Integración dinámica de la multifactorialidad de la conducta. Hacia un modelo referencial

 

Carlos Mías
Psicólogo
Profesor a cargo Cátedra Neuropsicología
Universidad Nacional de Córdoba
Argentina


Ver perfil del autor

 



Fecha publicación: 10/marzo/2003

 


 
Para citar este artículo:
________________________

Mías, C. (2003, 10 de marzo). Integración dinámica de la multifactorialidad de la conducta. Hacia un modelo referencial. Revista PsicologiaCientifica.com, 5(5). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-168-1-integracion-dinamica-de-la-multifactorialidad-de-la-conducta.html
________________________


 

RESUMEN

Se presenta un modelo de integración de la multiplicidad de factores que afectan la conducta, que posibilita considerar los avances provenientes de los distintos niveles de su análisis. Aquí, el aprendizaje es considerado como un instrumento organizador de la función cerebral superior y de los diversos programas de conducta. Dicha síntesis surge de consideraciones multiaxiales de evaluaciones clínicas, acordes con paradigmas multideterminados de salud-enfermedad y del empleo de programas de modificación de conducta con base en las particularidades neuropsicológicas y procesales de la función cerebral. Se exponen algunos lineamientos clínicos que se desprenden de dichas consideraciones, haciendo finalmente una presentación de casos.


 

Palabras clave: Cerebro y conducta, Neuropsicología y comportamiento, Psicología clínica, Aprendizaje, Evaluación multiaxial, Análisis funcional.

 

 

 

Introducción



Multiplicidad de investigaciones e interrogantes planteados a lo largo de la historia, han conformado distintos modelos explicativos de las relaciones entre la función cerebral y la conducta. Se observa cómo las teorías propuestas han fluctuado a lo largo de un abanico de concepciones dualistas (que sostienen que las funciones mentales son una realidad diferente del sustrato biológico) hasta concepciones monistas que consideran que mente y cuerpo no forman realidades independientes e indiferenciadas (Portellano Pérez, 1992).


Por otro lado, en las últimas décadas hemos asistido a una verdadera explosión de descubrimientos y hallazgos recientes, que provenientes de distintas disciplinas (particularmente las neurociencias) aportan nuevos elementos de consideración en el estudio de la conducta humana. Sin embargo, a pesar que existe acuerdo en que el individuo (indivisible) es un complejo bio-psico-social, existe también gran dificultad en asimilar dichos avances, particularmente en el contexto de la práctica asistencial.


Se observa, además, que las consultas clínicas frecuentemente se hacen de un modo dicotómico y diferenciado, debido quizás a los hábitos culturales y al aprendizaje de las modalidades asistenciales vigentes. Por ejemplo, cuando se trata de patologías que afectan diferentes aspectos de la vida de los pacientes (afectiva, social, intelectual etc.), se considera que se está frente a problemas psicológicos-psiquiátricos (según sea el nivel de gravedad), o bien orgánico-neurológicas, si se trata de afecciones somáticas demostrables. En muchos casos existe una casuística particular para cada campo de acción para la cual se esperan los mejores resultados; sin embargo, es frecuente encontrar pacientes con diagnósticos parciales que no encuadran en una disciplina, o bien con problemas de dudoso diagnóstico, con anomalías que se observan por sus consecuencias, con conductas que refieren sutiles disfunciones del sistema nervioso o particularidades neuropsicológicas, o bien pacientes con patologías consideradas como "refractarias".


El propósito de este trabajo es presentar una posible integración de la multiplicidad de factores que afectan la conducta, que permita considerar los avances provenientes de distintos niveles de análisis. El aprendizaje es aquí considerado como un instrumento organizador de la función cerebral superior y de los diversos programas de conducta, en virtud de las exigencias del medio. Dicha síntesis surge de consideraciones multiaxiales de evaluación clínica (DSM-IV 1995; Krawchik y col. 1996), acordes con los modernos paradigmas multideterminados de salud-enfermedad (Sarué, 1985; Bayés, 1987; Mías, 1996) y del empleo de programas de modificación de conducta con base en las particularidades neuropsicológicas y procesales de la función cerebral de los pacientes. Luego se presentarán los principales lineamientos clínicos que se desprenden de dichas consideraciones para comentar, finalmente, sus aplicaciones con algunos casos clínicos.


Integración dinámica de la multifactorialidad de la conducta


Considerando el concepto del comportamiento como fenómeno biopsicosocial, vemos los distintos factores que exigen su análisis y estudio.


1. El cerebro


En primer lugar, el cerebro, así como el hombre, es producto de la evolución. En ella muchos cambios con fines adaptativos han dejado su huella, registrándose una riqueza de conexiones y circuitos neuronales que hacen posible una plasticidad conductual necesaria para acomodarse a las distintas circunstancias ambientales. Se admite que los estados cambiantes del organismo influyen sobre la conducta, siendo la actividad nerviosa la privilegiada en dicha influencia. Existe numerosa evidencia en este sentido, que no solo atañe a las funciones primarias del SN (reflejos, sensaciones y movimientos), sino también, a expresiones psicológicas complejas (motivaciones, emociones, lenguaje, pensamiento etc.). Numerosas investigaciones se orientan hacia interrogantes sobre las estructuras nerviosas involucradas en dichos procesos (Sander, Oberling, Silveira y col. 1993; Jernigan, Hesselink, Sowell y Tallal 1991; Ledoux, 1992), como los distintos grados de activación neurofuncional, tanto para la conducta normal como patológica (Lassen, Ingvar y Skinhoj, 1976; O'Tuama y Treves, 1993; Starkstein y Vázquez, 1993; Wolfe, 1996) y las modalidades de aprendizaje y de procesamiento de información (Majovski y Jacques, 1982; Obrzut y Hynd, 1981; Portellano Pérez, 1992; Ardila, 1995; Lyon, 1996). Otras investigaciones, en cambio, mediante estudios de linkage genético (D'amato y Mallet, 1992; Mendlewicz e Hirsch, 1992) que cuentan con un número creciente de marcadores, intentan aislar el compromiso genético implicado en la etiología de diversos trastornos, mientras que otros trabajos (Bolulenger, Bisserbe y Zarifian, 1992; Haefely y col., 1992; Barr, Godman y Price y cols., 1992; Hoehn-Saric, Pearlson, Harris y cols., 1991) avanzan en modelos neuroquímicos y farmacológicos en diversos trastornos primarios o frecuentemente asociados como ansiedad, depresión, estados obsesivos y afectivos. Por otro lado, la actividad nerviosa no es independiente de la actividad endocrina e inmunológica, siendo creciente las evidencias de una interacción recíproca. Diversos autores (Aarli, 1983; Maier, Walkins y Fleshner, 1994) consideran la psiconeuroinmunología como la interfase entre la conducta, el cerebro y el sistema inmunológico, mientras que otros, con un amplio rango de metodologías, intentan comprender las perspectivas psiquiátricas de dichas relaciones (Stein y Trestman, 1990; Rubinow y Schmidt, 1996).


2. La conducta


La consideración de la conducta en relación con la actividad cerebral, exige no sólo su descripción y evaluación, sino el conocimiento de sus motivaciones y el complejo psicológico que le da individualidad y pertenencia. Se considera que de las diversas formas de experiencia (aprendizaje) las personas desarrollan actitudes o supuestos que a su vez generan cogniciones (ideas, creencias, valores, imágenes etc.) que configuran un modo particular de conocer y estructurar (percibir) el mundo. Estos esquemas que se organizan sobre la base del lenguaje, orientan tanto la atención y percepción selectiva de los estímulos ambientales, como el pensamiento y la acción. Igualmente, las emociones influyen en la conducta y son a su vez influidas o modeladas por las cogniciones, en cuyo caso se trata de afectividad (expresiones emocionales influidas por las cogniciones). Distintos autores (Crottaux, 1991; Krawchik, 1993a) coinciden en que los afectos están influenciados por las cogniciones, aunque la naturaleza de sus relaciones aún no sea del todo clara. La transformación de las emociones (sensaciones físicas de agrado o desagrado con cambios fisiológicos) en afectos (placer, tristeza, miedo, ansiedad etc.) depende de la interpretación de la situación, y no de la situación en sí misma (Crottaux, 1991). Por otro lado, se considera aquí como se verá más adelante, que no sólo las ideas (con sustento afectivo-emocional) nos orientan en el conocimiento del mundo, sino también, particulares modalidades de procesamiento de la información con correspondencias neurofuncionales.


3. El medio


En relación con el papel del medio, se acepta la importancia del ambiente y del contexto de la conducta, dado que no hay comportamiento que no se desarrolle en un medio y no esté bajo los efectos de eventos de refuerzo. Contexto y comportamiento son interactivos y no se pueden evaluar independientemente. La persona es activa en la modificación de su ambiente; por su parte, "el contexto es aceptado jugando un doble papel sobre el sujeto: por un lado, es capaz de provocar en él determinadas conductas, por otro, es el responsable desde el pasado, del repertorio de conductas con las que cuenta el individuo" (Maciá y Méndez, 1988). En su desarrollo, el ser humano, por medio del aprendizaje (y un lenguaje), incorpora una serie de pautas conductuales y creencias que, influidas por el medio ambiente, producen a su vez un modo particular de organización de la función cerebral y de procesamiento de la información. Por lo tanto, el medio es considerado aquí como fuente proveedor de estímulos, consecuencias y refuerzos no solo en relación a la conducta, sino también a la organización de la función cerebral.


Como vemos, es inevitable el análisis del medio y su interacción con la estructura cognitiva-afectiva y neurofuncional, debido a que la conducta de las personas en gran medida ocurre, se desarrolla y se modifica en función de condiciones ambientales: el sujeto está sujeto a un ambiente (Pérez Álvarez, 1991). Además, difícilmente las personas sean capaces de desplegar un comportamiento (o mantenerlo) si en el ambiente no existen las condiciones que lo hagan posible. Sin embargo, la consideración del medio exige la discriminación de distintos niveles de análisis, desde lo cultural, social y particularmente lo familiar, hasta la influencia puntual del contexto o del medio interno (procesos fisiológicos y homeostáticos).


4. El aprendizaje



Se comprende que el cerebro posibilita la expresión de la conducta y ésta tiene un efecto en el medio ambiente en el cual opera (e interactúa). Ello posibilita un aprendizaje que supone cambios en la actividad cerebral (Kandel, 1979; Kandel y Schwartz, 1982; Bailey y Kandel, 1986; Neistadt, 1994; Mendoza Lara, 1993) y, por consiguiente, posibilita la memoria de una experiencia para el logro de una conducta nueva y de mayor complejidad.


Por ejemplo, podemos comprender que la actividad cerebral posibilita la ejecución de movimientos (ante la presencia de un estímulo y bajo un estado motivacional); pero en la medida que coinciden en el tiempo  estímulos diferentes propioceptivos, cenestésicos, visuales, vestibulares y se da la repetición de actividades musculares simultáneas, se consolidan síntesis aferentes que dan lugar a estereotipos motores. Estos pueden llegar a ser muy complejos, como los movimientos de baile, los deportes, el vestirse o el manejo de un mouse en computación. Luego, tanto el lenguaje externo e interno (que programa y moldea la acción) como las consecuencias en el medio obrarán como reforzadores diferenciales de estas conductas (Azcoaga, 1979).


Se observa la importancia que tiene el aprendizaje como instrumento organizador de la función cerebral, la conducta y el medio. En coincidencia con Azcoaga (1979) se entiende por aprendizaje al proceso que se traduce en una reorganización del comportamiento preexistente, que va elaborándose gradualmente en función de la estabilidad que adquieren las modificaciones del medio, creando las bases para procesos de aprendizaje más complejos. La consideración de los aspectos neuropsicológicos del aprendizaje que orientan dicho proceso requiere la valoración de los dispositivos básicos del aprendizaje (DBA): sensopercepción, atención, memoria y nivel motivacional, como de manifestaciones más complejas de aprendizaje o funciones cerebrales superiores: formas organizadas de gnosias, praxias y lenguaje (Azcoaga, 1979; 1983). Por otro lado, con los avances cognitivos en el campo del aprendizaje, ya no se considera un sujeto mecánico que responde a un estímulo o actúa movido solo por sus consecuencias sino que la persona atiende al significado que le otorga a estos eventos y no a los estímulos en sí mismos. Y, al significar la persona, opera tanto con su base afectivo-emocional como con modalidades preferenciales de codificar sus experiencias e interpretar el mundo que le rodea.


En definitiva, la integración expuesta permitiría considerar distintos niveles de análisis y estudio, con metodologías específicas y consideraciones multicausales, pero con un lenguaje básico común que comunica distintas especialidades del conocimiento. Ello a fin de llegar a un diagnóstico comprehensivo que integre los distintos factores que intervienen y consideren el aprendizaje como un instrumento de reorganización neurofuncional y conductual, acorde con las particulares modalidades de procesamiento de la información o formas preferenciales de codificar las experiencias y de aprender (Gráfica 1).


Contexto de su empleo



Para una adecuada contextualización de las aplicaciones clínicas de estas consideraciones, es conveniente diferenciar niveles de gravedad y cambios cualitativos en los diversos trastornos que aquejan a las personas, según se comprometa en mayor o menor grado sus capacidades adaptativas y de desarrollo personal. En este sentido, en acuerdo con Krawchik y col. (1994,1996) se diferencian: a) los comportamientos característicos, que suponen un modo de expresar características (o patrones de conducta) que pueden generar malestar o sufrimiento, pero que se admiten como tolerables por las personas y no alcanzan a producir mayores dificultades de adaptación a las exigencias del medio; b) los comportamientos como trastorno, que perturban el desarrollo y/o reducen las posibilidades adaptativas (pero no las eliminan) de las personas y, por lo tanto, generan considerables restricciones en su desarrollo (afectivo-emocional, familiar, social, laboral etc.); y c) los comportamientos patológicos, que son aquellos que perturban en forma severa las posibilidades adaptativas de las personas, generalmente con una disminuida conciencia de sus déficit, y con anclaje en el desarrollo de habilidades socio afectivas y personales necesarias para una vida satisfactoria y con futuro (Tabla 1).



Tabla No. 1 - 
Diferenciación operativa del comportamiento según niveles de gravedad y cambios cualitativos







Siguiendo esta línea de trabajo, se observa que el comportamiento como patología (frecuentemente de alta cronicidad) compromete alteraciones del sistema nervioso y, por lo tanto, exige su estudio a la luz de los avances en el campo de las neurociencias y las ciencias del comportamiento. Cuando se trata de características o desajustes por inadecuados modos de encarar un problema, es posible intentar con éxito estrategias de modificación del comportamiento. Pero si se trata de conductas que responden a patologías cerebrales o modalidades neurofuncionales que ponen en riesgo la calidad de vida, la situación es muy diferente. Ello exige, entre otras cosas, el conocimiento de mecanismos neurofuncionales y neurodinámicos, como de mecanismos de refuerzo de los síntomas (propios de toda conducta que opera en un medio y tiene consecuencias). En tal sentido, diversos autores (Creack, 1986; Krawchik, 1989, 1994; Mias, 1993; Krawchik y col., 1994, 1996) ya reconocen la necesidad de integrar estrategias cognitivo conductuales en la terapéutica neuropsicológica, considerando tanto los efectos que el aprendizaje tiene en la reorganización de las funciones cerebrales y la conducta, como en la sobredimensión de las diversas patologías por efecto de la interacción de los síntomas con su medio. Se consideran, para ello, dos aspectos fundamentales:


 

 

1.  El aspecto neuropsicológico



Hace referencia a las modalidades operativas y funcionales del individuo enfrentado ante tareas resolutivas de problemas. Ello supone la evaluación de distintas funciones cerebrales (características sensopercepitvas, atencionales, de memoria, procesamiento del tiempo y el espacio, de las emociones, del lenguaje y el pensamiento entre otras), como de modalidades de procesamiento de la información condicionadas al medio ambiental del paciente. Se entiende, aquí, por modalidades de procesamiento de la información, aquellas formas preferenciales o "estilos" relativamente estables de percibir, conceptualizar y organizar la información, que se corresponden con distintas estrategias de análisis y síntesis, y con las cuales se codifica la experiencia y se interpreta el mundo circundante. En tal sentido, los diferentes test neuropsicológicos o conjuntos de pruebas que se intentan utilizar no pueden de ninguna manera construirse como un modelo universal y paradigmático de las funciones cerebrales. Estas se organizan a partir de los aprendizajes que el individuo adquiere en su medio particular. Los resultados de baterías de test con puntajes normalizados no serán nunca reflejo de las verdaderas características operativas de la persona, siendo importante la valoración cualitativa (Luria, 1973 ; Manga, 1987) y conductual de las diferentes estrategias de resolución. Dado que no se pueden evaluar las funciones cerebrales por sí mismas, no tienen existencia independiente de la conducta (Krawchik, 1994). Los objetivos del examen neuropsicológico se detallan a continuación (Tabla 2), presentando en forma anexa un protocolo que sintetiza el examen empleado para tal fin (Anexo 1).




Tabla No. 2 -
  Objetivos del examen Neuropsicológico








2.  El análisis funcional del comportamiento


Permite identificar las condiciones que refuerzan las conductas consideradas como problema. En coincidencia con Fernández Ballesteros (1994) se piensa que "una posición socio ambiental no impide un importante papel etiológico de factores fisiológicos, genéticos u otros factores no ambientales... sin embargo, el hecho de tener en consideración factores biológicos no merma el objetivo principal de la evaluación conductual: indagar sobre las condiciones ambientales que pueden ser relevantes a la conducta objeto de estudio". Se agrega que en muchas oportunidades esas condiciones ambientales impiden o no favorecen una adecuada reorganización funcional de la función cerebral superior por desconocimiento de su fisiopatología y/o de sus modalidades funcionales. En este sentido, la ventaja del análisis funcional del comportamiento (AFC) reside en el conocimiento y ajuste de dichas condiciones, y en el análisis de las secuencias conductuales y la elaboración de programas de conducta con correspondencias neurofuncionales.




Lineamientos clínicos



En un marco de estudio multifactorial de la conducta, se toman los pasos clínicos que aplicaremos en el Instituto de Neuromedicina de la Plata (Krawchik y col., 1996).


Estos pasos exigen realizar, en primer lugar, la anamnesis del problema, como el rastreo semiológico y la realización de estudios complementarios (de laboratorio, genéticos, neuroimagen, neuropsicológicos y conductuales etc.), a fin de arribar a un diagnóstico integrado que a modo de hipótesis, deberá confrontarse con la programación terapéutica. Se agrega aquí el concepto de diagnóstico comprehensivo1, que refiere un análisis, descripción y evaluación multifactorial, que intenta ser explicativo tanto del conjunto de síntomas, como de las modalidades operativas y funcionales del paciente, posibilitando en consecuencia una única programación terapéutica (integrada e interdisciplinario). Se piensa, desde esta concepción, que no existen enfermedades uniformes sino enfermos originales. Si bien los trastornos propios de la psicopatología son reconocidos, generalmente, según criterios referenciales establecidos por la APA (1987, 1995), los trastornos en el campo de la conducta consecuencia de patologías cerebrales y/o particularidades neurofuncionales, por no tener una nomenclatura, son generalmente de naturaleza descriptiva y cualitativa, cuando los criterios neurológicos y neuropsicológicos son insuficientes. No obstante, y en todos los casos, las evaluaciones diagnósticas comprehensivas son realizadas con criterios multiaxiales, que permiten conocer con mayor precisión la naturaleza de los trastornos, como las particulares estrategias de resolución de problemas, de codificar las experiencias y de aprender. Se comprende entonces, la necesidad de conocer tanto los mecanismos neurofuncionales y neurodinámicos, como los mecanismos de refuerzo de los síntomas (Gáfica 2).


En segundo lugar, la instrumentación terapéutica requiere frecuentemente de una programación farmacológica correcta2 y la implementación de programas de modificación tendientes a producir nuevos aprendizajes, de valor adaptativo para cada persona y acorde a las modalidades preferenciales de codificar sus experiencias. De esta manera el tratamiento debe tender a la normalización de la función cerebral y la conducta, modificando con un sentido (cognitivo-afectivo) la relación del individuo con el medio (Gráfica 3).

Gráfica No. 1 - Primer paso clínico




Gráfica  No. 2 - Segundo paso clínico






Gráfico No. 3- Integración dinámica de la multifactorialidad de la conducta humana.




Por ello, se observa que la sola elección de un programa farmacológico (que puede producir modificaciones iniciales), no es eficaz en sí mismo, ya que no se transforma en un proceso activo; y el paciente no modifica sus operantes (conductas activas). Además, frecuentemente, la persona no posee (y su medio tampoco) conductas alternativas ni una correcta interpretación de las señales que caracterizan su enfermedad, o anuncian la proximidad del efecto "tobogán"3 mediante el cual se producen crisis de difícil control. Por otro lado, la sola elección de programas de modificación de conducta, corre el riesgo de encontrar limitaciones fundadas en particularidades de la función cerebral, o en mejor de los casos, obtener resultados escasos. En tal sentido, en coincidencia con otros autores (Van Engeland, 1993; Krawchik y Etcheverry, 1994) con frecuencia se juzga importante la combinación de programas farmacológicos y de conducta frente a estados patológicos del comportamiento.



En síntesis, se piensa que el tratamiento de patologías que trascienden el terreno neurótico (comportamientos característicos) exigen una visión multifactorial del comportamiento, que supere la sola intervención sobre el terreno de conflictos emocionales (necesario, pero muy insuficiente) o de meras cuestiones conductuales (imprescindible, pero incompleto). Particularmente en nuestros días, se refleja una tendencia a investigar -a partir de un amplio rango de nuevas técnicas de investigación- las bases biológicas y neurofuncionales de muchos trastornos tradicionalmente considerados y tratados como psico- patológicos.




Presentación de casos clínicos



A continuación, se presentan de manera ilustrativa algunos casos clínicos trabajados con los lineamientos considerados en la Asociación para la Asistencia e Investigaciones Neurológicas, Psicológicas y Psicopedagógicas (APINEP) de Córdoba, Argentina. A los fines de mostrar la diversidad casuística de sus aplicaciones, se exponen dos casos propios de la clínica psiquiátrica-psicológica, uno de la clínica neurológica, y un cuarto propio de un abordaje multidisciplinario. A los fines de simplificar la lectura descriptiva y evolutiva de los mismos, se presentan los datos diferenciando tres momentos:



 - Cuadro clínico-descriptivo al momento de la consulta: Presenta los aspectos generales de los pacientes, las consideraciones clínicas anteriores y las principales características clínicas observadas (Tabla 3).
 
 
 - Cuadro clínico multiaxial al momento de iniciar la terapéutica: Expone los estudios y resultados obtenidos en la valoración clínica, configurando las características principales del diagnóstico comprehensivo que origina el programa terapéutico (Tabla 4).


- Cuadro clínico de la situación actual: Ilustrativo de los aspectos terapéuticos trabajados, con los principales resultados obtenidos hasta la actualidad (Tabla 5).




Tabla No. 3 - Cuadro Clínico descriptivo al momento de la consulta



________________________________

1. El término comprehensivo es aquí tomado del inglés comprehensive y refiere a la acción de abarcar, incluir o ampliar, en nuestro caso las variables de estudio y las consideraciones clínicas. N. del A.

2. Se entiende por programa farmacológico correcto, al que obtiene un resultado positivo o favorable en función de los objetivos terapéuticos conductuales. N. del A.

3. Se ha denominado como tal al fenómeno mediante el cual la producción de los síntomas se hace inevitable, siendo muy difícil dar marcha atrás en el encadenamiento conductual. Luego, la producción y la intensidad de los síntomas hacen casi imposible su autocontrol. Dicho efecto exige la discriminación anticipada de las señales gatillo de los síntomas. N. del A.



Tabla No. 4 -
Cuadro Clínico multiaxial al momento de iniciar la terapéutica




Tabla No. 5 - Cuadro Clínico de la situación actual.





Auto-percepción del paciente M. P. de su situación actual, solicitada por escrito al finalizar el proceso terapéutico:

 

"Estoy más resuelta a tomar decisiones. Más segura de mí misma en muchos aspectos. Mucho más alegre y con un sentido del humor a flor de piel. Con tendencia a revertir las situaciones conflictivas en posibilidades con miras siempre a lo positivo. Estoy más amplia y flexible. Muy sensible a lo que sucede pero con un margen de distancia conciente para no dañarme tanto. Estoy más comunicativa y conversadora. Tengo más sinceridad en la relación con los que me rodean. Mi omnipotencia ha descendido y me doy cuenta de lo falible que es uno. Sigo enganchándome en situaciones diversas pero con más dominio de las consecuencias. Me cuesta hacer detención cuando estoy embalada en hacer cosas. Me cuesta aceptarme como soy totalmente a pesar que estoy más benevolente y aspiro siempre a cambiar. Me siento más satisfecha y agradecida con todo lo que tengo".



Limitaciones observadas    



En todos los casos se ha logrado una buena adaptación a las condiciones socio-ambientales habiendo obtenido resultados muy favorables para los pacientes. No obstante, se observa que los mismos alcanzan limitaciones que permiten reconocer dos fuentes principales: 1) Para los casos crónicos, el fenómeno denominado por Krawchik como aprendizaje de la persona enferma. Se trata de pacientes con largos procesos patológicos que han establecido un estilo de vida (operantes muy estructuradas) que si bien puede provocar un sufrimiento conciente, sienten mayor malestar al momento de producir cambios importantes. 2) Para los casos agudos o con franco predominio neurofuncional. Las limitaciones observadas provienen del ajuste de los objetivos terapéuticos con variables propias de los procesos fisiopatológicos, y los recursos o posibilidades para una mejor reorganización neurofuncional, conductual y ambiental (v. g. planificación ambiental, instrumentos de estimulación, colaboración familiar y social en programas de conducta, posibilidades de reinserción laboral etc.).

Comentarios finales

Se piensa que en el campo de los desajustes de la conducta (características y trastornos) existe cierta competencia entre teorías y modelos terapéuticos que disputan la eficacia en la explicación y el tratamiento de los mismos; a pesar de que desde la década del 50 se ha estado discutiendo la factibilidad de que varias formas de psicoterapia no son más efectivas que la remisión espontánea o el tratamiento placebo de los síntomas (Prioleau y col., 1983; Eysenck, 1994; Disogra, 1995). Sin embargo, cuando los problemas de conducta alcanzan una dimensión patológica que afecta en forma severa las posibilidades adaptativas de los pacientes, como en el caso de las patologías expuestas; se hacen necesarios nuevos modelos y metodologías que permitan integrar los avances provenientes de distintas especialidades, acordes a paradigmas multifactoriales de salud-enfermedad.


En este marco se presentó un modelo que integra diversos factores involucrados en el análisis de la conducta humana. Se trata, quizás, de un intento de ir más allá frente a patologías difíciles o poco delimitadas, que exigen el manejo de múltiples variables para un mejor resultado. Por consiguiente, quedan numerosas cuestiones pendientes relativas tanto a las relaciones de la función cerebral y la conducta, como al efecto combinado de las variables neuropsicológicas, los programas de modificación de conducta y farmacológicos, y su lugar de impacto, entre otras. No obstante, los resultados obtenidos son alentadores para continuar trabajando con los lineamientos expuestos hasta el momento. Entonces, si superamos los estereotipos del conocimiento, quizás seamos un poco más libres y creativos con nuestros enfermos.



"El hombre no es un cerebro actuando, ni una conducta, ni un complejo socio-afectivo: un hombre es un todo, con su historia vivida, presente y su historia por construir"
 


 

 


Referencias

Aarli, J. A. (1983). The inmune system and the nervous system. Journal Neurol. 229:3, 137-54.

American Psychiatric Association. (1987). DSM III-R. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson S.A.

American Psychiatric Association. (1995). DSM IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Barcelona: Masson S.A.
 
Ardila, Alfredo. (1995). Estructura de la actividad cognoscitiva: Hacia una teoría neuropsicológica. Barcelona.  Neuropsicología Latina, 1 (2) 21-32.

Azcoaga, Juan E. (1979). Aprendizaje fisiológico y aprendizaje pedagógico. El Ateneo Bs. As. 59-148.

Azcoaga, Juan E.; Fainstein, Jorge; Ferreres, Aldo; Gonorasky, Sergio; Kochen, Silvia y col. (1983). Las funciones cerebrales superiores y sus alteraciones en el niño y en el adulto. Paidós, Bs. As. 54 -75.

Bailey, C. H. y Kandel, E. R. (1986). Aproximaciones moleculares en el estudio de la memoria a corto y largo plazo. En: Cohen W. Las funciones del cerebro. Panamericana, 144-180.

Barr, L.; Goodman, W.; Price, L. y cols. (1992). The serotonin hypotesis of obsessive compulsive disorder. Implications of pharmacologic challenge studies. Journal Clin. Psychiatry, 53 suppl.4, 17-28.

Bayés, Ramón. (1986). En: Blanck, Guillermo. La psicoinmunología y su perspectiva conductual. Aprendizaje y Comportamiento. ALAMOC Vol. 8 1-2, 62.

Boulenger, J.; Bisserbe, J. y Zarifián, E. (1992). Biología de los trastornos ansiosos. En: Mendlewicz, J. Avances en psiquiatría biológica. Barcelona: Masson S.A.

Cottraux, J.; (1991). Terapias comportamentales y cognitivas. Barcelona: Masson S.A. 7-15.

Creack, S. (1986). Need for integration of behavior therapy in neuropsychological therapy patients with brain damage. Behavior therapist Vol. 9 (2) 30-36.

D'amato, T.; Mallet, J. (1992). Genética molecular y neurobiológica. En: Mendlewicz, J. Avances en psiquiatría biológica. Barcelona: Masson S.A.

Disogra, Carlos. (1995). Revisión bibliográfica de los meta análisis sobre la efectividad de la psicoterapia. Tesis de Licenciatura, Escuela de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba.

Eysenck, H. J. (1994). The outcome problem in psychoterapy: what have we learned? Behavior research and Therapy, 32, 5 477-95.

Fernández Ballesteros R. (1994). Evaluación conductual hoy. Un enfoque para el cambio en psicología clínica y de la salud. Madrid: Pirámide.

Haefely, W.;  Laurente, J. P.; Moreau, J. L.; Jenck, F.  (1992). Receptores benzodiacepínicos y ansiedad. En: Mendlewicz, J. Avances en psiquiatría biológica. Barcelona: Masson S.A.

Hoehn-Saric, R.; Pearlson, G.; Harris, G. y cols. (1991). Effects of fluoxetine on regional cerebral blood flow in obsessive compulsive patients. American Journal Psychiatry 148, 1243-45.

Jernigan, T. L.; Hesselink, J. R.; Sowell, E.; Tallal, P. A. (1991). Cerebral structure on magnetic resonance imaging in language and learning impaired children. Arch. Neurol 48: 5, 539-45.

Kandel, E. y Schwartz J. (1982). Molecular biology of learning: modulation of transmitter release. Science 218, 433-43.

Kandel, Eric (1980). Microsistemas de Neuronas. En: El cerebro. Investigación y ciencia. Scientific American, 39-52.

Krawchik, Raquel y Etcheverry, Silvia (1994). Neuropsicología del Comportamiento. Diagnóstico y terapéutica en la práctica clínica. En: VIII. Congreso de ALAMOC, Ecuador, 1994.

Krawchik, Raquel; Mias, Carlos D. y Etcheverry, Silvia (1996). Fundamentos de neuropsicología Cognitivo Comportamental: Programas Integrados de Asistencia en la Clínica Psicológica Psiquiátrica. Cátedra de Neuropsicología, Universidad Nacional de Córdoba.

Krawchik, Raquel; (1986). Terapia del Comportamiento como técnica de rehabilitación en lesionados cerebrales. Revista Argentina  de Análisis,  modificación  y terapia del comportamiento,  Vol. 2 No. 3,  65-80.

Krawchik, Raquel (1989). De la neuropsicología clásica a la neuropsicología del comportamiento. Cátedra Neuropsicología, Universidad Nacional de Córdoba.

Krawchik, Raquel (1993). Bases biológicas de la conducta y la cognición: enfoque neuropsicológico. Cátedra Neuropsicología, Universidad Nacional de Córdoba.

Krawchik, Raquel (1993a). Curso para graduados en neuropsicología clínica. Material no publicado. Universidad Nacional de Córdoba.

Lassen, N.; Ingvar D. y Skinhfj E. (1979). Función cerebral y flujo sanguíneo. El Cerebro. Investigación y ciencia. Scientific American, 195-204.

Le doux, J. E. (1992). Brain mechanism of emotion and emotional learning. Curr. Opin. Neurobiol. 2:2 191-7.

Luria, A. R. (1969). Exploración de las funciones corticales superiores. En: Las funciones corticales superiores del hombre. Barcelona: Martínez Roca, 3, 8-21, 1984.

Lyong, G. R. (1996). Learning disabilities. Future Child, 6:1 54-76.

Maciá, Antón D. y Méndez Carrillo, F. (1988). Aplicaciones clínicas de la evaluación y modificación de conducta. Madrid: Pirámide.

Maier, S.; Watkins L. R.; Fleshner, M. (1994). Psychoneuroinmunology. The interface between behavior, brain and inmunity. American Psychology 49: 12, 1004-17.

Majovski, L. V. y Jacques, S. (1982). Cognitive information processing and learning mechanism of the brain. Neurosurgery 10: 5, 663-77.

Manga, Dionisio (1987). Evaluación cualitativa en neuropsicología clínica: Historia reciente. En: Christensen A. El diagnóstico neuropsicológico de Luria. 13-16. Madrid: Visor.

Mendlewicz, J.; Hirsch D.  (1992). Genética y trastornos afectivos (datos recientes). En: Mendlewicz J. Avances en psiquiatría biológica. Barcelona: Masson S. A.

Mendoza Lara, E. (1994). Recuperación de función: influencias terapéuticas. Rev. de Psicología General y Aplicada 47 (3),  Barcelona, 301-311. 

Mías, Carlos D. (1992). Aplicación de Técnicas Cognitivo Comportamentales en la rehabilitación de pacientes con lesiones cerebrales. En: V Jornadas de Neurociencias. Universidad Nacional de Córdoba. Material no publicado.

Mías, Carlos D. (1996). Normalidad, salud y enfermedad mental. Conceptos que orientan modalidades de intervención, prevención y rehabilitación. Acto Social, Vol. 16, 51-58.

Neitadt, M .E. (1994). The neurobiology of learning: Implications for treatment of adults with brain injury. American Journal of  Occupational Therapy 48: 5, 421-30.

O'Tuama, L. A.; Treves, S. T. (1993). Brain single-photon emission computed tomography for behavior disorders in children. Semin. Nucl. Med. 23: 3, 255-64.

Obrzut, J. E. y Hynd, G. W. (1981). Cognitive development and cerebral lateralization in children with learning disabilities. International Journal of  Neuroscience 14: 3-4, 139-45.

Pérez Álvarez, M. (1991). El sujeto en la modificación de conducta. En: Caballo, Vicente. Manual de técnicas de terapia y modificación de conducta. Siglo XXI España, 69-88.

Portellano Pérez José. (1992). Introducción al estudio de las asimetrías cerebrales. Madrid: CEPE Neurociencias.

Prioleau, L. (1983). An analysis of psychoterapy versus placebo studies. Behavioral and Brain Sciences 6, 275-310.

Rubinow, D. R.; Schmidt, P. J. (1996). Androgens, brain and behavior. American Journal Psychiatry 153:8, 974-84.

Sander, G.; Oberling, P.; Silveira, M.; Di Sacla, G.; Rocha, B. (1993). What brain structures are active during emotions? Effects of brain stimulation elicited aversion on c-fos immunoreactivity and behavior. Behav. Brain Res. 58: 1-2, 9-18.

Sarué, H. (1985). La evolución del concepto de salud. Boletín del Instituto Interamericano del Niño. OEA, 54, 224, 57-65.

Starkstein, S.; Vázquez, S. (1993). Aplicaciones de la tomografía por emisión de positrones (SPECT). En: Neurología y psiquiatría. FLENI Bs. As.

Stein, M.; Trestman, R. (1990). Psychiatric perspectives of brain, behavior, and the inmune system. Assoc. Res. Nerv. Ment. Dis. 68: 161-9.

Van Engeland, H. (1993). Pharmacotherapy and behavior therapy competition or cooperation? Acta Paedopsychiatr 56:2, 123-27.

Wolfe, J. N. (1996). Relations of cognitive functions associated with the frontal lobes and learning disorders in children. Psychol. Rep. 79:1, 323-33.

 

 

 




    www.PsicologiaCientifica.com