
Héctor Cerezo Huerta
Asesor de Psicología Clínica
Centro de Crisis Casa Amiga
México
Resumen
El propósito de las siguientes líneas es discutir las actitudes cognitivas, afectivas y conductuales que comúnmente desarrolla el personal de salud, seamos éstos, psicólogos, médicos, trabajadores sociales, consejeros e incluso personal de apoyo, hacia la identificación, canalización y atención de usuarias que cotidianamente acuden a solicitar asesoría por vivir condiciones de violencia doméstica, particularmente hacia el riesgo profesional y emocional de ejercer posiciones polarizadas mediante la presencia del fenómeno clínico denominado "Triángulo rescatador – víctima – persecutor". Así también a través del escrito, se pretende evaluar las barreras comunicativas existentes a nivel profesional e institucional que en algún momento dificultan la atención a las sobrevivientes de cualquier tipo de violencia. Al final del documento se presenta una serie de estrategias generales de afrontamiento para los profesionales que forman el equipo de atención a la violencia de género.
Las consecuencias de ayudar
En primera instancia, es
conveniente señalar que a pesar de que la violencia es una causa significativa
de morbilidad y mortalidad femenina, sólo hasta hace algunos años se ha
visualizado como un problema de salud pública. Aunque la prevalencia de la
violencia contra la mujer suele estar subestimada, en nuestro país: México, la
epidemiología de violencia doméstica reportada, tanto en zonas rurales como
urbanas, oscila entre el 30% y 60% (Rivera, 1998). Sin embargo, las cifras
registradas en las instituciones de salud, así como en las instancias de
procuración de justicia y organizaciones no gubernamentales representan sólo la
punta del iceberg, ya que captamos las situaciones de extrema violencia o
aquellas en las que las víctimas deciden denunciar o detener el circuito de la
violencia, lo cual ocurre en la minoría de los casos. Según estimaciones del
Banco Mundial en las economías de mercado establecidas, la violencia de género
es responsable por uno de cada cinco días de vida saludable perdidos por las
mujeres en edad reproductiva (Informe sobre el desarrollo Mundial, 2004).
Estudios recientes destacan que la violencia de género es una causa
significativa de enfermedades y muertes femeninas, producto de golpizas durante
el embarazo, de violaciones conyugales, de abuso sexual en la niñez, de abortos
practicados en malas condiciones sanitarias, de esterilizaciones forzadas, de
carencias alimentarias y de escaso acceso a los servicios de salud, entre otras
causas.
Ahora bien, pese a que la
problemática ya aparece como desalentadora y compleja, el personal de salud y
profesionales que atienden estos casos, presentan su propia situación
particular, caracterizada fundamentalmente por la presencia de un síndrome de
estrés crónico derivado de una atención intensa y prolongada con personas que
están en una situación de necesidad o de dependencia emocional. Es importante
asumir que algunas veces resulta difícil para nosotros los proveedores de salud
discutir estos problemas, sin embargo hacerlos explícitos permiten prevenirlos
e intervenir sobre ellos. En general, los estudios hacia organizaciones que
atienden violencia doméstica configuran un perfil sui géneris del
personal asistencial. Según Marín, (2004) estas agencias, algunas veces se
identifican con variables relacionadas con el poco entrenamiento especializado
que reciben, el enfoque ideológico particular de la organización, el exceso de
citas, la sobrecarga laboral no correspondiente con el ingreso económico, la
ausencia de un verdadero y eficiente equipo de contención emocional, la
carencia de recursos materiales y humanos, las condiciones laborales, la
ausencia de formación y compromiso respecto a la misión institucional, el
conflicto con pacientes "difíciles" y la influencia de los factores
psicosociales en el encuentro clínico, que junto con el error, el desgaste
emocional y la carente comunicación interdepartamental conforman un caldo de
cultivo excelente para la oferta de servicios clínicos de baja calidad, en el
mejor de los casos, o para el desgaste profesional del personal de salud
involucrado en el peor de los escenarios. En síntesis, estos factores permiten
inferir la importancia de la actitud y conducta de los profesionales que
atienden a víctimas de violencia y su relación con la calidad de atención
percibida por los pacientes, así como el efecto sobre la percepción que el
paciente tiene sobre la evolución del motivo de consulta.
Hace algunos meses,
surgió el interés por escribir estas líneas, posteriormente al comentario de
una paciente al final de su sesión. Ella me decía que envidiaba nuestro
trabajo, dado que sentado en la silla del terapeuta "uno puede vivir
muchas vidas". Con franqueza, no quise arruinarle la poesía, y callé
que, la mayoría de las veces, la gente que se sienta frente a un terapeuta está
viviendo una vida con sufrimiento, o dolor, o cuando menos llena de problemas.
Y que justamente, en la mayoría de los casos, al menos así lo considero, la
terapia termina cuando empiezan a vivir algo digno de ser vivido (en el mejor
de los casos)
En mi propia práctica
terapéutica ya comentaba una interrogante interesante y poco clara para muchos
de los profesionales involucrados en el campo de la violencia, sobre todo puede
serlo para aquellos que consideramos que la prioridad en la atención a
pacientes es el autocuidado del terapeuta. Las interrogantes consistían en
cuestionarse seriamente las posiciones que asumimos como profesionales, seamos
estos terapeutas, trabajadoras sociales, abogadas, personal de consejería, o
incluso de apoyo frente al fenómeno de la violencia en general, y respecto a la
postura que asumimos con una u otra usuaria o usuario en el espacio
terapéutico. Por ejemplo, ¿por qué con algunas pacientes somos capaces de generar
un sentimiento de profunda empatía y pena por su sufrimiento?, ¿Por qué a veces
nos sentimos con el fuerte deseo de aliviar el dolor o resolver sus causas?,
¿Por qué con otras mantenemos posiciones tan distantes?, ¿Quizá hasta
persecutoras? Otras tantas de escucha activa, algunas más de racionalidad
terapéutica o de "distancia critica sana", ¿por qué a veces parecemos
convertirnos única y exclusivamente en mecánicos de almas?, ¿Por qué los
proveedores de salud podemos sentirnos impotentes, ansiosos y/o frustrados
cuando manejamos estas situaciones?, ¿Por qué podemos sentir una tendencia
natural a distanciarnos emocionalmente de estas pacientes o bien a culpar a la
víctima?, ¿Por qué corremos el riesgo de caer en la rutina y en la falta de
comunicación entre profesionales involucrados?, ¿Por qué el desgaste laboral
causa mella en las relaciones personales, familiares y de pareja del
profesional que atiende a víctimas?. Estas y otras interrogantes son
importantes abordarlas desde el punto de vista ético-clínico del personal
involucrado, tanto para los profesionales que inician en esta área, como para
aquellos que se quedan y para quienes por desgracia son objeto de desgaste
después de haber sido "tocados" por el material radiactivo de la
violencia.
El riesgo profesional
y emocional del intento de RESCATAR
Siempre me ha preocupado
el hecho de mostrar una serie de actitudes no sanas e improductivas acerca de
la violencia de género por parte de quienes prestamos los servicios de
asistencia a las usuarias o usuarios. Dichas actitudes pueden impedir que
abordemos con prudencia y metodología científica la asesoría a las víctimas. La
sensibilización y la capacitación planificada desempeñan un papel importante en
cuanto a adquirir las aptitudes necesarias para superar esas barreras y
colocarse en situación confortable para poder atender dicha violencia.
Precisamente, debido a este papel de los profesionales en la
"curación" de las usuarias, nosotros, los proveedores de servicios
nos contamos entre las pocas personas en la vida de la víctima que estamos en
condiciones de detectar, diagnosticar y proporcionar tratamiento en casos de
violencia de género, somos quienes tienen la oportunidad más importante de
aportar "curación" con las palabras y nuestras actitudes. Heise y otros
(1995) indican que las víctimas pueden recuperarse después del trauma y que una
de las partes más importantes de la recuperación es que otra persona nombre y
valide su experiencia, demostrando su interés y sus conocimientos. Hay muchas
clases de ayuda que puede necesitar una víctima de violencia, ya sea terapia
individual, terapia de pareja, grupos terapéuticos, ingreso a un refugio,
asistencia jurídica, o trabajo social; no obstante, el hecho de que se la
escuche y se crea en lo que dice, posiblemente por primera vez en su vida, es
la etapa inicial, de importancia crucial, de este proceso.
Así pues, la capacidad de compasión y empatía parece estar en el centro mismo de nuestra capacidad para realizar el trabajo con nuestros consultantes, y al mismo tiempo en nuestra capacidad para ser lastimados por el mismo trabajo. Esta posibilidad de ser lastimados por el trabajo terapéutico hacia las víctimas puede ser fuente permanente de estresores capaces de desencadenar enfermedades tanto físicas como mentales.
Nosotros no somos una excepción sino todo lo contrario, ya que
cotidianamente nos exponemos a una gran cantidad de riesgos ergonómicos
relacionados con la organización y el contenido del trabajo. En este sentido,
es necesario decir que la propia práctica de la terapia es intrínsecamente
estresante, aunque también ofrece muchas satisfacciones a los distintos
profesionales de la salud. Día tras día se ponen de manifiesto mayor número de
fuentes de estrés, así como de signos indicativos de un aumento de problemas
relacionados con el estrés en los trabajadores de los sistemas de salud, pese a
que nuestras defensas neuróticas lo nieguen o minimicen.
Los profesionales de la
salud mental constituyen uno de los colectivos de trabajadores más afectados
por el estrés. El trabajar con los aspectos emocionales más intensos del
cuidado del paciente (en nuestro caso, sufrimiento, miedo, dolor e impotencia)
así como el atender pacientes "difíciles", con frecuencia afecta la
tolerancia para la frustración y la congruencia del profesional. El estrés
crónico que significa el estar continuamente bajo tales circunstancias puede
llegar a ser emocional y físicamente extenuante, pudiendo conducir a la
presencia de signos del síndrome de desgaste profesional.
En este escenario, se configura
un riesgo profesional adicional, éste es el intento por "rescatar"
a las pacientes. Me refiero a la acción de rescatar como una actitud que
podemos mostrar los profesionales e institución que atienden a víctimas de
violencia como el envío de creencias, valores, mitos, sentimientos,
pensamientos y acciones a la paciente que la victimizan, compadecen,
traumatizan de forma secundaria y protegen en exceso, asumiendo sus
responsabilidades, interponiéndose además entre cualquier persona que pudiera
ser hostil con la víctima, "robándole" constantemente la oportunidad
de enfrentar sus propias crisis, y por consiguiente, quitándole la capacidad de
aprender de las consecuencias de sus actos, omisiones, negligencias, errores y
responsabilidades, y simultáneamente justificando o culpando del ciclo de la
violencia exclusivamente al "enfermo agresor", sin antes comprender
que en la dinámica de la violencia doméstica, existen dos responsables, por un
lado, aquel que ejerce la violencia, y por el otro, aquel que lo permite, y en
donde ambas actitudes son emocionalmente enfermas, y ambas necesitan
tratamiento psicoterapéutico. Entendamos algo claramente, su problemática no
solo es estructural, existe una responsabilidad individual insoslayable que no
se puede negar, ni minimizar con discursos retóricos, políticos, clínicos o de
postura de género.
Esta posición
rescatadora, no hace sino aumentar la distancia de la tan mencionada y pomposa
equidad, considerando que basta con el trillado "empoderamiento"
para resolver su compleja problemática, es decir, rescatar implica finalmente,
toda intervención que se fundamente en una subjetividad que no se preocupa, ni
insista en establecer un contrato en el que la persona declare específicamente
que es de lo que ella/él quiera ser curada/o, y a que se compromete para
alcanzarlo.
Detengámonos aquí un
poco, pues resulta que este "discurso de empoderamiento" me
causa algo de "rareza", ya que en algún sentido podría tener relación
con el intento de rescatar a las víctimas de la violencia doméstica. Concibamos
estas alusiones semánticas del "empoderamiento" como un proceso que
se caracteriza por la motivación, el impulso, y la generación de facilidades
para desarrollar y explotar todas las capacidades de alguna persona, grupo o
institución. Esta retórica sociopolítica en las víctimas de violencia
doméstica, creo ya está desfasada pues no basta solo con cambiar la
distribución del poder y con confrontar el status quo, es necesario
también asumir su cuota para evitar posiciones polarizadas, en
responsabilizarse por ser propositivas, menos homogenizantes y más alentadoras
en cuanto a los esfuerzos por lograr la equidad.
Auxiliar significa ayudar
a que los pacientes contacten con sus propias fuerzas interiores, implica
considerar que lo primero que podríamos hacer, es preguntarle a la paciente:
¿cómo puedo ayudarle? y luego escuchar atentamente lo que la/el paciente
reporte, permanentemente cuestionar y confrontar que está haciendo ya por
ella/él misma/o Todo ello, protege a ambos, cliente y terapeuta: el terapeuta
sabe exactamente qué quiere la persona, y la persona sabe qué es en lo que va a
trabajar el terapeuta y cuándo es que la terapia está completa. La prioridad en
la atención a pacientes es cuidarnos a nosotros, para poder ser útiles a
nuestros pacientes, la urgencia por rescatar, se deriva de nuestra propia
necesidad de ser rescatados. Cuando hemos sobretrabajado, estamos estresados o
cansados, estamos expuestos a ser más vulnerables emocionalmente al sufrimiento
de otros. Esa vulnerabilidad aumenta la posibilidad de hacer intervenciones
poco acertadas con nuestros pacientes.
Mecánica del
triángulo rescatador – víctima - persecutor
La atención de pacientes víctimas de violencia doméstica en algunos casos
provoca contra transferencias difíciles de manejar. Las características de la
personalidad víctima de violencia no es constante, sin embargo, es común
observar dependencia emocional, pasividad, poca diferenciación, deficiente
autocrítica, temor al rechazo, miedo a expresar emociones, impulsividad y el
uso de mecanismos de defensa muy primitivos, como son la negación y la
proyección, aunadas a la dificultad para aprender de la experiencia, hacen del
tratamiento de este tipo de pacientes una tarea realmente difícil que puede
llegar a ser emocionalmente agotadora. En nuestro caso, psicólogos,
trabajadores sociales, consejeros y otros, por ejemplo, el estrés comienza a
pasar su factura desde muy temprano, constituyendo una configuración emocional
que hace referencia a síntomas neuróticos transitorios y a síntomas
psicosomáticos que son considerados como distresantes aunque necesarios como
experiencias formativas en el desarrollo del personal de atención a víctimas,
ya que mediante una sobre identificación con los pacientes los profesionales se
cuestionan su propio desarrollo, madurez y mecanismos de defensa.
El análisis transaccional como modelo teórico y metodológico, nos ofrece una
forma de entender la dinámica disfuncional que se puede generar en la atención
a pacientes problemáticas de violencia. Este mismo esquema ha sido aplicado con
anterioridad a distintos escenarios clínicos, entre los que cabe mencionar a la
familia que sufre de la adicción de uno de sus miembros, la relación de pareja,
e incluso a los ambientes organizacionales con resultados muy interesantes.
En síntesis, la mecánica del triángulo postula que existe un juego
transaccional en donde se manifiestan tres posiciones básicas en este caso en
el espacio terapéutico en particular, y en la actitud de atención hacia la víctima
en general, estas son; los vértices de rescatador, víctima y persecutor, mismas
que interactúan entre sí, para mantener la disfunción de la relación o el
juego.
A continuación se presenta una esquematización de la dinámica básica del
triángulo en la generación de actitudes rescatadoras, víctimas y persecutor en
la atención a pacientes. (Jarero, 2004).
|
El psicoterapeuta como rescatador, víctima y persecutor |
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RESCATADOR |
|
Pobre,
debo ofrecerle más de mi tiempo gratuitamente. |
|
Comprarle lo que vende
aunque yo no lo necesite. |
|
Llamarla varias veces
para saber cómo sigue. |
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Convencerla de que haga
lo que yo le digo. |
|
Ayudarla
económicamente. |
|
Nuestro sentimiento es
de lástima hacia el paciente y nosotros nos sentimos ansiosos/as. |
|
VICTIMA |
|
No le gusto a mi
cliente. |
|
No estoy haciendo un
buen trabajo. |
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Es mi culpa que ella/el
no mejore. |
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Meto la pata todo el
tiempo. |
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Nos sentimos asustados.
Sufre nuestra autoestima. |
|
PERSECUTOR |
|
Cómo es de estúpido
este paciente. |
|
¿Por qué tarda tanto en
curarse? |
|
Si me obedeciera ya se
hubiera curado. |
|
Nos sentimos enojados,
irritados, frustrados. Tendemos a juzgar. |
|
El paciente como rescatador, víctima y persecutor |
|
RESCATADOR |
|
Tengo miedo de herir
los sentimientos de mi terapeuta. Debo de esforzarme en hacer lo que él/ella
dice. Se le nota cansado/a, no lo debo de molestar con mis verdaderos
sentimientos. No lo/la debo hacer enojar. |
|
El paciente se preocupa
y se siente ansioso. |
|
VICTIMA |
|
No
puedo hacer nada bien. Nada de lo hago es suficientemente bueno para mi
terapeuta. Mi terapeuta es el experto y debe de tener razón acerca de mí.
Nunca voy a mejorar. |
|
El cliente se siente
triste. Su autoestima sufre más que antes. |
|
PERSECUTOR |
|
El
terapeuta no me entiende. No me escucha. No está interesado realmente en mí.
Creo que la terapia no me sirve, es una perdida de tiempo, es muy joven.
|
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El cliente siente
enojo, irritabilidad y juzga. |
|
NOTA: Para salir del
triángulo, necesitamos notar cuando comenzamos a sentir ansiedad, enojo,
frustración, lástima, o miedo. Para ello debemos de ser testigos respetuosos
del proceso terapéutico, tanto del paciente como de nosotros/as mismos/as. |
Estrategias generales
de afrontamiento para profesionales
La importancia de la
implementación de servicios de atención inmediata al personal que sufre
desgaste emocional o que atiende cotidianamente víctimas de violencia, no solo
deriva en parte de que la efectividad de éste servicio aumenta de modo directo
en función de su proximidad, tanto al tiempo como al lugar del incidente (Slaikeu,
2001), sino también del hecho de que el contexto en donde se mueve el personal
más inmediatamente en contacto con víctimas e involucrados, es un contexto de
gran dolor y angustia. Este momento de crisis que el personal presencia es
correspondiente con la primera fase del evento traumático, momento crítico en
el que pueden establecerse las bases necesarias para evitar el establecimiento
de patrones disfuncionales y asegurar un cuidado continuo. La prestación de un
servicio adecuado y, por ende, de una intervención exitosa, exige, entre otras
cosas, que el personal que laboramos en estas entidades seamos conocedores del
perfil de nuestras usuarias y que podamos contar con los elementos necesarios
para una atención especializada desde nuestro rol.
A continuación
sintéticamente se presentan algunos procedimientos generales de afrontamiento
para profesionales, que esperamos resulten útiles en la disminución de
posiciones polarizadas y en la intervención del desgaste emocional y
profesional del personal de salud que atiende víctimas de violencia doméstica.
Con la esperanza de que nuestros servicios mejoren y las condiciones
estructurales de nuestro desempeño en el trabajo se vean superadas. Algunas de
las ideas presentes se derivan precisamente de la necesidad observada en
nuestra organización, de nuestras negligencias, carencias y deseos. Es
importante señalar que los procedimientos sugeridos se fundamentan bajo el
modelo técnico del Debriefing propuesto por Mitchell (1993), y el
cual consiste en una estrategia grupal estructurada de contención o
"critical incident stress debriefing" (consulta para el alivio del
estrés después de sucesos de gran impacto), que en términos generales, cubre
siete propósitos fundamentales, a saber, a) auxilia a los intervinientes a elaborar
los acontecimientos y experiencias vividas en la situación de emergencia o
atención a pacientes, b) alivia el estrés sufrido tras una situación de
emergencia, genera un contexto donde se pueda expresar, de forma segura,
sentimientos y pensamientos sobre lo vivido, c) favorece el apoyo intragupal
entre los que se han visto implicados por la misma situación, d) previene
posibles secuelas psicopatológicas en el personal involucrado, e) normaliza las
reacciones que se están teniendo, f) evita que se sientan diferentes al resto
del grupo, y finalmente g) permite detectar las personas más afectadas
facilitándoles la ayuda y el seguimiento que se requiera.
El formato propuesto para
llevar a cabo Debriefing ha de tomar en cuenta las siguientes indicaciones y
fases generales para el personal involucrado;
Esta sesión es
conveniente realizarla al menos una vez cada quince días, y dividirla en
subgrupos operativos por jerarquía, es decir, el grupo primordial que ha de
participar será conformado por los profesionales involucrados de manera directa
en la atención a víctimas (psicólogas, trabajadoras sociales, abogadas,
consejeras, personal administrativo y de apoyo), y el resto de los grupos serán
considerados como secundarios en virtud de su calidad de menos involucrados,
sean estos, personal voluntario, asistentes, personal de campo u otros, que
serán coordinados por un facilitador designado del grupo principal.
La dirección del
Debriefing de preferencia, debe ser llevada por una psicóloga, con conocimiento
y dominio de estrategias de intervención en crisis y familiarizado con equipos
de intervención en emergencias.
Es necesario disponer de
un espacio cómodo y donde no se produzcan interrupciones. Toda la información
debe ser tratada como "estrictamente confidencial".
En esta sesión no se
evaluarán aspectos técnicos del trabajo realizado.
Es posible que durante la
sesión, algún participante se sienta "peor" que al inicio, lo cual es
normal.
Se sugiere que el procedimiento se genere en seis fases generales, las cuales son:
1. Introducción, donde se
presentan todas las personas que van a participar en la sesión, el psicólogo
que lo dirige explica cuál es el propósito de la reunión, resaltando el beneficio
que tendrá para ellos y, por tanto, la importancia que tiene,
2. Reglas, donde se expone
brevemente todo el procedimiento y se dan a conocer las reglas que tiene el
Debriefing, las cuales se refieren a no considerar necesario hablar de lo que
no se quiera, ni forzar a nadie a que lo haga, a considerar que todas las
manifestaciones, serán respetadas, a que cada uno de los participantes hablará
de sí mismo, no valen críticas ni juicios, considerar que si alguien se siente
incómodo, puede abandonar temporalmente y volver cuando se encuentre mejor y,
sobre todo, el fomento al respeto y confidencialidad de la información,
3. Relato de los hechos,
implica que los participantes comenten ¿qué es lo que ocurrió y cómo se fueron
desarrollando los hechos?, los temas pueden ser, por ejemplo: ¿qué fue lo que
pasó y cómo ocurrió?, ¿qué te resultó más complejo para llevar a cabo tu
tarea?, ¿qué percepciones sensoriales se tuvieron a lo largo de la
intervención?, ¿qué ruidos recuerdas?,
4. Reacciones, en la cual se
pretende que los participantes expresen aquellos pensamientos y sentimientos
que han ido teniendo a lo largo de los días en los que han trabajado en la
atención a pacientes, también aquellas reacciones que tienen después de dos
tres días de haber finalizado la intervención. (Esta fase es la más
significativa para identificar a aquel personal que está más afectados por la
situación vivida, siendo conveniente, tener un encuentro posterior
individualizado con ellos),
5. Normalización y educación,
consiste en resumir los aspectos más significativos de la sesión; normalizar
las reacciones que se están teniendo; explorar las estrategias de afrontamiento
que han puesto en marcha o bien animar a que movilicen los recursos que tienen;
proporcionar herramientas y/o consejos que les ayuden a elaborar adecuadamente
esta experiencia, y brindar información acerca de cuándo se deben preocupar por
sus reacciones para que busquen, si fuera necesario "ayuda
adicional", y finalmente la fase
6. Disolución del grupo, en
donde antes de dar por finalizada la sesión, debe proporcionarse la posibilidad
de preguntar, o bien, que hagan alguna aportación que consideren necesaria.
Para concluir, cabe señalar que esta práctica que parece tan simple y
operativa, puede lograr que la actitud del personal que estamos a cargo de la
asistencia a usuarias victimas de violencia, desarrollemos un perfil de
habilidades cognitivas, afectivas y conductuales para reducir la ansiedad del
trabajo, facilite la consulta con otros colegas, nos obligue a estar atentos/as
en como las historias o comportamientos de las pacientes "tocan"
nuestras heridas o cicatrices emocionales (que sería el preámbulo de nuestra
propia búsqueda de terapia)., permita disminuir la velocidad de trabajo; escuchar
más y hablar menos con nuestra usuaria, y sobre todo, nos permita dejar de
asumir lo que la paciente necesita y realizar psicoterapia e intervenciones
centradas en la paciente, no en nuestras necesidades.
Bibliografía
Banco Mundial. (1993). Informe sobre el desarrollo Mundial. Washington, D.C.: Banco Mundial.
Heise, L., Ellsberg, M., y Gottemoeller, M. (1995). Ending Violence Against Women. Population Reports. Series L, No. 11. Baltimore, MD: Johns Hopkins University School of Public Health, Population Information Program.
Jarero, I. (2004). Triángulo rescatador, victima, persecutor y síndrome de la compasión. En: Asociación Mexicana para Ayuda Mental en Crisis A.C. Disponible en http://www.amamecrisis.com.mx/index.php. Accesado el 10 de Junio de 2004.
Marín, C. (2004). Conocimientos, actitudes y prácticas del personal de salud que atiende mujeres víctimas de violencia. San José, Costa Rica: Centro Americano de Población y Bill & Melinda Gates Foundation.
Mitchell J, Everly, G. (2001). Critical Incident Stress Debriefing: An Operations Manual for CISD, Defusing and Other Group Crisis Intervention Services (3rd Ed). Ellicott City, Md: Chevron Publishing Corporation.
Rivera, L. (1998). Prevalencia de violencia de género en el ámbito conyugal. Cuernavaca, Morelos, México: Instituto Nacional de Salud Pública.
Slaikeu, K. (2001). Intervención en Crisis: Manual para práctica en investigación. México, D.F.: Manual Moderno.
Psicologia Cientifica - www.psicologiacientifica.com