Fecha publicación: 15/abril/2010
Para citar este artículo:
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Babadilla Ramírez, L. D.
(2010, 15 de abril). Ciencia, cientificismo y psicología científica. Una evaluación crítica de la historia y epistemología en la construcción de la psicología como ciencia. Revista PsicologiaCientifica.com, 12(18).
Disponible en:
http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-446-1-ciencia-cientificismo-y-psicologia-cientifica-una-evaluacion.html
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RESUMEN
A través de un rápido y breve recorrido histórico, se analizan las diversas concepciones ideológicas que influyeron en la aparición de una psicología con pretensiones científicas, principalmente del papel que jugó el cientificismo y su imposición de criterios en la concepción de la psicología como ciencia, llegando a cambiar su objeto de estudio y alterar su rol como disciplina de lo humano. Se discuten, además, los conceptos de ciencia y psicología, y se revisan los escenarios histórico-sociales, tratando de hallar una explicación al giro conceptual que llevó a la gran crisis del siglo XX con el surgimiento de diversos conductismos, haciendo un balance de sus características como disciplina y de su papel en el desarrollo final de la psicología actual.
Palabras clave: Psicología científica, Objeto de la psicología, Conductismo, Ciencia de la conducta.
Introducción
El conocimiento científico fue un logro que tomó forma con el empeño por conocer el cosmos y la naturaleza. El triunfo de la física y la química, a finales del siglo XIX, sumados al impacto social de la teoría de la evolución, llevaron a establecer que las ciencias naturales eran el modelo definitivo del saber. El estudio de la propia ciencia, así concebida, presentó su modelo cognoscitivo como el mecanismo perfecto de la construcción del saber, y como un modelo para la edificación de una ciencia. Paralelamente surgió una corriente ideológica y una moda sociocultural, que delineó una especie de culto por la ciencia y lo científico, tanto como por su modelo cognoscitivo. Así, surge el "cientificismo" y se consolida al inicio el siglo XX, ejerciendo una implacable influencia en la constitución de las nuevas disciplinas científicas que, esta vez, ya no estaban interesadas en el mundo natural sino en las personas y sus sociedades. Lo que hace el cientificismo es pretender el estudio de los sujetos como si fueran objetos del mundo natural, en una imposición fanática de los preceptos cognoscitivos de las ciencias naturales.
En realidad, no existe una "ciencia", así en abstracto, lo que existe es una variedad de disciplinas científicas diferenciadas por su actividad sobre un escenario concreto de la realidad, mediante un enfoque correspondiente a su campo y su interés en él. Pero sólo tiene sentido si se la mira como la actividad concreta de ciertas personas, haciendo uso de su libre facultad de pensar, y que al hacer lo que hacen, generan lo que se llama ciencia. Es en el transcurso de la misma actividad científica que se van generando los criterios gnoseológicos, esto es, una ontología adecuada al campo de estudio, una epistemología apropiada a los hechos o fenómenos que intentan explicar, y una metodología y tecnología que faciliten sus descubrimientos. La ciencia es fundamentalmente una actividad libre, natural y elitista, propia de ciertas personas prodigiosas interesadas en descubrir los misterios de algún aspecto de la realidad, y son las características de esta realidad las que guían el afán descubridor, junto a su habilidad para cuestionarse, investigar y entender. La ciencia no es pues una doctrina de preceptos ideológicos que se pone al alcance de todos, y que deben seguirse rigurosamente como una fe, ni un club donde hay que respetar ciertas normas de conducta. Parafraseando a Einstein, la ciencia es una aventura del pensamiento. Pero hay una característica del cerebro y el pensamiento humano que, pese a ofrecernos grandes ventajas, puede también significar un gran obstáculo, y es que el comportamiento humano en general, tiende a guiarse de -y a preferir- patrones mentales que se estructuran automáticamente a partir de determinadas prácticas y concepciones. Por otro lado, la libertad de acción conlleva al caos, por lo que parecería preferible seguir una pauta comunitaria. Estas características llevadas al campo de lo científico, sumadas a otras condiciones sociales e históricas, produjeron lo que se conoce como "cientificismo", y afectó el desarrollo de la sociedad y, en especial, el de las ciencias humanas. La sociología pudo liberarse prontamente de esta pesada carga, gracias al aporte epistemológico de numerosos autores como Bourdieu, Rickert, Weber, Ricoeur, Schutz, Winch, etc. En contraste, la psicología padecía de una grave sequía en esta clase de producciones filosóficas orientadoras, y sucumbió en la vorágine de las sectas pseudocientíficas y, especialmente, en el cientificismo, que hizo gala incluso de su desapego y desprecio por la filosofía.
El cientificismo colocó a "la ciencia" como el valor supremo de la sociedad, prácticamente al mismo nivel de la religión. La ciencia era concebida como un cuerpo de preceptos lógicos y metodológicos que proporcionan el conocimiento verdadero, y como un cúmulo de conocimientos verdaderos que estaban al margen de toda discusión y duda. Junto a eso, se instauró una imagen de ciencia y del científico vinculada a experimentos de laboratorio. Una imagen que ya se esbozaba en novelas famosas como "Frankenstein", de Mary Shelley. A fines del siglo XIX, se dio el auge del empirismo y del positivismo. La ciencia, a la luz de estas nacientes concepciones dejó de ser una aventura del pensamiento audaz, una actividad esencialmente libre fundada en la observación, el razonamiento, la investigación y el descubrimiento, y se convirtió en el seguimiento de sus doctrinas y en la mera aplicación rutinaria de metodologías sobrevaluadas. Es decir, "la ciencia" se redujo a una guía práctica de construcción de saberes, mediante los dogmas del saber establecidos bajo las visiones del naturalismo, y a una imagen estereotipada que se mostraba a la sociedad mediante productos logrados "científicamente". Aquellos problemas que no podían ser manejados por este sistema de creencias, eran simplemente ignorados o rechazados abiertamente sin reparos. El científico pasó a ser el sumo sacerdote del saber y el superhéroe que salvaría al mundo con sus artes. Un papel que muchos aspiraban a jugar, más allá de cualquier otra consideración.
Este panorama viciado influyó directamente en la construcción de una nueva "psicología científica" a inicios ya del siglo XX, y que tomó un rumbo muy distinto de aquella fundada por Wundt en 1879. Ansiosos por ingresar al club de las ciencias, algunos autores no tuvieron reparo en reinventar la psicología sometiéndola a los preceptos del cientificismo. Primero se enfrentaron inexorablemente a la necesidad de abandonar el campo de estudio original de la psicología, la psique, dado que este no se prestaba a los alcances del "método científico". En su reemplazo propusieron no sólo un nuevo objeto sino uno ajeno, propio del estudio de animales: la conducta animal. Este objeto fue simplemente sustraído de la etología, para luego dar inicio a la descalificación del objeto original de la psicología, así como de la psicología que lo estudiaba; de inmediato se pregonó la condición científica alcanzada al fin por esta nueva forma de psicología: ¡una psicología sin psique! Este suceso paradójico e inusual en el que se le cambia el objeto de estudio a una disciplina, y aún se pretende seguir llamándola igual, se complementa con el hecho histórico de que la fundación del laboratorio de Wundt en Leipzig, sigue marcando el punto de inicio oficial de la psicología científica. Hay que rescatar el hecho de que el propósito de Wundt y su laboratorio fue el estudio científico de la mente, desligando así a la psicología de la filosofía para hacerla una disciplina independiente. Estamos pues ante una circunstancia histórica paradójica y frente a dos hechos antagónicos que algunos trataron de conciliar inútilmente, pero que es necesario esclarecer. Conviene agregar que el cientificismo psicológico originó la fractura histórica de la psicología y la gran dispersión teórica provocada por el desembalse caótico de numerosas propuestas, surgidas en el afán de llenar aquel enorme vacío dejado por esa autodenominada "psicología científica", pues casi todos los fenómenos humanos quedaron en el aire. Además de esta abigarrada colección de propuestas que se refugiaron bajo el toldo del humanismo, hubo una variada respuesta desde diversas disciplinas para impugnar las creencias y pretensiones del cientificismo psicológico. Nos parece que resulta necesario analizar, una vez más, estos acontecimientos históricos, aunque con distintas y mayores perspectivas ganadas al cabo de casi un siglo de distancia, recorrido y discusión, en un momento en que aquellas históricas tensiones al interior de la psicología parecen haberse relajado, y cuando el cientificismo psicológico parece reducido a una más modesta expresión de la psicología.
Origen del cientificismo La ciencia, a secas, no es más que un concepto que alude al producto del pensamiento humano orientado al conocimiento de diversos aspectos de la realidad, como resultado del pensamiento reflexivo, y de ciertas prácticas orientadas a la verificación del conocimiento, e incluso a toda esta actividad. En el otro lado, el cientificismo, en cambio, es una doctrina referida al conocimiento científico y al ejercicio de la labor científica, y una comunidad que utiliza esta doctrina como fundamento de sus prédicas y prácticas. Como toda ideología, el cientificismo está revestido de dogmas y creencias que son veneradas y exigidas por quienes ostentan la imagen de la ciencia, en virtud de ciertas funciones sociales. Adicionalmente, hay un agregado de intereses que estas comunidades defienden y, para lo cual, apelan a la sacralización de lo científico, convirtiendo el ejercicio de la ciencia en una especie de religión laica, con sus dogmas, credos y rituales.
El estudio histórico de la ciencia nos revela que esta tuvo sus inicios en el pensamiento religioso del Medioevo, aproximadamente en los siglos XII y XIII. Allí surgieron las primeras nociones del saber científico, edificadas sobre la imagen fundamental de la creación divina, de un Universo que marchaba en un orden perfecto debido al acatamiento de la voluntad de Dios, quien regía el Cosmos mediante sus leyes. La ciencia no era más que el descubrimiento de estas leyes con que Dios había echado a andar el mecanismo glorioso del Universo. Y fue así que, mientras la religión predicaba que ni una sola hoja de un árbol se mueve si no es por la voluntad de Dios, la ciencia afirmaba por su parte que todos los eventos se daban por causas determinadas y leyes que podían establecerse con exactitud. Tenía que ser así. Era una lógica que se desprendía naturalmente de la otra. Nadie puso su mente en blanco para empezar a hacer ciencia, sino que se la edificó sobre las concepciones prevalecientes, en una suerte de continuidad feliz. En este ambiente tuvo lugar el desarrollo de las ciencias físicas y naturales que deslumbraron a la humanidad, al punto que hasta la filosofía se interesó por este tipo de saber, estableciendo algunas pautas espistémicas que distinguían a estas formas de conocimiento. Y fue a partir de estas nociones generales del saber, fundadas sobre la práctica de las ciencias físicas y naturales, que el cientificismo edificó su doctrina con el anhelo de establecer un sólo formato de ciencia, único y aplicable a cualquier disciplina, una especie de ciencia estandarizada y universal. Un anhelo que no se podría cumplir sin pasar por el desprecio de la metafísica, por lo que se procedió al análisis meticuloso del lenguaje en busca de las sombras que oscurecían el conocimiento científico.
Aunque el camino de la ciencia se haya iniciado en el conocimiento del cosmos y de la naturaleza, esto no implica que tales esquemas lógicos y metodológicos sean los únicos válidos para conocer, pues esto va a depender -en última instancia- del escenario que se aborda y no de ideologías referidas al conocimiento científico. Esto significa que los preceptos cognoscitivos dependen del objeto del conocimiento y no al revés. De hecho, el metodologismo cientificista no ha bastado para conocer ninguna realidad a plenitud, tan sólo han acumulado montañas de datos aislados. La pretensión de construir una ciencia "perfectamente científica", partiendo de la adopción de acrisoladas estructuras lógicas y epistemológicas que orienten el pensamiento hacia la autopista del saber, previamente asfaltada por el método, ha sido la ilusión más cara del cientificismo. Un simple análisis de la historia nos revela que ciencias duras como la química no se estructuraron acogiéndose a un cuerpo de principios cognoscitivos supuestamente perfectos. Todo lo contrario, evolucionaron a partir de actividades relacionadas con la superstición, como la alquimia, en busca de la piedra filosofal y el elixir de la vida. A la física le tomó siglos -y hasta milenios- contar con los instrumentos apropiados para distinguir la luz y el movimiento de los astros y corregir sus errores de perspectiva. Luego ambos llegarían a descubrir la estructura del átomo y organizarían a todos los elementos en una tabla periódica, pero fue a base de intentos fallidos y de intensos debates, y hasta de mucha suerte. También la biología se inició con teorías vagas como el vitalismo y la generación espontánea, para luego progresar lentamente hacia explicaciones más exactas, aun cuando no se contara con todas las pruebas de la aparición de la vida y de la evolución. Esta es la forma real, racional y natural como ha progresado el pensamiento humano y como se lograron los conocimientos científicos, y no respetando una doctrina metodológica. Desafortunadamente para la humanidad apareció el cientificismo y convirtió a la ciencia en un compendio de fórmulas de pensamiento que debían acatarse escrupulosamente, con ciertos dogmas como objetividad, empirismo y leyes universales que debían descubrirse en las regularidades percibidas por los hombres, o que eran establecidas mediante algún procedimiento matemático e instrumental. Para el cientificismo se había descubierto ya la fórmula del saber verdadero, y no había que hacer más que seguirla paso a paso, fielmente. Toda otra forma de conocer era inválida y despreciable. Así, el cientificismo se erigió como celoso guardián de las disciplinas que aspiraban al estatus de ciencia, imponiéndole sus dogmas y modelos extraídos de la física y las ciencias naturales.
Fue Auguste Comte (1798-1857) quien proclamó a la ciencia como una nueva religión laica que sería la respuesta a todos los males de la humanidad. Ese fue el inicio de lo que más tarde sería el cientificismo como ideología social y, ciertamente, como religión laica. La fe en un Ser Supremo fue complementada con la fe en un método supremo. Contrariamente a lo que ocurre en un escenario científico real, donde la actividad se desarrolla a partir del libre pensamiento, el atrevimiento teórico y la discusión de los hallazgos, la actividad del cientificismo se redujo a una búsqueda ritualista y hasta obsesiva de leyes y causas en el escenario de la vida humana. Auguste Comte propuso a la Sociología como la encargada de descubrir las leyes de la sociedad. Karl Marx anunció las leyes que rigen la historia; Freud, las leyes de la personalidad; Pavlov y Skinner, anunciarían las leyes de la conducta; uno, desde conexiones nerviosas y, el otro, desde causas en el ambiente. Así, una larga colección de leyes empezó a definir "científicamente" el mundo de los seres humanos, visto como una prolongación natural de aquel Universo perfecto gobernado por Dios. El sueño utópico del cientificismo era describir completamente el escenario de la realidad humana mediante leyes científicas. Había en el fondo un cándido deseo de emular la exactitud de las ciencias físicas. Al cabo de un tiempo de fervor, la autoridad y el poder de estas ciencias empezaron a difuminarse rápidamente como un perfume barato, y surgió una especie de sospecha y desilusión en la gente ante esta clase de ciencias cuya sabiduría parecía encerrar un grave problema frente a la realidad. Sumergido en sus concepciones propias de la física, el cientificismo nunca alcanzó a comprender la gran diferencia existente entre un mundo natural, regido por leyes universales y propiedades estables de la materia, y un mundo humano regido por gustos, ideas, creencias e intereses, con sujetos diversos que se transforman con cada experiencia, tanto propia como de su mundo cultural, en medio del azar de una existencia social. El fracaso del cientificismo en el escenario humano fue total, tanto en lo político-económico como en lo científico-social. Como consecuencia de esto surgió un nuevo fenómeno sociocultural, que sería bautizado luego por la sociología como "posmodernismo", caracterizado por un profundo sentimiento de sospecha, malestar y rechazo hacia los esquemas adoptados bajo el influjo cientificista. Aquel mundo perfecto, definido por leyes científicas de causa-efecto, se vino abajo sin remedio antes de finalizar del siglo XX.
El cientificismo psicológico empezó a manifestarse con el ataque de algunos autores hacia la psicología como disciplina, partiendo de ciertos prejuicios y de algunos descubrimientos iniciales bastante específicos y hasta simples, pero sobrevalorados al extremo. Desde luego, la psicología era todavía una disciplina en formación, y estaba en busca de sus fundamentos epistémicos y metodológicos. Aún se hallaba muy rezagada de las demás por la misma naturaleza compleja de su campo, y también por la inexistencia de conocimientos científicos vinculados a los fenómenos propios de su interés. Con todo, no había porqué apurarla. Las ciencias han tardado siglos y hasta milenios en desarrollarse, y el campo del que se ocupa la psicología es el fenómeno más complejo del Universo. Recién se iniciaba el andar de la ciencia en los escenarios de la vida humana. Por entonces se ignoraba prácticamente todo acerca del cerebro, y apenas comenzaba su estudio. Paradójicamente la tarea de demolición de la psicología empezó desde este frente con Pavlov (1900), quien a partir del descubrimiento de asociaciones nerviosas entre ciertos estímulos y la salivación de los perros, expresó su convicción de que la conducta del hombre -como la de cualquier otro animal- podía explicarse mediante simples asociaciones nerviosas. Pavlov llegó a negar la necesidad de recurrir a explicaciones psicológicas, hasta les prohibió a sus colaboradores el empleo de expresiones tales como "el perro recordó", "el ardiente deseo de comer" (Vigotsky, 1930). La fisiología intentó reemplazar a la psicología bajo la convicción de que lo psíquico podía explicarse por lo fisiológico. Este fue el primer golpe de la ciencia naturalista a la psicología y el inicio de su tarea demoledora. Luego sería el turno de Skinner y su condicionamiento operante.
La aniquilación de la psicología tuvo dos frentes: por un lado se desprestigió a su objeto de estudio más emblemático, afirmando que la mente era una mera superstición, un rezago del espiritualismo, una manera de hablar de la gente, algo que estaba en una dimensión no física, y muchas otras cosas que configuraban más una barahúnda antes que una posición científica y filosófica sólida; y segundo, se propuso a "la conducta observada" como un nuevo objeto de estudio, ya que, además de ser observable podía cuantificarse, en consecuencia se prestaba perfectamente a los alcances del "método científico". En seguida, la experimentación con animales se convirtió en la ocupación favorita del cientificismo psicológico, extrapolando sin reservas sus hallazgos a los seres humanos. De este modo, la "objetividad", entendida como el estudio de algo exterior y ajeno al sujeto, y el "empirismo", que acogió a la experimentación como la única fuente del conocimiento, fueron los pilares de esta novedosa "psicología científica" que acabó convirtiendo a la mente en la bestia negra que había que combatir. En buena cuenta, era una antipsicología.
El verdadero fundador del cientificismo psicológico fue Watson (1913), y quien aplicó el golpe más artero a la psicología, proponiendo que esta se convierta en una suerte de física de movimientos humanos, e imponiéndole las condiciones para ser una ciencia de tipo naturalista. Básicamente debía ser una copia fiel de la física, adoptar sus preceptos y abandonar definitivamente el tema de los fenómenos psíquicos, habida cuenta de que su estudio era imposible mediante el "método científico". En otras palabras, Watson hizo claudicar a la psicología para someterla a los cánones del cientificismo. Desde este punto, al extremo de negar la mente, sólo hubo un paso que muchos no tardaron en dar, aunque siempre con muchas vacilaciones. En verdad nadie tuvo el valor de negar la mente de manera firme; tan sólo se cubrieron con una serie de vacilaciones y reticencias confusas. Lo concreto fue que cierto sector de la psicología americana prefirió adoptar el modelo de la física para disfrazarse rápidamente de ciencia, aunque eso significara dejar de lado siglos de tradición filosófica sólo para convertirse en una tecnología de la conducta, y en una antítesis de la ciencia fundada por Wundt. Si con Pavlov la fisiología había intentado engullirse a la psicología, esta vez la física le dio un mordisco gracias al planteamiento de Watson. Sin embargo, Watson no estuvo solo. El cientificismo era un fenómeno social y estaba extendido. Por esos días también J. R. Kantor, planteó sus propias tesis fisicalistas, aunque permanecería ignorado hasta fines de los 70, cuando fue descubierto y exhibido como una novedad y un "avance" del conductismo.
A diferencia de la fundación del laboratorio experimental de Wundt, un hecho científico que marcó el nacimiento de la psicología como ciencia, la aparición de la llamada "psicología científica" no se debió a ningún hecho científico sino a un simple acontecimiento académico y social, que llegaría a ser histórico por sus efectos: el manifiesto cientificista de Watson:
"
La psicología, tal como los conductistas la consideran, es una rama puramente experimental de la ciencia natural. Su meta teórica es la predicción y control del comportamiento. La introspección no forma parte esencial de sus métodos, ni el valor científico de sus datos depende de la prontitud con que se prestan a interpretación en términos de conocimiento. El conductista, en sus esfuerzos por establecer un esquema unitario de respuesta animal, no reconoce ninguna diferencia entre el hombre y el animal" (Watson, 1913, p. 158).
Si para muchos esta posición parecía extravagante, tuvo sin embargo una curiosa y casi inmediata aceptación. En su análisis de la psicología del siglo XX, Kurt Danziger explica esta coyuntura:
"
El argumento de Watson era irresistible: dos años después fue elegido presidente de la American Psychological Association. La razón de que su mensaje encontrara una resonancia masiva e inmediata era que la mayoría de los psicólogos americanos ya aceptaban la premisa de que el negocio de su disciplina era producir datos para ser utilizados "de manera práctica" por educadores, hombres de negocios y así sucesivamente, y de producirlos rápidamente. Dada esta premisa, la prescripción de Watson, despojada de unas cuantas exageraciones polémicas, estaba, obviamente, en la línea correcta" (Danziger, 1979, p. 48).
Se trataba de un planteamiento que rompía abiertamente con la tradición filosófica, sobreponiendo una propuesta efectista y simple a una preocupación milenaria. Además de esto, Watson adornó su tesis con una serie de exageraciones extravagantes respecto del poder que tendría esta ciencia, en lo que significó el inicio de una típica retórica social exagerada y sostenida, que marcó el estilo del cientificismo psicológico, y que contribuyó a la fama de algunos personajes, especialmente de Skinner, debido a sus delirantes propuestas de control social y moldeamiento cultural. En su prolija historia crítica de la psicología, Daniel M. Robinson incluye la siguiente observación en relación a este extraño acontecimiento:
"
… Ahora bien, lo que había ocurrido era la adopción de una posición metafísica no sobre la naturaleza de la 'verdad' sino sobre la naturaleza de la 'psicología'. Se tomó la decisión de que la psicología no era más que una cierta clase de método, un método 'experimental', y que sólo aquellas partidas tratables mediante este método constituirían la materia sobre la que versaría" (Robinson, 1982, p. 324).
Añade, también, que este planteamiento había dejado incrédulos a muchos, perplejos a otros, y que no faltaban quienes aun estaban riéndose de ella. Se trataba a todas luces de una "ciencia" que se constituía no alrededor de un objeto bien definido de estudio sino alrededor de unas concepciones del quehacer científico, preocupada no por las explicaciones de los fenómenos de su interés, sino por la eficacia de sus técnicas y su comercialización. A diferencia de las demás, no era una ciencia que se erigía alrededor de algún misterio por resolver sino alrededor de una propuesta de trabajo. El manifiesto de Watson no bosquejaba una teoría científica, sino más bien una especie de canon para un nuevo club de practicantes y creyentes en el valor supremo del método.
La verdadera gran estrella del conductismo (la "psicología científica" para el cientificismo),
sería Skinner, quien después de estudiar algunas ratas y palomas en experimentos muy concretos y simples, estableció que toda conducta, incluida la del hombre, podía explicarse como meras acciones reactivas al ambiente, reforzadas por sus contingencias, y postuló que las causas de la conducta no le pertenecían al organismo sino al ambiente. De esta curiosa manera, el foco de atención salió del animal y se dirigió al ambiente. Era una psicología sin psique y sin organismo, ya que no se requerían explicaciones fisiológicas ni biológicas, ni ninguna conexión con ellas. Esta "psicología científica" resultó ser singularmente distinta y opuesta a cualquier otra clase de ciencia, pues Skinner no tuvo ningún reparo en declarar -con su típica altivez- que no estaba interesado en desarrollar grandiosas teorías, ni en proporcionar explicaciones satisfactorias, ni en establecer enlaces entre la psicología y las demás ciencias, ni mucho menos en desenterrar mecanismos para llegar a la mente. No. Nada de eso. Todas ellas serían empresas fracasadas. En vez de eso, Skinner proponía una "ciencia descriptiva del comportamiento" que fuera útil para la predicción y el control de las acciones de los organismos, cualquiera que ellos fueran, desde una rata a un niño.
"Por lo que respecta al método científico, el sistema establecido en el capítulo precedente puede caracterizarse de la siguiente manera: es positivista. Se limita a la descripción en lugar de la explicación. Sus conceptos se definen en términos de observaciones inmediatas, y no se les confiere propiedades fisiológicas o locales. Un reflejo no es un arco, un impulso no es el estado de un organismo, la extinción no es el agotamiento de sustancias ni de estados fisiológicos" (Skinner, 1939, p. 35).
En última instancia, esta "psicología científica" se redujo a una mera técnica utilitaria que abandonó el reto de dar explicaciones del comportamiento humano y de los fenómenos propios del hombre. Ninguna ciencia ha tenido el desplante de imponer sus propias condiciones normativas y luego presentarse como "ciencia". Y en añadidura, ninguna ciencia ha cosechado tantos y tan variados y severos críticos. Nada se convierte en ciencia tan sólo por copiar un método y un credo positivista. ¿Era sostenible una "ciencia de la conducta" que abandona el reto de dar explicaciones, y se funda en la búsqueda de condiciones en el ambiente, como fundamento del análisis conductual de un organismo, teniendo como única meta el control de la conducta, y asumiendo la ignorancia de los eventos internos así como la incomunicación con otras disciplinas, como condición de su técnica?
Podríamos asegurar que, ya para los años 70, Skinner era consciente de las tremendas limitaciones y contradicciones de su ciencia, pero nunca dio su brazo a torcer. Al contrario, perseveró confiado en que no había otra manera de lograr el control, que era según él la meta final de toda ciencia, exhibiendo de este modo su confusión entre ciencia y tecnología (una confusión muy común en el cientificismo). Ante la incontenible ola de cuestionamientos y rechazos que provocó esta "ciencia de la conducta", Skinner se sintió obligado a escribir en defensa de sus concepciones. Primero fue "Más allá de la libertad y de la dignidad", donde presentó su tecnología como una herramienta para diseñar culturas, nada menos. Estaba convencido de que la misma técnica con la que amaestraba a una rata, podría ser usada en el moldeamiento de toda una cultura. De este modo se lograría el mundo feliz anhelado por el cientificismo desde los días de Comte. Aunque presentaba esto como la posibilidad de hacer una sociedad más humana, no indicaba quiénes serían los arquitectos del nuevo diseño social ni sobre qué criterios; por el contrario, ya había renegado de los criterios éticos de la sociedad. Tan sólo trató de responder a los humanistas, presentándose a sí mismo como el más humanista de todos. Poco después escribió "Sobre el conductismo", donde reitera su visión mecánica del mundo pero tratando de abordar aquellas cuestiones que le eran más criticadas. Se trata de un libro atormentado por contradicciones, y empieza justo con una reflexión sin sentido: "El conductismo no es la ciencia del comportamiento humano. Es la filosofía de esa ciencia. Estas son algunas de las preguntas que se plantea: ¿Es realmente posible tal ciencia?" (Skinner, 1974). Se planteaba esta pregunta treinta años después de haber publicado "Ciencia y conducta humana". A decir verdad, las contradicciones son parte consustancial del pensamiento de Skinner. Y esto era inevitable por cuanto la mecánica fisicalista de su técnica descansaba en una posición incómoda: el refuerzo le pertenecía al organismo. Así que, pese a su modelo físico del tipo causa-efecto y a su obsesión por dedicarle al ambiente la responsabilidad total de la conducta, le resultaba imposible desprenderse de la embarazosa referencia al organismo como el poseedor del refuerzo, y a este como algo vinculado a distintas clases de expectativas del propio organismo.
Lo que no se le puede negar a Skinner es osadía. Si antes propuso su técnica como mecanismo para diseñar culturas, ahora presentaba su técnica como una filosofía. Sin embargo, más adelante persevera discordantemente en su concepción original de que el conductismo "se liberó" para trabajar sin disquisiciones filosóficas. Si bien parecía intentar responder a los cuestionamientos, al final no se atrevió a aclarar ninguna de las críticas; todo lo contrario: este libro es una joya de la contradicción y de la ambigüedad mediante juegos de palabras. Dice por ejemplo: "El conductismo radical… tiene en consideración los hechos que se dan en el mundo privado dentro de la piel. No denomina inobservables a estos hechos, y no los desecha por subjetivos. Simplemente cuestiona la naturaleza del objeto observado y la confiabilidad de las observaciones" (Ibíd.). Pero una de las observaciones básicas de su modelo es que existe un refuerzo de la conducta, lo cual es una condición interna del organismo. Se recubre además con una serie de afirmaciones temerarias sin sustento alguno. Asegura, por ejemplo, que lo que se observa en la introspección no es la mente sino el propio cuerpo del observador. Su disquisición lleva un rumbo errático desde que se ocupa meramente de lo que hace una persona; cuando ese no es el interés de la psicología, y mucho menos de ninguna filosofía. Finalmente, no responde una sola de las críticas, sólo propone crear una "filosofía de la conducta". Pero esto ya era demasiado.
El hecho es que la estrella de Skinner se fue apagando a lo largo de los 80, cuando las limitaciones de su modelo llevaron a los conductistas a buscarle un reemplazo. Ya antes habían surgido los "cognitivo-conductuales", una especie de híbrido ecléctico que criticó a Skinner por su dogmatismo, al permanecer anclado en un antimentalismo intransigente. A despecho de los planteamientos de Skinner, aparecieron diversos conductistas que crearon sus propios modelos teóricos incorporando aspectos cognitivos. Por su parte, en México, Emilio Ribes y sus amigos decidieron resucitar a Kantor, paseándolo como el cadáver del Cid, para demostrar que el conductismo seguía vivo y que, además, "progresaba". Con ese fin empezaron a actualizar rápidamente la ya vieja teoría del "campo interconductual", con el mismo antimentalismo original, pero con el moderno objetivo de abordar la complejidad de la vida humana aunque bajo el mismo esquema fisicalista y experimental, y con el mismo interés depositado en las técnicas de control.
De todas estas variantes conductistas, sólo parece sobrevivir, por ahora, el interconductismo -en una versión que no terminan de modificar- promocionado por Ribes y otros, a la que unos llaman pomposamente "conductismo de tercera generación", cuando es parte, en realidad, de la primera oleada del cientificismo psicológico fisicalista del primer cuarto del siglo XX, tanto así que incluso Skinner lo menciona ya en su primer libro. Algo curioso es que Kantor jamás se consideró un conductista. La rivalidad entre Skinner y Kantor fue intensa, pero Skinner logró mayor fama por dos razones básicas: primero porque era un excelente escritor y un exagerado promotor de su teoría; y segundo, porque su modelo era infinitamente más simple. Pero la fortuna le sonrió finalmente a Kantor debido al agotamiento del modelo de Skinner, pese a toda su grandilocuencia y ambición. Actualmente son varios los que han intentado la reconstrucción de este "conductismo de campo", al punto que ha empezado a crecer y bifurcarse como una enredadera. Las mutaciones de la autodenominada "psicología científica", cualquier cosa que se entienda hoy por esto, han sido muchas. Ahora se habla de la "ingeniería de la conducta" con la misma pasión desbordante depositada en las de técnicas de control conductual, que conciben a los humanos como máquinas estandarizadas cuyo funcionamiento es universal, estable, permanente y repetitivo.
Debemos admitir que el conductismo, en todas sus expresiones, tiene todo el derecho a existir hoy como una propuesta tecnológica, pues realmente no es más que una técnica recubierta con una excesiva y pretensiosa retórica cientificista. Pero lo que no puede seguir haciendo es confundirse con la psicología y mucho menos tratar de reemplazarla. Cuando el cientificismo decidió evitar los escenarios del psiquismo para establecer su objeto de estudio ya sea en el ambiente, en la situación o en cualquier otra cosa fuera del organismo, debió señalar con claridad que eso ya no era una psicología. Nos hubiéramos ahorrado muchísimos debates estériles si el conductismo se hubiese configurado como una disciplina independiente, tal como lo hizo la semiótica, por ejemplo. En tal sentido resulta sensata la propuesta de Ardila (1998), quien plantea una "ciencia de la conducta" como una disciplina al margen de la psicología; aunque él lo plantea "porque esta no tiene un objeto claro de estudio". Como si los conductismos lo tuvieran. Veamos.
La precisión del nuevo objeto de estudio del cientificismo psicológico fue todo un conflicto, pues los debates en torno a lo que es la "conducta" existieron desde el principio y nunca hubo un acuerdo. Para algunos, como Watson, incluía "acciones" como la de pensar, mientras que para otros implicaba el señalamiento de acciones específicas, observables y medibles (Bayés, 1978). La discusión sobre este concepto ha sido tan amplia como inútil, aunque ciertamente a menudo se le ha soslayado. En el conductismo de habla española el asunto ha sido todavía peor, por cuanto han pasado a los intentos por diferenciar conducta de comportamiento, ampliando el debate a dos conceptos. El mismo Skinner no pudo ser muy específico respecto de lo que consideraba como conducta, pues fiel a su estilo se conformó con decir: "es lo que un organismo ve que el otro hace" (Skinner, 1939, p.42). Pero lo que todo organismo hace, en última instancia, es vivir; y esa vida se despliega en una serie de actividades que conllevan determinadas acciones. ¿A qué exactamente se refiere? De hecho esta no es la perspectiva de Skinner. Para él la conducta se reduce a meros movimientos ejecutados por unos "objetos" (en eso se convierten los organismos despojados de contenido interior) en un espacio. La ciencia de la conducta consiste en explicar estos movimientos mediante relaciones de causalidad, al estilo de la mecánica de Newton. En otras palabras, es una forma de física adaptada a la psicología por un cientificismo que no concibe otra forma de ciencia. El problema es que, pese a todo esto, Skinner nunca dejó de emplear términos como organismo, hambre, aprendizaje, búsqueda, satisfacción, etc. Tenía la pretensión de explicar el mundo interior mediante el mundo exterior y "corregir el daño producido por el mentalismo" (Skinner, 1974, p. 24).
La confusión generada por Skinner con su lenguaje contradictorio y ambiguo, que rechazaba el contenido interior mientras dedicaba la mayor parte de su literatura a hablar de ella, produjo el rechazo de varios sectores conductistas. Esto queda más que en evidencia leyendo a un neo conductista como Josep Roca i Balasch (2007), quien ha intervenido para "aclarar" el enredo respecto del objeto de estudio de la ciencia conductual, con un profuso análisis en el que, para variar, descalifica todo lo actuado por los conductismos, antes de mostrar su propia perspectiva, fundada en un fisicalismo todavía más recalcitrante, si cabe:
"El conductismo radical… debería haberse dado cuenta de que la ciencia trata de relaciones causales más allá de los prejuicios de las representaciones corpóreas. Pero, lamentablemente, la llamada ciencia de la conducta, ha sido víctima de ese hablar corporeizante al decir que la conducta es acción, ya que como se ha dicho, la acción lo es de alguien y ese alguien no puede ser sino algo corpóreo. Por decirlo así: el hablar científico de relación no debería admitir conceptos tales como organismo, cerebro, sujeto, individuo, o respuesta, medio, estímulo, objetos, medio de contacto ni otros anclados en el mismo criterio de extensión. Son rechazables.
Es criticable, además, la representación espacial de la conducta o de la interconducta -ver, por ejemplo, el esquema del campo interconductual- porque es fácil caer víctima de la metáfora corpórea al hablar de relación entre elementos descritos en términos de extensión o corpóreos" (Roca i Balsch, 2007, p. 4).
Queda, pues, en evidencia que nunca hubo ningún consenso en el cientificismo psicológico, en torno a lo que sería su objeto de estudio. Y obviamente no hay ciencia sin objeto de estudio. El único consenso estaba en el método y la doctrina, es decir, en el afán por copiar el formato de la física y los conceptos de las ciencias naturales, y en reducirse a una práctica experimental generadora de técnicas; lo que no se llega a comprender es la necesidad de disfrazar semejante disciplina como psicología, cuando es evidente que no era ni ciencia ni psicología. También resulta evidente que aún permanecen vivos los antiguos prejuicios por los que se atacó a la psicología a principios del siglo XX. Prejuicios renovados y aumentados, pues, como vemos, Roca i Balasch abomina de los "prejuicios de representación corpórea". ¿Pero acaso los organismos no poseen, en efecto, una representación corpórea? ¿Es eso un prejuicio o una realidad llana? Lo que ocurre es que el cientificismo no considera sus prejuicios como prejuicios. Sin embargo, sus prejuicios están presentes, incluso en relación a lo que "la ciencia es", y han pasado sin rubor, de negar la mente a negar los cuerpos. Ya en la psicología de Kantor podíamos advertir que los hombres-sin-mente de Skinner habían pasado a convertirse en hombres-sin-cerebro. Pero ahora han avanzado más y han patentado el organismo-sin-cuerpo. De este modo, se logra la transmutación final de los sujetos en objetos, eliminando definitivamente a los sujetos de la realidad, tan sólo para la comodidad del "método científico" y felicidad del cientificismo.
Hasta cierto punto se entiende que en los inicios del siglo XX se estigmatizara a la psicología por ocuparse del psiquismo, pues esta venía precedida de una aureola de espiritualidad muy inapropiada para el enfoque científico. Para entonces, el psiquismo era tan poco entendible como lo era la mecánica cuántica. Ni aun el átomo pudo ser entendido a la sazón, hasta que Niels Bohr lo dibujó como un pequeño sistema planetario con los electrones girando alrededor del núcleo, y medio mundo quedó feliz con esa falsa imagen. Por desgracia, en aquellos días no había analogía posible para el psiquismo, las computadoras tardarían aun algunas décadas en aparecer y en hacer evidente un procesamiento de información mediante reglas y objetivos. A falta de analogías permanecieron anclados en la falsa imagen de la mente, heredada de la psicología escolástica. En consecuencia, intentaron eliminar ese rastro indeseable de espiritualidad idealista, pero también a la disciplina que se ocupaba de ella. Afectados por sus prejuicios y anhelos, el cientificismo ubicó al hombre como un objeto más, en un mundo natural poblado de una misma clase de objetos, estudiados por una única ciencia naturalista que usaba un único método, basado en causas naturales y leyes universales. Bajo su visión, el mundo era de una sola forma y la ciencia también, la conducta era un fenómeno más de la naturaleza, al igual que la lluvia, el viento o la caída de las hojas, y había que estudiarla de ese modo. Todo quedó reducido a simples hechos naturales que debían explicarse mediante relaciones causales, siguiendo los principios de la física mecánica de Newton, quien -bajo estas consideraciones- tendría que ser declarado el verdadero fundador de la "psicología científica". El comportamiento humano era parte de esos hechos naturales, objetivos y externos, ajenos a toda forma del ser, y cuyas acciones debían ser registradas minuciosamente sin interpretación alguna, sólo registradas hasta descubrir una relación de causalidad, que saltaría por sí sola como una liebre acosada por el escrutinio científico.
La respuesta a tales pretensiones absurdas provino de la psicología rusa, cuya ciencia se edificaba sobre las bases del materialismo dialéctico, y cuya psicología carecía de los apuros comerciales, los compromisos político-sociales y las afectaciones cientificistas y tecnológicas que perturbaban a la psicología americana:
"La psique, la conciencia y el inconsciente representan no sólo tres cuestiones psicológicas centrales y fundamentales sino que son, en mucho mayor grado, cuestiones metodológicas, es decir, cuestiones relativas a los principios de estructuración de la propia psicología como ciencia… Es sólo a partir de la introducción de estos conceptos cuando se hace posible en todo su sentido la psicología como una ciencia independiente, capaz de unir y coordinar los hechos de la experiencia en un determinado sistema… El destino de nuestra ciencia depende de cómo se resuelva esta cuestión fundamental para ella" (Vygotski, 1930, p. 95).
"Estamos ante una cuestión filosófica que es preciso resolver teóricamente antes de que podamos ocuparnos de explicar hechos concretos" (Vygotski, 1930, p. 96).
Pero debemos entender lo que ocurría. Además de lo ya indicado, la psicología rusa tampoco tenía los compromisos ideológicos con la religión, como los que existían en Norteamérica. Las ciencias naturales fueron una vieja herencia dejada por la filosofía positivista, cuyos principales propulsores, con la sola excepción de Hume, fueron todos fervientes creyentes en el orden celestial creado por Dios, bajo el imperio absoluto de su voluntad en el cosmos y sobre la vida de este mundo. Ya desde el siglo XIII, Guillermo de Ockham postulaba que el conocimiento humano debía ocuparse sólo de lo objetivo y material, dejando todo lo demás a la fe. Descartes dio la pauta para la ley de la conservación de la energía y la materia cuando afirmó que Dios había infundido una cierta cantidad de movimiento al universo y que este continuaba inalterado, ya que no podía ser creado ni destruido. Newton llegó a afirmar que las fallas de los cálculos se debían a los ajustes que Dios realiza para mantener el perfecto orden universal. Así trató de explicar porqué su física no lograba definir la órbita de Mercurio. De modo que detrás de los principios del positivismo y del cientificismo reposaban en realidad las mismas visiones religiosas arcaicas sobre el mundo y el conocimiento. Tales principios no surgieron de la sola observación de la realidad, sino de los prejuicios con que se observaba y se entendía esta realidad, pues bajo dicha visión existían regularidades perfectas y leyes propias de un orden implícito universal, y un acatamiento estricto por parte de la naturaleza. En consecuencia, el hombre no podía escapar a este mismo destino, por lo tanto no podía gozar de libre albedrío, como lo aseguraba Skinner. Simplemente había que ir al descubrimiento de sus leyes causales y ellas lo explicarían todo. Estas leyes estaban en el ambiente y para esto se contaba ya con el inefable "método científico". Una vez logrado el acopio de todas las leyes del mundo, este sería un lugar de felicidad, pues ya se podría predecir y controlar toda la conducta. Sin embargo, el escenario feliz del cientificismo no duraría mucho, pues antes de finalizar el siglo XX, la realidad puso en la picota las creencias más caras y absurdas del cientificismo, no sólo en la psicología, sino en todas las disciplinas edificadas con este disparatado andamiaje teórico.
A decir verdad, la influencia del cientificismo en la psicología empezó modestamente mucho antes que Pavlov, en el estudio de un concepto extraído del lenguaje ordinario, al cual se le fabricó una explicación científica mediante la aplicación del método. Nos referimos al trabajo de uno de los personajes más pintorescos y desequilibrados de la historia científica, Sir Francis Galton (1822 - 1911) creador de la "inteligencia" como objeto de estudio científico. Comprometió en su empresa al estadístico Karl Pearson, cuyo trabajo influyó en su colega Charles Spearman, y al final de esto emergió la primera teoría de la inteligencia fundada esencialmente en el tratamiento estadístico de datos, lo que a la larga constituyó el trágico salto de la psicología hacia la lógica matemática y su dependencia de la estadística. Este fue el inicio de la psicología diferencial y la psicometría. Lo que en realidad pretendía probar este estudio era el carácter hereditario de la inteligencia, entendida como un don que Dios le habría otorgado sólo a cierta clase de personas, para lo cual se inventó el concepto de regresión. En verdad no hay nada de malo en que una larga empresa científica se inicie con un proyecto disparatado, a menos que el disparate se instituya como concepto y "campo científico", y determine una línea de acción a seguir. Precisamente este ha sido uno de los defectos del cientificismo en psicología: inventar sus propios campos de estudio, lo que en otros términos se conoce como la construcción ideal de un objeto de estudio. Basta con que sea factible aplicar las técnicas del supuesto "método científico" para que cualquier cosa se transmute en objeto científico. Y esto es posible gracias a la invención de artilugios que generan datos cuantitativos. Si es posible (y casi siempre lo es) obtener algunos datos numéricos a través de un instrumento ideado, aquello cobra vida como un "objeto conceptual" y, en consecuencia, ya se le puede aplicar el método. Así es como surgieron la inteligencia, la personalidad, la conducta, la interconducta, y la gran mayoría de "objetos conceptuales" que le han hecho perder el tiempo y el rumbo a la psicología, dando pie a una interminable saga de curiosas teorías y escuelas sobre la nada. Así es: sobre la nada. El problema de generar "objetos conceptuales" es que se derriten a la luz de un análisis ontológico, lo que lleva a una crisis en la epistemología de la ciencia que se ocupa de eso. Aunque, claro, aparentemente la metodología sigue funcionando, lo cual basta para reconfortar al cientificismo. Lo malo de todo esto es que una vez instituido el concepto, la teoría y la comunidad de creyentes en torno a una práctica, resulta casi imposible desmontar todo este andamiaje artificial, ni siquiera a la luz de los nuevos conocimientos que dejan al descubierto la precariedad y falsedad de sus estructuras. Por desgracia, los errores histórico-sociales nunca se corrigen, sólo van quedando y acumulándose, aunque sea en la forma de pequeños guetos automarginados, que de tiempo en tiempo procuran reaparecer renovados.
Obviamente, el cientificismo, si quisiera, bien podría inventar un instrumento de medición que le proporcione datos cuantitativos de la mente, como lo han hecho con casi todo, incluyendo el amor. Así podrían incorporar a la mente en su estructura de objetos conceptuales, y superar sus viejas críticas hacia la insustancialidad de la mente. Salvo sus propios prejuicios, nada les impide proceder de este modo. Y, por supuesto, ya podrían aplicarle el "método científico" a la mente, y así quedar satisfechos. Esto es posible debido a que el cientificismo ha instaurado la creencia generalizada de que un modelo estadístico de procesamiento de datos es "el método científico". Y esta es una de las aberraciones conceptuales que más daño han causado a las ciencias sociales y, en particular, a la psicología. De esto ya nos hemos ocupado antes (Bobadilla, 2008, 2009).
El hecho fue que el cientificismo eligió "la conducta observada" como su objeto de estudio o, mejor dicho, como su objeto de trabajo. Además de las explicaciones ofrecidas por Danziger y otros, podríamos entender este giro tan radical en la psicología americana, apelando a tres factores explicativos: primero, el surgimiento del cientificismo que puso por delante los preceptos del saber científico; segundo, la ceguera mental que impidió diferenciar sujetos de objetos, sumada a la carencia de un concepto real del ser humano como especie diferenciada, lo que impidió ver las facultades mentales, vinculándolas equivocadamente al espiritualismo escolástico; tercero, una noción equivocada del conocimiento científico como aquel se obtiene directamente mediante la aplicación de un método, lo que condujo a una confianza y dependencia excesiva de él.
Se puede apelar a explicaciones más complejas desde los escenarios socioeconómicos y políticos, como lo hace Danziger. Pero sólo vamos considerar el análisis de los personajes involucrados en la revolución tecnocrática-cientificista, principalmente de Skinner. Como ha quedado de manifiesto, se trataba de un personaje arrogante e intransigente. Su personalidad es muy similar a la de los revolucionarios políticos que desprecian el sistema vigente y proponen la creación de un mundo nuevo sobre las cenizas del anterior. Así fue que toda la psicología edificada desde los filósofos presocráticos no servía para nada a su entender. Hubo que fundar una nueva psicología ignorando todo lo discutido en 2,500 años de historia. Como ocurre con los líderes políticos revolucionarios que pretenden refundar la patria desde una nueva Constitución, con sus propios conceptos de justicia y libertad, el cientificismo psicológico pretendió borrar toda la historia y empezar una nueva "psicología científica" a partir de sus propias concepciones. Al igual que ellos, Skinner enviaba el mismo mensaje: "la historia comienza conmigo". Y del mismo modo, el fundador de esta "nueva ciencia", fue objeto de culto a la personalidad por parte de sus fieles y fanáticos seguidores, quienes no tardaron en venerarlo y en inventar mitos alrededor suyo. Trataremos de entender algo de este curioso fenómeno histórico.
Aparición del cientificismo psicológico
Las dos guerras mundiales no sólo devastaron Alemania sino casi toda Europa y redujeron gran parte de su actividad científica y cultural desde los años 40, dejando a los EEUU en el predominio exclusivo de su enfoque conductista en pleno apogeo. Otra fuente de incidencias fue la llamada "Cortina de Hierro" que mantuvo aislada la psicología rusa y de toda Europa del Este. Si a esto le sumamos el hecho de que la industria editorial de EEUU fue prácticamente la única que quedó en pie luego de la guerra, y que, además, era fielmente replicada por la naciente industria editorial mexicana, convertida luego en la mayor de Latinoamérica, tenemos los ingredientes que ayudan a explicar en parte el boom del conductismo en América. Ya hace mucho tiempo que los sociólogos se dieron cuenta de que algunas ideas se imponen -o se acallan- no tanto por su veracidad o falsedad sino por las extrañas y caprichosas circunstancias históricas que las rodean.
En tal sentido, uno de los más interesantes -y quizá más acertados- estudios acerca del origen de esta forma de "psicología científica", se da fuera del contexto de la psicología, y está a cargo de Kurt Danziger. La perspectiva sociológica de Danziger es importante en este debate porque se trata de un autor externo, que ve las cosas al margen de nuestras discrepancias profesionales. Es un investigador preocupado ya no de los aspectos normativos de la psicología sino de la aparición de una nueva comunidad de psicólogos, que adoptaron una novedosa visión del formato disciplinar como de sus compromisos científicos y sociales. No era -obviamente- la continuidad de la ciencia psicológica fundada por Wundt, sino la ruptura con esa tradición. Fue una especie de revolución tecnocrática que pregonaba un nuevo propósito para la labor psicológica. Los ayatolas del conductismo rechazaron toda concepción previa de la psicología, desde la que se originó en la época griega. El estudio de Danziger lo explica de este modo:
"Lo que emergió en Alemania, entonces, fue una psicología cuyos problemas, metodologías y formas de conceptualización, permanecieron dominados muy directamente por las preocupaciones de la filosofía, que jugaba el rol del Hermano Mayor. En los Estados Unidos, en cambio, los psicólogos tuvieron que justificarse a sí mismos frente a un tribunal muy diferente. El control de los nombramientos universitarios, los fondos para investigación y las oportunidades profesionales, o se encontraban en las manos de hombres de negocios y sus ejecutivos, o en las de los políticos que representaban sus intereses. Si la psicología debía emerger como una disciplina independiente viable, debía serlo en una forma aceptable para esas fuerzas sociales. Las inclinaciones de aquellos de cuyas decisiones dependía la suerte de la psicología americana eran claras. Ellos eran hombres ubicados en posiciones de genuino poder social que estaban ansiosos en usar sus posiciones para controlar las acciones de los demás. Estaban interesados en técnicas de control social y desempeño tangible" (Danziger, 1979).
Desde luego, los norteamericanos son herederos del espíritu pragmático inglés, y amantes de las herramientas y técnicas. Por algo EEUU tiene el record mundial de patentes. Los norteamericanos han inventado una herramienta para cada tarea de la vida cotidiana, incluso para las más simples y banales, como el cepillado de los dientes. Sus gigantescos hardware stores rebosan de herramientas de toda clase. Ya desde fines del siglo XVIII habían incrementado la productividad agrícola gracias a sus herramientas. En los EEUU, una nueva técnica es siempre bien recibida, y mejor aun si es bien vendida. No es nada raro entonces que los norteamericanos se hayan desentendido de "los molestos problemas filosóficos", a decir de Skinner, para preferir técnicas de control conductual y glorificar a la escuela que los produce, llamando a eso "psicología científica". Fue a partir de los compromisos adoptados con los estamentos del poder, como se va a gestar el modelo de esta nueva "psicología científica", que iba en busca de un nuevo objetivo: la predicción y el control de la conducta. Al contrario de lo que han terminado creyendo y repitiendo los seguidores del conductismo, este no es un objetivo que define lo científico, sino un fin concreto impuesto para una práctica concreta. Y fue esta situación la que, consecuentemente, impuso a la "conducta" como el nuevo objeto de trabajo de esta tecnología, pues se trataba de eso: una praxis tecnológica disfrazada de psicología y de ciencia.
"Poco tiempo después, el objetivo de la nueva ciencia vino a ser anunciado a través de un slogan, que aún se hallaba en sus libros de textos introductorios: "la predicción y el control de la conducta". Este objetivo es totalmente discordante con los objetivos que Wundt tenía en mente para la psicología: sus fines no estaban relacionados ni con la predicción, ni con el control, ni con la conducta. Tampoco los sucesores alemanes de Wundt desarrollaron jamás tales objetivos para su disciplina. Si lo hubieran hecho, sus oportunidades de lograr el respeto del establishment académico hubieran sido aún más escasas" (Danziger, 1979).
"Lo que Watson había hecho, era colocar el sello retórico final, en el establecimiento de la psicología como una ciencia administrativa, como una tecnología a ser manejada por los gestores de la sociedad con la finalidad de dirigir las acciones de aquellos a su cargo hacia los canales deseados" (Danziger, 1979).
El mundo había ingresado a una nueva etapa histórica de producción. El incremento cuantitativo de la población generó cambios cualitativos en las sociedades modernas conformadas por millones de personas que se convirtieron en consumidores, clientes y electores. Se necesitaban nuevas y urgentes técnicas de control masivo. Todos estos cambios impusieron claras exigencias prácticas a las disciplinas que se desarrollaban al interior de las costosas universidades norteamericanas. El hombre corriente fue simplemente transformado en una pieza estandarizada para una cultura de la masificación que, apelando a criterios cientificistas, modelaba a la sociedad para acomodarla a las grandes cadenas de producción industrial, a las técnicas de control y a la medición estadística. No era de extrañar entonces la aparición de una disciplina que hablaba el mismo idioma y defendía los mismos propósitos. Tampoco sorprende que recibiera tanta atención y aceptación, más allá de sus graves deficiencias epistémicas en tanto psicología fallida, ciencia precaria y filosofía nula.
Así fue que de un momento a otro, sin haber llegado aún a explicar el fenómeno humano, ya se ofrecían programas de control muy específicos. La psicoterapia al fin se sumaba a la vieja actividad del ser humano: la venta de panaceas. El mercado de productos psicoterapéuticos nunca dejó de crecer desde los años 50, competencia en la que el conductismo pretendió sacar ventajas gracias a sus altos índices de eficiencia. El relativo éxito alcanzado por las escuelas terapéuticas en una buena cantidad de casos, era empleado a menudo como "prueba" de la certeza de la teoría de fondo, incluso cuando no existiese ninguna teoría de fondo, como eran los casos de Rogers y Skinner, por ejemplo. Por otro lado, nadie se ocupaba de explicar los casos fallidos o la ineficacia en ciertos escenarios. En resumen, la carencia de explicaciones teóricas trató de ser compensada con la eficacia de las técnicas terapéuticas y de control conductual. Muchas escuelas psicológicas, especialmente la llamada "científica", no eran más que un mercado de técnicas en medio de una gran ignorancia en relación a los fenómenos que pretendían manejar o controlar.
"A la mitad del siglo XX la psicología dejó de ser una ocupación puramente académica y empezó a comerciar sus productos en el mundo exterior. Esto significa que los requerimientos de ese mercado potencial empezaron a influenciar directamente en las tendencias de investigación de los psicólogos. Las versiones que lograban productos negociables en el mercado, recibían un gran impulso, mientras que aquellas que carecían de tales virtudes eran postergadas" (Danziger, 1994).
Tampoco es nada extraño que en Latinoamérica, y especialmente en México, el conductismo norteamericano haya tenido tanta aceptación, pues por todos es conocida la gran influencia que ejercen los EEUU en Latinoamérica y, particularmente, en México, país que tiene muchas cosas copiadas literalmente de los EEUU. Los análisis políticos y económicos de México han concluido en que el recurso natural más importante de México es su frontera con los EEUU. Numerosos personajes del ambiente académico cruzaban la frontera en una y otra dirección, bien a formarse o enseñar, generándose en la práctica un mismo ambiente. Adicionalmente, la gran industria editorial mexicana que traducía todos los libros producidos en EEUU, fue la fuente bibliográfica de toda Latinoamérica, salvo Argentina, con lo que la habitual influencia ideológica y tecnológica de los EEUU creció hasta el extremo de la alienación de muchas sociedades, que adoptaron fielmente sus esquemas, aun cuando su realidad era totalmente distinta.
Recusación del cientificismo psicológico
La tesis central del cientificismo asumía que toda la realidad era igual, que estaba constituida por elementos homogéneos y por eventos repetitivos que reaccionaban a causas específicas, y por lo tanto, sólo había que desarmar las piezas para revelar su constitución más elemental, descubrir sus relaciones causa-efecto mediante experimentos, y señalar las leyes que lo rigen. En eso consistía todo el trabajo científico. El cientificismo psicológico acogió plenamente estas ideas y estableció el empleo del método cuantitativo como el instrumento ideal para ir al descubrimiento de las relaciones causa-efecto que regían hasta en los rincones más angostos y secretos de la vida humana, pública o privada. La estadística determinaría si había casualidad o causalidad, y por este camino se llegaría a descubrir, tarde o temprano, todas las leyes que rigen la vida humana y, luego, estaríamos en condiciones de controlar a la sociedad, predecir los hechos de la historia y crear un mundo feliz, totalmente dirigido por la ciencia. Ese era el sueño anunciado y prometido por el cientificismo, desde Comte hasta Skinner.
Pero el mundo feliz del cientificismo empezó a desmoronarse cuando la Teoría de la Relatividad y, luego, la Teoría Cuántica, hicieron tambalear las más firmes creencias de la física mecánica y de la ciencia clásica. En otro ámbito, una larga cadena de filósofos demostró que los conocimientos no son los mismos cuando se trata del mundo natural que cuando se trata del mundo cultural de los humanos. Incluso la filosofía de la ciencia confrontó el metodologismo empirista, demostrando que resulta perfectamente factible acogerse a un marco teórico errado para producir hipótesis y experimentos cuyos resultados, analizados al amparo de la teoría generadora, pueden llevar a conclusiones lógicas pero igualmente erradas. Quedó claro que los experimentos nunca pueden ser concluyentes, y que tan sólo una prueba de falsasión es definitiva. Además se señaló el "sesgo de confirmación" que es una tendencia a preferir con más facilidad las hipótesis y los experimentos que confirman las ideas prevalecientes. Así fue como se inició el cientificismo en psicología, copiando a las ciencias naturales cuyos enfoques era los que estaban en boga. También fue así como, generación tras generación, seguimos creyendo en la conducta, y elaborando teorías de la inteligencia y de la personalidad sin que nos acerquemos nunca al meollo de estos temas; por el contrario, a más teorías, mayor dispersión y confusión. Lo que se hizo finalmente fue preferir lo último asumiendo que era lo mejor, o porque sencillamente estaba de moda. En el caso del conductismo ni siquiera se elaboraron teorías, simplemente se procedió a la generación de técnicas de control, mediante los diversos procedimientos establecidos por esta disciplina.
Ni el caos teórico ni la orfandad epistémica detuvo al cientificismo psicológico que siguió midiendo todo lo que podía medir. Prácticamente no quedó nada que no se pudiera medir de alguna curiosa manera. La fabricación de instrumentos de medición marcó toda una moda en los EEUU. El sueño de todo estudiante de psicología era desarrollar su propia escala de medición, que llevaría su nombre o el del equipo creador. Estos instrumentos eran apetecidos con ansiedad por la estructura social de dominación, ya que eran empleados en los procesos de selección y discriminación, con una justificación supuestamente científica; pero también por el cientificismo académico, para la fabricación de los datos numéricos requeridos por las técnicas estadísticas que eran usadas para descubrir las famosas relaciones causa-efecto. Y todo esto se hacía asumiendo marcos teóricos que carecían de respaldo científico. Nadie sabía qué era eso que se medía ¡pero se medía! Tal como lo demostró Boring (1950) y muchos otros investigadores que hicieron estudios en diversas épocas, nunca existió un concepto uniforme de inteligencia. Tanto así que Boring admitió con ironía que "inteligencia es eso que miden los test de inteligencia". Pero lo mismo se podía decir de todos los demás constructos medidos, desde la personalidad hasta el estrés. Era simplemente la fiebre cultural de la medición estadística. La psicología se convirtió en una rama de la estadística. Toda la "ciencia psicológica" se construía con el método estadístico, alimentado con mediciones que provenían de instrumentos sustentados a su vez, estadísticamente. Y no había ningún tipo de inquietud ni recelo acerca de la clase de conocimientos que se obtenían mediante tal proceder. Se trataba simplemente de una racionalidad culturalmente establecida. Y como ocurre con cualquier otra conducta típica, nadie se preguntó nunca ¿por qué hacemos esto? Simplemente actuaban convencidos de que era lo correcto. Al cabo de medio siglo de mediciones, había muchos ladrillos dispersos en el terreno de la psicología, y algunos bloques, pero el edificio de la ciencia psicológica seguía sin tener forma alguna. Peor, aun, estaba sin vecindario.
El comportamiento de estas comunidades psicológicas debe ser explicado desde la perspectiva de la psicología cultural, ya que epistemológicamente no tiene ningún sentido. La racionalidad que rige en una comunidad resulta como producto de sus propias actividades, y se explica a partir de los intereses de grupo, compromisos institucionales, tradiciones culturales, expectativas de sus miembros, etc. Dicha racionalidad adquiere una forma que no obedece a ningún diseño lógico ni epistémico sino a situaciones sociales y condiciones históricas; al igual que el túmulo de un termitero, simplemente aparece como está, producto de la actividad y no de un diseño. No se le puede exigir consistencia epistemológica a la racionalidad de estas comunidades psicológicas que tan sólo siguen una moda cultural y un ritmo social. A esto se suma la exportación de los productos culturales que son asumidos por otras comunidades en un proceso de aculturación, o de simple alienación, al copiar modelos de las sociedades que admiran, aunque su propia realidad sea muy distinta. Es el esnobismo típico de los sectores intelectuales en los países subdesarrollados.
El empleo del enfoque naturalista y su afán por descubrir causas externas de la conducta, nunca le proporcionó mayor consistencia a la psicología sino mayores limitaciones, pues dicho enfoque no atendía las peculiaridades del hombre como sujeto, ni como organismo complejo de naturaleza cognitiva y cultural. Simplemente lo estudiaba como un objeto más bajo los conceptos de la física. Toda ciencia es el estudio de la realidad, y empieza por el reconocimiento cabal de su realidad y la discriminación de las diferencias que hay en su escenario. La física, por ejemplo, no es la misma cuando aborda los campos subatómicos o los astronómicos. Una ciencia psicológica no puede ignorar la diferencia notable entre objetos y sujetos, ni las diferencias evolutivas existentes entre las especies para explicar el comportamiento de los organismos, ni dejar de advertir los saltos cualitativos que se dan en la evolución, y en particular los que se observan en el ser humano. No podemos explicar ninguna conducta animal con la misma lógica epistémica con que se explica el movimiento de los árboles o la caída de las rocas. Las relaciones causa-efecto pertenecen a una dimensión y escala de la realidad, pero no a toda, y mucho menos al escenario de los organismos autónomos e inteligentes.
La realidad física ha estado transformándose, primero a base de las propiedades de la materia y los eventos físicos, y luego por las propiedades de los organismos. A partir del hombre la historia evolutiva cambia y aparece un nuevo proceso, totalmente diferenciado, que tiene al conocimiento y al pensamiento humano como sus fundamentos propulsores. La cuestión de la selección natural queda totalmente al margen de este tipo de transformación evolutiva. No se trata más de un proceso natural sino de un proceso cultural. El hombre es quien determina su propia evolución, por tanto va más allá de lo puramente natural, pues él ha creado su propio ambiente cultural. Esto cambia radicalmente el enfoque pues el ambiente que se estudia no es ya un ambiente de tipo físico-natural sino otro que es de naturaleza socio-cognitivo-cultural. Los hechos humanos no obedecen a causas naturales; es decir, a relaciones causa-efecto. Nadie va a la iglesia por causas naturales, ni sigue una profesión por causas naturales. Y de hecho, nadie se suicida por causas naturales. Incluso los actos más naturales del hombre en tanto animal, han sido ideologizados y dependen de condicionamientos culturales. Así ocurre con el sexo, la alimentación, el sueño, etc. De modo pues que los hechos humanos obedecen a razones y no a causas naturales. El hombre incluso puede contravenir las leyes naturales, pues es capaz de controlar sus procesos biológicos y fisiológicos. Puede escamotear las leyes de la física y volar, crear elementos artificiales, etc. Precisamente por el hecho de que el mundo de los humanos se desenvuelve regido por procesos cognitivos (individuales y sociales) y no por leyes naturales, es que el mundo perfecto y feliz del cientificismo naturalista se vino abajo como un castillo de naipes. Una noticia que parece no haber llegado aún a todos los rincones de la psicología.
Características del cientificismo psicológico
A fin de precavernos de las ilusiones del cientificismo psicológico, conviene hacer el señalamiento preciso de sus características. Un estudio somero de sus actividades, sus propuestas teóricas, que aunque escasas lograron gran penetración, permite distinguir las siguientes características.
a) La generación artificial de su propio campo de estudio
Ciencia es el estudio de la realidad o algún aspecto concreto de ella. La psicología como disciplina científica se ocupa de un aspecto concreto del hombre como el ser vivo más complejo, en lo que tiene de complejo: sus fenómenos psíquicos o procesos mentales (individuales y sociales). Este es su campo de estudio original y todo lo vinculado a él. Pero dejando esto al margen -por las razones ya conocidas- el cientificismo partió de la creación artificiosa de su propio campo de estudio. Así es como aparece este novedoso objeto llamado "conducta", cuya definición nunca logró un consenso. Skinner propuso a los jóvenes psicólogos norteamericanos ocuparse de los "hechos observados" y olvidarse de cuestiones internas y problemas filosóficos. A esos hechos observados los llamó "conducta". Pero no debería confundirse "hechos observados" con conducta, pues esta no puede definirse tan sólo en función a un observador, y menos a un observador "objetivo", ya que hay partes constitutivas de la conducta que no son accesibles al observador, como la intención, con lo cual se termina haciendo una "ciencia" con los prejuicios del observador, aunque sean prejuicios objetivistas. La "ciencia de la conducta" depende, finalmente, de lo que decida el observador, con todo lo que esto significa epistemológicamente. ¿Qué poder mágico posee el observador para definirlo, si Skinner le ha negado toda cualidad mental al ser humano? ¿Cómo determina los parámetros de la conducta que observa? ¿Cómo define el éxito de la conducta esperada? ¿Cómo determina los refuerzos? ¿Cómo elige entre la variedad de los refuerzos: corporales, económicos, morales, estéticos, etc.? Lo cierto es que "el observador" no encajaba en la teoría conductista, sin embargo lo decidía todo acerca de la conducta observada. Por ello, la teoría conductista resultaba aplicable tan sólo a lo observado pero no al observador. Para este observador se requería una teoría cognitiva.
La simplicidad y estrechez del concepto "conducta" llevó a los conductistas a abrazar otro enfoque, con la ilusión de que les ofrecería la posibilidad de un mayor crecimiento teórico, tal que permitiera explicar las conductas complejas que quedaron fuera del alcance del conductismo skinneriano. Así es como pasaron de la conducta al "campo interconductual". En esta ocasión, la teoría fabricó un campo de estudio configurado por una complicada maraña de curiosos elementos, supuestamente participantes del entorno conductual del sujeto. Si la conducta de por sí ya era difícil de definir, el nuevo "campo interconductual", más que una definición requiere de toda una teoría laxativa que la haga digerible. En realidad se trata de una nueva doctrina, ya que Kantor reformula nuevamente todo el universo, tal como lo explica Ribes:
"1) examina las dimensiones funcionales de los fenómenos psicológicos implicados en la cotidianeidad del lenguaje ordinario; 2) analiza la evolución histórica de los conceptos sobre fenómenos psicológicos como proceso articulado a la cultura y costumbres de la época; 3) revisa críticamente las confusiones conceptuales implicadas en concepciones reduccionistas como fisiología, ciencias sociales, lógica y gramática.; y 4) formula una lógica de conocimiento específica para la psicología como ciencia natural, con modelo propio y categorías generales para describir y explicar dimensiones funcionales y cualitativas de los fenómenos psicológicos" (Ribes, 2006).
En buena cuenta, se trata de un nuevo evangelio, con un nuevo mesías que propone una nueva Tierra Prometida. Otra vez estamos frente a un salvador que reniega de toda la historia anterior para refundar la ciencia a partir de sus propios conceptos. Si bien una actitud de este tipo podría haberse tolerado a principios del siglo XX, a fines del siglo era insostenible. Es un completo nuevo sistema de creencias con el que se debe comulgar para ir hacia una nueva refundación de la psicología, con un nuevo objeto de estudio, pero con la misma reducida meta: la predicción y el control de la conducta. Aunque esta teoría era anterior a Skinner, pasó desapercibida por décadas, precisamente por su aburrida complejidad. Sin embargo, en los 80 fue retomada por Ribes como la salvación del modelo conductista. Hay que repetir que no fue la única "teoría de campo" surgida bajo el influjo de la física en la época en que se pusieron de moda todas las teorías de campo: campo gravitatorio, campo electromagnético, campo cuántico, etc. También Kurt Lewin (1935) propuso una teoría de campo psicológico bastante parecida, donde la conducta se explica por una constelación de variables independientes que se hallan alrededor del sujeto, en lo que se llama su espacio vital. En la teoría de campo de Lewin se emplea la fórmula simplificada C=f(P,A) según la cual, la conducta estaría en función a una situación compleja en la que existen condiciones diversas propias del ambiente (A) como de la persona (P). En cambio, en la teoría del campo interconductual de Kantor la fórmula es más compleja: EP = C(k, fe, fr, hi, fd, mc), en donde EP es el evento psicológico, C es la interdependencia de los factores en el campo donde k es la especificidad de cada campo conductual, fe es la función estímulo, fr es la función respuesta, hi es la historia interaccional y mc es el medio de contacto.
Todas estas teorías no hacen más que emular las explicaciones que la física propone para los eventos naturales, bajo la absurda creencia de que la conducta humana es también un evento físico más, y bajo el inveterado anhelo de hacer de la psicología una ciencia al estilo de la física, meta propuesta por Watson en 1913 y asumida por el cientificismo como dogma de fe. Pero incluso el modelo que adoptaron, fue el de una física que poco después sería largamente superada con nuevas concepciones. De allí que resulte curioso, por decir lo menos, que los seguidores de esta teoría de campo tengan la ilusión de ser una expresión moderna del conductismo, cuando en realidad permanecen bajo el influjo de las mismas ideas fisicalistas y prejuicios cientificistas de hace un siglo, y bajo el modelo de una física que ya no existe.
b) Especialización y aislamiento
Aunque la conducta animal ya era el objeto de la etología, lo que hizo el cientificismo psicológico fue crear una especialidad muy cerrada en torno a ella, autoaislándose para no tener ninguna otra referencia de ningún tipo. El conductismo se constituyó así como especialidad aislada y autista, de modo que no se podía nutrir de las disciplinas científicas, y mucho menos contribuía con ellas en el entendimiento cabal de la realidad humana. Como todo cientificismo especialista de un solo campo cerrado, es tautológico, como si toda la verdad de la realidad humana se presentara en ese aislado y reducido espacio llamado "conducta", y como si tal espacio gozara de privilegios que la hacen independiente y distinta de los demás escenarios científicos vinculados al hombre.
El efecto multiplicador del cientificismo especialista puso en apuros a toda la ciencia, pues fueron muchas las especialidades que pretendían explicarlo todo desde su reducido espacio. El progreso teórico de la ciencia en general, se complicó por la aparición desordenada de especialidades, especialistas y técnicos que, sumidos en sus metodologías, se dedicaban al manejo de grandes volúmenes de datos, incomprensibles para el resto. Así es como se dio el auge de la aplicación de técnicas complicadas y sutiles, que manejan cuantiosos datos difíciles de interpretar, tras objetivos de interés inmediato y efectista, planteados por las necesidades productivas de la nueva sociedad de consumo que, de este modo, se alejó del pensamiento racional de la ciencia. Hoy se ha vuelto imperiosa y obsesiva la enseñanza de la metodología, la estadística y las herramientas de software que manejan los datos. La gente los usa aun sin entender el trasfondo epistemológico de lo que hace, pues la enseñanza de metodología no va de la mano con la epistemología, por lo que no es nada raro hoy en día encontrar estudios muy metodológicos pero irracionales.
La ciencia en general, así como la psicología en particular, se vio perjudicada por el florecimiento de especialidades tecnologizantes y efectistas, y de los especialistas del campo reducido. Quedó a un lado el progreso natural de la ciencia basada en investigación y pensamiento teórico, junto a la ampliación y concatenación de saberes interdisciplinarios, en la tarea de ensamblar el complejo rompecabezas de la realidad humana. El cientificismo se atrincheró en su parcela armado de sus técnicas y mostrando sus resultados como prueba de su validez.
La psicología procura un entendimiento del fenómeno humano integrado en su realidad. No sólo a un medio que lo rodea como "ambiente" sino a una realidad que debe ser entendida, interpretada y consensuada con los demás, reconocida en los demás, y por último, construida con los demás. En consecuencia, la psicología procura el entendimiento de esa realidad humana colectiva de la que el individuo es parte. Hay una enorme diferencia entre "ambiente" y realidad humana, así como entre hacer y ser, especialmente cuando este ser, es un ser colectivo. Por obvias razones, tanto el concepto de psicología como el de ciencia, así como el de realidad misma, están completamente distorsionados en el cientificismo, sumido en su especialidad, objetividad y método.
c) Fetichismo ideológico
Un fetiche es un objeto cualquiera (animado o inanimado) que recibe cierto tipo de veneración y culto, debido a que se le atribuye ciertos poderes mágicos. En la evolución del pensamiento y del comportamiento humano, se dio un giro hacia el lado ideológico, de modo que terminamos viviendo regidos por ideas y creencias, a tal punto que hoy es posible que los fetiches sean también ideas y conceptos. A fines del siglo XVIII aparecieron los tres grandes conceptos-fetiche de la humanidad: libertad, igualdad y solidaridad. Luego se sumaría el concepto-fetiche de derecho, y algunos otros que hoy adornan la vitrina de fetiches ideológicos del mundo moderno. Asimismo, el cientificismo erigió sus propios fetiches ideológicos: objetividad y empirismo. No hay nada de malo en pretender objetividad en el conocimiento, siempre que esto no se confunda con una necesidad de ocuparse tan sólo de lo exterior y ajeno al ser humano, y menos aun bajo la condición de que tenga que ser públicamente visible. La objetividad del campo no es lo mismo que la objetividad del conocimiento. Se puede tener un conocimiento subjetivo de un elemento objetivo y a la vez un conocimiento objetivo de una cualidad subjetiva. La objetividad mal entendida fue uno de los fetiches ideológicos más venerados por el cientificismo, y condujo a la degradación de sus ideas, pues además de eludir la subjetividad en el proceso de construcción del conocimiento, pasaron a evitarlo como objeto de estudio en tanto cualidad humana.
El objetivismo condujo también a concebir una realidad totalmente ajena al observador. El hombre sin mente del cientificismo sólo recibía estímulos de una realidad totalmente configurada. De este modo toda la realidad humana dejó de ser "humana" para convertirse en "datos objetivos" que eran recogidos por instrumentos de medición. Además se prohibió la interpretación de esos datos como requisito de la técnica. Les faltó afirmar que la ciencia se construía por sí sola, sin intervención humana. Pero para desaire del cientificismo, las neurociencias demostraron luego que la realidad humana es una construcción de la mente, y que allá afuera no hay nada más que partículas en movimiento, ondas caóticas, espacio y un escenario imposible de imaginar. La física moderna nos ha demostrado también que "la realidad" no es definible, pues aquello que "es" la realidad depende de aquello que queremos averiguar de ella y del tipo de pregunta que se le formule. Si le preguntamos por partículas nos responderá en términos de partículas, si le preguntamos por ondas responderá en términos de ondas, pero la "realidad" no es ni ondas ni partículas. Queda claro que la "realidad" no es independiente del observador y sólo tiene sentido para él, un sentido que empieza por lo que le interesa conocer de la realidad y de la forma en que lo aborda.
El fetichismo por la objetividad llevó al cientificismo a predicar en contra de la subjetividad, al punto en que hoy el lenguaje y la creencia popular ha asumido que la objetividad es una cualidad humana y que la subjetividad es un defecto despreciable, exactamente lo opuesto a la verdad. Así es como escuchamos a los periodistas y políticos pretender objetividad en sus comentarios, como si no estuvieran refiriéndose a una realidad completamente interpretada, y a ciertos aspectos de ella que han sido seleccionados y valorados. Para no entrar en detalles filosóficos, sólo basta con afirmar que tanto la objetividad como la subjetividad son las dos bases del conocimiento, y esto es algo que ya Kant había dejado claramente definido en el siglo XVIII.
El otro fetiche ideológico está muy vinculado a la objetividad y es el empirismo, que consiste en creer que sólo experimentando con cosas observables se logra conocimiento, lo cual ha llevado a la obsesión por el método y la experimentación. Recordemos la frase de Watson: "La psicología, tal como los conductistas la consideran, es una rama puramente experimental de la ciencia natural". Era sólo eso: experimentación. Es inevitable abrazar el empirismo si concebimos al hombre sin mente y una psicología de hechos observables, como proponía el cientificismo. Pero la ciencia no es sólo eso, pues sería imposible el progreso. Por el contrario, la ciencia ha avanzado gracias a la observación de la realidad, pero también gracias a la reflexión y al análisis, que conducen a proponer teorías explicativas y críticas de ellas. Son las teorías las que cambian la ciencia y el entendimiento de la realidad. La experimentación es fundamental para lograr la observación de los fenómenos, cuando estos son manipulables; pero no siempre lo son. Ninguna ciencia puede sumirse en la práctica empírica sin dar explicaciones de sus fenómenos como un sistema coherente, lo que sólo se logra luego de un razonamiento inteligente, incluso con escasa o ninguna experimentación. Ejemplos de esto hay de sobra en la ciencia, mencionemos tan sólo tres: la Teoría de la Deriva Continental, propuesta por Alfred Wegener, la Teoría de la Relatividad, erigida por Einstein, y la Teoría de la Evolución de las Especies, elaborada por Darwin. Todas ellas vislumbradas básicamente a partir de la observación rigurosa de la realidad, el análisis sistematizado de las evidencias y una intensa reflexión. Es así como se hace ciencia. Obviamente no toda la realidad es susceptible de experimentación. Incluso la física moderna ha llegado ya a sus límites de experimentación. Hay ciencias como la astrofísica, la meteorología, la antropología y, desde luego, también la psicología en muchas facetas, que no poseen la libertad experimental con la que sueña el cientificismo. No se puede experimentar con las familias, ni con las comunidades, ni con la cultura, ni con la historia. La vida humana, la formación cognitiva, y el desarrollo individual y social son procesos irreversibles.
Todo esto no significa que la experimentación no sea importante y que puede ser soslayada. Nada de esto. Lo que quiere decir es que, en primer lugar, no siempre se puede experimentar con todos los escenarios propios de una ciencia y, en segundo lugar, que una ciencia no se define ni se valora por sus prácticas experimentales ni, mucho menos, se reduce a ellas. La experimentación pura sólo le ha permitido al cientificismo acumular una gran cantidad de datos, que no son capaces de integrar en una compleja realidad que está más allá de su reducida y sesgada visión.
d) Dependencia metodológica y tecnologización
Una de las creencias que más ha afectado la construcción de conocimientos en la psicología han sido precisamente las establecidas por el cientificismo en torno a la objetividad y al empirismo. La ciencia no puede darse el lujo de seleccionar algunas partes de la realidad accesibles a su método y dejar otros porque no se le acomodan. Y desde luego, la ciencia no puede dejar de lado los procesos mentales, y menos por una ridícula pretensión objetivista. Los fenómenos subjetivos son parte de la realidad constitutiva del ser humano. Es adonde ha llegado la evolución de la materia organizada en su mayor complejidad, es decir, el cerebro humano. Incluso, es de esperar, que en organismos inferiores exista subjetividad. Tratar de comprender tales fenómenos es lo único que le da sentido a la psicología. El hecho de que se trate de fenómenos internos, o no visibles, no tiene porqué ser óbice para la ciencia. También la física se ocupa de aspectos no visibles de la realidad, como la energía en todas sus formas y las partículas subatómicas, aun aquellas que carecen de masa, como el gluón, por lo que se debe recurrir a modelos matemáticos deduciendo su existencia a partir de sus efectos, tal como hacemos con los procesos mentales. Así, podemos deducir que la memoria existe, y estudiarla como una cualidad subjetiva, como proceso y contenido mental. Sus fallas producen también patologías evidentes. El mismo desarrollo de la física ha demostrado que no todo en la realidad es "objetivo". Lo objetivo no es hoy lo mismo que fue a finales del siglo XIX, durante el esplendor del positivismo. El conocimiento objetivo de los fenómenos subjetivos es perfectamente factible, ya que esto significa que podemos tener conocimientos al margen de cualquier prejuicio o creencia, pues se logra por investigación y análisis. Por ejemplo, la percepción del color es un fenómeno subjetivo que se da en el cerebro, y este es un conocimiento objetivo que nadie puede rebatir.
Sin embargo, todavía hoy, en pleno siglo XXI, seguimos leyendo los mismos trillados argumentos en contra del estudio de los procesos mentales: "puesto que se sitúan en el interior del organismo, puesto que no constituyen fenómenos públicos, accesibles a varios observadores, no pueden ser abordados por el método experimental, es decir, no pueden ser estudiados científicamente" (Freixa i Bagué, 2003). Según esta disparatada concepción, que se mantiene exactamente igual desde hace un siglo, la ciencia se reduciría a la experimentación sobre lo observable públicamente. Se trata de un concepto dogmático que ha permanecido al margen de los avances de la ciencia y de la filosofía de la ciencia. Habría que admitir entonces que hay aspectos de la realidad vedados para la ciencia; por ejemplo, las partículas subatómicas, las radiaciones cósmicas, etc. Lo peor es que, a pesar de su obsesión por la objetividad, el cientificismo ha terminado estudiando cosas tan vacuas y gaseosas como las "relaciones en el ambiente" o la interacción, identificando elementos que constituyen básicamente fantasías teóricas y objetos conceptuales carentes de sustancialidad. Por ejemplo, ¿cómo se materializa y se hace públicamente visible la "historia interconductual" de un sujeto? Un elemento que Kantor parece haber tomado del psicoanálisis para incorporarlo a su modelo, y que no cumple con la doctrina. Lo mismo ocurre con esas famosas "disposiciones" puestas de moda por Ryle y tomadas también por Kantor. ¿Qué son en última instancia estas disposiciones? ¿En dónde están? ¿Cómo se almacenan y actúan? ¿Qué forma y esencia tienen?
Como se aprecia, la pretensión del cientificismo de ocuparse únicamente de lo objetivo (exterior y observable) como condición para considerarse ciencia, fue un lamentable error de perspectiva que les ha generado embarazosas distorsiones históricas. La "ciencia" no es una calificación o título que se gana por emplear un método, emular una práctica o someterse a una doctrina. Es una actividad que se despliega en la búsqueda de explicaciones de la realidad tal cual, aunque se trate de una realidad compleja que incluye fenómenos subjetivos internos.
e) Carencia de investigación
Quizá la característica más peculiar de la ciencia sea su constante actividad investigativa, que es la verdadera razón de su existencia. Las investigaciones se orientan al descubrimiento de la realidad en la búsqueda de explicaciones para los fenómenos percibidos. Para ello se generan diversos métodos de investigación, en concordancia con el escenario real, el problema concreto y el enfoque del estudio. Así pues, los métodos no existen antes de conocer el problema y definirlo; solo pueden ser generados después de hallar un enigma y planificar su abordaje. En este camino, la psicología descubrió los procesos heurísticos de la toma de decisiones, cuya aplicación en el campo de la economía logró un Premio Nóbel, por primera vez en la historia de la psicología, otorgado a Daniel Kahnemann en el 2002. Por esta razón, la psicología, como ciencia que se ocupa de los fenómenos psíquicos, está en la permanente búsqueda de métodos de investigación para tales fenómenos, y nutriéndose de los hallazgos en las ciencias conexas. La generación de métodos es parte constitutiva del proceso de investigación. En este escenario el científico muchas veces no es consciente de cómo logra sus descubrimientos, pues la metodología está sujeta a la creatividad. Por el contrario, en el escenario del cientificismo, el método es un limitante de la creatividad pues se trata de una práctica estandarizada y pre fabricada.
La predilección por el método hace que este sea establecido como un procedimiento estándar, anterior y determinante del carácter científico. Es este método el que establece lo que se puede investigar y cómo se debe y se puede proceder. Por otro lado, el cientificismo psicológico tiene ya su norte bien definido, su objetivo es producir técnicas de control. En consecuencia, toda su actividad se centra en tales propósitos. En tanto que se trata de un método orientado a cierto tipo de cosas, el objeto de la investigación es secundario, siendo lo realmente importante el empleo del método y el desarrollo de una técnica dentro de la doctrina. Es lo que justifica y valida su trabajo. Esto conduce necesariamente a la pobreza de hallazgos, y a una complacencia feliz con el sistema cognoscitivo que sirve de marco teórico. Lo que se hace en este tipo de "investigación" es ratificar permanentemente la validez del método y de la teoría de fondo, que no es una teoría sobre el aparente objeto de estudio sino sobre el formato del conocimiento. Los reportes conductistas sobre investigaciones varían únicamente en cuanto a los diversos campos de aplicación de sus técnicas y a la prueba de las mismas. En otras palabras, ratifican por diversos caminos sus mismas creencias. Los seguidores de estas prácticas conductistas se refuerzan constantemente con el éxito de sus técnicas, lo que asumen como una prueba de la certeza de su credo. Por ahora su preocupación está centrada en cómo incorporar en su modelo una mayor cantidad de variables. Lo único que cabe agregar es que si bien estas técnicas se apoyan en criterios científicos de observación y manejo de datos, no constituyen una ciencia en tanto que carecen de objeto de estudio real, es decir, de algo concreto sobre lo cual pretendan dar explicaciones y develar sus misterios, en concordancia con las demás ciencias; es decir, no se trata de concordancia en los métodos sino en las explicaciones. Y tampoco constituyen una psicología, en tanto recusen la explicación de los hechos humanos y se rehúsen a abordar sus fundamentos originales: los procesos mentales. Sin embargo, existen versiones que incorporan estos escenarios en su estudio, lo cual será motivo de nuestra siguiente observación.
f) Dispersión teórica
La ciencia avanza gracias a los descubrimientos que permiten ir aclarando el panorama. En la ciencia las teorías se suman o se restan, no hay más opción. Esto quiere decir que una teoría, o bien amplía y mejora el entendimiento de un fenómeno ya explicado por una teoría previa, o bien la reemplaza completamente probando su falsedad. Finalmente, siempre hay una sola explicación del fenómeno. En cambio en el cientificismo ocurre todo lo contrario: las teorías sólo se multiplican y se dividen, generando profusión teórica y caos en la disciplina. Al final de todo, las teorías que ganan hegemonía, lo hacen por cuestiones ajenas a su valor epistémico. Se requiere una investigación sociológica, antropológica o histórico-cultural, para saber qué hace que una de estas teorías sea la predominante en un segmento social. Esto es lo que se pudo observar en el psicoanálisis, que al final acabó dinamitada por docenas de versiones. Cada discípulo de Freud tenía su propia versión y lograba alguna aceptación, conformando su propia secta de seguidores. Y esto es exactamente lo que ocurre con el conductismo. Aunque la gran mayoría se congregó alrededor de Skinner, lo cierto es que siempre han existido distintas versiones. Algunos autores pretendieron ver en esta profusión caótica de versiones, una prueba de vida del conductismo, pero ha sido más bien la muestra de su descomposición.
"Un manual de conductismo (O´Donohue y Kitchener, 1999) presenta catorce variedades, unas dadas ya en su época hegemónica y otras desarrolladas en pleno cognitivismo, y no son todas, pues el etnocentrismo de los autores parece que les ha impedido ir más allá de los Estados Unidos. Las variedades incluidas en dicho manual son: el conductismo watsoniano, el interconductismo de Kantor, el conductismo propositivo de Tolman, el conductismo hulliano, el conductismo radical de Skinner, el conductismo empírico de Bijou, el conductismo teleológico de Rachlin, el conductismo teorético de Staddon, el conductismo biológico de Timberlake, el contextualismo funcional de Hayes y, dentro de la versión filosófica, el conductismo de Wittgenstein, el conductismo de Ryle, el conductismo lógico y el conductismo de Quine. Entre otras variantes que se podrían añadir, además de citar a H. J. Eysenck siquiera a propósito del conductismo hulliano, figurarían el conductismo pionero de H. Pieron, el conductismo psicológico de A. W. Staats, la teoría de la conducta de E. Ribes y el conductismo social de H. G. Mead (inmerecidamente propagado como interacionismo simbólico)" (Pérez Álvarez, 1996).
A pesar de que no están todos en esta pequeña cita, una generalización tan amplia puede resultar injusta. Por ejemplo, parece excesivo considerar a Ryle como conductista, solo porque se opuso al mentalismo de su tiempo. Lo mismo podemos decir de Wittgenstein. El mismo Kantor nunca se consideró un conductista. Lo cierto es que hoy los conductistas han incorporado en su grey a todos ellos. Una mención aparte merece E. Tolman (1886-1959) quien, pese a ser considerado como un conductista, hizo descubrimientos reales y valiosos en el campo del aprendizaje, y que fueron torpemente acallados por la irracional posición de Skinner, quien impuso la idea de centrarse en la mera conducta exterior y vacía de todo contenido. Por entonces Skinner publicó su tristemente célebre artículo ¿Son necesarias las teorías del aprendizaje? Corresponde preguntarnos ahora si un científico puede plantearse semejante interrogante. Algún día la propia psicología tendrá que explicar de qué manera se afecta la racionalidad de una comunidad, para que unas corrientes ideológicas puedan lograr aceptación a pesar de su abierta irracionalidad. Un fenómeno que ocurre a menudo en la política, pero que no ha estado ausente en el escenario académico, como vemos.
Una prueba de que los estudios de Tolman estuvieron encaminados por la senda de la verdadera ciencia psicológica, es que dichos estudios pudieron ser proseguidos, profundizados y ampliados hasta llegar a las modernas teorías de la decisión, de cuyos resultados pudo la psicología cognitiva obtener su primer Premio Nóbel en el 2002, como reconocimiento cabal de la comunidad científica. Sin embargo, E. Tolman nunca recibió ni la fama ni la aceptación académica de la que en cambio gozó Skinner con su conductismo radical, aunque nunca haya logrado explicar nada.
Incluso Tolman nos advierte de esta gran variedad de conductismos antes de presentar el suyo:
"La posición general que adoptaremos en este ensayo será la del conductismo, pero será un conductismo de una variedad bastante especial, ya que hay conductismos y conductismos. Watson, el archiconductista, propuso una marca. Pero otros, particularmente Holt, Perry, Singer, de Laguna, Hunter, Weiss, Lashley y Frost, han ofrecido desde entonces, otras variedades bastante diferentes. No puede intentarse ningún análisis y comparación completos de todas ellas. Presentaremos aquí meramente ciertos rasgos distintivos, como un modo de introducir nuestra propia variedad" (Tolman, 1959).
Pese a la preponderancia de Skinner, el conductismo se distinguió realmente por la proliferación de versiones. Hoy son objeto de diversos compendios, clasificaciones y sistematizaciones. Se trata de un cúmulo de teorías hablando su propio lenguaje particular, manejando sus propios conceptos y sus propias definiciones de sus propios escenarios. De hecho, nadie se entiende entre sí. Lo único que tienen en común es su convicción de estudiar algo llamado conducta (o interconducta) y sus diferencias empiezan apenas en la definición de su objeto o campo. Es decir, ni siquiera queda claro qué es exactamente lo que se supone que estudian.
Pérez-Acosta, Guerrero y López (2002), en su artículo Siete conductismos contemporáneos, nos ofrecen una síntesis de las principales versiones: Skinner, Staddon, Rachlin, Hayes, Donahoe, Staats y Ribes. Todavía podríamos añadir a otros, como Josep Roca i Balasch, por ejemplo. Pero en la síntesis ofrecida observamos la dispersión de concepciones. Como se advirtió al inicio, no se trata de teorías que convergen alrededor de un objeto concreto clarificando su entendimiento. Muy por el contrario, lo que se aprecia es la dispersión teórica y la incomunicación. Aunque algunos pueden dar nociones de conducta similares, partiendo de Skinner, como acción del organismo en función del ambiente, se distinguen en otros conceptos como el de cognición y su relación con los procesos mentales y las neurociencias. En resumen, todas las versiones conductistas (clásicas o modernas, de primera, segunda o tercera generación, reactivas o interactivas) se abren como un caótico abanico de enfoques diversos, hermanados tan sólo por un mismo cientificismo, es decir, su especialización en un reducido y artificial objeto de estudio llamado "conducta", su apego y dependencia de las tradicionales doctrinas metodologistas (objetivismo y empirismo), su frondosa tecnología interesada en el control, y su total incomunicación con las demás ciencias.
Uno de los principales problemas de esta dispersión es que resulta sumamente difícil establecer una misma crítica homogénea al cientificismo conductista. Toda crítica es casi siempre susceptible de ser respondida colocando como ejemplo a algún representante de esta logia, cuya versión, en efecto, no calza con la crítica expuesta, lo cual es asumido como una garantía de intangibilidad. En otras palabras, siempre habrá una versión conductista que se pueda sacar bajo la manga para dar respuesta a una crítica. Si bien esto puede ser útil para salvarse de las críticas, resulta en realidad la consecuencia de una caótica dispersión teórica generada por la carencia de un objeto de estudio real y la necesidad de fabricar un objeto teórico y una teoría que la sustente, tal como ocurre con las numerosas e individualistas teorías de la personalidad y de la inteligencia.
g) Lenguaje abstruso
La historia se repite. Y se repite muchas veces. Ya en el siglo XIV Guillermo de Ockham criticaba a los tomistas por los mismos defectos que hoy achacamos al cientificismo psicológico:
- Plantear problemas inútiles o ajenos al tema central
- Proponer soluciones demasiado complejas, generando una maraña de especies
- Y utilizar un lenguaje abstruso, es decir, ininteligible y oscuro
Una de las consecuencias directas e inmediatas de extraviarse en los desvaríos teóricos, es que el lenguaje empieza a volverse denso, a hacer referencia a conjuros abstractos que sólo son capaces de entender aquellos que han logrado edificar el castillo ideológico. Esto es lo que observamos fundamentalmente en el psicoanálisis y en el conductismo de campo. El lenguaje se torna viscoso y altamente especializado, atravesado por constantes vallas conceptuales que hacen referencia a constructos complejos, vagamente explicados por la teoría, por lo que la mayoría de la gente se maneja apenas con aproximaciones abstractas, que obliga a entrar en precisiones recargadas. La comunicación se hace mediante un metalenguaje repleto de consignas y contraseñas, accesible sólo para los iniciados y sumos sacerdotes de la logia. Una extensa variedad de denominaciones curiosas y términos técnicos invade el vocabulario, como por ejemplo, estímulos de muestra (EM), estímulos discriminativos (ED), estímulos de segundo orden (ESOs), estímulos de comparación (ECO), estímulos contextuales, etc. Llegando en muchos casos a mezclarse y hasta a confundirse entre los mismos autores.
Mario Bunge sostiene que la comunicabilidad y la apertura son dos características de la ciencia. El uso de un lenguaje común al alcance de la comunidad científica en su totalidad es un rasgo que diferencia a la ciencia de otras prácticas sociales; por ello, nada más ajeno a la ciencia que el uso de un lenguaje hermético, reservado para una reducida logia de parlantes muy especializados; lo que no impide que una especialidad científica pueda hacer uso de sus propios términos reservados a los elementos de su campo de estudio, siempre que dicho campo, sea un campo del mundo real y tales elementos sean objetos reales, cuya identificación no requiera apelar a teorías que definan su arquitectura conceptual. Ni siquiera en la física de partículas sub atómicas se necesita ser tan oscuro en el idioma, pese a que sus elementos apenas pueden ser imaginados. Se puede ser muy oscuro en el psicoanálisis, tal como lo ha demostrado Lacan, pero también se llega a ser muy hermético en la psicología interconductual. En este caso, el lenguaje abstruso deviene como una consecuencia inevitable de ese universo teórico definido conceptualmente como campo.
h) Aislamiento e incomunicación
El síndrome de la "religión verdadera" ha sido quizá el más generalizado en la psicología del siglo XX, habida cuenta de la proliferación de escuelas que, en muchos casos, adoptaron las formas de comunidades religiosas que profesaban una creencia, asumida como la única correcta por ser la única "científica"; hablaban su propio lenguaje, idolatraban a su propio profeta, y realizaban sus prácticas rituales en la forma de técnicas; pero fundamentalmente mostraban un enérgico rechazo a mezclarse con los demás, a los que consideraban paganos y pecadores, impropios de su ciencia. Desde luego, el cientificismo psicológico no fue ninguna excepción. Todo lo contrario, desplegaron los mayores esfuerzos para distinguirse. Incluso se apropiaron de la marca "psicología científica", y nunca dejaron de repetirla obsesivamente en sus escritos, así como el título de "científico de la conducta" para autodenominarse. Todas estas son conductas muy atípicas en los escenarios de la ciencia, pues nadie que haga ciencia necesita reafirmar el carácter científico de su tarea, ni es algo que le corresponda a uno mismo hacer. Por otro lado, nada hay menos científico que el aislamiento y la postura tautológica y autónoma frente a los hechos que se intenta explicar. El cientificismo rechazó nada menos que las vinculaciones con la biología, la fisiología y las neurociencias, en la tarea de entender la conducta animal. Skinner cubrió su "ciencia" con una esfera de cristal en la que permanecía inmune a toda crítica y a toda comunicación con las demás ciencias, configurando una "ciencia autista". El conductismo de campo no ha cambiado en nada esta circunstancia. Parapetados en su trinchera de la verdad, desarrollan su propia disciplina al margen de toda la psicología, a la que miran por sobre el hombro, sintiéndose orgullosamente parientes cercanos de la física, aunque esa física en la que basaron sus enfoques, hoy ya no existe.
Afortunadamente, la psicología real ha podido aprovechar los avances de las neurociencias, la genética de la conducta, la antropología y hasta de la cibernética y la informática, ofreciendo por su parte, sus contribuciones a la economía, la sociología, la educación, la inteligencia artificial y otras disciplinas, tal como ocurre en el escenario de las ciencias. Incluso se ha declarado que nuestros campos de estudio deben ser abordados interdisciplinariamente. Se espera -y se ha declarado así en el ambiente científico- que este será el "siglo de la mente", del mismo modo en que el siglo XX fue declarado el "siglo de la genética". Los esfuerzos de muchas disciplinas están depositados en este empeño, incluyendo a la filosofía, desde luego. Obviamente nadie espera que esta vaya a ser una labor sencilla, pero eso no debe arredrarnos y, mucho menos, llevarnos a cambiar nuestro objeto de estudio hacia una técnica simplificada para el manejo de un objeto teórico complicado e imposible de definir con certeza.
i) Culto a la persona
El culto a la persona es un fenómeno social muy común en la historia de la humanidad. Se ha dado generalmente en el ambiente político y religioso, pero nunca en la ciencia. No debemos confundir la fama de un personaje con el culto a la personalidad. Probablemente Freud haya sido el personaje más famoso del siglo XX vinculado a la psicología, pero su fama al igual que la de Marx y Einstein, es merecida por cuanto propuso una teoría original, muy amplia y ambiciosa, que fue desde los estratos profundos de la conciencia hasta la cultura y la historia, cambiando la forma de pensar de la humanidad. Pero nada de esto es comparable con el aporte de Skinner, por más que el cientificismo psicológico lo haya puesto en un pedestal junto a Darwin. Es muy común leer frases adulonas referidas a Skinner y Kantor que los proclaman "el Darwin de la psicología" o "el titán de la psicología". Una visión panorámica en retrospectiva de la historia de la psicología no puede más que desvirtuar semejantes consideraciones extravagantes.
La fama de Skinner y su endiosamiento, se produjo en el escenario de los EEUU de principios de los años 50, en una sociedad muy proclive al sobredimensionamiento de su propia cultura, y en un momento en que se sentían no sólo triunfadores en el mundo, sino el único "mundo". No era del todo falsa esta impresión, pues la mayor parte del mundo occidental se hallaba en ruinas, además de la URSS y Japón. El resto del planeta no contaba. El trabajo de Skinner fue una propuesta desafiante, pero sobre todo, proporcionaba técnicas en una cultura adicta a la tecnología, y una salida efectista a una disciplina atormentada por sus problemas y sus compromisos sociales. Skinner recibió por eso todas las medallas otorgables por entidades científicas y psicológicas, y apareció además en la portada de la revista Times, aunque lo presentaron con el elocuente título: Behavior. Skinner's Utopia: Panacea or Path to Hell? En realidad nunca le faltaron los críticos de todo calibre, pero Skinner parecía inmune a todo. Siempre decía de ellos que no habían entendido nada del asunto. El caso es que se volvió una celebridad al estilo de una estrella de Hollywood y, bajo su influencia, los psicólogos norteamericanos se volcaron a la experimentación con animales, al punto en que los congresos de la APA ya parecían un circo, a decir de Lee J. Cronbach (1957), quien se preguntaba si eso era psicología. Frente a todo esto, el libro que la APA produjo tempranamente por el aniversario de la fundación del laboratorio de Wundt, titulado A Century of Psychology as Science, a cargo de Sigmund Koch, fue duramente crítico con el cientificismo psicológico, lo que puede resumirse en una sola frase: "The entire subsequent history of psychology can be seen as a ritualistic endeavor to emulate the forms of science in order to sustain the delusion that it already is a science" (Koch, 1985). Pero pese a todo, ya sus fieles habían puesto a Skinner en urna de cristal, a salvo de toda crítica. Su imagen pública estaba vinculada a una caja con una rata adentro, y esa era la imagen que se daba de la "psicología científica", convertida a su vez en ícono del cientificismo.
Hoy circula un mito acerca de Skinner según el cual fue catalogado en una encuesta como el más influyente psicólogo del siglo XX. Esta idea generalizada y errada surgió de la encuesta que en 1991 realizaron James H. Korn y Roger Davis de la Saint Louis University y Stephen F. Davis del Emporia State University, y publicado en julio de 1991 en el American Psychologist. Esta encuesta interrogó a 29 historiadores de la APA y 93 profesores de psicología acerca de dos puntos: cuál era el psicólogo más importante de todos los tiempos y cuál era el más importante del momento actual. Entre los más influyentes del momento actual, el promedio de profesores ubicó a Skinner en primer lugar, luego y, por poco, a Albert Bandura y en tercer lugar a Neal Miller, como es lógico esperar en los EEUU de 1990. Hay que tomar en cuenta que esta encuesta se hizo a profesores norteamericanos a dos meses de la muerte de Skinner. Aun así, en la otra encuesta, acerca del psicólogo más influyente de todos los tiempos, los historiadores de la APA ubicaron en primer lugar a W. Wundt, seguido de Williams James y Sigmund Freud. En esta lista Skinner figura en octavo lugar. Hace falta pues analizar la información completa desde una perspectiva adecuada antes de fabricar mitos. Si uno hiciera una encuesta en Barcelona acerca de cuál es el mejor equipo de fútbol, sería sumamente ingenuo y deshonesto proclamar luego que "en una encuesta se calificó al 'Barcelona FC' como el mejor equipo de fútbol del mundo".
j) Victimización
Como no puede ser de otra manera, las posturas equivocadas suelen ser el blanco de críticas muy variadas. Sin embargo, hay que advertir nuevamente, que esto no ocurre en la ciencia. En toda la ciencia, las teorías se confirman o se rechazan. No caben discusiones. Hoy nadie discrepa con las leyes del movimiento de Newton ni se están revisando los principios de la Tabla Periódica de los elementos. Sin embargo, nunca se ha dejado de discutir el carácter científico de la "ciencia de la conducta" y sus pretensiones psicológicas. Aunque el cientificismo se ufana de haber convertido a la psicología en una ciencia, al dejar atrás aquel asunto metafísico de la mente, lo que observamos es un claro repunte del interés científico por el estudio de la mente, la conciencia, los fenómenos cognitivos o los procesos mentales. Esta circunstancia actual nos tiene que indicar algo: o bien la ciencia está completamente equivocada y el cientificismo es el camino correcto, o bien estos han estado siempre equivocados, dentro de sus creencias ideológicas sobre lo científico.
No debe sorprendernos si el cientificismo se mantiene en sus trece y declara que toda la ciencia que hoy se ocupa de la mente está equivocada. No sólo eso, es muy común leer, tanto a Skinner como a sus defensores, rechazar a sus críticos llamándolos ignorantes, acusándolos de no haber leído o no haber entendido la teoría conductual. En su libro "Sobre el conductismo", Skinner reúne 20 críticas típicas hacia su "ciencia de la conducta", desde las más relevantes hasta las más triviales, pero igualmente válidas. Y las presenta de este modo: "He aquí, por ejemplo, algunas de las cosas que usualmente se dicen del conductismo, o que se dicen de la ciencia del comportamiento. Yo creo que están erradas". Y luego añade: "Estos argumentos representan, en mi opinión, un extraordinario malentendimiento de los alcances y de la importancia de una empresa científica… Todos los malentendidos mencionados antes se pueden encontrar en publicaciones actuales de filósofos, teólogos, científicos sociales, historiadores, hombres y mujeres de letras, y muchos otros" (Skinner, 1974, p. 7, 8, 10).
Es decir, todas las críticas no pasaban de ser más que "malentendidos". Y los críticos tan sólo eran personas incapaces de comprender la "ciencia de la conducta". Aseguraba que su "ciencia" no era entendida, y se preguntaba por qué. Y se respondía que "la ciencia era siempre mal entendida". Pero esto no es verdad, por el contrario, la ciencia se distingue por ser clara y definitiva. Incluso teorías complejas como la Relatividad son perfectamente comprensibles. Y el conductismo no es ni la sombra de esta teoría, pues se trata de un modelo simple, y en grado extremo. Lo cierto es que al final Skinner nunca dio respuesta a ninguna de las 20 críticas reseñadas por él mismo. Tanto él como sus seguidores, impusieron siempre la tesis de la "ciencia mal comprendida" como la mejor estrategia defensiva del conductismo.
Conclusiones
El cientificismo es una realidad humana. Sin embargo nunca ha sido suficientemente estudiada. Los efectos del cientificismo en la psicología se sintieron con el cambio de su objeto de estudio y de su formato científico, al imponerle la "conducta observada" como campo de estudio, y el control de la conducta como ocupación.
La prédica del cientificismo respecto del poder de la ciencia concebida como un dogma del saber y una práctica empírica bajo un método estandarizado, llevaron al fracaso a numerosos proyectos científicos emprendidos al amparo de su retórica. Uno de ellos fue la autodenominada "psicología científica", conocida como conductismo e interconductismo; pero también a otros que no llegaron a adquirir las dimensiones de "escuela", sino de especialidad, como los estudios de la inteligencia y la personalidad. Aunque últimamente el tema de la inteligencia parece haber sido correctamente encauzado, gracias a enfoques como el de Sternberg.
Tanto por el fracaso del cientificismo como por el avance de la propia ciencia, la psicología ha recuperado finalmente a la mente, la conciencia y los procesos mentales, como sus verdaderos objetos de estudio. Se trata de escenarios muy amplios y complejos en los que aún queda mucho trabajo por hacer. Afortunadamente los avances de la ciencia cognitiva y las neurociencias, así como otros frentes científicos paralelos, permite ser optimistas en la construcción de una psicología sólidamente edificada, sin los fantasmas que hace cien años la llevaron a desprenderse de sus campos de estudio, y sin los prejuicios del cientificismo naturalista afectando su desarrollo epistemológico y metodológico. Queda pues claro que la psicología es todavía una ciencia joven y una ciencia en plena construcción. No tengo la menor duda de que pronto dejará de ser la "ciencia en crisis" que siempre fue, para convertirse en una de las ciencias más sólidas del futuro. Pero como decía el extraordinario César Vallejo: "hay, hermanos, mucho por hacer". Y lo primero que hay que hacer, creo yo, es empezar a limpiar la casa.
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