas cifras de repetición y deserción escolar en la República Dominicana, estimándose en un 70% a la condición socioeconómica desfavorable en los varones desertores como la principal causa de deserción. La expulsión forzada de la escuela, a nuestro parecer, crea en dichos jóvenes una sensación y especie de desesperanza (acorralamiento), cambia su actitud y visión del futuro, convencidos de que por las vías educativas tradicionales y la capacitación no podrán lograr sus propósitos de vida. La edad crítica para desertar rondó entre los 13 y 18 años, precisamente en la etapa crucial de la adolescencia, cuando se construye y fortalece la propia identidad.
Estos resultados coinciden en gran parte con los reportes de estudios realizados por Brea y De Moya (1983), Santacruz, Concha-Eastman y Cruz (2001); la Defensoría del Pueblo en Perú (citado por Morales Córdova, 2004), Wielandt (2005), Ranum (2006), Miric (2008) y De Moya et al. (2008). Estos resultados encontrados vienen a aportar nuevas evidencias.
Por otro lado, se encontró que los jóvenes institucionalizados tienden a formar pareja a más temprana edad que los de la comunidad (24% versus 6%), y muy probablemente tienen mayor necesidad de trabajar para suplir sus necesidades como nuevos jefes de hogares, lo que constituye un factor de diferenciación grupal (74% de los internos trabajaban versus 48% en los de la comunidad) (X2 = 6.64, gl=1, P =0.009). Estos hallazgos van en la misma dirección con lo encontrado por Ranum (2006), Cayo, Benabarre y García (2001) al respecto. Ha de suponerse, que los empleos a que acceden estos jóvenes, debido al bajo nivel educativo y de capacitación que poseen, son generalmente de baja calidad y poca remuneración, no pudiendo satisfacer sus necesidades ni tampoco sus expectativas de vida; y tal como señala la CEPAL (2008) en el caso dominicano en particular, un 35% de los jóvenes ocupados pertenecen al sector informal. No obstante, es preciso señalar, que en el análisis de regresión múltiple, las variables de educación y trabajo no mostraron asociación o el tener valor predictivo lo suficientemente fuerte para ser considerados desencadenantes de la conducta delictiva.
En cambio, en el análisis de regresión lineal multifactorial se mostró como únicas variables que se asociaron de manera significativa a la comisión de delitos, a la percepción de sentirse acorralado (P = 0.000); a cierto nivel de autorechazo (baja autoestima) "si volviera a nacer no sería igual" (P = 0.075). Y en tercer lugar, al hecho de consumir drogas (P = 0.098). En relación a las drogas, las estadísticas existentes confirman que el narcotráfico es un fenómeno creciente en el país, ya que el número de individuos sometidos por dichas actividades en los últimos 4 años se elevó en 600% (Datos de la DNCD, Clave Digital, 2009). Más penoso aún es la cantidad de menores de edad que se ha visto involucrada en el negocio de las drogas del 2001 al 2009, aumentando en 287% los menores detenidos y sometidos a la Justicia de Menores según los datos de la Policía Nacional durante esos años. Por igual se incrementa el consumo de drogas en los jóvenes y adolescentes, y los escasos estudios que realiza periódicamente el Consejo Nacional de Drogas (CND) lo pone en evidencia. La droga en República Dominicana, puede considerarse como uno de los principales catalizadores de violencia y delitos en jóvenes y menores de edad, lo que ha sido también corroborado por los estudios de Brea y Cabral (2009); Bobea, Polanco y el Newlink Political (2005), y en el ámbito internacional por Gore y Eckenrode (1994); Thornberry, Huizinga & Loeber (1995); la OPS/OMS (1999, 2003); Buvinic y Morrison (eds.) (2000); Krieg, Dahlberg Mercy, Zwi y Lozano (Ed) (2003); Morales (2004), Castillo (2004), Wielandt (2005), el Banco Mundial (2007), entre muchos otros grupos de investigadores. Sin embargo, no se puede afirmar que la droga (el narcotráfico y consumo) es la causa estructural del delito en sí misma, sino que es uno de los tantos componentes que forma parte del conjunto de factores que lo engendra, cuyas raíces primordiales son las propias condiciones socioeconómicas desfavorables, entre ellas: la exclusión social, la desigualdad de oportunidades y otras condiciones personales y sociales que se dan en el propio desarrollo evolutivo de los actores primordiales: Los jóvenes.
Es necesario señalar, que probablemente las dos primeras variables antes señaladas (sensación de acorralamiento y baja autoestima) podrían también ser consideradas más bien como "correlatos" del internamiento en un centro de reclusión o reeducación, que como un factor "predictor" del fenómeno delictivo en sí, por lo que se ha de requerir de otros estudios con mayor complejidad para dilucidar más claramente esta asociación.
Respecto al consumo de alcohol no pudo ser establecida su relación con el delito, ya que en ambos grupos de adolescentes y jóvenes se consumía en grandes proporciones, en promedio en más del 90% de los encuestados; pero se verificó una ligera tendencia a un consumo más frecuente (muchas veces) en los internos (30%), que en los comunitarios (10%).
En relación al género, es improcedente deducir, a partir de lo encontrado en el estudio, que este factor sea un predictor de delincuencia, debido al sesgo del propio diseño de la muestra; no obstante, es preciso reconocer la imposibilidad de igualar la proporción de hembras y varones en la población de institucionalizados, dado la escasa población femenina existente en los respectivos centros de reclusión a nivel nacional, aunque este mismo hecho podría ser un indicador de diferenciación de los géneros en cuanto al aspecto delictivo. Es bien conocido, que patrones educativos y culturales predominantes, transmitidos en sociedades como la nuestra, con alta tradición "machista", fomentan en la práctica cotidiana mayor permisividad de la agresividad en el varón desde muy temprana edad, lo que contribuye indudablemente a la diferenciación conductual de los géneros respecto a la violencia y la delincuencia.
II. La segunda hipótesis que plantea la variable familiar como factor de riesgo y fuente de violencia en los jóvenes y adolescentes que fueron estudiados, no pudo ser comprobada con los resultados encontrados. Los enfoques absolutistas, de "causa-efecto" de la "conflictiva familiar" sobre las conductas violentas de los jóvenes no logran comprender y explicar en definitiva la complejidad de este fenómeno, necesitando ser revisados a la luz de los nuevos tiempos y la visión de multicausalidad que esto implica. Tal como señalan Cayo, Benabarre y García (2001) la familia ha sufrido transformaciones en el tiempo, pasando de ser una estructura nuclear centralizada a una diversidad de formaciones muy heterogéneas, tales como las biparentales, monoparentales, las extendidas, reconstituidas, etc., y hasta se discute en torno a que la familia como tal ha ido perdiendo su rol protagónico de antaño con el advenimiento del capitalismo.
En el presente estudio se puso de manifiesto que alrededor del 50% de los dos grupos de jóvenes provenían de familias monoparentales, se criaron solamente con la madre, con quienes mantenían (83%) una relación muy estrecha y afectiva, y una mayor distancia hacia la figura paterna (con frecuente ausentismo del hogar). Se reporta un estilo educativo familiar predominantemente autocrático (65%), y sólo el 56% dijo que conversaban los problemas en la familia; A más de la mitad de los internos se les castigaba físicamente (63%) versus el 48% en los participantes de la comunidad, incluyendo castigos severos como golpizas, correazos, hincarse en el guayo, etc.; en menor porcentaje aplicaban métodos de simple privación, amonestación verbal, poniéndose al descubierto estilos educativos y disciplinarios que no corresponden a la época actual de la era del conocimiento y de postmodernidad. Estos hallazgos coinciden plenamente con los resultados de estudios anteriores en el país, realizados por Brea y de Moya (1983); De Moya et al. (2008) y por Miric, M. (2008).
En el único factor familiar donde se encontró diferencias notables entre los grupos (X2 = 10.096, gl=2, P< 0.01) fue en la percepción negativa que tuvieron los internos (25%) versus 6% de los de la comunidad, acerca de la opinión que decían ellos tener de su familia sobre su persona, lo que resulta obvio, debido a las dificultades y tensiones que percibían que les pudieran estar generando en el seno familiar. Ese punto, sin embargo, no añade nuevos elementos para la determinación del valor predictivo de la familia en la delincuencia y violencia juvenil, lo que ameritaría de otros estudios.
III. La tercera hipótesis, que enfatiza el papel de la socialización (peligrosidad del entorno social) como factor de riesgo para la conducta delictiva en jóvenes y adolescentes, fue aceptada, por cuanto se refiere al impacto del hábitat social (barrio, amigos y afiliaciones) en el comportamiento juvenil de los jóvenes del estudio.
Fue evidente que los internos tuvieron un nivel de sociabilidad mucho más desfavorable o poseían peores relaciones sociales, (buen nivel de relación en un 58% en los internos versus 84% en los comunitarios), (X2 = 7.875, gl=1 P< 0.005); y preferían mantenerse alejados de la gente (50% versus 34% en los de la comunidad), (X2 = 6.826, gl=2, P < 0.05); al mismo tiempo, señalaron vivir en barrios más inseguros (79% versus 60% en los comunitarios) (X2 = 7.698, gl=2, P < 0.05) y reportaron estar rodeados mayormente de gente violenta (41% versus 18% en los comunitarios), (X2 = 6.53, gl = 2, P < 0.05). Además, consideran los internos con mayor frecuencia (66% versus el 37% de los de la comunidad) que en sus barrios existen más discotecas (X2 = 8.486, gl = 1, P < 0.005). Estos hallazgos son corroborados por otros estudios realizados por Brea & de Moya en 1983, donde se puso de manifiesto el efecto de la socialización en los jóvenes recluidos en cárceles respecto al grupo control de comparación.
Por otro lado, los internos se integraron a pandillas juveniles en mayor proporción que los comunitarios (47 % versus 20% respectivamente) (X2 = 7.876; gl. = 1; P = 0.005), grupos que les sirven de referencia y modelo de identificación. Semejantes resultados fueron reportados por Thornberry, Huizinga y Loeber, en: Howell et al. (1995); Santacruz, Concha-Eastman y Cruz (2001); Barrios (2004); y, en nuestro país, por De Moya et al. (2008) y Miric (2008), entre muchos otros más.
IV. En relación a la cuarta hipótesis que analiza la combinación de factores que inducen a jóvenes y adolescentes a afiliarse a las pandillas y a enrolarse en actividades delictivas fue parcialmente confirmada, para lo cual se señaló: el deterioro del capital social y la desconfianza en las organizaciones barriales e institucionales; la baja autoestima generada presumiblemente por la exclusión social y la falta de oportunidades; la carencia de modelos familiares estables junto a la necesidad y búsqueda de identidad y de protección de parte de los jóvenes.
Partiendo de los resultados obtenidos en el presente estudio, no se pudo esclarecer ni confirmar la hipótesis en relación al deterioro del capital social y la violencia (grado desconfianza de esos jóvenes en las organizaciones comunitarias e institucionales). Existen indicios de que una gran parte de los encuestados (35%) se muestra muy ambigua al cuestionársele cuánto confiaban en las organizaciones, pudiendo deducirse de sus respuestas la incomprensión de esta pregunta. Este fenómeno debe ser estudiado más a fondo, ya que existen investigaciones que han mostrado claramente la estrecha asociación entre el deterioro del capital social y la violencia (por ejemplo, en las manifestaciones masivas y los linchamientos de delincuentes, donde se toma o ejecuta la Ley por cuenta propia ante la desconfianza existente en los organismos encargados de la seguridad y del orden público).
La parte de la cuarta hipótesis que se pudo confirmar a través de los resultados del estudio, bajo el enfoque de la combinación factorial del modelo propuesto, fue en lo referente a la asociación encontrada entre la percepción de acorralamiento, la baja autoestima, el ser excluido socialmente y la búsqueda de identidad o afiliación a grupos de referencia, demostrándose que los internos poseían una mayor sensación de acorralamiento o frustración personal, una autoestima mucho más baja (mayor autorechazo de su persona) en la comparación con los participantes de la comunidad, afirmando que si volvieran a nacer no serían de nuevo como eran en la actualidad: (53%) versus el 28% de los jóvenes de la comunidad (X2 = 10.465; gl. = 2; p = 0.005). Se demostró que los internos alcanzaron menor nivel de escolaridad, eran mayormente desertores escolares, se dedicaron más a trabajar que a estudiar y estaban más activamente afiliados a pandillas juveniles. Estos resultados coinciden con los estudios de Castillo, Godoy y Álvarez (2006) al relacionar la agresión en miembros de pandillas con la autoestima y la exclusión social: la débil construcción de la autoestima e identidad, las frustraciones personales por la falta de oportunidades (educativas, sociales, laborales, etc.) y sobre todo por la necesidad que se tiene de pertenecer a un grupo. Convergen muchos autores en el punto de vista, de que la afiliación de los jóvenes a pandillas les llena un vacío existencial, que no es suplido ni por la familia ni por programas estatales de políticas de protección social juvenil.
Finalmente, aunque en el análisis univariado se encontró que los internos, en la comparación con los jóvenes de la comunidad, estaban mayormente afiliados a pandillas, estuvieron privados de libertad mayor número de veces, tenían más baja autoestima, una alta deserción escolar, consumían drogas, tenían más bajo nivel de sociabilidad, mayor percepción de peligrosidad de un entorno violento y una elevada sensación de acorralamiento (frustración), sin embargo, al someter todas esas variables al análisis multivariado de regresión lineal, muchas de ellas ya consideradas factores de riesgo, no correlacionaron entre sí con la conducta delictiva juvenil, por lo que existe improbabilidad de que se pudiera comprobar el peso que tiene la gran mayoría de estos factores en dicha asociación.
No obstante, se puede concluir en base a los resultados obtenidos, describiendo una especie somera de perfil de los factores de riesgo que de alguna manera están asociados a la conducta delictiva y violenta en los jóvenes y adolescentes estudiados, describiéndolos como:
1. Varones, con pareja temprana, con exclusión social, con empleo informal y de bajo salario, desertor escolar y baja escolaridad, que se ve frustrado en sus expectativas consumistas en un sistema carente de políticas sociales adecuadas y coordinadas. Que consume frecuentemente alcohol, usa drogas, con baja autoestima y una percepción de acorralamiento persistente, y que asume estrategias de supervivencia como opción de vida ante la exclusión social. (Variables socioeconómicas e individuales).
2. Provienen de una estructura familiar frecuentemente monoparental, que aplica el castigo físico como "instrumento educativo", con una relación de psico-dependencia hacia la figura materna, lo que probablemente influya en el desarrollo y formación de su autovaloración personal (Variable familiar).
3. Con gran peligrosidad en su entorno psicosocial, con fuerte identificación subcultural hacia grupos emergentes (Variable de socialización).
4. Y que la combinación de múltiples factores de riesgo lo inducen a buscar en el grupo de referencia lo que la sociedad tradicional no le provee, un mecanismo de apoyo, protección, poder y "supervivencia".
Las variables de tipo individual (la percepción de acorralamiento, la autoestima y el consumo de drogas) mostraron tener mayor peso y una fuerte asociación como variables predictoras de la conducta delictiva.
1. Fomentar los diagnósticos participativos y las investigaciones de los factores de riesgo y de protección juvenil, para establecer las bases del diseño y la posterior aplicación de políticas y líneas de acción en el área de juventud, sobre todo focalizado hacia jóvenes excluidos socialmente.
2. Priorizar las acciones preventivas frente a las represivas; las políticas sociales de gran alcance frente a las políticas de "mano dura", de tal manera que se ataque en sus verdaderas raíces el problema de la delincuencia y la violencia juvenil; descartar, por ser violatorio de los derechos humanos, las políticas extrajudiciales de "limpiar las calles matando a los jóvenes delincuentes".
3. Se necesitan programas y políticas más eficaces que favorezcan mayores inversiones en educación, más oportunidades de empleo y bien remunerado para la población juvenil; crear nuevos espacios abiertos de sana recreación, deportes, salud integral, etc. Orquestar campañas preventivo-educativas, involucrando a los medios de comunicación en el proceso de educación para la paz y la no violencia; concienciar sobre los efectos perjudiciales del uso de drogas, etc., y crear novedosas estrategias para el control de drogas.
4. Fortalecer las instituciones juveniles naturales y el capital social y humano en las localidades (escuelas, centros juveniles y de recreación, organizaciones barriales, etc.).
5. Orquestar proyectos de apoyo dirigidos al núcleo familiar y a familias vulnerables, monoparentales, crear conciencia de los beneficios de nuevos modelos educativos menos punitivos.
6. Mayor seguimiento y apoyo a los programas de recuperación de víctimas y de reinserción social de victimarios, de adictos, de deportados, de niños que deambulan en las calles, etc.
7. Fomentar proyectos con grupos de jóvenes de pandillas, estimulando las dinámicas creativas y de participación e involucramiento comunitario que orienten hacia comportamientos prosociales y productivos.
www.PsicologiaCientifica.com