
Luís Dante Bobadilla Ramírez
Psicólogo
Facultad de Medicina Humana de la Universidad de San Martín de Porres
Lima, Perú
Para citar este artículo:
________________________
Bobadilla Ramírez, L. D. (2009, 02 de octubre). Hacia la reconfiguración de la psicología. Revista PsicologiaCientifica.com, 11(22). Disponible en:
http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-413-1-hacia-la-reconfiguracion-de-la-psicologia.html
________________________
RESUMEN
En los últimos tiempos se ha venido discutiendo la posibilidad de una unificación de la psicología. En este trabajo se hace un análisis de tales posibilidades, apelando a una revisión histórica de las teorías más paradigmáticas de la psicología del siglo XX, para concluir que tal unificación resulta imposible y que el camino más viable, a la luz de los recientes descubrimientos científicos en torno al hombre, es llegar a una reconfiguración total de la psicología, desprendiéndose de todas esas formas idealistas y reduccionistas que la caracterizaron.
El error de validación
En el último tramo del siglo pasado surgieron voces que anunciaban o clamaban por la unificación o integración de "las psicologías", en referencia a la variedad de teorías y terapias que surgieron a lo largo del siglo XX bajo la etiqueta de psicología. Estas propuestas caen en el error de validar todo lo aparecido durante la historia reciente, otorgándole sin más la categoría de psicología y, por tanto, el derecho a integrarse a un conjunto mayor que sería la psicología integrada. Este es un primer error de inicio ya que se trata de una apertura en exceso generosa. Algo similar ocurrió antes, cuando se fundó la Asociación Americana de Psicología Humanista sin aclarar cuáles eran los requisitos de tal membresía. En palabras de Irving Yalom (1984), uno de sus fundadores, "pronto la carpa del humanismo se vio invadida por toda clase de payasos y malabaristas".
El segundo error de estas propuestas unificadoras es que no se plantean los mecanismos de esta curiosa integración ni se vislumbran los inesperados resultados. Algunos proponen simplemente una apertura total hacia todos los modelos terapéuticos, pero esto es otro tema, que además ya en los hechos viene ocurriendo como una forma de eclecticismo. El problema que nos plantea la supuesta integración se da en el corpus teórico de la psicología, partiendo desde la fijación consensuada de su real objeto de estudio. En este problema poco es lo que aportan los enfoques terapéuticos, ya que la mayoría de ellos carecen de un sólido sustento teórico, y muchos incluso se limitan a especulaciones filosóficas, mitológicas y espiritualistas generalmente de corte oriental, o argumentan su eficacia en poderes extraños. Algunas formas terapéuticas están convertidas en verdaderas sectas: tienen algún personaje al que veneran como a un dios, poseen sus textos sagrados, memorizan sus dogmas de fe, repiten sus rituales con unción, y no tienen ninguna intención de mezclarse con otros. Si bien estas terapias se han esforzado por contar con una expresión teórica que avale su proceder, generalmente se trata de teorías excéntricas y simplistas, sin mayor sustento científico. En todo caso, carecen de canales de comunicación con las demás ciencias que se ocupan del hombre. Esta vieja costumbre de las escuelas psicológicas ha provocado que la comunidad científica ignore a toda la psicología en su conjunto. Una de las consecuencias ha sido, por ejemplo, que el principal reconocimiento mundial al esfuerzo científico y humanista, el Nóbel, ignore completamente a la psicología.
El campo terapéutico es verdaderamente amplio, abigarrado y confuso, en el que resulta imposible encontrar fundamentos teóricos comunes. Muchas técnicas se basan en la simple fe de sus creyentes y practicantes, siendo completamente secundario el tema de la estructura formal del corpus teórico. A veces se vincula al poder curativo de un personaje que actúa como gurú, quien no duda en cubrirse con explicaciones mágicas acerca de su poder. Y también están implicadas las características tanto de personalidad como de las creencias que manejan aquellos que van en busca de ayuda. De modo que es bastante arriesgado incluso plantear una total apertura a toda especie terapéutica. Está visto que la gente puede curarse con casi cualquier cosa. Hasta el tiempo, por si solo, es un excelente agente curativo, pues el hombre posee internamente los mecanismos para reestructurarse y sanar. Es una característica de todo ser vivo. De modo que no podemos dejar reposar el edificio completo de la psicología en una mezcla amorfa de estilos terapéuticos, por muy lindos y espectaculares que sean los rituales que ofrezcan, ni por sus aparentes éxitos curativos ni por sus prédicas espiritualistas o científicas. Lo cierto es que ninguna práctica terapéutica puede explicar al mismo tiempo las razones de su éxito como de sus fracasos, pues todas los tienen. En resumen, la psicología no puede depender de la feria de propuestas terapéuticas surgidas en los últimos años para estructurarse como ciencia unificada. Esa es una pésima alternativa que, por lo demás, resulta inviable.
Antes de hablar de unificación, una tarea indispensable es realizar un estudio crítico de la historia de la psicología, de modo que podamos comprender por qué tales desarrollos han sido tan diversos y se aprecian como un panorama tan confuso. Un estudio de este tipo permitiría comprender, por ejemplo, que "las psicologías" se han ocupado de una variedad de cosas sin contar con un marco único general. Han surgido como la maleza en un prado sin tener un tronco sólido común alrededor del cual fijarse. Unos se han interesado por ciertas patologías concretas, otros por determinados aspectos como las emociones, la inteligencia, la personalidad, la conducta, etc., y todos ellos se estructuran al rededor de sus propias nociones de hombre, ciencia, salud, etc. Algunos ni siquiera han considerado al hombre como tal sino que lo han degradado a una condición animal y mecánica, y hasta se han dado el lujo de cambiar la definición histórica de la psicología para adecuarla a su propio enfoque, acabando por confundir a varias generaciones. La consecuencia de no tener un marco general de referencia común es que no se puede saber qué está dentro y qué está afuera, de manera que cualquier propuesta acerca del ser humano, o algo relativo a él, termina siendo considerada como psicología. Esta es la razón de ese panorama caótico de la psicología del siglo XX.
Otro de los inconvenientes para tal unificación es que en los últimos 35 años la ciencia y la tecnología han logrado un avance tan espectacular, que el panorama necesario para concebir la unificación se ha tornado imposible de alcanzar. Apenas podemos ser conscientes del avance de la tecnología, porque es algo que vemos cada día instalándose en nuestra propia casa. Hoy tenemos aparatos de los que no sabemos exactamente para qué sirven o cómo se usan, y nos sentimos desfasados. Algo muy similar, o quizá peor, ocurre en el escenario del conocimiento; pero no podemos ser conscientes de esto debido a que no se trata de algo "objetivo", es decir está más allá de nuestra experiencia sensible, de manera que pasa desapercibido. Pero el desfase del conocimiento existe igual o aun peor que en el caso de la tecnología. El conocimiento científico nos ha rebasado dejándonos con los conceptos vigentes hace medio siglo o más, pues el saber se ha incrementado, diversificado y especializado enormemente. Tan sólo en el estudio de la conciencia, por ejemplo, algo que casi no existía hace solo 15 años, podemos distinguir hoy diversas especialidades y estrategias de abordaje: desde la filosofía (Dennett, 1994; Chalmers, 1997; Searle, 1997), las neurociencias (Edelman, 1989; Calvin, 1996) la psicología (Baars, 1997; Combs, 1996), o la física cuántica (Penrose, 1994). Muchos avances en la ciencia y la filosofía, de los que quizá no tenemos ni la menor idea, están reformando hoy mismo las estructuras del conocimiento sin que podamos advertirlo, mientras aprendemos a usar los infinitos servicios de la Internet, del último celular u otros equipos, o nos resignamos a no usarlos.
Los descubrimientos logrados desde los 60 en diversos campos de las ciencias como la antropología, la paleontología, la biología, las neurociencias, la cibernética, etc., han cambiado radicalmente nuestros conceptos del hombre. La propia evolución de la especie humana en este último siglo ha provocado transformaciones trascendentales. Hoy el hombre no es el mismo que fue a principios del siglo XX, ni como objeto de estudio ni como sujeto cognitivo, las sociedades humanas y sus condiciones de existencia han sufrido transformaciones radicales, los esquemas ideológicos que predominan hoy en la concepción y dirección de nuestro mundo así como el escenario tecnológico que nos distingue, son transformaciones consustanciales a la naturaleza del nuevo ser humano. Ante tal escenario lo más sensato parece ser preguntarnos si a estas alturas tal unificación de "las psicologías" del siglo XX todavía tiene algún sentido, en el supuesto caso de que fuera factible, puesto que aquella psicología se hizo prácticamente con los ojos cerrados, al extremo que ni siquiera partieron del estudio del ser humano como tal, sino apenas de simples aspectos aislados de él, viejos conceptos recogidos del habla popular, preconcepciones religiosas, etc. Podemos incluso afirmar que los principales aspectos estudiados por la psicología del siglo XX, tales como la inteligencia, la personalidad o la mismísima conducta, plantada como bandera emblemática de la ciencia, no pasan de ser meras entelequias concebidas como focos de estudios en medio de esa oscuridad en la que se tanteaba en busca de alguna luz. ¿Cuándo la psicología dio su primer acto de presentación explicando lo que es el hombre en lenguaje realmente científico? ¿Cuándo fue este su norte y meta científica? Por el contrario, se limitaron a la explicación mitológica de ciertos síntomas, al estudio de los movimientos humanos tratando de imitar a la física, a ciertas características animales presentes en el hombre y a una gran variedad de expresiones que van desde lo sexual hasta lo espiritual, pasando por lo emotivo, etc. ¿Tienen todos intentos alguna validez hoy?
Por todo lo anterior, resulta inadmisible proponer y esperar una unión de las psicologías. Lo que cabe es prever una reconfiguración total de la psicología, que esté sustentada ya no en alguna forma terapéutica de efectos fantásticos, ni en especulaciones acerca de prejuicios culturales, sino fundados en conocimientos reales logrados a partir de estudios específicos del ser humano en concreto, como por ejemplo, partiendo de su proceso evolutivo como especie, el proceso de transformación de su cerebro, su estructura funcional actual y su relación con especies próximas, la aparición de la conciencia y del lenguaje, el dominio de sus formas de pensamiento, la formación de sus sociedades y sus procesos de organización social, la generación de la cultura y su papel como agente cognitivo activo en la configuración de la racionalidad de las comunidades, etc. Solo a partir de estudios de este tipo se puede lograr edificar una psicología científica que parta del hombre real y no de meros conceptos populares o de prejuicios culturales, como ocurrió en el siglo XX. A todo esto, habría que añadirle una necesaria perspectiva epistemológica propia, distinta del enfoque sujeto-objeto, habida cuenta de que en ella no hay objeto. Se necesita llegar a la comprensión de la conciencia humana como el escenario en el que se despliega la realidad en la que los humanos viven, y ello implica una ontología nueva acerca de los escenarios de estudio de la psicología. De manera, pues, que la psicología no puede escapar de esos molestos problemas filosóficos. Antes bien, debe despejarlos.
Toda ciencia tiene un tronco sólido alrededor del cual gira. La psicología del siglo XX no tuvo ninguno. Si hemos de buscar esa columna de apoyo, no puede ser otra que la misma que sirve de apoyo a toda ciencia que se ocupe del hombre: la evolución de nuestra especie. Los aspectos implicados en el proceso de nuestra evolución tienen que servir de sustento y de referente obligado en la edificación de la psicología, cualquiera sea su orientación. Esta evolución incluye tanto la evolución del cerebro como la del pensamiento y de sus formas, que ha tenido lugar desde que el hombre apareció sobre el planeta, igualmente los procesos de configuración de sus sociedades y el papel de sus mecanismos de comunicación, desde el rostro, los gestos, el idioma hasta los medios de comunicación masiva y la Internet, especialmente en su reciente papel de nuevo escenario virtual en el que se configuran identidades y sociedades que interactúan mediante códigos propios.
Por último, una reconfiguración de la psicología pasa necesariamente por replantear el empleo de las metodologías de investigación y de sus instrumentos de medición, los que no pueden seguir basados en los conceptos objetivistas heredados de las ciencias naturales por cuanto nuestros escenarios son ontológica y epistemológicamente diferentes. Una especie de pereza mental nos ha llevado al empleo masivo y obsesivo de la metodología naturalista pese a que no aporta mayores resultados, pues los campos de investigación propios de los fenómenos psicológicos no se resuelven con la evaluación de tan solo dos variables supuestamente aisladas, ni con la aparente causalidad descubierta a partir de probabilidades de ocurrencia surgidas por repetición de eventos.
El largo camino de la reconfiguración de la psicología evidentemente pasa por derribar muchas ideas y creencias, así como las malas prácticas generadas a lo largo del siglo. No obstante, cambiar las costumbres adoptadas en las sociedades será mucho más difícil. Aunque la verdad de una teoría sea aplastante, las costumbres y creencias sociales permanecen por mucho tiempo más. Pero es un camino que ya debemos empezar a andar.
Conclusión
Antes de emprender la construcción de una psicología es preciso contar con una noción certera acerca del hombre. Todo trabajo, exploración o acercamiento comprensivo, se realiza a partir de una noción de su campo, que sirve de base para trazar la estrategia de aproximación y nos prepara para entender algo en un sentido ya asumido. Si partimos de una noción equivocada, todo lo demás estará errado. La psicología del siglo XX se estructuró alrededor de conceptos primitivos del hombre, sobre conceptos heredados de nociones religiosas que lo concebían como una criatura dotada de los más maravillosos dones, específicamente "inteligencia", hecha a imagen y semejanza de Dios, surgida de pronto por un soplo divino con todos sus dotes y sin vínculo alguno con otras especies inferiores; imágenes que cargaban, además, con fuertes dosis de machismo en las que la mujer era apenas un objeto sexual del hombre. La teoría de la evolución cambió muchas cosas pero dejó la falsa impresión de que el hombre era la culminación del proceso y, como consecuencia, los estudios se centraron en él como organismo individual, sin repercusiones hacia su sociedad y sin ninguna noción del papel de la cultura. Además, hay que decir que algunos enfoques ni siquiera concebían al hombre sino que se basaban en la simple noción de un organismo animal sin mente. El conductismo no sólo redujo al ser humano a la condición de animal inferior sino que redujo a la psicología a una especie de física de eventos humanos, llegando incluso a cambiar arbitrariamente la definición histórica de la psicología como "ciencia de la conducta", aprovechando un momento de la historia en que, por causas de la Segunda Guerra Mundial, EEUU ejercía eventualmente el predominio cultural. Esto sumado a los demás intentos de hacer psicología a partir de conceptos populares o de prejuicios culturales sin contar con un referente común, acabaron en el gran caos teórico que fue en buena medida la psicología del siglo XX. Hoy se ha corregido en parte el desaguisado conductista gracias a que la mayoría de textos define la psicología como "ciencia de la conducta y de los procesos mentales".
A la luz de nuestro análisis, resulta imposible intentar una unificación de "las psicologías" surgidas en el siglo XX. Las posiciones eclécticas que promueven el empleo de toda clase de formas terapéuticas en el campo clínico, no representan ninguna posición concreta en el campo teórico de la ciencia. Aun más, resultaría materialmente imposible conciliar tendencias que parten de supuestos culturales antes que del estudio del hombre real. Cualquier intento de edificar una psicología científica debe empezar por tener una nueva concepción del hombre, una concepción que derive del conocimiento cabal de su proceso evolutivo como especie, del conocimiento apropiado del funcionamiento del cerebro como aparato cognitivo y del reconocimiento de su circunstancia cultural como agente configurante activo.
www.PsicologiaCientifica.com