Anorexia y bulimia en varones adolescentes: Factores de riesgo
Psicología de la Salud


  • Clara García Sandoval
    ONG Solidarios
    Murcia, España

Resumen

  • El presente trabajo manifiesta la necesidad de estudio de aquellos factores implicados en el desarrollo de la anorexia y bulimia nerviosa en varones adolescentes, con el fin de establecer diferencias y semejanzas de factores entre géneros y aportar intervenciones psicológicas destinadas a disminuir la vulnerabilidad del varón hacia estos trastornos. Las revisiones bibliográficas revelan: el incremento de este género en dichos trastornos; la tendencia a ignorar la sintomatología masculina como consecuencia de los estereotipos de pacientes con estas patologías; diferencias entre géneros sustentadas principalmente en una mayor focalización hacia el ejercicio físico y búsqueda de eficacia en los varones y la obesidad premórbida, deporte, homosexualidad, trastornos depresivos y obsesivo-compulsivos, ambiente familiar caótico y con historia de trastornos mentales y la presión social hacia el ejercicio físico como principales factores de riesgo de los trastornos de la conducta alimentaria en varones.

    Palabras clave: Anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, factores de riesgo, trastornos de la conducta alimentaria, varones adolescentes.



La anorexia y la bulimia nerviosas se definen como Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) y suponen alteraciones en los comportamientos con la comida que repercuten sobre la salud de quienes los padecen (Armas,2007). Son un estilo de vida, una decisión de “como ser”, una posición que ocupan muchas mujeres y cada vez más hombres de nuestra sociedad al intentar obtener una identidad mediante la apariencia corporal.

El incremento actual de los trastornos de la conducta alimentaria se considera reflejo de al menos dos factores socioculturales: la ambigüedad en la identidad de los sexos, cuyo cambio está generando una gran confusión de roles, y la competitividad social y su correspondencia en una imagen física y psíquica “perfecta” (Calvo, 2002).

Ambos sexos tienen abolido, por mandato de la “moda imperante”, por llamarla de alguna forma, poseer un aspecto corporal medio, límites e imperfecciones, cansancio, dudas, sentimientos solidarios o de compañerismo. Las cualidades humanas han enmudecido ante las exigencias dictadas por la apariencia. Las relaciones están impregnadas de comparaciones continuas con el aspecto o los rendimientos del otro y más que el alimento de una relación interpersonal positiva, lo que producen son sensaciones de soledad y vacío.

Los cambios han cobrado una aceleración tal que han revolucionado la vida cotidiana. Hemos entrado en la era de la transitoriedad. Nada es lo que era. La familia ha entrado en crisis, los medios de comunicación se visten de mensajes focalizados en la apariencia y ausencia de valores humanos, y la sociedad camina al compás de estos cambios destinados al encuentro de individuos sin identidad personal. Esta característica, asociada a muchas otras, incrementa los sentimientos de inseguridad del sujeto, de carencia en el ser, empaña la creencia en uno mismo (Pundik, 2003; Toro 1997).

La aparente obediencia de el/la paciente con anorexia nerviosa es un acto de conformidad a lo que la familia y la sociedad le piden. Su negación a comer es el único acto de máxima rebeldía. Al no aceptar ingerir la comida, protestan, hablan sin palabras, se oponen a la opresión y encuentran un alivio. Estos pacientes buscan desesperadamente una espiritualidad y solidaridad que les hagan sentirse algo más humanos, sin embargo, en esta sociedad materialista no encuentran el verdadero camino para conseguirlo, y enferman (Calvo, 2002; Cervera, 2005). Las/los pacientes con bulimia nerviosa, al perder el control, resumen en su forma de comer y en sus metas la ambición de una sociedad volcada al logro y al éxito por encima de todo.

La anorexia y la bulimia nerviosas no son fenómenos aislados de la persona que los padece. Como en cualquier otro trastorno mental o emocional, en los pacientes con trastornos alimentarios se encuentran conflictos psicológicos subyacentes que deberán ser tratados para lograr una recuperación auténtica y estable. El sentimiento permanente de falta de valía personal, la eliminación o control de las emociones, una baja autoestima, la incapacidad para establecer unas relaciones interpersonales maduras, la ausencia de identidad propia, son los más frecuentes (Calvo, 2002; Cervera, 2005).

Los trastornos de la conducta alimentaria ha pasado a ser una de las enfermedades crónicas más frecuentes de los adolescentes con una prevalencia del 1 al 3% para la anorexia nerviosa y del 0,6 al 13% para la bulimia nerviosa, ambas con una proporción de 1 hombre por cada 9 mujeres, y una media de iniciación de los trastornos hacia los 15 años (León y Castillo, 2005).

Si bien los trastornos de la alimentación se dan predominantemente en mujeres jóvenes, están apareciendo también en hombres jóvenes cada vez más. Esto ratifica que no hay nada en la anatomía o fisiología femenina que haga que las mujeres tengan el uso privativo de estas patologías. A su vez, refuerza la hipótesis de la fuerte influencia que ejerce la presión del contexto sociocultural en la aparición de estos fenómenos (Crispo, Figueroa y Guelar, 1998; Ray, 2004; Rosen, 2003).

La diferencia entre sexos es debida a la distinta socialización de las mujeres y hombres, especialmente en relación con su imagen corporal. Pero los datos recientes alertan del aumento de la patología entre varones, como consecuencia de su deseo por controlar la imagen o el rendimiento corporal. También los chicos se sienten corporal y psíquicamente inseguros en el tránsito de la infancia a la juventud (Cervera, 2005; Olivardia, Pope, Mangweth y Hudson, 1995; Toro, 1997).

Las ideas preconcebidas propician que los varones sean diagnosticados muy tardíamente, cuando el trastorno está plenamente instaurado, con lo que se puede haber perdido un tiempo precioso para ayudarle a remontar su patología (Calvo, 2002).

El incremento de los trastornos de la conducta alimentaria en los últimos años ha conducido a que durante la última década se haya producido una gran proliferación de investigaciones a fin de poder determinar, por una parte, los principales factores implicados en la adquisición y mantenimiento de estos trastornos y, de otra, desarrollar instrumentos de evaluación y procedimientos terapéuticos potentes para poder tratar dichos trastornos y potenciar las vías para su prevención (León y Castillo, 2005).

Se plantea, por tanto, la necesidad de estudio de los factores de riesgo de los trastornos de la conducta alimentaria en ambos sexos, la mayoría vinculados a la estructura familiar, entorno y tipo de personalidad premórbida, focalizando nuestro interés en varones adolescentes, debido al incremento de este género en los últimos años, a través de los datos obtenidos en las revisiones bibliográficas más recientes, con el fin de establecer diferencias y semejanzas de factores entre géneros en dichos trastornos, que justifiquen la llamada de atención hacia este nuevo incremento, y aportar un abordaje psicológico adecuado a estos pacientes con el fin de reducir el riesgo, ya sea suprimiendo las causas que provocan estos trastornos o logrando que el individuo sea menos vulnerable a ellas.

Antecedentes Históricos

La primera descripción clínica de esta problemática se atribuye a un médico inglés: Richard Morton, que describió en 1694 cuadros similares a los actuales (León y Castillo, 2005; Rosen 2003). Morton prescribió, a un joven de 16 años de edad, una cura de descanso, paseos a caballo e interrumpir los estudios. Más de 300 años después, la información sobre los trastornos alimentarios en varones sigue limitada a informes de casos eventuales (Carlat, Camargo y Herzog, 1997; Rosen, 2003; Woodside, Garfinkel, Lin y Goering, 2001).

Durante todo este periodo de tiempo sólo nos encontramos con unos pocos ejemplos de pacientes varones, que datan del siglo XVIII, entre ellos el de un joven inglés con un ayuno persistente que le llevó a la muerte, descrito por Willan (León y Castillo, 2005; Rosen, 2003).

Parece que, después del estudio de Morton, se produce un periodo de silencio en el que la patología alimentaria en varones no aparece en las publicaciones especializadas. Unos atribuyen este silencio a la repercusión de las teorías psicoanalíticas, que veían la patología como un miedo a la “fecundación oral” (la comida ingerida simbolizaría el elemento invasor que se introduce en el cuerpo y lo coloniza) y/o al énfasis que puso el DSM-III en la ausencia de menstruación para realizar el diagnóstico de anorexia (Carlat et al., 1997; Pundik, 2003; Toro, 1997).

En cualquier caso, se creó un estereotipo sobre qué sujetos eran susceptibles de padecer una anorexia nerviosa, lo que ha provocado que la sintomatología masculina pasara más desapercibida de lo que sería deseable (Calvo, 2002; Herrero, del Río y López-Ibor, 2003).

Actualidad

Los trastornos de la conducta alimentaria tienen una menor prevalencia en los varones que en las mujeres, sin embargo, el aumento de la frecuencia de estos trastornos en pacientes varones resulta llamativo (Ray, 2004; Velilla, 2001; Woodside et al., 2001).

Los criterios diagnósticos son similares a los de las mujeres aunque los factores ambientales y socioculturales son diferentes para ambos sexos desde el nacimiento. Hombres y mujeres perciben el volumen corporal de manera diferente, tienen otros valores en relación a la forma y figura corporal y valoran de distinta manera la delgadez (Herrero et al., 2003; Olivardia et al., 1995).

Las dificultades para percibir y aceptar que un varón tiene un trastorno alimentario siguen siendo aún frecuentes y esto entorpece el diagnóstico precoz todavía más que en el caso de las chicas. Si el paciente es el chico de la casa, será muy difícil que los padres acepten que tiene una anorexia o una bulimia nerviosas y tenderán a atribuir a otros motivos su estado físico o su conducta. Si la patología es tan llamativa que se acaba llevando al chico a consulta, muy pocos profesionales se plantearán que sus problemas físicos o su delgadez proceden de un trastorno alimentario (Cervera, 2005; Rosen 2003).

Al problema de diagnóstico se le añade el estigma con que los varones viven sus conductas alimentarias patológicas y la humillación que les suele suponer acudir a una consulta especializada en “problemas de chicas”. Por razones culturales, si un muchacho está preocupado por su cuerpo lo expresa menos que las mujeres (Calvo, 2002; Cervera, 2005; Olivardia et al., 1995).

Los familiares, educadores y allegados de adolescentes varones deben tomar conciencia de que esta inseguridad del tránsito de la infancia a la juventud también es experimentada por los chicos aunque, por los condicionamientos sociales, les cueste decirse a sí mismos o a los demás que les obsesiona su aspecto. Si expresaran abiertamente sus preocupaciones correrían el riesgo de que los otros pusieran en duda su hombría. Mirarse al espejo, preocuparse por la apariencia o mostrarse débil, ha sido considerado por la sociedad un signo de poca virilidad (Hospers y Jansen, 2005; Woodside et al., 2001).

Diversos estudios, especialmente aquellos de orientación psicoanalítica, relacionan una prevalencia mayor de varones homosexuales entre los varones vulnerables a padecer un trastorno de la conducta alimentaria (Manley, Rickson y Standeven, 2000; Pundik, 2003; Ray, 2004). Y, a su vez, los modelos de perfección de belleza difieren entre sexos, pues mientras que las mujeres persiguen un modelo corporal basado en la delgadez, los varones buscan el “no estar gordo” y, en la mayoría de las ocasiones, poseer una musculatura apreciable (Hospers y Jansen, 2005; Yelland y Tiggemann, 2003).

El varón adolescente con un trastorno alimentario sufrirá, en un silencio mucho más opresivo que el de las chicas, todo el sufrimiento que acompaña a estas patologías y, por tanto, tardará más en pedir ayuda (Olivardia et al., 1995; Rosen, 2003).

Afortunadamente, ya existen varones capaces de reivindicar que la masculinidad no viene determinada por unas características corporales específicas y que no necesitan dejar de ser hombres ni dejar de sentirse atraídos por las mujeres para tener un aspecto corporal atractivo, sentir emociones o expresar ternura hacia sus hijos. El problema surge, como en el caso de las mujeres, cuando esta preocupación sirve para evitar todos los conflictos que le plantea la vida. Entonces, el aspecto físico se convierte en obsesión y los trastornos se instauran (Calvo, 2002; León y Castillo, 2005).

Diferencias con los trastornos de la conducta alimentaria en mujeres adolescentes: características

Es evidente la existencia de similitudes y diferencias entre personas de sexo diferente en cualquier ámbito que tengamos intención de estudiar o investigar, ya sea a nivel individual, ambiental, de relaciones interpersonales, biológico o de los trastornos mentales.

Este último ámbito es el que nos compete en esta ocasión, más concretamente, el de los trastornos de la conducta alimentaria, patologías siempre referidas al sexo femenino pero que, con el paso del tiempo, han logrado ocupar un lugar considerable dentro del sexo masculino.

A continuación presentamos una serie de aspectos que permitirán al lector comparar dichos trastornos entre géneros con la intención de comprender mejor cómo actúan dichas patologías en función de cada persona.

Al igual que las mujeres que padecen trastornos de la alimentación, los varones que desarrollan estos trastornos también presentan:

- Antecedentes de obesidad que los han convertido en objeto de burlas en algún momento (Cervera, 2005; Crispo et al., 1998; Ray, 2004; Toro, 1997).

- Disminución del deseo sexual, relacionado con el descenso de la actividad hormonal (Calvo, 2002; Carlat et al., 1997; Rosen, 2003).

- Necesidad de afrontar su crisis de maduración y aumentar la sensación de eficacia ante la vida (Poyato, Sánchez, Cañete y Poyato, 2004; Santo-Domingo, Baca, Carrasco y García-Camba, 2002).

- La fuerte creencia de que si adelgazan o consiguen el volumen corporal deseado serán más atractivos o más queridos por los demás (Crispo et al., 1998; Santo-Domingo et al., 2002; Toro, 1997).

- Baja autoestima, deseo de aceptación, tendencia al perfeccionismo, depresión, ansiedad y grandes dificultades para afrontar las emociones (Lakkis, Ricciardelli y Williams, 1999; Ranson, Kaye, Weltzin, Rao y Matsunage, 1999; Ray, 2004).

- La obligación de mantener un peso o figura específicos debida a alguna ocupación personal o profesional (Baum, 2006; Crispo et al., 1998; Rosen, 2003).

Las características de la anorexia y bulimia en pacientes varones se acomodan bastante bien a las que presentan las mujeres, pero aunque las similitudes sean muchas, también existen diferencias como las que presentamos a continuación:

Motivaciones

Mientras que las mujeres desean “estar delgadas”, los varones que presentan trastornos de la alimentación desean “no estar gordos”. Lo más frecuente en varones es que estén preocupados por evitar las burlas o las críticas acerca de su aspecto y traten de conseguir un cuerpo masculino ideal más que la delgadez. Con frecuencia, el ansia de delgadez está sustituida por el deseo de estar en forma o se entremezcla con él (Calvo, 2002; Pope, Gruber, Mangweth y Bureau, 2000; Toro 1997).

Presión social hacia el ejercicio físico

Los varones presentan mayor presión social hacia el ejercicio físico intenso que las mujeres, asumiendo y practicando lo que se ha llamado “culto a la fisicalidad”. La voluminosidad muscular, la amplitud torácica y la imagen de fuerza/potencia física son características tradicionalmente integrantes del modelo estético masculino en las sociedades humanas (León y Castillo, 2005; Rosen, 2003; Toro, 1997).

Construcción y moldeamiento activo de sus cuerpos

Es lo que frecuentemente persiguen los varones durante la adolescencia e inicio de la juventud. Las mujeres, en cambio, a la vez que buscan la delgadez, suelen preocuparse por el mundo que concierne a la estética, por lucir bellas mediante el uso de productos y utensilios destinados a mejorar su aspecto externamente. De ahí la consumista pasión por las distintas prendas de vestir, por la cosmética, etc. (Pope et al., 2000; Toro, 1997).

Percepción de la imagen corporal

En los varones con trastornos de la conducta alimentaria, la dimensión de la silueta corporal ideal aumenta a medida que crecen e incrementan su masa corporal; por el contrario, el cuerpo femenino ideal es más delgado que el suyo propio y que el que resulta atractivo para los varones (Mangweth, Hausmann, Walch y Hotter, 2004; Toro, 1997).

Problemas físicos

Además de aquellas alteraciones fisiológicas que presentan ambos sexos tales como hipotermia, hipotensión, anemia, alteraciones del tránsito intestinal, erosión del esmalte dental, entre otras, cabe especial mención la osteoporosis, pues los estudios parecen indicar una mayor deficiencia de densidad mineral ósea en varones que en mujeres con trastornos de la conducta alimentaria, sobre todo en aquellos varones que padecen bulimia nerviosa (Andersen, Watson y Schlechte, 2000; Carlat et al., 1997).

Evaluación corporal

La evaluación entre sexos es distinta. Mientras que los varones evalúan sus cuerpos en torno a la eficacia, las mujeres realizan su evaluación corporal en función de la apariencia. Cuando hablamos de eficacia nos referimos al intento de conseguir un cuerpo más apropiado o más válido para desempeñar distintas actividades, ya sea en el ámbito deportivo o en el de trabajo (Baum, 2006; Boroughs y Thompson, 2002; Toro, 1997).

Edad de inicio del trastorno

Es más tardía en los varones, pues tienden a comenzar con el trastorno al final de la pubertad, siendo la media de edad en torno a los 18-19 años. Las mujeres, en cambio, presentan una edad de inicio del trastorno más temprana, alrededor de los 13-14 años (Carlat et al., 1997; León y Castillo, 2005).

Insatisfacción corporal

Los varones con trastornos de la alimentación centran su insatisfacción en la parte superior del cuerpo, mientras que las mujeres se sienten insatisfechas con la mitad inferior del cuerpo (Calvo, 2002; Toro, 1997).

Nivel académico

Difieren en cuanto a los resultados que obtienen. Los varones con dichos trastornos suelen poseer un nivel medio en resultados académicos, a diferencia de las mujeres que, en la mayoría de los casos, presentan un nivel alto de estudios (Calvo, 2002; Cassin y Ranson, 2005).

Métodos para perder peso

Para adelgazar o eliminar calorías, los varones con estas patologías suelen optar por el ejercicio físico, mientras que las mujeres optan por la dieta (Poyato et al., 2004; Olivardia et al., 1995; Rosen, 2003).

Comportamientos y actitudes en la bulimia nerviosa

Mientras que la mayoría de mujeres con bulimia nerviosa están casadas o son sexualmente activas, los varones con bulimia nerviosa manifiestan tener comportamientos homosexuales o ser sexualmente inactivos (Herzog, Bradburn y Newman, 1990; Robinson y Holden, 1986).

Al mismo tiempo, existen estudios que muestran diferencias en los hábitos alimenticios de pacientes con bulimia nerviosa. Revisiones bibliográficas indican la tendencia al atracón, en los varones, a la hora de comer o en público, mientras que las mujeres parecen comer menos durante las comidas y prefieren llevar a cabo el atracón en privado (Schneider y Agras, 1987; Ussery y Prentice-Dunn, 1992).

Influencia de la publicidad

A pesar del aumento de los anuncios publicitarios destinados a mostrar el modelo masculino actual, a diferencia de las mujeres, los varones se sienten menos influenciados por la publicidad (Mangweth et al., 2004; Pope et al., 2000).

Reconocimiento de enfermedad y búsqueda de ayuda

Los varones tardan tiempo en percatarse de su trastorno de la conducta alimentaria y aún más en buscar ayuda. Piden consulta con una media de edad en torno a los 20 años y una duración del trastorno de aproximadamente 1,5 años de evolución de la patología. Las mujeres, en cambio, se percatan en poco tiempo de su problema y tardan poco en buscar ayuda profesional (Carlat et al., 1997; Lewinsohn, Seeley, Moerk y Striegel-Moore, 2002; Olivardia et al., 1995).

Diagnóstico

En los pacientes varones, el trastorno tarda en diagnosticarse debido a la tendencia que existe a vincular los trastornos de la conducta alimentaria con las mujeres, a pesar del incremento en el número de pacientes varones que sufren estas patologías. Antes, por tanto, se descartan muchas otras causas que pueden ser responsables de los signos y síntomas que presenta el paciente. Al parecer, resulta difícil asociar al varón con esa extrema preocupación por la imagen corporal. En las mujeres, en cambio, el trastorno es rápidamente diagnosticado (Calvo, 2002; Cervera, 2005; Rosen, 2003).

Comorbilidad

Los varones que padecen trastornos de alimentación presentan mayor comorbilidad que las mujeres con trastornos depresivos y obsesivo-compulsivos, (Carlat et al., 1997; Olivardia, et al., 1995; Ranson et al., 1999; Ray, 2004; Rosen, 2003; Woodside et al., 2001).

Variables de personalidad

Los varones que sufren trastornos de la conducta alimentaria parecen mostrar menos comportamientos de evitación del daño corporal y son menos organizados, perfeccionistas y colaboradores que las mujeres que padecen estas patologías. A su vez, presentan menor distorsión de la imagen corporal, influencia del peso y la figura corporal en la autoestima y su motivación para cambiar sus conductas también es menor que en las mujeres (Carlat et al., 1997; Cassin y Ranson, 2005; Rosen, 2003; Woodside et al., 2004).

Estos varones presentan problemas para identificar y/o responder a emociones debido a cambios en estados internos como hambre, fatiga o cansancio y saciedad. Esta identificación de emociones refleja un déficit en las destrezas o habilidades del varón adolescente, que conducen, a su vez, a dificultades en el manejo efectivo del estrés (Rosen, 2003; Ussery y Prentice-Dunn, 1992).

Factores de riesgo

Llamamos factores de riesgo a aquellas variables que aumentan la probabilidad de que se produzca la enfermedad. Hacemos referencia a aquellas variables predisponentes y precipitantes que actúan desde el inicio de la vida del sujeto o acontecen inmediatamente antes del inicio del trastorno, y condicionan la vulnerabilidad del varón a padecer la enfermedad. Dichas variables pueden ser tanto personales como familiares o sociales.

En este punto se centra nuestro trabajo y la importancia del mismo, pues eliminando o reduciendo las posibilidades de exposición a estos factores de riesgo, disminuiríamos la probabilidad de padecer estas enfermedades (Gil, 2004).

A continuación presentamos dichos factores, implicados en la aparición de los trastornos de la conducta alimentaria, distribuidos en 3 grupos: personales, familiares y sociales.

Personales

Aquellos factores biológicos, cognitivos o conductuales pertenecientes al propio individuo.

Dentro de las características de la personalidad se encuentra que hay variables de personalidad que deben ser tenidas en cuenta como factor de riesgo de los trastornos de la conducta alimentaria (Calvo, 2002, Cervera, 2005; Strober et al., 1997), tales como: poseer una autoestima baja, infravalorarse en todo, ser una persona insegura que busca la aprobación de los demás y a menudo cifra esta aprobación en el aspecto de su cuerpo, la introversión, la dependencia de otros, la falta de asertividad, la obsesividad, el perfeccionismo. Todas ellas, características

Obesidad premórbida

La mayoría de varones con trastornos de la conducta alimentaria han sido obesos premórbidos. Es uno de los grupos con mayor vulnerabilidad a padecer trastornos de la alimentación y supone un factor diferenciador respecto a las mujeres, las cuales no tienen necesariamente que presentar sobrepeso para dejar de comer o alterar su comportamiento alimenticio. Estos varones obesos que pierden peso y se obsesionan con volver a recuperarlo, serían una población de riesgo a la que seguir de cerca (Crispo et al, 1998; Ray, 2004; Toro, 1997).

Muchos de ellos inician sus desórdenes alimentarios buscando una mejor definición muscular y evitando esa insatisfacción que les produce alguna parte de su cuerpo. Este factor se encuentra muy relacionado con el hecho de haber recibido algunas burlas o sentimientos de rechazo por su sobrepeso; especialmente en ellos existe una sensibilidad manifiesta ante la crítica, el rechazo y el menosprecio por su aspecto, relacionado, a su vez, con cuestiones prácticas como el no poder participar en actividades deportivas propias del género, a edades claves en el desarrollo psicológico. Se encuentran insatisfechos con su imagen corporal y esto sólo es compensado en aquellos varones con gran destreza física que canalizan su desarrollo en el deporte (Olivardia et al, 1995; Rosen, 2003).

Esta historia de sobrepeso se produce en algún momento antes del inicio del trastorno, y un alto porcentaje de estos varones, que en su infancia han sido obesos, muestra haber hecho dieta años antes, aconsejada por un médico o por sugerencia de algún familiar (Carlat et al, 1997; Cervera, 2005; Strober, Freeman y Morrell, 1997).

Deportistas

Constituyen un grupo de riesgo considerable. Varones jóvenes dedicados a deportes en los que existe una focalización hacia la imagen y peso corporal. Son juzgados por su apariencia física y competitividad. Lucha libre, natación, danza, remo, gimnasia, atletismo, buceo, construcción corporal, etc., representan deportes que incrementan el riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria (Patel y Greydanus, 2003; Rosen, 2003).

Hacemos referencia a deportes con clasificaciones de peso y a aquellos en los que se prefieren cuerpos delgados (piden una talla y proporción corporal por debajo del escrutinio) para desempeñar un determinado ejercicio físico (Nelson y Hughes, 1999).

Algunos de estos varones creen que competir con un peso por debajo de lo normal o reducir su masa corporal les llevará a incrementar sus oportunidades de ganar. Los efectos de los trastornos de la alimentación debilitan el físico de estos deportistas y les conducen a disminuir el rendimiento.

La presión que sufren estos varones les lleva a comprometerse con comportamientos alimenticios desadaptativos y peligrosos para su salud física, tales como: ejercicio excesivo, restricción de calorías y líquidos, uso de diuréticos y laxantes, vómitos autoinducidos y hambre (Calvo, 2002; Ray, 2004).

Cabe mencionar el hecho de que la distorsión de la imagen corporal, en estos varones atletas, puede llevarles a padecer un trastorno especular a la anorexia, denominado Anorexia Inversa, que se considera más un trastorno de la imagen corporal que un trastorno de la conducta alimentaria, y se compara con la Dismorfia Muscular. En este trastorno, los varones tienden a percibirse como pequeños o débiles cuando su aspecto real es grande y musculoso. Estos varones pueden negarse a mostrar sus cuerpos en público y a realizar actividades sociales, recreativas y ocupacionales importantes para dedicarse de forma compulsiva a lograr esa apariencia musculosa, que no consiguen ver en ellos mismos, en el gimnasio y, además, abusar de anabolizantes, ingerir proteínas e hidratos de carbono de forma excesiva y llevar a cabo estrictos controles de peso (Handelsman, 2001; Hatmaker, 2005; Kanayama, Barry, Hudson y Pope, 2006; Pope et al., 2000).

En algunos varones, este trastorno, relacionado con una personalidad narcisista, podría ser un trastorno único (Rosen, 2003).

Identidad sexual

A pesar de la presencia de argumentos y opiniones contrarias mencionadas por algunos autores, la gran mayoría de revisiones bibliográficas reflejan el hecho de que parece existir una relación importante entre aquellos varones de tendencia homosexual y los trastornos de la conducta alimentaria. Estos varones presentan un incremento del riesgo a padecer dichos trastornos. Algunos autores hacen referencia, sobre todo, a aquellos pacientes varones con bulimia nerviosa (Carlat et al, 1997; Ray, 2004; Rosen, 2003).

La explicación parece residir en un conflicto sexual que crece rápidamente en el periodo adolescente (Boroughs y Thompson, 2004; Manley et al., 2000).

La insatisfacción corporal, relacionada con un índice de masa corporal más elevado, es la variable crítica en estos varones homosexuales con trastornos de la alimentación, que es algo diferente a la insatisfacción corporal en mujeres, pues involucra tanto el peso como la musculatura corporal (Lakkis et al., 1999; Yelland y Tiggemann, 2003).
Existen autores que hablan de feminidad relacionada con niveles más elevados de trastornos de la conducta alimentaria y no tanto de orientación sexual, pues en la sociedad occidental la feminidad está más relacionada con una mayor importancia a la apariencia (Lakkis et al., 1999; Meyer, Blissett y Oldfield, 2001; Murnen y Smolak, 1997; Strong, 2000).

A su vez, se infieren semejanzas en la estructura del cerebro entre varones homosexuales y mujeres heterosexuales y se argumenta que los varones homosexuales podrían reaccionar frente a estresores ambientales de una manera biológicamente femenina, incrementando así su riesgo a padecer trastornos de la conducta alimentaria (Carlat et al, 1997; Woodside et al., 2001).

También se hace referencia a una baja autoestima en los varones homosexuales debido a la presión experimentada desde la comunidad homosexual por ser atractivo y musculoso. Esto debilita su autoestima y puede originar dichos trastornos (Cervera, Lahortiga, Martínez-González y Alonso, 2003; Gual, Pérez-Gaspar y Enguix, 2002).

Los resultados parecen indicar que en los varones heterosexuales la insatisfacción corporal depende de la medida del índice de masa corporal, mientras que en los varones homosexuales tiene mayor importancia la influencia del grupo. Los varones homosexuales parecen mostrar un índice de masa corporal y autoestima inferiores a los varones heterosexuales, así como niveles más elevados de insatisfacción corporal e influencia grupal. (Hospers y Jansen, 2005; Toro, 1997).

Trastornos mentales

Existe comorbilidad entre trastornos de la conducta alimentaria y los trastornos mentales que aparecen a continuación, sobre todo en aquellos pacientes varones que padecen bulimia nerviosa.

- Trastorno depresivo: es, con diferencia, el trastorno mental que se presenta con mayor frecuencia en varones con trastornos de la alimentación. Hacemos referencia a varones que pueden haber desarrollado un trastorno depresivo antes (la mayoría un año), durante o después del trastorno de conducta alimentaria. Existe una mayor comorbilidad que en mujeres adolescentes (Calvo, 2002; Carlat et al., 1997; Olivardia et al., 1995; Ray, 2004; Rosen, 2003).

Algunas autores plantean el trastorno de la alimentación de forma secundaria al trastorno afectivo argumentando que la falta de enfrentamiento del varón adolescente a este trastorno produciría el dasarrollo de un estado de desinterés por la comida (Crispo et al., 1998; Woodside,et al., 2001).

- Trastornos de la personalidad: aquellos relacionados con el control de impulsos. Hacemos referencia a los trastornos Borderline, Histriónico y Narcisista de la personalidad. Esto, a su vez, correlaciona con el abuso de sustancias (Carlat et al., 1997; Ray, 2004).

- Trastorno Obsesivo-Compulsivo: se encuentran comportamientos focalizados en la comida, en la imagen corporal y en el peso. Algunos autores identifican las preocupaciones sobre el peso y la imagen corporal como obsesiones, y los episodios purgativos como compulsiones (Ranson et al., 1999; Rosen, 2003).

Parece existir mayor comorbilidad de trastorno obsesivo-compulsivo en varones que en mujeres adolescentes y los estudios señalan la persistencia de los síntomas de este trastorno, como miedo a la pérdida de objetos o conductas compulsivas de orden y organización, tras la recuperación del trastorno de conducta alimentaria, sobre todo en pacientes con bulimia nerviosa (Carlat et al., 1997; Olivardia et al., 1995; Ray 2004).

- Abuso y dependencia de sustancias: Principalmente alcohol y cocaína. Diferentes estudios subrayan que la influencia de los trastornos alimentarios en los trastornos motivados por el abuso de alcohol y cocaína parece ser mayor que al revés. Un número substancial de pacientes varones que presentan inicialmente un trastorno alimentario, desarrolla problemas de abuso de sustancias a lo largo del tiempo (Carlat et al., 1997; Franko et al., 2005; Olivardia et al., 1995; Rosen 2003; Woodside et al., 2001).

Familiares

Nos referimos a aquellos factores relacionados con el ámbito de la familia y de las relaciones interpersonales dentro de la misma.

Ambiente familiar

Influye negativamente que en el hogar haya un clima tenso, hostil, agresivo, distante o escasamente afectuoso, con déficit en habilidades de comunicación, que existan conflictos entre los padres e incluso un comportamiento violento entre madres e hijos. Al mismo tiempo, la falta de empatía, las críticas y extremo control de los padres hacia estos varones (basado en interferencias en las experiencias infantiles relacionadas con la autonomía y experimentación), representan variables a considerar en el desarrollo de los trastornos de la alimentación. Dicho ambiente aumenta el riesgo de padecer trastornos de la conducta alimentaria y, a su vez, disminuyen la efectividad del tratamiento (Ray, 2004; Strober et al., 1997).

En cualquiera de estos casos, el varón adolescente no encuentra en la familia el soporte necesario para su correcta adaptación y como consecuencia de ello puede valorar la idea de que controlar su propio cuerpo le aportará la seguridad que necesita (Cervera, 2005, Olivardia et al., 1995).

Historial de trastornos mentales

Una historia familiar de padres con sobrepeso, y trastornos de la conducta alimentaria en un hermano, constituye un importante factor de riesgo en varones adolescentes, sobre todo en aquellos que padecen bulimia nerviosa. Esto puede explicarse tanto por factores hereditarios como ambientales, dado que el varón no sólo está compartiendo una misma dotación genética sino también las mismas circunstancias ambientales y las mismas pautas alimentarias (Carlat et al., 1997; Cervera, 2005; Ray, 2004).

A su vez, una historia de abuso de sustancias o de trastornos afectivos por parte de los padres, también se consideran factores de importancia en el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria en estos varones (Calvo, 2002; Ray, 2004; Strober et al., 1997).
Experiencias traumáticas en la infancia

Sufrir experiencias de abuso sexual en la infancia, así como ser testigos de relaciones sexuales de los padres se consideran factores de riesgo de los trastornos de la conducta alimentaria en estos varones (León y Castillo, 2005; Olivardia et al., 1995).

Pero parece que existen distorsiones de la imagen corporal más severas, de lo que hace años se pensaba, en pacientes que habían sufrido abuso físico en la infancia; su importancia en este aspecto puede ser mayor que el abuso sexual. La presencia de este abuso físico hace peor el pronóstico del trastorno alimentario (Treuer, Koperdák, Rózsa y Füredi, 2005).

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Para citar este artículo:

  • García, C. (2009, 06 de agosto). Anorexia y bulimia en varones adolescentes: Factores de riesgo. Revista PsicologiaCientifica.com, 11(12). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/anorexia-bulimia-varones-adolescentes-factores-de-riesgo


5 Comentarios para “Anorexia y bulimia en varones adolescentes: Factores de riesgo

  1. aurea blanco

    A mí me parece que este trabajo es muy bueno ya que mucha gente se centra más en la anorexia femenina sin pensar que tanto hombres como mujeres sufren tal enfermdad. Pienso que este trabajo puede servir a mucha gente para entender mejor la anorexia ya sea en hombres o mujeres.

  2. Antonio

    Trabajo muy bien estructurado y definido con claras explicaciones y sencillo de entender para aquellos que necesiten conocer estas enfermedades.

  3. Ronald B

    Te felicito excelente trabajo, hago este comentario ya que me sirve de mucho para mi estudio de Psicología Clínica.

  4. Magu Velasco

    Un trabajo con información precisa y bien documentado.

  5. hernan jair

    Contiene un alto contenido, un arduo trabajo por parte del investeigador. Demuestra que hay fenómenos que no tomamos en cuenta.

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