Para citar este artículo:
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Pardos Peiro, A. (2007, 06 de junio). Contenidos de la psicología: un modelo complementario del modelo kuhniano de desarrollo de la ciencia. Revista PsicologiaCientifica.com, 9(39). Disponible en:
http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-277-1-contenidos-de-la-psicologia-un-modelo-complementario-del-mod.html
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RESUMEN
El presente trabajo trata de justificar la necesidad de articular una teoría general de contenidos, complementaria de la teoría kuhniana de desarrollo, para dotar a la Psicología de un instrumental epistemológico que la sitúe al nivel de la ciencia general. Se proponen, además, cuáles han de ser esos contenidos específicos y se justifica su adecuación por estar en consonancia con los fenómenos mentales y conductuales tradicionalmente abordados a lo largo de la historia de esta ciencia, así como con las aportaciones teóricas específicas de la epistemología y la filosofía de la ciencia, que también apoyan y fundamentan los contenidos propuestos.
Palabras clave: Teoría general, Paradigma, Modelo de desarrollo, Modelo de contenidos.
A lo largo de la historia de la psicología se ha venido sucediendo un reducido grupo de corrientes teóricas, ahora denominadas paradigmas, que ha desplazado temporal o definitivamente a sus predecesoras, introduciendo puntos de vista, fundamentaciones teóricas de la psicología y marcos conceptuales generales, que han hecho olvidar, en todo o en parte, el esfuerzo intelectual realizado por anteriores psicólogos en su afán por construir esta ciencia.
Así, junto al atomismo estructuralista wundtiano apareció la psicología del acto, con una visión en principio contrapuesta en su concepción primordial del psiquismo, en la que la dinamicidad de la mente preconizada por el nuevo marco conceptual poco tenía que ver con la visión anterior, centrada fundamentalmente en la búsqueda de los últimos elementos de la conciencia -contenidos estáticos no procesuales-, con el inevitable enfrentamiento que ello supuso entre los psicólogos pertenecientes a ambas escuelas. Este enfrentamiento, junto a la dificultad de concretar la naturaleza y propiedades de los "elementos" de la mente, frente a la más fácil conceptualización de la "actividad", pudieron ser los factores que favorecieron la práctica extinción de la primera escuela. Sin embargo, ni los atomistas tenían una visión tan estática, ni el mismo Brentano renegaba totalmente de la existencia de contenidos mentales que, como tales, no son propiamente actividad.
Otro tanto podríamos decir que ocurrió entre el paradigma conductista -legítimo heredero de la psicología del acto- y el modelo teórico de la psicología freudiana, que contraponen un modelo mental cuyo fundamento principal estriba en la consideración del aprendizaje como centro y eje de la conducta humana, frente a una dinámica mental controlada por instintos, pulsiones y componentes de tipo biológico, de naturaleza fuertemente determinista, aparentemente contrarios a las leyes del aprendizaje.
Por supuesto, ambas corrientes de pensamiento han protagonizado un choque radical en la historia de la psicología y aún hoy permanecen, en lo que de ellos ha quedado para nuestra ciencia, como corrientes antagónicas que generan modelos de trabajo excluyentes. En este sentido, es de señalar la tradición universitaria existente en algunas facultades de psicología, al menos en décadas pasadas, que dividía a los estudiantes en dos grupos conformados por presupuestos teóricos irreconciliables: conductistas y freudianos.
No obstante, este choque tuvo, y posiblemente aún tiene, unas coordenadas totalmente diferentes a las anteriores; ahora se contrapone el innatismo biologista, como base de conducta y de impulsos, frente a la adquisición cultural, basada en la transmisión del aprendizaje, concibiendo asimismo el paradigma psicoanalítico a la mente como conjunto de procesos inobservables, mientras que el conductista, partiendo de la negación del conjunto de la estructura mental, se limita al estudio de la conducta manifiesta y observable.
No menos oposición podríamos decir se encuentra entre el paradigma cognitivo y los paradigmas que le han precedido. Incluso se observa, por la naturaleza de las publicaciones que se han sucedido y por las preferencias de estudios e investigaciones actuales de la psicología, cómo, una vez más, un solo paradigma logra dominar y aun desplazar a las teorías anteriores, marcando una hegemonía sobre la que no se puede aventurar cuanto tiempo durará a juzgar por lo sucedido en el pasado. De hecho, en la actualidad ya se habla de los importantes puntos de vista del conexionismo y otras escuelas incipientes. El paradigma cognitivo ha venido a sustituir al conductista y no sólo a sustituirlo sin más; sus postulados teóricos básicos van precisamente en contra de la negación de la mente que aquel practicaba, tratando ahora de llenar "la caja negra", y con ello aquel vacío teórico-conceptual que suponía tratar el fenómeno psíquico en simples términos de estímulos y respuestas mediante el cual se obviaba el análisis de los procesos mentales (Caparrós, 1979). Este análisis constituye ahora, precisamente, el objetivo principal de la corriente cognitivista. El enfrentamiento entre las teorías conductistas y las cognitivistas ha introducido una nueva dimensión de contraposición entre escuelas, generando mayor complejidad a la fragmentación existente.
En definitiva, la psicología se ha debatido en una sucesión de corrientes paradigmáticas que han propuesto bases explicativas muy diferentes del psiquismo, o lo que es igual, de algunas de las dimensiones más características de los fenómenos mentales, reemplazándose total o parcialmente unas escuelas por otras, con propuestas teóricas fundamentales en desacuerdo u oposición abierta a las anteriores.
Kuhn (1962) ha explicado, en parte, cómo y por qué se han producido revoluciones y sucesiones paradigmáticas, proponiendo, de hecho, un modelo para entender el desarrollo de la ciencia en general y también el de la propia psicología, modelo que ha servido en los últimos decenios a sus historiadores para explicar, comprender y, en ocasiones, justificar la sucesión de paradigmas, sus confrontaciones y también su coexistencia. Así, el modelo de Kuhn ha resultado ser un modelo historicista procesual (Caparrós, 1979; Carpintero, 1996 y Leahey, 1998) en tanto que explica la forma como unos paradigmas sucedían a otros según fases características de desarrollo: períodos de ciencia normal, fases de crisis, períodos revolucionarios etc., que se han ido produciendo de forma natural en el devenir de la ciencia, como el propio Kuhn constata en el desarrollo de la física, la química y otras ciencias fundamentales.
No faltan estudios que han tratado de verificar en la psicología este modelo kuhniano propuesto para las ciencias en general, tanto a nivel de desarrollo histórico general, utilizando dicho modelo para la reconstrucción de la historia de la psicología, como los realizados por Weiner y Palermo (1973), Caparrós (1978, 80), Buss (1978), Leahey (1982) y otros (citados en Gabucio, 1988), así como en el terreno empírico de observación de líneas de investigación "acotadas" en temáticas concretas (Cartwraight 1973 y el propio Gabucio) donde podría verificarse con mayor precisión este mismo desarrollo.
No cabe duda de que el modelo kuhniano ha ayudado a entender la sucesión de paradigmas en la psicología, las luchas entre escuelas, la imposición de teorías y conceptualizaciones novedosas frente a otras que iban perdiendo vigencia por sí mismas, por su incapacidad de explicar determinados fenómenos o por la producción de descubrimientos revolucionarios que desplazaban teorías menos consistentes. Este modelo ha tenido una gran influencia en el ámbito de la psicología durante las tres últimas décadas como piensa Leahey. Algunos psicólogos, caso de los cognitivistas, se han servido de sus nociones para explicar determinados cambios; por ejemplo, la transición entre el conductismo y la nueva psicología cognitiva (Fuentes, 1985), o incluso para justificar su vigencia a la luz de los principios establecidos por su teoría. Pero, son principalmente los historiadores quienes han sacado mayor provecho al hacer uso de esas mismas ideas para ordenar la historia de la psicología en períodos de crisis, revoluciones paradigmáticas, etc., y justificar la convivencia, o en otras ocasiones, luchas entre diferentes escuelas que se identificaban de una u otra forma con lo que ahora situaríamos bajo de la noción "sociológica" de paradigma.
Unos y otros, sobre todo los historiadores, parece que más que de la noción de paradigma, se sirven del modelo de desarrollo de la ciencia propuesto por Kuhn, que es cuestión más amplia que la simple noción de paradigma a la que, por supuesto, se le debe atribuir un lugar central en el ideario kuhniano, aunque en realidad la concreción de dicho modelo es lo que parece constituir la propuesta fundamental de Kuhn en su Estructura de las revoluciones científicas. Se puede decir que la teoría kuhniana es, fundamentalmente, una teoría del desarrollo de la ciencia y así se desprende de su propio análisis, de las repercusiones más importantes que ha tenido y de los usos que a esta teoría se han dado. En psicología, se puede concluir que ha sido útil para analizar las etapas que esta disciplina ha atravesado, pues ha facilitado la comprensión de algunos de los cambios en ella habidos, sus crisis y revoluciones vinculadas a marcos sociales diferentes, formados entorno a los desarrollos paradigmáticos más importantes.
Sin embargo, una teoría del desarrollo es una teoría insuficiente para dotar a la psicología de un modelo epistemológico comparable al del resto de las ciencias empíricas, suponiendo que éstas lo tengan; Fuentes (1985) incluso niega la validez de las ideas kuhnianas como teoría de desarrollo científico, al atribuirles "incapacidad (...) para explicar precisamente aquello que al parecer debería más adecuadamente explicar -el cambio científico-" llegando a decir de la teoría kuhniana que "viene a limitarse a ofrecer, de hecho, la yuxtaposición entre el desarrollo racional por un lado y los acontecimientos sociales del contexto de descubrimiento por otro..." (p. 65). Esa comparación, en todo caso, mermaría su utilidad al dejar fuera de la misma a los elementos sustantivos que son comparados y que constituyen las nociones teóricas generales en las que la ciencia trabaja.
Es posible que el propio Kuhn no se planteara ir tan lejos y se centrara, a propósito, en las simples cuestiones de desarrollo. En este sentido, yendo más allá del simple valor historicista explicativo de las nociones kuhnianas, Fuentes critica especialmente su concepto de paradigma por carecer de "potencia" epistemológica, pasando a un segundo plano el valor de los conceptos establecidos por Kuhn respecto a su modelo de desarrollo. Esta crítica la fundamenta, asimismo, en el hecho de que la propia comunidad psicológica viene haciendo, a su juicio, un uso excesivamente amplio, a veces indiscriminado, de la noción central de paradigma. Fuentes aduce, además, que "se tiende sistemáticamente a tomar a los contenidos científicos como si fueran sistemas, teorías o representaciones filosóficas del campo" (p. 54); es decir, no se entra de verdad en los contenidos reales de la ciencia. Esta crítica llega hasta el punto de proponer el abandono de la perspectiva epistemológica sugerida por la noción kuhniana de paradigma. Posiblemente no sea para tanto, pero sí que resulta necesario en un futuro ampliarla con mayor rigor de lo que con posterioridad lo hizo Kuhn en Postdata.
La noción de paradigma, incluso contemplada a la luz de las aclaraciones introducidas, más que una revisión en profundidad de los contenidos científicos sustantivos de dicha noción, parece constituir una formulación conceptual del conjunto de características consolidadas de tipo teóricas, instrumentales y sociológicas dominantes en un determinado grupo de científicos, una forma idiosincrásica de hacer y entender la ciencia, siendo en este sentido la idea de paradigma una propuesta limitada y asimilable al modelo concreto de praxis, reglas internas, ejemplo práctico, "ejemplar" de una determinada corriente psicológica, o en su vertiente sociológica, el conjunto de acuerdos o "matriz disciplinar" de un grupo de científicos.
En su crítica a los postulados kuhnianos, Fuentes parece centrarse en la propia inconsistencia de esta noción de paradigma, reparando quizás menos en la más amplia teoría de desarrollo que estos postulados contienen, aunque en algunos momentos también parece que, negando la validez de la noción concreta de paradigma, invalidara lo que de positivo pudiera tener aquella más amplia teoría del desarrollo de la ciencia si aceptamos llamarle de esta manera.
Pero, lo que ahora interesa es una serie de cuestiones concretas que este autor plantea en su crítica respecto del concepto de paradigma, sobre todo en lo concerniente a la carencia final de definición de los contenidos compartidos por la comunidad que opera bajo el paraguas teórico de uno cualquiera de ellos. Dicha crítica se basa en que Kuhn, al tratar de completar su idea, remite inicialmente a la "matriz disciplinar" de la que forman parte otros subconceptos como "modelos", "valores", "generalizaciones simbólicas", con las que parece, va a entrar de lleno en los contenidos científicos. Sin embargo, ello no sucede, pues al definir finalmente la noción de ejemplar, la que se supone debe incluir dichos contenidos en los que se ejemplifica y practica una ciencia, vuelve a remitir nuevamente a los conceptos de tipo sociológico, dejando vacía de significado la noción central de paradigma. Abundando en lo anterior Fuentes dice que:
"Identificar un paradigma en primer lugar por medios sociológicos, apelando al grupo que lo comparte y/o a la circunstancia de que ha sido psicosocialmente aprendido, y especificar después el contenido de ese paradigma remitiéndonos de nuevo a la circunstancia de dicho aprendizaje psicosocial, constituye el círculo vicioso que caracteriza a la postre la obra de Kuhn, cuya más importante característica epistemológica es que elude precisamente el análisis epistemológico de la práctica científico-experimental a la que alude" (p. 62).
La hipótesis según la cual la teoría kuhniana no pasa de ser una teoría general de desarrollo parece, pues, suficientemente fundamentada, debido a la laguna existente en la definición del concepto de paradigma, que remite de forma circular a las nociones sociológicas dadas por Kuhn al definirlo, nociones que nos hablan de cómo se hace la ciencia, pero que no entran de lleno en el concepto primordial de lo que es la ciencia, eludiendo un análisis epistemológico suficiente para entender los paradigmas como artefactos o construcciones experimentales.
Después de esta contundente crítica, Fuentes pasa a exponer su propia idea del contenido de la psicología, lo que denomina campo autónomo de construcciones científicas, y lo hace buceando en las teorías tradicionales de la psicología, buscando en ellas la parte empírica y experimental, tratando de aproximar esos contenidos a los elementos que se supone deben hallarse en los paradigmas experimentales. A estos contenidos se refiere también como segundo sistema de funciones, resultado directo de la práctica experimental de la psicología a lo largo de su historia: "contenidos que resultan de las construcciones experimentales psicológicas". Así pues, Fuentes atribuye a los contenidos, un especial valor epistemológico "en cuanto que construidos, de hecho, a través de un cierto tipo de práctica científica y experimental" (p. 81).
Conducido por esta necesidad de ampliar las nociones fundamentales de la teoría kuhniana, él mismo propone los contenidos que deben constituir el objeto de estudio de la Psicología. Esos contenidos, con valor epistemológico son, sin duda, la "acción" en cuanto conjunto de operaciones que realiza el sujeto sobre el ambiente externo, situándose desde esta perspectiva en el terreno de la conducta observable: "Se trata de establecer los cursos de operaciones experimentales sobre el entorno ambiental externo al organismo" (p. 76).
Además de este tipo de operaciones, llama la atención sobre otro tipo de acción como es ese conjunto de operaciones o procesos cognoscitivos, que se apartan de lo que en sentido estricto se ha venido conociendo como conducta o comportamiento y que, por tanto, habrían de situarse en el ámbito no directamente observable. "En efecto, la conducta sin perjuicio de ser una ejecución física (física-orgánica), es una actividad mental..." (p. 79).
Otros psicólogos y filósofos de la ciencia (véase por ejemplo Davidson, 1960, 1967, 1971; Leontiev, 1974-1975; Petitt, 1982 y McGinn, 1982) han visto en la acción un elemento último de análisis de la psicología, constituyéndola, por tanto, en su objeto de estudio, tanto en nivel de conducta global a la que se aplica un tipo de análisis molar, como en una perspectiva molecular, al poder ser descompuesta en movimientos simples que, en cualquier caso, deberán poseer un sentido psicológico para ser analizados desde el punto de vista propio de esta ciencia.
Igualmente, Fuentes recala en otro contenido más difícil de dilucidar. Dicho contenido no es otro que el tradicionalmente conocido en psicología como genuino "contenido" de la mente; se refiere a los elementos, objetos mentales, o como algunas corrientes teóricas prefieren identificar, los "fenómenos":
"El sujeto científico, en cuanto que sujeto epistémico, puede ser considerado básicamente, como digo, como un sujeto operatorio que ejecuta operaciones con términos físicos de un material empírico y corpóreo circulante. Ahora bien, podemos considerar que las operaciones pueden reducirse, sin perjuicio de su complejidad, como a sus elementos últimos, a las de separar y aproximar los términos operados (...) Ahora bien tanto la aproximación como la separación presuponen necesariamente la presencia de un tipo determinado de relaciones para que dicha aproximación y separación pueda ser entendida efectivamente como operaciones-subjetivas-y no ya como meras relaciones objetivas entre la cosas mismas (...) Dicho en términos psicológicos, se trataría de la presencia experimental de las cosas de la experiencia (de los fenómenos como presencias mentales, experienciales, subjetivas" (p. 77).
Entendemos que como presencias mentales son fenómenos en el sentido dado por la fenomenología de Husserl, discípulo por cierto de Brentano y, por tanto, nada sospechoso de desdeñar dentro del conjunto del psiquismo la acción. Mueller (1963/1965), analizando el contenido de su fenomenología dice que ésta "se fija como tarea una investigación científica, no de los hechos, sino de las formas de la conciencia de los objetos..." (p. 191). Tales fenómenos, objetos mentales, hemos de concebirlos como elementos estáticos, frente a los procesos dinámicos de la mente, aunque sean estos últimos los que dan lugar a aquellos. Como el propio Husserl (1950/1997) dice:
"Toda vivencia intelectual, y en general toda vivencia, mientras es llevada a cabo puede hacerse objeto de un acto puro de ver y captar, y en él es un dato absoluto (...) esta percepción es y permanece siendo, todo el tiempo que dura, un esto que está aquí, algo que es en sí lo que es (...) Y ello vale para todas las configuraciones intelectuales específicas, estén dadas donde quieran. Todas ellas pueden ser también datos en la fantasía, pueden estar como ante los ojos y, sin embargo, no estar ahí como presencias actuales (...) También entonces son en cierto sentido datos; están ahí intuitivamente; hablamos sobre ellas no meramente aludiéndolas con vaguedad, en mención vacía: las vemos, y viéndolas podemos destacar intuitivamente su esencia, su constitución, su carácter inmanente y podemos ajustar nuestro discurso a la plenitud de la claridad intuida, en puro conformarse con ella" (p. 40).
En tal sentido, los fenómenos representan la definición más propia de contenidos en psicología, lo objetual, la cosa sentida, experienciada, frente a la acción de experienciar. Nótese, al hablar de contenidos, la dificultad que la psicología tiene -pendiente de una conceptualización adecuada de tal fenómeno- al atribuir esa naturaleza de forma reiterada, tanto a la acción como a los elementos experienciados resultado de esa acción. Desde ese punto de vista se atribuye, en ocasiones, la misma cualidad de contenido a la acción, proceso de traer a la mente un recuerdo que a la imagen visual de lo recordado. Contrariamente a lo que generalmente se cree, el propio Wundt fomentó esta confusión al atribuir también a los elementos contenidos en la mente, naturaleza dinámica: "...los contenidos conscientes son el polo opuesto de los objetos: son procesos, acontecimientos fugaces en continuo flujo y transformación" (Wudt citado en Wolman, 1979, p. 87).
Pero este no es el momento de entrar en esa distinción aunque si es conveniente tener en cuenta que esta dificultad se produce. Ahora bien, una cosa serían los contenidos mentales (objetos mentales) y otra los contenidos de la psicología, dos niveles de análisis diferentes que no deben confundirnos, y al hacer referencia a contenidos de la ciencia psicológica, se hace referencia tanto a las acciones, procesos o conductas, como a los fenómenos, objetos o elementos mentales experienciados.
Finalmente, hay que resaltar, en cuanto a la naturaleza de esos contenidos, la diferenciación tajante que establece Fuentes entre el nivel psicológico de análisis y el nivel neurológico o fisiológico, es decir, dos niveles diferentes para dos ciencias igualmente diferentes:
"Así, pues, éstas que llamo las funciones psicológicas vienen constituidas esencialmente por la conducta: son los actos de conducta las funciones o actos útiles de los que se ocupa -que construye- la psicología. Naturalmente, el hecho de que semejantes funciones psicológicas, o conductuales, no sean el resultado de ninguna predeterminación teórico-ontológica previa, sino una interna construcción científica del modo como vengo señalando, nos ofrece el argumento práctico, como decía, más relevante para rebatir esas construcciones filosóficas reduccionistas tan falsas como artificiales (...) En primer lugar, sin ninguna duda, en relación con el reduccionismo que he llamado neurologista (o 'cerebralista', podríamos decir). Las auténticas funciones neurocerebrales, así como cualesquiera otras funciones neurofisiológicas, son las que resultan construidas internamente a su escala fisiológica, una escala de construcción ésta que, como hemos visto, se cierra o limita desde la periferia del cuerpo hacia dentro, y cuya frontera, -por así decirlo- es el límite que la demarca de la escala psicológica" (p. 85).
Searle (1984-2001) también hace hincapié en la exclusión del nivel fisiológico de explicación dentro del ámbito de lo mental o psicológico y concretamente también en el campo de la acción. "Principio 1: Las acciones constan característicamente de dos componentes, un componente mental y un contenido físico" (p. 72), pero mucho tiempo atrás ya se habían posicionado en esta misma línea, y con gran nitidez, otros muchos psicólogos -recuérdese el llamado "corte esprangeriano", o el posicionamiento al respecto del psicólogo soviético Rubinstein (1957, citado en Wolman, 1979)- al hablar de los diferentes niveles que la ciencia adopta al formular y abordar el estudio de la acción:
Dado que los fenómenos psíquicos obedecen a las leyes fisiológicas de la actividad nerviosa superior, aparecen como efecto de la operación de leyes químicas. Sin embargo, los procesos fisiológicos representan una manifestación nueva y singular de las leyes químicas, y las leyes de la fisiología cubren precisamente el descubrimiento de estas nuevas formas específicas de manifestación. Del mismo modo las leyes fisiológicas de la neurodinámica encuentran en los fenómenos psíquicos una manifestación nueva y singular que se expresa en leyes de la psicología (p. 98).
Se deduce, pues, de lo que dice Fuentes, que la concreción de los contenidos de la psicología permitiría articular una noción de paradigma experimental epistemológicamente "potente", llenando con ello el vacío kuhniano respecto a los contenidos que la ciencia aborda en su labor de análisis y conceptualización de la realidad por ella estudiada.
En este sentido pensamos que, paralelamente a un modelo de desarrollo, es necesario para la psicología llegar a establecer un modelo que permitiera articular los contenidos conceptuales de los diferentes paradigmas que en ella se han sucedido, pues la integración de desarrollo y contenidos potenciaría nuevos avances en la comprensión de los fenómenos de naturaleza psicológica, e incluso podría ayudar a perfilar la idea misma de psiquismo. Es más, el propio Kuhn (1962/1978) no deja de reconocer qué tan importante es para la ciencia "describir las entidades que la naturaleza contiene", como explicar su desarrollo, trabajo que según teoriza facilitan los paradigmas, aunque él nunca llegó a abordarlo explícitamente.
Continuando su propuesta, y tratando de fundamentarla, la propia historia de la psicología y los paradigmas que durante períodos más o menos prolongados han gozado de la adscripción de importantes teóricos, investigadores y académicos, proporcionan la base de datos por medio de la cual investigar los contenidos que, de hecho, han abordado tradicionalmente esta ciencia y que observados con cierta perspectiva no dejan de constituir agrupaciones equivalentes a las efectuadas por el resto de las ciencias, y no sólo en el campo de las teorías y filosofías implícitas a ellas, sino también en el de la propia práctica experimental, independientemente del método utilizado para llevarla a cabo. Un breve repaso de esa historia permite ver cómo la acción y los objetos mentales constituyen preocupaciones fundamentales tanto en la conceptualización de las ideas como en el ejercicio práctico y experimental de la psicología.
Así, desde el inicio de la psicología Wundt se centró fundamentalmente, mediante su método introspectivo, en el conocimiento y clarificación de los "elementos" que se hallaban en la conciencia: sensaciones, imágenes y sentimientos. A esta corriente de pensamiento que trataba de llegar a los últimos elementos se la denominó precisamente atomismo, queriendo resaltar con tal denominación el carácter de elemento mínimo del psiquismo a partir del cual se podrían construir otros contenidos más complejos. Estas teorías relativas a los contenidos de la conciencia, que de alguna forma prescindieron de la acción, aunque tampoco la negaron, fueron llevadas por Titchener hasta un radicalismo metodológico que las apartó de la línea de la psicología funcionalista, más apreciada en la sociedad americana donde él estaba asentado, lo cual, junto con las dificultades que entrañan la conceptualización de lo estático en la mente, favoreció su precoz desaparición, aunque no para siempre. A la corriente por él representada se le denominó estructuralismo, pues al tratar de completar esos contenidos elementales de la conciencia no hacía otra cosa que establecer su estructura.
La escuela de Wuzburg, también denominada Nueva psicología del contenido, heredera en cierta medida de Wundt, aunque se apartara de él en algunos de sus postulados metodológicos fundamentales, representa de alguna forma su continuidad en esa búsqueda de contenidos. Con Oswall Külpe a la cabeza, muy preocupado por la fenomenología, dio con contenidos mentales que carecían de origen sensorial, contenidos que sin ser propiamente objetos o elementos con mayor propiedad, pueden catalogarse de "estados mentales". Si bien el concepto "estado" también se ha utilizado indiscriminadamente para referirse a fenómenos o contenidos y para referirse a procesos, creemos que debe reservarse para determinadas propiedades de los objetos y estructuras, y no confundirlo con ellos, al igual que sucede con los estados de los objetos de la naturaleza, que en ningún caso se confunden con el objeto propiamente dicho.
Como reacción al estructuralismo atomista wundtiano surgió la Gestalt, un estructuralismo de nuevo cuño, el de la totalidad, el de las leyes organizativas de los objetos de la mente. Esta escuela, con Max Werteimer, Wolfang Kölher y Kurt Koffka, siguió profundizando en el concepto de estructura, aunque ahora desde otra perspectiva: contemplando las leyes de formación de las configuraciones que se originan en la mente producto de lo que es percibido por nuestros sentidos, centrándose fundamentalmente en los estímulos visuales o, mejor dicho, en los objetos que, a partir de ellos, se reflejan o producen.
Otro estructuralista, como Jean Piaget, ha investigado concienzudamente la génesis de la mente estableciendo niveles o etapas de sus sucesivas fases de desarrollo. Sus aportaciones apuntan más hacia la formación de estructuras conceptuales, de naturaleza diferente a las estructuras perceptivo-sensoriales, pero en definitiva, un tipo fundamental de estructuras mentales. También hay que señalar que su estructuralismo tiene implicaciones transformacionistas que lo aproximan mas al campo de los procesos y de la acción que al de las estructuras propiamente dichas. Otros muchos autores, de la antigua y la nueva psicología, han abordado el estudio de la mente bajo una perspectiva de contenidos, entre ellos no se puede dejar de nombrar a Husserl, creador de la fenomenología.
No cabe duda que la Psicología actual no ha podido desprenderse o dejar en el olvido esta parcela de conocimiento que debe abarcar todo lo relativo a las estructuras psíquicas. Caparrós (1979) hace notar cómo se recuperan algunas temáticas, incluso algunos métodos de estos primeros representantes de la psicología científica que parecían olvidados. En estos y otros sucesos mentales tan sugerentes, como la influencia de las imágenes en general, y en particular la de los contenidos de la imaginación en el aprendizaje, han trabajado Paivio, Haber, Leask, Doob, y otros psicólogos contemporáneos. Finalmente, también se reorienta el concepto de estructura en dirección fisiologista, buscando en las redes neuronales, asambleas de células neuronales (Donald O. Hebb, 1949 y Mc Culloch, 1943 citados en Mayor, 2001), aquello que tanto cuesta definir en el nivel psíquico.
El análisis del fenómeno mental en todos ellos posee unas características propias en cuanto que sus análisis y sus conceptualizaciones versa sobre los elementos, objetos mentales, representaciones y otras formas en que lo estático, lo permanente, lo que puede ser almacenado y después recuperado, es el nexo común definitorio. A estos elementos permanentes se les puede considerar, de forma general y sin entrar en matizaciones, como objetos de la mente, las únicas y genuinas estructuras mentales en sentido restrictivo, salvando la dificultad que ha hecho que tal conceptualización haya obligado a determinados pensadores a atribuirles tambien un caracter dinámico, de flujo continuo.
Frente a las escuelas y corrientes anteriores se encuentran las que se han desarrollado a partir de la psicología del acto, cuyo análisis inicial parte de la consideración fundamental de que los fenómenos mentales o manifestaciones que estudia la psicología, no pasan de ser un conjunto de fenómenos dinámicos, acciones o procesos.
A mediados del siglo XIX, en la época del nacimiento de la psicología científica, Franz Brentano se consagró como representante por excelencia de la psicología del acto. Para él, lo mental, lo psicológico, lo que debía estudiar la nueva ciencia era el "acto", en franca oposición a las ideas wundtianas de la época. Sus apreciaciones marcaron una de las corrientes más influyentes de la historia de la psicología. En aquella misma época el funcionalismo americano de W. James, J. Dewey y J. Angell venía a ratificar esta línea de pensamiento según la cual la mente es acto y continuo fluir, lo que desembocó en la investigación específica de los procesos mentales desde la perspectiva adaptativa impuesta por las teorías evolucionistas imperantes, como panacea del psiquismo. Pavlov y otros investigadores vinculados a la fisiología rusa también se interesaron por los actos, aunque en su caso centraba las investigaciones en los procesos corticales que subyacían a la conducta muscular y glandular directamente observable. John Broedus Watson fijó su atención, de forma preferente, en los actos observables, y de éstos, sólo en los externos, no como Paulov que lo hacía en los externos y también en los internos, neurales y glandulares. Watson negó cualquier valor para la psicología a los procesos mentales, más aún a los de tipo fisiológico, atribuyéndoselo exclusivamente a los actos observables. Con él se inauguró la psicología conductista, centrada en los procesos de adquisición y extinción de conducta, psicología que fue culminada por Hull, Guthrie, Tolman y Skinner, integrantes de aquella corriente histórica desde los años 1930 a 1960, a partir de los cuales otro tipo de procesos vino a tomar el relevo en la investigación de la conducta.
Paralelamente, en esa época se desarrolló ampliamente la teoría freudiana que pretendía abarcar tanto el campo de la acción, los procesos mentales, como el de las estructuras, en este caso, desde una perspectiva integrada, donde la conducta representa la culminación de determinados procesos mentales, conscientes o inconscientes. Freud no sólo estudia las estructuras que configuran su versión de la mente: yo, súper yo, ello, sino que también concentra su atención en los propios procesos que crean y mantienen esas estructuras. Es evidente que estos componentes complejos no tienen el mismo sentido que tenían en los estructuralistas atomistas, que buscaban únicamente elementos simples. Entre las acciones más destacadas sobre las que Freud teoriza están sus famosos mecanismos de defensa, nombre con el que se describen un conjunto de procesos mentales con sentido o unidad de acción, unidad que el conductismo, por afán de cientificidad, había rebajado al limitar su análisis al nivel de movimientos, que además interpretaba en clave puramente biologista y observable.
Con el desarrollo de la robótica, los psicólogos volvieron a hacer conjeturas para comprender los actos de la mente, la antigua conciencia. Los computadores, creados a mitad del siglo XX, permitieron establecer comparaciones entre las operaciones por ellos efectuadas y el propio cerebro humano, ayudando a formular nuevas hipótesis sobre la mente y los procesos mentales. Alan M. Turing, G. A. Miller, E. Galanter y K.H. Pribam, entre otros muchos, están en el inicio de este cambio para la psicología. El computador fue el modelo perfecto que permitió hacer comparaciones y conjeturas sobre el cerebro y sobre la propia mente. La etapa del procesamiento de la información constituyó el soporte de la revolución cognitiva, que permitió centrarse preferentemente a la psicología en inobservables internos, en los llamados procesos mentales. El cognitivismo de Neisser, Broadbent, Newell y Simon, o más recientemente las teorías conexionistas de Rumelhart y Mc Clelland (Mayor, 2001) entre otros, suponen el último avance en nuestra ciencia psicológica y, sin duda, la culminación de aquellas ideas de Franz Brentano que identificaba psiquismo y acto.
No obstante, los contenidos propuestos por Fuentes, acción y fenómenos, a los que otros muchos autores tambien se refieren (véase Titchener, 1910; Bülher, 1966) como núcleo de la conceptualización general de la psicología, quedan incompletos si no se añade un tercer contenido fundamental sin el cual la psicología, como cualquier ciencia, carecería de los fundamentos básicos para entender de qué manera se desencadena la acción o, lo que es lo mismo, para entender cómo se desencadenan los procesos. Se trata de las fuerzas que operan en la mente humana, sin cuya presencia no puede haber ni procesos ni simples acciones, como no existen en la naturaleza proceso alguno que no requiera de ella como causa desencadenante. Cualquier modelo con valor epistemológico para la psicología ha de introducir la variable fuerza, tanto en el nivel práctico experimental de producción o reproducción de procesos, como en el nivel teórico de configuración de modelos integradores del psiquismo.
En este sentido, también respecto a tal contenido, se encuentra un conjunto de psicólogos dedicados al estudio de la mente y del comportamiento humano, psicólogos que han centrado sus análisis en aquellos fenómenos que imprimen empuje a la acción, es decir, en aquellos factores motivacionales capaces de imprimir movimiento y dirección para los actos del hombre. Sin incluir la pléyade de investigadores y teóricos que se han dedicado a ello, la historia de la psicología sería incompleta. Ellos proporcionan, tambien en psicología, una aproximación a lo que en el resto de las ciencias naturales se ha conceptualizado como Fuerzas.
Federico A. Mesmer y J. Braid a mediados del siglo XIX, con el descubrimiento y la práctica del hipnotismo, introdujeron las fuerzas "magnéticas" como componente de la dinámica mental, iniciándose un importante período de especulación sobre los después denominados fenómenos "histéricos" fabricados por la mente humana.
Hohan F. Herbart, contemporáneo de los anteriores (1776-1841), incluso antes del nacimiento oficial de la psicología creía que las ideas estaban dotadas de fuerza y que las fuerzas en el interior de la mente generaban equilibrios y desequilibrios como respuesta a la influencia de los estímulos del medio exterior. El pensamiento de Newton empezaba a dejarse notar en aquella incipiente ciencia psicológica.
Theodor Fechner e Ivan Paulov, pioneros de la fisiología, creyeron encontrar procesos que suponían el paso de las fuerzas bioquímicas que activaban músculos y vísceras a la propia energía psíquica (Paulov, 1968), concebida de este modo en un nivel limítrofe en el que la ciencia tradicionalmente estudia el mundo material.
El propio Sigmund Freud, partiendo inicialmente de los fenómenos magnéticos, después histéricos, efectuó ese salto teórico al conceptualizar como "libido" las energías psíquicas provenientes del instinto sexual. En ellas fundamentó casi todas sus afirmaciones sobre el origen del psiquismo y la conducta humana. Sus teorías sobre la mente aportan a la moderna psicología elementos con los que se establece una nueva forma de entender las fuerzas psíquicas, no ya como entidades procedentes de otras esferas del mundo material o de la periferia del psiquismo, sino como elementos contenidos en las propias estructuras mentales (ver Freud, 1975a y 1975b).
Carl Gustav Jung, disidente de la línea psicoanalítica ortodoxa, negó la identidad física del concepto, aunque no pudo sustraerse a reconocer formulaciones innovadoras. Situó en Schiller (1875), Nicolás von Grot (1898) y Th. Lipps (1900), los orígenes del concepto de "energía psíquica" (ver Jung, 1982/1995), que aproximaban las fuerzas psíquicas a las nociones establecidas por la ciencia general. Constató la dificultad existente para diferenciar las energías psíquicas de las biológicas, considerando que no todas las fuerzas anímicas provenían del instinto sexual. Por ello, en su obra Transformaciones y símbolos de la libido (Jung, 1912) prefirió hablar de energía "vital" como un compendio de todas las energías que animan los procesos psíquicos conscientes e inconscientes.
A lo largo del pasado siglo XX, otros importantes psicólogos elaboraron diferentes conceptos entorno a las fuerzas y energías psíquicas. Así, Mc. Dugall (1908), muy influido por la biología, colocó el instinto en el origen de la motivación y ésta, en la base de toda la conducta. Woodwth (1918) introdujo un nuevo constructo de corte netamente fisicalista, como es el concepto "impulso", que durante bastantes años va a dominar el campo de estudio de nuestra ciencia. El neoconductista Clark L. Hull (1943) formuló el impulso como constructo teórico, que define operacionalmente y lo considera fuente de energía y motor de la conducta. De esta forma, el impulso (drive) adquiere así propiedades de causación mecanicista. Hebb (1949) y otros psicólogos contemporáneos como Lindsley, Lacey, Duffy y Malmo (ver Arnau, 1974), en una nueva aproximación al origen de la acción, de corte neurológico, han intentado buscar en lo fisiológico una medida para esas fuerzas que, de unas u otras formas, operan en la mente. Kurt Lewin (1973), quien habló abiertamente de fuerzas "psicológicas", basó su tesis doctoral en la evaluación experimental de tensión psíquica inducida y las conductas desencadenadas por dicha tensión. Sus trabajos han tenido una gran influencia en psicólogos como Cartwriht, Lippitt y White, junto a otros notables seguidores como Heider, o el más conocido, Leo Festinguer. Este último, con su teoría de la Disonancia cognitiva, apunta una dirección en la que las fuerzas psíquicas adquieren mayor coherencia en una perspectiva mental, pues, dejando a un lado la fisiología, sitúa las fuerzas psíquicas en las "ideas" en el viejo sentido cognitivo que Herbart ya utilizaba en los albores del siglo XIX.
Otros contemporáneos (Atkinson, 1953 y Mc Clelland, 1961 citados en Pinillos, 1975) tienen una visión de la motivación y de la tendencia a la acción que continúa esa línea de progresivo alejamiento de lo fisiológico hacia lo psicológico, aunque ahora incluso desde un nivel superior de la psicología, buscando en el "motivo social" la fuerza que pone en marcha procesos mentales y conducta humana.
No menos importante en esta línea es la consecución por parte de investigadores chinos de la obediencia al pensamiento de algunos artilugios cibernéticos. En realidad, no debería crear extrañeza, pues hace tiempo se sabe cómo modificar o producir determinadas ondas o frecuencias cerebrales. Basta con modificar o adaptar unos amplificadores receptores adecuados para poder desencadenar algún tipo de acción computerizable al evocar o activar determinadas estructuras mentales, imágenes, sensaciones etc. En este proceso, aunque la energía final actuante en el receptor es de naturaleza física (ondas electromagnéticas alfa, beta etc.), según el nivel de análisis nada impide que podamos conceptualizarla como fisiológica, incluso como de naturaleza psicológica con efectos en el nivel fisiológico y en el de la acción observable.
De estas corrientes teóricas tradicionales se pueden extraer, pues los contenidos, ejes, dimensiones o fundamentos empíricos que han constituido el objeto de estudio de la psicología, pero no sólo de la psicología. Estos contenidos, como ya se ha dicho, constituyen, en realidad, el objeto de estudio propio de las ciencias empíricas tradicionales, en sus diferentes niveles. La noción de paradigma, según Kuhn, es común para todas las ciencias, aunque después su desarrollo y contenido aplicado tengan su singularidad para cada una de ellas. Es más, en nada nos alejamos de algunas consideraciones teóricas de las ciencias empíricas consolidadas que apuntan en idéntica dirección, pues, como señala Hempel (1973):
"Las ciencias naturales han alcanzado su nivel de comprensión más profundo y más amplio descendiendo por debajo del nivel de los fenómenos empíricos familiares, y no puede sorprender, por tanto, que algunos pensadores consideren que las estructuras, fuerzas y procesos subyacentes aceptados por teorías bien establecidas son los únicos componentes efectivos del mundo" (p. 117).
Al hacer esta afirmación, Carl G. Hempel se está refiriendo a las ideas expresadas por Sir Arthur Eddington (1929), declarado por el propio Einstein el mejor intérprete de su teoría de la relatividad, un científico de primera línea, versado en el conocimiento tanto de la astronomía como en el de la física de las partículas elementales y quien, a su vez, hizo importantes incursiones en el campo de la epistemología. Pero en realidad, Sir Arthur Eddington nunca realizó tal afirmación, constituyendo una atribución que le hace Hempel al tratar de sintetizar el contenido de su brillante introducción a la obra The nature of the physical world.
Por otra vía distinta, basada en la búsqueda de unos postulados básicos para la unidad de la psicología, recientemente (Pardos, 2005) se ha propuesto un conjunto de axiomas que incide en esta integración de fenómenos y permite una aproximación a lo que podría ser un modelo conceptual de contenidos a nivel general, axiomas básicos que tratan de fundamentar una propuesta teórica de articulación de los hasta ahora inconexos puntos de vista de los paradigmas tradicionales de la psicología. Según estos axiomas, y en concreto el denominado axioma fundamental de inclusión:
"Las teorías, constructos e hipótesis que establezca la psicología, necesariamente han de ser capaces de explicar las fuerzas, los procesos y las estructuras propias del psiquismo, por constituir estos tres elementos fundamentales dimensiones comunes a toda la naturaleza y estar siempre presentes como constructos e hipótesis en las ciencias que la estudian" (p. 30).
Según Pardos, estas dimensiones han de ser aplicables al psiquismo, que no es sino una parte de la naturaleza y, por ello, objeto de conocimiento de la ciencia. La contemplación de lo psíquico, analizando las fuerzas que lo originan, los procesos que lo forman y las estructuras que lo configuran, produce una visión unitaria que permite articular conceptos tradicionalmente inconexos de la psicología. La psicología, mediante esta perspectiva, podría contemplar sus constructos, hipótesis y leyes agrupados bajo una visión que evite distorsiones y pensamientos paralelos, en ocasiones divergentes, unificando criterios para penetrar en el conocimiento de regularidades y leyes naturales, no explicadas por otras ciencias fundamentales anteriores, centradas en el estudio de comportamientos elementales de la materia. Este axioma de contenidos se articula mediante el denominado axioma de génesis dinámica según el cual: "En el psiquismo, como en toda la naturaleza, las fuerzas desencadenan los procesos y estos finalmente engendran las estructuras" (p. 31).
Finalmente, el axioma de exclusión, en concordancia con las propias ideas de Fuentes, Searle, Spranger y Rubinstein referidas en párrafos anteriores, postula que "en el ámbito del comportamiento humano, lo que puede ser explicado por las leyes de la biología o la fisiología, no es psicología" (p. 26). En tal sentido, las leyes y regularidades que ha de formular la psicología han de explicar el origen o la causa psicológica de la conducta y su fin o función también psicológica, pero no la fisiología del acto ni aún la neurología que lo hace posible cuya explicación se identifica con las competencias de otra ciencia situadas en el ámbito de la mecánica nerviosa. De esta forma, propone como principio y axioma fundamental excluyente que lo psicológico es aquella parte del comportamiento humano constitutiva de propiedades diferenciales emergentes, actividad y contenidos mentales o cognitivos, no estudiados por ciencias precedentes, así como las causas que los desencadenan, que no pueden explicarse solamente a partir de las leyes de la física, la química, la biología o la fisiología y que requiere la utilización de constructos e hipótesis, diferentes a las propuestas por dichas ciencias.
Al axioma de exclusión hace las siguientes salvedades: salvedad de interacción bidireccional según la cual "los actos fisiológicos pueden obedecer a causas psíquicas y determinados hechos fisiológicos pueden desencadenar actos psíquicos" y salvedad de la necesidad que postula que "lo psicológico necesita el concurso del substrato fisiológico a partir del cual surge como realidad. Lo psíquico se manifiesta necesariamente a través de lo fisiológico" (p. 29).
En resumen, esta sistematización de contenidos que trata de unificar conceptos básicos de la psicología propugna que:
1. El contenido de la psicología ha de ceñirse al estudio de fuerzas, procesos y estructuras mentales.
2. A la hora de conceptuar y estudiar estos contenidos se ha de tener presente que las fuerzas desencadenan los procesos y que éstos modifican o crean nuevas estructuras.
3. Precisamente en las estructuras mentales radican las fuerzas que desencadenan los procesos.
3. Lo fisiológico y lo psicológico son fenómenos naturales diferenciados.
4. Todo hecho mental se desarrolla siempre mediante su soporte fisiológico.
5. Los fenómenos mentales pueden influir y modificar el curso de los procesos fisiológicos.
6. Los procesos fisiológicos dan lugar a procesos mentales.
A partir de todo lo anterior, y al considerar al conjunto de fuerzas, procesos y estructuras mentales, contenidos generales del psiquismo como dimensiones en vez de como sistemas totales o representaciones filosóficas del campo (Fuentes, 1985), se puede observar cómo han operado con ellas cada uno de los paradigmas tradicionales, cuáles han sido los rechazos, omisiones y motivos fundamentales de enfrentamiento que han tenido lugar a lo largo de la historia de la psicología entorno a tales dimensiones, ofreciendo este modelo teórico de contenidos, frente al modelo kuhniano de desarrollo, una lectura totalmente diferente, en todo caso complementaria, que permite analizar, además de la forma en que se suceden los paradigmas, cómo abordan cada uno de ellos, si es que lo hacen, el estudio de estos contenidos o dimensiones, análisis que parece ineludible para una conceptualización completa y armónica del psiquismo.
Así, se observa que el paradigma wundtiano se centra en el estudio de las estructuras mentales, prestando menos atención a los procesos y nulo o escaso a las fuerzas. La Psicología del acto de Brentano y James se ocupa en cambio de los procesos pero ignora la conceptualización de las estructuras y las fuerzas. Wundt contra Brentano, o lo que es igual estructuras frente a procesos. El modelo conductista ignora las estructuras y se centra en los procesos observables, obviando los procesos mentales y atendiendo escasamente a las fuerzas, que quedan en un segundo plano. Como la psicología del acto, la psicología conductista se centra, fundamentalmente, en el estudio de los procesos, aunque aborde puntualmente problemas relativos a las fuerzas, intentando controlarlas desde el manejo de los reforzadores y mediante la producción de estados de deprivación.
El enfrentamiento entre conductismo y cognitivismo surge en la misma dimensión, en la dimensión procesual o de la acción pero en este caso con una diferencia notable. Ahora se contrapone el análisis de los procesos conductuales observables, cadenas y secuencias motrices del amplio espectro conductual, frente a procesos inobservables, procesos mentales deducibles por autoobservación y relato del propio sujeto o por inferencia del observador, deducida a partir de la lógica mental que se espera del sujeto medio. Mientras que el paradigma conductista se centra en los observables externos, en la conducta propiamente dicha, el paradigma cognitivo se centra en el comportamiento inobservable, en los procesos mentales, prestando asimismo algo más de atención a las estructuras. El conductismo las negaba radicalmente.
El modelo Gestalt se fija en la formación de las estructuras y atiende algo más al problema de las fuerzas, aunque siempre de una forma teórica que no llega a concretar en formulaciones prácticas. La Psicología wundtiana también tuvo como objeto de estudio fundamental las estructuras o contenidos de la mente. Sin embargo, su análisis era de naturaleza atomista, totalmente contrario al de la Gestalt, que contempló el estudio de las estructuras como totalidades, centrándose básicamente en las de origen perceptual.
El modelo freudiano, en cambio, efectúa una construcción de la mente en la que se integran las tres dimensiones, otra cosa es cómo se hace y la difícil imbricación que plantea al resto de teorías, sobre todo por dar un modelo mental excesivamente acabado y cerrado que, en su momento, no permitió integrarse a las demás construcciones paradigmáticas.
La polémica Chomsky-Skinner podría entenderse así como un enfrentamiento entre una teorización sobre procesos, una explicación centrada en la acción, representada por Skinner y otra basada en la perspectiva de las estructuras, dos idiomas distintos y además incompletos. Ni Chomsky tiene en cuenta los procesos ni Skinner las estructuras y, además, ambos ignoran las fuerzas que operan en la mente, por lo cual les resultó imposible entenderse. Hablaban de fenómenos parciales y diferentes.
En realidad, ningún sistema en la historia de la psicología, ningún paradigma, muestra una pureza radical respecto a los contenidos básicos a los que atiende pues, aunque preferentemente cada uno de ellos se centra en el estudio de alguna de estas dimensiones o en aspectos concretos de algunas de ellas de forma parcial, en ocasiones, necesitan recurrir en sus hipótesis explicativas a las dimensiones o contenidos enfocados preferentemente por otros paradigmas a los que en principio parece que se contraponen o directamente rechazan.
Así, el atomismo wundtiano, pese a centrarse en la búsqueda de los elementos estáticos de la conciencia, no dejó de pensar, en ocasiones y aunque fuera de forma contradictoria, que los elementos eran procesos, como se vio en el caso del propio Wundt, indicando con ello la dificultad de conceptualizar la naturaleza de los objetos mentales de carácter estático. De igual manera, aquellos que pensaban que la mente era puro proceso, o acto, como Brentano (1926), no dejaron de pensar en las "representaciones" y hablar de lo representado, aunque después negaran a estos, verdaderos contenidos mentales, su necesario carácter estático. Lo mismo ocurrió en el caso de James (1986) en sus descripciones minuciosas sobre determinados estados mentales, estados que conceptualmente no pueden asimilarse a la visión dinámica de flujo permanente de la mente, en tanto que un estado requiere componentes vivenciales de permanencia y durabilidad no asimilables a la noción perpetua de flujo. Por supuesto, ello no sería, en absoluto, incompatible con la existencia de cambios vivenciales más o menos rápidos, pero en ese caso ya habría que hablar de sucesión de distintos estados, que como tales necesitan un mínimo de estabilidad presencial.
Profundizar en los motivos y en la naturaleza de los enfrentamientos descritos permite entender el por qué de la multiparadigmaticidad, el por qué las sucesiones no son completas y los nuevos paradigmas conviven con los que les han precedido. Ello es así al no poderse obviar completamente, sin caer en la inconsistencia teórica, algunas de las dimensiones fundamentales del psiquismo explicadas por paradigmas teóricamente superados que después resulta que también han de ser tenidas en cuenta. ¿Cómo va a desaparecer el estudio de determinado campo, sustituyéndolo por otro que afronta un contenido de la psicología totalmente diferenciado? No tendría sentido cuando se abordan dimensiones diferentes del psiquismo; por tanto, de forma natural, los teóricos de la psicología necesitan seguir formulando hipótesis y teorías en el ámbito de paradigmas teóricamente superados, pues resurgen viejos problemas que los nuevos paradigmas son incapaces de resolver. Así, el paradigma cognitivo, no puede prescindir de continuas referencias a los objetos y estructuras mentales, representaciones, como se las denomina preferentemente, pues para explicar el proceso mental es necesario referirse a los objetos o elementos procesados. ¿Cómo se puede explicar el proceso imaginativo sin experimentar con las imágenes que el sujeto evoca o crea en su mente? ¿Cómo se puede hablar de procesos sin tener en cuenta las estructuras sobre las que estos tienen lugar? La sucesión de paradigmas, en todo caso habrá de darse dentro del mismo campo de contenidos, cuando se hallen teorías explicativas mejores que sustituyan a las anteriores, pero no en el caso de paradigmas que abordan fenómenos mentales diferentes y que, por tanto, nunca podrán sustituirse unos a otros.
La teoría Kuhniana del desarrollo de la psicología podría completarse de este modo, como sugiere Fuentes, introduciendo el análisis de los contenidos de los paradigmas que dotan a la ciencia de campos, temáticas y objetos de análisis, sin los cuales difícilmente la naturaleza de la ciencia se puede explicar. Es evidente que esos campos u objetos de estudio, contemplados con cierto nivel de abstracción, son susceptibles de generalización a todas las ciencias empíricas y a la inversa, todas las conceptualizaciones de las ciencias tratan de teorizar o formular, incluso cuantificar, conceptos reducibles a campos o dimensiones generales. En la literatura científica, sin embargo, no es frecuente la integración de los contenidos generales aquí propuestos. Quizás porque son demasiado obvios no se ha prestado suficiente atención a la integración de los mismos, aunque es posible que en el caso de la psicología ello no resulte una tal obviedad, pues su constatación y aceptación parece un paso necesario en el camino de su consolidación como ciencia. Ello explicaría el interés que muestran muchos autores, como muestra Fuentes, tratando de hacer adiciones integradoras aunque éstas, general y repetidamente, se han referido sólo a estructuras y procesos. Algunas de ellas ya han sido comentadas con anterioridad. También Wolman (1979) sintetizando las ideas de Mach (1960), considera que:
"El procedimiento científico debería limitarse a tres pasos. Primero las percepciones sensoriales, pues constituyen los únicos elementos validos del conocimiento. Las operaciones lógicas y las relaciones entre observaciones empíricas, sería el segundo paso. En el tercero, el científico formulará una hipótesis simple y económica que permita una descripción exacta, así como una predicción" (p. 74).
Este tercer elemento, la "formulación de hipótesis", en cualquier caso habría de referirse a lo enunciado en los dos pasos anteriores, es decir, a las estructuras, pues así se ha de entender en psicología a los elementos sensoriales y a los procesos, pues no podrían entenderse sino como tales las operaciones lógicas o procesos mentales, dejándose en el olvido el hecho de que esas "hipótesis" también podrían formularse sobre las fuerzas que desencadenan los procesos evaluativos. En este caso, el "procedimiento científico", lo hacemos extensivo a la psicología y del propuesto nos tomamos la libertad de deducir sus contenidos.
En realidad Kuhn, aunque pone más énfasis en las nociones de desarrollo, no se olvida de los contenidos. Es más, hay que pensar que no es posible analizar el desarrollo, como él lo hace, sin hacer algún tipo de abordaje de los contenidos. Al dar respuesta a sus críticos en Postdata, aborda la noción de paradigma desde la vertiente sociológica, como matriz disciplinar, y la noción de ejemplar como modelo de praxis científica. Al referirse a la primera noción, dice que está integrada por tres clases de elementos: generalizaciones simbólicas, modelos y valores. Prescindiendo del primer y último conceptos, y quedando sólo los modelos, es posible afirmar que la noción de paradigma, en realidad, también introduce nociones de contenido, pues ¿qué son los "modelos" si no distintos tipos de representaciones de esos contenidos centrales de la ciencia? Otra cuestión sería el nivel de profundización que Kuhn realiza en estas nociones.
Es posible que, si se consideraran éstas que se han llamado dimensiones del psiquismo o de la mente, fuerzas, procesos y estructuras, como contenidos diferentes del tipo "modelos" utilizados preferentemente en la matriz disciplinar de cada uno de los paradigmas tradicionales de la psicología, se pudiese disponer de un nuevo argumento para entender mejor el por qué esos paradigmas se han enfrentado y, a la vez, han convivido a lo largo del tiempo sin llegar nunca a ser totalmente sustituidos unos por otros. En ese caso, podría verse que el "modelo" procesual general de la mente, que ha formado parte de la matriz disciplinar de los paradigmas que han constituido la psicología del acto y psicologías sucesoras, como la cognitiva, centradas en la dimensión "acción", se han enfrentado fundamentalmente al paradigma atomista estructuralista, debido a que en éste el modelo general es un modelo de naturaleza estática y, por ello, totalmente incompatible con el modelo anterior. No se hablará de las fuerzas porque su propia naturaleza no ha permitido siquiera articular un paradigma firme propio, aunque las fuerzas han formado parte directa o indirectamente de todos los paradigmas de la psicología.
Igualmente, sobre todo en las ciencias empíricas precedentes, las generalizaciones simbólicas no son sino formulaciones matemáticas y algebraicas que cuantifican o establecen funciones y relaciones entre magnitudes relativas a las fuerzas, acciones o procesos (movimiento y sus formas), así como sobre las propiedades cuantificables que las estructuras tienen por sí mismas o que adquieren al incidir en ellas procesos de transformación. Conceptos como masa, densidad, peso específico, resistencia, conductividad, etc., no son sino propiedades de los objetos o estructuras, que tratan de ser representadas y posteriormente cuantificadas mediante operaciones matemáticas implícitamente contenidas en tales generalizaciones simbólicas.
De esta forma, se comprende que la integración de estos tres fenómenos, fuerzas, procesos y estructuras mentales, en un modelo explicativo general, ordena conceptualmente los contenidos que fragmentariamente abordan cada uno de los paradigmas históricos de la psicología y ayuda a explicar por qué las escuelas tradicionales han resultado excluyentes.
En resumen, un modelo general de contenidos del psiquismo, establecido a partir de los conceptos fundamentales ya abordados por los teóricos más destacados de la historia de la psicología es, sin duda, una aportación complementaria a la teoría del desarrollo kuhniana, que entra de lleno en la problemática conceptualización de los paradigmas experimentales cuya carga de contenidos quedaba pendiente de realizar por las divergencias históricas existentes basadas en la negación de alguna de esas dimensiones o por la visión aislada y totalizadora de importantes formulaciones de lo mental fomentadas por las propias matrices disciplinares que las sustentaban.
La naturaleza imprecisa y difícil de definir de los contenidos de la psicología, tan diferentes en comparación con las restantes ciencias fundamentales, ha propiciado, además de esa sucesión excluyente de paradigmas, una división y enfrentamiento, entre unos y otros partidarios, precisamente, por no entender esas otras dimensiones del psiquismo cuya naturaleza opuesta, lo estático frente a la acción, la estructura frente al proceso y la de algunas características de estas dimensiones como lo observable, frente a lo inobservable, lo innato frente a lo aprendido etc., parece debían definir a la mente o bien de una manera o bien de otra, pero nunca de las dos a la vez.
Los fenómenos de la naturaleza no parecen ser tan simples, pues la acción y lo estático se dan conjuntamente, lo observable y lo inobservable se admiten como realidad coexistente, fenómenos empíricos y entidades teóricas subyacentes que tratan de explicar precisamente aquello que se nos presenta bajo las apariencias que nuestros propios sentidos permiten. Se ha de admitir, en cambio, en el estudio de la mente, que a lo largo de la historia de la psicología, ha resultado arduo diferenciar tanto una cosa como la otra porque lo que trata de ser conocido es precisamente el propio aparato cognoscitivo, lo cual sin duda tiene un plus de dificultad. Sobre todo, parece que una de las tareas más difíciles es precisamente la conceptualización de las fuerzas que desencadenan la acción, de forma que sean mínimamente equiparables a las nociones causales dinámicas establecidas por el resto de las ciencias.
La pregunta que restaría por hacer sería: ¿Por qué, en general, cada paradigma ha querido hacerse modelo excluyente intentando dar una explicación total de la mente o del psiquismo? Podríamos considerar la siguiente respuesta: por la propia necesidad de la ciencia de establecer generalizaciones inclusivas capaces de abarcar el mayor ámbito de manifestaciones de la realidad, con la mayor economía posible, es decir, a partir de las formulaciones más simples susceptibles de ser elevadas a la categoría de leyes generales o universales. En esta necesidad se asienta la tendencia a la simplificación y al reduccionismo de las teorías científicas.
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