
Héctor Cerezo Huerta
Psicólogo
Asesor de Psicología Clínica
Centro de Crisis Casa Amiga
México
Para citar este artículo:
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Cerezo Huerta, H. (2004, 10 de agosto). ¿Hombres violentos versus hombres que ejercen violencia?. Revista PsicologiaCientifica.com, 6(12). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-223-1-hombres-violentos-versus-hombres-que-ejercen-violencia.html
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Introducción
Ha de definirse que la violencia es un fenómeno distinto de la agresión, ya que debe señalarse la asimetría propia del acto violento, su carácter coercitivo y su remisión al concepto de poder. Su intención, más que dañar, es dominar, someter, doblegar, paralizar por medio del ejercicio de la fuerza, sea esta física, psicológica, económica, o sexual.
Los conocimientos derivados de los estudios de género contribuyeron a iluminar la habitual asociación entre violencia y masculinidad y a desmitificar las explicaciones de la violencia masculina en el ámbito doméstico como secundaria a trastornos psicopatológicos individuales, al uso de alcohol o drogas, o a factores económicos y educacionales, aunque estos puedan ser tenidos como factores de riesgo o disparadores socioculturales. Al respecto, Corsi (1994) menciona que "se ha demostrado que la violencia en los vínculos y su reproducción son el producto de la internalización de pautas de relación en una estructura jerárquica entre los géneros, modelo familiar y social propio del patriarcado que la acepta como procedimiento viable para resolver conflictos" (p.39).
Montagú (1970), discutiendo la existencia de un instinto agresivo como único factor determinante de la propensión a la violencia, sostenía que: "es el entorno en el cual se desarrolla la persona lo que constituye el factor decisivo para alentar o desalentar la emergencia de conductas agresivas" (p. 50). Los hombres que ejercen violencia han incorporado en su proceso de socialización de género un conjunto de creencias, valores y actitudes que en su configuración más estereotipada delimitan la denominada "mística masculina", la cual genéricamente se relaciona con la restricción emocional, homofobia, modelos de control, poder y competencia, obsesión por los logros y el éxito. Esto no quiere decir que los hombres no violentos no hayan incorporado, aunque más no sea parcialmente, el mismo modelo, y que no participen de la misma mística. Tampoco, que se sea hombre de una sola manera.
Actualmente, los especialistas en la problemática del género acentúan la impronta de las prácticas sociales en la construcción de las identidades y prefieren hablar de "femineidades" y "masculinidades". De esta forma no sólo evitan los esencialismos, sino que procuran respetar las diferencias relativas a la etnia, la cultura y la clase social a la que cada sujeto pertenece.
Según Badinter (1993), en nuestra cultura la construcción de la subjetividad masculina tendría un carácter reactivo y tres serían sus pilares: no ser mujer, no ser niño, no ser homosexual. El modelo de masculinidad tradicional, asentado en el mito del héroe, persiste entre nosotros como estereotipo promedio aunque sea cuestionado. Un verdadero hombre debe ser fuerte, competitivo, autosuficiente, agresivo, exitoso en el trabajo y con las mujeres, valiente y arriesgado, aunque deba pagar el costo de sus excesos. Cabe entonces preguntarse: ¿cuánto de esta mística masculina está en la base de las dificultades que exhiben los hombres en el acercamiento afectivo a sus hijos varones y constituye un obstáculo a lo que entendemos como un buen desempeño de la función paterna?
Si bien se registra la presencia de varones sensibles, democráticos y solidarios que no se avergüenzan de expresar sus sentimientos ni adhieren a la ética del logro, sabemos que esto no configura un fenómeno general. Más bien, pareciera ser prerrogativa de generaciones más jóvenes, criadas en un medio esclarecido y progresista y sin demasiadas urgencias económicas, que les ha dado acceso a otras propuestas de identificación para la construcción de su sistema de ideales. No es este el caso de los hombres que son padres de los niños que atendemos.
Si en la actualidad la vacilación del mito del héroe comporta para los hombres una situación de incertidumbre y malestar respecto de su masculinidad, para éstos, en particular, sostener el ideal de omnipotencia se ha tornado un doloroso fracaso. Cuando la impotencia, la debilidad, la inseguridad y el miedo no se expresan por medio de depresiones, accidentes, psicosomatosis, alcoholismo o drogadicción, suelen intentar reestablecer su mellada autoestima mediante la descarga de violencia dentro de la familia. Los hijos varones pasan a ser, si no los únicos, los más afectados y una cualidad importante del maltrato contra ellos parece ser el abandono, el dejarlos sueltos y sin contención. También son aquellos que por haber sido víctimas o testigos infantiles de violencia en sus familias de origen se transforman más comúnmente en golpeadores.
Los hombres somos portadores de la opresión, tenemos elementos para serlo y se espera que la ejerzamos: que seamos violentos, que nos sepamos defender, que seamos jefes (cuando menos de familia). Históricamente, la humanidad se escindió en géneros. Cuando nacimos, también nos escindieron y se nos señaló como hombre o como mujer y se nos implantó un desideratum, una especie de deseo social que nosotros incorporamos.
Referencias
Badinter, E. (1981). ¿Existe el amor maternal? Barcelona, España: Ed. Paidós-Pomaire.
Corsi, J. (1994). Violencia familiar: Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social. Barcelona, España: Ed. Paidós.
Corsi, J. (1999). Violencia masculina en la pareja. Una aproximación al diagnóstico y a los modelos de intervención. Buenos Aires, Argentina: Ed. Paidós.
Currie, D. (1987). The Abusive Husband. Ottawa, Canadá: Ed. NCFV.
Larrain, S. (1994). Análisis psicosocial de la violencia intrafamiliar. Santiago de Chile: Ed. UOCS.
Montagú, M. y Cols. (1070). Hombre y agresión. Barcelona, España: Ed. Kairos.
Shupe, A. y Cols. (1987): Violent Men, Violent Copules. Toronto, Canadá: Ed. Lexinton.
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