
Luís Dante Bobadilla Ramírez
Psicólogo
Facultad de Medicina Humana de la Universidad de San Martín de Porres
Lima, Perú
Para citar este artículo:
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Bobadilla Ramírez, L. D. (2009, 16 de marzo). La salud psicológica, la familia y la comunidad en el escenario de una psicología del siglo XXI. Revista PsicologiaCientifica.com, 11(10). Disponible en:
http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-400-1-la-salud-psicologica-la-familia-y-la-comunidad-en-el-escenar.html
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RESUMEN
El nuevo siglo impone una nueva mentalidad para comprender los escenarios humanos. Los avances no sólo de la tecnología sino principalmente de las ciencias y la filosofía de la ciencia, han significado un cambio de paradigma en la psicología para rescatarla de su condición de ciencia natural centrada en el individuo aislado y observado este como objeto. La psicología que empieza a perfilarse de cara al nuevo siglo aborda al hombre como sujeto activo social y lo estudia en el escenario natural de su comunidad y en su actividad natural, la creación de cultura. Asimismo, tiende a ocuparse de la cultura como fenómeno cognitivo social y agente configurador de los sistemas cognitivos humanos, escapa de los ambientes propios de las ciencias naturales, abandonando los esquemas organicistas y biologicistas para remontar los escenarios complejos que circundan al ser humano: su familia, su comunidad y su cultura, generando el nuevo concepto de salud psicológica y definiendo claramente los dominios de acción de la psicología clínica frente a la psiquiatría.
Palabras clave: Psicología de la Salud, Teoría y Práctica de la Psicología, Salud Psicológica
Introducción: La necesidad teórica
Toda ciencia se sostiene sobre dos pilares fundamentales, aunque de naturaleza distinta, mutuamente complementarios en la constitución del corpus científico. Estos dos pilares son el campo teórico y el práctico. Las teorías explican y organizan el conocimiento que se logra en la actividad empírica, a fin de darle un sentido compatible e integrado con los hallazgos de otras disciplinas, con el objetivo de configurar un panorama coherente en el concierto de todas las ciencias, de modo que nos permita orientar nuestras acciones con mayor criterio. De lo contrario, toda práctica quedaría reducida a una actividad meramente empírica. Por otro lado, y para completar la idea, todo conocimiento científico requiere, además, de un soporte filosófico apropiado, a fin de que se oriente por los senderos de una adecuada racionalidad mediante la confrontación de sus formas cognoscitivas y el análisis de sus orígenes.
El campo clínico se muestra como un territorio esencialmente pragmático donde se emplea toda clase de técnicas terapéuticas. Últimamente, tanto en psicología como en medicina, aparecen una amplia gama de tratamientos, hoy conocidos como "alternativos", que carecen del sustento teórico correspondiente pero que son empleados por la fe y convicciones de la gente más que por su certeza científica. Específicamente en el campo psicoterapéutico nos enfrentamos también a una gran variedad de curiosos tratamientos, nombrados con el prefijo "psico" o el sufijo "terapia", que han estado ganando terreno en el campo de la salud pública sin que nadie pueda explicarnos las razones de su eficiencia -si esta existe realmente-. Todas ellas se sostienen nada más que en una aparente fama de eficiencia, difícil de comprobar, y no pueden explicar el motivo de tal eficacia. Algunas prácticas clínicas se sustentan únicamente en las extraordinarias habilidades personales del terapeuta. En otras instancias, se puede apreciar que, a falta de suficiente apoyo teórico, empieza a producirse una bifurcación entre la práctica de las intervenciones terapéuticas por un lado, y los conocimientos formales por el otro, llegándose incluso a preferir una amplia gama de conocimientos empíricos, fundados más en la experiencia personal y en la herencia cultural que en los libros de texto. Este fenómeno incluso se puede evidenciar al escuchar los programas radiales de consultas telefónicas.
Todo este panorama nos tiene que llevar a una necesaria reflexión. Más de un autor ha sostenido que la aparición de medicinas y terapias alternativas, se debe a que la gente no se siente adecuadamente comprendida ni tratada, tanto por la medicina como por la psicología. De hecho, se observa una brecha entre los conocimientos científicos logrados, exhibidos y sostenidos -a veces con mucha arrogancia- y las necesidades y percepciones de la gente común y corriente en el cuidado de su salud. Mucha gente ha perdido la fe en la ciencia y prefiere probar otra cosa. Tales hechos llevan a la conclusión inevitable de que la ciencia, tal como estuvo configurada en el siglo XX, parece haber sido muy eficiente para muchas cosas vinculadas a la materia y a las formas muy concretas de lo real pero, en cuanto al hombre y a la vida de las personas, sus comunidades y su cultura, ha dejado mucho que desear. Equivale a decir que las formas típicas del conocimiento científico, su estructura gnoseológica dominante en el siglo XX, resultaron ser muy buenas en un escenario pero muy malas en otro. Para entender cabalmente esta situación, se requiere de una visión abarcadora que pueda explicarnos lo que está ocurriendo, y esto sólo nos lo puede ofrecer la filosofía.
No es posible entender esta situación sin salir del pequeño círculo de la experiencia empírica para arribar a la instancia de un conocimiento superior, científico (o que tenga ciertas formas culturalmente definidas como científico), y luego de comprobar que esta instancia no resuelve todas las inquietudes humanas, se necesita llegar hasta la filosofía para saber lo que está ocurriendo con dicho saber, de acuerdo a sus formas históricamente adquiridas, y confrontarlas con las características de la realidad que intentamos comprender para determinar si se corresponden. Este es el recorrido cognoscitivo que se tiene que emprender si deseamos cubrir plenamente el panorama de nuestra experiencia profesional en el campo de la psicología. En tal sentido, resulta tan inadecuado permanecer en el modo de una experiencia empírica, como en el modo de un conocimiento científico (o aparentemente científico), cuando estas instancias, evaluadas a la luz de los resultados concretos en sus intentos de ayuda a la salud, no representan una respuesta apropiada a las necesidades de la gente, en tanto que esta sigue en la búsqueda de tales soluciones. Paralelamente, tampoco son una respuesta a los intentos de explicación del hombre, por lo que siempre surgen nuevos intentos en el campo teórico, no necesariamente vinculados. Necesitamos un enfoque superior y abarcador que nos oriente ante este desconcierto. Y esto no se consigue si antes no estamos dispuestos a soltarnos de los enfoques que hemos abrazado como "tablas de salvación", y que a menudo se nos muestran con la arrogancia y el fanatismo de una religión verdadera.
Un modelo de ciencia para el fenómeno humano
Cada vez resulta más apremiante la necesidad de ocuparse no sólo del individuo sino de su familia y su comunidad. Sin embargo, la psicología no ha hecho estudios suficientes ni equivalentes en estos tres dominios, la mayor parte de las psicologías desarrolladas a lo largo del siglo XX se centran en el hombre aislado. Obviamente, este panorama no ayuda a comprender en su real dimensión el fenómeno humano entendido como agente social activo, sujeto de una cultura y a la vez generador de cultura y de comunidades. Del mismo modo en qué no podríamos comprender a una abeja estudiándola sola y aislada de su real quehacer, tampoco es posible entender la esencia del ser humano ocupándonos de sus formas individuales. A una abeja se la entiende en el escenario de su existencia real, en su colmena, lo mismo, entender al hombre significa estudiarlo en medio de sus comunidades y construyendo cultura, a la vez que sufriendo los embates de esa misma cultura. Para ello se precisa una ciencia capaz de ocuparse simultáneamente del hombre y de su comunidad, abarcando a la cultura con su dinámica configurante. Se precisa una ciencia capaz de captar las formas vivas en su real dimensión de fenómeno en producción, y en todos sus diversos niveles de complejidad. Esta es la clase de ciencia que hoy se reclama y es la que empieza a construirse. Lo que significa una necesaria reconfiguración de las nociones de ciencia, realidad, conocimiento y otras que dominaron el panorama del desarrollo psicológico durante gran parte del siglo XX.
Un modelo de ciencia enfocado en objetos definidos y congelados en el tiempo, de esencias estáticas, orientada al estudio de elementos y mecanismos cada vez más elementales en el afán de hallar leyes constantes y universales de un universo homogéneo, tal como se configuró la ciencia clásica de mediados del siglo XIX, está fuera de los escenarios humanos y resulta inapropiado emplearlo en el estudio del hombre. Los escenarios humanos precisan una ciencia completamente diferente, una que en lugar de ir hacia lo más elemental vaya en dirección opuesta surcando las crecientes complejidades, que sea capaz de desarrollar conocimientos no congelados (de esos que luego se intentan aplicar como dogmas) sino dinámicos, capaces de transformarse ante nuevos contextos; una ciencia que en lugar de pretender aplicar leyes universales y constantes a la especie humana, cuyos sujetos (no objetos) se caracterizan por sus dotes de autogeneración imprevisible ante escenarios constante y aleatoriamente renovados, tenga las herramientas cognoscitivas para descubrir la lógica del fenómeno que se despliega ante sus ojos. En suma, se precisa desarrollar una ciencia con nuevas formas adecuadas a las ciencias humanas y no seguir empleando las formas surgidas en las ciencias naturales, eficientes en el mundo físico. Esto ya deberíamos entenderlo.
Un acertado inicio en esta dirección fue la creación del campo denominado "psicología de la familia". Las teorías en este campo no son tan fáciles de estructurar debido a las dificultades epistemológicas que implica ocuparse de algo que es esencialmente un concepto, pues, como ya es sabido, durante el siglo XX las formas reales de la familia empezaron a diversificarse en las sociedades occidentales, incluyendo la nuestra, cambiando tanto su estructura como su dinámica, de modo que se produjeron graves y rápidas rupturas con la imagen conceptual y los esfuerzos teóricos por tratarla. En el último cuarto de siglo, la mujer salió a trabajar y hoy el hogar es un lugar vacío donde una empleada doméstica se hace cargo de todo, con mucha suerte. El número de madres solteras creció tanto como los divorcios. Algunas estadísticas aseguran que 3 de cada 5 matrimonios no llegan al quinto año. Las dificultades laborales también han afectado la integración familiar cuando el padre ha tenido que salir del país en busca de empleo o permanece laborando 16 horas diarias. Por otro lado, la valoración de la imagen de la mujer socialmente activa ha superado a la de la madre y a la de la función maternal, por lo que hoy debemos hacer campañas a favor de la lactancia materna. En muchos otros aspectos, la velocidad de las transformaciones producidas en los contextos sociales superaron largamente la rapidez con que las teorías pueden engranarse y ser trasmitidas, por lo que la psicología de la familia se acerca bastante a un ejercicio empírico sin una correspondencia teórica. Lo único que nos queda claro a todos es que la familia sigue siendo el núcleo protector en el que se desarrolla el individuo socialmente. Gran parte de los males sociales e individuales que hoy nos aquejan se explican por la disfunción familiar en su papel de núcleo formador y protector. Pero quien tiene el papel formador de las familias es la comunidad, siempre que se mantenga como tal. Todos estos ambientes que se amplían alrededor del sujeto como círculos concéntricos, con su propia dinámica y función en la formación de los sujetos y de la cultura, han estado siendo desarmados para convertirnos a todos en una sola masa humana que responda mejor a los medios y a los esquemas masificadores de una cultura globalizada y sin identidad.
Uno de los inconvenientes más grandes para ofrecer un panorama coherente es que en los últimos 35 años la ciencia y la tecnología han logrado un avance tan espectacular, que el alcance necesario para concebir un panorama general se ha tornado muy difícil. Apenas, la sociedad empieza a ser consciente del avance de la tecnología porque es algo que cada día va instalándose en nuestra propia casa. Hoy tenemos aparatos de los que no sabemos exactamente para qué sirven o cómo se usan, y nos sentimos desfasados. Algo igual y hasta peor ocurre en el tema del conocimiento; pero no podemos ser conscientes de esto debido a que no se trata de algo "objetivo", es decir está más allá de nuestra experiencia sensible, de manera que pasa desapercibido. Pero el desfase existe. Es decir, en el tema de los conocimientos científicos estamos aun más desfasados que en el de la tecnología, pues nos han rebasado dejándonos con los conceptos de hace medio siglo y con la creencia de que aun son válidos. Y es que el saber no sólo se ha incrementado sino que se ha diversificado y especializado a gran escala. Tan sólo en el estudio de la conciencia, por ejemplo, que hace 30 años no existían, hoy podemos distinguir diversas especialidades y estrategias de abordaje: desde la filosofía (Dennett, 1994; Chalmers, 1997; Searle, 1997), las neurociencias (Edelman, 1989; Calvin, 1996) la psicología (Baars, 1997; Combs, 1996), o la física cuántica (Penrose, 1994). Grandes avances en la ciencia y la filosofía, de los que quizá muchos no tenemos ni la menor idea, están reformando ahora mismo las estructuras del conocimiento, o ya lo han hecho sin que podamos advertirlo, mientras aprendemos a usar los infinitos servicios de la Internet y el software, o nos resignamos a no usarlos, o mientras todavía repetimos nuestros viejos conceptos científicos. Ante tal escenario que se abre en este nuevo siglo, lo más sensato parece ser preguntarnos con prudencia si a estas alturas nuestra visión acostumbrada de la psicología, de la ciencia y de la salud mental tienen todavía algún futuro.
El concepto de salud psicológica
La ausencia de conceptos claros sobre salud impide reconocer no sólo el
momento en que debemos empezar a actuar sino también en dónde debemos
actuar, a quién le corresponde actuar y cómo. En la psicología nos
hemos habituado a los conceptos psiquiátricos e incluso nos hemos
acomodado a su visión y formas de actuación. Es por ello que empleamos
el concepto psiquiátrico de "salud mental" y no hemos desarrollado un
concepto apropiado de "salud psicológica". Pero es necesario tener un
concepto claro e inequívoco sobre lo que en psicología podemos
considerar salud. Además, es importante contar con una definición
"oficial" que permita a nuestros profesionales entenderse mutuamente y
hablar en los mismos términos entre ellos, con otros profesionales de
la salud y con la comunidad en general. Debido a los orígenes
históricos de la psicología, generalmente se ha tenido que depender de
la psiquiatría para asumir sus conceptos, en especial en el campo de la
clínica.
La actividad médica, además de haber sido más unificada, es apoyada por
diversos organismos y su literatura es ampliamente difundida y
apreciada. Existen organismos médicos sólidamente constituidos que son
de nivel nacional e internacional y que tienen influencia directa en
los gobiernos; esta situación hace que los conceptos médicos sean más
utilizados pese a que no muestran mayor solidez ni claridad en el campo
de la salud mental. La psicología no debería seguir los conceptos de la
psiquiatría si desea hacerse un lugar propio en la escena clínica
nacional; por el contrario, deberíamos esforzarnos por delinear
claramente nuestras fronteras y conceptos. De este modo, deberíamos
insistir en delimitar el concepto psiquiátrico de "salud mental" al
óptimo funcionamiento operacional de las capacidades mentales básicas,
tales como la atención, concentración, memoria, orientación,
reconocimiento de la circunstancia, control emotivo, control conativo,
etc. Características todas que pueden ser evaluadas objetivamente. No
debemos proyectar el concepto de "salud mental" hacia interpretaciones
subjetivas del tipo "disfrute cabal de la vida" o "contribución
adecuada a la sociedad", porque todas ellas escapan de lo que se
entiende estrictamente por "mental", que es algo estrechamente
vinculado al funcionamiento cerebral, y que es precisamente el campo
del médico psiquiatra.
La salud apreciada desde la perspectiva del sujeto en su papel de agente social activo, es campo que compete a la psicología. Por ello el término "salud psicológica" sí puede hacer uso de apreciaciones subjetivas de carácter interpretativo, que son el resultado de una amplia evaluación no sólo del sujeto sino, además, de su comunidad y su cultura. Sin embargo estas interpretaciones acerca del sujeto se confrontan con los hechos reales que nos ofrece su historia actual y biográfica, valorando objetivamente el grado de ajuste o desajuste que mantiene con las formas socialmente válidas de existencia predominantes en su comunidad, lo que significa tomar en cuenta el aspecto valorativo que la propia comunidad impone, y no los del evaluador. Esto quiere decir que, a diferencia de la "salud mental", donde existen parámetros precisos predefinidos que señalan la presencia o ausencia de salud mental, que pueden incluso tener validez universal, en el concepto "salud psicológica", no existe necesariamente una referencia previamente establecida, ni mucho menos de carácter universal. Todo lo que tenemos son criterios valorativos generales extraídos de una teoría que nos sirve de sustento. No tenemos pues valores de referencia sino marcos teóricos de referencia. El evaluador debe construir en cada caso los parámetros que se ajustan al individuo en concreto, tomando en consideración su comunidad de origen. Por ello, es necesario subrayar que la "salud psicológica" es un aspecto valorativo en el que se toman en cuenta los criterios sociales que configuran los marcos de referencia de la racionalidad.
Para ser más concretos, la "salud psicológica" tiene que ver con aspectos como:
Organización de la vida personal
Evalúa los aspectos relevantes que conforman la vida del sujeto, lo que corresponde a su mundo personal, tal como él lo ha configurado, y el grado de organización que tiene para manejarlos, tomando en cuenta los tiempos y las prioridades que le asigna a cada aspecto. El evaluador debe considerar la presencia de algunos aspectos que resultan esenciales para la vida de cualquier persona, tales como la familia, los amigos, las actividades formativas y productivas, la vida de relación tanto afectiva como sexual, la vida religiosa, etc. El evaluador aprecia el grado de dificultad que tiene el sujeto para comunicar su mundo inmediato, ya que no es raro que las personas carezcan de este tipo de autorreflexión. Existen algunas técnicas que facilitan este tipo de análisis evaluativo.
Percepción adecuada del futuro
La vida es un viaje hacia el futuro. Esto implica que de alguna manera toda persona debe tener una idea suficientemente clara de su destino natural a mediano y largo plazo. Es decir, debe saber a dónde va, tener planes y ambiciones, sueños a futuro que implican un ordenamiento de sus acciones de tal forma que aseguren dicha meta con un grado aceptable de incertidumbre. La planificación de la vida es la forma de organizar el futuro, a diferencia de la organización del presente que ya habíamos evaluado en el rubro anterior. Es necesario considerar el grado de ajuste que hay entre los planes mentalmente elaborados y la organización de las acciones de la vida diaria orientados a la consecución de dichos planes. Muchas veces las personas sucumben ante las tareas del presente y son incapaces de ejecutar sus propios planes que quedan como simples sueños o quimeras. La salud psicológica implica una adecuada orientación de nuestra vida al mañana, ejecución de acciones para estar mejor, y un grado aceptable de confianza y seguridad hacia un futuro con un alcance razonable tanto en distancia como en logros.
El grado de ajuste social
El hombre es un ser social. Esto quiere decir que lo que le otorga en última instancia todo su sentido es la función que cumple como pieza de una comunidad. Para esto, el sujeto debe reconocer su comunidad teniendo presente las características de su identidad social con la cual debe identificarse. La persona adulta debe estar en una posición de integración con su medio social ejerciendo algún tipo de función productiva, lo cual significa ser parte del engranaje económico y sociocultural. Los jóvenes tienen como primera tarea lograr ser parte de su comunidad inmediata que es su familia. Esta es una especie de laboratorio social en el que los niños aprenden a jugar un rol de relevancia cada vez mayor, hasta ejercer alguna tarea de responsabilidad que los entrena para el ejercicio de la vida social en la etapa adulta. Los sujetos más integrados constituyen parte de diversas organizaciones sociales, siempre que estas se orienten al servicio efectivo de la comunidad, diferenciándose de aquellas que sólo buscan usar a la gente para obtener beneficios de algún tipo. El grado de integración social se aprecia también por el nivel de responsabilidad y compromiso que se asume personalmente con respecto a la situación de su comunidad y su país, e incluso con el mundo entero o la humanidad toda.
Organización del mundo interno.
Con "mundo interno" se hace referencia al conjunto de experiencias subjetivas que son parte de nuestra dinámica psicológica permanente. A cada momento las personas nos enfrentamos a una gran diversidad de sensaciones, desde las más simples hasta las más complejas, las que se integran a la experiencia unificada del ser en cada momento, por lo que debemos saber manejarlas en procura de un equilibrio funcional. Estamos refiriéndonos a temores, dudas, recelos, ambiciones, afectos, intereses, deseos, enojos, cansancio, desazón, etc. Toda esa gama de variadas experiencias subjetivas que nos asaltan a cada momento, debe ser adecuadamente controlada y organizada dentro de la totalidad de nuestra circunstancia psicológica, con propósitos de una adecuación social constante. Estas experiencias deben estar en concordancia directa con nuestra circunstancia presente, es decir, el sujeto debe saber que su experiencia subjetiva concuerda con su momento objetivo. En este rubro nos corresponde identificar los principales motivadores de la conducta, así como aquellos factores que la perturban en el presente.
Organización del proyecto personal
Las personas no tenemos una definición a priori de nuestro sentido individual, como ocurre con otras especies. La esencia de nuestro ser no nos viene dada con el nacimiento, debe ser construida por nosotros mismos. En este proceso de autoconstrucción del ser individual es necesario tener una idea clara de lo que somos y de lo que deseamos ser, cuál es nuestro proyecto individual como personas y de qué manera lo edificamos. Este es el sentido de lo que llamamos "identidad personal". Es la respuesta a la pregunta ¿quién soy? La persona psicológicamente saludable tiene un grado de autoconciencia que le permite definirse, bien en función de criterios personales o sociales, manejando una idea clara de la clase de persona que desea ser y un grado de satisfacción o de insatisfacción con lo que es.
Todos estos aspectos de la salud psicológica deben estar lógicamente integrados guardando una estrecha coherencia recíproca. Por ejemplo, la organización del proyecto personal tiene que ser coherente con la percepción del futuro y con la organización de la vida personal. Existen algunos instrumentos que facilitan, tanto al evaluador como al sujeto, desarrollar las reflexiones necesarias para expresar con fluidez -e incluso gráficamente- lo que se le está solicitando. Una adecuada tarea de evaluación acerca de estos aspectos no sólo facilita determinar el grado de salud psicológica, sino que por sí mismo constituye un ejercicio de organización cognitiva que contribuye en gran medida a la labor terapéutica, ya que de este análisis saltan a la vista los aspectos que requieren ser trabajados, no sólo para el psicólogo sino incluso para el propio paciente. A partir de esta perspectiva teórica de "salud psicológica", el clínico puede, y debe, tener el interés de desarrollar instrumentos que sirvan como facilitadores y estímulos a los sujetos, de manera que logren el nivel de reflexión y expresión necesarios. Como se verá, todos estos aspectos referidos a la salud psicológica están íntimamente vinculados al aspecto cognitivo, aun cuando estén referidos a las experiencias emotivas, conativas o sociales, las que diferenciamos sólo con fines didácticos.
Panorámica de la Psicología contemporánea
El estudio del ser humano no es patrimonio de una sola disciplina sino que a este esfuerzo concurren muchas ciencias, lo que hace del hombre un territorio interdisciplinar. Muchos hallazgos han podido integrarse para configurar una psicología cuya imagen del hombre y de sus funciones sea coherente con todas las demás ciencias, aunque no sea coherente con muchas de las teorías supuestamente psicológicas que surgieron en el siglo XX. Lo que se ha producido en los últimos años es un rápido avance hacia nuevas formas de concebir los fenómenos humanos. En nuestro medio, tenemos la satisfacción de contar con la propuesta teórica del Dr. Pedro Ortiz, que hace un acercamiento muy interesante hacia estas nuevas concepciones de la psicología que abarcan su papel social. La idea de una psicología que abarque comprensivamente al hombre como parte integrante y activa de una comunidad y una cultura, concebida esta como un fenómeno masivo, es una de las orientaciones que hoy podemos advertir.
Para ser breves, resumiremos en pocas líneas las tendencias que se vislumbran en las actuales concepciones tanto en la psicología como en los campos vinculados a ella.
Abandono de la perspectiva naturalista
Lentamente hemos logrado entender al fin que la psicología no es una ciencia natural. Aunque sus primeras formas científicas se basaron en esta perspectiva por haber sido elaborada por médicos, ha quedado claro que el hombre no puede ser abordado desde la perspectiva de las ciencias naturales, pues no se trata de un objeto dado en el mundo físico, sino de un fenómeno psicológico que trasciende lo biológico. Por tanto, los enfoques analíticos y metodológicos de la psicología no pueden seguir basados en el modelo naturalista. El establecimiento de una nueva perspectiva científica, requiere la elaboración de nuevas metodologías que permitan una más adecuada comprensión de nuestro campo, tal como se entiende hoy, es decir, un campo de experiencias subjetivas de naturaleza múltiple, configurada por la convergencia simultánea de factores diversos que generan sistemas autogenerativos, capaces de desarrollar eventos imprevisibles. Esto es exactamente lo que vemos en la vida diaria de las personas, no concebidas como organismos sino como agentes sociales activos y sujetos de una cultura.
Abandono del causalismo determinista
En la medida en que se abandona la perspectiva de las ciencias naturales para entrar en el espacio de los fenómenos humanos complejos y sus redes, la concepción de ciencia como una colección de "leyes universales" tiene que dejarse de lado para abrirse a la noción de sistemas abiertos y sistemas complejos, donde la concurrencia repentina y azarosa de múltiples factores, configuran circunstancias únicas, imprevisibles y autónomas, lo cual implica la imposibilidad de llegar a una concepción total de ellas. Los fenómenos de la vida humana, tanto individuales como sociales, son en gran medida de este tipo de eventos, por lo que son mayormente imprevisibles. Esto hace que el viejo concepto de "ciencia predictiva" deba ser descartada en la psicología, pues no se corresponde con el tipo de ciencia que pretende ser. Las pretensiones predictivas en el campo de la vida humana se corresponden más con las ideas que prevalecen en la adivinación o la quiromancia. Esto no impide reconocer que a escalas simples, desprovistas de las complejidades propias de los eventos humanos y sociales, las relaciones de causalidad pueden hacerse visiblemente vinculantes, y sea factible establecer -sólo a este nivel- algunas previsiones a corto plazo basándonos en probabilidades de ocurrencia; pero esta función no debe marcar la pauta del accionar de la psicología como ciencia de los fenómenos complejos propios del mundo de los seres humanos en su mundo social.
Abandono de la noción objetiva del hombre
Durante mucho tiempo se consideró al ser humano como un objeto más del mundo y se le aplicó la lógica de las ciencias naturales, por lo que tardamos más de un siglo en llegar a su comprensión cabal. El hombre se hizo hombre al dejar de ser un primate gobernado por leyes genéticas y naturales, y pasó a convertirse en un fenómeno cognitivo que trasciende lo biológico, que se autoconstruye desde su nacimiento, reconfigurándose en cada circunstancia de acuerdo a las condiciones que le plantea su cultura, y que se autogobierna con sus propias decisiones muchas veces arbitrarias. El hombre es un sujeto activo en interrelación con una cultura, antes que un simple organismo biológico en un medio físico. En la medida que dejamos de considerar el medio físico para trasladarnos al escenario de la cultura, debemos abandonar la perspectiva de la objetividad de las ciencias naturales para ingresar en la complejidad de las ciencias humanas y sociales donde, sus elementos se caracterizan por su borrosidad, es decir, por no tener contornos claramente definidos. Esta es una perspectiva que todavía desconcierta e incomoda a muchas mentes forjadas en el cientificismo objetivista del siglo XX, pero de lo que se trata es de complementar la perspectiva del hombre para no dejar de lado los fenómenos subjetivos, sin los cuales no habría psicología. De lo que se trata es de configurar una psicología de acuerdo con la realidad humana, repleta de experiencias subjetivas en escenarios complejos, antes que sujeta a los condicionantes de una forma específica de entender el conocimiento científico, sobre la base de un concepto de ciencia que a decir de Koch (1969) ya ha sido superado.
Nuevos fundamentos para el conocimiento
En psicología hemos comprobado y admitido que existen fenómenos de naturaleza múltiple, como los cognitivos, emotivos y conativos, por ejemplo. Estos reconocimientos exigen un cambio de concepción frente a la realidad y al conocimiento. El concepto de "conocimiento científico" está en función de la concepción de "realidad". En el último cuarto del siglo XX, los descubrimientos científicos en las neurociencias nos permitieron confirmar las tesis filosóficas de antaño, en el sentido de que el hombre construye su propia realidad en la conciencia. Sólo en la conciencia del hombre existe el arte, la música, la religión y todo lo que constituye nuestro mundo humano, repleto de conceptos y de ideas. En tal sentido, se da por descontado la existencia de una "realidad física", estudiada por las ciencias naturales, y una "realidad psicológica" (en versiones individuales y colectivas) privativa de la especie humana, estudiada por la psicología y otras disciplinas. Lo que se necesita es desarrollar las formas de estudiar dicha "realidad", es decir, desarrollar las formas más apropiadas de aproximación cognitiva hacia los fenómenos psíquicos, sin que ello implique el empleo de técnicas que los anulan.
Abandono de los conceptos reificados
Algunas de las cosas que la psicología estudió por mucho tiempo fueron términos tomados del lenguaje y que por un defecto de reificación que hoy está bien explicado, se asumieron como "cosas existentes". Fueron los casos de la personalidad y de la inteligencia, por ejemplo. Gran parte de la psicología del siglo XX se desgastó en el esfuerzo por estudiar estas "cosas", y por separado, como si se tratara de dos instancias totalmente distintas del ser humano, elaborando intrincados modelos explicativos que superaron el centenar de teorías, constituyendo la Torre de Babel de la psicología de la personalidad y de la inteligencia. Dentro de las nuevas concepciones que se manejan acerca del hombre, estos conceptos van perdiendo su sentido y es de esperar que en algún momento se abandonen, o queden simplemente como lo que siempre fueron: el estudio de ciertos rasgos distintivos de las personas estadísticamente comparadas con ciertos fines utilitarios, pero sin repercusiones en el proceso de configuración de la psicología.
Nociones actuales sobre el comportamiento
La psicología es a fin de cuentas un intento de explicación del ser humano como tal. Esto quiere decir que su primera misión es explicar lo que somos, anteriormente nos dieron la idea que somos una especie de robot que camina buscando recompensas y evitando castigos, o repitiendo ciertos programas ya grabados en los primeros años o en los genes. Tales imágenes desviaron los intentos comprensivos de la psicología. Antes de empezar a trabajar sobre una caricatura del hombre, debemos buscar su verdadera imagen y lo cierto es que al hombre puede concebírsele mejor como un fenómeno de tipo cognitivo y social. En consecuencia, la psicología no puede descuidar tales aspectos. Tampoco pretender dar una explicación al margen de las demás ciencias empleando conceptos propios, exclusivos y forzados en función de una determinada visión particular del hombre, como si se tratara de una secta pseudocientífica. La psicología es y debe ser una sola, y en perfecta correspondencia con las demás ciencias, dentro de un amplio espacio de investigación que hoy es interdisciplinar. Lo cual quiere decir que la psicología debe aprender a hablar el mismo lenguaje que las demás ciencias que hoy se ocupan del hombre en sus diversos enfoques y dimensiones.
Desde el punto de vista de la conducta, como sabemos, el ser humano está dotado de una doble condición: biológica y social. Por un lado no se ha desprendido de sus fundamentos biológicos y antropológicos que cuentan con una compleja programación genética, dirigiendo el funcionamiento del hombre desde la base del cerebro pero, por otro lado, en la capa cortical una extraordinaria red de funciones muy complejas, permite programar una conducta arbitraria y adaptada a las circunstancias, tomando también como fuente los programas socialmente establecidos que pueden sobreponerse incluso a las tendencias antropológicas. Ambas fuentes de programación, tanto la genética como la social son herencias antropológicas propias de la especie. Una se transmite por los genes y la otra se transmite culturalmente, según una teoría, mediante "memes" (Dawkins, 1978). De manera que podemos decir, en otras palabras, que el hombre posee una doble capacidad de programación conductual: la primera se almacena y se transmite por vía genética, y la otra por medios socioculturales. Pero hay una falsa imagen en esta visión; lo que en realidad heredamos desde ambos escenarios son reglas de programación. Es el propio individuo el que finalmente tiene la misión de elaborar sus propios programas conductuales empleando tales reglas: reglas biológicas y reglas sociológicas. Pero antes debe aprender a programar, y esta es una tarea muy compleja, siendo la razón de su prolongado período de desarrollo que alcanza a los 20 años. Aunque una mínima capacidad de programación conductual puede ser suficiente para mantener la vida de alguna manera. Sin embargo, las posibilidades de lograr un cerebro programador increíblemente eficiente son factibles mediante una serie de condiciones aleatorias potenciales de concurrir desde el nacimiento, e incluso antes. Esta posibilidad de construir un cerebro altamente eficiente, ha confundido la imagen del hombre al propagarse la idea de que se trata de un ser superior. Lo cierto es que sólo una mínima parte de los seres humanos llega realmente a desarrollar una capacidad de programación cortical altamente eficiente. La mayoría se rige generalmente por pautas sociales, es decir por programas que son elaborados en su cultura con un propósito comunitario. De aquí la importancia que ha cobrado la comprensión de la cultura como agente cognitivo, además de la necesidad de comprender la dinámica de las comunidades y los mecanismos de su configuración cognitiva.


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